Los Derechos Humanos Fundamentales en el Opus Dei

octubre 23, 2008

Iván de ExOpus

NOTA PREVÍA: A lo largo de este escrito aparece en diversas ocasiones el verbo “pitar”. En el lenguaje interno de la Obra tal palabra significa el momento en el que se escribe una carta para pedir la admisión al Opus Dei.

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Testimonios de Miguel Fisac Sobre el Opus Dei

septiembre 12, 2007

Miguel Fisac

Iván

Los biógrafos oficiales del Opus Dei suprimen de su historia a todos aquellos que dejan la Institución. Y no escapa a esta norma, de dar la muerte civil a todo aquel que deja de someterse a su «santa coacción» y les abandona, ni siquiera aquellos que fueron piezas esenciales para el nacimiento y ulterior desarrollo del Opus Dei

Éste es el caso de Miguel Fisac, arquitecto de talla universal y persona de una integridad moral irreprochable al que el propio Fundador del Opus Dei debía literalmente la vida, puesto que fue Fisac, con el dinero de su padre y con su esfuerzo personal, quien le ayudó a pasar de una a otra España durante la Guerra Civil, junto a varios miembros más de la Obra.

Miguel Fisac no aparece en ninguna de las biografías oficiales de Escrivá porque terminó saliéndose del Opus Dei, tras 19 años de ayudarle intensamente con su vida y dinero.

Podemos comprobar este hecho de olvido planeado con los dos textos de abajo. En el primero se refieren a él con un inidentificable Miguel, un estudiante, antiguo alumno de la Academia DYA, y en el segundo ni se le nombra.

Aquí van las citas.

A eso del mediodía, don Josemaría sube al autobús que va a Seo de Urgel. Le acompañan Juan Jiménez Vargas, Pedro Casciaro, Francisco Botella, José María Albareda -el joven doctor en farmacia y química que ha asistido unas semanas antes, en Madrid, a los ejercicios espirituales dados por el Padre, y que ha pedido enseguida formar parte del Opus Dei- y Miguel, un estudiante, antiguo alumno de la Academia DYA (Al paso de Dios, Capítulo 13. François Gondrand).

El 7 de octubre partieron hacia Valencia. Acompañaban a don Josemaría, Juan Jiménez Vargas, José María Albareda, Manolo Sainz de los Terreros -en cuya casa de la calle Sagasta había pasado el mes de agosto de 1936- y Tomás Alvira, un profesor de Instituto, amigo de José María Albareda, al que había conocido hacía pocos días.

En Valencia se encontraron con Pedro Casciaro y Francisco Botella, dos estudiantes de arquitectura que pertenecían a la Obra. Los dos estaban dispuestos a acompañar al Padre, aunque en aquel momento no se veía la forma de hacerlo. Estaban movilizados y destinados a servicios auxiliares en el ejército republicano. Pedro trabajaba en la oficina de la Dirección General de los Servicios de la Remonta (El fundador del Opus Dei, Capítulo 6. Peter Berglar).

Esta omisión metódica e institucional nos lleva a agrupar los testimonios que Miguel Fisac ha dado sobre el Opus Dei y su Fundador, para evitar con ello que su memoria y obras sean realmente olvidadas.

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ÍNDICE

Miguel Fisac, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

Nunca Le Oí Hablar Bien De Nadie

Mentiras Bajo La Piadosa ‘Caridad Cristiana’

Respuestas De Miguel Fisac A Las Preguntas Del OPUS DEI AWARENESS NETWORK (ODAN).

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Miguel Fisac, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Encuesta realizada entre 1970 y 1974

MIGUEL FISAC. Doctor Arquitecto. Madrid.

Desde 1955 en que, por propia voluntad y no sin trabajo, conseguí salir del Opus Dei, no tengo ningu­na clase de vinculación con él.

Como en diferentes ocasiones se han publicado no­ticias que pretendían vincular mi salida del Opus Dei con mi matrimonio, quiero aclarar que a mi mujer me la presentaron después de salir de la Obra, y al año y medio nos casamos, y ella en ningún momento ha tenido ninguna clase de relación ni vinculación con el Opus Dei.

Nunca en el instituto tuve ningún cargo de dirección, y lo único que hice fue trabajar intensamente en mi profesión y padecer un auténtico martirio espiritual hasta mi salida; por ser muy inclinado a los escrúpu­los de conciencia.

Los trabajos de arquitectura que en aquellos años realicé, me han servido para mi desarrollo profesio­nal, pero no más que los que libremente habría reali­zado en aquella época de intenso trabajo, y ha sido des­pués de mi salida del Opus Dei cuando he realizado más obras y creo que de mayor interés.

He continuado teniendo amistad con algunos de los miembros del Opus Dei que convivieron conmigo, que en algunas ocasiones me han invitado a colaborar en algunas publicaciones y he aceptado la invitación, lo mismo que he aceptado también los ofrecimientos que me han hecho personas y en publicaciones de muy di­ferentes ideologías; ya que de lo que tengo un deseo concreto es de no encasillarme en ninguna clase de capilla ni grupo religioso, político, económico, etc.

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NUNCA LE OÍ HABLAR BIEN DE NADIE

Cuando Escrivá iba a ser beatificado a principios de la década de los noventa, varios antiguos miembros del Opus Dei, pidieron comparecer en la Causa para aportar su testimonio. La Congregación Vaticana a cargo del proceso de beatificación, -milagrosamente en manos del Opus Dei-, se negó a escuchar a todo aquel que tuviera un punto de vista crítico a la supuesta santidad del protagonista.

Algunos de estos testimonios fueron publicados por la editorial Libertarias/ Prodhufi en un libro titulado Escrivá de Balaguer – ¿Mito o Santo? De él extraemos este testimonio de Miguel Fisac (Nota de Opus Libros).

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En el programa de televisión «La Clave» (7-2-92) yo dije refiriéndome al Sr. Escrivá:

-No recuerdo haberle oído hablar bien de nadie.

Reconozco que era una afirmación muy fuerte. Y el periodista de la Vanguardia, Ricardo Estarriol que había visto al padre Escrivá sólo en visita o, tal vez, en horas de trabajo comentó:

-Yo no dudo de lo que dice Fisac. Pero yo en cambio le oí hablar bien de todo el mundo.

Entonces yo debí explicarle que lo que ocurría es que yo había tratado a este señor más de cerca; en la intimidad. Yo había desayunado con él, almorzado con él, cenado con él y no un día sino muchos días de muchos años. Yo había recorrido España entera, mano a mano con él en coche, habíamos cantado a dúo. Incluso yo le había cargado a mis espaldas, al cruzar los ríos, en el paso del Pirineo, y hasta el día de la famosa rosa de madera que él encontró en Rialp había dormido con él bajo la misma manta. Es decir, que yo no había estado con él en visita.

El periodista, lo mismo que el teólogo Illanes estaban acostumbrados a oír lo que el padre decía, pero de cara a la galería, como se ha podido ver en los vídeos que le grabaron para presentarle al público en los últimos años de su vida.

Yo fui uno de los 20 o 25 primeros que entraron en el Opus Dei. Por más señas: el 29 de febrero de 1936.

Durante la República hubo en España persecución religiosa y eso me creó bastante intranquilidad; lo mismo que a otros jóvenes como yo. Me acuerdo de la Semana Santa en que tirotearon las procesiones en mi pueblo, en Daimiel, resultó desagradabilísimo. Yo volví muy excitado a Madrid, a la pensión donde también se hospedaba un amigo, Pedro Casciaro, que estudiaba la carrera de Arquitectura como yo. Recuerdo que él me dijo:

-Me he encontrado con un sacerdote interesante y querría presentártelo.

Y me llevó a la residencia DYA, a la calle de Ferraz, 50. Allí conocí a este señor que estuvo muy amable conmigo. Después, seguí viéndole de vez en cuando. Èl nos daba unas charlas, nos comentaba algo sobre el Evangelio y luego asistíamos a la bendición y reserva del Santísimo.

Aquel ambiente era simpático y todos los de su alrededor me parecieron muy agradables. Tenía todo aquello un aspecto de renovación religiosa. Se trataba, según decían, de volver a vivir la fraternidad de los primeros cristianos.

Sin embargo, cuando el Sr. Escrivá después de muchas historias y sin aclararse nunca -pues todo era muy secreto- me contó que eso tenía más fondo, me dio miedo y me dije:

-Yo aquí no me meto de ninguna manera.

Yo nunca hubiera dicho que quería entrar en ninguna parte, lo que sucedía es que yo estaba dispuesto a ayudar al que me lo pidiera. Y me dijeron que si podía pintarles un cuadro para el comedor y se lo pinté y luego otra cosa y otra. Vamos, que yo estaba en la mejor disposición.

Pero un día ingresaron allí dos de los amigos que estudiaban conmigo, Pedro Casciaro y Paco Botella y una vez dentro empezaron a tirar de mí de una manera tremenda. El Sr. Escrivá comenzó a ser mi director espirtual.

-No te preocupes, me decía.

-Yo estoy dispuesto a ayudar, pero nada más, insistía yo.

-Bien, no te preocupes, me repetía él.

Un día me llamó Pedro Casciaro y me dijo que el Padre quería verme.

Yo fui algo preocupado porque unos días antes a mi hermano le había tocado la lotería y me figuré que me iba a pedir dinero. Pero al llegar me metió en su despacho y me dijo:

-Miguel, yo creo que tú tienes vocación.

Y no supe decirle que no. La realidad es que yo no quería entrar allí y estuve como un imbécil. Y desde el principio quise salirme o morirme.

Una de las cosas que el Sr. Escrivá repetía constantemente, como una actitud de lealtad, era que no debíamos confesarnos fuera de allí: «La ropa sucia en casa se lava», -nos decía. Y yo me sentía deseperado. Bien es verdad que no hice nada de proselitismo. Si yo quiero marcharme, pensaba para mis adentros, ¿cómo voy a decirle a nadie que entre? Una sola vez lo hice y me duele. Un día que fuimos a Valencia Álvaro Portillo y yo, me dijeron que les echara una mano con un chico que andaba casi convencido para entrar. Aunque yo no estaba por la labor, le hablé y él dijo que sí. Luego me sentí mal por haberle coaccionado. Se trataba de Federico Suárez, el que es ahora capellán de la Casa Real. Me gustaría poderle pedir perdón por haberme prestado a aquello.

Permanecí en el Opus durante muchos años. El ambiente interno era agradable, la gente se ayudaba y se encontraba uno muy cómodo. Todos teníamos una formación cultural parecida y de buena educación.

Sin embargo, los actos de piedad eran excesivos. A mí me agobiaban porque tenían que hacerse continuamente: el ofrecimiento de obras, media hora de oración, la Misa y la Comunión, el Angelus, tres partes de rosario, etc. y cuando terminabas el día y hacías el recuento de obras te habías saltado varias de ellas. Pero nunca te preguntabas: ¿qué he hecho yo por mi prójimo?

En vez de pensar que no había hecho nada por el prójimo, pensaba en que me había olvidado la lectura espiritual o el examen o no se qué oración. Todo eso me hacía sufrir porque yo era muy escrupuloso.

En seguida de terminar la carrera empecé a trabajar. Esto sí que me gustaba y absorbía mucha parte de mi tiempo. Nunca tuve ningún cargo interno en la casa ni quise tenerlo.

En cuanto a lo del sacerdocio era una cosa muy dura. El Sr. Escrivá llegaba y decía:

-Tú cura y tú no.

Conozco a algunas personas que quisieron ser sacerdotes y él no lo permitió. Vincente Rodíguez Casado, catedrático de Historia al que se conoció después por su cargo de Director General, tenía vocación de sacerdote y no lo fue. Tampoco el ingeniero de Caminos Fernando Valenciano, que tenía una gran vocación, pudo serlo. En cuanto a mí, el Padre conocía mi postura claramente negativa y me prometió, como una excepción, que no me haría ser cura.

-Te prometo que no serás sacerdote, me aseguró.

Yo me quedé más tranquilo. Pero aún así cuando se planteó el problema de los primeros sacerdotes (Álvaro Portillo, José Luis Muzquiz, José María Hernández Garnica, Ricardo Fernández Vallespín) yo estaba muy violento y temí que me lo propusiera.

En el Proceso de Beatificación del Sr. Escrivá, varios sacerdotes del Opus Dei me han descalificado, diciendo que mi conducta era contradictoria, propia de mi inestabilidad emocional con temperamento desequilibrado con ideas obsesivas y manía persecutoria. No entiendo por qué, entonces, el Sr. Escrivá me escribía cartas de cuatro hojas nombrándome socio elector, categoría que él daba a muy pocos. En esa carta, escrita a mano por él, después de elogiar mi labor dentro de la Obra, me obligaba a ser uno de los que votara para elegir al siguiente Presidente del Opus Dei cuando él muriera.

Por supuesto, cuando yo salí del Opus Dei, el propio Padre le mandó a Antonio Pérez para que yo le devolviera aquella carta, cosa que yo hice en el acto.

También recuerdo que un día me llamó y me explicó que aunque no fuera sacerdote deseaba que yo formara parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

-Quiero que pertenezcas, como excepción, a esta Sociedad, me dijo.

Como yo lo que pretendía era marcharme de allí y no atarme más, le contesté:

-¿Puedo decir que no?

-Sí, me dijo él.

-Pues entonces digo que no, le respondí.

Aquella tarde, Álvaro Portillo me comentó que el Padre le había dicho que yo le había dado un gran disgusto.

Desgraciadamente yo desempeñé un papel en la Obra a través de lo que menos me interesaba: el dinero. Se me ha achacado que yo trabajé mucho porque el Opus me proporcionó el trabajo. Eso no es verdad. En aquella época había trabajo de sobra. Salimos diez arquitectos de la Escuela e inmediatamente a mí me ofrecieron varios puestos. El Director General, D. Pedro Muguruza me propuso que me fuera a su despacho y luego, su hermano José María, también lo intentó.

Por aquellos años había muchas construcciones por hacer y además éstas producían mucho dinero. En mi caso concreto yo le daba todo lo que ganaba a la Obra y era el que ingresaba más, pues los otros tres o cuatro que estaban conmigo tenían sueldos de catedráticos que no eran cantidades importantes. Mis honorarios sí que lo eran. También el dichoso dinero fue lo que hizo que vinieran a buscarme, precisamente, a Daimiel. Yo suponía que habían ido a salvarme la vida y luego comprendí que mi padre tenía el dinero para pagar el paso a la zona Nacional por el Pirineo.

Durante los años que estuve en el Opus, yo arrastraba un malestar latente, interior, que hacía que gritara con frecuencia. A veces me indignaba con el Sr. Escrivá y luego iba a pedirle perdón. Él me contestaba quitándole importancia al asunto.

-Pero si no me has dicho nada, me replicaba, no te preocupes.

Yo creía que él y todos los demás me tenían un gran cariño y por eso me dolía coger la puerta y marcharme. Yo les quería de verdad y los sigo queriendo, aunque no he encontrado esa reciprocidad en ellos. Pues para el que se va de allí, la norma es que no existe ya, se ha muerto, o como si fuera un enemigo al que hay que perseguir.

Ahora, he creído en conciencia que tenía la obligación de dar un testimonio y por eso lo doy. Lo paso muy mal escribiendo todo esto. Pero creo que tengo la obligación de hacerlo.

Cuando me planté y dije que me iba de la Obra yo estaba en Madrid, y el Sr. Escrivá en Roma. Antonio Pérez me dijo:

-He hablado con el Padre y me ha dicho que te marches, pero que él quiere hablar contigo antes de que lo hagas.

Cogí el primer avión para Roma y me presenté allí. En el aeropuerto me estaban esperando y como eran las once de la noche me dijeron que me acostara, que durmiera tranquilamente y que al día siguiente oiría la misa del Padre y él hablaría conmigo.

Lo hicimos así, le expliqué que yo no podía continuar. No era nada nuevo para él, se lo había dicho muchas veces. Él me dijo que hablara con Álvaro.

Lo primero que hizo Álvaro, fue comentarme que estaba indignado por la actitud incorrecta que había tenido Pepe Montañés, esa última semana, respecto a un asunto de dinero con mi padre. Yo le contesté que eso que había hecho me había molestado mucho, pero que no tenía nada que ver con mi decisión de salirme. Después, él recordará cuando añadió:

-Miguel, quiero pedirte perdón por las coacciones a que te hemos sometido para que no te fueras, pero has actuado durante todos estos años de forma tan generosa que por eso hemos creído que tenías vocación.

Hice la maleta y cuando me iba Álvaro me dijo:

-El Padre tiene ahora que ir a Viena y me ha dicho que le haría ilusión que lo llevaras tú en el coche.

-Álvaro, le contesté, muchas gracias por el ofrecimiento, pero a donde tengo que irme es a Madrid.

Ellos continuaban actuando con ese vicio que quieren ahora canonizar: La Santa Coacción.

Por fin me vi en la calle. Y respiré. Ese ambiente de secretismo y ese mentir, durante todos los años que estuve en la Obra, siempre me habían agobiado. (Hace unas semanas, yo veía en el programa «La Clave» a esos dos sacerdotes mintiendo). Yo sé que estaban mintiendo y ellos saben que estaban mintiendo. Por eso cuando ¡ya en la calle!, con una maletita, ligero de equipaje, sin un céntimo en el bolsillo, me vi camino de casa de mis padres pensé:

-Bueno, Miguel, aquí hay una cosa clara, primero vas a decir siempre la verdad, que es lo tuyo. Y luego vas a ser bueno en vez de tanta monserga.

Porque, ¿qué es ser bueno? Pues querer a los demás. Nada más.

Desde entonces he procurado documentarme y reeducar mi formación religiosa. O mejor dicho, mi sentir profundo religioso. Y creo que ahora estoy en mejores condiciones que en las que estaba. En el Opus sólo hay piedad. ¿Es mala la piedad? No, si sirve y ayuda a la fe. Sí es mala si se la presenta como solución para todo.

