Las Etiquetas Del Opus Dei

febrero 19, 2007

Ivan de ExOpus

En las sectas totalísticas […] el adepto no necesita pensar por su cuenta porque la doctrina piensa por él. Es habitual que una secta destructiva cuente con su propio «lenguaje simplificado» de palabras y expresiones. Dado que el lenguaje suministra los símbolos que utilizamos para pensar, controlar ciertas palabras ayuda a controlar el pensamiento. Muchos grupos sintetizan situaciones complejas, las etiquetan, y después las convierten en frases hechas de la secta. Estas etiquetas, que son la expresión verbal del lenguaje simplificado, gobiernan la manera de pensar en cualquier situación.

En los Moonies, por ejemplo, siempre que uno tenía dificultades para relacionarse con alguien que estuviera por encima o por debajo en la jerarquía de la secta, se decía que era un «problema Caín-Abel». No importaba quién estuviera involucrado o de qué problema se tratara, era simplemente un «problema Caín-Abel».

El término en sí mismo dictaba cómo debía resolverse el problema. Caín tenía que obedecer a Abel y seguirle, en vez de asesinarle como estaba escrito en el Antiguo Testamento. Caso cerrado. Pensar de otra manera habría sido obedecer el deseo de Satanás de que el malvado Caín prevaleciera sobre el honrado Abel. Un pensamiento critico acerca de un mal paso del líder no podía atravesar este bloqueo en la mente de un buen adepto (Steven Hassan, Combatiendo el control mental de las sectas. Capítulo 5).

Una de las funciones de los medios de formación del Opus Dei es la de repetir incansablemente etiquetas del tipo de las descritas arriba por Steven Hassan para resolver con ellas cualquier realidad a la que el sujeto tenga que enfrentarse, evitando así que razone.

Cito alguno de esos clichés.

«Como un padre de familia numerosa y pobre». Con esta fórmula queda resuelta toda la problemática económica. Si pides cambiar de coche, pues no, hay que aguantar un año más con el viejo porque somos padres de familia numerosa y pobre y los tales mantienen su coche hasta que se les cae a cachos. Si haces un gasto extraordinario, como tomar un taxi en un imprevisto, entonces te cuentan que hay que prever las situaciones, porque somos padres de familia numerosa y pobre

Para contrarrestar su fragante secretismo: «La Obra es una familia y en toda familia hay cosas que no se airean, algunas que sólo conocen los padres, otras que comparten los hijos mayores, y muchas que son desconocidas por los más pequeños». Y también: «A un niño se le empieza dando leche, luego papillas y así hasta que puede comer de todo». Pero es que ante la sociedad civil y eclesiástica el Opus Dei no es una familia, sino una institución pública.

«Cuando los enamorados se regalen trozos de cemento y lingotes de hierro nosotros haremos lo mismo con el Señor», para justificar los gastos, a veces faraónicos, en objetos de culto en vez de emplearlos en las acuciantes necesidades humanas. Este tema lo trato con más profundidad en la entrada «Una Forma Muy Curiosa De Ser Pobres (VI)»

«Hogares luminosos y alegres», «En nuestros centros no hay lujo sino buen gusto» y «Nuestras casas se construyen con los mejores materiales por pobreza, para que así duren». Y con esas palabras anestesian las conciencias y dan material para contrarrestar a quienes acusan a los del Opus Dei de vivir en centros lujosos (que lo son).

«Es una conspiración más contra Dios, contra la Iglesia y contra la Obra» y «Los que atacan a la Obra son los mismos que atacan a la Iglesia» para neutralizar (sin analizar) la verdad o no que hay en las acusaciones de las que el Opus Dei pueda ser objeto.

«No se tiene trato con los que dejan la Obra por lo mismo que no se relacionan los que se divorcian». Y así se cargan toda la doctrina cristiana de la caridad y de la justicia para poder tratar como perros a aquellos que han dado sus energías y gran parte de sus vidas por el Opus Dei (ver Los Malditos Según El Opus Dei).

«Cuando pitamos [pedir la admisión al Opus Dei] le entregamos todo a Dios por lo que nuestro sueldo ya no es nuestro, es de la Obra antes de que lo cobremos, y por eso no lo podemos tocar». De esa forma tan chusca enajenan de raciocinio, voluntad y libertad para actualizar su generosidad al laico cooperador orgánico numerario o agregado del Opus Dei.

Nos cuentan que «es la contradicción de los buenos» cuando nuestros seres más queridos se ponen de uñas al conocer alguna de las anticristianas servidumbres de la Obra.

