Josemaría o la Planificación de un Santo, M. García Viñó

Planificacion de un Santo

JOSEMARÍA O LA PLANIFICACIÓN DE UN SANTO

M. García Viñó

1991

NOTA: Está agotada la versión española de esta novela. La colocamos aquí sólo con fines didácticos y mientras no se ponga de nuevo a la venta.

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PRÓLOGO A ESTA EDICIÓN DIGITAL

Es difícil meterse bajo las pieles del líder de una secta, de los fanatizados por él, y de sus atónitos familiares. Según mi opinión, ése es gran mérito de esta novela: lograr que tras sus pocas páginas nos identifiquemos con la vida y el sentir de sus protagonistas de una forma mucho mejor que lo harían la lectura de sesudos ensayos. Por ello la consideramos una obra imprescindible para quienes estamos interesados en estos temas.

Iván de ExOpus

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CONTRAPORTADA DEL LIBRO

Desde el título, desde la dedicatoria, desde la cita que la encabeza, ésta es una novela de tesis; pero esta tesis el autor la ha sabido plantear a través de una peripecia apasionante, que empieza a desarrollarse el mismo día del asesinato del almiran­te Carrero Blanco. Es, al propio tiempo, una patografía del personaje que hace de contrapunto al protagonista.

Autor de importantes ensayos –Arte de hoy–arte del fu­turo, Novela española actual, El esoterismo de Bécquer, El mito de Fedra, El profeta de la Era de Acuario–, García Viñó no ha pertenecido nunca a la institución en la que, a la vista del título de este libro, van a pensar los lectores; pero sí ha trabajado en empresas en las que ha sufrido, por parte de personajes parecidos a algunos de los que pueblan este relato, ésa que ellos mismos designan como “santa coacción”. Sabe de lo que habla y entra a fondo en el problema que plantea, hasta elevar la anécdota a categoría.

Entre las novelas de García Viña se cuentan Nos matarán jugando, La pérdida del centro, Polución, Fedra, El puente de los siglos e Isla Mayor.

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A la memoria

de todos los santos anónimos,

que han dado su vida,

por la verdad y la justicia,

en América Latina.

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Hay una Orden Religiosa, los monjes cartujos, que no sue­len mover ni un dedo para conseguir que un difunto de esa Orden llegue al honor de los altares. Y ellos suelen decir, pa­ra explicar esta conducta, que «para tener un santo cartujo, un cartujo tendría que dejar de ser santo». Parece que las com­plicadas gestiones que requiere una canonización no son el me­jor camino para conseguir aquello que se pretende ensalzar.

José M. Castillo. Lectura materialista del santoral. («Misión Abierta, vol. 74, Madrid, abril, 1981).

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Aunque la idea matriz de esta novela se enraíza en ciertas declaraciones hechas por una personalidad de nuestro país y nuestro tiempo y, aquí y allá, aplico a uno de mis personajes dichos y hechos de esa misma personalidad, a veces modificándolos en una cierta medida, en razón de las exigencias de la trama y el argumento de mi obra, y en virtud de la libertad soberana del novelista, cuya misión no es hacer historia, aunque sí, en algunos casos, delimitar un espacio de ella e iluminarlo con toda nitidez, declaro formalmente que en ningún otro aspecto pretendo aludir a hechos históricos ni a personas reales, vivas o difuntas. Cualquier parecido de las instituciones, personajes y circunstancias de este relato a la realidad -con excepción de lo mencionado- será pura coincidencia, o efecto de la pertinacia que a veces demuestra la vida en parecerse a la literatura.

El Autor

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PRÓLOGO

La noche de aquel jueves 20 de diciembre de 1973, en que el coche del Almirante Carrero Blanco, presidente del gobierno, con los cuerpos destrozados de éste y de su chófer, había ido a parar por la mañana a la azotea de una casa de jesuitas, todo en la capital de España, calles y hogares, cines, cafeterías y otros establecimientos públicos, parecía sometido a la tensa vibración de una expectativa consternada y temerosa. Pocos transeúntes por las aceras y, en sus ojos, la misma pregunta acerca del significado de lo que todos sabían, aunque no aún por la versión de los medios oficiales. Aquello era el fin de una persona, sí, pero el principio de qué.

Un eventual visitante, llegado a Madrid a las ocho de la tarde en ignorancia de lo sucedido, habría notado en seguida que el aspecto de la ciudad no era normal: el escaso tráfico apenas producía ruido; las personas, cariacontecidas, se deslizaban como sombras; la luz del alumbrado público parecía tamizada por una invisible y taciturna niebla… Todo, todo estaba impregnado de un denso barniz de miedo; pero de un tipo de miedo que sólo los de edad avanzada reconocían, desaparecido del país con las detenciones, los fusilamientos y otras secuelas de la guerra.

En torno al palacete del paseo de la Castellana, sede de la Presidencia del Gobierno, donde se había instalado la capilla ardiente, la continua llegada de coches oficiales producía un remedo de animación que contrastaba con la aplastante quietud de otras áreas urbanas.

El hipotético viajero, impuesto por fin de las circunstancias, quizá habría pensado que los habitantes de Madrid, los no comprometidos con el luto oficial, el sentimiento de dolor personal, la alegría por el éxito del golpe, la esperanzada visión del futuro político del país que, bien pensado, una tal muerte podía suponer, aquellos habitantes, es decir, la mayor parte, no harían otra cosa que esperar noticias por radio o televisión y, sobre todo, desear un discurrir acelerado del tiempo, para encontrarse con la amenaza difuminada en el recuerdo de un acontecimiento terrible, pero aislado, y todo vuelto a la normalidad. Ni poniendo al servicio de la búsqueda la más desbocada imaginación, se le hubiese ocurrido pensar en un grupo de personas, por lo demás muy nutrido, que, no afectado de una manera o de otra por el magnicidio, constituyese como un oasis de desbordada felicidad, en medio de la consternación, la tristeza, el dolor y el pánico dominantes.

Y sin embargo el grupo existía y actuaba, situado al margen de la historia, en una dimensión que sus miembros constitutivos no hubiesen tenido empacho en calificar de sobrenatural. Y, además, no lejos del lugar donde un féretro centraba el luto patriótico de unos pocos y el humanísimo miedo de muchos: en un hotelito de la calle de Fortuny, sede del provincial de la Divina Fraternidad de Cristo Rey, conocida popularmente por «La Frater».

En su salón de actos neoclásico, un tiempo relativamente cercano escenario de mundanales saraos y a la sazón reservado para acontecimientos de excepcional importancia, tenía lugar uno de éstos: la reunión en torno al oficialmente Hermano por antonomasia, para sus seguidores «el Padre», históricamente Fundador y estatutariamente Presidente de la Divina Fraternidad, llegado de Roma dos días antes, de paso para Santiago de Compostela, en cuya Facultad de Derecho iba a ser investido Doctor Honoris Causa; la reunión en su torno de miembros de la Institución, benefactores de la misma y periodistas de confianza.

Y no era que éstos, ni los otros ni aquéllos ignorasen lo acontecido aquel día ni su importancia, era que su escala de las valoraciones, perfectamente establecida y tan inconmovible como el arquetipo del Himalaya, no podía verse afectada por un asunto al fin y al cabo mundano. Para ellos, una visita del Fundador traspasaba inclusive los límites de la intrahistoria, situándose en un ámbito cuasi celeste.

Las sonrisas beatíficas paralizadas en los rostros, la inmovilidad estática de los cuerpos, el anhelante rumor de los corazones así lo testificaban. Hablaba el Padre:

-Ellos, ellos… -señalaba hacia fuera, hacia cualquier parte-. Ellos tienen sus príncipes, sus presidentes, sus jefes… -puso cara de asco y silabeó-: pe-re-ce-de-ros… NOSOTROS -levantó la voz hasta el grito y se atizó un manotazo en el pecho- ¡Sólo un Rey! Inmortal, imperecedero, eterno… ¡El! -señalaba ahora con el índice hacia arriba- ¡Cristo Rey! Y una sola Reina: ¡Santa María!

En lo alto del estrado, de pie ante una larga mesa ocupada por media docena de hombres, tres de paisano y los otros tres con sotana, el Padre, asimismo ensotanado, callaba ahora. Parecía estar ordenando sus ideas antes de proseguir, en tanto hacía brincar su mirada de un lado para otro del abarrotado salón, cual si estuviese buscando a quien hubiese dicho algo de su particular asombro o desagrado.

Era un hombre de mediana estatura, complexión débil y expresión ingenua que, situado fuera de aquel ambiente, se hubiese visto desposeído del carisma que el entusiasmo y la devoción de los presentes le otorgaba.

-Os he dicho muchas veces, hermanos míos, hijos míos… -brusca transición en la voz y esta pregunta:- ¿Cómo preferís que os llame, hermanos o hijos?

-¡Hijos, hijos! -aullaron todos.

-Muy bien -se volvió sonriente a los de la mesa, guiñándoles un ojo. Era como si hubiese estado de acuerdo con ellos para gastar una broma a unos chicuelos y los chicuelos hubiesen picado-.  Muy bien, muy bien hijitos, pero…-Pausa y otro cambio brusco en el tono de la voz: -¿De qué estabamos hablando?

Una estruendosa carcajada, seguida de una larga ovación, premió aquella ocurrencia, tan característica, como todos sabían muy bien, del ingenio sencillo y bonachón del Padre.

Manoteando con los brazos casi en cruz, él, sonriente, pretendía calmar la tempestad de aplausos.

-Bueno, bueno -siguió cuando le dejaron-, ya sabéis por qué estoy aquí… Voy camino de mi tierra… Porque yo… Lo sabéis muy bien: ante todo, del Cielo, ciudadano del Cielo, pero después… después, ¡je! De mi tierra, a millor terra do mondo (algunas risas y aplausos) ¿no? Y que me perdonen los que no son de allí… ¿Eh? ¿Me perdonan?

-Ssiiiiii…

-Vaya, hombre, menos mal -sonrió-; pero sabéis muy bien que era una broma. Todas las tierras son maravillosas. Especialmente aquéllas donde hay alguno de vosotros, de mis hermanos, de mis hijos amadísimos, que sois la sal, ¿qué digo? la sal de la sal de ellas.

Atronadora ovación subrayó esta nueva ocurrencia.

El Padre, desaparecida ahora la sonrisa de sus labios, parecía haber adquirido distinta y acrecentada prestancia. Los presentes así lo comprendieron y la expectación, a través de todos los sentidos, se hizo casi táctil.

-Os lo he dicho muchas veces, y no por ello -con el brazo derecho levantado y el índice de la correspondiente mano extendido, dibujaba una enérgica negación en el aire saturado de fe, de admiración y de esperanza-, no por ello os debéis de ensoberbecer. ¡Al contrario! ¡Pero tenéis que saberlo! Sois miembros de una élite, sal de la sal de la tierra. Sois sacerdotes en el mundo, embajadores de Dios, diplomáticos del Creador en el Mundo… (Y de su representante aquí abajo, claro, el Romano Pontífice, que es nuestro jefe). Sois… ¡Los admi-nistradores del Reino!

Apretó una mano contra la otra, hizo un gesto significativo de lo que iba a decir a continuación -«De modo que …»- y continuó hablando:

-De modo que… A portarse como tales.

De pronto, pareció desentenderse de quienes tenía ante sí, a su alrededor -pues hasta las escalerillas de acceso al estrado estaban llenas de personas sentadas en el suelo- y se puso a pasear de un lado para otro. Y lo hacía con la cabeza baja, pensativo.

Pasado más de un minuto y sin dejar de pasear, empezó a hablar de nuevo, pero como para sí.

-El Santo Padre, sí. Él es vuestro jefe -una breve pausa y: -Porque yo… no soy nadie ¿eh?

Detuvo sus bandazos y se enfrentó a su auditorio.

¿Eh? ¿Quién soy yo?

Aunque miraba hacia un lado y hacia otro, era evidente que no esperaba respuesta. En consecuencia, nadie aventuró ninguna.

-Y ahora me quieren… -con repetidos ademanes, señalaba hacia un lugar lejano, probablemente hacia Compostela-, me quieren hacer doctor no sé qué… ¿Vosotros lo sabéis? Vanitas vanitatum, vade retro. Pero, ¿cómo podía negarme? Me lo han pedido mis paisanos con tantísimo cariño… Mis paisanos, los habitantes de a millor terra do mondo, como habíamos convenido, ¿no? Estábamos de acuerdo, ¿no?…

Sonaron algunas risas. Él miraba a uno y otro lado, directamente a los ojos de algunos de los que tenía más cerca, diciendo «¿no?», y luego, señaló a un bigotudo de la tercera fila.

¿Qué dices tú, bigotes?

Pero el interpelado no respondió; se limitó a sonrojarse.

El Padre se volvió hacia otro.

-Este no dice nada. ¿Te atreves tú? ¿Qué dices? ¿Eh?

-Bueno… Yo soy de aquí. Siempre he oído decir que, de Madrid, al Cielo.

Hubo risas y sonrisas. Alguna palma.

-Muy bien, muy bien, eso está muy bien. De Madrid, al Cielo… Pero pasando por mi tierra.