Los conocimientos sobre los que estaba fundada toda la estructura espiritual del Opus Dei se basan en la percepción, no aclarada nunca, del Sr. Escrivá, de que un día y en un lugar determinado, Dios le había dado a conocer la labor que tenía que realizar: la santificación del trabajo ordinario, poner a Jesucristo en la cúspide de las actividades humanas, etc., etc. Esto se lo oí referir al Sr. Escrivá muchas veces. Una de ellas cuando él y yo pasábamos por la acera de delante del convento de los P.P. Paules de la calle de García de Paredes, en donde él había tenido esta experiencia.

Consideraba de la máxima trascendencia sobrenatural el fenómeno, pero no se aclaraba ni tampoco daba ninguna clase de detalles. Yo supongo que esta cuestión tiene que haber sido analizada por especialistas y debería darse a conocer a los fieles sin seguir dejándolo como un misterio, pues es la clave de la fundación del Opus Dei.

Esta actitud del Sr. Escrivá de presentar el supuesto misterio, como sobrenatural, la fomentó él para que se hiciera extensiva a todo lo que él hacía y decía aunque en algunos casos lo que hacía y decía estuviera en contradicción. Y después todo lo que dice y lo que hace el Padre aunque este decir y hacer esté en contradicción, será recibido por sus hijos como palabra de Dios.

Cuando yo le escribí al Cardenal Tarancón, diciéndole que quería declarar en el Proceso que se estaba llevando a cabo le explicaba que no era fácil describir la figura de este señor. Pues era una persona muy compleja porque él jugaba con dos barajas. Es decir que corrientemente jugaba con la baraja con la que jugamos todos al realizar nuestros actos. Pero él tenía además la baraja sobrenatural y de vez en cuando echaba una carta de esta baraja y creaba una visión equivocada.

Por ejemplo yo, que durante los últimos tiempos, viví en la casa de Diego de León, 14 con Álvaro Portillo, Antonio Pérez, Luis Valls, Florentino Pérez Embid y alguno más, recuerdo que el Padre comía y cenaba en el comedor principal con nosotros y no había ninguna fiesta importante en el Opus que él no aguara, ya fuera Nochebuena o cualquier otra. De pronto se enfadaba, no sabíamos por qué, y se metía en su cuarto dejándonos allí tirados. Eso era algo habitual en él. No sabíamos nunca cómo iba a reaccionar ni nos daba ninguna explicación. Supongo que él creía que tenía que hacerlo así por una razón de tipo ascético.

Lo mismo ocurría con las chicas. Él las tenía muy lejanas y les hablaba siempre en plan de padre. Pues bien, de repente echaba una carta de esas y a las pobres las descomponía. Por ejemplo, les obligaba a hacer una tortilla francesa una y otra y otra vez, porque decía que no estaban en su punto.

Alguien se figurará que el Sr. Escrivá tenía un paladar exquisito, pero yo creo que les provocaba para que ellas tuvieran paciencia, como ocurre en esas historias de conventos en donde el superior incordia e incordia para dar más lustre e esta virtud. Por eso querer conocerle a fondo resultaba dificilísimo porque nos enredaba sin saber por qué.

Me acuerdo que un día vino a Madrid un cura de Barcelona, que dirigía a muchos chicos jóvenes. Yo creo que alguna vez se habían escrito los dos. Y el Padre, al saber que venía este señor a conocerle me comentó:

-Ha venido a ver al bicho. Vamos a darle un paseo en coche.

Y desde el primer momento él procuró comportarse de una manera absurda para escandalizarlo. Me dijo que cantara unas canciones de Conchita Piquer que él tarareó, tuvo una conversación intrascendente, nos llevó a cenar a un restaurante de lujo y cuando volvimos y dejamos a aquel pobre cura todo asustado, él se echó a reír viendo el desconcierto que le había producido.

Desde luego, él creía que era un elegido por Dios y que estaba condenado a ser un santo.

Es extraño que con el paso de los años se dejara llevar de una serie de vanidades que siempre le habían parecido mal y que yo le oí reprobarlas.

Curiosamente, había una serie de hechos en su vida más o menos parapsicológicos que él procuraba no comunicar a nadie o a casi nadie. Yo fui testigo de excepción en alguno de ellos.

Durante la guerra, un día, al llegar a Burgos me contaron que un señor importante de allí se había dado cuenta de que el padre de Pedro Casciaro era uno de los jefes socialistas de Albacete y a pesar de ello, éste tenía un buen enchufe en la oficina de reclutamiento del General Orgaz, mientras que su hijo estaba en primera línea en el frente. Había que ir a visitarlo y tranquilizarle para que no hiciese ninguna denuncia. Y como yo iba con mi uniforme de oficial recién estrenado, me pidieron que fuera yo a hablar con su mujer y el Sr. Escrivá iría a verle e este señor y a convencerle para que no denunciara a Pedro. Y cuando yo llegué a ver a aquella señora, ella se puso histérica, dijo que Pedro era un rojo y que lo iba a pagar y nos echó de mala manera.

Cuando nos encontramos de nuevo en el hotel Sabadell con el Padre, yo le conté que me había descompuesto y que lo había hecho muy mal y él nos comentó:

-Pues si os sirve de consuelo yo lo he hecho peor. Este señor se ha puesto como un basilisco y hemos terminado a farolazos.

Después de comer, Pedro Casciaro y Paco Botella se marcharon a su oficina, Albareda se fue también y yo me quedé solo con el Sr. Escrivá. Entonces él, puesto en el mirador de la habitación del hotel, murmuró:

-Mañana morirá el hijo de este señor.

Aquella frase me dejó estupefacto y estuve en silencio. Nos pusimos a escribir y a hacer nuestras cosas hasta que hacia las siete de la tarde él me propuso dar una vuelta:

-Si quieres podemos ir a la catedral a hacer la visita al Santísimo.

Así lo hicimos, y al salir de la catedral, en una esquina donde se pegaban las esquelas, vimos que estaba apuntado el nombre del señor con el que él había estado discutiendo por la mañana. (El Sr. Escrivá había dicho que moriría el hijo y allí ponía que era el padre).

No hagas ningún juicio -me advirtió- vamos a pedir por él.

Después el Sr. Escrivá me explicó sin aclararse muy bien, que él lo que había entendido era: «Mañana entierro» y que por eso, se había figurado que el que estaba en el frente era el que iba a morir.

¿Aquello fue una premonición? No lo sé, premoniciones de esa clase las tiene mucha gente. Pero en su fuero interno el Sr. Escrivá tenía la idea de que era un predestinado.

Recuerdo que me hicieron escribir esta experiencia para la posteridad como si se tratara de algo sobrenatural, y hubiera que demostrar, en un futuro, los poderes del Padre.

En los primeros tiempos el Sr. Escrivá había dicho que se le tuteara; pero más tarde comprobó que sus hijos le perdían un poco el respeto y retrocedió, empezó a ponerse más distante. Cuando yo llegué ya era un hecho el llamarle Padre.

Desde pequeño él había tenido un gran complejo de inferioridad, al ver despreciada a su familia y, por ello, perdió el control. Los títulos, los marquesados, los escudos nobiliarios le pirriaban. Cuando logró trabar amistad con la marquesa de Macmaon, hizo grandes proyectos. Allí aprendió a poner bien una mesa, a que las sirvientas fueran con cofia almidonada y con guantes, a que todo estuviera perfectamente elegante. Realmente, los grandes de España le impactaban.

Lo de solicitar el título de Marqués de Peralta, yo me figuro -porque algún comentario le oí- que fue para poder aspirar a presidir la Orden de Malta que creo que exige, por estatutos, que el presidente (maestre o como se llame) sea aristócrata.

Su apellido era «Escrivá» a secas. A él le escuché alguna vez, que cuando era presentado a algún aristócrata con ocasión de su cargo de Rector del Real Colegio de Santa Isabel, le preguntaban: ¿Escrivá de Romani? y él tenía que decir que no, lo cual producía en el auditorio cierta actitud de desprecio. Así que le añadió lo de Balaguer. Por esa misma razón a Álvaro Portillo le hizo ponerse el «del» para darle más tono aristocrático.

A mí me parece que el Sr. Escrivá se justificaba dentro de él, de estas vanidades y grandezas de las que hacía gala, pensando que tenía que aparecer siempre como una persona importante, porque así se le tendría respeto a su Obra. Por consiguiente él no podía ir a un hotel de mala muerte sino a uno lujoso. No podía llevar gemelos baratos sino de oro. Y siempre que hacía ostentación de algo procuraba jugar con la carta sobrenatural porque, si no, no se hubiera encontrado a gusto. Él tranquilizaba su conciencia asegurando que lo hacía por el bien de la Obra.

Él tenía una visión crítica muy dura y hacía juicios negativos de la gente, incluso de su gente. A mí me molestaban su comentarios nada agradables. La crítica de curas, frailes y monjas era constante. A los Jesuitas no los quería. Él se proclamaba ingenuamente anticlerical.

Y fui a Roma muchas veces con él. Le gustaba ir a la Basílica de San Pedro. Se ponía delante de la estatua de San Pedro y decía:

-Creo en la Iglesia a pesar de los pesares.

Y golpeaba su cabeza contra los pies de la imagen y jugaba con la frase: «Aquí yace un español que vivió diez años en Roma y no perdió la fe».

Poco antes de morirse, Tardini le dijo al Sr. Escrivá que Pío XII había pensado hacerles Cardenales a él y a Montini y que él había rechazado ese honor para no dar lugar a que nombrara a Montini; pues éste era un peligro para la Iglesia, y el Sr. Escrivá estaba muy de acuerdo.

Había mucho de contradictorio en el padre Escrivá. Siempre seleccionaba a las personas: decía que los peces había que pescarlos por la cabeza. Escogía a los más listos y desechaba a los otros. Cuando comprendió que no era fácil apoderarse de la Universidad, lo hizo con el Gobierno.

Del milagroso paso por Andorra, yo puedo contar que fue durísimo, pero no milagroso.

Cuando el Padre estuvo con los suyos, refugiado en la Embajada de Honduras de Madrid, acordaron entre todos los que allí estaban, que él debía pasarse a la otra zona. Y como no había nadie que les pudiera ayudar en la zona nacional, decidieron cruzar el Pirineo con la ayuda de unos guías, a los que había que pagar bastante dinero.

Yo, hacía tres meses que había ingresado en el Opus, estaba escondido en la buhardilla de mi casa de Daimiel. Y primero tuve noticias de Paco Botella. Más tarde se presentó Juan Jiménez Vargas a buscarme. Aquel era un acto heroico que me emocionó, él estaba jugándose la vida por mí. Luego, mucho más tarde, comprendí que le habían mandado a Madrid para que consiguiera el dinero necesario para poder pagar a los guías, y debió de decirle Isidoro Zorzano que yo posiblemente lo podría tener. Por eso, Juan fue a Daimiel. A mí me impresionó su valentía. Mi padre sacó, de donde pudo, creo que treinta y siete mil pesetas, que nosotros llevamos a Barcelona. Desde allí, después de más de un mes sin documentación y un peligro tremendo, pudimos escapar hacia Francia.

El grupo estaba constituido por el Sr. Escirvá, Paco Botella, Pedro Casciaro, José M.ª Albareda, Tomás Alvira, Juan Jiménez Vargas, Manuel Saiz de los Terreros y yo. En total éramos ocho. Pero como éste último y yo nos salimos más tarde de la Obra, los biógrafos nos suprimieron y desde entones se dijo que habían sido seis.

Escrivá no era franquista, cuando le convenía ver a Franco, decía unas amabilidades y cuando le pidieron que le diera unos Ejercicios Espirituales a él y a Dña. Carmen, lo hizo. Y lo hacía bien. En aquellas primeras épocas sabía llegar a la gente. Cuando estaba delante de una mesita en el oratorio, lo hacía bien. Eso no tiene nada que ver con esas grabaciones teatrales que nos han dado después en la televisión y que producen vergüenza. No se cómo pudo cambiar y engreírse tanto.

Era de un exclusivismo tremendo. Por eso ha hecho de la Obra, una secta. La última vez que yo vi a Paco Botella le dije:

-Mira, Paco, sois una mafia.

-Pero Miguel, ¡qué cosas me dices!, me contestó él.

Yo creo que el pobre tenía el dolor de comprender que sí, que en efecto lo era.

Nos dimos un abrazo y se despidió. Al mes siguiente murió. En la esquela del periódico ponía catedrático, pero no sacerdote, me extrañó.

Cuando en el año 1955 salí de la Obra, fue como si me hubieran quitado un peso de encima. ¡Al fin liberado! Pero como el Padre no quería que me fuera, le escribió una carta a mi confesor, Paco Botella, para que él me la leyera, en la que decía: «Siento que Miguel quiera marcharse porque va a sufrir mucho y va a ser un desgraciado»

El camino estaba inexorablemente trazado: Miguel sufriría mucho y sería un desgraciado. Y aunque la realidad de los hechos haya dicho lo contrario, porque a mi, además de casarme un año y medio después de mi salida, y tener una mujer y unos hijos estupendos, (a ella me la presentaron tres meses después de estar ya fuera de la Obra) todo me fue perfectamente y mi trabajo profesional se desenvolvió con gran éxito.

Pero el Sr. Escrivá nunca quiso darse por enterado de mi buena suerte y aunque me escribía cartas muy amables, nunca quiso enterarse de mi matrimonio ni de que existían mis hijos. Porque yo, según sus predicciones no podía ser más que un desgraciado. Y los seguidores de Escrivá, como buenos seguidores, eso sí, hicieron lo posible para que la profecía se cumpliera. Pero a pesar de todo no lo consiguieron. Ni tampoco pudieron borrar mi nombre de entre los vivos.

Todo hombre tiene en esta vida contratiempos y horas de dolor.

Yo los tuve también al morir mi hija de seis años y medio. Esta desgracia sirvió para que el día de su entierro aparecieran por mi casa dos sacerdotes del Opus Dei que, en lugar de rezar algún responso y decirme unas palabras de consuelo, hicieron unos aspavientos extraños y en voz baja me dieron a entender que aquella muerte era un castigo de Dios. De Roma donde estaban entonces el Sr. Escrivá y Álvaro Portillo no me llegó nada; ni una carta ni un recuerdo.

Monseñor Echevarría dice en el Proceso de Beatificación que a mí hay que rechazarme porque me obstino en ver persecución donde no hay más que caridad.

Cuando a lo largo de mi ya larga vida profesional, me fui tropezando con actitudes que no comprendía, siempre al indagar a fondo, me encontraba con algo o alguien que estaba relacionado con el Opus Dei.

Primero, intentaron repescarme y como me negué a ello, se dedicaron a perseguirme. Me han hecho tantas faenas, que puedo parecer que cuento todo esto por venganza, pero yo no tengo ni he tenido ningún resentimiento.

Ante esta molestísima situación, pensé que la correcta posición de un católico era la de decirlo a la Iglesia. Busqué alguna autoridad eclesiástica de Roma a la que yo conociera y a la que pudiera pedir consejo. Y en 1977 me puse en comunicación con el Obispo D. Maximino Romero de Lema, le fui a visitar, y me recibió.

Le conté la situación en la que me hallaba, le entregué una lista con los nombres y las faenas que me habían hecho los señores del Opus Dei. El las estudió con todo detenimiento y me dijo que aquello había que arreglarlo inmediatamente y que la mejor manera de hacerlo era que yo llamara a Álvaro Portillo y que pidiera verle diciéndole que me lo había indicado el Sr. Obispo, al que él conocía mucho; puesto que los dos formaban parte de comisiones de la curia romana. Entonces le telefoneé a Álvaro y se lo dije y él me contestó:

-Por Dios, Miguel, para hablar conmigo no necesitas que te recomiende nadie. ¡Ven ahora mismo!

Aquella misma tarde estuve con él y le expliqué que el Opus Dei me estaba persiguiendo y le di una serie de pruebas y de nombres. Como él necesitaba hablar de este asunto con D. Florencio Sánchez Bella, consiliario entonces de España, le iba a mandar que fuera enseguida a Roma, por lo que me pidió que volviera a la mañana siguiente, y así lo hice. Al otro día, seguimos hablando y al despedirme me dijo:

-Miguel, vete tranquilo, que yo daré orden de que no se te persiga.

¡Y decían que tenía manía persecutoria!

Todas estas cuestiones de persecución o de comportamientos que con cierto eufemismo podríamos llamar «más bien poco cristianos» se hacen no solamente a mi por supuesto, responde a una actitud general en la Prelatura del Opus Dei.

En este momento el que beatifiquen o no al padre Escrivá me parece que no tiene mucha importancia. Estoy dispuesto a aceptar el tristísimo argumento que utilizó Benito Bardinas en «La Clave» al decir que, cada día el santoral nos presenta catorce o más santos desconocidos y que contar con uno más, no parece que sea motivo de tanta preocupación. Pero lo que sí es muy peligroso, a mi manera de ver, es que aparejada a esa beatificación va unida la canonización de dos grandes vicios humanos que son la intransigencia y la coacción que el padre Escrivá canoniza elevándolos a la categoría de la Santa Intransigencia y la Santa Coacción.

Miguel Fisac

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Mentiras Bajo La Piadosa ‘Caridad Cristiana’

Miguel Fisac*

Polémica Beatificación Del Fundador Del Opus Dei

*Miguel Fisac es doctor arquitecto. Permaneció 20 años en el Opus Dei.
EL PAÍS – Sociedad – 20-04-1992

El autor de este artículo, un conocido arquitecto que permaneció 20 años en el Opus Dei, califica de mentiras algunas declaraciones que han hecho sobre su persona directivos del Opus Dei en el proceso de beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer y desvela datos de la personalidad del fundador del Opus.

