En Nombre De Dios

marzo 13, 2007

Luis Rojas Marcos

Jueves, 25 de abril de 2002

(Psiquiatra y ex presidente del Sistema de Sanidad y Hospitales Públicos de Nueva York.)

Desde que los terroristas islámicos suicidas, al grito de ‘¡Alá es bueno!’, estrellaron los aviones comerciales repletos de pasajeros contra miles de almas inocentes, en Nueva York y Washington, el pasado 11 de septiembre, el nombre de Dios se ha convertido en consigna de atrocidades.

En Oriente Próximo, jóvenes palestinos, libro del Corán en mano, explosionan en nombre de Dios bombas asesinas amarradas a sus cuerpos, en restaurantes y autobuses abarrotados de gente corriente. Soldados israelíes disparan sus tanques con ensañamiento contra hombres, mujeres y niños indefensos en sus propias casas. Unos alegan la promesa de Yahveh a Moisés de dar tierra al pueblo elegido; otros, más prosaicos, dicen simplemente que están saldando cuentas de acuerdo con el consejo bíblico de ‘lavarse los pies en la sangre del malvado’. Y hace unos días, cuando un periodista le preguntó al presidente de Estados Unidos, George W. Bush, qué hacía para aliviar la presión de la guerra devastadora en Afganistán y las masacres diarias en Oriente Próximo, el jefe supremo del Ejército más poderoso del mundo respondió, en primer lugar, que ‘¡Rezar!’.

Lo espeluznante de esta divinización de la violencia moderna es que quienes enarbolan el nombre de Dios para exterminar a sus rivales ‘infieles’, tienen menos reparos a la hora de matar sin piedad y al por mayor. No les preocupa la opinión pública, ni tienen un programa político que promover. Además, en la mente de estos devotos, matar o morir por la causa divina o en una ‘guerra santa’ da un generoso beneficio: la garantía de gozar de una vida eterna, placentera y feliz en el más allá.

En estos días, cuando aún no hemos tenido tiempo de comprender la incongruencia y superar la confusión que nos produce tanto violento fanático que emplea el nombre de Dios, ha salido a la luz pública, en Estados Unidos y algunos países de Europa, la existencia de un ejército de sacerdotes pederastas. Durante años, estos clérigos perversos se han aprovechado de su ministerio sagrado para seducir y obtener el placer sexual con niños que a menudo no han cumplido los 12 años de edad.

La explotación sexual de criaturas es una de esas formas de violencia que la sociedad considera ‘increíble’, quizá porque todavía no está preparada para hacer frente decididamente a este gran problema, tan chocante como real. La sospecha popular es que los abusadores de niños son personas anormales, obnubiladas por la psicosis, las drogas o la ignorancia. Sin embargo, los pederastas suelen ser hombres que no muestran ningún rasgo o comportamiento aparente que nos pueda ayudar a identificarlos. Se caracterizan por vivir secretamente obsesionados con el abuso sexual de menores. Son incorregibles y no sienten remordimiento por sus ultrajes deliberados ni compasión hacia sus víctimas.

Todos los pederastas que he conocido practican una dialéctica cargada de sangre fría y clichés simplistas. A pesar de sus violaciones premeditadas y la crueldad de sus métodos, disculpan sus crímenes con fantasías románticas absurdas. Todos destilan excusas irracionales del inmenso mar de sufrimiento que ahoga a las víctimas de sus persuasiones egoístas.

Los pequeños atrapados en estas relaciones explotadoras se encuentran completamente desarmados ante el cura abusador que, en virtud de su oficio, está encargado de su cuidado espiritual. Adoptan una actitud de entrega, claudican y se desconectan mentalmente de la aterradora realidad. Pronto, estos niños no tienen más remedio que fabricar un sistema de explicaciones que les permita justificar el abuso. Inevitablemente concluyen culpándose a sí mismos. Con el tiempo se deprimen, se aíslan y pierden su autoestima y su identidad. Durante años revivirán las penosas y humillantes experiencias como si estuvieran ocurriendo en el presente. Los detalles más degradantes de los actos sexuales se entrometerán en su vida cotidiana y transformarán su existencia en una interminable pesadilla.

Son días oscuros en muchas diócesis del mundo. Incluyendo en la Santa Sede, donde parece preocupar más el daño a la imagen de la Iglesia que el trauma de las víctimas. Porque, según demuestran los casos que conocemos, no pocos prelados han tolerado, encubierto y protegido durante décadas a estos curas criminales y a sus superiores cómplices, en lugar de denunciarlos, decir la verdad y buscar sinceramente la causa y el remedio de este escándalo.

Pocos dudan de que a medida que se tira de la manta y los afligidos vencen el miedo a delatar a sus verdugos se harán más evidentes y alarmantes las dimensiones epidémicas del terrible mal. Esperemos que no sea necesario que se continúen acumulando las víctimas y el sufrimiento llegue a niveles insostenibles antes de que la sociedad reconozca abiertamente lo que no se puede ignorar más y comience a tomar medidas. Si bien todas las formas de violencia marcan la faz de la humanidad con cicatrices indelebles de dolor, desesperanza y odio, la violencia más nefasta es la mutilación del espíritu de un niño, pues socava el principio vital de la confianza, sin el cual no es posible la supervivencia de la especie humana.

Pienso que en estos tiempos tan tormentosos e inciertos, muchos hombres y mujeres buscamos ávidamente una fuente de paz, serenidad y esperanza. Pero justo cuando más necesitamos el refugio sosegado de la religión, más tenemos que huir de ella y buscar otra tabla de salvación. Desafortunadamente, grupos de violentos y pervertidos han conseguido la metamorfosis de credos de amor y respeto por la dignidad humana en doctrinas de odio y atropello. Quizá, por eso cada día somos más las personas que alimentamos la espiritualidad de nuestras propias voces internas y las convertimos en una fuente de ilusión y de consuelo. Tenemos fe en algo superior que está fuera de nosotros, pero que no llamamos Dios. Es algo que nos ayuda a configurar una perspectiva más amplia, optimista y aceptable de las adversidades y tragedias.

En cuanto a Dios, creo que ha llegado el momento de pedirle que nos salve de sus ministros, portavoces y creyentes.

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El Delito De Violar La Correspondencia

marzo 13, 2007

Ivan de ExOpus

El pasado 9 de marzo LULA trató en Opus Libros el tema tan importante de la violación de la correspondencia por parte del Opus Dei. Sus sentimientos la primera vez que le ocurrió fueron iguales a los míos. Él escribe:

La anécdota que recuerdo fue en mi primer Curso Anual (de vocaciones recientes). Mis padres me enviaron una carta la cual ME LA ENTREGARON ABIERTA!!!. El impacto, recuerdo, fue desconcertante… tremendo. No lo podía creer. Mi primer movimiento fue “rajarme” (disparar) ahí mismo.

