El Opus Dei Vive Como Si Fuera La Iglesia

febrero 4, 2007

Ivan de ExOpus

Algunas prácticas del Opus Dei que manifiestan como se considera superior (o suplantador) de la iglesia.

1. Ningún miembro suyo duda que el Opus Dei es quien tiene la única voz válida en la Iglesia (también yo mientras estuve allí), y que las demás estructuras y grupos eclesiales están equivocados si no dicen y hacen exactamente lo mismo que la Obra.

2. La mínima crítica negativa al Opus Dei es considerada por sus miembros como un pecado terrible, algo semejante a afirmar alguna imperfección de Dios (o de la Iglesia Perfecta).

3. Todos hemos vivido la intolerancia total de la Obra ante quienes administraban la eucaristía de las otras maneras que la Iglesia permite pero que no son las que el Opus Dei tolera: bajo las dos especies en vez de una o administrada sobre la mano del comulgante en lugar de en la boca o por un laico en vez de por el sacerdote.

4. Cuando un miembro de cualquier institución de la Iglesia que no sea la Obra oye decir que ha llegado algo de Roma o que va hacia allí (por ejemplo un escrito), piensan inmediatamente que viene del Papa o que va al Papa, menos en el Opus Dei en donde se sabe que eso hace referencia al Prelado, que es de quien viene o va cuando ellos se refieren a Roma, con lo que con esas palabras se sustituye la sede de Pedro por la del Opus Dei.

5. Cuando los sacerdotes numerarios que son obispos entran en un centro del Opus Dei han de quitarse todos los signos distintivos de su cargo (el anillo, por ejemplo) por lo que a un sucesor de los apóstoles, que por su dignidad se ha de distinguir necesariamente de los demás, la Obra le rebaja ante sus miembros para que sólo el Prelado figure como importante ante ellos

6. Cuando el Fundador del Opus Dei anatemiza con que la vocación al Opus Dei es el don más grande que Dios les ha dado después del de la Fe, o que dejar la Obra es condenarse a la infelicidad temporal y eterna, o que prefiero que me digan de un hijo mío que ha muerto antes que ha perdido la vocación, o que no doy ni cinco céntimos por el alma de quien haya dejado el Opus Dei, o rezad para que Dios os permita morir antes que dejar la Obra…, con todas esas palabras está identificando al Opus Dei con la Iglesia.

7. Tras el Concilio Vaticano II el fundador del Opus Dei afirmaba que el Demonio se había metido en el Vaticano por la Cúpula. No se sabe muy bien si se refería al Papa o al propio Concilio o a ambos, mas en cualquier caso significaba que su criterio era superior al de todos, incluida a Iglesia, lo que le permitía demonizar sus más altas instancias.

8. Debido a que todos los medios de formación, tertulias, conversaciones privadas, etc., se centran única y exclusivamente en el Opus Dei y en sus labores, cualquiera de la Obra es un ignorante absoluto sobre el resto de los movimientos y grupos de la Iglesia (para que van a conocerlos si lo único válido es lo que dice y hace el Opus Dei).

9. Los ejemplos que se ponen en las charlas del Opus Dei sobre pocas luces, egoísmo, falta de pobreza o caridad, etc., casi siempre están protagonizados por monjas o frailes.

10. La Iglesia determina que el Opus Dei está compuesto por sus sacerdotes y en el que los laicos sólo son cooperadores (orgánicos) suyos. El Opus Dei no lo tolera y confunde a los suyos tergiversándoles esa realidad, y lo publica en documentos internos que celosamente oculta de la mirada de todos, incluida la Jerarquía de la Iglesia.

11. La dirección espiritual que se vive en la Obra está condenada por la Iglesia (no es unipersonal y secreta sino conocida y supervisada por el colectivo de directores de cada alma). El Opus Dei, en vez de rectificar, continúa obrando de igual manera, y para no ser descubierto incluye su doctrina errónea en esos documentos internos (secretos) vistos en el apartado anterior. Con esta desobediencia hipócrita el Opus Dei sustituye a la Iglesia.

12. El Opus Dei desobedece a la iglesia cuando viola de forma metódica y premeditada muchos Derechos Humanos Fundamentales, lo que es incompatible con el cristianismo.

Todo esto es algo muy serio. Es la herejía señalada por el Papa en los movimientos religiosos, consistente en que se vivencian a si mismos como la única y verdadera Iglesia (en su praxis, no en sus palabras).

Y una herejía siempre implica la excomunión inmediata del Cuerpo Místico de Cristo.

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El Amor Del Opus Dei A Los Religiosos

febrero 4, 2007

Ivan de ExOpus

Lo que sigue es una experiencia que me ocurrió apenas había cumplido los 16 años.