Al conocer algunos de los escritos sobre el proceso de beatificación del señor Escrivá me he quedado sorprendido ante las mentiras que sobre mi vida y persona pronuncian, con la más piadosa “caridad cristiana”, unos sacerdotes que saben que están mintiendo.Yo pretendería algo más importante que defenderme; pretendería ayudar a descubrir la falta de veracidad de esas declaraciones que han servido de base a unas conclusiones que pueden acarrear una gran responsabilidad a la Iglesia.

Los ataques a mi persona que propagan, ellos saben que son falsos. Algunos miembros del Opus Dei que aún viven lo saben muy bien, y ellos pueden y tienen la obligación de confirmarlo.

Estos testigos son, en primer lugar, Álvaro Portillo.

Yo le tengo afecto a Álvaro. Él ha conocido toda mi trayectoria espiritual, desde antes de la guerra civil española hasta el día que me marché de la Obra. Él recordará muy bien que ese día me dijo: “Miguel, quiero pedirte perdón por las coacciones a que te hemos sometido para que no te fueras, pero has actuado durante todos estos años de forma tan generosa que, por eso, hemos creído que tenías vocación”. Otras personas que me conocen bien son Antonio Fontán, Pedro Casciaro y Antonio Pérez. Éste último ya no pertenece a la Obra.

Los cimientos sobre los que está fundada toda la estructura espiritual del Opus Dei se basan en la percepción, no aclarada nunca, del señor Escrivá, de que un día y en un lugar determinado, Dios le había dado a conocer la labor que tenía que realizar: la santificación del trabajo ordinario, poner a Jesucristo en la cúspide de las actividades humanas, etcétera. Esto se lo oí referir al señor Escrivá muchas veces. Todo lo que dice y lo que hace el Padre, aunque este decir y hacer esté en contradicción, será recibido por sus hijos como palabra de Dios.

Desgracias

Y cuando un infeliz como yo se empeñó en irse de la Obra, como el Padre no quería que me fuera, le escribió una carta a mi confesor, Francisco Botella, para que él me la leyera, en la que decía: “Siento mucho que Miguel quiera marcharse porque va a sufrir mucho y va a ser un desgraciado”.

El camino estaba inexorablemente trazado: Miguel sufriría mucho y sería un desgraciado. Y aunque la realidad de los hechos haya dicho lo contrario, porque a mí, además de casarme un año y medio después de mi salida, y tener una mujer y unos hijos estupendos (a ella me la presentaron tres meses después de estar yo fuera de la Obra), todo me fue perfectamente y mi trabajo profesional se desenvolvió con gran éxito. Pero el señor Escrivá nunca quiso darse por enterado de mi felicidad y, aunque me escribía cartas muy amables, nunca quiso enterarse de mi matrimonio ni de que existían mis hijos. Porque yo, según sus predicciones, no podía ser más que un desgraciado. Y los seguidores de Escrivá, como buenos seguidores, eso sí, hicieron todo lo posible para que la profecía se cumpliera; como luego diré. Pero a pesar de todo no lo consiguieron. Ni tampoco pudieron borrar mi nombre de entre los vivos, como los biógrafos de Escrivá han pretendido hacer.

Todo hombre tiene en esta vida horas de dolor. Yo las tuve también al morir mi hija de seis años y medio. Esta desgracia sirvió para que el día de su entierro aparecieran por mi casa dos sacerdotes del Opus Dei, que, en lugar de rezar algún responso y decirme unas palabras de consuelo, hicieron unos aspavientos extraños y en voz baja me dieron a entender que aquella muerte era un castigo de Dios. De Roma, donde estaban entonces el señor Escrivá y Álvaro Portillo, no me llegó nada; ni una carta ni un recuerdo.

Ciñéndome ya a los escritos que se han dado a conocer. El promotor de justicia del tribunal de Madrid pone de manifiesto, para excluirme del proceso, mi conducta contradictoria, propia de mi inestabilidad emocional y temperamento desequilibrado, con ideas obsesivas y manía persecutoria, etcétera. Un individuo de esta catadura claro que no debe declarar. Pero mucho menos debe de figurar como socio numerario elector: el máximo grado en la categoría de socios del Opus Dei.

Pues bien, yo, Miguel Fisac Serna, ese personaje tarado al que hace referencia el señor promotor de justicia del tribunal de Madrid, recibió un día una carta de cuatro páginas escritas a mano por el señor Escrivá, en la que, después de elogiar mi labor dentro de la Obra, me nombraba socio elector, categoría que tenían muy pocos y que obligaba, una vez conocido el fallecimiento del presidente, a ir a Roma y votar al nuevo presidente vitalicio.

Por supuesto, cuando yo salí del Opus Dei, Antonio Pérez me dijo que el Padre quería que le devolviera la carta, cosa que hice en el acto, como él puede confirmar.

De las alusiones explícitamente dirigidas contra mí que monseñor Echevarría (autoridad muy relevante ahora del Opus Dei) hace en el proceso, hay dos redactadas con una ambigüedad oscura y mal intencionada. Una dice: “Cometía grandes imprudencias”; la otra: “Empezó a dar a entender que había más problemas de costumbres que de cabeza”. ¿Cuáles son esas grandes imprudencias? ¿Cuáles son esos problemas de costumbres?

Yo exijo, si este señor es una persona seria, que diga con toda claridad qué quiere dar a entender con esas ambiguas alusiones que tienden a que se piense en auténticas aberraciones. De no hacerlo así, demostrará que es un vulgar mentiroso y habrá que, pedirle responsabilidades por vía judicial.

Persecución

Monseñor Echevarría dice, por último, “se obstina en ver una persecución donde no ha habido, ni hay, más que caridad”. En mi ya larga vida profesional¡ me fui tropezando con actitudes que no comprendía. Siempre, al indagar a fondo, me encontraba con algo o alguien que estaba relacionado con el Opus Dei.

Ante esa molestísima situación, pensé que la más correcta posición de un católico era la de decirlo a la Iglesia. En 1977 me puse en comunicación con el obispo don Maximino Romero de Lema, y le fui a visitar a Roma. Él me dijo que llamara a Álvaro del Portillo.

Entonces le telefoneé a Álvaro, que me dijo: “Por Dios, Miguel, para hablar conmigo no necesitas a nadie que te recomiende, ven a verme inmediatamente”. Aquella misma tarde estuve con él y le expliqué que el Opus Dei me estaba persiguiendo, y le di una serie de pruebas. Como él necesitaba hablar de este asunto con don Florencio Sánchez Bella, consiliario entonces de España, y le iba a ordenar que fuera inmediatamente a Roma, me pidió que volviera a la mañana siguiente, y así lo hice. Al otro día seguimos hablando y, al despedirme, me dijo: “Miguel, vete tranquilo, que yo daré la orden de que no se te persiga”. O sea, que no era manía persecutoria.

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MIGUEL FISAC, Dr. ARQUITECTO

20 años de estrecha relación con Escrivá

Fuente: Opus Libros que a su vez lo toma de ODAN (Opus DEI AWARENESS NETWORK, Inc.) 2000

Comprensión de los Primeros Años del Opus Dei

RESPUESTAS DE MIGUEL FISAC A LAS PREGUNTAS DEL OPUS DEI AWARENESS NETWORK (ODAN)

1) Cómo encontró al fundador del Opus Dei Monseñor José María Escrivá de Balaguer. Describa su relación a través de los años.

En 1935, las Autoridades de la República Española realizaban una política de franca persecución religiosa. Esta persecución creaba en los creyentes una reacción de exaltación generosa de deseo de mejorar su cristianismo.

Yo tenía veintiún años. Al regreso a Madrid de una Semana Santa llena de conflictos religiosos, de Daimiel, -mi ciudad natal, en La Mancha-, un compañero de estudios de Arquitectura: Pedro Casciaro, me dijo que un confesor le había presentado a un sacerdote. Este sacerdote le había parecido interesante y quería que yo lo conociera.

Me llevó a la Residencia DYA en la calle de Ferraz n0 50. La Residencia DYA era nombrada así, porque los estudiantes que vivían allí estudiaban “Derecho o Arquitectura”. Pero en secreto te decían que significaba “Dios y Audacia”.

Esta Residencia funcionaba como una Residencia normal de Estudiantes. Allí vivían algunos que nunca supieron nada del Opus Dei. Otros que llegaron después de haber ingresado en el Opus Dei, y otros que eran residentes corrientes y después fueron del Opus Dei.

A esta Residencia DYA me llevó Pedro Casciaro y me presentó a don José María Escrivá. Un sacerdote joven y simpático, con el que tuvimos una conversación que me gustó. Él me invitó a que volviera por allí.

No se puede sintetizar fácilmente una relación, que se alargó casi veinte años.

Al principio, me encontré en un ambiente agradable, con estudiantes buenos y simpáticos que me fueron acosando, hasta mi ingreso en el Opus Dei en Febrero de 1936.

Sólo llevaba tres meses allí, cuando regresé a mi tierra y se inició enseguida la Guerra Civil Española.

Durante un año, salvé la vida, escondido en un techo de la casa de mis padres. Un miembro del Opus Dei, Paco Botella, me escribió y le contestó mi hermana para no descubrir que yo estaba allí escondido. Y los dos siguieron carteándose como si se tratara de dos amigas.

Un día de Octubre de 1937, se presentó en mi casa de Daimiel un médico de la Obra: Juan Jiménez Vargas. Venía a recogerme con documentación falsa, y nos marchamos, en el tren y de noche, con el dinero que mi padre pudo reunir.

Después de muchas peripecias y con Casciaro y Botella, que se nos unieron en Valencia, llegamos a Barcelona en donde estaba Mons. Escrivá y otros tres más. Y los ocho, después de un mes en Barcelona y otro mes en los montes del Pirineo, nos pasamos por Andorra a Francia y desde allí por San Sebastián, a la llamada Zona Nacional.

Todos los que estábamos en la edad Militar nos incorporamos al Frente. Mons. Escrivá con José María Albareda, Casciaro y Botella -los dos últimos gracias a las gestiones de Escrivá entraron en una oficina de reclutamiento militar- Todos se hospedaron en el modesto hotel Sabadell, en Burgos, en donde estuvieron durante el resto de la guerra. Yo tenia una gran simpatía por ellos, pero me sentía sin vocación religiosa. Lo pasaba muy mal y quise salirme. La guerra había terminado. Mons. Escrivá nos dio unos Ejercicios Espirituales. Él los aplicó muy bien a mi situación. Así que consentí en continuar; pero para mí fue un continuado martirio. Este malestar era mitigado por el ambiente amigable que había allí y por mi gran entusiasmo y dedicación profesional a la arquitectura. Con mi trabajo ganaba bastante dinero, que entregaba íntegramente al Opus Dei.

No hice proselitismo. Ni quise intervenir en asuntos de dirección y de autoridad internos de la Obra. Pero siempre tuve relación de igualdad con los que mandaban en el Opus Dei y vivía con ellos.

2) Cómo encontró a Alvaro Portillo. Describa su relación con él a través del los años.

En el año 1935, había aproximadamente, veinte -en su gran mayoría estudiantes que vivían en la Residencia o pasaban gran parte del día en ella y que ya tenían vinculación con el Opus Dei-. Además se encontraban allí otros residentes que nada sabían del Opus Dei Entre los primeros estaba el estudiante de Ingeniero de Caminos, Alvaro Portillo. Él era de mi edad y entró en la Obra unos meses antes que yo. Vivía, como yo con su familia. En los primeros días de Julio de 1936, yo asistí por primera vez a un acto colectivo en el que hacían (creo que se llamaba la oblación) el primer compromiso, Alvaro Portillo, José Ramón Herrero Fontana y Enrique Alonso Martínez. (Estos dos últimos salieron después del Opus Dei.)

En aquella época, la dirección de la Residencia, la llevaban con Mons. Escrivá, el arquitecto Ricardo Fernández Vallespín y también, el médico Juan Jiménez Vargas, y Francisco Pons, creo que licenciado en Filosofía y Letras. El con un hermano suyo, salió de la Obra. El señor Escrivá, después, hablaba despectivamente de ellos. Lo que sí recuerdo haber oído contar a Alvaro, es que Francisco Pons fue el que había intervenido en su decisión de entrar en el Opus Dei. Y que le presentó la Obra como la de unos Cruzados con capa y espada. Y yo le oí a Mons. Escrivá decir que para uso muy interno: en determinados rezos se llevarían unas capas blancas con un escudo en rojo en forma de Cruz con los cuatro extremos en punta de flecha. (De estas y otras cosas pueden dar fe, hoy, Pedro Casciaro y Juan Jiménez Vargas).

En el primer año de la guerra Civil Española, todos los miembros de la Obra se dispersaron. Después de muchas vicisitudes y peligros, algunos de ellos fueron acogidos en la Embajada de Honduras. Allí fue donde Escrivá y Portillo vivieron juntos día y noche y, de ahí, salió la indisoluble unión de un tandem que ha permanecido hasta la muerte.

Con la intervención de Juan Jiménez Vargas, que estaba de médico militar en un batallón anarquista de la C.N.T., decidieron que Mons. Escrivá tenía que huir de Madrid y pasarse a la Zona Nacional. Le acompañarían Jiménez Vargas, que desertaría del Ejército Republicano y José María Albareda. Éste último estaba a punto de ingresar en el Opus Dei. También le acompañarían: Tomás Alvira, amigo de éste y que después sería uno de los primeros socios supernumerarios, y Manuel Saiz de Los Terreros ingeniero de caminos, numerario del Opus Dei. Manuel se fue al poco tiempo del Opus Dei.

¿Por qué Alvaro Portillo se quedó en la Embajada? No lo sé. ¿Por qué, sin embargo, a mí, un recién ingresado y sin especial relevancia, vinieron a buscarme? Después, he llegado a suponer, que al conocer el precio elevado que los guías pedían para ayudar a la fuga a través del Pirineo, como se trataba de bastante dinero, y Alvaro no podía aportarlo, me buscaron a mí, porque supusieron que mi padre lo daría: como así fue.

Cuando en nuestra fuga por los bosques del Pirineo, llegamos a la pequeña aldea de Rialp, creímos que ya estábamos salvados. Aquella noche, el señor Escrivá se la pasó llorando. Lo sé muy bien, porque dormimos en un lugar muy frío, que había sido un antiguo horno de pan. Yo compartí con Mons. Escrivá una de las cuatro mantas de que disponíamos. Esto sucedió, a continuación de una dura escena con Jiménez Vargas, durante la cena, en la que Mons. Escrivá dijo que él se volvía a Madrid, porque había traicionado a Portillo, al dejarlo sólo.

Más de un año después, Portillo, con otros dos miembros de la Obra: Alastrue y Rodríguez Casado, se pasaron a la Zona Nacional, por el Frente de Madrid.

Alvaro y yo vivimos los primeros años de posguerra con mis problemas de vocación y todas sus vicisitudes. También yo viví de una forma muy personal y directa, el itinerario de él, primero de laico y después de sacerdote.

En 1955, decidí dejar irrevocablemente el Opus Dei, una Institución en la que cada vez me encontraba más incómodo y cada vez me gustaba menos; porque se desarrollaba por caminos muy distintos de los que yo había supuesto. Sin embargo, yo sentía alejarme de unos amigos a los que quería y sigo queriendo.

Le comuniqué mi decisión a Antonio Pérez, con el que vivía. Él era, entonces, la máxima autoridad del Opus Dei en España: Secretario General y Consiliario de España. Al poco rato de hablarle, me dijo que había telefoneado a Mons. Escrivá a Roma. Y él le había dicho que si quería, que me marchase, pero que me pedía que antes fuera a verle. Cosa que hice cogiendo el primer avión aquella misma tarde. Llegue de noche a Roma. Me fueron a recoger al aeropuerto y me dijeron que Mons. Escrivá les había dicho que me levantara tarde a la mañana siguiente, que él diría la misa y, después de desayunar juntos, hablaría conmigo. Así lo hicimos. Le dije que él sabia que yo no tenía vocación y que no podía seguir más tiempo así. Él, solamente me contestó que hablase con Alvaro. Y lo hice. Como tantas veces habían conseguido disuadirme, ellos pensaron que ésta sería una más. Estuve cambiando impresiones con Alvaro. Ellos sentían que yo me fuera y yo sentía irme.

Después de pasar dos días allí, tratando y hablando con Mons. Escrivá y Alvaro Portillo, les acompañé a los alrededores de Roma. Visitamos a unos estudiantes en Castellgandonfo. Paseamos para que yo me distrajera. Ellos intentaron hacerme cambiar de idea. Pero yo dejé clara mi posición.

Ya en Bruno Buozzi 73, cuando estaba todo decidido, Alvaro me dijo en un aparte:

-“El Padre ha dicho que tiene que hacer un viaje a Viena y le hace mucha ilusión que tú -como lo has hecho otras veces – le lleves en coche”. “- ¡Por Dios, Alvaro! – le contesté – yo, donde tengo que irme es a Madrid.”

Cuento todos estos detalles, de mi salida del Opus Dei para indicar la situación amigable que había por ambas partes. Alvaro Portillo me despidió con estas palabras: -“Quiero, Miguel, pedirte perdón por la coacción a que te hemos sometido, pero tu actuación dentro de la Obra, ha sido tan generosa, que hemos creído que tenias vocación y por eso hemos obrado así”.

Fue, como digo, tan amigable mi salida, que hasta más de dos años después, yo seguí confesándome con Paco Botella, el mismo confesor que tenía dentro del Opus Dei.

Recuerdo que al salir con una maleta, ligera de peso, desde la residencia de Diego de León a la casa de mis padres, yo pensaba: “Ahora, Miguel, vas a decir siempre la verdad y vas a procurar ser buena persona, ¡y nada más!” Este pensamiento resumía la agobiante situación moral en que me encontraba. Con tanto secreto y tanta mentira y también con esa indigestión de normas y rezos que encorsetan la vida de los miembros numerarios del Opus Dei.

Tres meses después de mi salida del Opus Dei en una conferencia en la Escuela de Arquitectura, en un Cursillo de Jardinería, conocí a una chica que nada sabía del Opus Dei con la que un año después me casé.