Hizo falta charlas y explicaciones del director de turno…”la entrega total” de los afectos también, Bueno… con trabajo me calmé e intenté entender… y cambié mi modo por el otro modo… Pero recuerdo que a partir de ahí… y los años siguientes les pedía a mis padres que “mejor no me escriban” que hablaríamos por teléfono en todo caso…

Y lo que yo conté hace tres años:

Julissa, afirmas que “antes de entrar al Opus Dei, te dicen todo”.

Por ejemplo, a mí antes de hacerme de la Obra jamás me contaron que debía renunciar al derecho inviolable a la intimidad de la correspondencia. Cuando llevaba unos meses dentro (y ya me habían mentalizado lo suficiente de que la palabra del Padre era Vox Dei y de que lo que llegaba de él había que recibirlo de rodillas), durante mi primera convivencia me entregaron las cartas abiertas y me dijeron que las que escribiera se las tenía que dar al director sin cerrar; pregunto el porqué y “es una norma del Padre” y a obedecer o marcharse, lo que implicaba caer en el terrorismo espiritual antes expuesto de que el Padre dice que no da un duro por el alma de un hijo suyo que con vocación deje la Obra, de que el que deja la Obra además de perder la felicidad temporal casi seguro que pierde la eterna, de que prefería que le dijeran de un hijo suyo que se había muerto antes de que había dejado el Opus Dei, etc.; y eso cuando yo aún no había cumplido los 16 años. Y tragué en ese tema. ¿Cómo iba a dejar la Obra y ser infeliz eternamente a causa de algo tan insignificante como que el director pueda leer que mi madre me dice en una carta que el día anterior hizo unas rosquillas que estaban muy ricas?… Y así actuaron con todo lo demás, siempre poco a poco, presentándome paulatinamente cada nueva exigencia (que yo desconocía al pitar), apretando las tuercas sin descanso hasta conseguir hacer de mí alguien a quien se le pudiera pedir lo que fuera… Y así, pasito a pasito, permanecí atrapado durante casi 35 años hasta que providencialmente un día lo vi claro y me marché.

Con respecto al derecho inviolable a la intimidad de la correspondencia, no voy a ser yo quien “mienta” sobre como se vive en la Obra, dejemos que sea la propia Prelatura quien nos lo cuente:

“Los Directores, por su parte, tienen el derecho y el deber de evitar que lleguen a los miembros de la Obra escritos, cartas, etc., que, de algún modo, puedan causar daño a quienes las reciben, vengan de donde vengan. Por esto, entregar una carta abierta, o haberla leído antes, no constituye nunca una prueba de desconfianza: manifiesta sólo el deseo de evitar un perjuicio, una razón ascética o una medida práctica de ayuda en la labor de formación espiritual. […] “Quienes llevan poco tiempo en la Obra agradecen que los miembros del Consejo local se preocupen con cariño -es parte de la tarea de formación- de leer las cartas que reciban: para poder orientarles, y darles el oportuno consejo espiritual o apostólico.

“Estas mismas orientaciones se siguen con las cartas que envían los Numerarios y Agregados, fuera del ámbito de su tarea profesional: excepto las que escriban directamente al Padre, al Consiliario y al Delegado Regional, se entregan al Director abiertas.”. (Del capítulo titulado Correspondencia, de las “Glosas sobre la Obra de San Miguel.)

LULA también toca el aspecto del perjuicio a terceros que implica está política del Opus Dei, ya que quienes no son de la Obra y escriben a los de la Institución no saben que sus cartas van a ser leídas por unos desconocidos. Cuando una lectora de Opus Libros, Macodsa, quedó “asustada” al enterarse que esta práctica se había empleado con ella, hice una recopilación de los escritos en los que se le contestaba.

Todo esto nos lleva a que la violación de la correspondencia que se vive en la Obra se sale del ámbito intragrupal para transformarse en un delito contra toda la sociedad (ya que el que personas ajenas lean lo que cada cual escribe o recibe está tipificado como delito en los códigos penales de los estados en los que trabaja la Prelatura), a lo que se añade que para lograrlo ejerce una gran violencia (espiritual y psicológica) sobre los suyos; por lo que no sería extraño que en cualquier momento el aparato judicial de alguno de estos países actuara contra el Opus Dei —bien de oficio o por denuncia de algún afectado—, tal y como ha ocurrido con la multa de 60.000 euros que se le ha impuesto por mandar propaganda no solicitada.

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Las Etiquetas Del Opus Dei

febrero 19, 2007

Ivan de ExOpus

En las sectas totalísticas […] el adepto no necesita pensar por su cuenta porque la doctrina piensa por él. Es habitual que una secta destructiva cuente con su propio «lenguaje simplificado» de palabras y expresiones. Dado que el lenguaje suministra los símbolos que utilizamos para pensar, controlar ciertas palabras ayuda a controlar el pensamiento. Muchos grupos sintetizan situaciones complejas, las etiquetan, y después las convierten en frases hechas de la secta. Estas etiquetas, que son la expresión verbal del lenguaje simplificado, gobiernan la manera de pensar en cualquier situación.

En los Moonies, por ejemplo, siempre que uno tenía dificultades para relacionarse con alguien que estuviera por encima o por debajo en la jerarquía de la secta, se decía que era un «problema Caín-Abel». No importaba quién estuviera involucrado o de qué problema se tratara, era simplemente un «problema Caín-Abel».

El término en sí mismo dictaba cómo debía resolverse el problema. Caín tenía que obedecer a Abel y seguirle, en vez de asesinarle como estaba escrito en el Antiguo Testamento. Caso cerrado. Pensar de otra manera habría sido obedecer el deseo de Satanás de que el malvado Caín prevaleciera sobre el honrado Abel. Un pensamiento critico acerca de un mal paso del líder no podía atravesar este bloqueo en la mente de un buen adepto (Steven Hassan, Combatiendo el control mental de las sectas. Capítulo 5).

Una de las funciones de los medios de formación del Opus Dei es la de repetir incansablemente etiquetas del tipo de las descritas arriba por Steven Hassan para resolver con ellas cualquier realidad a la que el sujeto tenga que enfrentarse, evitando así que razone.

Cito alguno de esos clichés.