Las manifestaciones de alborozo, a punto de brotar unánimes, viéronse cortadas de raíz por un ademán del Padre y la marmórea seriedad que talló en su rostro una mueca, hubiérase dicho, de punzante dolor y asoladora nostalgia.

-Al menos -siguió él, en un tono de voz ostensiblemente más opaco, más bajo-, yo siento, presiento, que ese va a ser el caso.

Sacudió lenta y repetidamente la cabeza, pareciendo asentir a sus propias reflexiones.

-Sí, hijitos míos. Estoy seguro de que, después de esta visita, no voy a volver más a pisar la tierra que me vio nacer, ni a respirar las brisas de las rías, esas vivificantes brisas del noroeste.

Recogió la mirada, perdida desde hacía unos instantes en algún imprecisable punto del universo, fuera de aquel ámbito donde una asamblea de corazones anhelantes aumentaba sus latidos estremecida y confusa. «¿Qué nos está queriendo decir?», se preguntaban todos. «¿Está enfermo el Padre?»

Lo que les quería decir fue lo que les dijo a continuación, en un tono de voz más apagado todavía, eco del eco de un rumor lejano.

-Hijitos, yo he tenido… Es la primera vez que lo digo y no sé por qué lo digo ahora… Ni siquiera con mis más íntimos colaboradores -con un ligero movimiento del cuerpo señaló hacia atrás, hacia los de la mesa-, ni siquiera con ellos lo he comentado… He tenido… Llamarle revelación sería presuntuoso, impropio de quien como yo, seguidor, imitador humildísimo e indigno del Divino Maestro, quiere ser manso y humilde de corazón… Llamémosle presentimiento… Como queráis. Mas proveniente de Ella, de la Señora, de eso estoy seguro. Y mentiría si otra cosa dijese. Me lo ha dicho Ella, estoy seguro, desde su altar, en su advocación de Señora del Triunfo, allá en Roma, en mi pequeño, en mi humilde y escondido oratorio… Algunos de vosotros lo conocéis. No muchos, en verdad, pero sí algunos. Pero todos, todos, todos sabéis que ha sido allí, en aquel lugar recogido y apartado, donde he recibido todas las… las… las órdenes, todas las indicaciones… donde se me ha concedido a mí, pobre instrumento, herrumbrosa herramienta, humilde servidor… se me ha concedido conocer la táctica y la estrategia sobre la cual se ha sustentado el crecimiento esplendoroso, el éxito, que por muy modestos que seamos debemos entender como proveniente de la ayuda sobrenatural, de esta Divina Fraternidad que compartimos en el corazón de Jesús, imitación fidelísima (o, al menos, así lo hemos pretendido) de aquellos primeros cuya historia nos relatan Lucas, Pablo y los Padres de la Iglesia…

Calló unos segundos y suspiró profundamente.

-Pues allí, sí, me lo ha dicho la Señora. Dentro de tres años, el día de la Inmaculada Concepción, primer triunfo de Santa María, del año del Señor de mil novecientos setenta y seis, me acogerá bajo su manto.

Poniéndose la mano sobre los labios, susurró quedo:

-No le digáis esto a nadie.

Sólo los integrantes de la mesa presidencial acusaron el golpe de la asombrosa revelación, mediante el movimiento de volverse los unos hacia los otros que, finalmente, no pasaron del conato. Como los demás presentes, quedaron crispados, como abatidos en sus cuerpos y en sus mentes por el manotazo de una tempestad apocalíptica.

Nadie hubiera podido decir jamás cuánto duró aquella especie de parálisis bíblica, durante la cual, sólo el deslizarse de incontenibles lágrimas por algunas mejillas femeninas, rompió la tremenda quietud provocada por las todavía para muchos increíbles palabras. Hasta que el Padre, saliendo de su ensimismamiento, dio una fuerte palmada y, recuperando la familiar relajación del principio, gritó con voz recia:

-Ea, que no es para entristecerse porque un amigo abandone este valle de lágrimas. Que, si me ayudáis un poco, ni siquiera voy a pasar por el purgatorio.

Viendo que, a los demás, les costaba reaccionar, volvió a batir con fuerza las palmas.

-Ale, ale… ¡Animo! En pie todos. Vamos a cantar unidos, en acción de gracias, por lo pasado y por lo venidero, el Salve Regina Mater…

Con unción indescriptible, la cantaron desde el principio hasta el fin, los brazos levantados hacia lo alto y, aunque de vez en cuando algún pecho, incapaz de resistir tanta emoción, se rompía en un sollozo, el coro persistió unánime en la oración, según pensaba el Fundador, la mente puesta en los sucesos postpascuales.

Entonado el amén entre un clamor de gritos, risas histéricas, alabanzas al Padre y aplausos, la reunión siguió su curso, al margen y por encima de la historia profana, hasta muy cerca de la media noche, cuando, habiendo sido bendecidos – ¿la última vez por él en persona, se preguntaron muchos-, todos se retiraron.

Entre los testigos de aquel importantísimo acontecimiento, se encontraba Esteban Monterde, quien ocupó un asiento de la penúltima fila. Ingresado hacía apenas tres años en la Divina Fraternidad de Cristo Rey, aquélla fue no sólo la más importante asamblea de la misma a la que había tenido ocasión de asistir, sino también la primera vez que vio al Padre en carne y hueso. De regreso a su casa, a través de la tensa y solitaria quietud de aquella noche fría y por tantos conceptos histórica, sentía una emoción intensa, traducida en dolor en los músculos y articulaciones, y sequedad en la garganta. Llorando hacia adentro, el corazón oprimido, se decía y se repetía que lo ocurrido en las últimas horas no lo olvidaría mientras viviese.

En una máxima de Combate, el libro más importante escrito por el Fundador, auténtica Carta Magna de la Fraternidad, podía leerse: «Cuidado, cuidado, no os fiéis de nadie. De cada doce apóstoles, hay un traidor». Como muchos de cuantos habían asistido a aquel encuentro inolvidable, Esteban Monterde hubo de pensar, en los días subsiguientes, que, entre los «periodistas de confianza» invitados a la reunión, tenía que haber habido algún judas. Porque, aunque el Padre había dicho, como el Señor tras las afirmaciones mesiánicas de algunos de sus discípulos, o después de la transfiguración, «no le digáis esto a nadie», una agencia de noticias difundió la de su vaticinio acerca de la fecha de su muerte; vaticinio que, como era de temer, glosaron más tarde, de manera irreverente y tendenciosa, varias publicaciones sensacionalistas.

CAPÍTULO 1

La larga cola se movía silenciosa y lentamente. Esteban Mon­terde se hallaba en aquel momento, según pensó, a mitad de camino del encuentro. El silencio, en la basílica, resultaba im­presionante. Los devotos miembros de la Divina Fraternidad de Cristo Rey, avanzaban hacia el altar mayor como si no ro­zaran la tierra.

Habían transcurrido más de dos años desde que le vio en persona por primera vez, y helo aquí de nuevo en España, es­ta vez camino del Santuario de Nuestra Señora de Fátima.

En la biografía del Padre -para él, como para tantos, un proyecto de hagiografía-, aquella visita a Portugal constituía algo así como un misterio del rosario, que ya había desgrana­do cuentas en Lourdes, Czestochova, Guadalupe, Luján, El Pilar, Covadonga y otros lugares marianos.

En los casi tres años transcurridos desde aquella emocio­nante asamblea celebrada en el palacete de la calle de For­tuny, la comunidad madrileña de la Fraternidad había experi­mentado un enorme, milagroso incremento. De ahí que el Pro­vincial, según se había comunicado a todas las Casas, cuando tuvo noticia de que monseñor haría escala en Madrid, porque deseaba tener un encuentro con los fráteres numerarios y su­pernumerarios de la capital de España, en lugar de intentar organizar una reunión para la que difícilmente habría podido disponer de un local lo bastante amplio, se había decidido por una misa en la basílica de San Gabriel Arcángel -el Anun­ciador-, en la cual la homilía sería pronunciada por el Presi­dente General, Fundador, Hermano por antonomasia y Padre, quien, terminado el oficio, saludaría, uno por uno, a los asis­tentes, que lo habrían sido por rigurosa invitación. Sin la me­nor duda, una idea genial, digna del Provincial de las Dos Cas­tillas, a quien todos consideraban el delfín de monseñor, por razones históricas y por merecimientos innegables.

La cola seguía avanzando y quizá no tan lentamente. Era su impaciencia por besar la mano del Padre la que le comuni­caba la impresión de que así era. Algo contradictorio, se de­cía, pues, por otro lado, deseaba con toda su alma que la Pro­videncia detuviese el tiempo, eternizase aquella hora en que la esperanza de encontrarse cara a cara con él hacía exultar de júbilo su corazón.

Recogiéndose sobre sí mismo, rezó los primeros versículos del Magnificat, para después continuar mirándolo todo, los elementos de aquel ámbito privilegiado, con mirada ansiosa y absorbente, deseando grabarlo de manera indeleble en su memoria: los reflejos blanquiazules de las vidrieras, la pátina dorada de las columnas, los muros y las ojivas, las aromáti­cas llamas de los cirios, el argentado vaivén de los incensarios, el barroco esplendor de los altares… Precisamente aho­ra rozaba él con su costado el mármol de uno lateral, en cuya hornacina resplandecía entronizada una bellísima imagen de Fernando Tercero, el rey que, desde su altísima posición -la más alta- en la escala social de su época, había sabido ser santo. .

Ya faltaba menos. Desde donde se encontraba, junto a la reja de acceso a la capilla del Sagrario, teniendo ya a la espalda el altar de San Fernando, le era posible ver, a través del hueco abierto entre la escalerilla del púlpito y la rizada columna que lo sostenía, un fragmento de la sotana del Padre.

En aquel momento tenía ante sí -el Padre- a una alta per­sonalidad de la política y las finanzas españolas, ministro en el último gabinete que había presidido el almirante Carrero.

Esteban podía distinguir su inconfundible espalda, nuca y pei­nado.

Adelantó un par de pasos, porque así lo hicieron también quienes tenía delante, y entonces pudo ver la sonriente cara del Padre. Continuaba manteniendo con la alta personalidad un animado diálogo, quizá un poco más largo que los mante­nidos con otros fráteres, aunque no demasiado. Para todos en­contraba palabras aquel hombre de Dios infatigable. Palabras en cualquier caso enriquecedoras, según se comentaba entre los miembros que le había tratado, siquiera brevemente; pala­bras siempre inolvidables.

¿Qué me dirá a mí`? Se preguntaba Esteban Monterde. Re­cordando aquella noche de hacía más de dos años, noche a la vez alegre y triste, cuando regresaba hacia su casa en me­dio de un silencio compacto y henchido de amenazas, pen­sando que tal vez había pasado, ya para siempre, la última oca­sión de tenerle cerca en carne y hueso, daba gracias al Cielo por haberle concedido la misma dicha, en versión aumentada y esplendorosa. ¡Oír su voz, besar su mano, escrutar siquiera brevemente la límpida profundidad de sus ojos (todos cuantos había experimentado la dicha de acercarse a él se referían a su mirada), era un premio excesivo para sus escasos méritos! Gracias, Señor; gracias, Santa María… Y a ti también, inse­parable Custodio, que, de manera tan cuidadosa, silente y ab­negada, hasta aquí me has conducido.

A su olfato llegaba el olor del incienso y de la cera crepi­tante: nuevos datos que procesar, que grabar de manera inde­leble en la computadora del alma, de donde ni el martirio los arrancaría jamás.

El altar mayor, ante él, esplendía como un domingo de re­surrección modelado por un escultor divino. En sus gradas, la figura a un tiempo humilde y gigantesca del Padre.

Esteban contó los eslabones de la cadena de adictos, miem­bros del estado mayor de Cristo Rey, hermanos y compañeros suyos, que le separaban del gran encuentro. Doce, sólo doce, a quienes, en involuntario juego, designó con los nombres de los apóstoles. Después de ellos, le tocaba a él… Y él ¿qué nom­bre se asignaba? ¿El de Pablo de Tarso, el apóstol por antono­masia, que no recorrió con el Maestro los polvorientos sen­deros de Galilea y de Judea, de Samaría y la Decápolis, pero ejerció el ministerio en plenitud, tocado por la gracia del Re­sucitado? Ah, pretenciosa vanidad encendida por la emoción delirante, que rechazó contrito.

A todo esto, ya estaba a las puertas de la felicidad inefable y, en contra de lo temido, no sólo no se sentía nervioso, sino dotado de una lucidez extrema, plenamente consciente del tiem­po y del espacio.

Apenas un metro le separaba de monseñor, el rumor de cu­ya voz le era perceptible. Pudo advertir que el Provincial ac­tuaba de presentador. ¿Cómo era posible que, teniendo la Fra­ternidad tantos miembros en Madrid, los recordase a todos? Era un hombre extraordinario, el Provincial, de increíble ca­pacidad de trabajo. En su caso, ciertamente, no tendría difi­cultad, pues no hacía dos semanas que, por consejo de su di­rector espiritual, había ido a visitarle.

-Es conveniente hacerlo de vez en cuando -le había dicho, terminada la confesión-, hacerlo siquiera alguna vez, y tú no lo has hecho nunca. Pídele audiencia, te recibirá encantado.