La lluvia inundó los campos del colegio en donde aquella tarde teníamos que practicar deporte. Ante la imposibilidad de hacerlo nos mandaron a casa. Yo me fui, como todos los días, al centro de la Obra.

Serían las 4, toqué el timbre. Me abre el secretario quien tras informarse de la duración de mi estancia allí sale corriendo a por el abrigo y en cuestión segundos se marcha, explicándome a la carrera que el resto de los de la casa están en una tertulia con el Padre (el fundador del Opus Dei, no Dios), que él no había ido por el Santísimo (en los centros de la Obra no se puede quedar solo), y que esa función la podía realizar yo.

Y allí me dejó. No transcurrieron ni 15 minutos cuando llaman a la puerta y me encuentro ante un fraile. Un fraile, fraile, de hábito preconciliar, con capucha incluida, y con un rosario entre las manos.

Me explicó que venía de Jaén, que quería ponerse en contacto con un determinado sacerdote de la Obra (desconocido por mí), y que las únicas señas de un centro del Opus Dei de que disponía eran las de aquel en el que nos encontrábamos.

Lo único que se me ocurrió fue dejarle el teléfono del club y decirle que llamara por la noche para preguntárselo al director.

Cuando todo estaba resuelto, va el buen religioso y me pide el favor de que le deje hacer una visita al sagrario, ya que el resto de la tarde tenía que hacer gestiones y no sabía si podría encontrar una iglesia en donde realizarla.

Mi preocupación entonces fue la de que esa persona no fuera un religioso sino un ladrón, por lo que le acompañé al oratorio y allí estuve con él todo el tiempo.

Rezó durante unos cinco minutos, le despedí, y continúe con mi estudio.

Cuando volvió el director le di la novedad y, de pasada, le cuento lo de la visita al Santísimo del fraile. Entonces enrojece. Me inquiere si he dejado entrar a un religioso en el centro. Le explico que le acompañé y que no era un ladrón (lo único que a mí me preocupaba). Eleva el tono de voz y me sale con que está muy mal lo que había hecho ya que HAY UNA ORDEN DEL PADRE (el fundador del Opus Dei, no Dios) DE QUE A UN RELIGIOSO NUNCA SE LE PUEDE METER EN UN CENTRO DE LA OBRA, DE QUE SE LE ATIENDE EN LA PUERTA DE LA CASA O COMO MUCHO EN LA SALA DE VISITAS, PERO JAMÁS, JAMÁS SE LE PERMITE ENTRAR DENTRO…

¿Pero cómo voy a impedir que visite al Señor alguien que ha dado su vida por Él?, aduje en mi defensa.

Y su respuesta, en el mismo tono de sargento de la Legión: HAY MUCHAS IGLESIA PÚBLICAS, QUE VAYA A UNA DE ELLAS, PERO EN UN CENTRO DE LA OBRA, NO Y NO…

Obras son amores y no buenas razones. Por mucho que luego oyera en el Opus Dei las palabras de su Fundador de que amamos con todo el corazón a la Iglesia y a los religiosos, toda esa teoría se anulaba en mi interior por aquella experiencia juvenil tan anticristiana de la bronca que recibí por haberle permitido a un fraile visitar al Santísimo.

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Sobre La Libertad De Pertenecer Al Opus Dei

enero 29, 2007

Ivan de ExOpus

El acoso al que son sometidos quienes se acercan a la Obra y la inmadurez por poca edad de la mayoría hacen que se carezca de la libertad esencial para algo tan importante como es entregar toda tu vida al celibato, a la pobreza y a la obediencia que se exige en el Opus Dei (que se resume en lo que allí cantan: que nadie me robe el derecho de no tener ya nunca ningún derecho).

Y después, nada más pitar (pedir la admisión al Opus Dei), te explican que es una falta grave cualquier diálogo con la tentación en materias de fe (en los directores, en la santidad del Opus Dei, en que no has de fiarte de tu juicio sino del de los que mandan, etc.), de pureza (lo que transforma a los de la Obra en unos auténticos neuróticos sexuales. Pongo un ejemplo de una situación que varios me contaron en la dirección espiritual y con un final distinto para cada uno: «estaba sentado en el metro / autobús y a mi lado lo hizo una joven lo que me perturbó tanto que [fin de la narración del primer grupo] me tuve que levantar inmediatamente, [fin de la narración del segundo grupo] me hace pensar que he pecado por no levantarme, [fin de la narración del tercer grupo] me ha llevado después a tener tentaciones de pureza»), y de vocación (has de rechazar cualquier pensamiento, sentimiento, trato con quienes te indiquen algo que no coincida con lo de ellos, no has de leer nada que pueda llevarte a dudar de tu camino, sólo debes confesarte con sacerdotes de la prelatura, etc.).