«Como un padre de familia numerosa y pobre». Con esta fórmula queda resuelta toda la problemática económica. Si pides cambiar de coche, pues no, hay que aguantar un año más con el viejo porque somos padres de familia numerosa y pobre y los tales mantienen su coche hasta que se les cae a cachos. Si haces un gasto extraordinario, como tomar un taxi en un imprevisto, entonces te cuentan que hay que prever las situaciones, porque somos padres de familia numerosa y pobre

Para contrarrestar su fragante secretismo: «La Obra es una familia y en toda familia hay cosas que no se airean, algunas que sólo conocen los padres, otras que comparten los hijos mayores, y muchas que son desconocidas por los más pequeños». Y también: «A un niño se le empieza dando leche, luego papillas y así hasta que puede comer de todo». Pero es que ante la sociedad civil y eclesiástica el Opus Dei no es una familia, sino una institución pública.

«Cuando los enamorados se regalen trozos de cemento y lingotes de hierro nosotros haremos lo mismo con el Señor», para justificar los gastos, a veces faraónicos, en objetos de culto en vez de emplearlos en las acuciantes necesidades humanas. Este tema lo trato con más profundidad en la entrada «Una Forma Muy Curiosa De Ser Pobres (VI)»

«Hogares luminosos y alegres», «En nuestros centros no hay lujo sino buen gusto» y «Nuestras casas se construyen con los mejores materiales por pobreza, para que así duren». Y con esas palabras anestesian las conciencias y dan material para contrarrestar a quienes acusan a los del Opus Dei de vivir en centros lujosos (que lo son).

«Es una conspiración más contra Dios, contra la Iglesia y contra la Obra» y «Los que atacan a la Obra son los mismos que atacan a la Iglesia» para neutralizar (sin analizar) la verdad o no que hay en las acusaciones de las que el Opus Dei pueda ser objeto.

«No se tiene trato con los que dejan la Obra por lo mismo que no se relacionan los que se divorcian». Y así se cargan toda la doctrina cristiana de la caridad y de la justicia para poder tratar como perros a aquellos que han dado sus energías y gran parte de sus vidas por el Opus Dei (ver Los Malditos Según El Opus Dei).

«Cuando pitamos [pedir la admisión al Opus Dei] le entregamos todo a Dios por lo que nuestro sueldo ya no es nuestro, es de la Obra antes de que lo cobremos, y por eso no lo podemos tocar». De esa forma tan chusca enajenan de raciocinio, voluntad y libertad para actualizar su generosidad al laico cooperador orgánico numerario o agregado del Opus Dei.

Nos cuentan que «es la contradicción de los buenos» cuando nuestros seres más queridos se ponen de uñas al conocer alguna de las anticristianas servidumbres de la Obra.

«Descansar no es no hacer nada sino cambiar de actividad» para justificar el secuestro al que eres sometido todos los veranos cuando en vez de reponer energías con el reposo (como hacen tus compañeros) te mandan el mes de vacaciones a ser mentalizado en una convivencia (muchos además estudian filosofía y teología) con un horario de tipo castrense

«Nadie va a una farmacia y se pone a tragar sin ton ni son las píldoras que se encuentra» es la fórmula que aplican para que sólo recibamos la información que la Obra quiera (control de lecturas, televisión, amistades, etc.).

Por último, pongo algunas etiquetas «universales» ya que el Opus Dei las usa en todo tiempo, circunstancia y lugar. Como botón de muestra, hace poco un ex numerario amigo que presenta un síndrome de fibromialgia (*) no diagnosticado mientras estuvo en la Obra me comentó que se las aplicaban a él cuando se quejaba de que no podía aguantar más:

«Tienes que pensar menos en ti mismo y darte más a los demás».

«En la Obra nuestro único derecho es no tener derechos».

«Te falta fe en los directores».

«Cuando pitamos le entregamos todo a Dios».

«En la Obra se puede mandar todo».

(*) El Síndrome de Fibromialgia imita la artritis, pero la diferencia es que no hay inflamación del espacio de las articulaciones. En cambio, es un estado muy doloroso con sensibilidad del tejido blando que conecta nuestras articulaciones, incluyendo los ligamentos, los tendones y los músculos. Comúnmente asociado con síntomas que incluyen: fatiga, somnolencia y dificultad para concentrarse. Pueden haber síntomas asociados de ansiedad o depresión.exopus-tomates-72.jpg


La Flojera En Los Del Opus Dei

febrero 5, 2007

Ivan de ExOpus

En determinados momentos de la estancia en la Obra —normalmente de forma cíclica— pueden aparecer en el sujeto los siguientes síntomas:

1. Desgana general, pero sobre todo para cumplir las normas del plan de vida.

2. No poner en práctica lo tratado en la confidencia (dirección espiritual).

3. Olvido a lo largo de la jornada de los propósitos de los exámenes de conciencia.

4. Dejarse sin hacer un número de normas del plan de vida, que con frecuencia no son las mismas de un día para otro.

5. Rechazo profundo a hacer la confidencia.

La raíz de la poca autoestima de los de la Obra se debe en gran parte a que no se le valora al sujeto lo mucho positivo que tiene, sino lo poco negativo (cada semana te atormentan por la vez que no hiciste la lectura espiritual y por los dos días que has retrasado la visita al Santísimo y nunca te motivan por las siete horas de oración mental, por el mismo número de rosarios, de misas, porque has entregado todo tu sueldo del mes, etc.). Eso supone que cada una de las confidencias de quienes padecen el síndrome del que hablamos vaya acompañada de una bronca por parte del director, que en vez de elevar la moral del sujeto, le hunde aún más.

Causas.

Ya hemos visto en otro lugar como la mayoría entra en el Opus Dei por la inmadurez de su edad, por la confianza en los directores cuando te dicen que tienes vocación y por el acoso sucesivo al que te han sometido y al que te acabas acostumbrando. Primero te importunan sin descanso para que vayas al centro, luego a las meditaciones, después para que te confieses con el cura de allí, y así hasta que te ven maduro para el asalto final: plantearte que lo dejes todo para el Opus Dei (aunque te dicen que es para Dios, mas como en la Obra hay tanta falta de respeto a los derechos humanos y a las leyes de la Iglesia, no me creo que el Opus Dei sea muy de Dios).

Una vez que estás dentro es una falta grave dudar de la vocación por lo que con esta culpabilidad que inculcan el Opus Dei cierra el cepo que desde un principio te había preparado. A lo anterior se suma el que te embeben en la creencia de que fuera de la Obra no hay felicidad alguna para ti (como ejemplo nuevo: en los medios de formación no es raro oír que si no hubiera sido por nuestra vocación al Opus Dei, muy posiblemente Dios no nos habría creado).

