Luis Rodriguez De Miguel, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Encuesta realizada entre 1970 y 1974

LUIS RODRIGUEZ DE MIGUEL. Procurador en Cortes. Consejero nacional por Gerona.

1. Pienso que hace tres o cuatro meses es posible que no se hubiera iniciado la Encuesta que, en base a tal pregunta trata de publicarse.

En todo caso, es un hecho conocido que, a primeros de agosto pasado, empezó a comentarse «ese» libro, publicado por «Ruedo Ibérico» en París, refiriendo una discutida historia del «Opus Dei», con múltiples Anexos, figurando entre éstos:

A )-Unas extensas «Constitucio­nes» -que ni se confirmaron ni se rebatieron por quien pudiera hacerlo- con algunos preceptos de equívoca y difícil interpretación.

B) -Las incitantes «listas», con los nombres y otros datos de presuntos o efectivos miembros o simpatizantes de aquel Instituto Secular.

La lectura de este nomenclator permite constatar:

1º Que en él «no están todos los que son»; pues se omiten precisamente a quienes no niegan su filiación y son gentes humildes, rectas, ignoradas y felices, que viven totalmente al margen de la vida pública o finan­ciera.

2º Que tampoco «son todos los que están», ya que en aquellas relaciones, junto a personas vinculadas a tal Organización y que son conocidas por su posicio­nes políticas y económicas -unas bien consideradas, otras muy discutidas-, también se menciona a hom­bres que desempeñan funciones públicas con honesti­dad y acierto, aunque son totalmente ajenas al «Opus Dei».

No pueden extrañar las dudas creadas por esa refe­rencia sensacionalista, favorecida por las confusas raí­ces o inexplicables motivaciones de algunos sectores de la política del país. Y de otra parte, aun no he co­nocido ninguna publicación de tal Editorial que sea ob­jetiva en sus juicios, clara en sus intenciones y veraz en sus asertos.

3º El caso es que, publicado aquel libro y sus «lis­tas», surge ahora esa intencionada pregunta redactada en forma original. Pues para contestarla no es bas­tante decir con sencillez «sí» o «no», por la compleji­dad resultante de acumular en una sola frase lo que habían de ser dos interrogantes: «¿Es usted del Opus Dei?» «¿Por qué?»

Al no plantearse así la pregunta, parece sólo orien­tada a quienes, tras manifestar «no», han de justificar un hecho negativo, una situación inexistente. Salvo que se opte por la desairada posición de confesar: «¡No sé por qué! », o se recurra a la más expeditiva fórmula de eludir tal indagatoria, a pretexto de referirse a cues­tiones anímicas, amparadas por el respetable fuero de la intimidad. Y a mayor abundamiento, los interroga­dos no sabemos a punto fijo quiénes son todos los demás encuestados, ni si serán aceptadas las respues­tas carentes de la seriedad que el tema requiere.

4° Por las precedentes consideraciones, ninguna preocupación me reportaría el hecho de figurar entre los que recibieron la pregunta y se abstuvieron de contestar, ya que en este caso (analizando el plantea­miento), la pasividad no puede interpretarse en el sen­tido de que «¡quien calla, otorga! ». Además, la trama de la vida es muy compleja, cada hombre se debate inmerso en «su circunstancia»; y pueden ser múltiples y comprensibles los motivos de silencio.

Sin embargo, veo que yo salí del mutismo y que sigo manteniendo el diálogo. Analizo las razones de una con­testación expresa y no aprecio más que una causa: la firme convicción de que todos debemos hacer lo posi­ble por aclarar dudas, evitar desorientaciones y disipar nieblas, especialmente en cuanto pueda trascender a la vida pública, sea cual fuere el origen o el propósito que produjo el confusionismo. Creo que, en política, nada es, a la larga, tan nefasto como mantener enig­mas en torno a lo que somos y pensamos; nada más lamentable que enfoscar objetivos y propósitos, pues si así ocurre (si convertimos en un difícil problema la posibilidad de conocer o adivinar motivaciones y re­sultados de la acción pública), los gobernados caen en la acción pública), los gobernados caen en el desin­terés y el Poder se ve desasistido de afanes y ecos po­pulares; se siente devaluado, sin posibilidades de futu­ro, desangelados sus proyectos, que nacen sin el impulso ni el calor de la adhesión de ilusionadas esperanzas.