A la poca libertad que tuviste para hacerte del Opus Dei (que sí se tratara de un matrimonio recibiría ipso facto la nulidad) se le une el que no puedes replantearte nunca más el acierto o no de aquella decisión o la posibilidad de salirte (tentaciones gravísimas contra la vocación), lo que transforma al Opus Dei en una inmensa cárcel de invisibles barrotes psicológicos y espirituales pero mucho más eficaces que los de acero, ya que te han hecho creer que pertenecen a Dios, son íntimos, van siempre contigo y no necesitan de ningún otro guardián.

Cuando te encuentras mal y planteas alguna duda vocacional, el director de turno saca la etiqueta prefabricada para este caso de que «es una obligación grave para los directores echar de la Obra a quien carece de vocación, por lo que sí te decimos que la tienes es porque la vemos en ti. Tus dudas sólo son una tentación. ¡No te dejes llevar por tu juicio y confía en los directores!». Y más de la misma esclavitud. Para tu vocación no existes en el Opus Dei, solamente hay cabida allí para los que te mandan.

Ante esta falta de esa libertad práctica (que paradójicamente el Opus Dei tanto predica como existente) la única posibilidad de abandonar la Institución es por una fuerza externa a ti que te arranque de ella.

Aunque profundizaré en escritos posteriores quiero finalizar exponiendo las fuerzas principales que sacan de la Obra, que a su vez son las que dan origen a los prototipos de ex Opus Dei.

La gente es arrancada del Opus Dei por el corazón (lo más frecuente), porque se enamoran de alguien o porque tienen un «calentón» con los de dentro al ser llevados al límite de lo soportable; por la cabeza, cuando descubren el lado oscuro del Opus Dei; por enfermedad; y porque la Obra les echa.

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Sin Amigos Por El Opus Dei

enero 27, 2007

Ivan de ExOpus

Publicado originalmente en Opus Libros el 20 de octubre de 2006

La siguiente historia que os voy a contar ocurrió hace 40 años, a mediados de los sesenta, yo tenía 15 años y llevaba pocos meses de Oblato (ahora Agregado) del Opus Dei.

Oscar y yo éramos grandes amigos desde nuestra primera infancia, compañeros de estudios, juegos y confidencias. En su casa yo era, para los suyos, uno más de ellos; y lo mismo ocurría con él y los míos. No había celebración de nuestras respectivas familias a la que no asistiéramos los dos, como si fuéramos hermanos. Un ejemplo, el día de Reyes había un regalo para mí en su casa, y otro para él en la mía…

Cuando comencé a frecuentar un centro de la Obra, allá me llevé a mi amigo Oscar. Nada más pitar yo (pedir la admisión al Opus Dei), el gran empeño de los directores fue que intensificara mi proselitismo con Oscar, en quien veían vocación de Numerario. Así lo hice, y, de la noche a la mañana, de acosado, me transformé en acosador. Todos los planes que proponía, en los que estuviera involucrado Oscar, automáticamente recibían el parabién de los directores, aun cuando supusieran el menoscabo de mi presencia en el centro. Por ejemplo, la familia de Oscar se iba algunos fines de semana a un chalet que tenían en Cercedilla (en la Sierra de Madrid), y allí que me iba con ellos, con todas las bendiciones del consejo local, aun cuando no asistiera a la meditación y resto de programas que los sábados por la tarde tenían lugar en el centro.

Oscar se resistía a pitar. Llegaron las vacaciones de verano. Al disponer de más tiempo libre, gastaba más con él. Aparte de lo habitual, un día visitábamos el Museo del Prado, otro el Sorolla o íbamos al zoológico o a remar al Retiro…; todo ello sazonado con el cumplimiento del plan de vida, en el que, menos las preces, Oscar hacía todas las normas conmigo.

A mediados de julio, al fin, Oscar pita. Tres o cuatro días después, cuando hice la confidencia, el director me dice, como de pasada, sin darle mucha importancia:

Por cierto, a partir de ahora ya no debes perder el tiempo con Oscar, porque ambos tenéis que emplearlo en hacer proselitismo con otros.

Con esa frase entendí que debía cesar la intensidad de mi trato con él, mas no se me pasó por la imaginación que lo que realmente se me pedía era la finalización de nuestra amistad, realidad que pocos días después se me explicó nítidamente, intensamente, cruelmente. El motivo fue que durante ese tiempo continuaron las muestras de amistad entre nosotros, que se manifestaban —según me dijo el director— en que íbamos juntos al centro y lo mismo hacíamos al marcharnos, en que yo seguía frecuentando la casa de los padres de Oscar y en que al estar juntos irradiábamos una amistad particular. Se me explicó que Dios nos pedía todo, y dentro de ese todo están los amigos cuando pasan a ser nuestros hermanos en el Opus Dei, momento en el que tenemos que cortar nuestra amistad con ellos. También se me aclaró que entre los de la Obra no puede haber amistades particulares, por lo que las cosas íntimas se tratan sólo con el director, y con nadie más.