Con el tiempo esa esclavitud psicológica y espiritual hace que el único gozo que recibas por tu actuar sea el derivado de complacer a los directores, el de satisfacerles en la confidencia, el de evitar que te acosen más; lo que te va quitando poco a poco las ganas de vivir.

Un inciso. En la Obra se acaban haciendo las cosas no por Dios, sino por la presión humana a que te someten los directores. Por eso cuando cesa ese acoso, al dejar el Opus Dei (con la cabeza y no sólo físicamente), lo normal es que se dejen de cumplir las normas del plan de vida que te enseñaron allí, y que tan sólo permanezcan las que vivías antes de acercarte a la Obra, las que adquiriste por una elección voluntaria y no por coacción.

Volvamos al tema. Las reacciones inconscientes para sacarte de ese estado son tres, que habitualmente se dan mezcladas: el fanatismo, llevar una doble vida (compensaciones) y caer en un estado de tristeza vital.

Para aliviar esa tensión a la que el sujeto está sometido, y de la que no ve salida, hay algunos que se vuelven más papistas que el papa. Son los fanáticos extremos (el resto sólo lo es en un grado relativo) que para no sufrir dejan de pensar por si mismos, aceptan a píes juntillas lo que les predican los directores y se dedican a defender al Opus Dei de forma irracional y desmedida. Con los fanáticos absolutos es imposible razonar.

Para el resto —aquellos que no consienten en transformarse en unos irracionales completos— va pasando el tiempo, y las contradicciones entre la teoría y la práctica del Opus Dei, la sensación de sentirse en una trampa de la que no pueden salir, el agotamiento proselitista, etc., llevan al estado predepresivo antes visto, que el Opus Dei designa como de pereza y falta de visión sobrenatural.

Cuando aparece antes de hacer la fidelidad (incorporación definitiva al Opus Dei), lo que el cuerpo está pidiendo a gritos es que los directores te echen de la Obra, que vean que eres un flojo, que no les vales, y que por ello te pidan que el próximo 19 de marzo no renueves.

Es admirable la sabiduría del cuerpo. Estás mal en la Obra, cada vez peor, no puedes irte voluntariamente porque eso sería tu perdición temporal y eterna, por lo que desde lo profundo se desarrolla en ti la estrategia de transformarte en alguien inútil para el Opus Dei, para que así sean ellos los responsables de tu salida de la Obra, por lo que al no ser una decisión voluntaria tuya esos anatemas de desgracias ya no te ocurrirán.

¡Cuantísimos habrán sido echados del Opus Dei gracias a esta inteligencia subconsciente!

La vida en la Obra es como estar en un carrusel afectivo: a unos momentos de euforia extrema les siguen otros de profunda tristeza.

Si tras hacer la fidelidad es cada vez mayor la duración e intensidad de los periodos con este síndrome de flojera, y si el sujeto no los amortigua llevando una hipócrita doble vida (con compensaciones no permitidas que liberan las tensiones) o dejando el Opus Dei, se termina irremisiblemente en una enfermedad. La más frecuente es la depresión, pero también paranoia, eccemas, úlceras de estómago, alteraciones en la columna vertebral, etc.

Lo anterior explica el porqué muchas enfermedades con años de evolución desaparecen casi milagrosamente al poco de dejar el Opus Dei.

Mas si se sale de la Obra, la condición imprescindible para curarse es que se le abandone con la cabeza y no sólo con el corazón y con el cuerpo. Poco se gana si la persona sigue creyendo y sintiendo que va a ser una desgraciada por haber tirado por la borda el don inefable y único para su felicidad de la vocación al Opus Dei, sin el cual Dios no la habría creado.exopus.jpg


El Amor Del Opus Dei A Los Religiosos

febrero 4, 2007

Ivan de ExOpus

Lo que sigue es una experiencia que me ocurrió apenas había cumplido los 16 años.

La lluvia inundó los campos del colegio en donde aquella tarde teníamos que practicar deporte. Ante la imposibilidad de hacerlo nos mandaron a casa. Yo me fui, como todos los días, al centro de la Obra.

Serían las 4, toqué el timbre. Me abre el secretario quien tras informarse de la duración de mi estancia allí sale corriendo a por el abrigo y en cuestión segundos se marcha, explicándome a la carrera que el resto de los de la casa están en una tertulia con el Padre (el fundador del Opus Dei, no Dios), que él no había ido por el Santísimo (en los centros de la Obra no se puede quedar solo), y que esa función la podía realizar yo.

Y allí me dejó. No transcurrieron ni 15 minutos cuando llaman a la puerta y me encuentro ante un fraile. Un fraile, fraile, de hábito preconciliar, con capucha incluida, y con un rosario entre las manos.

Me explicó que venía de Jaén, que quería ponerse en contacto con un determinado sacerdote de la Obra (desconocido por mí), y que las únicas señas de un centro del Opus Dei de que disponía eran las de aquel en el que nos encontrábamos.

Lo único que se me ocurrió fue dejarle el teléfono del club y decirle que llamara por la noche para preguntárselo al director.

Cuando todo estaba resuelto, va el buen religioso y me pide el favor de que le deje hacer una visita al sagrario, ya que el resto de la tarde tenía que hacer gestiones y no sabía si podría encontrar una iglesia en donde realizarla.

Mi preocupación entonces fue la de que esa persona no fuera un religioso sino un ladrón, por lo que le acompañé al oratorio y allí estuve con él todo el tiempo.

Rezó durante unos cinco minutos, le despedí, y continúe con mi estudio.

Cuando volvió el director le di la novedad y, de pasada, le cuento lo de la visita al Santísimo del fraile. Entonces enrojece. Me inquiere si he dejado entrar a un religioso en el centro. Le explico que le acompañé y que no era un ladrón (lo único que a mí me preocupaba). Eleva el tono de voz y me sale con que está muy mal lo que había hecho ya que HAY UNA ORDEN DEL PADRE (el fundador del Opus Dei, no Dios) DE QUE A UN RELIGIOSO NUNCA SE LE PUEDE METER EN UN CENTRO DE LA OBRA, DE QUE SE LE ATIENDE EN LA PUERTA DE LA CASA O COMO MUCHO EN LA SALA DE VISITAS, PERO JAMÁS, JAMÁS SE LE PERMITE ENTRAR DENTRO…

¿Pero cómo voy a impedir que visite al Señor alguien que ha dado su vida por Él?, aduje en mi defensa.

Y su respuesta, en el mismo tono de sargento de la Legión: HAY MUCHAS IGLESIA PÚBLICAS, QUE VAYA A UNA DE ELLAS, PERO EN UN CENTRO DE LA OBRA, NO Y NO…

Obras son amores y no buenas razones. Por mucho que luego oyera en el Opus Dei las palabras de su Fundador de que amamos con todo el corazón a la Iglesia y a los religiosos, toda esa teoría se anulaba en mi interior por aquella experiencia juvenil tan anticristiana de la bronca que recibí por haberle permitido a un fraile visitar al Santísimo.