5º En suma, sin más digresiones: ya sé que entre los nombres de aquellas «listas» figura el mío, aun­que «no soy». (Y bien sabe Dios que hago tal declara­ción sin jactancia ni pesadumbre.) Pude también ver que se me asigna Carrera distinta a la que pertenezco, y que se me sitúa en Consejos de Empresas que des­aparecieron tiempo atrás o en las que hace años se me sustituyó a petición propia.

Creo, por otra parte, que la pregunta formulada pue­de tener resultados positivos si la contestación es se­ria, ecuánime y sincera, y puesto que, dicha con rectas intenciones, «la verdad ni teme ni ofende», puedo afir­mar, sin fatuidad propia ni reproche al prójimo, que no soy del Opus Dei porque no lo he solicitado, ni sé de los trámites para hacerlo, ni conozco a punto fijo todo el alcance de las obligaciones que reporta, ni persona alguna me ha propuesto serlo, ni sé si reúno las condiciones para ello.

En el fondo y en términos generales, creo que el «porqué» radica (según motivaciones éticamente positivas) en que no llegué a comprender ciertas dicoto­mías entre la vida asociativa y actitudes individuales; en no haber sentido la vocación de renunciaciones, que aceptan, con alegría espiritual, personas concretas (al­gunas de ellas muy queridas) que profesan en la Obra y viven de modo ejemplar. Pero el respeto que aqué­llas habían de merecerme no era motivo bastante para entrar, con los ojos vendados, en las nebulosas, que, históricamente, parecen insoslayables a los lustros fun­dacionales de toda orden o Instituto religioso.

6º Quiero dejar constancia de que, desde mi remo­ta juventud, he asistido a Retiros y Ejercicios Espiritua­les, dirigidos por Párrocos, Jesuitas, Franciscanos o Sacerdotes del Opus Dei. Lo que en ellos he oído siem­pre, tuvo naturaleza estrictamente espiritual, ajena a todo proselitismo. Si en los mismos surgieron las pala­bras «política», «profesión», «economía», etc.; fue para subrayar que los católicos han de buscar en la vida mayores sacrificios que los no creyentes, aceptándolos como una Cruz que no debemos eludir.

En el ámbito público de mis actividades, he oído ver­siones distintas, sobre todo, en el sentido de vincular a miembros del Opus Dei con el Poder financiero, señalándome circunstancias que podrían dar pie a que cundieran tales opiniones. Y concretamente, en el mun­do de la Política se me han señalado personas -aun­que ello es poco significativo- que no eran clasifica­das como falangistas, democristianos, tradicionalistas etcétera, sino sólo como pertenecientes a aquel Insti­tuto. Por otra parte, he observado personalmente que miembros del mismo piensan de modo diverso, aun contrapuestos, en sus tendencias políticas. Creo que, en último término, el problema está en saber si en esa diversificación actúan libremente o, por el contrario, tal pluralismo responde a un juego dirigido por una potencia supraindividual.

Es de suponer que la madurez institucional del Mo­vimiento clarifique la política española, y tal disyun­tiva se resuelva, de modo diáfano, en uno u otro sen­tido.

Entre tanto, es seguro que seguirá oyéndose -por unos con recelo, por otros con credulidad- que en tal Instituto sus miembros son plenamente libres; que el Opus Dei se limita a cumplir los fines sobrenaturales que declara servir; y también seguirán aduciéndose in­dicios o sospechas contrarias.
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Una respuesta a Luis Rodriguez De Miguel, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

  1. filomeno dice:

    Padre de Luis Rodríguez Ramos

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