En la entrevista, don Juan José Menéndez, el Provincial de las Dos Castillas, habíase interesado por todo lo concerniente a sus circunstancias familiares y profesionales y, como era hom­bre de proverbial buena memoria, sin duda no tendría la me­nor dificultad en el momento de presentarle.

Cuando el que le precedía se inclinó para besar la mano del Fundador, quien le puso amorosamente la otra sobre el cogo­te, la mirada de don Juan José se encontró con la suya, la de Esteban, cuyas dotes de percepción, potenciadas ahora por la intensidad con la cual vivía el excepcional encuentro, le hi­cieron ver que un destello, en aquellos ojos y en aquel instan­te, se encendía o apagaba.

Algo que no había sucedido hasta aquel momento sucedió entonces. El Provincial se inclinó sobre el Padre y susurró en sus oídos unas palabras. Y el tiempo se detuvo, tal como él había deseado, y sobre las gradas del altar, en torno a él y a las figuras del Provincial y del Padre, se constituyó como una campana de cristal translúcido, que les envolvió a los tres y les separó del resto de los circunstantes. Pero ¿era esto posi­ble? No, no lo era. Era una traición de los nervios, como, re­zando por espantar lo que podía ser una tentación, se dijo y se repitió miles de veces en un momento.

De todas formas, no hubo en su caso el tipo de presenta­ción por él esperado, el que, mediante la observación de ges­tos y ademanes, primero desde lejos y después desde más cerca, había adivinado. El Fundador le dirigió una mirada que a él le pareció de interés, tendió las manos hacia las suyas y se las estrechó con fuerza.

-De modo que eres tú, Esteban Monterde.

Estaba a punto de formular una respuesta afirmativa cuan­do, de pronto, aquello tan sencillo, aceptar su identidad, le pareció extraordinariamente, diabólicamente presuntuoso.

No dijo nada. Buscó confuso la mirada de don Juan José, pidiéndole consejo, y se encontró con una orden apremiante. «Es a él, al Padre, parecía decirle, a quien tienes que mirar, no a mí». Y así lo hizo.

El bondadoso gesto del fundador le devolvió la paz y el so­siego que, súbitamente, unos segundos antes, le habían aban­donado.

-Padre -balbució, recibiendo, como respuesta a su invo­cación, una intensificación en el cálido y sostenido apretón de manos.

-Esteban, hijo mío…

Las piernas del aludido temblaron. Era verdad, no era ten­tación diabólica: el Padre le dispensaba una atención prefe­rente, superior inclusive a la que había tenido con la alta per­sonalidad de la política y las finanzas. Aunque entre ellos no se habían cruzado más que unas pocas palabras y unas fuga­ces miradas, el tiempo transcurrido en su presencia estaba sien­do largo, muy largo.

-Padre -incapaz de añadir nada, pero esperándolo todo. -Esteban, hijo mío, la Fraternidad espera mucho de tí. -¿De mí?

-¿Puedo decir en tu nombre al Señor, cuando me quede a solas con Él, en el Sagrario, que podemos contar contigo, que podemos esperar obtener lo que de ti necesitamos?

Esteban se sintió arrebatado a otra dimensión, fuera del tiem­po, fuera del espacio, desde la que pudo verse a sí mismo, encogido allí, ante las gradas del altar mayor, y oír su voz tem­blorosa pronunciando:

-En cuerpo y alma, padre.

-Así me gusta, hijo mío, así me gusta.

Aunque parecía imposible, aún creció la intensidad del apre­tón de manos.

Monseñor, sin soltarle, se volvió hacia el Provincial, a quien dijo:

-Tenías toda la razón, podemos confiar en él, no hay más que verle… -y de nuevo mirándole a él-. Es un auténtico soldado de Cristo.

Aunque su vista, como todos sus sentidos, estaban pendientes de las palabras, gestos, ademanes y actitudes del Padre, Este­ban pudo percibir la complaciente sonrisa de don Juan José, en quien parecía haber cedido la crispación, para él inexpli­cable, de un gran temor o una terrible duda.

Ahora, Monseñor no sólo le apretaba las manos, sino que se las sacudía calurosamente.

-Hijo mío, hijo mío -decía una y otra vez-, lo que te pi­da la Fraternidad, no te lo pido yo. Es Jesucristo, es su cau­sa… ¿Estás convencido de ello? ¿Estás convencido de que la causa de la Fraternidad es la causa de Dios y de su Hijo, Nues­tro Señor?

-Sí, padre.

-Per saecula seculorum.

-Amén. -Dominus tecum. -Et cum spiritu tuo.

-¿Quieres mi bendición?

-Más que nada en el mundo, padre.

Rompiendo a medias el apretón de manos, que empezaba a ser doloroso, dulce y penitencíalmente doloroso, Monseñor alzó un brazo sobre la cabeza de Esteban.

-Te bendigo, Esteban, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Que ellos sean contigo y contigo perma­nezcan para siempre.

Pese a que, como consecuencia del saludo individual al Fun­dador, la ceremonia habíase alargado y era tarde, Esteban, cuando salió de la Basílica, decidió ir caminando hacia la ca­sa de su madre, donde tenía por costumbre comer todos los domingos, con redoblado sentido de la obligación, de la cari­dad, desde que murió su padre. Deseaba digerir espiritualmente la experiencia recién vivida, durante el paseo, antes de enfren­tarse con sucesos pertenecientes al ámbito de lo vulgar cotí­díano.

Esteban quería mucho a su madre, y con gusto renunciaba todas las semanas al gratísimo ambiente de la casa de la Fra­ternidad, su casa, para ir a verla, aunque temía encontrarse allí con su cuñado, casado con su única hermana, quien con ella solía acudir también al domicilio familiar los domingos que el Real Madrid no jugaba en casa. Absorbido por las emo­ciones y los preparativos del encuentro con el Fundador, Es­teban ignoraba si hoy se daría o no ésta que hubiera sido para él providencial circunstancia. Menos que nunca se encontra­ba en disposición de ánimo para soportar las chanzas de Euse­bio, en sus días de estudiante cercano a la Fraternidad y, al presente, lo temía, probablemente alejado incluso de toda prác­tica religiosa.

Y lo malo era que, en ese orden de cosas, ni siquiera podía contar con la ayuda de su madre, quien, a pesar de su acen­drado catolicismo, en tratándose de la Fraternidad, a la que tal vez no perdonaba en su inconsciente que le hubiese quita­do a su único hijo para hacer de él, como solía decir, «aquella cosa tan rara», mostraba en las discusiones una neutralidad excesiva y, por excesiva y ostensible, mortificante.

-Un cura que no dice misa, ¡habrase visto! Si por lo me­nos te hubieses hecho jesuita o dominico, o simple sacerdote diocesano… Algo normal, pero esto…

-Madre, madre -le respondía él, con un matiz, última­mente, de desaliento y de cansancio-, somos milicia de Cristo Rey en medio del mundo, en todas las capas de la sociedad, como dicen nuestros estatutos. ¿Por qué no quieres compren­derlo?

-Y si no os casáis, y estudiáis lo que estudian los curas, y vivís en conventos…

-Conventos no, madre… Casas.

-¡Es lo mismo! En comunidades religiosas, casas profesas o como queráis llamarles… Si hacéis todo eso, ¿por qué no sois sacerdotes, religiosos, frailes, como Dios manda?

-Porque hemos recibido otra vocación, otra llamada, la de ser levadura, fermento, en medio de la sociedad; por eso. Se trata de una forma nueva de espiritualidad, de vivir el servi­cio pleno a Dios y a la Iglesia en medio de los distintos am­bientes profesionales.

-Y ¿no es eso lo que vienen haciendo todos los buenos cris­tianos, desde los de la primitiva comunidad?

-Sí, pero nosotros lo hacemos siguiendo a la vez los con­sejos evangélicos…

-Eso, eso, ahí está el invento, ahí está lo raro.

-…Por lo demás, somos cristianos corrientes.

-¿Cristianos corrientes? No me hagas reír. ¡Si ni siquiera podéis ir al cine que os apetece…! Vivís separados, no ya del resto de la gente, sino hasta de los demás cristianos, en vuestro gheto particular, como si temieseis contaminaros.

-Como el Señor a sus discípulos, la Fraternidad no nos quie­re separar del mundo, sino librarnos del mal.

¿Cuántas veces había dado aquellas explicaciones? Pero era inútil; su madre parecía no querer enterarse. O era incapaz de digerir que aquel muchacho tan prometedor, con dos ca­rreras, la de medicina y la de bioquímica, no hubiese corona­do su juventud con un buen casamiento.

La visión de una cabina telefónica le hizo concebir la idea de llamar a su casa y decir que no podía ir a comer. Sí, pe­ro… ¿Con qué excusa? ¡Si al menos la misa se hubiese pro­longado! Porque lo que él no podía en modo alguno hacer era decir algo que no fuese cierto… Sin paliativos, una mentira. No. En la Fraternidad le habían inculcado el culto a la since­ridad, a la verdad, por encima de todo; el rechazo inclusive de las medias verdades o de la ocultación de la realidad de los hechos, por insignificantes que fuesen, mediante el poco honesto ardid de dar la callada por respuesta. En los retiros y en los círculos de estudio, se recordaba a menudo aquello del Sermón de la Montaña: «Sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no; que lo que pasa de esto viene del maligno». Sólo los lla­mados por el Padre, en Combate, su conocido libro de máxi­mas, «santo disimulo» o «mentirilla estratégica», era permiti­do cuando se trataba de la mayor gloria de la Divina Fraterni­dad. Pero tal no era el caso, ni muchísimo menos. Lo que él pretendía era eludir una ocasión de poner a prueba su fortale­za; aunque… ¿No le habían aconsejado también, una y mil veces, evitar cualquier circunstancia en la que una crítica ma­liciosa pudiera sembrar en su espíritu la duda o la zozobra? «La Hermandad es de constitución sobrenatural; la Herman­dad es, por consiguiente, perfecta. Respecto a ella no puede darse ni siquiera la llamada crítica constructiva, pues, al estar por encima de toda contingencia, no es ni perfectible ni en nin­gún sentido modificable. La Fraternidad es lo que es. Lo que Dios ha querido que fuese. Cerrad pues vuestros oídos a los cantos de sirena de quienes se acerquen a vosotros fingiendo buena voluntad; no hagáis caso a los falsos amigos que, con sonrisa de bondad fingida, se acercan a vosotros diciendo que lo que pretenden es ayudaros. Sólo vuestros directores espiri­tuales están en disposición de hacerlo, pues para eso han sido formados. Desconfiad, desconfiad una y mil veces de los tro­vadores que entonan sus cánticos del lado de fuera de las mu­rallas de vuestra Jerusalén celeste, trozo del cielo en la tierra».

El alma de Esteban Monterde era en aquel momento, cuan­do se encontraba a apenas dos manzanas de la casa de su ma­dre, un campo de tribulaciones. ¿Cómo debía proceder en aque­lla circunstancia? Ah, qué dolor no poder consultar con su ángel de la guarda, como otros hermanos, más santos que él, más altos en la escala del espíritu, aseguraban que podían hacer, escuchando una voz musical portadora de consejos infalibles. Él preguntaba en su interior, aplicaba el oído, y no oía otra cosa que el prosaico y característico rumor del tráfico domin­guero.

«Hijito -recordaba las palabras de don Estanislao, su con­fesor-, cuando te atormente la duda, reza el Acordaos, la ora­ción de Bernardo de Claraval a la Santísima Virgen. Ella te iluminará, tenlo por seguro».

Y así lo hizo, pero ni por ésas. La duda persistía, hasta tal punto era todavía imperfecto. Se acercaba al portal de la casa de su madre y aún no sabía qué era peor, si decir una mentira que no sabía discernir si era o no era estratégica, o exponerse a hacer frente a las ladinas insinuaciones de su cuñado, preci­samente el día en que su primer encuentro cara a cara con mon­señor había inundado su alma de un gozo capaz de promover, como de hecho había promovido, lo que en Combate era lla­mado «santo orgullo».

Algunas de las palabras pronunciadas por el Fundador atro­naron en el interior de su cabeza. «¿Puedo decir en tu nombre al Señor, cuando me quede a solas con El, en el Sagrario, que podemos contar contigo, que podemos esperar obtener lo que de ti necesitamos?» ¡Dios infinito! Aquello y convertirle en un elegido ¿no era la misma cosa? Pues entonces, ¿cómo podía experimentar un sentimiento tan opuesto a aquel goce mara­villoso que experimentó ante él, cuando comprendió que así había sido? «No, Esteban, no», se dijo a sí mismo. «Aunque insignificante y periférica, eres una partícula de la gran pie­dra angular. Tu est Petrus. Tu est Petrus. Sobre ti se levantará algo grandioso. Aún lo ignoras, pero sin duda te comunicarán en breve de qué se trata. Siendo así, las acechanzas del infier­no no prevalecerán contra ti, puesto que formas parte de los cimientos».

Volvió a rezar el Acordaos y se sintió revestido de la coraza del hombre nuevo.

CAPÍTULO II

No era ya el Esteban temeroso y dubitativo, sino el soldado de Cristo, que todo cuanto hacía, lo hacía por amor a Dios, quien pulsó el timbre de la puerta del piso de su madre.