«Descansar no es no hacer nada sino cambiar de actividad» para justificar el secuestro al que eres sometido todos los veranos cuando en vez de reponer energías con el reposo (como hacen tus compañeros) te mandan el mes de vacaciones a ser mentalizado en una convivencia (muchos además estudian filosofía y teología) con un horario de tipo castrense

«Nadie va a una farmacia y se pone a tragar sin ton ni son las píldoras que se encuentra» es la fórmula que aplican para que sólo recibamos la información que la Obra quiera (control de lecturas, televisión, amistades, etc.).

Por último, pongo algunas etiquetas «universales» ya que el Opus Dei las usa en todo tiempo, circunstancia y lugar. Como botón de muestra, hace poco un ex numerario amigo que presenta un síndrome de fibromialgia (*) no diagnosticado mientras estuvo en la Obra me comentó que se las aplicaban a él cuando se quejaba de que no podía aguantar más:

«Tienes que pensar menos en ti mismo y darte más a los demás».

«En la Obra nuestro único derecho es no tener derechos».

«Te falta fe en los directores».

«Cuando pitamos le entregamos todo a Dios».

«En la Obra se puede mandar todo».

(*) El Síndrome de Fibromialgia imita la artritis, pero la diferencia es que no hay inflamación del espacio de las articulaciones. En cambio, es un estado muy doloroso con sensibilidad del tejido blando que conecta nuestras articulaciones, incluyendo los ligamentos, los tendones y los músculos. Comúnmente asociado con síntomas que incluyen: fatiga, somnolencia y dificultad para concentrarse. Pueden haber síntomas asociados de ansiedad o depresión.exopus-tomates-72.jpg


La Confidencia En El Opus Dei

enero 27, 2007

Ivan de ExOpus

La dirección espiritual en el Opus Dei (confidencia) se hace habitualmente con un laico: tu director inmediato, y no es algo elegido por ti sino que te es impuesto (a pesar de las disposiciones eclesiásticas en contra).

Esa costumbre reúne las siguientes características:

1. Como el director no es elegido por ti, no es frecuente que a priori se dé empatía entre ambos.

2. La persona que conoce todo, todo, todo, sobre ti y tus circunstancias es alguien de quien tú no sabes nada, nada, nada (pues aunque él quisiera no te lo puede contar, ya que las intimidades sólo se le manifiestan al director).

3. Con esa persona luego convives y además es quien te manda.

4. Te cargan con la culpabilidad de que sí no eres salvajemente sincero con él estás ofendiendo a Dios.

5. Sí no vas puntualmente a hacer la confidencia (cada semana, a la hora del día previsto) eres perseguido por el director para que la hagas y por retrasarla además te acusa de «no ser delicado con Dios».

La carencia afectiva provocada por esa relación despótica, unilateral y servil, unida a la violación de tus derechos (que aunque no lo percibes racionalmente, sí en tu interior) va provocando un rechazo paulatino y visceral hacia tu director y a la materialización de cada una de esas confidencias.

En los medios de formación del Opus Dei se repite hasta la saciedad que tener miedo a los directores es una tentación diabólica grave. Y eso se predica porque es habitual que ocurra. Pero ligar al demonio algo normal y saludable provoca un estado permanente de culpabilidad y neurotización.

Contemplando la praxis del Opus Dei con la objetividad que da la distancia, en muchas ocasiones me pregunto cómo es posible que no estén enfermos todos los numerarios y agregados de la Obra. Y los hechos responden a mi pregunta viendo como conforme pasan los años van cayendo uno a uno en depresión, esquizofrenia, enfermedades psicosomáticas (úlceras de estómago por estrés, colon irritable, crisis de ansiedad, insomnio rebelde, dermatitis incurables hasta que se deja el Opus Dei, columna vertebral deformada por las tensiones musculares inconscientes a las que se la somete).

Sí eres de la Obra y me estás leyendo, medita mis palabras y contrástalas con lo que ves a tu alrededor. Quizás descubras que hay mucha verdad en lo que digo, lo que te puede llevar a comprender que no es por odio ni por rencor al Opus Dei por lo que escribo aquí sino para ayudarte, de la misma manera que en su día lo hizo conmigo Steven Hassan.

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Sin Amigos Por El Opus Dei

enero 27, 2007

Ivan de ExOpus

Publicado originalmente en Opus Libros el 20 de octubre de 2006

La siguiente historia que os voy a contar ocurrió hace 40 años, a mediados de los sesenta, yo tenía 15 años y llevaba pocos meses de Oblato (ahora Agregado) del Opus Dei.