Mi confesor se ofreció a celebrar la boda, pero mi mujer prefirió que fuera el P. Felix García, agustino, que era confesor suyo.

Pedí a dos socios numerarios del Opus Dei, que aceptaron, ser testigos de la boda. Pero un día antes me dijeron que no podían serlo, porque no era costumbre: una mentira como tantas otras. Tampoco dejaron asistir a la boda a mi hermana Lola, que también era del Opus Dei; Antonio Pérez me mandó un telegrama en el que el Papa nos daba su bendición: Este era un documento corriente que concedía la Santa Sede cuando se solicitaba.

Durante los primeros siete años, Mons. Escrivá me escribió, de su puño y letra, varias cartas cariñosas que yo contesté en el mismo tono; pero en las que él nunca hizo ni la más mínima alusión a mi mujer ni a mis hijos.

Al poco tiempo de mi salida, se intentó, como se ha hecho con otros, que hubiera un acercamiento de colaboración como supernumerario o cooperador, que yo no estaba dispuesto a aceptar;

Al comprobar mi rechazo a ese acercamiento, aunque sí mi amistad sincera con las personas del Opus Dei, se inició, por diferentes miembros de la Obra, una autentica persecución y difamación que me comenzó a ocasionar perjuicios profesionales: con actitudes repentinas y extrañas de clientes que ya me habían encargado trabajos y también de profesionales que tenían alguna clase de vinculación con el Opus Dei.

Sería muy largo explicar la cantidad de detalles, de clara demostración de persecución y desaires que he sufrido con el desprecio hacia mi familia, y que culminó en la actuación de dos sacerdotes de la Obra a la muerte de mi hija de seis años. Ni Mons. Escrivá, ni Alvaro Portillo me dijeron nada. Ni la más mínima palabra de pésame. El mismo día del entierro, Paco Botella y Antonio Pérez, vinieron a mi casa haciendo gestos de horror y dándome a entender con palabras más o menos veladas que era un castigo de Dios por haberme salido del Opus Dei.

Aquella actitud me pareció tan canallesca, que rompí todos los papeles y cartas que se relacionaban con mi estancia en el Opus Dei.

Con la entrada en el Gobierno del General Franco de algunos miembros numerarios y supernumerarios del Opus Dei creció su poder a nivel civil, y noté, en posibles clientes, que por cariño o por miedo hacia el Opus Dei no me encargaban trabajos.

Esta persecución, que continúa hoy en día, llegó hasta tal grado que pensé, siguiendo el consejo evangélico, decírselo a la Iglesia.

Me fui a Roma, en donde un Obispo que yo conocía, tenía un alto cargo en la Curia Vaticana. Le llevé datos y documentos en donde se demostraba la persecución de la que era objeto por personas reí asociadas de alguna manera con el Opus Dei. El prelado leyó detenidamente toda la documentación y me dijo: “Creo que debe llamar a Alvaro Portillo, con el que tengo relación con frecuencia en reuniones de la Curia, para decirle que yo le he dicho que hable con él y yo también le hablaré cuando le vea; pues esta persecución tiene que acabar”. Le llamé por teléfono, se puso Alvaro y le dije: “Don Maximino Romero de Lema, conociendo mi situación me ha recomendado que te llame para pedirte que me recibas”. “¡Por Dios Miguel!, me dijo. Tu no necesitas a nadie para hablar conmigo, ven ahora mismo”. Así lo hice y estuvimos hablando un buen rato. El me prometió que llamaba enseguida al Consiliario de España, que era Florencio Sánchez Bella, y que yo volviera a la mañana siguiente. Unos días después fue a verme y aunque lo vi bastante más frío que la tarde anterior, me dijo: “Vete tranquilo, porque yo daré orden para que no se te persiga”. Unos días después fue a verme en Madrid el Consiliario que había regresado de Roma. Quería darme una justificación. Me dijo que esas persecuciones eran apreciaciones mías y que mi falta de trabajo sería porque a la gente no le gustaba mi arquitectura.

La consecuencia de todo esto ha sido, que han seguido persiguiéndome todo lo que han podido, incluso la persecución ha continuado con mi hijo que también se llama Miguel Fisac.

3) ¿Cómo se formó el Opus Dei?

El conocimiento que tengo hoy de la formación del Opus Dei, en parte, la conozco por habérsela oído contar al propio fundador. Otra parte, he llegado a reconstruirla por noticias conocidas por biografías e investigaciones de periodistas, que encajan con comentarios que yo he oído del propio Mons. Escrivá y también de su madre o de sus hermanos Carmen y Santiago; con los que tuve bastante relación, cuando vivían, en lo que podríamos llamar la casa madre, en la calle de Diego de León 14, en la que yo vivía también con Mons., Escrivá, Alvaro Portillo y algunos más.

Pienso que Mons. Escrivá padecía un trauma infantil, del que hablaba muy poco. De cuando, siendo aún niño, su padre con otro socio, quebró en un negocio de telas que tenían en Barbastro, pueblo natal del fundador y lo echaron violentamente de allí.

Su padre pasó a ser un simple dependiente de comercio en Logroño, en donde él estudió el bachillerato en el Instituto Nacional. Después, fue al Seminario Diocesano de Zaragoza, en donde creo que tenía un tío canónigo. A Mons. Escrivá le he oído decir que su vocación sacerdotal se la debía a su padre. Supongo que porque, debido a la situación económica en que había quedado la familia, no le podían pagar el cursar una carrera universitaria.

Parece que después de ordenado sacerdote y después de una corta estancia en la parroquia de un pueblo de la diócesis, consiguió marcharse a Madrid. Allí hizo un concurso u oposición y fue nombrado Rector del Real Patronato de Santa Isabel.

Según me contó su madre, cuando después de tener un sueldo fijo, llevó a Madrid a su madre y sus otros dos hermanos, tuvo un período de gran exaltación místico-religiosa y se flagelaba con frecuencia y le oían, pues la casa era pequeña y su madre comentaba a sus otros hijos: “se va a matar”.

Esta situación debió de coincidir con la que yo le oí referir que había visitado hospitales de pobres y les cortaba las uñas de los pies. Esta fecha coincide con la idea o la señal que él dijo que había recibió sobre su fundación.

Durante el tiempo en que yo le conocí, no le vi nunca estar con ningún pobre.

Un día, Mons. Escrivá y yo pasábamos por delante de la Iglesia de los P.P. Paules, en la calle de García de Paredes de Madrid. Mons. Escrivá señaló una ventana de la planta segunda o tercera y me comentó: En esa habitación, cuando yo estaba haciendo unos Ejercicios Espirituales, -no sé si dijo: “vi, entendí o comprendí, -toda la estructura de la Obra”. Esto lo repitió otras veces. Pero no lo expresaba con claridad. A nadie, que yo sepa, le aclaró Mons. Escrivá, la característica del fenómeno místico o lo que fuera. Desde luego, él lo consideró como una revelación sobrenatural.

El día anterior a que la República Española se incautara del Monasterio del Real Patronato de Santa Isabel, el Sr. Escrivá me pidió que fuera a la iglesia y sacara unas cuantas fotografías de unos lugares concretos. Sobre todo de la pequeña ventana de la verja de clausura del presbiterio que se abría para que las monjas recibieran la comunión. Y, entonces me contó, sin ser yo todavía de la Obra, que un día en que él daba la comunión a cada una de las monjas, al darle la Sagrada Hostia a cada una de ellas, cuando pensaba mentalmente: “yo te quiero más que ésta”, sintió que el Señor le decía, según el conocido refrán: “Obras son amores y no buenas razones’. Porque él aún no había hecho nada para poner en marcha el O.D. A pesar de haber pasado varios años desde aquel día señalado.

El confesor de Mons. Escrivá, creo que se llamaba P. Sánchez S.J., Yo, que le hice muchas veces de chofer a Mons. Escrivá, le llevé a una casa para visitar a este señor. Y, fue este P. jesuita el que, al conocer esos acontecimientos, le dijo: “Esto es una Obra de Dios”. Nombre que Mons. Escrivá tomó como propio de la Fundación.

Recuerdo que un día que le llevé a ver a este confesor, Monseñor Escrivá al regresar al coche, me comentó: “¡Que barbaridad, estoy azarado de los piropos que me ha dicho mi confesor!”

4) ¿Qué individuo, si hubo alguno, ayudó a Monseñor Escrivá en la formación del Opus Dei?

No conozco a nadie que le ayudara a Mons. Escrivá, de una forma directa, en la Fundación del Opus Dei. Sí en las diferentes etapas de las aprobaciones canónicas: Alvaro Portillo en primer lugar y después algunos juristas numerarios del Opus Dei como Antonio Pérez, Amadeo Fuenmayor y no sé si alguno más.

En los primeros tiempos, le oí decir a Mons. Escrivá, que había habido, unos doce sacerdotes, de los cuales dijo que desde el mismo día que le prometieron obediencia, comenzaron a desobedecerle. Al único que yo conocí de esos sacerdotes en la Residencia DYA, fue a don Lino y lo mataron en Madrid durante la guerra civil.

5) ¿Cuál fue la razón de Escrivá para añadir Balaguer a su apellido?

Yo supongo que ese interés por darle importancia a su apellido, estaba relacionado con el trauma, infantil del que ya he hablado. Se comprobaba fácilmente al vivir junto a Mons. Escrivá, su gran afección hacia la aristocracia: Marqueses, Condes, etc. Y, como algunos de estos personajes, estaban relacionados con algunas monjas del Real Patronato de Santa Isabel y él era el Rector, cuando las religiosas le presentaban a algunos de estos aristócratas y oían que su apellido era Escrivá, enseguida con familiaridad preguntaban: ¿Escrivá de Romaní?, (conocida familia aristocrática) Y al decirles él que no, ellos mostraban un ostensible rechazo que a él le proporcionaba un tremendo malestar. Esto no es una suposición mía, esto se lo he oído contar al propio Escrivá, que decidió, sacar a su apellido, su posible procedencia de “Balaguer”, pueblo catalán. Y le añadió este complemento. Yo presencié la recogida de documentación que se hizo, para presentarla en el Ministerio de Justicia, para su aprobación. Trámites que, en general, no presentaban dificultad.

6) ¿Cómo reaccionaron los sacerdotes y laicos ante el Opus Dei?

El conocimiento del Opus Dei, tanto de sacerdotes como de laicos, no se hizo de una manera pública, sino individualizada y se exigía una gran discreción al que se le comunicaba. La reacción era estrictamente personal. Positiva o negativa según los casos.

Cuando algunos de sus miembros aparecieron públicamente en política, la reacción fue igualmente muy variada; como sigue siendo. La reacción, en general, dependía de la actitud que tenían los que la recibían. Tanto si eran creyentes como si no lo eran. En cuanto a las gentes de hoy, también depende de la posición avanzada o retrógrada que tenga el creyente.

En los primeros años, en los que el Opus Dei presentaba una actitud avanzada de modernización de la Iglesia, sus adictos éramos los que deseábamos esa renovación. Después del Concilio Vaticano II, el signo se ha cambiado y son los más conservadores los que ven al Opus Dei con simpatía.

7) ¿Cómo entró usted en el Opus Dei?

Después de que Pedro Casciaro me presentara a Mons. Escrivá, como ya he contado, me asignaron un día fijo a la semana, para asistir a una de las reuniones de una hora que Mons. Escrivá daba a unos grupos muy reducidos de estudiantes.

En esas charlas, alrededor de una mesa, Mons. Escrivá leía y comentaba el evangelio de la semana. También iba introduciendo suavemente el cumplimiento de algunos normas que obligatoriamente se hacen en el Opus Dei: Ofrecimiento de obras, oración, sacramentos y examen. A continuación se hablaba un rato como en una tertulia. En ningún caso se hacia referencia al Opus Dei. El conocimiento del Opus Dei se hacía directa y personalmente, con un gran secreto. Pero diciendo que no era secreto, sino simplemente discreción. Puesto que tampoco íbamos a contar nuestras intimidades familiares a cualquier persona.

Sin llamar la atención, sino más bien diciéndonos que era para tener un mejor conocimiento de cada uno de nosotros, se nos hacía una media filiación: nombre y apellidos, padres, estudio o profesión y también aficiones y deportes. Recuerdo que entre mis aficiones yo puse la música y que me gustaba pintar, y entre los deportes, el esquí.

A los pocos días de haber rellenado esa hoja, al llegar una tarde, Mons. Escrivá y alguno más me presentaron un bastidor muy grande de alrededor de 1 ’50 X 2 metros, con un enorme lienzo en blanco y me pidieron que les hiciera un cuadro para el comedor.

Fui al zoológico a tomar unos apuntes y comencé a pintar unos ciervos muy grandes en un bosque con mucho verde y azul. Como se tardaba bastante en rellenarlo, tuve que ir muchas tardes. Mons. Escrivá se sentaba a mi lado y hablábamos de muchas cosas mientras yo pintaba.

En una de las primeras sesiones me contó, como muestra de confianza, su planteamiento del Opus Dei: me explicó que no me lo decía para nada personal, pero que le pidiera al arcángel San Gabriel que, como a Tobias, me dirigiera hacia una chica guapa y rica para casarme. “O… por si el Señor me pedía más”. Esta era un frase que él repetía siempre en casos análogos.

A mí me entró una gran preocupación. Pero él me dijo que no me preocupase y que, como yo padecía escrúpulos de conciencia, él me ayudaría a desterrarlos, y que estuviera tranquilo.

Pedro Casciaro y Francisco Botella estudiaban arquitectura como yo y vivían en la Residencia. Habían entrado en la Obra y comenzaron con un acoso tremendo hacia mí, para que yo también entrara. Yo les respondía que yo me dirigía con Mons. Escrivá. Estaba tranquilo y nada dispuesto a entrar.

Yo vivía con mi hermano, militar bastante mayor que yo, en un apartamento con dos sirvientas mayores que mi madre nos había mandado de nuestra tierra.

A mi hermano, que jugaba con frecuencia a la Lotería Nacional, le tocó el primer premio, 100.000 pesetas. En aquel tiempo, esta cantidad era muy importante.

Unos días después, Casciaro me llamó por teléfono para decirme que Mons. Escrivá quería hablarme. Fui temiendo que me pidiera dinero, pues la economía de la Residencia estaba muy quebrantada y cuando llegué, nada más entrar, en el despacho, Mons. Escrivá me dijó: “creo que tienes vocación”. Respiré al comprobar que no quería el dinero de mi hermano. Pero no tuve valor para negarme, aunque estaba muy lejos de sentir el más mínimo entusiasmo. Desde entonces sentí una pesadilla que no sabía como quitarme de encima.

Así es cómo yo ingresé en el Opus Dei. No tengo noticias de que nadie lo hiciera de esa manera.

8 ) ¿Cuáles eran sus responsabilidades y deberes como miembro del Opus Dei? Si cambiaron a lo largo del tiempo. Describa los cambios.

Cuando se entraba en el Opus Dei se hacía un triduo. Se escribía una carta autógrafa pidiendo la admisión. Lo primero que decía Mons. Escrivá era: “La razón más sobrenatural para cumplir las obligaciones es “porque a cada uno le da la gana”. No se trataba de un mandato. Lo más fuerte que podían decirte era que si hacías el favor de hacer esto. O sea, toda la obediencia, “teóricamente” descansaba en la voluntariedad. Era una cosa bonita de expresar. Pero en realidad, tenía una enorme carga de coacción.

Teóricamente si se quería, se vivía en una casa del Opus Dei. En realidad algunos que yo he conocido: como Rafael Calvo Serer o Alberto Ullastres, casi nunca vivieron en una casa de la Obra; aunque hacerlo se consideraba de buen espíritu. No sé ahora que ocurrirá. Me parece que debe de ser distinto. Hasta creo que en mi tiempo era también distinto entre los primeros y los que ingresaron más tarde.

Había unas Normas, unos actos de piedad diarios, obligatorios. Para el que de buena fe quería compaginarlas con una intensa labor profesional, era un verdadero martirio casi imposible de cumplir. Un ofrecimiento de Obras, media hora de oración, Misa y Comunión; Angelus, los quince misterios del Rosario, lectura espiritual, otra media hora de Oración. Visita al SS. Sacramento, Preces y Examen de Conciencia. Continua presencia de Dios con jaculatorias, miradas a la Imagen de la Virgen, etc.

Para mí, visto ahora de lejos, podría decir que se había sustituido la Fe por la Piedad. Por la piedad religiosa. No por la piedad a nuestros prójimos que no aparecían por ninguna parte; sobre todo si no pertenecían al Opus Dei. Económicamente se entregaba todo lo que se ganaba. Después, los gastos que tenias que hacer: locomoción, etc. los justificabas detalladamente a final de mes.

Cada semana se tenía una confidencia con el director de la casa en la que debían tratarse de todo lo referente a cuestiones profesionales, de apostolado etc., todo, menos los pecados, que se confesaban semanalmente a un sacerdote de la Obra. También había una reunión de los adscritos a aquella casa; que era presidida por el director laico, con asistencia del cura de la casa como uno más.

Cada mes se hacía un retiro espiritual en un día, generalmente, festivo. Lo dirigía un sacerdote del Opus Dei. Se hacía con mayor o menor intimidad, según las personas que asistieran. A veces hasta gente no perteneciente al Opus Dei.

Cada año, se hacían unos Ejercicios Espirituales de 4 ó 5 días, siguiendo las pautas de San Ignacio de Loyola.

No tengo idea de lo que hace la gente joven, ahora. Ni la tenía tampoco cuando pertenecía a la Obra. Porque voluntariamente procuraba no estar enterado de toda la estructura de la organización. Aunque, si sabía, que esa organización interna, pensada y evolucionada según el pensamiento de Mons. Escrivá y Alvaro Portillo, nada tenía que ver con las disposiciones de tipo administrativo y religioso que para su aprobación, se fueron presentando. Primero Diocesanas y después de la Iglesia Universal. Los numerarios las desconocían.

