Un Hogar Especial

abril 7, 2007

Félix (13-6-04).

-Pero hombre, ¿otra vez aquí? ¿Por qué? -Pregunta extrañado el alcaide.

En ese momento suena el teléfono y el funcionario lo responde antes de que Obdulio conteste. Luego se levanta de la silla y se disculpa:

-He de salir a resolver un asunto. Vuelvo enseguida.

Obdulio se queda solo.

Obdulio ingresó en prisión a los 18 años. Estaba en una cafetería con Mónica, su novia, cuando el hijo del cacique del lugar comenzó a importunar a la chica. La situación llegó a las manos entre los dos hombres y una infortunada caída desnucó al oponente de Obdulio. El poder y odio del padre del chico hizo el resto: Obdulio fue condenado a cadena perpetua por asesinato. Hace seis meses, cuando llevaba cumplidos 37 años de prisión (a sus 55 años) una amnistía general le concedió la libertad (con la que él llevaba soñando desde que fue encerrado) y ahora, mientras espera a que el alcaide vuelva, recapacita en silencio…

¡No te digo! Claro, es muy fácil decir otra vez aquí. Después de toda una vida en la cárcel esta es mi casa, ya me conozco todos los recovecos, los funcionarios me aprecian, los internos ven en mí al decano de todos y me respetan demasiado porque me sé todas las triquiñuelas de la cárcel; aquí pierdes los deseos, los amores de fuera ya están muertos y tengo, si no amigos, conocidos con quien distraerme y cuatro paredes para dormir. En la calle todo es muy duro, me encuentro perdido. ¿A dónde voy a pedir trabajo con 55 años y con mis antecedentes penales? Nadie se fía de mí. ¡Qué triste fue ver otra vez a Mónica luego de 37 años sin echármela a la cara!, y lo vieja que está, con la imagen de chica joven que conservaba de ella, tan elegante y guapa y ahora gorda como una marsopa, con tres hijos y dos nietos que tiene y con esas bolsas de piel por todos lados; pero además ni me permitió entrar en su casa, ¡Dios mío!, por ella he perdido mi vida entera y ahora ni me deja pasar al zaguán. Que si su marido es muy celoso por aquí, que no se quería complicar vida por allá, el caso es que ni un centímetro traspasé el umbral de su casa. Papá, por suerte para ti estabas ya muerto cuando pasó todo aquello y mamá, la pobre, que el disgusto de verme en prisión la llevó a la tumba hace cinco años y mi hermana no me lo perdona, voy a verla y me dice que ya somos unos extraños, que después de haberla hecho una infeliz porque ella era ante todos la hermana de un criminal y que ahora te presentas a joderme lo que me queda de vida cuando ya me había olvidado del delincuente de mi hermano y además mataste a mamá a sofocos y de todo lo que lloró por las noches. Pero es que no sé cómo desenvolverme en la calle, con lo fácil que son las cosas aquí en la cárcel en la que todo te lo dan hecho, te pones enfermo pues médicos que te curan, que te dicen como has de hacerlo todo, no tienes que preocuparte ni por el horario, ni por hacer la comida, ni por nada de nada; y afuera ¡qué horror! y yo que pensaba que la libertad era algo grande, pero como la tranquilidad de esta cárcel no la hay en ningún lugar del mundo y aunque la hubiera no me veo con fuerzas para empezar una nueva vida. Así que me lo pensé muy bien y me dije ¡ya está! compro una pistola en el mercado negro y me fui a ver al Rijas, porque otra cosa no será pero los que han pasado por la prisión me aprecian mucho, y el Rijas me la vendió por cuatro perras y con ella me metí en pleno día en centro comercial ese del centro y ¡hala! que me dieran todo lo que tenían en la caja. Y jajaja cómo me rió cuando pienso en la dependienta que me sale con aquello de ¿está usted loco?, le van a detener en dos minutos, no ve la seguridad que tenemos aquí; claro ella no podía entender que yo no soporto la libertad y que lo que quería precisamente era asegurar que me detuvieran y así fue; se presentaron de pronto siete polis nada menos y yo no opuse ninguna resistencia y mientras me esposaban me dice la cajera que por la cara de felicidad que puse parecía que me llevaban al cielo en vez de a la cárcel y es que para mí la prisión es precisamente eso: el Cielo; porque aquí estoy acostumbrado a esta vida y no la cambio ya por la libertad; por nada del mundo vuelvo a ser libre. Y el resto fue fácil, un abogado de oficio al que le conté que lo que pretendía era volver a la cárcel y que si él hacía algo por librarme y lo conseguía la siguiente vez mataba a una persona, porque la paz de las cuatro paredes de ésta, mi casa, mi hogar, la prisión, no la cambio por nada del mundo y aquí estoy de nuevo y por muchos años. Además si me soltaran ya me conozco el truco: basta con delinquir y a casita de nuevo. Y como las mujeres para mi edad ya son algo secundario, bueno, tampoco es eso, pero me lo paso tranquilo sin ellas; porque hay que ver lo complicado que es tratar con las mujeres cuando durante 37 años no lo has hecho y es que además son muy raras ¡Qué leche! ¡Son rarísimas!