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Sobre La Libertad De Pertenecer Al Opus Dei

enero 29, 2007

Ivan de ExOpus

El acoso al que son sometidos quienes se acercan a la Obra y la inmadurez por poca edad de la mayoría hacen que se carezca de la libertad esencial para algo tan importante como es entregar toda tu vida al celibato, a la pobreza y a la obediencia que se exige en el Opus Dei (que se resume en lo que allí cantan: que nadie me robe el derecho de no tener ya nunca ningún derecho).

Y después, nada más pitar (pedir la admisión al Opus Dei), te explican que es una falta grave cualquier diálogo con la tentación en materias de fe (en los directores, en la santidad del Opus Dei, en que no has de fiarte de tu juicio sino del de los que mandan, etc.), de pureza (lo que transforma a los de la Obra en unos auténticos neuróticos sexuales. Pongo un ejemplo de una situación que varios me contaron en la dirección espiritual y con un final distinto para cada uno: «estaba sentado en el metro / autobús y a mi lado lo hizo una joven lo que me perturbó tanto que [fin de la narración del primer grupo] me tuve que levantar inmediatamente, [fin de la narración del segundo grupo] me hace pensar que he pecado por no levantarme, [fin de la narración del tercer grupo] me ha llevado después a tener tentaciones de pureza»), y de vocación (has de rechazar cualquier pensamiento, sentimiento, trato con quienes te indiquen algo que no coincida con lo de ellos, no has de leer nada que pueda llevarte a dudar de tu camino, sólo debes confesarte con sacerdotes de la prelatura, etc.).

A la poca libertad que tuviste para hacerte del Opus Dei (que sí se tratara de un matrimonio recibiría ipso facto la nulidad) se le une el que no puedes replantearte nunca más el acierto o no de aquella decisión o la posibilidad de salirte (tentaciones gravísimas contra la vocación), lo que transforma al Opus Dei en una inmensa cárcel de invisibles barrotes psicológicos y espirituales pero mucho más eficaces que los de acero, ya que te han hecho creer que pertenecen a Dios, son íntimos, van siempre contigo y no necesitan de ningún otro guardián.

Cuando te encuentras mal y planteas alguna duda vocacional, el director de turno saca la etiqueta prefabricada para este caso de que «es una obligación grave para los directores echar de la Obra a quien carece de vocación, por lo que sí te decimos que la tienes es porque la vemos en ti. Tus dudas sólo son una tentación. ¡No te dejes llevar por tu juicio y confía en los directores!». Y más de la misma esclavitud. Para tu vocación no existes en el Opus Dei, solamente hay cabida allí para los que te mandan.

Ante esta falta de esa libertad práctica (que paradójicamente el Opus Dei tanto predica como existente) la única posibilidad de abandonar la Institución es por una fuerza externa a ti que te arranque de ella.

Aunque profundizaré en escritos posteriores quiero finalizar exponiendo las fuerzas principales que sacan de la Obra, que a su vez son las que dan origen a los prototipos de ex Opus Dei.

La gente es arrancada del Opus Dei por el corazón (lo más frecuente), porque se enamoran de alguien o porque tienen un «calentón» con los de dentro al ser llevados al límite de lo soportable; por la cabeza, cuando descubren el lado oscuro del Opus Dei; por enfermedad; y porque la Obra les echa.

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Psiquiatras Para Perseverar

enero 27, 2007

Minerva

Reedición con epílogo del original publicado el 26 de junio de 2005 en Opus Libros.

Reiteradamente se trata en Opus Libros, y en distintos medios de comunicación, sobre el problema de las enfermedades mentales de los miembros de la Obra y sobre los psiquiatras del Opus Dei que los atienden. De los veintitrés años que estuve en la Prelatura, los trece últimos los pasé enferma de depresión. Para ahorrarme el dolor de su recuerdo preferiría no hablar sobre este tema, ni rememorar la época y circunstancias en las que se desarrolló mi enfermedad, mas considero que debo vencer mi rechazo y escribirlo porque puede ayudar a alguien que ahora esté pasando por algo parecido a lo mío. De todo lo que voy a hablar a continuación tengo nombres y demás datos que lo corroboran, pero prefiero no citar ni a las personas ni los lugares que las pondrían evidencia porque quiero que el árbol no tape al bosque: que se le achaquen a esos sujetos, a título individual, algo que puede ser frecuente en la Obra.

Me hice agregada del Opus Dei a los 19 en un centro de chicas jóvenes en donde permanecí los primeros diez años…

Durante esa época fui una muchacha vital, alegre, llena de entusiasmo, con la risa pegada a la cara… y lo fomentaba el ambiente de juventud de aquel centro que continuamente me mantenía ocupada. Aunque no todo el monte fue orégano y pasé por temporadas en las que pensaba que aquello no era lo mío; por ejemplo, cada 19 de marzo, en el que tenía que renovar un año más en la Obra, yo me resistía e iba precedido de un tremendo darme la lata para que lo hiciera, pero a pesar de todo guardo gratos recuerdos de aquel entonces en donde, por lo menos, no sentí nada de soledad.

El tiempo pasó, las directoras debieron especular que a mis 29 años ya era hora de trasladarme a un centro de mayores y lo hicieron de la noche a la mañana. Para mí fue como entrar en otra dimensión. La casa nueva está situada en una zona noble de Madrid, de techos altos, oscura, sin un ápice de la algarabía del lugar que acababa de dejar y las numerarias que lo habitaban y las agregadas… Bueno, para que os hagáis una idea de la edad y circunstancias de esas mujeres os relato el comentario que le hice a la directora cuando terminó de enseñármelo, le dije: “Oye, y de entre todas las de este centro ¿hay alguna que sea joven o que no esté enferma?”.

Y aquel cambio de centro fue mi encuentro con la soledad de la Obra y su indiferencia hacia mí. Antes llenaba los fines de semanas con excursiones u otros planes apostólicos, ahora, con mis amigas y compañeras casadas y atendiendo a sus familias, me tenía que conformar con estar sola en la casa de mis padres y, como mucho, yendo a dar un paseo con mi madre o a merendar con una vecina. Durante el resto de la semana todo el contacto con mi “familia” de la Obra consistía en ir una tarde al centro en donde, sin pausa alguna, asistía al circulo semanal, hacía la charla (dirección espiritual), el movimiento económico (en donde se le entrega a la secretaria el sueldo mensual y sacas lo necesario para tus gastos) y me confesaba.