Oscar y yo éramos grandes amigos desde nuestra primera infancia, compañeros de estudios, juegos y confidencias. En su casa yo era, para los suyos, uno más de ellos; y lo mismo ocurría con él y los míos. No había celebración de nuestras respectivas familias a la que no asistiéramos los dos, como si fuéramos hermanos. Un ejemplo, el día de Reyes había un regalo para mí en su casa, y otro para él en la mía…

Cuando comencé a frecuentar un centro de la Obra, allá me llevé a mi amigo Oscar. Nada más pitar yo (pedir la admisión al Opus Dei), el gran empeño de los directores fue que intensificara mi proselitismo con Oscar, en quien veían vocación de Numerario. Así lo hice, y, de la noche a la mañana, de acosado, me transformé en acosador. Todos los planes que proponía, en los que estuviera involucrado Oscar, automáticamente recibían el parabién de los directores, aun cuando supusieran el menoscabo de mi presencia en el centro. Por ejemplo, la familia de Oscar se iba algunos fines de semana a un chalet que tenían en Cercedilla (en la Sierra de Madrid), y allí que me iba con ellos, con todas las bendiciones del consejo local, aun cuando no asistiera a la meditación y resto de programas que los sábados por la tarde tenían lugar en el centro.

Oscar se resistía a pitar. Llegaron las vacaciones de verano. Al disponer de más tiempo libre, gastaba más con él. Aparte de lo habitual, un día visitábamos el Museo del Prado, otro el Sorolla o íbamos al zoológico o a remar al Retiro…; todo ello sazonado con el cumplimiento del plan de vida, en el que, menos las preces, Oscar hacía todas las normas conmigo.

A mediados de julio, al fin, Oscar pita. Tres o cuatro días después, cuando hice la confidencia, el director me dice, como de pasada, sin darle mucha importancia:

Por cierto, a partir de ahora ya no debes perder el tiempo con Oscar, porque ambos tenéis que emplearlo en hacer proselitismo con otros.

Con esa frase entendí que debía cesar la intensidad de mi trato con él, mas no se me pasó por la imaginación que lo que realmente se me pedía era la finalización de nuestra amistad, realidad que pocos días después se me explicó nítidamente, intensamente, cruelmente. El motivo fue que durante ese tiempo continuaron las muestras de amistad entre nosotros, que se manifestaban —según me dijo el director— en que íbamos juntos al centro y lo mismo hacíamos al marcharnos, en que yo seguía frecuentando la casa de los padres de Oscar y en que al estar juntos irradiábamos una amistad particular. Se me explicó que Dios nos pedía todo, y dentro de ese todo están los amigos cuando pasan a ser nuestros hermanos en el Opus Dei, momento en el que tenemos que cortar nuestra amistad con ellos. También se me aclaró que entre los de la Obra no puede haber amistades particulares, por lo que las cosas íntimas se tratan sólo con el director, y con nadie más.

Eso ocurrió a última hora de la mañana. Me fui a casa a comer, durante el trayecto estaba descompuesto. En casa de mis padres hice de tripas corazón mientras comía para que no descubrieran mi angustia interior. Y me encerré toda la tarde en mi cuarto. Estaba deshecho, lloraba con desconsuelo, con la misma sensación que podría tener si me hubieran comunicado que Oscar había muerto, ya que para mí suponía lo mismo. Y simultáneamente le pedía perdón a Dios por ser tan poco generoso con Él al resistirme a entregarle esa amistad.

Ese estado de desazón continuó algún tiempo. El mes de octubre nos separaron, yo fui trasladado a otro centro; y, ya se sabe, viene el olvido con la distancia, el tiempo y los nuevos amigos para el proselitismo.

El siguiente 6 de enero, día de Reyes, en mi casa ya no hubo regalo para Oscar; ni en la suya para mí.

Mi familia (e imagino que igual la de él) se extrañó de que de la noche a la mañana pasáramos de ser uña y carne a no vernos juntos, de que ni él ni yo nos telefoneáramos. Les mentí. Les dije que él estaba muy ocupado en diversas actividades, que éramos igual de amigos que antes, que pasábamos grandes ratos juntos en el centro… Cuando más de treinta años después dejé la Obra y comenté esto en mi casa, mis padres me confesaron que entonces creyeron que algún problema muy gordo debía haber surgido entre Oscar y yo, lo que habría supuesto la ruptura de nuestra amistad. Y que tenía que ser tan grande lo acaecido entre nosotros que implicaba el que, para no hablar de lo ocurrido, yo lo disimulaba con falsas razones.

Como dije más arriba, Oscar pitó de numerario. Pasó el tiempo y se ordenó sacerdote; cuando lo hizo yo me encontraba a 300 kilómetros, en un curso anual, y ni se me ocurrió pedir permiso para asistir al evento, ni a su primera misa unos días después. Nunca sabré si me habrían dejado ir. Imagino que no, que para que no fuera los directores aducirían razones de pobreza, o de perdida de tiempo, o cualquier otra. Pero la verdad es que nunca lo planteé. Creo que puse tanta intensidad en acabar artificialmente con nuestra amistad que carecía de fuerzas para encontrarme con él.