Eso ocurrió a última hora de la mañana. Me fui a casa a comer, durante el trayecto estaba descompuesto. En casa de mis padres hice de tripas corazón mientras comía para que no descubrieran mi angustia interior. Y me encerré toda la tarde en mi cuarto. Estaba deshecho, lloraba con desconsuelo, con la misma sensación que podría tener si me hubieran comunicado que Oscar había muerto, ya que para mí suponía lo mismo. Y simultáneamente le pedía perdón a Dios por ser tan poco generoso con Él al resistirme a entregarle esa amistad.

Ese estado de desazón continuó algún tiempo. El mes de octubre nos separaron, yo fui trasladado a otro centro; y, ya se sabe, viene el olvido con la distancia, el tiempo y los nuevos amigos para el proselitismo.

El siguiente 6 de enero, día de Reyes, en mi casa ya no hubo regalo para Oscar; ni en la suya para mí.

Mi familia (e imagino que igual la de él) se extrañó de que de la noche a la mañana pasáramos de ser uña y carne a no vernos juntos, de que ni él ni yo nos telefoneáramos. Les mentí. Les dije que él estaba muy ocupado en diversas actividades, que éramos igual de amigos que antes, que pasábamos grandes ratos juntos en el centro… Cuando más de treinta años después dejé la Obra y comenté esto en mi casa, mis padres me confesaron que entonces creyeron que algún problema muy gordo debía haber surgido entre Oscar y yo, lo que habría supuesto la ruptura de nuestra amistad. Y que tenía que ser tan grande lo acaecido entre nosotros que implicaba el que, para no hablar de lo ocurrido, yo lo disimulaba con falsas razones.

Como dije más arriba, Oscar pitó de numerario. Pasó el tiempo y se ordenó sacerdote; cuando lo hizo yo me encontraba a 300 kilómetros, en un curso anual, y ni se me ocurrió pedir permiso para asistir al evento, ni a su primera misa unos días después. Nunca sabré si me habrían dejado ir. Imagino que no, que para que no fuera los directores aducirían razones de pobreza, o de perdida de tiempo, o cualquier otra. Pero la verdad es que nunca lo planteé. Creo que puse tanta intensidad en acabar artificialmente con nuestra amistad que carecía de fuerzas para encontrarme con él.

Un par de años después de ordenarse sacerdote me hallé, por casualidad, con Oscar en la explanada de Torreciudad. Nos preguntamos sobre nuestras familias, sobre las respectivas trayectorias profesionales, sobre dónde vivíamos…, vamos, sobre superficialidades, lo mismo de lo que hablarían unos conocidos de vista del mismo barrio que se encuentran por azar en una ciudad distinta a la suya. Comprobé que ya no quedaba ni un ápice de la gran amistad que hubo entre nosotros.

Para mí –e imagino que para todos– los afectos humanos son muy valiosos. Si abandoné mujer e hijos por la Obra, me era muy importante sentirme anclado en el calor humano del resto de mi familia (padres y hermanos) y de los amigos. Conforme pasa el tiempo los hermanos viven su propia vida, de la cual algunos te excluyen porque –para obedecer a la Obra– vas quedando mal con ellos (no puedes ser padrino de sus celebraciones, ni ir a los convites; ni a su casa si están casados civilmente, etc); tus padres acabarán falleciendo, y lo único que te va quedando son los amigos.

Lo más terrible de esta historia es que en la Obra no hay verdadera amistad, tanto con las personas que se hicieron del Opus Dei, pues de todas ellas tuve que perderla; como de los que se llamaban mis hermanos, puesto que con ninguno de ellos podía haber amistad particular; como los que la Obra consideraba que no tenían vocación, ya que para los directores seguir tratándoles era una pérdida de tiempo cuando había tanto proselitismo por hacer.

Sí el mayor título que es capaz de dar Jesús a sus discípulos antes de morir es el de “amigos particulares”: Nadie tiene mayor amor que este: que uno dé su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; os llamo amigos. (Jn. 15, 13-15); yo les pregunto a los directores de la Obra (que sé que leen esta página): ¿Por qué entonces vosotros obligáis a los vuestros a destruir ese don –humano y divino– de la amistad, haciendo de él un mero instrumento al servicio de fines egoístas de la Prelatura?

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