«Si se hace por amor a Dios -podía leerse en una máxima de Combate- nada es insignificante… Acabas de saborear una deliciosa fruta. La comida ha sido abundante y estás ahíto. Y he aquí que tu madre llega con una apetitosa tarta, prepara­da para ti con todo cariño. Pero tú, ay, no tienes ganas. ¿La vas a desairar? Pon tu mente en la Sagrada Familia de Nazaret y, por amor de Dios, ¡tómate dos trozos!»

Esteban Monterde estuvo seguro de que el Espíritu Santo le poseía cuando, apenas hubo abierto la puerta y sin respon­der a su saludo, la madre le dijo:

-Te he preparado un postre especial. Aquella tarta de ye­ma que tanto te gustaba de niño.

La coincidencia entre sus pensamientos y los hechos no podía obedecer al azar. Verdaderamente, Dios estaba en todas partes.

Siguió a su madre hasta la cocina. Cuando la luz del venta­nal le dio en la cara, la autora de sus días tuvo un sobresalto.

-¿Qué te pasa, hijo? Pareces haberte llevado un susto.

-No me pasa nada, mamá. Simplemente, estoy muy fati­gado.

-No habrás vuelto a hacer uno de esos ayunos demencia­les, ni a flagelarte como un anacoreta…

-¡Por Dios, mamá!

Y, en aquel momento, la anunciación sonora del evento me­nos deseado: la voz de su cuñado Eusebio, premonitoria del encuentro inevitable, llegaba por el pasillo, procedente del sa­lón.

-¿Ha venido ya el api5stol?

Hecha trizas, la coraza marcial se vino abajo, dejándole, me­tafóricamente y en cuanto a fortaleza espiritual se refería, en paños menores. Era demasiado el contraste, se dijo Esteban, demasiado, demasiado, pensando en lo acontecido en la basí­lica.

De nuevo la voz:

-¡Santazo, déjate ver!

Y un murmullo más dulce, la voz de su hermana, ininteli­gible, pero con tono inconfundible de estar llamando al orden a aquel aliado del diablo.

Y el caso era que los sentimientos de Esteban hacia su cu­ñado registraban una especie de claroscuro, una mezcla de re­chazo y atracción bastante difícil de explicar. No era sólo que le amase como amaba a todo prójimo, inclusive a los hostiles, o como al marido de su única hermana, y por lo tanto su her­mano -un prójimo más próximo, en definitiva-, era también que sentía una cierta admiración por su sinceridad, su alegría a prueba de dificultades y sinsabores, su honestidad induda­ble. Pero, a la vez, le temía; le temía y, en ocasiones, cada vez más frecuentes, deseaba tan poco su compañía como un reo podía desear la de su verdugo.

Hacía unos años, antes de que Eusebio soñase siquiera con ingresar en la familia Monterde, habían sido buenos amigos; más aún, compañeros de ideales políticos, de justicia social e inclusive religiosos. De hecho, sólo el punto de vista de ca­da uno de ellos sobre la Divina Fraternidad de Cristo Rey los separaba. Pero, ahí era nada. Para Esteban, la Fraternidad sig­nificaba lo más importante del mundo, la razón de su vida, la única forma concebible por él de realizarse, de cumplir su fin temporal y de salvar su alma. Para Eusebio -Dios le

perdonase-, que no tenía pelos en la lengua a la hora de cri­ticar, aquella sagrada congregación se presentaba, por el con­trario, como una especie de federación de empresas naciona­les y multinacionales, disfrazada de orden religiosa para elu­dir impuestos y conseguir gabelas, sobre todo en la época, co­mo él decía, del ancien régime. Y hablaba de todo esto ade­más con el agudo espíritu crítico y la ironía terriblemente afi­lada de los que el demonio le había dotado.

Para Esteban, sólo oír llamar «orden religiosa» a la Frater­nidad, que era una asociación de fieles, o religioso, en vez de sacerdote, a su Fundador, era algo que le sacaba de sus casillas… Hasta donde el autodominio conseguido mediante la oración y el sacrificio se lo permitía, naturalmente. Y el otro parecía no querer asimilar sus aclaraciones con el deli­berado propósito de mortificarle.

-El padre, el padre… Pero, ¿es que no habéis leído Mateo veintitrés nueve?: «No llaméis padre a nadie de esta tierra, por­que uno sólo es vuestro Padre, el que está en los cielos».

-Las palabras tienen acepciones diversas.

-¡No me digas! Y el padre nuestro y el padre vuestro no es el mismo ¿eh?

Y Esteban, hacia adentro: «Ave María Purísima», con el pen­samiento puesto en una máxima de Combate: «¡Tonto, tontísi­mo! ¿Qué te importa lo que digan, si tú vas derecho a tu fin, cabeza y corazón borrachos de Dios? ¿Qué te importa el mu­gido, el gruñido o el relincho?»

Lo peor, pensaba Esteban, no era que le mortificase a él, era que, criticando una institución de creación divina, inspi­rada por el mismo Dios que, en su infinita complacencia, se había avenido a dictarle los estatutos, durante los años de la República, a aquel joven y entusiasta sacerdote gallego que fue, antes de convertirse en Monseñor, Gran Hermano y Pa­dre, don Josemaría Ximénez de Betanzos y Alcocer… Haciendo eso, ponía en peligro su alma.

Lo malo era que Eusebio empezaba por no admitir eso: que la Fraternidad había sido creación directa de Dios, quien se había servido de Monseñor Ximénez de etanzos sólo como de un instrumento… Y lo negaba terco:

-¡Creación directa de Dios! ¡No digas chorradas!

-¿Cómo, si no, se explica que, en menos de medio siglo, haya logrado tener más de cincuenta mil hermanos repartidos por los cinco continentes? ¿Que la ocurrencia de un joven sa­cerdote sin medios, en el seminario de León en mil novecien­tos treinta, haya dado un fruto tan inmenso?

-¿Y eso te parece a tí sobrenatural? ¿Que se haya extendido por todo el mundo y que tenga tantos adeptos?

-¿Qué otra cosa puede explicar ambas cosas sino la ayuda directa de Dios?

-¡Vamos Esteban! Esos efectos no indican causas sobrena­turales.

-Las indican, claro que las indican.

-Por esa regla de tres, tendrás que convenir que con Hi­tler, que no era más que un cabo en la Primera Guerra, y con Carlos Marx, que, si no es por Engels, se muere de hambre en Londres, el Altísimo hizo horas extraordinarias. Porque a Hitler no le siguieron unas decenas de miles, sino millones de gentes; en cuanto a Marx, no es que le hayan seguido mi­llones, y de todos los continentes, sino que ha cambiado el curso de la historia. De modo que, ese argumento…

Para todo parecía tener salidas aquel hombre poseído por el espíritu de la contradicción.

Cuando Esteban, en sus primeros tiempos de pertenencia a la Fraternidad, había advertido la desviación de su cuñado, sintió que sus primeras labores apostólicas debía ejercitarlas con aquellas personas que la vida le ponía más al alcance de la mano. Consecuente con este propósito, y en razón de ser Eusebio también un recién ingresado en una nueva cofradía, la de los casados -clase de tropa, no estado mayor de Cristo, como decía Combate, mas no por ello desatendible-, consi­deró oportuno invitarle a un círculo de estudios en el que se iba a hablar precisamente del matrimonio y la peternidad res­ponsable.

Eusebio, a la sazón no tan recalcitrante como se mostraba ahora, aceptó acudir, e inclusive llevó consigo a un compañe­ro de trabajo, lo que hizo pensar a Esteban que sus oraciones habían duplicado el fruto. Pero el comportamiento del amigo de Eusebio durante el coloquio que siguió a la intervención del director del círculo había sido sencillamente bochornoso.

El sacerdote había dicho y repetido, entre otras cosas pro­fundísimas, adobadas en citas de las homilías de Monseñor Ximénez de Betanzos, que los hijos eran una bendición del Cielo, que había que tener los más posibles, todos los que Dios quisiera. «Por obediencia al divino mandato y porque además, no seáis bobos, que no es ninguna broma lo que la sabiduría popular proclama; es cierto que cada hijo viene al mundo con un pan bajo el brazo. ¡Tened hijos, tened hijos! Es una buena inversión, incluso a nivel humano. Una inversión, además, que Jesucristo, Santa María y San José, toda la Sagrada Familia avala.

Esteban evocaba con pesadumbre su propia ingenua felici­dad, experimentada al ver al amigo de Eusebio levantar el brazo pidiendo la palabra. No se comportaba como una marmota, según la expresión de Combate, «sino con espíritu participa­tivo, como un remero por los mares de la eternidad».

Pero va aquel desaprensivo y dice:

-Padre.

-Yo no soy tu padre -dijo el sacerdote, lo recordaba muy bien Esteban, entre las risas cómplices de los reunidos.

Comprendiendo o, menos aún, barruntando algo, el amigo de Eusebio preguntó:

-¿Cómo debo llamarle entonces?

-Don Miguel, simplemente.

El amigo de Eusebio (ni siquiera recordaba su nombre) ha­bía sacado el labio y encogido los hombros, mirando a diestra y siniestra con indudable descaro.

-Bueno -dijo al fin-, don Miguel. Dice usted que los hi­jos son una bendición del cielo. Le puedo asegurar que tengo amigos para los que sus hijos son una auténtica maldición. De todas formas, si usted considera de verdad que tenerlos es tan maravilloso, yo le pregunto: ¿por qué no los tiene usted? ¿Por qué no los tienen los hermanos de usted que ni siquiera han recibido las sagradas órdenes?

-Ese es otro problema, hijo mío -respondió don Miguel, con aquella su paciencia de santo.

Y entonces estalló la bomba.

-¿Otro problema? Bueno. Lo dejaremos para otro día. Lo que yo quería decirle ahora es que yo sí tengo hijos, tres, y puedo asegurarle que los adoro, y que no cambiaría la felicidad de ser su padre por la mejor posición en esta tierra. Pero lo que no veo por ninguna parte es ese cariz financiero que usted le con­fiere al hecho de tener hijos. Puedo asegurarle a usted que mis hijos, su educación, su manutención, me crean auténticos pro­blemas económicos, y eso que son chicos sanos. Y, en cuanto a eso de que vienen con un pan bajo el brazo… Si le digo la verdad, económicamente hablando, ya que usted ha planteado el tema en ese terreno, en lo único en que yo he ido notando el aumento en el número y el crecimiento de mis hijos es en la velocidad a que desaparecen el papel higiénico y los yogures.

Una estentórea carcajada de Eusebio, que sonó sacrílega so­bre el silencio estupefacto de los circunstantes, fue la única respuesta a la impertinencia imperdonable, consecuencia de la cual fue una llamada del director de su casa, quien le pro­pinó una corrección fraterna que le dolió más que una bofeta­da. Le dijo con palabras secas que, una vez dentro de la Fra­ternidad Divina, había que tener un extremo cuidado no sólo con las personas a las cuales se atraía a las reuniones, sino también con aquéllas cuyo trato uno frecuentaba.

-Pero -se había atrevido a preguntar Esteban, poco du­cho aún en las costumbres de la casa- ¿y el amor al enemigo que Jesús predica en el evangelio?

-Ama cuanto quieras a tus enemigos, Esteban, ámales con toda tu alma. Pero no tengas trato con ellos. Y, además, acos­túmbrate a no decir Jesús, sino Cristo.

Esteban tuvo muy en cuenta aquel consejo y aprendió a con­siderar a los enemigos de Dios y de la Iglesia como enemigos personales suyos. En lo sucesivo, procuró no juntarse más que con miembros y simpatizantes de la Fraternidad y ejercer su apostolado obligatorio en terrenos abonados, no en campos sembrados de minas y donde pudiera mezclarse el trigo con la cizaña.

-Ante todo estás tú, hijo mío, tu propia alma, que es de lo primero de que tendrás que dar cuenta al Señor el día del Juicio. Recuerda aquello de Santa Teresa. La caridad bien en­tendida empieza por uno mismo.

Siguió el consejo y nunca más volvió a ponerse en peligro. En la casa central de los Laboratorios Pfeninger, donde ocupa­ba una subdirección, eludió cuidadosamente todo trato con quie­nes, por leves que fuesen, mostraban proclividades agnósticas o marxistoides. En cuanto a expansiones y divertimientos, en­tre los pocos que se permitía, sólo los tomaba de entre los que le ofrecía el Centro Recreativo de San Andrés Apóstol, cuyos socios eran todos hombres, por supuesto. Esa lección sí la ha­bía asimilado Esteban desde el primer momento: más peligro para el alma que en el trato con quienes profesaban ideologías ateas y materialistas, existía en el trato con la mujer.

Pero… ¿y su cuñado? ¿Cómo eludir el trato con el marido de su única hermana? Lo consultó con su confesor y con el director de su casa y el consejo fue el mismo.

-Reza mucho por él, haz sacrificios por él, predícale con la palabra y el ejemplo. Que seas tú el que le arrastres a tu terreno. No pises nunca el suyo. Y si alguna vez te empieza a decir algo que temas pueda afectar tu reciedumbre, cierra los oídos y, aparentando estarle escuchando -¡el Santo disi­mulo!- reza hacia dentro las letanías lauretanas. La Señora acudirá en tu auxilio, no lo dudes.