9) Su estancia en el Opus Dei afectó a su personalidad y a su relación con su familia.

En mi caso concreto, a mi personalidad afectó poco. Porque los superiores me toleraron una actuación personal más independiente de lo que era corriente entre los miembros de la Obra. Ellos, estaban más vinculados a problemas internos, y sobre todo al proselitismo.

Tal vez, mi inclinación natural a la intolerancia y mi mal genio, lejos de corregírseme, pienso que se me fomentó. Hay que tener en cuenta que en la situación interior en que me encontraba, yo tenía inclinación a la ira, vicio que después me ha costado tiempo corregir.

Con mi familia, mi principal hecho relevante fue el no vivir con ellos y no poderles dar, en aquel tiempo por no existir ninguna aprobación canónica, alguna explicación clara del porqué había tomado esa determinación. Aunque toda la peripecia de mi paso a la otra Zona de la Guerra, explicaba algo de la situación. Posteriormente, me han comentado algunos familiares, el alejamiento afectivo que durante aquellos años tuve con ellos.

Cuando terminó la Guerra Civil, Mons. Escrivá quiso ir a mi pueblo a saludar a mis padres y estuvimos allí un par de días. También, naturalmente, conoció a mi hermana Lola. Y tuvo una actitud incorrecta con un sacerdote de allí, porque le pareció que le había tratado con poca deferencia. Al regresar a Madrid, me comentó un pensamiento suyo que a mí me produjo extrañeza: Que si a mis padres les parecería bien que los restos de su padre, se trasladaran a nuestro panteón familiar en Daimiel. Pregunta que transmití a mis padres. Ellos extrañados como yo, no tuvieron inconveniente. Pero de esa cuestión no volvió a hablar más. En los numerosos viajes en coche que yo había hecho con él, porque le gustaba mucho viajar en coche y a velocidad, pero sin interesarle demasiado llegar a ninguna parte, ni contemplar un bello paisaje, así como tampoco oír una buena música; sino canturrear canciones frívolas. En uno de esos viajes a Logroño, quiso que fuéramos al Cementerio en donde, en una tumba muy sencilla, estaba enterrado su padre.

Al poco tiempo de aquella visita a Daimiel, le escribió una carta a mi hermana proponiéndole que entrara en el Opus Dei. Ella fue la primera mujer que entró en el Opus Dei en este intento de comienzo de la Sección femenina que anteriormente había fracasado; creo que dos veces. Esta operación podría llamarse “de hermanas” de los que ya estábamos allí. Ingresaron unas cuatro o cinco hermanas de numerarios: de Jiménez Vargas, Rodríguez Casado, de Paco Botella etc. Pero sólo creo que quedó al final Lola.

10) ¿Cuánto tiempo fue miembro del Opus Dei y cuáles fueron las razones que le llevaron a abandonarlo?

El día que me llamó Mons. Escrivá, fue el 27 de febrero de 1936. Y el día que salí, el 27 de septiembre de 1955.

Las razones, más que de abandonar, podría decirse, las razones de haber seguido tanto tiempo queriendo desde el primer día, no haber entrado.

Es evidente que yo actué siempre -comenzando por mi entrada en el Opus Dei, de una forma coactiva, inadmisible. También es verdad que mi entusiasmo y mi deseo de colaboración dieron pie a que me coaccionaran. A Mons. Escrivá le dije las mayores impertinencias que nadie en el Opus Dei le había dicho. Pero todas ellas se referían a Arte y Arquitectura, sobre todo religiosa. Nuestra discrepancia fue tan grande que, durante las obras de la casa central en Roma, Mons. Escrivá me prohibió que me acercara por allí. Ni siquiera pude hacerlo por razones profesionales independientes del Opus Dei.

Tengo que aceptar, que esas discrepancias, de concepto y, no solo artístico, sino también cultural, influyeron en mi lento alejamiento de los planteamientos, podríamos llamar teológicos y sobre todo de índole sobrenatural del Opus Dei.

Conforme el Opus Dei crecía en extensión y poder, a mí se me iba deshaciendo como fenómeno sobrenatural.

Al final, la Obra, creció como se esperaba, ya que siempre tuvo vocación universal. Desde los días en que la Obra era más pobre y sencilla, creímos firmemente que llegaría a ser muy importante civil y religiosamente. Pero aquello, terminó por ser una máquina para engendrar poder. Yo no veía que podía llegar a ser el medio cristiano de salvación del mundo.

11) ¿Tiene usted conocimiento del proceso de beatificación de Mon. señor Escrivá?

Cuando comenzó el Proceso de Beatificación de Mons. Escrivá, se comenzó también la publicación de un Boletín, que daba cuenta de las vicisitudes de dicho Proceso.

A mí me mandaron siempre ese Boletín y por él estaba enterado de todo. Entonces pude darme cuenta, de que la persona que presentaban en este Proceso, no respondía, en absoluto, a la realidad del Mons. Escrivá al que yo había tratado con intimidad. Y me creia en la obligación moral de intentar declarar en ese Proceso.

12) ¿Pudo testificar en el Proceso de Beatificación ante el Tribunal de la Causa de los Santos?

El lugar en cuya diócesis se iniciaba el Proceso de Beatificación de Mons. Escrivá era el Arzobispado de Madrid-Alcalá. Lo regia el Cardenal Tarancón, con el que yo tenía alguna relación. Y aproveché para decirle que, yo había conocido muy de cerca a Mons. Escrivá, y creía en conciencia que debía declarar. Él me dijo que le parecía muy bien y que le hablaría al secretario del Tribunal, para que me incluyese en la lista.

A los pocos días, me dijo que yo no declararía. Pero que le escribiera a él una carta larga. Así lo hice. Le mande una carta diciéndole que hiciera el uso que le pareciera conveniente. Al cabo de unos días, él me contestó otra carta diciéndome que había recibido la mía y que me la agradecía en nombre de la Iglesia y en el suyo propio.

13) ¿Cuál fue la actitud del entonces cardenal de Toledo (Tarancón) en relación a su testimonio en el Proceso de Beatificación?

El Cardenal Vicente Enrique y Tarancón, este es su nombre y apellido completo, no ha sido Cardenal de Toledo, sino Cardenal Arzobispo de Madrid-Alcalá. Su comportamiento en lo referente a mi frustrada declaración y después de conocer los detalles de su actuación, me parece muy mal.

El tribunal del Proceso, con una evidente falta de imparcialidad, quería eliminarme; porque sabía que mis apreciaciones iban a ser totalmente objetivas y de primera mano. Porque yo no me iba a parar a juzgar si lo que decía favorecía o entorpecía la causa. Yo iba a actuar como lógicamente ha de actuar un cristiano. Yo no tenía otro fin, que el de dejar tranquila mi conciencia.

Unos días después de haberse opuesto el tribunal del Proceso a aceptar mi declaración, me llamó un antiguo miembro, del Opus Dei, Alberto Moncada, profesor de Sociología que había publicado varios libros críticos sobre el Opus Dei y me dijo: “Me han requerido para que declare en el tribunal del Proceso para la Beatificación de Mons. Escrivá. ¿Entiendes tu eso?”

Yo le contesté: “Lo entiendo perfectamente. Tú has conocido muy de lejos a Mons. Escrivá. Tus opiniones, posiblemente, serán muy negativas – cuanto más negativas, más les gustará. Como consecuencia de tú salida del Opus Dei, tú te retiraste de la Iglesia. Sólo servirán para presentarte como un declarante hostil. Estos Señores tendrán una muestra muy lucida para contrastar con las abundantísimas declaraciones laudatorias que quieren presentar.”

Pocos días antes del acto de la Beatificación celebrado por Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro, hubo en la prensa española bastante agitación. Se desencadenaron bastantes opiniones encontradas. Y en un prestigioso programa de televisión, titulado “La Clave”, se quiso tratar el tema de la Beatificación de Escrivá y me llamaron para que interviniese. Les contesté que en conciencia debía de aceptar, aún cuando, no me apetecía nada decir lo que tenía que decir.

El programa se desarrolló durante más de dos horas. Intervinieron en él, el vicepostulador de la Causa y el Decano de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra (sacerdotes del Opus Dei) y un periodista socio numerario del Opus Dei. También estuvieron dos periodistas independientes. Uno de ellos había escrito una biografía crítica de Mons. Escrivá. Un sobrino de éste, el sociólogo Alberto Moncada, y yo.

El programa tuvo una repercusión enorme, del cual se hizo eco la prensa. Yo pasé allí un largo rato muy amargo. Pero todos los televidentes quedaron convencidos de mi honestidad. De esto he tenido, y sigo teniendo, testimonios de creyentes y no creyentes. El que decía la verdad, con conocimiento de causa, era yo. Y digo esto sin la más mínima satisfacción y con mucha tristeza: Con la misma situación anímica que respondo a estas preguntas que ustedes me han mandado y que, como en aquella ocasión, preferiría no tenerlas que contestar. Pero estoy convencido de que tengo la obligación moral de hacerlo; para bien de la Iglesia.

Después de este programa de la televisión, el periódico “EL País” consiguió algunas páginas del Proceso secreto de Beatificación que se guardaban en el Vaticano. En ellas se explicaban las razones que había tenido el Tribunal para eliminarme como testigo.

Copio al pie de la letra el testimonio secreto del Proceso.

Texto nº 2, Mons. Javier Echevarría.

Según informaba el que fue Promotor de Justicia, el Cardenal Tarancón le dijo que, el señor Fisac, a la vez que presentó su carta, manifestó al Cardenal Tarancón serias dudas de presentarse a declarar, poniendo de manifiesto su conducta contradictoria, propia de su inestabilidad emocional y temperamental.

Esto no es cierto. Mienten el Cardenal Tarancón o Mons. Echeverría. Yo dije que sentía tener que declarar. Pero que, en conciencia, tenía que declarar, dada la cantidad de falsedades que contenía el Proceso.

“Tampoco le llamamos, porque nos consta que se trata de una persona psíquicamente desequilibrada: escrúpulos patológicos con manifestaciones de carácter obsesivo, situación de ansiedad permanente y manía persecutoria-como el propio interesado reconoce en alguna entrevista a la prensa-, que no ofrece garantías de dar un testimonio objetivo”.

De entre las falsedades que contienen estas apreciaciones de Mons. Echeverría, la única verdad es la situación de ansiedad permanente que yo tuve durante los diecinueve años y ocho meses por querer salir de allí sin conseguirlo. Tampoco pude consultarlo con algún sacerdote de fuera de la Obra, porque nos decían que no lo hiciéramos: “La ropa sucia se lavaba en casa” y hubiera sido una falta de lealtad por mi parte.

Y en cuanto a la persecución de la que fui objeto, después de casarme, no era manía; como se lo demostré documentalmente en Roma al Obispo Romero de Lema y a Alvaro Portillo.

En cuanto a mi supuesta inestabilidad emocional y temperamental así como cuando dice que soy una persona psíquicamente desequilibrada. Eso lo dice una persona con la que no recuerdo haber hablado nunca. A no ser que fuera alguno de esos jóvenes que vi en grupo y a los que nunca traté ni supe como se llamaban.

Copio otros párrafos del proceso:

Texto nº 2, Mons. Javier Echevarría. 2343 (p. 765)

“Recuerdo otro caso, esta vez se trata de un arquitecto español. Pidió la dimisión en el Opus Dei antes de la guerra civil española, y –mientras se dejó ayudar espiritualmente- fue desempeñando una labor eficaz. Pasado el tiempo y engañado por unos éxitos relativos en su profesión, pretendió desasirse de lo que comenzaron a parecerle exigencias duras. Era hombre bueno, pero complicado de cabeza. Se dejó dominar por una soberbia vana y cometía grandes imprudencias”.

1. Yo no pedí la admisión en el Opus Dei. Se me llamó y se me coaccionó para que entrara.

2. ¿Por qué dice Mons. Echeverría que fui desempeñando una labor eficaz? ¿Por qué ganaba dinero?

3. ¿A qué le llama Mons. Echeverría unos éxitos relativos? ¿A que me concedieran la medalla de Oro en la Exposición de Arquitectura religiosa en Viena (1954), primera condecoración internacional que se daba en España después de la guerra y apareciera en los diccionarios y las revistas profesionales de todo el mundo?

4. ¿Cuáles eran esas exigencias duras? Yo podía hacer lo que quisiera, dar la vuelta al mundo, sólo como lo hice, ir a donde quisiera y cuando quisiera; claro que todo, eso lo hice por razones profesionales. Las exigencias me las imponía yo.

5. No recuerdo que nadie me dijera que cometía graves imprudencias. ¿En qué consistían esas imprudencias? Quiero hacer memoria: Una de las veces que fui a Roma, y paseando por los alrededores de casa con Mons. Escrivá y Alvaro Portillo me dijeron, muy indignados, que no estaban contentos con los que mandaban en Madrid, concretamente con Pedro Casciaro. Me pareció que intentaban depositar en mí una mayor confianza en temas internos del Opus Dei. Cuando volví de Madrid creí que como amigo leal debía de darle a entender a Pedro, estas disposiciones de Mons. Escrivá y de Alvaro Portillo. Y eso les molestó. Pensaron que yo no era persona de la que se podían fiar para guardar secretos de esa índole, cosa que me alegró mucho.

2344. – (p. 766) El Siervo de Dios le llamó en varias ocasiones a Roma, para hacerle comprender que su camino era claro y que debía decidirse a dejarse ayudar. Fue entonces cuando empezó a dar a entender que había más problemas de costumbres que de cabeza. Se le ayudó a superar ese bache, pero no quiso aceptar más auxilio. He presenciado las largas horas de atención que le dedicó al Siervo de Dios cuando comenzaron sus crisis de vocación. Se mostraba siempre muy agradecido, pero se iba cerrando a toda ayuda.

Efectivamente, Mons. Escrivá me llamó en varias ocasiones a Roma. Pero en ningún caso para tratar de mis problemas espirituales. Me llamó para que estudiara problemas profesionales en la Casa Central de Roma.

No comprendo eso de que mis problemas eran de costumbres más que de cabeza. ¿Cuáles eran esas costumbres? Este Monseñor se ha inventado una mentira, dando a entender veladamente algo sucio: eso es calumniar.

En cuanto a que me mostré siempre agradecido, es cierto. Como toda persona bien nacida soy agradecido a las muestras de cariño que todos tenían conmigo.

Me iba cerrando a toda ayuda porque lo que quería era irme. Y quería irme, porque hubiera perdido la fe. Sino porque quería irme de aquella Organización que cada vez me gustaba menos como Institución limpia y cristiana.

Mons. Echeverría dice que presenció las largas horas de atención que me dedicó el siervo de Dios. No sé desde donde presenció él todo lo que dice que vio sin verle yo. Sin embargo no explica como pudo ser que a una persona tan “psíquicamente desequilibrada”, Mons. Escrivá le nombró Socio Elector (el mayor rango jerárquico entre los socios numerarios de aquel tiempo)

También quiso hacerme el único Socio Seglar de la Sociedad de la Santa Cruz. El me había prometido, para tranquilizarme, que no me ordenaría sacerdote y deseaba que en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz hubiera algún socio que no fuera sacerdote.

Yo he conocido muy directamente, de entre los miembros del Opus Dei que convivían conmigo, la designación caprichosa ejercida por Mons. Escrivá de cuáles habrían de ordenarse sacerdotes y cuáles no. En una actitud como de juego y de negación de la libertad más elemental. De cómo algunos que tenían verdadero deseo de ser sacerdotes, como Fernando Valenciano y Vicente Rodríguez Casado no fueron nunca designados, y otros muchos, que al decirles que se iban a ordenar, les creaba una fuerte turbación espiritual. Muchos de ellos, fueron arrastrando esa turbación hasta que se salieron del Opus Dei y consiguieron pasar al estado laical.

Un domingo que estaba yo almorzando en la casa de mis padres, me llamó Alvaro Portillo urgentemente. Me dijo que Mons. Escrivá quería hablar conmigo. Regresé a la casa central de Diego de León rápidamente. Se iba a aprobar en la Curia Romana, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Mons. Escrivá me dijo que quería que hubiera algún socio seglar permanente en ella y que quería nombrarme a mí. Entonces yo le pregunté si podía decir que no. Él contestó que sí que yo podía decir que no. Entonces yo dije: “¡Pues no!” y me retiré.

Cuando a última hora de la tarde asistimos a la Bendición del Santísimo en la Capilla, como todos los domingos, a la salida, Alvaro Portillo me comentó: “¡Menudo disgusto le has dado al Padre”!

¿Y yo me pregunto: ¿Para qué iba a querer Mons. Escrivá a un desequilibrado en un puesto tan singular? Produce mucha pena que personas como Mons. Echeverría, valiéndose de una Institución religiosa aprobada por el Papa, mienten maliciosa y gravemente, sabiendo que mienten.

Texto nº 2 Mons. Javier Echevarría, 2334 (p.766)

Ante su insistencia, se le concedió la dispensa, porque no quiso avenirse a ningún razonamiento. Pasado el tiempo, entre sus desgracias familiares y sus fracasos profesionales, se han ido enrareciendo más su carácter y sus ideas, no dudando en autodefinirse un hombre de condiciones peculiares.

Una vez resuelta mi salida del Opus Dei y después de volver de Roma para marcharme a la casa de mis padres. La última noche que yo dormía en Diego de León, llegó, a última hora, mi confesor Paco Botella. (Él vivía en otra casa del Opus) Y me dijo: Que había recibido una carta del Padre que no debía enseñarme, pero que me la iba a enseñar. (Esta era una manera de decir las cosas oblicuamente, muy al uso de esta Institución.) En esa carta, Mons. Escrivá le decía, que sentía mucho que yo me marchara, porque lo iba a pasar muy mal y sería un desgraciado.

Y eso que no era una profecía, sino un deseo de Mons. Escrivá, sus hijos y socios del Opus Dei han procurado por todos los medios que se cumpliera.