Para llenar el vacío que sentía me volqué en el trabajo, al que aumenté tanto el tiempo como la intensidad de mi dedicación.

En algo menos de un año ya era otra persona: seria, circunspecta, mordaz en los comentarios y sobre todo una mujer muy triste. Las directoras me debieron ver mal y acortaron la fecha de mi revisión médica anual (todos los de la Obra han de pasarla cada año con un facultativo del Opus Dei) y en un principio fui tratada por él con ansiolíticos para mandarme a los pocos meses a una psiquiatra que es supernumeraria, quien me diagnóstico depresión bipolar. En los trece años que fui su paciente ha empleado conmigo todo el arsenal farmacológico posible. Entre otros efectos, sus tratamientos me han provocado un hipotiroidismo permanente causado por el litio (del que me he de medicar de por vida); alucinaciones que comenzaron con una nueva medicación y cesaron al quitarla, mareos; dormir durante largos periodos de tiempo, que en una ocasión llegó a tres días seguidos; permanecer ingresada un mes en una clínica psiquiátrica y un largo etcétera que el lector puede imaginar.

Desde el comienzo de esa tristeza y pérdida de ganas de vivir me fue asaltando la idea de que mis males se podrían solucionar dejando la Obra, pero varios condicionantes me imposibilitaron hacerlo:

1 – La absoluta confianza que tenía depositada en las directoras, quienes me afirmaban que lo mío era seguir en el Opus Dei, que fuera de él sería una desdichada, que tenía que dejar de pensar en mí y ofrecer con alegría mi enfermedad (es del todo imposible que un depresivo pueda ofrecer con “alegría” su mal, ya que entonces no sería depresivo), etc.

2 – Porque en la depresión me era muy costoso (casi imposible) tomar decisiones.

3 – Porque me impedían oír otras opiniones (ir a médicos objetivos, no ligados a la Obra) o valorarlas cuando me las daban (por ejemplo, mis padres, con quienes vivía, me dejaban caer que fuera de la Obra estaría mejor), ya que entonces las directoras me contaban que esos consejos eran humanos, no sobrenaturales, las tentaciones de las que el Demonio se vale al usar a nuestras familias como obstáculo en nuestra vocación.

Poco a poco, se me fue haciendo imposible seguir el plan de vida de la Obra: me dormía en la oración, por mi trabajo no podía ir a misa por la tarde y por la mañana no había quien me pudiera sacar de la cama media hora antes de lo necesario, y así ocurrió con el resto de las normas que, por otra parte, cada vez me producía más ansiedad hacerlas, por lo que al cabo de unos años tan sólo iba a misa los domingos y me confesaba semanalmente.

A los veinte años de estar en Obra y a los diez de ser la paciente de esa psiquiatra, su tratamiento continuado hizo sus efectos y, aunque no bien, por lo menos estaba estabilizada: trabajaba doce horas al día, iba el miércoles al centro (tal y como indiqué antes) y el resto del tiempo me lo pasaba durmiendo (los días de diario llegaba a casa, cenaba y me acostaba hasta la mañana siguiente; de viernes por la noche a lunes por la mañana lo empleaba en estar en la cama, salvando el tiempo imprescindible para las necesidades biológicas, ir a misa, y dar un paseo con mi madre). A partir de entonces la idea de dejar la Obra fue creciendo en mí y las directoras siguieron en sus trece de que lo mío era morir en el Opus Dei.

Hago un inciso. Si alguien se encuentra en un estado en el que su corazón le grita que debe dejar la Obra, por experiencia personal puedo decirle que lo primero que debe hacer es considerar que sus directores no son sus amigos sino unos fanáticos del Opus Dei, que permitirán y ayudarán a que se muera dentro hecho jirones antes de dejarle abandonar la Obra. Y lo segundo, y como consecuencia de lo anterior, es que la primera obligación de esa persona ante si misma y ante Dios (porque Él si que te ama, tanto a ti como a tu salud) es la de ocultar a los de la Obra sus pensamientos y pesquisas para dejar el Opus Dei hasta que llegue el momento en el que se tengan los recursos necesarios para poderse ir.

Como antes conté, a los diez años de enfermedad y tres antes de dejar la Obra, me encontraba estabilizada y cada vez con más ganas de marcharme del Opus Dei, lo que les repetía a la directora y al sacerdote asignado, quienes a su vez reiteraban su postura de que me mantuviera dentro. Al cabo de un año de ese tira y afloja (las directoras eran quienes tiraban, a mi me correspondía tan sólo aflojar) me comenta la psiquiatra que me convenía recibir una terapia de electroshock, sin explicarme muy bien el porqué. Vuelvo a repetir que yo me encontraba bastante bien pero, como siempre, me dejé llevar y me aplicaron seis sesiones. Por la mañana de seis días seguidos, antes de trabajar, fui a la clínica en donde me dormían para aplicarme después el electroshock.

Tiempo después leí que el electroshock es una práctica casi en desuso, que se utiliza fundamentalmente para romper circuitos cerebrales viciosos. Por ejemplo, alguien tiene la obsesión de suicidarse y la corriente eléctrica que se aplica con el electroshock rompe las conexiones neuronales que la mantienen, permitiendo así que el paciente olvide esa tendencia. Pues bien, cuando me lo aplicaron, mi única “obsesión” era la de dejar el Opus Dei.

Tras recibir ese tratamiento no encontré mejoría alguna. pero si una consecuencia muy molesta: perdí la memoria de periodos y circunstancias de mi vida que desde entonces tan sólo puedo recuperar, con esfuerzo, si alguien me los recuerda. Y yo me pregunto: ¿Cuánto será lo realmente olvidado que desconozco porque no me lo recuerda nadie? ¿Cuántas cosas habré olvidado con imposibilidad de recuperarlas porque tan sólo las conocía yo?

Si se tiene una muela infectada, los calmantes, antibióticos contra la inflamación, etc., tan sólo son parches para mejorar temporalmente el estado de salud, pero lo único que realmente puede curarlo es hacer desaparecer la caries que produce el mal. De la misma manera, la Obra era la causa que provocaba mi depresión y todos los tratamientos que me aplicaron durante trece años fueron composturas ineficaces para la mejoría definitiva, que tan sólo se produjo cuando estabilicé mi vida fuera del Opus Dei.