Algo, ciertamente, según pudo comprobar Esteban, mucho más fácil de decir que de llevar a la práctica.

Sin embargo, después de aquel desdichado incidente en el círculo de estudios, las relaciones con su familia habían co­nocido un largo período de completa bonanza. Las hostilida­des no se volvieron a romper hasta que, en una de aquellas comidas dominicales, y ante una pregunta muy directa de la madre, el joven matrimonio reconoció estar retrasando, me­diante anticonceptivos, el nacimiento del primer fruto de su matrimonio. Esteban, a quien se le cortó la digestión oyendo confesar a duo, con tan pasmosa tranquilidad, aquel espanto­so crimen, se sintió obligado a intervenir, siguiendo los dicta­dos de su conciencia.

A la mañana siguiente, fue a casa de su hermana y, sonroján­dose hasta el tuétano de los huesos, le dijo que, ya que ella y su marido estaban evitando la irrupción en el planeta de un nue­vo hijo de la Iglesia, cosa que él no veía justificada en su situa­ción, pero que al fin y a la postre pertenecía a la jurisdicción de la conciencia de ellos, al menos lo hicieran por medios natu­rales, como había recomendado en múltiples alocuciones y tex­tos Su Santidad Pio XII. Antes de marcharse, hizo obsequio a Alicia del libro La temperatura, guía de la mujer, del doctor Sa­cha Geller, publicado por una casa editora de la Fraternidad.

-Alicia -le dijo ya en la puerta-, tú siempre has sido una mujer de fe. No te dejes arrastrar a la senda de la perdición. Al contrario, procura ser tú quien haga retornar a tu marido al buen camino.

Al domingo siguiente, cuando acudió a comer a casa de su madre, no se encontró con el Eusebio zumbón, crítico e iró­nico de siempre, sino con un loco furioso en pleno ataque.

-Supongo -decía blandiendo el libro del doctor Sacha Geller- que te debo agradecer tus desvelos por la salvación del alma de mi mujer y de la mía propia.

-Voy a dar una vuelta al estofado -dijo la madre, quien, era evidente, estaba al tanto del problema.

-No, madre -dijo Eusebio-, quédese. Usted tiene el de­recho y el deber de escuchar lo que le voy a decir a este predi­cador, a este moralista que se atreve a aconsejar a los demás porque se sabe perfecto.

-Yo no me creo perfecto -dijo tímidamente Esteban-; al contrario yo…

-Escuche usted, escuche usted -siguió el otro, sin tener en cuenta la interrupción-. Este imbécil -se refería al autor del libro-, que se atreve a hablar de la espontaneidad del amor conyugal y de que los únicos lícitos para el control de la nata­lidad son los medios naturales, aconseja a las mujeres que se metan diariamente un termómetro en el recto, para después, con arreglo a unos gráficos diseñados por él supongo que so­bre la vagina de la suya, sepan si tal día o tal otro son o no son fecundas.

Nunca había visto Esteban a su cuñado tan fuera de sí, lívi­do y dejando escapar una espumilla espesa por la comisura de los labios.

-Madre, por favor, escuche. Después de intentar conven­cer a sus lectores de que sólo la temperatura rectal, tomada por la mañana a la misma hora, ofrece garantías plenas, este santísimo hijo de su madre escribe lo siguiente -ahuecando la voz en imitación de un orador imbécil:- «un consejo sen­cillo y eficaz: colóquese la gráfica de temperatura sobre la me­silla de noche con el termómetro y un lápiz: así se tendrá todo lo necesario y se puede tener la seguridad de no olvidarse. Con la ayuda del hábito, ya no habrá que tener ninguna preo­cupación».

Dio un manotazo al libro y recuperó su tono de voz, aun­que en el diapasón impuesto por la alteración de su ánimo.

-¡Increíble! A esto llama este hijo de puta espontaneidad y naturalidad. ¡Esto es un atentado a la dignidad de la mujer, Esteban! ¡Esto ensucia el amor! ¿Te imaginas? Un esposo lle­ga a su casa después de un viaje, por ejemplo; abraza a su mujer, se producen entre ellos esas sublimes manifestaciones de ternura y mágica atracción que sólo tienen un posible lu­gar de culminación: ¡el tálamo! ¡El sacratísimo tálamo, Este­ban! Pero entonces, según tú, según éste, según vosotros, uno de los dos, el más sensato, el más santo, tiene que enarbolar la señal de dirección prohibida y decir: «Detengámonos. Eche­mos primero un vistazo al calendario o al termómetro, des­pués de haberlo metido por supuesto en el sitio ése».

Sólo el llanto coral de Alicia y de la madre pudo poner fin a aquella terrible escena, que Esteban trataba de olvidar aho­ra, mientras retrasaba lo más posible el instante del encuentro con su cuñado.

Finalmente, instado por su madre, no tuvo más remedio que encaminarse al salón, «para saludar a sus hermanos».

-Hola, Alicia -dijo-, hola Eusebio.

Por él, no hubiese besado a su hermana -«una hermana también es una mujer», solía decirle su director espiritual, «¡mucho cuidado!, que el príncipe de este mundo acecha des­de el lugar menos pensado y, como dice Combate: “Aunque la carne se vista de seda, carne se queda”»-, pero, como ella se le acercó para que lo hiciera, depositó un leve y casto beso sobre su frente. Luego tendió la mano al cuñado.

-¿Qué tal? -dijo Eusebio- ¿Te apetece un vermut? Tene­mos que brindar, porque hoy ha sido para vosotros un día gran­de, ¿no?

Aquel vosotros, que ningún espectador ajeno al pugilato que, expresa o tácitamente, siempre se daba entre aquellos dos hom­bres, y por la misma causa, hubiese podido distinguir, ni por el tono ni por el volumen, del resto de las palabras de la breve frase, se clavó en la cabeza y el corazón de Esteban como una lanza. Era el heraldo anunciador de que aquel día la conver­sación, durante la comida y la sobremesa, no versaría sobre política o deporte, el coste de la vida o el arte abstracto, sino sobre la Fraternidad.

Como así fue, desdichadamente. Tras unas preguntas im­pregnadas de curiosidad aparentemente -y quizá también en el fondo- neutra y convencional, en la que hasta el especta­dor menos objetivo e imparcial hubiese sido incapaz de per­cibir el más leve atisbo de segunda intención o reticencia, acerca del motivo de la venida del Fundador a España, Esteban se encontró frente al Eusebio envenenado y tenaz de los peores acosos.

-Sólo vosotros, sus hijitos, que llegáis con el cerebro com­pletamente lavado y el sentido crítico extirpado al momento en que escribís la famosa carta, sois incapaces de verlo, Este­ban. Para los demás, en cambio, para quienes no nos dejamos poner anteojeras, está perfectísimamente claro.

-¿El qué está claro? -preguntó Alicia, que llegaba de la cocina con la cafetera y se había perdido los últimos lances del diálogo.

-Pues que monseñor, utilizando no sé si consciente o in­tuitivamente (yo creo que conscientemente, aunque también es posible lo contrario respecto a las formas, no respecto a la intención, que es positivamente voluntaria), utilizando to­das las técnicas del marketing, la publicidad y el lanzamiento de imagen, ha planificado su vida, desde un cierto momento, desde que, entre Hitler, Mussolini y los masones le inspira­ron la Frater, para llegar a ser en el futuro un santo, un funda­dor y santo, como Santo Domingo y San Ignacio.

-La santidad no se planifica protestó Esteban, con voz débil.

-No, seguramente, la verdadera. Pero sí la que pretende ese megalómano paranoico.

-¡Eusebio!

-¿Por qué se firma Josemaría, vamos a ver, en una sola palabra?

-Por devoción a los padres del Señor; para unirlos estre­chamente sobre el papel, tanto como él los une en su alma.

-Pero ¿es que no estaban unidos ya? ¡Venga, hombre! Se firma así para distinguirse, y para llegar a ser el primer San Josemaría de la historia.

-No digas insensateces.

-¡Insensateces! ¿Tú has leído el libro de Juan Carande, «Vida y milagros de Monseñor Ximénez de Betanzos, fundador de la Divina Fraternidad de Cristo Rey»? ¡Claro que no lo has leído! No te dejan. Eres libre, libérrimo, pero no puedes leer lo que quieres, ni hablar de lo que quieres, ¡ni pensar en algo que el sábado siguiente no puedas exponer sin sonrojo ante tus hermanitos, en esas confesiones públicas que hacéis y que constituyen la más clamorosa manipulación de las concien­cias que conozco…! Pues en ese libro, Esteban, se demuestra hasta la saciedad, y con testimonios irrefutables, que tu mon­señor, desde muy niño, tuvo unas tremendas ínfulas aristocra­tizantes… ¡Otra! ¿Por qué solicitó un marquesado?

-Por dos razones. Para demostrar que incluso los títulos nobiliarios pueden santificarse y para recompensar a su her­mano por todos los sacrificios que ha hecho en aras de la Fra­ternidad. Aunque tú no lo sepas ver, esa petición demuestra la profunda humildad del Padre.

-¡Dios infinito! ¡Una prueba de humildad, que yo no sé ver, la solicitud de un marquesado!… Pero, ¿cómo la voy a saber ver? ¿Cómo voy a entender, ni yo, ni ninguna persona en sus cabales, que quien escribe que «los honores, las distin­ciones, los títulos, son cosas de aire, hinchazones de sober­bia, mentiras, nada», tenga más títulos honoríficos que nadie en este país y, además, solicite y obtenga un marquesado que para colmo es un invento. Es la repera. Por un lado, demues­tra ambicionar como nadie éxitos y aplausos y, por otro, acon­seja seguir la senda del ascetismo. Vuestro padre, cualquier día, nos construye el círculo cuadrado.

-Ya te he dicho que el título lo pidió para favorecer a su hermano.

-¿Y por qué no lo favoreció con oraciones? ¿Por qué lo quiso favorecer, si de verdad lo quería favorecer, con algo que él mis­mo dice que es aire, mentira y nada? Y, antes de eso, ¿no se ha llamado sucesivamente, y nadie sabe con qué derecho hizo los cambios, José Jiménez Alcocer, José María Jiménez Al­cocer, José María Ximénez (con equis) Alcocer, José María Ximénez de Betanzos y Alcocer, Josemaría (todo junto) Xi­ménez de Betanzos y Alcocer y, por fin, Marqués de Villare­na…? Mira, Esteban, que yo he estado en tandas de ejercicios espirituales vuestros; unas cuantas veces; y en todas me ame­nazaron con que el día que se muriese monseñor nos entera­ríamos los pobres mortales de la cantidad de hechos sobrena­turales acontecidos durante su existencia. Eso, cuando formaba parte del grupo. Que, cuando me pescaba a solas el numera­rio de turno por los pinares, ya concretaba apariciones de la Virgen, para aconsejarle por ejemplo la fundación de la rama femenina de la Fráter, y hasta algún que otro milagro.

-Y si es verdad que los ha hecho, ¿por qué no decirlo?

-¡Pero si no los ha hecho, bobo! ¿Quién los ha presencia­do? ¿Quién ha sido testigo de esas intervenciones sobrenatu­rales? Él las cuenta y vosotros os las creéis… Las menos im­portantes; que las otras, como que, cada día, antes de empe­zar el trabajo, despacha directamente con el Altísimo, las va escribiendo y metiendo en un sobre cuyo contenido conoce­réis después de su muerte y también os creeréis… Mira: Ca­rande demuestra las inclinaciones aristocratizantes precoces de monseñor y su esteticismo de lo menos evangélico. Yo voy más lejos: yo afirmo que ha planificado su vida para que, a la larga y narrada, resulte como el prototipo de la vida de un santo. ¡Pero si no hay más que ver cómo le facilita la labor a sus biógrafos! Siempre lleva, según dicen, dos a los costa­dos, recogiendo para la posteridad todos sus hechos y ocu­rrencias; sus pruebas de heróica humildad, como cuando se lanzó a lamer en el suelo la sopa que a una pobre oblata se le había derramado. ¡Pura soberbia y espectáculo! No para re­coger por supuesto sus ataques de ira nada edificantes, por­que una puerta no se pintó como él dijo, o porque las naranjas valencianas que le gustan no han llegado a Buenos Aires en el vuelo anterior al que transportaba su sacratísima persona…

¿Y las reliquias? ¿No se están coleccionando? Bajo su direc­ción, por cierto, porque, si no, ¿cómo iban a localizarlas? Co­mo bajo su dirección se eligen fechas significativas para cual­quier inauguración, cualquier visita suya, para que el día de mañana se pueda decir que todo estuvo diseñado por la divina gracia… ¿No se están coleccionando todas sus reliquias? La casulla con la que celebró la primera misa, el cáliz de ídem, su breviario, sus sotanas…? ¿Me vas a negar que os habéis gastado un fortunón en adquirir la casa donde nació, en Be­tanzos? Pero… Si es que empieza uno y no acaba. ¿Y esa tum­ba faraónica que se está construyendo cerca de su pueblo? ¡Dos mil quinientos millones! Un crimen. En un mundo en el que diariamente se mueren de hambre cinco mil seres humanos, gastarse cerca de tres mil millones en un monumento a la va­nidad de ultratumba es un verdadero crimen…

-Un monumento, no. Una gran iglesia en honor a Nuestra Señora, como ella se merece. Una iglesia a la que diariamen­te acude cantidad de gente, desde todos los puntos de la tie­rra, a confesarse.