Sin embargo, gracias a Dios, mi matrimonio no ha podido tener un desarrollo más limpio y más feliz.

Quisieron instrumentar vilmente la muerte de mi hija, causada por una vacuna contra la poliomielitis. Y luego han intentado con todo su potente poder, desprestigiarme y aislarme profesionalmente, pues disponen de un gran poder económico y político.

Texto nº2 Mons. Javier Echevarría, 2344 (p. 766)

Relata como ejemplo, que la víspera de su Primera Comunión, como había entendido que el ayuno le prohibía tomar nada, pasó todo el tiempo escupiendo para no tragar saliva.

Esta anécdota ha sido contada por mí en varias ocasiones. Y no es una demostración de anormalidad, lo único que demuestra es la rígida imposición del ayuno, al que nuestra Santa Madre Iglesia sometía a sus fieles, desde las doce de la noche del día anterior, hasta el día siguiente en el que se iba a comulgar.

Texto nº 2, Mons. Echevarría 2344 (p.766)

Se ha proclamado defensor de divorcio porque –dice- la Iglesia no puede imponer esta obligación a los que no tienen fe; y así –con planteamientos de este tipo- razona ahora.

No soy defensor del divorcio, soy defensor de la libertad de conciencia.

Es muy triste que mientras cuelan estos mosquitos de fariseos, el amor a un prójimo, que no sea’ de la Obra, esté totalmente ausente en el espíritu y en la conducta de los miembros del Opus Dei.

Texto nº 2, Mons. Javier Echevarría 2344 (p. 766).

Puedo asegurar que el Siervo de Dios siempre le ayudó con caridad heroica. Rezó por él y siempre le quiso bien, perdonando las afirmaciones calumniosas que hacía.

Decirle a Mons. Escrivá, directamente, que tenía muy mal gusto. Que no entendía nada de Arquitectura ni de Música ni de Cultura en general: no era ninguna calumnia.

Durante muchos años, la construcción de la Casa Central de Roma fue un asunto de la máxima importancia para Mons. Escrivá. Exigió una movilización general de todos los socios, para conseguir el dinero necesario. Se invirtieron millones y millones en lujos de muy poca calidad artística: pero a la manera Renacentista. Porque todos estos detalles frívolos eran para él de un interés capital.

14) ¿Desea añadir algunos comentarios adicionales?

En todos estos acontecimientos en los que me he encontrado envuelto y dándome cuenta de la responsabilidad que contraigo con mis apreciaciones, procuro que éstas sean lo más objetivas y desapasionadas. He dado un minucioso repaso a lo que he vivido al lado de Mons. Escrivá y las acciones que he presenciado, con expreso deseo de no querer juzgarlas.

– Mons. Escrivá era de una personalidad muy complicada y muy desconcertante.

– Mortificado y mortificador.

– Que emitía juicios durísimos. Que no hablaba bien de nadie, ni de fuera ni de dentro de la Obra, (algunos de sus juicios me repugnaron) no recuerdo haberle oído hablar bien más que de Alvaro Portillo. Con especial sentido crítico de los eclesiásticos, frailes y monjas.

– Se sentía propietario “de su invento”: de la espiritualidad del Opus Dei, -hasta el extremo de sentir resquemor por la buena acogida que tuvo un libro de un sacerdote del Opus Dei: Jesús Urteaga, que se titulaba “El valor divino de lo humano” y que rara era la página que no citaba alguna máxima de Camino.

– Estaba plenamente convencido, que había sido elegido por Dios para reformar profundamente a la Iglesia, desde su cabeza. Se encontraba como abrumado de tantas gracias que inmerecidamente había recibido.

– Aunque esa humildad, que le vi expresar en casos en que se le alababa y él controlaba la situación, no la observé nunca en los casos en que otros, más o menos consciente y explícitamente lo habían humillado.

Cada vez estaba más convencido de lo importante que era: En el transcurso de los años en que yo viví con él, ese engreimiento iba en aumento.

En una ocasión, a algunos de los mayores nos relató que había hablado con algunos jesuitas, que se quejaban de que los primeros que vivieron con San Ignacio de Loyola, no consideraron interesante conservar los objetos, edificios y lugares en los que habían sucedido hechos importantes. Y que nosotros seriamos tontos si hacíamos lo mismo.

En el relato que he explicado anteriormente, de la noche pasada en Rialp, hay un hecho del que yo casi no me apercibí, y que luego le vi contar a Mons. Escrivá de una forma un poco difícil, puesto que quería decirlo, pero quería que pareciera que no lo decía.

Aquella noche. Cuando él estaba con una gran congoja por haber dejado a Alvaro Portillo en los peligros de Madrid. Y ante la imposición violenta de todos nosotros y sobre todo de Juan Jiménez Vargas que le amenazó diciéndole: “Yo le paso a usted a la otra Zona aunque tenga que llevarle a rastras por los pelos”, Mons. Escrivá le pidió a la Virgen la siguiente señal: Que en pleno invierno, a esa altura del Pirineo, creciera una rosa.

A la mañana siguiente, al amanecer, Mons. Escrivá salió de aquel horno y dio una vuelta por los alrededores. Allí había restos de una ermita que habían incendiado los milicianos Republicanos. Y al pasar dentro, se encontró con el retablo de madera destruido, y una rosa de madera dorada. Rosa que él cogió y que yo pude ver, después, en la vitrina que tenía llena de recuerdos en sus habitaciones particulares de la Villa Central de Roma.

Al cabo de bastantes años de haber salido yo del Opus Dei y no haber vuelto a ver al médico y catedrático de Fisiología, Juan Jiménez Vargas, éste me llamó para decirme que quería hablar conmigo. Y llegó a mi Estudio con una colección de fotografías de toda la zona del Pirineo, El horno, la ermita y los diferentes sitios por donde habíamos cruzado.

Me dijo que estaban comprando todos aquellos lugares para conservarlos como reliquias.

La pregunta que él quería hacerme era saber si la escalera fotografiada que había para subir a aquel horno, era la auténtica.

Todo esto demostraba que habían tomado con toda seriedad la idea de conservar aquellos recuerdos. Y Mons. Escrivá en aquella época aún vivía.

En realidad, ¿cuál es la espiritualidad del Opus Dei? Yo diría que entre la denominación clásica de espiritualidad ascética y espiritualidad mística, la que se propugna vivir en el Opus Dei es la ascética. Sometida a rígidas normas de piedad y de penitencia: tiempos marcados de oración, y de cilicio y disciplinas, y dormir un día a la semana en el suelo con un libro por almohada. Esta vida de mortificación está, también, regladamente atenuada por unas comodidades y un lujo, exigidos en las casas donde se vive, en el vestir personal, etc. Unas sirvientas te hacen la cama, te sirven la comida, etc.

La intención de conseguir que cada uno viva con unos servicios y un lucimiento equivalentes a los de las personas de su misma profesión y situación social, se ha transformado en una forma de vivir mucho mejor y más llamativa y ostentosa.

Pero, en su esencia, ¿qué es lo que reporta todo este entramado de espiritualidad? Los frutos. ¿Cuáles son los frutos? Los frutos son los de una gran empresa mundana.

Un día, que no olvidaré porque tengo su amargor en el alma, me fue a ver un compañero que yo había tenido cuando estudiaba el Bachillerato y me contó su situación económica familiar, desesperada, y me pidió que le prestara un dinero. Le dije que volviera a la mañana siguiente. Porque esta decisión yo no la podía tomar por mí mismo. Lo consulté con mi director, y él me prohibió en absoluto, que le diera nada: a él le prohibía consentirlo el espíritu del Opus Dei.

Desde luego, cumplir las normas y dormir en el suelo es molesto: pero no hace buenos a los hombres.

Hay un tema que yo he vivido muy tangencialmente: el de la enseñanza, que es de la máxima importancia hoy en el Opus Dei.

Yo le oí decir muchas veces a Mons. Escrivá, que los fundadores de Órdenes y Congregaciones religiosas habían aparecido para resolver situaciones de gran necesidad social; para cuidar ancianos y niños desamparados, para redimir prostitutas, etc. Pero que sus continuadores, después, habían terminado haciendo grandes negocios, a base de colegios para educar niños ricos. Y estas últimas palabras las recalcaba con gran fruición.

Sin embargo, yo asistí a la creación del colegio Gaztelueta en Bilbao, que dijo que se hacía como excepción, porque se lo había pedido a Mons. Escrivá, la madre de Pedro Ibarra, Marquesa de Mac-Mahón.

Después – ya, estando yo fuera del Opus Dei he comprobado el rumbo diferente que ha tomado el desarrollo de la Obra. Se han organizado colegios y más colegios para niños ricos. Y estaban aún vivos y con plena autoridad, tanto Mons. Escrivá como Alvaro Portillo.

Esto y otras metas esenciales en el primitivo planteamiento del Opus Dei responde a una orientación a la que tanto yo les oí criticar a ellos, cuando se referían a otras instituciones religiosas.

El ver, hoy, de lejos, a una Organización tan poderosa y tan temible, que ha absorbido a tanta gente joven y generosa que llegó a ella con intención de servir a Dios, me produce mucha pena. Y pido a Dios, todos los días, por Mons. Escrivá: por la salvación de su alma.

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Index of Names

Alastrue, Eduardo: Member of Opus Dei, who passed into the National zone through the Madrid front with Alvaro Portillo. p. 5

Albareda, Jose Maria: An Opus Dei member. Pp 2,4 Albas, Carlos: Nephew of Eseriva, Opus Dei’s Founder. p. 21

Alonso, Enrique: Opus Dei member; lefi Opus Dei, later became supernumerary. p. 3

Alvira, Tomas: A friend of Jose Maria Albareda; one of the first supernumerary members of Opus Dei. p. 4

Badeil, Ana Maria: Miguel Fisac’s wife, whom he married in 1 957.iv

Bella, Florencio Sanchez: Was Opus Dei Cornissary in Spain. p. 8

Botella, Francisco: University professor and a nutnerary member of Opus Dei as one of the first priests. p. 14.

Botella, Paco: A member of Opus Dei; sisterjoined Opus Dei but later lefi; Miguel Fisac’s confessor. Pp 2,6,8,17,25

Casado, Vicente Rodriguez: A member of Opus Dei; sister joined Opus Dei but later left; desired to be a priest in Opus Dei but was not chosen. Pp 5,17,25

Casciaro, Pedro: Companion to Miguel Fisac; also a student of architecture; a numerary member of Opus Dei, also one of the first Opus Dei priests. Pp 1,2,4,14,23

 

 

 

 

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¿Se Respetan En El Opus Dei Los Derechos Humanos Fundamentales?

julio 20, 2007

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Iván de ExOpus

Reedición del publicado en Opus Libros el 27 de junio y 4 de julio de 2004

LEER LA ÚLTIMA VERSIÓN DE ESTE ARTÍCULO

El hombre es hijo de sus obras.

Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.

Respondo a quienes intentan demostrar la bondad del Opus Dei porque ellos son muy felices dentro:

Me alegro mucho por vosotros de que hayáis llevado una vida tan feliz en el Opus Dei, pero desgraciadamente eso vale de muy poco para saber lo que en realidad es la Obra (ser muy feliz en un grupo no sirve como criterio de bondad para ninguna institución) puesto que miembros felices los hay hasta en la sociedades más depravadas. ¿O acaso creéis que entre los asesinos de los campos de exterminio no hubo algunos que fueron muy dichosos por formar parte de esa institución? Seguro que los hubo.

Una sociedad no es buena porque algunos (o muchos o casi la totalidad) de sus miembros estén contentos en ella; a una sociedad se la puede empezar a considerar como buena cuando institucionalmente respeta todos los derechos humanos fundamentales.

Lo que escribo a continuación no lo hablo por otros, ni por lo que he oído o leído, sino que es fruto de mi propia experiencia durante casi 35 años dentro de la Obra.

Para empezar, en la Obra hay dos verdades, una para utilizar con los miembros y otra para los de fuera; una que justifica algo para que parezca santo y otra que es muy opuesta.

Por ejemplo, cuando yo pité (escribir la carta de admisión a la Obra) me dijeron que las sucesivas incorporaciones al Opus Dei (las jurídicas) eran obligaciones administrativas que la Iglesia exigía y a las que a la fuerza había que someterse, pero que desde el momento en que se pitaba se era ya del Opus Dei y para todos los efectos. Al rato, el director con el que acababa de escribir la carta de admisión me dice que por un tiempo no les cuente a mis padres que soy de la Obra y que si ellos me lo preguntan les diga que no lo soy; al ver mi cara de extrañeza me añade que contándoles eso no les mentía, porque en realidad yo no era de Opus Dei hasta que la Iglesia no lo reconociera oficialmente (incorporación jurídica). ¿Era o no era de la Obra? Pues para quienes a ellos les convenía sí y para quien les estorbaba no.

Utilizan lo que llaman la “corrección fraterna” como medio muy eficaz para mantener el dominio sobre sus miembros. La fundamentan, como verdad externa, en la frase de Jesús según la cual si ves un pecado en tu hermano debes corregirle. Ese medio es en apariencia una buena práctica, pero veamos como se utiliza, para conocer otra realidad oculta.

Una vez vista una falta en otro miembro, algo que te parece no estar de acuerdo con el espíritu de la Obra, has de contárselo a su director quien tiene la última palabra para que le corrijas o no. Es decir:

1 – Casi nunca corriges pecados normales (los que todo el mundo entiende por pecado) sino que se utiliza sobre todo para aquello que no es afín al espíritu de la Obra (que previamente te han mentalizado cual es).

2 – Bajo la verdad externa de que se consulta al director de la otra persona, para que sea él quien juzgue la procedencia de esa corrección, subyace otra realidad que es que así los directores siempre pueden mantener un control de la conducta de sus dirigidos al estar permanentemente informados sobre lo que hacen y dicen que pueda ser disonante con la Obra. Con la corrección fraterna los ojos de todos los miembros de la Prelatura se convierten en los de tu director inmediato, quien a su vez, si procede, informa al director superior (por lo que de una falta que cometas hoy, el Prelado puede tener mañana un informe sobre la mesa de su despacho).

Voy a poner un par de ejemplos de correcciones fraternas tomadas de mi propia vida.

En una ocasión comenté ante varios que me gustaba mucho el libro “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach. Un par de horas más tarde me hicieron una triple corrección fraterna: Porque no había mirado ese título en el índice interno de libros que la Obra lleva, puesto que allí se indica que no se puede leer. En segundo lugar, por haberlo leído sin las prevenciones oportunas de conocer antes si podía hacerlo, lo que podría haber perjudicado a mi alma. Por último, por escándalo a los demás, por la publicidad dañina que hice de él ante quienes no deben leerlo y a los que mis palabras les podrían llevar a pensar que era bueno, dando ellos por supuesto que yo lo había comprobado previamente (en ese índice).

Otro caso. Los agregados teníamos una meditación un día fijo a la semana, seguida de una tertulia durante la cual el sacerdote (el designado para nosotros) nos iba confesando sucesivamente (íbamos a él según el orden de colocación en la tertulia). Pues bien, en una ocasión no me confesé allí en dos semanas consecutivas. Nada más terminar la tertulia del segundo día, me vino uno para hacerme la corrección fraterna de que había que confesarse semanalmente con el sacerdote establecido y que si en alguna ocasión, por motivos de fuerza mayor, lo hacía en otro lugar, que después de la meditación, cuando me llegara el turno, me pasara a saludar al sacerdote (aunque no me confesara) para así no causar escándalo en el resto, que se daban cuenta de que yo no me había confesado.

La gente entra en la Obra sin saber los términos específicos de su entrega; después, poco a poco, se les crea una tupida red de miedos, culpas, fobias y temores (sobre todo a perder la felicidad temporal y eterna si dejas el Opus Dei) lo que permite enajenarles con facilidad de muchos derechos fundamentales. Por ese medio, a grandes rasgos, a los miembros del Opus Dei (en especial a los numerarios y agregados) se les expolian los siguientes derechos:

1 – Derecho a la libre información y a su intimidad personal: Diciéndoles lo que pueden de leer o no, los programas de televisión que pueden ver o no; les leen la correspondencia que reciben y envían, etc.

2 – Derecho al pensamiento libre: Obligándoles a no tener la mínima duda sobre su vocación: “De la vocación no se puede dudar, es intocable”, te repiten desde que pitas. A suprimir cualquier crítica sobre la Obra o sus directores (por ejemplo, es algo grave y que atenta contra la unidad del Opus Dei comentarle a otro que te agradaba más el director anterior que el actual), etc.

3 – Derecho a la conducta libre: Controlándoles amistades, esparcimiento, adónde pueden ir o no; impidiéndoles asistir a espectáculos públicos; exigiéndoles confesarse semanalmente (con o sin pecados) con el sacerdote del centro, imponiéndoles el director espiritual (que es un laico independiente del confesor), obligando a que esa dirección espiritual sea cada semana (porque te buscan, persiguen y fuerzan a tenerla si tú no vas dócilmente a ella), imponiendo que a ese laico le cuentes todo, todo, todo, y en especial y en primer lugar lo que te molestaría contar (aunque ello sea algo tan tonto como que has deseado entrar en un cine a ver Heidi), etc.

4 – En lo económico te fuerzan a un estado de indigencia total: En vez de agradecerte el dinero que das al Opus Dei, te dicen que el sueldo que cobras, desde antes de recibirlo, ya no es tuyo sino de la Obra, quien como “buena madre” vela por ti y te da lo que necesitas para subsistir (que ella previamente ha aprobado). Has de apuntar todos los gastos que realizas, hasta el más mínimo, y entregárselos al director en los cinco primeros días de cada mes. Con cualquier bien mueble (el coche) o inmueble que ha de figurar a tu nombre has de firmar un contrato de venta en blanco (sin datos del comprador ni fecha de venta) para que en cualquier momento ellos puedan rellenar esos datos y cambiarlo de dueño (lo hacen así para no cargar fiscalmente a la Obra, porque si no directamente te quitarían su propiedad). ¡Buen truco para que ante los de fuera parezca que tienes algo! Y cuando dejas la Obra te marchas sin nada (cuando lo haces no te dan ni para el metro). ¡Buen truco para mantenerte atado dentro!