Creo que lo que me daba una cierta estabilidad con respecto a la depresión era precisamente el deseo cada vez mayor de irme de la Obra. Pienso que al enfrentarme a la verdadera razón de mi mal y al poner los medios de que disponía para dejarlo fue lo que precisamente me inyectó vitalidad. El caso es que mis ganas de dimitir en la Obra aumentaron durante el año siguiente a la aplicación del electroshock, pero continuaba careciendo de los recursos interiores necesarios para llevarlo a cabo. Según la imagen de futuro que vaticinaban mis directoras era muy dura la vida que me esperaba fuera del Opus Dei: sin familia, con cuarenta y dos años, con una gran enfermedad, con padres muy mayores, sin amistades y, por si fuera poco, jugándome la salvación eterna por decirle a Dios que no en un don tan valiosísimo como es la gracia de la vocación a la Obra.

Pero, ¡hete aquí!, que hace poco más de un año (mayo de 2004), por casualidad descubro esta web. Leo con admiración como no soy la única persona a la que le ocurren estas cosas, sigo a Carmen Charo en su testimonio y cómo tan sólo mejora cuando deja el Opus Dei, me empapo de los correos diarios, de los documentos que figuran en “Tus escritos”… e, ¡ilusa de mí!, lo cuento en la charla de la semana siguiente. Me contestan que debo dejar de acceder a esta web, pero para entonces ya se me “habían abierto lo caminos divinos de la tierra” y sigo entrando en ella; lo cuento de nuevo, me contestan que si continúo leyéndola he de hablar con un sacerdote de la Delegación y, por la cara que puso quien llevaba mi charla, le pregunté si lo que estaba haciendo era algo muy grave y me respondió que sí. Pero ya era imposible pararme, así que ni fui a ver a ese sacerdote ni volví más al centro. Escribí a los orejas expresándoles mi deseo de contactar con alguien que me pudiera ayudar y tuve encuentros con algunos exmiembros. Ya me hallaba con la fuerza necesaria para dejar el Opus Dei. Saqué el propósito de no volver a pisar un centro de la Obra, por lo que quedé una tarde en una cafetería con la agregada que llevaba mi dirección espiritual y le entregué la carta de dimisión al Opus Dei.

Cambié de psiquiatra (por supuesto no del Opus Dei) y después de varias consultas me dio la buena noticia de que no padecía depresión bipolar, sino que mi estado depresivo se debía al ánimo triste normal de cualquier persona, que se desborda hacia la enfermedad cuando se halla sometida a una gran soledad y al intenso estrés de carecer de esperanza para salir de ella, por lo que la desaparición de las circunstancias que lo provocan (en mi caso dejar la Obra) llevaría de nuevo a la salud. Y, en efecto, así ha ocurrido.

A mediados de agosto conocí a quien ahora es mi marido (nos casamos unos meses después), a final de ese mes me llamaron de delegación contándome que el Padre no me daba la dispensa en espera de que me lo pensara mejor y les respondí que como tardaran mucho en dármela corrían el riesgo de que contrajera matrimonio sin estar dispensada, y cinco semanas más tarde, por fin, fui eximida de pertenecer al Opus Dei.

Junto a la Obra también se fue de mi vida la depresión de la que llevo más de un año sin presentar ningún síntoma, a pesar de que el nuevo psiquiatra me ha retirado, poco a poco, gran parte de la medicación (ya que no puedo abandonarla de golpe por el efecto rebote que me provocaría tras haberla estado tomando durante tantos años), siendo su idea la de acabar suprimiéndomela del todo.

Y aquí finaliza mi testimonio, que se corresponde con este presente en el que lo termino.

Minerva

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Epílogo.

Justo hace 19 meses (más de año y medio) que publiqué el escrito de arriba, y en este tiempo no ha hecho sino mejorar el final que allí expuse.

Con respecto a la depresión. Nada de nada. Ahora tan sólo tomo medicación para el hipotiroidismo que me provocó el tratamiento con litio allí contado (que por ser una lesión irreversible durará el resto de mi vida).

Narrar el placer de lo extraordinario es muy fácil, mas ¿cómo cuentas el gozo de poder vivir lo mismo que viven el resto de los mortales y que aprecias tanto porque te lo habían arrebatado durante años? ¿Cómo trasmitir que viendo volar una mosca eres feliz porque tan sólo haces eso, sin la presión mental inculcada en la Obra de que estás perdiendo el tiempo? ¿Es posible entender el disfrute de parar el despertador y decirte que vas a seguir remoloneando en la cama sin sufrir con el cargo de conciencia que te habían inculcado de que eso no es grato a Dios? ¿Cómo hacer ver la felicidad de estar enganchada a una telenovela sin que nadie te recrimine por ello?

Voy a terminar con una comparación.

Asemejo mi estancia en el Opus Dei a la de alguien que vive con la cabeza metida en una olla a presión de normas, miedos, culpas, fobias, temores… Y la que he vivido desde que lo dejé a la de quien le abren la tapa de golpe.

Minerva

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Psiquiatras Y Opus Dei

enero 23, 2007

Ivan de ExOpus

Hace unos 30 años (sobre 1975) un psiquiatra (no del Opus Dei) que se había especializado en la Universidad de Navarra me expuso con todo lujo de detalles que en la década de los sesenta el director del Departamento de Psiquiatría de dicha Clínica envió un informe al Padre (a Escrivá, no a Dios Padre) sobre los múltiples aspectos patógenos (engendradores de enfermedad) y patológicos (enfermizos) de la forma de vida de los de la Obra, acompañados de los respectivos consejos para evitarlos.

Como ejemplo, recuerdo que me explicó el «síndrome de la numeraria de 35 años» que —según él— sólo se da en las mujeres solteras de la Obra. Ese mal consiste en depresiones y / o enfermedades psicosomáticas que se producen en las célibes del Opus Dei alrededor de esa edad por no encontrar salida a la situación de vivenciar que se les disipan las posibilidades de ser madres sin la contrapartida de sentirse felices en donde están.

Siguiendo la exposición de dicho psiquiatra, el fundador del Opus Dei hizo caso omiso de esos informes y les respondió a quienes se los enviaron que o a callar o a perder su trabajo.

Y entonces, todos los componentes del Departamento de Psiquiatría de la Universidad, en bloque, se fueron voluntariamente. Y además los que eran del Opus Dei dejaron la Obra.

Cuando me lo contó eran unos acontecimientos recientes por lo que me dio toda suerte de datos (nombres, fechas, etc.) que no recuerdo (yo entonces era un fanatizado más de la Obra y pasé directamente a considerar lo que me narraba como una sarta de calumnias, sin pararme ni un instante a investigar la verdad que había en ello; tal y como ahora hacen otros del Opus Dei con lo que yo les cuento).