-¿Y para confesarse necesitan un santuario? Que se confie­sen en un pajar, que es también donde suele pecarse. ¡A con­fesarse! Pero, ¿a que no se confiesan de que, mientras ellos se permiten ese lujo turístico, en Etiopía, en Tanzania, en Ugan­da, miles y miles de seres humanos se están muriendo de ham­bre?

Esteban comprendió que había llegado el momento de de­jar de escuchar y empezar a rezar hacia adentro las letanías lauretanas.

CAPÍTULO III

Tres días después de aquel terrible domingo, Esteban se en­contraba solo en su despacho, terminando de rezar el ánge­lus, cuando sonó el teléfono. Una voz femenina pronunció, con leve matiz inquisitivo:

-Auxilium fraternitatis.

Esteban respondió:

-Ora pro nobis.

Sabía perfectamente que, de no haber respondido así, hu­biese sonado un «perdone» al otro lado de la línea y la comu­nicación se habría cortado. Identificado por medio de la con­signa, la voz siguió, ya con tono de telefonista terrenal:

-¿Don Esteban Monterde?

-Al aparato.

-Un segundo. Le va a hablar don Juan José Menéndez.

¡El Provincial de las Dos Castillas! Esteban estuvo a punto de abandonar el sillón y ponerse de hinojos. No había tenido tiempo de digerir el primer bocado de emoción, cuando sonó la voz del provincial, con la campechanía y jovialidad carac­terística de los fraternales:

-Estebanito, majo, te molesto para una chorradita, no me lo tomes en cuenta.

-A su disposición, don Juan José. Me hace un honor lla­mándome.

-Mira, hijo. Se va a poner en contacto contigo un chaval joven, hermano nuestro, que se dedica (y creo que con mu­cho porvenir) al noble oficio de las letras. Es un tipo estupen­do y tengo interés en ayudarle. Al parecer, está escribiendo una novela, con vistas a la cual necesita una información que nadie mejor que tú, cardiólogo y bioquímico, podría propor­cionarle. ¿Te incomodaría mucho concederle unos minutos?

-¡Por Dios, hermano!

-Me alegro de tu buena disposición. Ayudarás a un buen chico, puedes estar seguro.

-Lo haré encantado.

Un silencio de transición, y de nuevo la voz del provincial, en otro tono:

-¿Eres feliz?

Comprendiendo Esteban la tácita alusión a lo acontecido el domingo en la basílica de San Gabriel Arcángel, respondió con firmeza:

-Como nunca lo he sido, hermano.

Al decir esto, experimentó la liberadora sensación de que el tapón de angustia que, desde la disputa con su cuñado, le había atenazado la garganta, se deshacía en la sublime reali­dad de su pertenencia a la milicia de Cristo, a aquel ámbito privilegiado. ¡Qué tonto había sido, qué atolondrado! Se ha­bía comportado como uno del montón, justamente lo que se desaconsejaba en Combate, en una de las primeras prescrip­ciones de ese irrepetible libro, auténtico quinto evangelio: ha­bía perdido el tiempo apedreando a los perros que le ladra­ban. «¡Qué poco maduro estoy, Dios mío!» Mil veces le ha­bían dicho y repetido que de las cosas de la Fraternidad no se debía hablar con los de fuera, incapacitados para entender­las, y él no escarmentaba…

-Me alegro -aprobó don Juan José, todavía con un tercer tono de voz, aún más solemne, serio y pleno de firmeza, que le dejó a Esteban la sensación de haber salido airoso de una prueba importante.

Tal vez la llamada del Provincial había cumplido un doble objetivo: el de pedirle ayuda para aquel joven escritor y –la principal- la de pulsar el tono de su espíritu tras su encuen­tro, a todas luces excepcional, con el Fundador en la basílica.

Un nuevo timbrazo del teléfono interrumpió sus meditacio­nes.

-¿Diga?

-¿Don Esteban Monterde?

Una voz joven y tímida identificó a su dueño como Luis Mar­tín Cano, de quien «seguramente le habrá hablado a usted don Juan José Menéndez».

Esteban consideró inútil puntualizar que, efectivamente, lo había hecho hacía un instante. No pudo evitar imaginar (y luego tendría que sacrificar el postre por sus aventurados pensamien­tos) al presentador junto al presentado. «Nunca seré perfec­to», se dijo, y la aceptación de tan negativa realidad le ofuscó, aunque no hasta el extremo de impedirle comprender que la cercanía en el tiempo de las dos llamadas constituía señal ine­quívoca de que el interés del provincial en que ayudara a aquel muchacho era muy grande.

Iba a plantear el tema de la fecha y el lugar del encuentro, cuando las órdenes de don Juan José Menéndez le llegaron por medio de la joven voz, plena de timidez y peticiones de excusas:

-¿Podría usted venir a las cinco al Colegio Mayor Com­postelano?

En el Colegio Mayor Compostelano, a las cinco en punto de la tarde, se encontró Esteban con que, apenas dijo su nom­bre a la recepcionista, fue conducido por un ordenanza al des­pacho del director del centro.

El director, cuya cara no le resultaba desconocida al recién llegado, le recibió con una amplia sonrisa y tendiéndole la ma­no.

-¡Esteban Monterde! Encantado de conocerte. Mira -se­ñalaba a un muchacho delgado, pulcramente vestido como el director del colegio y él mismo, que ocupaba uno de los sillo­nes del tresillo situado a la izquierda del despacho, según se entraba, y en aquel momento se ponía en pie-, mira, te pre­sento a Luis Martín Cano, con quien creo que ya has hablado. -Sí.

Esteban estrechó la mano del joven, quien, a tal fin, se ha­bía adelantado a su encuentro.

-Bueno -dijo el director-, yo me marcho. Aquí habla­réis más cómodos.

Antes de abandonar el despacho, todavía dijo:

-Trátalo bien, maestro. Es uno de nuestros mejores cole­giales.

-Tú dirás -dijo Esteban, cuando estuvieron sentados.

El muchacho estuvo unos instantes callado, como si orde­nase sus ideas antes de empezar a hablar. Luego, con voz mo­nocorde, como si recitara una lección cuyo contenido no hu­biese llegado a asimilar del todo, pero sí aprendido su letra de memoria, con puntos, comas y tildes, informó:

-Estoy preparando una novela; una novela de ciencia fic­ción, pero cuyas partes fantacientíficas deseo que se acerquen en su exposición lo más posible, al cien por cien si ello es hacedero, a cuanto afirme, en el terreno del que en seguida voy a pasar a hablarle, la ciencia académica, de manera que ningún especialista que la lea pueda atisbar en ello la menor inverosimilitud.

Hizo una breve pausa y continuó:

-Se trata de lo siguiente: alguien quiere cometer un homi­cidio, pero de manera que, cuando se descubra el cadáver, del examen más minucioso se deduzca que la muerte ha sobreve­nido por infarto de miocardio, angina de pecho o cualquier cosa parecida.

-En términos generales, un paro cardíaco -dijo Esteban. El muchacho continuó como si Esteban no hubiese hablado:

-Hay más. Como imagino, no podrá tratarse de una dosis fulminante de… de lo que sea. Lo que yo pretendo de usted es que me indique un, digamos, tratamiento entre comillas. El tratamiento a que el homicida debe someter a la persona a la que desea ultimar para que, y esto es muy importante, decisivo para el argumento de mi obra, para que el óbito se produzca un día determinado; no antes o después, sino exac­tamente el día elegido. ¿Es esto posible?

Esteban, quien se sentía estupefacto ante el hecho de que un miembro de la Fraternidad, recomendado además por don Juan José, eligiese un tema tan escabroso, permaneció un mo­mento pensativo, casi apesadumbrado. Pero existía aquella re­comendación, para él sagrada (en primer plano de su mente, los consejos de Combate: «entender no es necesario», «razo­nar no cuenta», «la conciencia personal es mala consejera», «todo lo que te manden es voluntad de Dios», «siempre un fíat incondicional a lo que venga de un superior»), existía la inter­vención del Provincial en persona, y esto situaba su deber de obedecer por encima de cualquier otro tipo de consideracio­nes. «Obedece, decía Combate, como en manos del artista obe­dece el instrumento, que no se para a considerar por qué hace esto o lo otro. No olvides nunca que eres solamente ejecutor».

-Bien -dijo al cabo de un momento-. No pretenderás que te resuelva esa consulta sobre la marcha.

-No, por supuesto. Pero sí debo decirle que la cosa es muy urgente. ¿Mañana a esta misma hora, aquí mismo?

De nuevo entendió Esteban, aunque incapaz de compren­der, que no era aquel jovenzuelo, sino el mismísimo Provin­cial de las Dos Castillas, quien indicaba la urgencia y señala­ba el lugar y la hora. ¿Tan urgente la novela de un colegial de mente calenturienta?, había comenzado a susurrarle el ene­migo del alma en el oído interno. Pero, en seguida, en su auxi­lio, el eco de Combate: «El enemigo: ¿obedecerás, hasta en este detalle ridículo? Tú, con la gracia de Dios y el amor a tus superiores: obedeceré hasta en este detalle… heroico. Y, si tienes dudas, consulta a tu superior, pero sin comunicar a nadie tus pensamientos».

-Mañana, pues -aceptó, dispuesto a pasar la noche sin dormir, si era necesario.

El segundo día, se repitió la escena del primero desde el instante de su entrada en el Colegio Mayor Compostelano, con la excepción de que, cuando entró en el despacho del direc­tor, éste no estaba.

-Bueno -dijo Esteban, después de saludar al joven es­critor-, he pensado en lo que me dijiste. -¿Y es posible?

-Pues, la verdad, como comprenderás, era una cuestión que nunca me había planteado. Si te hubiese contestado ayer, te hubiese dicho que era muy difícil, casi imposible, adminis­trar unos fármacos para obtener los efectos que requiere el ar­gumento de tu novela… A no ser a nivel, como tú decías, de ciencia ficción.

-Pero ¿convincente?

-Digamos que suficiente.

-He dicho convincente no en el sentido de que pudiera re­sultar verosímil para un lector normal, inclusive para uno muy culto, sino también para un médico.

Esteban movió la cabeza, como respondiendo a un interro­gante que él mismo se hubiese autoformulado.

-Ya te digo que si te hubiese respondido ayer, basándome en mis conocimientos del corazón humano y de los efectos de determinados fármacos, te hubiese dicho que no; que no sería posible hasta ese punto… Fuera del ámbito, ya digo, de la fic­ción científica. Una ficción, por cierto, muy seria, fuertemente asentada en la realidad, hasta el punto de hacer verosímil un relato literario. Pero… Pero tu consulta me ha hecho meditar y hoy te puedo responder que es posible llevar a la práctica el supuesto que ayer me proponías, con el cien por cien de concordancia entre la ficción literaria y la realidad científica, según también tú, ayer, me reclamabas.

-¿Podría ser más explícito?

-Verás. Con dosis altas y continuadas de unos fármacos que se llaman bebloqueadores sr_ puede conseguir una intensa hi­potensión y un pulso lento, que puede simular perfectamente un bloqueo.

Calló Esteban, cuyo gesto era el de alguien que duda entre permanecer silencioso, porque ya ha dicho bastante, o conti­nuar hablando. Se decidió por lo último:

-Hay también algunos fármacos antiarrítmicos, los deri­vados de la Aijmalina, que aplicados en vena a dosis elevadas y sin previa dilución en suero o en ampollas de glucosa, co­mo está indicado, pueden provocar fibrilación ventricular y paro cardíaco… No hace mucho he tenido ocasión de vivir el drama provocado por la inexperiencia de un cardiólogo, y si no llegamos a tiempo con desfibrilador eléctrico, se muere la enferma por la taquicardia tan elevada que se le produjo y la fibrilación ventricular. Pero ése es otro tema. Volviendo a tu caso… literario… No sé. Hay novelas policíacas, cuyos autores sin duda son menos exigentes que tú -sonrió-, en las que los asesinos usan la digital. Pero esto no es científico, porque (cosa curiosa) la digital sólo es eficaz sobre el cora­zón enfermo, pero no tiene ningún efecto sobre el sano… Al contrario que los betabloqueantes, que, como antes te decía, pueden simular un cuadro de fracaso cardíaco, aunque dudo de que parezca un infarto.

-¿En resumen?

-En resumen, que, como también te decía antes, esto es lo que yo sabía hasta ayer, por lo que a tu consulta te hubiese respondido que no era posible un supuesto real en un cien por cien acorde con tu supuesto literario. Pero tú me has hecho pensar y ahora creo tener la solución. Una simple tableta de algo… ¿Qué te diría yo? Casi doméstico… No es que esté al alcance de todo el mundo, pero… casi, casi. Cualquiera lo puede adquirir, sin receta, en cualquier farmacia. Una simple tableta diluida en un vaso de leche, o de agua, o en la sopa, el día elegido y, tras la preparación mediante los bebloquea­dores que han ido produciendo la hipotensión o la fibrilación ventricular, se produciría el óbito.