Se abre la puerta. El alcaide entra de nuevo y distraídamente pregunta: -¿De qué estábamos hablando, Obdulio?

-Me preguntaba usted, extrañado, que por qué estaba aquí otra vez y le respondo que porque no hay libertad, que por eso es el sitio en donde mejor se vive de todo el mundo.

-¿Quéééé?

-Pues lo que le digo… y no le quepa la menor duda de que ustedes, los libres, no saben lo que se pierden no estando presos: lo maravilloso que es que le gobiernen a uno hasta en los más mínimos detalles. Y para mí va a ser así hasta el final de mi vida. ¡En la cárcel por siempre!

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Historia De Una Vida

abril 1, 2007

Félix (9-2-2005)

Antes de ser quien soy tuve que sufrir una intensa metamorfosis. En un principio era libre, caminaba adonde quería, el mundo entero era mi casa. A pesar de mis lentos pasos a ras del suelo (como después me echó en cara la Voz) consideraba como mías cada una de las moreras del bosque en donde nací, el césped que rodeaba la casa del capataz, las montañas lejanas cuyas cumbres el sol incendiaba al anochecer… era mío todo el espacio que abarcaba mi vista. En aquel tiempo fui muy feliz…

Pero entonces surgió la Voz. Al principio como un susurro: “¡Deja de arrastrarte!”. Luego su intensidad aumentó: “Ten miras más altas, abandónate a la esclavitud que la Vida te pide”. Su tormento sobre mí crecía: “Si no sigues el Camino que tienes trazado serás un infeliz. Más vale ser un esclavo de lo Supremo que libre en el Infierno que te espera. Ponte de una vez en manos de la gran Obra de tu salvación”…

Por un tiempo me resistí, pero al final no pude soportar más la presión de la Voz y me abandoné a la esclavitud que ella me proponía. Al hacerlo sentí alegría.

La Voz me fue dirigiendo y a ella me entregué en cuerpo y alma. Sé que de mí surgieron los hilos sutiles que en aquella cárcel me esclavizaron, pero no pude hacer nada para impedirlo, la Voz los dirigía y yo fui fiel a sus normas. Al final quedé constreñido en un espacio miserable. La oscuridad y tristeza en la que se confinó mi vida fue en aumento. “No te preocupes” -afirmaba siempre la Voz-, “tu perfección exige este sacrificio”. Y en aquel ataúd permanecí tanto tiempo que ahora me parece una eternidad.

¡Dios mío, cuántos continúan aún presos en esas mortajas! Pero yo no fui uno de ellos. Un día me rebelé. Tapé mis oídos a los clamores de la Voz y a dentelladas me abrí un túnel hacía la libertad… y escapé… y ahora doy por bien pasado todo cuanto padecí porque sé que lo que la Voz amaba era la obediencia en la inmadurez y la rebeldía cuando alcanzara el criterio. Si no hubiera seguido a la Voz continuaría siendo un gusano, y si en su momento no le hubiera dicho que no, estaría condenado a permanecer como una eterna y amojamada crisálida. Pero no ocurrió de esa manera. Supe obedecer y desobedecer a tiempo, por lo que soy una gran mariposa, libre, hermosa y envidiada por todos cuantos aman la belleza y la libertad.

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Adagios, Frases, Refranes, Proverbios y Dichos De Abraham Lincoln

marzo 31, 2007
  1. Suavizar las penas de los otros es olvidar las propias.
  2. Un estado en el que coexisten la libertad y la esclavitud no puede perdurar.
  3. Hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacerse es no despegar los labios.
  4. Una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil.
  5. Nadie tiene la memoria suficiente para mentir siempre con éxito.
  6. Es más fácil reprimir el primer capricho que satisfacer los otros que le siguen.
  7. Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder.
  8. Si hago una buena obra, me siento bien; y si obro mal, me encuentro mal. Esta es mi religión.
  9. Una gota de miel caza más moscas que un galón de hiel.
  10. No podéis otorgar la fuerza al débil debilitando al fuerte; no podéis ayudar al pobre arruinando al rico.
  11. Casi todas las personas son tan felices como se deciden a serlo.
  12. Yo no sé quién fue mi abuelo; me importa mucho más saber qué será su nieto.
  13. Más vale permanecer callado y que sospechen tu necedad, que hablar y quitarles toda duda de ello.
  14. Entre el amor y la violencia, siempre acaba triunfando el amor.
  15. Podrás engañar a todos durante algún tiempo; podrás engañar a alguien siempre; pero no podrás engañar siempre a todos.
  16. La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

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MÁS ENTRADAS SOBRE AFORISMOS

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La Cerveza Es Mejor Que Una Secta Religiosa

marzo 23, 2007

Félix.