Un par de años después de ordenarse sacerdote me hallé, por casualidad, con Oscar en la explanada de Torreciudad. Nos preguntamos sobre nuestras familias, sobre las respectivas trayectorias profesionales, sobre dónde vivíamos…, vamos, sobre superficialidades, lo mismo de lo que hablarían unos conocidos de vista del mismo barrio que se encuentran por azar en una ciudad distinta a la suya. Comprobé que ya no quedaba ni un ápice de la gran amistad que hubo entre nosotros.

Para mí –e imagino que para todos– los afectos humanos son muy valiosos. Si abandoné mujer e hijos por la Obra, me era muy importante sentirme anclado en el calor humano del resto de mi familia (padres y hermanos) y de los amigos. Conforme pasa el tiempo los hermanos viven su propia vida, de la cual algunos te excluyen porque –para obedecer a la Obra– vas quedando mal con ellos (no puedes ser padrino de sus celebraciones, ni ir a los convites; ni a su casa si están casados civilmente, etc); tus padres acabarán falleciendo, y lo único que te va quedando son los amigos.

Lo más terrible de esta historia es que en la Obra no hay verdadera amistad, tanto con las personas que se hicieron del Opus Dei, pues de todas ellas tuve que perderla; como de los que se llamaban mis hermanos, puesto que con ninguno de ellos podía haber amistad particular; como los que la Obra consideraba que no tenían vocación, ya que para los directores seguir tratándoles era una pérdida de tiempo cuando había tanto proselitismo por hacer.

Sí el mayor título que es capaz de dar Jesús a sus discípulos antes de morir es el de “amigos particulares”: Nadie tiene mayor amor que este: que uno dé su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; os llamo amigos. (Jn. 15, 13-15); yo les pregunto a los directores de la Obra (que sé que leen esta página): ¿Por qué entonces vosotros obligáis a los vuestros a destruir ese don –humano y divino– de la amistad, haciendo de él un mero instrumento al servicio de fines egoístas de la Prelatura?

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Consejos A Los Que Piensan Dejar El Opus Dei

enero 18, 2007

Ivan de ExOpus

Entras en la Obra muy joven, ilusionado, creyendo que los de allí sólo buscan tu felicidad, con la esperanza de que te ayudarán a ser santo… Pero las incongruencias entre lo teórico y la praxis del Opus Dei te van acorralando hacia un muro de soledad, de insatisfacción, de falsa espiritualidad, de incomunicación, de frialdad afectiva, de enfermedad física, psicosomática o mental…, que poco a poco te van cortando los lazos amorosos hacia la Institución, hasta que literalmente se cumple la poesía:

Me encontré frente a un muro

y en el muro un letrero:

“Aquí empieza a tu futuro.”

(Apuntes Del Insomnio. Octavio Paz.)

Y ese muro te impide seguir tu andadura en la Obra y lo derribas y descubres que el mundo de fuera es maravilloso a pesar de que en el tiempo en que estuviste en el Opus Dei has sido preparado por él para que sufras sí le abandonas. Ya que la Obra te hace inmaduro, sin experiencia para relacionarte con una pareja, con una autoestima por los suelos, sin recursos económicos, con la vitalidad muy mermada, sin amigos…, para que tras tu marcha se cumpla en ti su profecía de que quienes le dejan serán unos desgraciados. Pero sí tienes paciencia, sí no te unes con la primera persona a la que el corazón te arrastra (sin antes haberlo meditado muy bien); sí te desprogramas mentalmente de todas las falacias que te imbuyeron en el Opus Dei…, puedes ser muy feliz, ya que quien mejor valora un cielo es el que antes estuvo en un infierno.

Te acabo de contar mi experiencia. Sí estás pensando dejar la Obra no puedo garantizarte nada. Sólo añado que para mí no hubo otra posibilidad. Ya no podía seguir dentro del Opus Dei en cuanto descubrí que los métodos que emplea coinciden con los de las sectas destructivas.

Pero tu caso puede ser distinto, por eso mis consejos son tan sólo eso: consejos. La responsabilidad de haber entrado y de permanecer en el Opus Dei —quizás durante años— les corresponde sobre todo a los directores que han sido quienes te metieron y te han mantenido dentro. Nosotros podemos darte luces nuevas pero la decisión y responsabilidad de marcharte de la Obra es exclusivamente tuya (y puede que incluso sea algo heroico).

Sea cual sea tu decisión, te deseo lo mejor en la vida.

Iván de ExOpus.

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