-¿Qué tabletas son ésas?

-Eso, perdona, es lo que no puedo decirte, porque sería como convertir tu novela en un manual de asesinos o una guía para cometer un asesinato.

-Comprendo, pero…

-Mira -interrumpió Esteban-, con los datos que te he dado tienes lo suficiente, de sobra, para presentar un cuadro con alto, altísimo grado de verosimilitud científica, no digamos ya fantacientífica. Para terminar, puedes hablar genéricamen­te de una tableta. O inclusive invéntate un nombre. Muchos autores lo hacen.

-Eso haré, posiblemente. Pero… La tableta que usted dice existe ¿no?

-Sí, claro que sí.

-Y se puede obtener fácilmente…

-Ya te he dicho que hasta sin receta.

-Bien.

El joven escritor se puso en pie y, ante el asombro de Este­ban, pulsó la tecla de desconexión de una grabadora que, si­tuada sobre la mesa del director del colegio, durante todo el tiempo de la conversación, y sin que él se hubiese dado cuen­ta, había estado funcionando.

CAPÍTULO IV

Cuando, diez días más tarde, le telefoneó de nuevo el Pro­vincial, Esteban comprendió que esta llamada, y no la otra, ante la cual no se había producido la lógica asociación de ideas que en este momento se producía, la estaba esperando su in­consciente desde el momento de su encuentro con el Padre.

Don Juan José quería verle aquella misma tarde.

-Discreción -fue la última palabra pronunciada por el su­perior ante el auricular, después de concertar lugar y hora. Y ello quería decir que no debía hablar a nadie de la llamada.

En la capilla, después de la comida, a Esteban le costó un esfuerzo tremendo concentrarse, convencido como estaba de que aquella tarde iba a ser la del inicio de una nueva etapa de su vida como hermano. Lo que la Fraternidad (esto es, Dios mismo) esperaba de él, y se lo había anunciado nada menos que por boca del Fundador, lo sabría dentro de pocas horas. ¡Qué impresionante momento!

Después de llamar al laboratorio y echar una «mentirilla es­tratégica», se encaminó, no a la sede administrativa de la Pro­vincia, sino a la casa donde tenía su domicilio, junto con siete u ocho numerarios servidos por otros tantos oblatos y obla­tas, don Juan José Menéndez, quien se había justificado:

-Allí estaremos más cómodos y más fresquitos.

No hubo de advertirle que fuese puntual, pues eso entra­ba en las normas. Lo que no entraba en ellas era que fuese el propio don Juan José quien le abriese la puerta. Este deta­lle ratificó a Esteban Monterde la excepcionalidad del encuen­tro.

-Pasa por aquí.

Le llevó por un pasillo en ángulo recto hasta su apartamen­to, compuesto de un dormitorio, que Esteban sólo pudo ver a medias, a través de una puerta acristalada entreabierta, y un cuarto de trabajo.

-Siéntate.

Como también era norma de la Fraternidad, en las conver­saciones entre hermanos nunca se perdía el tiempo en exor­dios, introitos, preguntas de ritual social ni comentarios con­vencionales. Se iba directamente al grano, como hizo don Juan José:

-Te vas a Roma pasado mañana por Alitalia. Aquí tienes el billete, el pasaporte en regla, algo de dinero y una hoja con instrucciones.

Mientras hablaba, le tendía un sobre que había tomado de encima de la mesa, sobre la cual vio Esteban una hoja de pa­pel del color verde esperanza inconfundible, demostrativo de ser una epístola de orden interior o de consigna, no propiamente una carta, del Gran Hermano. Aquellas hojas verdes no tenían ningún membrete ni aparecían encabezadas por ninguna fecha. Aunque firmadas de puño y letra por monseñor, no lo estaban por su nombre y apellido, sino por un escueto patronímico: San­tiago. Además de todo esto, Esteban sabía que, apenas cumpli­mentada en todos sus extremos, sería incinerada.

-Que te vaya bien -dijo don Juan José incorporándose y tendiéndole la mano-. Y esfuérzate por ser digno de la con­fianza que, sin duda, se te va a otorgar.

Fue sin duda en un resquicio de su mente antigua, un re­ducto aún no tomado por la disciplina de la Fraternidad, don­de destelló un instante el pensamiento, mientras transitaba el pasillo en ángulo recto hacia la puerta, el pensamiento de que, para lo que había sucedido entre los dos, no era necesario es­tar cómodos ni fresquitos.

-No hace falta que llames a tus jefes del laboratorio -aña­dió el provincial cuando él estaba a punto de salir-; ya está todo arreglado. Sigue las instrucciones y, entretanto… discre­ción.

Exactamente cuarenta y tres horas más tarde de aquella des­pedida, Esteban pensaba, sin duda a través de aquel reducto de su mente aún no conquistado, que ni su madre, ni su her­mana, ni sus compañeros de trabajo ni siquiera los fráteres que compartían con él la misma casa del barrio de Salaman­ca, podían imaginar que sus ojos contemplaban en aquel mo­mento las espumosas costas de Cerdeña.

Llegado al aeropuerto de Fiumicino, y una vez cumplidos todos los trámites administrativos, se dirigió al mostrador de la Panam. Aunque se trataba de personas que no había visto en su vida, desde lejos supo que aquellos dos hombres de más o menos su misma edad eran los fráteres que, según las ins­trucciones del papel entregado por el Provincial de las Dos Castillas, le aguardaban. Por si acaso, cuando estuvo cerca, llevó su pasaporte a posarse sobre el alfiler de corbata.

Los dos recipiendiarios dieron unos pasos hacia él.

-Auxilium fraternitatis -pronunció uno de ellos.

Y Esteban respondió:

-Ora pro nobis.

A continuación de lo cual los otros dos empezaron a com­portarse como si hubiesen sido dos tifosi de la Roma y Es­teban, otro, que venía a ver con ellos un partido trascendental desde un país lejano. Bromas, carcajadas por cualquier cosa e información abundante sobre el tiempo que había hecho durante las dos últimas semanas en la Ciudad Eterna y el que se esperaba hiciese en los próximos días. Un exhaustivo parte meteorológico en correcto español aunque de indefini­ble acento.

-Vamos a ir dando un pequeño rodeo -dijo el que se sen­tó al volante, invitándole a ocupar el asiento a su lado, en tan­to el otro se metía detrás-; pero ya verás por qué lo hace­mos, ya verás qué panorama…

Y, verdaderamente, tras unos kilómetros de autopista ale­grada por un tráfico fluido, un cielo azul intenso y unas continuas masas de verdores a ambos lados, el coche se desvió, según informó el que no conducía, primero hacia la Via Aurelia y, poco después, hacia la Aurelia Antica, al objeto de entrar en Roma por el Gianícolo, al alcanzar cuya cima se abrió ante ellos una visión de la ciudad, sus innumerables cúpulas y cam­panarios, sus colinas coronadas por esos tan bien despeina­dos pinos, su colorido inconfundible, que a Esteban le produ­jo un estado de ánimo cercano al éxtasis.

El coche se detuvo en lo que, según también fue informa­do, era el Piazzale Garibaldi y sus dos acompañantes se apea­ron, invitándole a hacer lo propio. Se acercaron, y le hicieron acercarse a él, al murete que lo circundaba, junto al cual, de pronto, en una casi milagrosa transición que duró menos de dos minutos, hieráticos y solemnes, tremendamente serios, quienes hasta ese momento habían sido expertos meteoró­logos y un momento más tarde iban a convertirse en no me­nos expertos cicerones, comenzaron a rezar en voz alta una salve. Esteban, acompañándoles pletórico de emoción, com­prendió que se encontraba en el histórico lugar donde mon­señor Ximénez de Betanzos había hecho lo mismo, la prime­ra vez que llegó a Roma, acompañado por tres de sus prime­ros seguidores.

O Roma no tenía desperdicio, que era lo más probable, o sus hermanos le llevaron por andurriales que, si no constituían el camino más corto hacia su destino, sí era el más repleto de lugares históricos y monumentos sagrados y profanos. Tam­bién, alguno que tenía que ver con la mismísima historia de la Fraternidad, de sus principios, de los «tiempos heroicos», como dijo el informante.

-Mira, en ese balcón, que corresponde al primer aparta­mento que ocupó en Roma, se pasó el padre toda su primera noche romana de rodillas, dando gracias a Dios, a su Hijo uni­génito, a Santa María, San José y el príncipe de los apóstoles, por haber llegado a la capital de la cristiandad, reconocido ya legalmente como fundador de una asociación cuyos estatu­tos habían sido redactados en el Cielo. Según cuenta don Ángel Blasco, que era uno de los que le acompañaban, aunque estaba cansadísimo y todos le instaban a que se acostase, su profunda humildad le hizo desatender los consejos y no parar de rezar, la mirada fija en la cúpula de San Pedro.

Cuando por fin llegaron a la puerta de un palacio situado no lejos de la Ciudad del Vaticano, el conductor le informó jovial:

-Durante el tiempo que estés en Roma, te hospedarás en la casa central. ¡Menudo enchufado!

Casa central, cuyos umbrales ni el informador ni su acom­pañante traspasaron.

-Nuestra misión está cumplida -dijo uno de ellos-. Ade­lante, te esperan.

No sin emoción, Esteban avanzó por el sendero de grava del jardín, una vez el coche hubo desaparecido, y pulsó el tim­bre situado a la derecha de una puerta de cristales translúci­dos de colores, en cuyo centro, con la técnica de las antiguas vidrieras emplomadas, se dibujaba una copia del cuadro de Murillo, de la National Gallery londinense, titulado Las dos Trinidades. Junto al llamador, destacaba un azulejo de cerá­mica de Triana, en el que, con letras azules sobre fondo blan­co marfileño, podían leerse estas palabras firmadas por Mi­guel de Cervantes: «… pero de lo que más se contentó don Quijote fue del maravilloso silencio que en toda la casa había».

Le abrió un conserje de uniforme azul con botones dorados.

-Ave María Purísima -saludó Esteban.

A lo que el cancerbero respondió en latín, con inconfundi­ble acento romano:

-Sine labe concepta.

Se inclinó levemente y, con un ademán, le invitó a pasar y a seguirle por un pasillo de baldosas rojas, que brillaban como un río de cobre derretido. Esteban se sentía demasiado nervioso como para fijarse en más detalles.

El conserje le hizo pasar a una salita de espera, sobria pero lujosamente amueblada. Encima de una consola, un jarrón con flores y una fotografía de monseñor con el Papa. Sobre la chi­menea, una reproducción en mármol de Nuestra Señora del Triunfo, la advocación preferida por el padre y, por inevitable contagio, por todos los miembros de la Divina Fraternidad de Cristo Rey, soldados siempre dispuestos a la batalla por la fe; una batalla que, como se leía en Combate -uno de tantos in­geniosos juegos de palabras-, sólo podía terminar en triunfo.

Ocupó una esquina del sofá de un tresillo de estilo barroco colonial, regalo, según era vox fraternitatis, de unos benefac­tores mexicanos. Desde allí podía ver, en la pared de enfren­te, dos tapices, uno representando una escena del libro de To­bías y otro con la clásica estampa popular del niño ciego atra­vesando un frágil puente, sobre un río de aguas embraveci­das, guiado por su ángel de la guarda.

«Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día», terminaba de rezar Esteban, recordan­do su dormitorio de niño, cuando la puerta se abrió e irrum­pió en el recibidor don Niceto de la Puerta, Secretario Gene­ral de la Fraternidad.

Esteban, que le reconoció por las múltiples fotografías que había visto de él, se puso en pie de un brinco. -¡Don Niceto!

-¡Querido Esteban!

Tras abrazarle efusivamente, el Secretario General le dijo: -Siéntate un momento.

Lo hicieron ambos.

-Esteban, hijo mío, la Fraternidad espera mucho de ti. Palabras idénticas a las pronunciadas por el Fundador en

Madrid, ante el altar mayor de la basílica de San Gabriel, el día del histórico encuentro.

Continuó don Niceto:

-¿Estás dispuesto a entregárselo, a entregarte, sin dudas ni regateos, como un simple ejecutor de la voluntad divina? -Estoy dispuesto.

-Ya sabes lo que dice nuestro Gran Hermano: la obediencia no merece ese nombre, si no se está dispuesto a echar por tierra la labor personal más floreciente, la propia honra, la propia vida, por el prestigio de la Fraternidad.

-Así lo he admitido desde que decidí ingresar en ella. -Y así se lo ha comunicado nuestro padre al Señor, cuando se ha encontrado con él en el Sagrario.

-Yo, yo… -titubeó Esteban.

-Habla, habla -animó el Secretario General.

-Yo así se lo había asegurado a monseñor, la última vez que estuvo en España. Si estoy capacitado…

-¡Lo estás! -Estoy dispuesto.

-¡Cuánto me alegra oírtelo decir! Porque tú estás conven­cido de que lo que te pide la Fraternidad por boca de su Fun­dador y Presidente General no es ella quien te lo pide, sino Dios mismo y su hijo, Nuestro Señor Jesucristo. ¿Lo estás? -Lo estoy.

-Para ti, como para todos nosotros, la causa de la Frater­nidad es la causa de Dios, ¿verdad?

-Sí, don Niceto.