5 – Derecho a los sentimientos libres: Sólo puedes poner el corazón en la Obra y en lo que a ella le conviene. Por ejemplo, has de amar al Prelado (a quien te hacen llamarle Padre, lo que sustituye en ti al que te dio la vida), a quien nunca has tratado, con el mismo cariño humano que sientes por tu propio padre o madre, etc.

6 – Derecho a una madurez humana y psicológica equilibrada: En el trato personal con el resto de los miembros has de evitar las fricciones, siempre has de sonreir, has de mantener una máscara de felicidad permanente. Si algo te molesta de otro has de hablarlo con el director y si procede recurrir a la corrección fraterna, nunca al planteamiento personal directo. Eso te lleva a vivir una intimidad de “invernadero”, ficticia, que notas muy claramente cuando sales de la Obra y has de crear una relación de pareja, en la que te sientes como un extraterrestre.

Por otra parte, dependes de ellos hasta en lo más mínimo. Has de comprar ropa acompañado de otro. Todos tus gastos te los han de aprobar antes de recibir tú el dinero. Has de consultarlo todo (te dicen que el director tiene gracia de estado por lo que tú nunca te equivocas obedeciendo) lo que te hace ser un dependiente psicológico. En la obra te permiten desarrollar facetas intelectuales (que no choquen con ellos) pero no los sentimientos y la independencia psicológica.

7 – Derecho a tener amigos dentro de la Obra y a continuar la amistad con los que lo eran tus amigos antes de incorporarse a ella: En el Opus Dei está establecido institucionalmente que no han de existir amistades particulares. Lo que ellos llaman amistad particular es lo que todo el mundo entiende como amistad a secas. No puedes tener un amigo de la Obra en quien confiar lo que tú desees y pensar que después te guardara el secreto, puesto que la corrección fraterna, de la que hablé antes, lo impide. Cualquier cosa que cuentes a otro puede acabar en el director y si es algo sobre discrepancias con la institución (aún mínimas) o dudas de vocación, seguro que acaba siendo escuchado por el director.

Cuando un amigo tuyo pita has de dejar de ser amigo de él. Como suena, por decreto tenéis que dejar de ser amigos porque hay que emplear esas energías en buscar otros amigos para acercarlos a la Obra. Para facilitarlo os separan cuanto antes, trasladando a uno de los dos a otro centro. A ese expolio de la amistad ellos lo llaman entregar los amigos a Dios, pero en realidad lo que busca es que su poder de manipulación no se diluya. Al no poder comunicar con nadie de dentro tus inquietudes (y menos con los de fuera), siempre estarás al arbitrio de lo que los directores te digan. Las cosas íntimas se consultan con el director, te dicen, y de esa manera se aseguran que recibas sólo las campanadas que ellos tañen. (Por lo mismo, tampoco pueden estar en el mismo centro dos hermanos de sangre, si ambos son de la Obra.)

La amistad en la Obra es sólo un instrumento para captar a la gente. Nunca para el enriquecimiento personal de sus miembros. Por eso los que pensabas que eran tus amigos en cuanto te vas de la Obra te ignoran: porque en realidad nunca han sido tus amigos.

Si eres de la Obra y quieres mantener un amigo, has de evitar que pite.

8 – Derecho a elegir la vocación a la Obra: Tú no eliges a la Obra, es ella quien te elige a ti. Te acercas a la Obra en busca de espiritualidad y por el buen ambiente humano que allí se respira y cuando menos te lo esperas aparece el numerario de quien eres amigo y que te llevó allí, el director, el cura y quien imparte los círculos (un medio de formación) y todos a una te plantean que tienes una vocación que tú no acabas de ver clara y terminas pitando, más que nada, para descansar de esa presión psicológica.

Es imposible que una persona elija su vocación a la Obra porque ellos no la muestran en sus detalles importantes; a ti tan sólo te cuentan que por Dios has de entregarlo todo y que se materializará tal y como ellos te dirán después (pero nunca piensas que en ese “todo” que das se incluyen derechos inviolables). Por lo tanto, si tú no puedes saberlo han de ser ellos quienes vean si les sirves o no y en caso afirmativo quienes te empujen adentro.

9 – Derecho a elegir salirte de la Obra: En realidad, la expoliación de todos los derechos enumerados en los otros apartados buscan este fin. Lo único que a la Obra le importa es llenarse de gente que les sea útil y que les duren hasta la muerte. Para conseguirlo hacen lo que haga falta, incluyendo que el fin justifique los medios.

10 – Derecho al dialógo sobre la Obra: Parece como si para ellos el Opus Dei además de traducirse como “La Obra de Dios” también significara “La Obra es Dios”, puesto que dialogar lo entienden como dar las vueltas que haga falta y durante el tiempo que sea preciso hasta lograr que el otro termine aceptando totalmente lo dicho por ella, sin ellos ceder un ápice ni reconocer un error.

“Toda institución en la que intervienen los hombres es imperfecta”, decía el Fundador del Opus Dei refiriéndose a la Iglesia, y tenía toda la razón del mundo, por eso la Iglesia se abre al diálogo. ¿Y la Obra no es imperfecta?

11 – Como haré ver más adelante con un aspecto muy significativo, para el Opus Dei los derechos adquiridos por sus miembros a través de la Prelatura sólo existen mientras benefician a la Obra (directamente y exclusivamente) y les son enajenados en cuanto no es así, sin temblarle el pulso por el perjuicio que ello produce en el individuo, en la sociedad y en la Iglesia Universal.

Muchos numerarios y agregados hemos aprobado dentro de la Obra los estudios eclesiásticos oficiales de la Iglesia (menos una asignatura menor que la Obra no te deja cursar excepto en el caso de que te vayas a ordenar como sacerdote de la Prelatura).

En el mes de permiso anual del trabajo los agregados se desplazan a los lugares que les asignan los directores para permanecer durante 25 días en lo que se llama internamente como “curso anual”, porque allí se cursan asignaturas de filosofía y teología. Mientras que el resto de sus compañeros, que no son del Opus Dei descansan, los de la Obra continúan trabajando, en este caso estudiando y con intensidad.

Esas asignaturas son idénticas a las que la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra imparte públicamente en sus aulas de Pamplona; universidad que es de la Iglesia y de la que la Iglesia es la última responsable por ser “suya”. Por supuesto, esas clases son dictadas por profesores cualificados por la citada universidad.

En esos cursos anuales, conforme los alumnos van cursando las asignaturas, se realizan los exámenes pertinentes en los que hay que obtener una calificación de notable o sobresaliente para superarlas. Esa es la única diferencia que existe con los exámenes que se realizan en las aulas públicas de Pamplona en donde a los alumnos matriculados allí les basta con obtener la nota mínima de aprobado para pasar cada materia.

Esa diferencia con los miembros de la Prelatura radica en el empeño que el Fundador del Opus Dei tenía de que los de la Obra estuviéramos más cualificados que los demás en esas materias, por lo que estableció que en todas las asignaturas eclesiásticas que cursara un miembro de la Obra debían obtenerse calificaciones de notable o sobresaliente para considerarlas como superadas.

Al final de cada curso anual se realizan las actas oficiales de cada materia en donde figuran aquellos alumnos que las han rendido, son firmadas por los respectivos profesores y se remiten a la Universidad de Navarra (en algunas ocasiones yo he escrito a máquina esas actas, en las que están en latín tanto el texto como todos los nombres incluidos en ellas, y se las he pasado después a los profesores para que las firmen).

En determinadas ciudades también se cursan esas asignaturas durante el resto del año (hablo de España).

De esa manera, poco a poco, año tras año, finalicé esa carrera universitaria. Son unos estudios tan, tan, tan oficiales que de un día para otro me podría haber ordenado sacerdote dentro de la Obra (en lo que respecta a los estudios que la Iglesia exige para ello, puesto que esa asignatura menor que me faltaba por terminar, de la que antes hable, se rinde en menos de una semana de estudio).

O sea, que sí me voy a ordenar como sacerdote del Opus Dei hay una universidad con reconocimiento público (civil y ante la Iglesia) que es la Universidad de Navarra que admite que yo he realizado todos los estudios eclesiásticos que ella imparte, puesto que me ha examinado de todas las asignaturas que componen esa licenciatura y en las cuales la nota mínima que he obtenido ha sido de notable.

Veamos lo que ocurrió cuando me fui de la Obra. Solicité un certificado de esos estudios y me respondieron que no me lo podían dar porque son “estudios internos que sólo sirven dentro de la Obra”.

Hay una realidad: Yo tengo aprobadas las asignaturas de la licenciatura eclesiástica en filosofía y teología por la Universidad de Navarra.

Ante este hecho la Obra aplica dos “verdades”:

1 – Que ese derecho existe para ordenarte sacerdote dentro de la Prelatura (con lo que admiten que lo poseo).

2 – Y la otra, una “verdad falsa” de que son “estudios internos que sólo sirven dentro de la Obra” (que la Obra quiere hacer pasar como verdadera con el subterfugio mental de crear unas palabras que sustituyan a la realidad), lo que, sin temblarles el pulso, les permite enajenarte de un bien únicamente tuyo y arduamente adquirido con un esfuerzo continuado durante muchos años (en el tiempo en que los que no son de la Obra, como antes dije, descansaban de su trabajo habitual).

Hay que considerar que el expolio de ese bien produce los siguientes perjuicios:

1 – A las personas damnificadas. Puede servir para incluirlo en su currículum profesional para mejorarlo y poder obtener puestos de trabajo más cualificados. Al ser un título universitario te priva de los beneficios de su ejercicio, como puede ser dar clases de filosofía o religión. Hay muchos agregados sin otra titulación universitaria y de esa manera se les priva de ser universitarios de grado superior, etc.

2 – A la sociedad civil, puesto que la priva del bien que puede obtener de personas poseedoras de esa cualificación.

3 – A la Iglesia Universal, al expoliarla del beneficio que sus hijos pueden revertir en ella si disponen de esa titulación (a la que esas personas tienen derecho, todo el derecho del mundo) cómo puede ser, además de lo anteriormente visto para la sociedad civil, disponer de la capacidad de ordenarse sacerdote en cualquier diócesis del mundo sin necesidad de tener que realizar de nuevo esos estudios. Tengo constancia de que un exmiembro de la Prelatura decidió ordenarse como sacerdote en una diócesis de España y tras reiteradas instancias a la Obra por parte de su obispo le fue entregado un certificado de los estudios eclesiásticos cursados por él mientras perteneció al Opus Dei (con lo cual se ratifica todo lo que estoy diciendo aquí: que dicha persona había realizado esos estudios y que hasta ese momento la Obra se negaba a reconocerlo); esa situación que la Obra hace ser excepcional se corresponde, por el contrario, con un derecho inalienable de las personas que no puede ser manipulado por nadie.

No es justo tener que suplicar a otros la limosna de un bien que por derecho nos corresponde (y que se niega a entregar).

Analicemos lo que ese comportamiento de la Obra nos dice sobre sí misma:

1 – Que no les importan los derechos de las personas, tan sólo existen los derechos de su institución. 2 – Que no les importa el bienestar de las personas, tan sólo existe el bienestar de su institución.

3 – Que no les importa el bien de la Iglesia Universal, tan sólo existe el bien de su iglesia particular.

4 – Que fuerzan a que una universidad pública (como la de Navarra) tenga un “sótano”, oculto a la mirada de todos, en el que se guardan los expedientes de los estudios realizados por los miembros de la Prelatura, para poder utilizarlos ellos a su gusto como si fueran de la Obra en vez de quien los estudió.

5 – Como la Iglesia es la última responsable de esa universidad (por ser una universidad de la Iglesia) con esa expoliación de derechos adquiridos por las personas están haciendo que sea la Iglesia Universal quien cometa ese atropello.

6 – Que no les importa el bien de la sociedad, mientras que no sean ellos quien les suministre ese “bien” y manufacturado a su capricho.

7 – Que se demuestra, una vez más, que para el Opus Dei el fin justifica los medios.

8 – Que ante los talentos de sus miembros la Obra dice: “O para mí o para nadie”.

Por supuesto, todo lo dicho con anterioridad es válido también para aquellos que hayan realizado esos estudios parcialmente (que hayan aprobado diez, veinte o tan sólo una asignatura) ya que el derecho del que hablamos es el mismo en todos los casos.

Una idea repetida en las meditaciones y charlas que se dan dentro de la Obra es que la vocación al Opus Dei es tan importante y tan grande que muy posiblemente Dios no nos habría creado si no hubiera sido porque nos iba a conceder esa vocación; y consecuentemente a ese pensamiento actúan cuando te marchas del Opus Dei: Cómo te vas –parecen decirte con sus obras–, te retiramos la existencia de todo aquello que está en nuestra mano porque así actuaría Dios en nuestro lugar.

Si yo no hubiera sido del Opus Dei y alguien me cuenta lo que estoy escribiendo, sin darme el nombre de la sociedad que actúa así, sin dudarlo habría dicho que se trataba de una estructura comunista, puesto que en las entrañas de la filosofía del comunismo está que las personas carecen de derechos individuales a costa de la institución que las gobierna, que los posee todos y en exclusiva.

Imaginemos que al Fundador del Opus Dei le hubiera dado porque todos los numerarios y la mayoría de los agregados estudiaran en la Universidad de Navarra, además de la carrera Eclesiástica, las de Derecho y Medicina con una nota mínima de notable en cada asignatura y que muchos hubiéramos finalizado las tres carreras. Al salirnos de la Obra habríamos tenido que dejar también de ser abogados y médicos, profesiones que pudimos ejercer durante el tiempo que estuvimos dentro del Opus Dei pero no al marcharnos puesto que al ser “estudios internos que sólo sirven dentro de la Obra” en el momento de dejarla nos habrían negado esos títulos universitarios. ¡Y entonces a trabajar solamente como picapedreros en las minas de carbón!

12 – Otro derecho humano vulnerado (que lo pongo al final no por considerarlo el menos importante sino porque alguno ha de cerrar la exposición) es que aplican esa violencia espiritual y psicológica en jóvenes que por su inmadurez están incapacitados para discernir y reaccionar. A partir de los 14 años y medio pueden pedirte pitar. Yo tenía 15 años cuando pité. (Para más información leer mi carta de fecha 16 junio de 2004 en donde ahondo en alguno de estos temas.)

Termino repitiendo la idea del principio: Encontrarse muy feliz en un grupo no es indicativo de su bondad, para saberlo hay que comprobar si ese colectivo institucionalmente respeta todos los derechos humanos fundamentales.

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La Amnesia Histórica Del Opus Dei

julio 19, 2007

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Iván de ExOpus

El pasado 18 de julio se cumplieron 71 años del comienzo de la terrible Guerra Civil Española que ha marcado intensamente el último periodo de la historia de nuestro país. Con tal motivo el canal de televisión Telemadrid realizó ayer una encuesta en la Puerta del Sol con la pregunta: «¿Qué significado tiene para usted el 18 de julio.

Una gran mayoría, sobre todo jóvenes y emigrantes, no tenían ni idea; del resto los hubo que lo asociaban a «una paga extraordinaria que se implantó en la época de Franco» o a «un día que antes era fiesta»… y tan sólo una pequeña fracción de los encuestados (de edad avanzada) respondieron acertadamente.

En muy pocos años, cuando fallezca esa minoría, cuando los jóvenes de ahora sean desplazados por nuevas generaciones, cuando el número de emigrantes aumente…, NADIE asociará esa fecha con algo tan importante como fue el enfrentamiento fratricida de los españoles durante nada menos que un trienio.

La verdad y los hechos históricos se mantienen frescos en la medida que se los recuerda y se olvida definitivamente lo que no es repetido por los medios de comunicación, tal y como demuestra la encuesta antes tratada.

El Fundador del Opus Dei y sus sucesores conocen muy bien esta ley y aplican normas que la hagan posible. Por ejemplo, la deformación de su propia historia a su favor lleva a que con el paso del tiempo los que ya no fueron protagonistas de ella acepten su falsedad (El Opus Dei Cambia Su Historia, Los Hijos Desobedientes Del Opus Dei y La Novela Histórica «Opus Dei»). Para facilitar este olvido histórico aíslan a los de dentro de los que se van suprimiendo cualquier memoria de éstos últimos (desaparecen sus fotos de las publicaciones internas, no son recordados en sus escritos ni en las tertulias, sus nombres son borrados de los listines telefónicos, el día que se van no les dejan despedirse de los demás del centro, etc.). Cuando te marchas te indican la conveniencia de no relacionarte con los que se han ido con lo que pretenden evitar la unión de los ex. Aplican normas a seguir con los que se fueron que llegan a ser crueles (Los Malditos Según El Opus Dei), etc.

Todo lo anterior es eficaz mientras la difusión de la información sólo es posible por los medios tradicionales (papel impreso y radio-tele difusión) gobernados por empresas que al tener fines económicos pueden ser silenciadas fácilmente con dinero u otro tipo de extorsión; pero ahora la Red permite la democratización de la información que lleva a que cualquiera pueda difundir la verdad facilmente, en tiempo real y a cualquier parte del mundo (Y Entonces Llegó Internet).

Si, como hemos visto, la verdad y los hechos históricos se mantienen frescos en la medida que se los recuerda y que se olvida definitivamente lo que no es repetido por los medios de comunicación, entonces la misión de quienes conocemos las falsedades que sustentan al Opus Dei y el bien social que supone denunciarlas es la de repetir esas realidades incansablemente y de todas las maneras posibles.

Y ésta es una de las razones que mantienen activo este Blog.

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El BNG Pide Medidas Contra 200 Sectas Que Operan En España

abril 9, 2007

EL PROGRESO.es (5-4-2007)

La diputada del BNG en el Congreso de los Diputados, Olaia Fernández Dávila, pidió al Gobierno que se tomen medidas en el marco legal para combatir las cerca de 200 sectas “peligrosas con carácter destructivo” que operan en España “enmascaradas” en formato de asociaciones culturales, sociales o espirituales.