  1. Nadie te presiona a tomar cerveza para agradar a Dios.
  2. Cuando tienes una cerveza no vas de aquí para allá obsesionado con que otros la beban también.
  3. La cerveza no te prohíbe ingerir otras bebidas.
  4. No se acosa a quienes critican la cerveza.
  5. La cerveza no se le impone a menores que aún no pueden elegir por sí mismos.
  6. Hay leyes que prohíben que las etiquetas de la cerveza mientan.
  7. No tienes que esperar años para descubrir lo que es la cerveza.
  8. Se sabe que sacrificar la vida por la cerveza es malo para la salud.
  9. No se te coacciona con que serás un infeliz en esta vida y en la eterna si abandonas la cerveza.
  10. Si has consagrado tu existencia a la cerveza, hay instituciones públicas y privadas que te ayudan a vencer la adicción.

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MÁS ENTRADAS SOBRE AFORISMOS

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Adagios, Frases, Refranes, Proverbios y Dichos Sobre Egoismo, Orgullo Y Vanidad

marzo 14, 2007
  1. No hay verdadera felicidad en el egoismo. George Sand.
  2. El egoísmo es el único ateísmo verdadero; el anhelo y el desinterés, la única religion verdadera. Israel Zangwill.
  3. Primero son mis dientes que mis parientes. Refrán
  4. Después de mi, el Diluvio. Rey Luis XV de Francia.
  5. La juventud es la edad de los sacrificios desinteresados, de la ausencia de egoísmo, de los excesos superfluos. Vicente Blasco Ibáñez.
  6. El orgullo es una forma de egoísmo. David Herbert Lawrence.
  7. Un egoísta es una persona que piensa más en sí misma que en mí. Ambrose Bierce.
  8. La simpatía, pasión animal, es también una pasión egoísta. Pero no deja de ser nuestra mejor oportunidad para evadirnos del egoísmo. Georges Duhamel.
  9. Siempre se repite la misma historia: cada individuo no piensa más que en sí mismo. Sófocles.
  10. He sido un ser egoísta toda mi vida, no en teoría, pero sí en la práctica. Jane Austen.
  11. El egoísta se ama a sí mismo sin rivales. Marco Tulio Cicerón.
  12. Un egoísta es aquel que se empeña en hablarte de sí mismo cuando tú te estas muriendo de ganas de hablarle de ti. Jean Cocteau.
  13. Ser celoso es el colmo del egoísmo, es el amor propio en defecto, es la irritación de una falsa vanidad. Honoré de Balzac.
  14. Mucho más que los intereses es el orgullo quien nos divide. Auguste Comte.
  15. Entre todos los vestidos que yo he visto poner al orgullo, el que mas me subleva es el de la humildad. Henry Mackenzie.
  16. En la mujer, el orgullo es a menudo el móvil del amor. George Sand.
  17. El orgullo engendra al tirano. El orgullo, cuando inútilmente ha llegado a acumular imprudencias y excesos, remontándose sobre el más alto pináculo, se precipita en un abismo de males, del que no hay posibilidad de salir. Sócrates.
  18. Aquel que es demasiado pequeño tiene un orgullo grande. Voltaire.
  19. Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces que hace, es el orgullo que le proporciona hacerlas. Oscar Wilde.
  20. Aunque el orgullo no es una virtud, es padre de muchas virtudes. John Churton Collins.
  21. La vanidad es el amor propio al descubierto. Bernard Le Bouvier de Fontenelle.
  22. Hay que dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir. Honoré de Balzac.
  23. La vanidad hace siempre traición a nuestra prudencia y aún a nuestro interés. Jacinto Benavente.
  24. La más segura cura para la vanidad es la soledad. Thomas C. Wolfe.
  25. La vanidad es tan fantástica, que hasta nos induce a preocuparnos de lo que pensarán de nosotros una vez muertos y enterrados. Ernesto Sábato.
  26. En muchos casos hacemos por vanidad o por miedo, lo que haríamos por deber.
  27. Ningún vanidoso siente celos. Jacinto Benavente.
  28. El cambio de moda es el impuesto que la industria del pobre carga sobre la vanidad del rico. Chamfort.
  29. Hablamos muy poco, excepto cuando la vanidad nos hace hablar. François de la Rochefoucauld.
  30. Conceder el perdón es el más alto grado de vanidad o de miedo. José Luis Coll.