Es curioso que las fechas en las que supuestamente ocurrió todo esto coinciden con la salida brusca y traumática de la Obra de Antonio Pérez Tenessa. ¿Estarán relacionados ambos acontecimientos?

He intentado localizar a ese médico, mas no lo he conseguido. Sí alguien puede corroborar o aportar algo a estos hechos (que considero muy importantes), le animo a que lo haga.

Iván.

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NOTA: Pulsar aquí para leer una respuesta de Alberto Moncada a este escrito.exopus.jpg


Los Hijos Desobedientes Del Opus Dei

enero 19, 2007

Ivan de ExOpus

Reedición corregida del original publicado en Opuslibros el 18 de julio de 2004.

Quiero dejar claro que la Iglesia Católica obliga a creer a píes juntillas tan sólo lo que ella ha definido como dogmas de fe. Exceptuando eso, todo lo demás incluidas personas e instituciones son opinables, juzgables y criticables. Obtuve muy buenos testimonios sobre esa realidad de san Josemaría, quien no dejaba títere con cabeza a la hora de ejercer ese derecho. Puedo poner muchos ejemplos al respecto pero tan sólo me voy a centrar en una frase suya que por su importancia los resume todos y que nos comenzó a contar tras el Concilio Vaticano II: «Hijos míos, el demonio se ha metido en la Iglesia y lo ha hecho por la Cúpula del Vaticano.» Cuando el Fundador hablaba de la «Cúpula del Vaticano» no se estaba refiriendo precisamente a que el diablo se había metido en la Iglesia a través del obrero de mantenimiento que arreglaba los desperfectos del tejado de la Santa Sede. No. Se refería a otra persona mucho más importante.

Por no ser verdades de fe —e imitando a san Josemaría— cualquiera puede opinar sobre su canonización, sobre la Obra y sobre su historia, sin que por ello deje ni un instante de ser un fiel hijo de la Iglesia.

En repetidas ocasiones el Fundador del Opus Dei nos contaba que la historia de la Obra se escribiría cuando todos los que intervinieron en ella hubieran fallecido, para que así nadie de quienes actuaron en contra de ella se pudieran sentir dolidos. Ésa es la razón que él daba para hacer ver ante todos su inmensa caridad con el prójimo. Pero como es habitual en el Opus Dei hay que buscar otra razón oculta, la genuina, que en este caso es escribir esa historia cuando todos estén muertos es para que así no haya nadie que pueda pararles los píes testificando contra las falsedades que ellos quieren hacer pasar por ciertas.

Cuando murió el Fundador los dirigentes de la Obra infravaloraron esa razón oculta por sentirse fascinados ante la tentación de canonizarle muy pronto (lo que conllevaba escribir la historia de la Obra). Le desobedecieron y escribieron la historia del Opus Dei mientras aún vivían multitud de personas que la conocían de primera mano.

Según la manera de la Obra para escribir sus biografías todos podemos ser santos si ella se lo propone. Basta con suprimir lo que desdice de alguien y aumentar lo que le beneficia para que —con tan sólo eso y nada más que con eso— Judas ya sea santo. Si a Judas le quitamos una pequeña parte de su vida, aquella en la que vende a Jesús por treinta monedas, se transforma en alguien tan santo o más que cualquiera de los otros apóstoles.

En el proceso de beatificación del Fundador, María Angustias Moreno, María del Carmen Tapia, Miguel Fisac y muchos otros protagonistas directos en la vida de la Obra reclaman su derecho a mostrar la realidad tal y como ellos la han vivido; recurren al tribunal que va a juzgar la santidad del Fundador. No se les permite testificar a pesar del empeño que ellos ponen en hacerlo y de la grave obligación que tiene ese tribunal de escucharles. Para no dejarles declarar alegan unas razones que darían risa leerlas si no fuera porque acarrean tanta gravedad.

Ese tribunal eclesiástico se niega a oír a testigos esenciales, por lo que allí no se juzga la beatificación de Escrivá de Balaguer, sino que se impone. Al actuar contra las normas más elementales del derecho que obligan a escuchar todos los testimonios se ha provocado en la Iglesia uno de los escándalos más graves de su historia.

Porque con esa canonización, lograda a la fuerza por la selección estudiada de los testigos, ha sido atacada nada más y nada menos que la credibilidad en la beatitud de los santos de la Iglesia Católica.

Si un fiel de buena voluntad, por lo tanto no mediatizado, sigue el proceso de canonización de Escrivá y comprueba los atropellos en los que ha incurrido, inmediatamente reflexionará algo parecido a lo siguiente: «Ese juicio de beatificación es una pantomima, por lo que es nulo. Mas sí hoy tengo la posibilidad de ver como la Iglesia suprime testigos para forzar a que este hombre llegue a los altares, ante la mirada atónita del mundo y con toda impunidad, ¿qué no habrá hecho con los santos de otra época de quienes no puedo comprobarlo? Desde esté momento me es imposible saber si san Francisco de Asís era un amante de los animales, como me hacen creer, o en realidad fue un sádico matarife del que la Iglesia ha eliminado a los testigos que podrían contarme sus crueldades. ¡Ya no creo en ningún santo de los que la Iglesia me propone!».

Y ese fiel deja de creer en lo que la Iglesia cuenta sobre sus santos. Es muy fácil que junto a la perdida de credibilidad en los santos haga lo mismo con los dogmas de fe. Y como consecuencia puede acabar perdiendo la fe en la Iglesia y en todo. Yo he oído contar a gente frases parecidas a «después del tejemaneje que han hecho con el marques Escrivá yo ya no me creo nada de lo que la Iglesia me cuenta».

Con lo fácil que les habría sido a los mandamás de la Obra obedecer a su Fundador y esperar a que estuvieran muertos todos los que han protagonizado su historia. Entonces, sin disonancias, Josemaría habría sido canonizado sin que nadie pudiera decir ni mú en su contra. No habrían dejado sus testimonios (por escrito y para la posteridad) ni Miguel Fisac, ni María Angustias Moreno, ni María del Carmen Tapia… y nadie escribiría en esta Web, puesto que no se habría creado…

Además, al no quedar ningún testimonio escrito en contra, tampoco existiría la posibilidad de que el fundador de la Obra pueda ser oficialmente descanonizado algún día por culpa de las irregularidades que le llevaron a los altares. Es algo muy difícil, mas no imposible.

¡Con lo bien atado que lo dejó el Fundador y que todo se les pueda venir abajo por unos hijos tan desobedientes!

Pero es que Dios sabe mucho más y se ha servido de esos hijos desobedientes para que el mundo pueda conocer toda la verdad sobre el Opus Dei, la que el Fundador y su Obra quieren mutilar.

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