Davila explicó hoy en un comunicado de prensa una iniciativa registrada por el BNG en la que se pregunta al Gobierno sobre la creación de un “observatorio permanente” para “recoger, analizar y difundir” los datos referentes a las actividades de estas asociaciones.

En este sentido, también propuso la celebración de conferencias sectoriales entre las comunidades autónomas para estudiar cuestiones relativas a este problema y solicitó la opinión del Ejecutivo sobre la concesión de ayudas a entidades que desarrollan programas de rehabilitación de víctimas de estas sectas.

Además, el BNG preguntó sobre la posibilidad de estudiar la introducción del “delito de manipulación mental” en el Código Penal, un crimen que consiste en “alterar el juicio de personas en actividades de tipo sectario”.

Así, Davila aseguró que la legislación española está “muy por detrás del marco legal de otros países europeos” y apostó por que se concrete y se defina la legislación civil y penal.

Fuente: EL PROGRESO:es

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Una Institución Pública Y Benéfica No Tiene Secretos

febrero 19, 2007

Colección de escritos sobre la conveniencia de hacer públicos los documentos que el Opus Dei oculta.

Parte (I) EscriBa.

Parte (II) Ivan de ExOpus.

Parte (III) Ramón.
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Una Institución Pública Y Benéfica No Tiene Secretos (I)

febrero 19, 2007
Publicar los documentos secretos del Opus Dei como obligación moral de sus Directores.

EscriBa

Publicado originalmente en Opus Libros el 9-II-2007

Reeditado con las autorizaciones pertinentes.

En una reciente conversación con un cualificado sacerdote del stablishment de la Prelatura se suscitó la siguiente inquietud sobre la publicación de los “textos para la formación” del Opus Dei, internos y secretos, por parte de OpusLibros.org. Los argumentos para el escándalo fueron los siguientes:

Es imposible salir al paso de tanta cosa negativa con alguna posibilidad de éxito, naturalmente desde el punto de vista de quienes objetan. Para hablar con alguien de un tema debatido, con alguna opción de acuerdo, es imprescindible la buena voluntad. Pero, en este caso, ¿qué buena voluntad demuestra quien ofrece, contra todo derecho, documentación privada, obtenida de modo fraudulento?

Naturalmente que no hay nada que ocultar, pero no voy a entrar en conversaciones con quien me trata de un modo tan injusto. El resto de su argumentación queda descalificada a priori. No tengo la mínima confianza de su honradez, de que pretendan algo bueno, porque me están demostrando con su conducta actual su falta de escrúpulos.

¿Derechos en la dirección espiritual?, en la Obra, la obediencia es total, se puede mandar todo, es una obediencia rendida, para poner lo mejor de uno mismo en llevar a cabo las cosas mandadas y como se han mandado, etc., son ideas que tiene muy claras cualquier persona del Opus Dei, y son pacíficamente aceptadas como la entrega misma que cada uno hemos hecho para extender el espíritu de nuestro Padre.

Un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto nunca puede ser subjetivamente honesto o justificable como elección:

Hay un suceso de la vida de José María Escrivá que le oí contar a Andrés Vázquez de Prada en más de una ocasión y que recogió –posteriormente- en el segundo tomo de la biografía oficial El Fundador del Opus Dei, Dios y audacia, según el testimonio de Tomás Alvira Alvira.

En este episodio se narra el intento de falsificación –por parte de Escrivá- de su partida de nacimiento para conseguir un pasaporte argentino en los meses de julio y agosto de 1937. El fin era poder ser evacuado a Argentina y escapar, así, de la furia anticlerical del Madrid republicano de la Guerra Civil.

En esas circunstancias extremas, de quiebra de la convivencia social y de las normas de comportamiento inherentes a ella, la conciencia de José María Escrivá –como sacerdote lo bendigo, dice estimó que algunos actos intrinsece malum (intrínsecamente malos) estaban justificados precisamente por lo extremo de la situación. Es decir, que aunque el objeto del acto fuese malo siempre y en sí mismo (la falsificación de un documento, un fraude) las ulteriores intenciones de quien actúa y las circunstancias pueden suprimir la malicia de esa actuación, como afirman las teorías éticas teleológicas y proporcionalistas.

Por aquellos días estaban ya en marcha unas gestiones con el fin de obtener un pasaporte argentino para don Josemaría, siendo necesaria la presentación de la correspondiente partida de nacimiento. Como Isidoro acababa de recibir dos partidas, pensaron que, convenientemente retocadas y cambiando los nombres, les servirían al Padre y a Juan para solicitar los pasaportes. El sábado 31 de julio salieron éstos con Isidoro a la calle para hacerse las fotos. Y, al día siguiente, encargaron a Carmen que les confeccionase unos brazaletes con los colores nacionales de la República Argentina, igual que el de Isidoro.

También por aquellas fechas consiguió Tomás Alvira, un amigo de José María Albareda, una partida de nacimiento de otro argentino, con la idea de obtener un pasaporte y salir de España como súbdito extranjero; pero, en conversación con Isidoro, decidieron de común acuerdo que mejor sería servirse de esa última partida para proporcionar un pasaporte al Padre. Borraron primero con un líquido los datos personales, pero el papel se arrugó de tal modo, que hubo que pasar por encima una plancha caliente. Luego, con una máquina de escribir del mismo tipo de letra que el de la partida, rellenaron el espacio borrado con los datos de la filiación del Padre y la entregaron en el Consulado. Había que volver, a los tres o cuatro días, a recoger el pasaporte.

Entretanto los líquidos corrosivos habían producido unas acusadoras manchas en el papel; de manera que cuando se presentó allí personalmente el interesado, el Cónsul (o acaso un Secretario de Embajada) le recriminó su acción. Reaccionó prontamente don Josemaría y le replicó: Soy abogado y soy sacerdote. Dadas esas circunstancias, como abogado lo defiendo y justifico, como sacerdote lo bendigo. Le dieron excusas, pero no el pasaporte. (Vázquez de Prada, Andrés. El Fundador del Opus Dei, Vol. II: Dios y audacia, Págs. 119 y 120. Madrid, Rialp, 2002).

La Iglesia ha expresado reiteradamente que si los actos son intrínsecamente malos, una intención buena (bonis causis) o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos irremediablemente malos, por sí y en sí mismos no son ordenables a Dios y al bien de la persona.

En los actos que son por sí mismos pecados –cum iam opera ipsa peccata sunt– las circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como elección.

Sin pretender incoar un debate sobre esta cuestión, creo que es importante señalar el hecho –a mi buen saber y entender- de que no hay motivo de escándalo en el acto de publicar documentos secretos del Opus Dei, aunque para ello no contemos con la autorización de la Prelatura. Pienso que es hipócrita la actitud oficiosa del Opus Dei pretendiendo ver un escándalo (farisaico) en esta labor desarrollada por OpusLibros y que se orienta a la búsqueda de la verdad de las cosas, sin favor y sin temor.

Considero una pose hipócrita rasgarse las vestiduras por el pretendido hurto de documentos, previo a su publicación, del mismo modo que me parecería cínico y repugnante que un asesino anticlerical recriminase a “don Josemaría” que, para escapar de ser asesinado, hubiese intentado falsificar su pasaporte y salir de España.

Los documentos internos pertenecen, en justicia, a todos sus miembros:

Pero –es más- la virtud de la justicia consiste en la constante y firme voluntad de dar a los demás lo que les es debido y ¿a quiénes pertenecen esos documentos sino a los miembros del Opus Dei?, ¿quiénes, más que ellos, tienen derecho a conocer las normas y los criterios que se les aplican?, ¿quiénes, más que los directores de la Obra, tienen la obligación moral de publicarlos? Reivindico que se reconozca el derecho de que gozan los fieles del Opus Dei, y las personas bajo la influencia de la Obra, a tener acceso a los Reglamentos para que no puedan darse dolo, arbitrariedad e indefensión.

Una vez más, la Obra recurre a la doble moral acusándonos de llevar a cabo prácticas inmorales (el hurto) para publicar unos documentos que ponen de manifiesto la inmoralidad de tantas y tan esenciales prácticas en el Opus Dei. Y la explicación queda bien de manifiesto, reiteradamente expuesta cuando tras de un nuevo documento interno y secreto publicado, añadimos el porqué: ¿Por qué publicamos los documentos y escritos internos del Opus Dei? Esto es: matar al mensajero. Son los miembros del Opus Dei quienes los hacen llegar a OpusLibros para su publicación, como respuesta a un clamor y a una inquietud creciente entre los fieles de la Obra y tantas otras personas. Este fenómeno no obedece a la conducta de unos pocos sino que las ansias de romper el silencio totalitario sobre la institución son generalizadas.

Por tanto, como “don Josemaría”, dadas las circunstancias: defiendo, justifico y bendigo el supuesto hurto y la publicación de documentos internos del Opus Dei llevada a cabo por OpusLibros. Porque considero que se trata de una cuestión de vida o muerte, de una obligación de conciencia, de un deber de lealtad a la Iglesia y a la sociedad. Se lo debemos a los chicos y chicas jóvenes que son captados por la institución, y a tantos padres, y a tantos sacerdotes que se acercan a la Prelatura engañados y sufrirán las mismas prácticas, praxis, criterios, normas, costumbres, etc., que sufrimos nosotros, a los que están dentro queriendo irse, a toda la Iglesia.

La publicación de los documentos internos se ordena a la justicia y a la caridad:

No olvidemos que la moral denuncia la llaga de los estados totalitarios que falsifican sistemáticamente la verdad, ejercen mediante los mass-media un dominio político de la opinión, manipulan a los acusados y a los testigos en los procesos públicos y tratan de asegurar su tiranía yugulando y reprimiendo todo lo que consideran ‘delitos de opinión’ (Catecismo de la Iglesia Católica, 2499). Párrafo que parece escrito pensando en el Opus Dei que concibe toda comunicación como un negocio en beneficio propio y no, así lo enseña la Iglesia, como un servicio a la verdad por el bien de los hombres. Pensando en los engaños sistemáticos acumulados por la Prelatura, en su arrogante hábil política con los medios de comunicación, en la abyecta violación de las conciencias para asegurar su tiranía, en los procesos públicos de culpabilización de las voces críticas, en las campañas de acoso y desprestigio, y en los desaforados ataques ad hominem.

Pero, yendo aún más lejos: ¿dentro de qué orden de justicia y caridad se encuadra la propiedad privada de unos Reglamentos secretos que ilegítimamente determinan -la mayoría de las veces para mal- la vida de miles de personas, que hurtan derechos inalienables? El derecho a la propiedad privada sólo existe cuando se ha adquirido o recibido de un modo justo. ¿Puede hablarse de hurto de documentos internos?

No cabe hablar de hurto previo a la publicación de documentos internos (caso de la oculta compensación):

La definición de hurto dada por la teología moral católica, desde el siglo XVII hasta hoy, es la siguiente: Ablatio rei alienae, rationabiliter invito domino. Traducido literalmente: Adueñarse de lo ajeno, estando el otro razonablemente en contra. Ablatio significa propiamente llevarse, se sobreentiende que en beneficio propio.

En la concepción de la propiedad expuesta, el hurto es moralmente condenable por el motivo primario de ser una violación de la justicia: el hurto es un enriquecimiento injusto, contrario al derecho natural de propiedad. A este motivo primario se añade un motivo secundario, el de causar daño al prójimo en sus bienes materiales: con el enriquecimiento injusto va siempre unido un daño injusto.

La doctrina reconoce tres situaciones en las que la ablatio rei alienae no es hurto, en cuanto que el propietario, aunque invitus, contrario, no lo es rationabiliter. Se trata de las situaciones clásicas del caso de extrema necesidad, del caso de oculta compensación y del caso de expropiación por motivos del bien común.

El caso de oculta compensación es una violación aparente de la propiedad y se da, en efecto, cuando quien tiene asegurado ya el derecho a algo, no está en condiciones de hacerse con ello en propiedad por medios legítimos; hay aquí una violación de la posesión, pero no de la propiedad. No se dan ni el enriquecimiento injusto, ni el daño al prójimo, ni se violenta el derecho natural de propiedad.

Tenemos asegurado el derecho a conocer esas normas, por tanto no hay hurto aunque los medios de ejercer ese derecho no sean legítimos. Y tenemos –en efecto- reconocido por la Iglesia el derecho a la publicidad de las normas: Pero ahora no cabe ya ignorar la ley; los Pastores cuentan con normas seguras con las que poder orientar rectamente el ejercicio de su sagrado ministerio; se da con ello a todo el mundo la posibilidad de conocer los propios derechos y deberes, y se cierra el paso a la arbitrariedad de conducta (…) (Praefatio Codex Iuris Canonici, 1983). Y también en la Constitución Apostólica Sacrae disciplinae leges, donde Juan Pablo II promulga el Codex Iuris Canonici: Y para que todos puedan examinar más cumplidamente estos preceptos y conocerlos con mayor profundidad, dispongo y ordeno, antes de que produzcan efecto, que alcancen fuerza vinculante desde el primer día de Adviento del año 1983 (…).

Hasta tal punto la Iglesia considera importantes el principio de publicidad y el conocimiento de las normas que establece una particularísima característica en su Norma normarum. Frente al habitual criterio de los ordenamientos estatales que consideran irrelevante la ignorancia de las leyes, en relación con su eficacia, el Derecho de la Iglesia tiene en cuenta la posibilidad de que las leyes sean ignoradas y atribuye a este hecho determinados efectos. Difícilmente puede admitirse que alguien deba obedecer –incluso en conciencia- un mandato que desconoce, máxime cuando la ignorancia no sea culpable.

Estas consideraciones constituyen la clave para la lectura del canon 15, § 1. La ignorancia o el error acerca de las leyes invalidantes o inhabilitantes no impiden su eficacia, mientras no se establezca expresamente otra cosa. § 2. No se presume la ignorancia o el error acerca de una ley, de una pena, de un hecho propio, o de un hecho ajeno notorio; se presume, mientras no se pruebe lo contrario, acerca de un hecho ajeno no notorio. El § 1, al referirse a las leyes invalidantes o inhabilitantes establece que su ignorancia no impide que surtan efectos, en todos los demás supuestos la relevancia de la ignorancia no puede excluirse, por eso el § 2 establece unas presunciones en relación con el conocimiento de la ley y de los hechos ajenos. Referencias a la ignorancia o error en el conocimiento de la ley pueden encontrarse en los cánones 1323, n. 2, 1324, nn. 8 y 9 y 1325.

La publicación de los documentos internos no tiene relación con usurpar bienes sino con comunicar saberes libremente:

Aun así, estimo que el tema que nos ocupa tiene poco que ver con el destino y la distribución universal de los bienes sino con la comunicación de secretos del Opus Dei que un miembro de la Obra, por el cargo interno que desarrolla, puede poseer. No se trata de hacerse con la propiedad de nada, sino de comunicar saberes, de ejercer el derecho a la libertad de comunicación. Un derecho que, nos enseña la Iglesia, no es incondicional ya que la caridad y el respeto de la verdad deben dictar la respuesta a toda petición de información. Son razones para callar: el bien y la seguridad del prójimo, el respeto a la vida privada y el bien común.

Pues bien, ¿en cuál de estas razones puede ampararse el Opus Dei para censurar la conducta de OpusLibros?, ¿qué argumentos puede esgrimir el Opus Dei para exigirnos callar? Hay un clamor, desde dentro y desde fuera de la Obra, que pide y exige conocer la verdad y no hay motivos para no dar respuestas descarnadamente verdaderas publicando las normas acanónicas de facto que determinan la vida interna y real del Opus Dei.

Aquellos miembros del Opus Dei que desarrollan tareas de dirección poseen unos conocimientos prohibidos a la mayor parte de los fieles de la Obra, a toda la sociedad y a la propia Iglesia. Están en posesión de estos secretos por razón de su cargo, entonces ¿es posible censurar la publicación de los documentos internos del Opus Dei amparándose en una especie de secreto profesional?, ¿es acaso una deslealtad? Pues, no. La misma Iglesia manifiesta que es obligatorio divulgar lo conocido bajo secreto profesional cuando no revelarlo podría causar al que los ha confiado, al que los ha recibido o a un tercero daños muy graves y evitables únicamente mediante la divulgación de la verdad.

Publicar los documentos internos es un deber moral:

Nos están reconocidos a todos los fieles católicos la libertad de expresión y de opinión pública dentro de la Iglesia, el derecho de participación a todos los fieles en la vida de la Iglesia. Según la ciencia, la pericia y el prestigio este derecho puede ser también un deber moral. Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas (canon 212 §3, Codex Iuris Canonici, 1983).

Por eso yo lo considero como una obligación de conciencia, onerosa pero liberadora.

Estas orientaciones obedecen a exigencias de orden y de eficacia: no hay nada que ocultar en todo ese material, dirigido a ayudar a las almas. (Anexo 3, Conservación de textos para la labor de formación, Experiencias de los Consejos Locales, Págs. 190 y 191). En fin: excusatio non petita, acusatio manifesta.

Directores del Opus Dei, no gastéis inútilmente vuestras energías en ocultar lo que, sin prisa y sin pausa, va a salir a la luz ordenada y eficazmente; porque no hay nada encubierto que no haya de descubrirse, ni oculto, que no haya de saberse (Lc XII, 2). Preocupémonos sólo de hacer buenas obras, que Él se encargará de que brillen delante de los hombres (Mt V, 16).

Tened presente que no alcanza la salvación, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien no perseverando en la caridad permanece en el seno de la Iglesia “en cuerpo”, pero no “en corazón” (Constitución Dogmática Lumen Gentium, 14).

¡Un abrazo apretado a todos los ex y los intra del Opus Dei; y a todos los amigos y colaboradores de esta web!exopus.jpg