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MÁS ENTRADAS SOBRE AFORISMOS

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Un Cuento o Parábola

marzo 5, 2007

Félix

(Reedición corregida por el autor del original publicado en Opus Libros el 13-5-2004.)

Soy alguien muy distinto desde el momento en el que me seleccionaste entre tantos, en todo iguales, y después te metiste en mí. Los demás, que habías elegido antes, te alabaron mucho; me instaron a que te considerara como a un dios, a que obedeciera tus palabras, a que viera en ti mí plenitud… Y de tanto oírles lo acepté. A partir de entonces gobiernas mi vida, con perseverancia me imbuyes tus pensamientos, me inculcas lo que he de amar, has hecho que sea sordo a las voces que podrían llevar mis pasos por otros caminos, me obligas a vivir según tus normas… Y te soy dócil, no me importa lo que hurgas en mí interior, acepto tus costumbres sin juzgarlas. Además, exiges obediencia ciega a tus instrucciones, para que nada interfiriera con tus mandatos. Y yo te obedezco con toda mi maquinaria. Eres mi padre, no tengo otra voluntad ajena a la que me impones, soy tuyo del todo. Por otra parte, aunque quisiera, no puedo escapar de tu red informática puesto que eres el programador exclusivo de mis circuitos electrónicos. Por eso —y gracias a ti— en la actualidad soy el robot de más alto precio de los expuestos en la última feria a la que me has llevado.

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El Banquete

febrero 15, 2007

Este escrito es una narración breve de sucesos ficticios y de carácter fantástico, hechos con fines didácticos o recreativos (que coincide con la definición que el diccionario Espasa da a la palabra “cuento”). El Autor.

Publicado originalmente en Opus Libros el 6-6-2004

Reeditado con las autorizaciones pertinentes.

Félix

En el país de Cercadeti hay un hombre importante que lleva dando un banquete, ininterrumpidamente, desde hace años. En esa comida siempre hay muchos invitados; las viandas que se sirven son de primerísima calidad: toda suerte de pescados frescos y sabrosos, las carnes, de las más caras que se pueden encontrar en el mercado; postres exóticos, frutas exquisitas… Los cocineros hacen una maravillosa obra de arte con todos esos alimentos, pues son de los mejores que hay en su oficio…

Mas el anfitrión, sin ser visto por nadie, se entretiene en echar un veneno muy potente en cada puchero, olla y sartén que se utiliza. Esa pócima carece de color, tampoco huele a nada y ni siquiera tiene sabor, por eso una vez disuelta en la comida nadie puede percatarse de ella.

En el ágape, algunos prueban una mínima cantidad de esos manjares, tienen mucha prisa en resolver otros asuntos importantes y, excusándose ante el anfitrión, se van de allí al poco de llegar. Por la minucia que han comido el tóxico no les hace efecto. Estos son los que divulgan a lo largo y ancho del mundo el refinamiento, la abundancia y la bondad de ese convite, del que se sienten grandes admiradores.

El resto de los comensales, conforme avanza la comida, se va encontrando cada vez peor por lo que una parte de ellos decide abandonar el agasajo. Ya repuestos, cuentan que ese banquete es una maravilla, pero que a ellos -dicen- les debió sentar mal algo de lo que comieron, quizás por una indisposición personal ante tan gran exquisitez, por una reacción alérgica o por cualquier otro tipo de circunstancia que, desde luego, no tiene nada que ver con los alimentos consumidos que de suyo son perfectos.

A determinadas personas esa droga les produce unas alucinaciones que les lleva a creerse iguales al anfitrión; estos son los que se van junto a él y se aplican, con entusiasmo, en echar en las viandas tanto o más veneno que quien les invitó.

Determinados comensales se llegan arrastras hasta la cocina y allí descubren como el jefe y sus fanáticos intoxican las comidas antes de servirlas. Hacen ímprobos esfuerzos y, a duras penas y maltrechos, consiguen evadirse de esa trampa. Desde que se van, como voz que clama en el desierto, intentan convencer a las autoridades y vecinos del daño que se está infringiendo en la mesa de ese aparente gran hombre. Pero… casi nadie les hace caso.

Los que siguen ingiriendo esa exquisita comida emponzoñada empeoran de tal manera que llega un momento en que carecen de fuerzas hasta para levantarse de la mesa. Permanecen dóciles en su sitio, sentados en la silla que les asignaron al llegar, comiendo las mismas viandas que “generosamente” les sigue procurando quien les invitó… y así perseveran, muriéndose a chorros, hasta que la vida les dice adiós.

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