-¡Cuánto me alegra, cuánto me alegra!

Le golpeó cariñosamente con una mano la rodilla y añadió: -Ahora te vas a instalar en tu habitación, donde, además de con un dormitorio, vas a contar con un cuarto de estudio y un completísimo laboratorio. -¿Laboratorio?

-¿No lo tienes en Madrid?

-Bueno, en la empresa donde trabajo, pero…

-Queremos que disfrutes aquí de tu ambiente habitual, que no te falte de nada y… Discreción. Tendrás a una oblata y un oblato a tu servicio, con los que no has de cruzar una sola palabra. Ellos saben perfectamente lo que tienen que hacer. Y tú también lo sabrás pronto. En tu mesa de trabajo, encon­trarás un sobre lacrado con las instrucciones necesarias para que tu estancia entre nosotros se desarrolle de forma impeca­ble, en cuanto a necesidades domésticas se refiere. De todas maneras, si surge un imprevisto, una indisposición, por ejem­plo, si algo echas en falta, que no lo creo, en tu mesa hay un teléfono. Marcas el cero dos veces, y yo mismo atenderé tu llamada, sea la hora que sea y me encuentre en el rincón de la casa en que me encuentre.

Quedó un momento pensativo y continuó:

-Otra cosa, sí. Para que no te extrañes, te anuncio desde ya que tus horas de oración serán distintas a las del resto de los habitantes del palacio. Las comidas las harás solo, en tu habitación. Todo funcionará como un mecanismo perfecto. En fin, en cuanto te instales, yo mismo iré a buscarte (¿te basta con quince minutos?), para llevarte a presencia del padre, con quien… Grábate bien esto, Esteban, ni yo siquiera sé de qué vas a tratar. ¿Comprendido?

Esteban asintió con la cabeza. No pudo articular un mono­sílabo. Se sentía abrumado.

Como era costumbre dentro de la Fraternidad, una costum­bre enraizada en el espíritu de familia que monseñor deseaba imperase en toda la asociación, don Niceto de la Puerta con­dujo a Esteban hasta el despacho del Fundador, utilizando la misma técnica utilizada por sus recipiendiarios para llevarle del aeropuerto a la ciudad de Roma: dando vueltas por innú­meros pasillos, al objeto de irle enseñando históricos rinco­nes y bien conservados recuerdos, auténticas reliquias… «Fe­tiches, fetiches», susurró el Maligno dentro de su cabeza, con la voz de su cuñado, y Esteban hubo de acallarla mediante ja­culatorias, mediante lo que en el lenguaje de la Fraternidad se llamaba una «serie de saturación», tan insistente se mostra­ba el tentador: Exsurge, Christe, adiuva me… Beata Vírgine María Mediatrice, exaudi orationem meam, et dicerne cau­sam meam de gente non sancta; ab hómine inicuo et doloso érue me… Ne perdas cum impüs, Deus, ánimam meam, et cum viris sánguinum vitam meam… Exsurge, María, Auxi­lium Fraternitatis, adviuva me, adiuva me…

-… tomar una decisión era difícil -estaba diciendo don Niceto, parado ante una hornacina donde, sobre una peana fo­rrada de terciopelo magenta, se erguía la silueta de un pájaro de humilde hojalata, cuando Esteban logró salir de las grutas infernales-. La revolución de Asturias estaba en todo su apo­geo y nadie podía saber cuál era el camino, no ya menos peli­groso, que al padre nunca le han arredrado los peligros, sino el que permitiese llegar a Valladolid. ¿Santander o León? Se hallaba monseñor con un grupo de aguerridos iniciadores (entre los cuales yo, por casualidad, sin méritos, me encontraba), en las ruinas de un monasterio cisterciense, donde había di­cho al amanecer, sobre los restos de un altar, una misa emo­cionante. «Esperad», dijo. Se metió en lo que en tiempos hu­bo de ser la sacristía y allí permaneció más de media hora, sin duda en oración. Cuando al fin salió, traía ese pajarito de hojalata en las manos, levantado, como se levanta la Sagrada Forma cuando se muestra a los fieles. «Dominus vobiscum», pronunció; y nosotros, cayendo de rodillas: «Et cum spíritu tuo». «Adjutorium nostrum in nómine dómini», siguió; y no­sotros, cada vez más emocionados, diríase que adivinando lo ocurrido: «Qui fecit caelum et terram». Un silencio profundo, que despertó ecos de eternidad en las ruinas sagradas, y, de pronto, gritó con recia voz: «¡Cantabria. Por el camino del señor Santiago!»

Con el rabillo del ojo, Esteban, inmóvil, los ojos clavados en el contenido de la hornacina, pudo comprobar que la emo­ción era la causa de la interrupción de don Niceto, quien se secaba las lágrimas con el dorso de la mano.

-Años, años -siguió al cabo el Secretario General, con voz quebrada-, años, querido Esteban, nos ha costado a sus colaboradores más cercanos (ya conoces su profunda humil­dad) sacarle mediante subterfugios cariñosos lo que ocurrió. Se le apareció la Señora y él le pidió una prueba, una indica­ción. Si, entre los escombros de la sacristía, encontraba un pájaro de hojalata, Santander; si de madera, León. Ese pája­ro de hojalata…

«Que él ya llevaba en el bolsillo», volvió a las andadas el enemigo del alma en el oído de Esteban, quien, dando un fuerte gritó, cayó de rodillas ante su superior.

-¡Apártate de mí, Satanás!

Don Niceto de la Puerta se sobresaltó. -¿Qué te ocurre, hijo mío?

-Estoy siendo tentado, hermano, fuertemente tentado. -A ver, a ver, explícate.

Esteban, temeroso, quiso resumir:

-El maligno pretende infundir en mi alma dudas sobre las intervenciones sobrenaturales en la vida del padre. -¿Dudas? Pero, levántate. Esteban se puso en pie.

-Sé más explícito, hijo mío. Dímelo todo, todo cuanto ha ocurrido en tu interior para que llegues a este estado de con­fusión. Absolutamente todo, sin saltarte un solo pensamiento o actitud o predisposición tuya a atenderlo o rechazarlo, por insignificante que te parezca.

Así lo hizo Esteban, narrando todo el proceso de la tenta­ción en su mente, desde el susurro de la palabra «fetiche», y sin omitir la precisión de que el tentador había adoptado la voz de Eusebio.

-¿Eusebio? ¿Quién es Eusebio?

-Mi cuñado.

Don Niceto compuso un gesto de grave estupefacción.

-¡Tu cuñado! Pero ¿en qué ambientes te mueves, querido niño? ¿Cómo es posible que ese individuo, ese Eusebio, esté tan presente en tu vida como para que los mecanismos de tu psique funcionen como lo han hecho hace un momento?

Esteban explicó todo lo referente a las comidas dominicales en casa de su madre, desde la muerte del padre, y tampoco esta vez omitió, como le tenían inculcado sus superiores, el más mínimo detalle, aludiendo a la circunstancia de que las mismas sólo implicaban encontrarse con Eusebio cuando el Real Madrid no jugaba en casa.

Don Niceto se quedó unos instantes pensativo, la mano en el mentón.

-Como no podemos conseguir, me temo -y parecía ha­blar en serio-, que el Real Madrid juegue todos los domin­gos en casa… Una pena ¿verdad? -esbozando una leve sonrisa- porque ya sabes que es el equipo favorito del padre y, por amor a él, de todos sus buenos hijos españoles, y… -separando la mano de la barbilla, movía ahora las dos, co-‘ mo si apartase obstáculos invisibles de delante de sí-. Fíjate lo que son las cosas, aprende la lección, que no hay indicio nimio, como se lee en Combate. Si algún hermano te dice, expresa o tácitamente, que posee un gran espíritu, que ama al padre por encima de todas las cosas, incluido él mismo, como debe ser, y simpatiza con el Atlético o con el Rayo Va­llecano, desconfía de él, pide permiso a tu superior, y aplíca­le una corrección fraterna; explícale por qué tiene que ser hu­milde, por qué ha de renunciar a sus propios sentimientos, hasta en algo tan insignificante… Lo has leído también en Comba­te: quien no cede en lo mínimo, ¿cómo va a ceder en lo ma­yor? ¿Me comprendes?

-Sí, hermano.

-En fin, a lo importante. Hay que terminar con esas rela­ciones… ¿Qué actitud adopta tu madre en ese pugilato tan pe­ligroso para tu salvación?

-De absoluta… Yo diría que de indiferente neutrali­dad.

-¡Qué horror! -se mesaba los cabellos don Niceto-. ¡Qué frágiles son los cimientos, Dios mío!

El pecho del Secretario General subía y bajaba como el de un corredor de maratón cuando ha cruzado la meta; por entre sus labios brotaban fuertes resoplidos.

-Esteban, hijo mío, tú sabes cual es tu familia, tu única familia…

Se quedó callado. Aunque había hecho una afirmación, parecia esperar ansioso respuesta a una pregunta.

-La Fraternidad -dijo Esteban, comprendiendo.

-Exacto, exacto… Esa fidelidad a tu madre, es decir, a la comida de tu madre, a una casa que no es la tuya… Pero… ¿Quién te dirige, Santo Cielo? A esto hay que ponerle reme­dio. Por supuesto, has de venerar a quien te dio el ser, rezar por ella todos los días, pero… ¿creerte en la obligación de verla todos los domingos? Esteban, Esteban, sabes muy bien que ese tipo de sentimientos es degenerativo. Ya escribiré yo a Ma­drid. Hoy mismo lo haré.

El corazón se hacía trizas dentro del pecho de Esteban, quien comprendía que su falta de espíritu había roto en mil pedazos el fanal de emoción milagrosa suscitado por la visión del pá­jaro de hojalata.

Absuélvame, hermano -dijo, cayendo de nuevo de rodi­llas, con lágrimas en los ojos-. Le aseguro que estoy invadi­do por el más heróico e inquebrantable propósito de enmien­da. ¡Serviam, serviam! Absuélvame, por favor, o no podré en­frentarme a monseñor con la paz de espíritu que semejante encuentro requiere…

Don Niceto levantó los ojos al cielo, los brazos abiertos. Es­tuvo unos segundos orando en silencio, y después trazó la se­ñal de la cruz sobre la cerviz humillada de Esteban.

-Misereatur te omnipotens Deus, et dimissis peccatis tuis, perdúcat te ad vitam eternam.

-Amén.

-Indulgéntiam, absolutionem et remissionem peccatorum tuis tribuat te omnípotens et miséricors Dóminus.

-Amén.

-Lleva el cilicio durante una quincena seguida, sin quitár­telo ni para dormir, y prívate del postre durante el mismo pe­ríodo de tiempo. Y reza, reza mucho, pidiendo fortaleza… Y ahora, levántate y ven conmigo. Estamos haciendo esperar a monseñor.

CAPÍTULO V

Aquellos cambios tan bruscos en su temperatura espiritual -del acoso tentador a la paz de la bendición absolutoria, a la emoción del inminente encuentro con el padre, a la incerti­dumbre (¿seré digno de entrar en su morada?), al tacto de sus manos, el aroma de su presencia, el deslumbramiento de sus ojos- hicieron que Esteban perdiera durante unos momentos el control de su psiquismo y contemplara la realidad en la cual se hallaba inmerso como un astronauta debe de mirar el pla­neta del que partió un día lejano y al que no sabe si volverá con su yo íntegro, en lo físico, en lo mental y en lo espiritual.

Súbitamente, descubrió que llevaba un largo rato con los ojos fijos en una grabadora colocada sobre la mesa de trabajo, y que su instinto le decía ser la misma en la cual el joven aspi­rante a novelista había grabado sus opiniones hacía pocas tar­des, y oyendo sin escuchar las palabras nada menos que del Fundador de la Divina Fraternidad, aquel «eslabón único y dorado», según había oído decir tantas veces, situado entre él, Esteban, como entre todos los hermanos, y el Altísimo.

Se encontraba sentado en un sillón, de espaldas a la puerta, frente a otro ocupado por Monseñor. Y no recordaba con cla­ridad nada de lo acontecido desde que don Niceto le hizo rom­per el contacto de sus rodillas con las baldosas rojas y brillan­tes como un río de cobre líquido, o apenas si la sucesión de sentimientos y unas vagas imágenes. De pronto, era conscien­te de esto, de los detalles que acababan de punzar su conciencia y del hecho inaudito de que el padre divagaba desde hacía rato, sin entrar en materia, como era preceptivo en los encuen­tros entre los fraternales, fuese cual fuese el estrato que ocu­pase en la gran pirámide asociacional. ¿O estaría exento de este deber el Presidente?

De los primeros tiempos romanos, pasaba monseñor, de ma­nera un tanto incoherente, al tema de la Pía Institución Uni­versitaria de Santiago Apóstol y a anécdotas triviales de la etapa fundacional. ¡Ah! Pero muy pronto hubo de caer en la cuenta de la sagacidad de aquel «más que un gallego», como él mis­mo gustaba de autonombrarse en las tertulias con sus íntimos (quienes en seguida lo hacían circular por todas las casas, con el ruego encarecido de que quedase «en familia»), hubo de caer en la cuenta de aquello, cuando le oyó decir:

-Bien, hijo mío, ¿has aterrizado ya?

Durante breves segundos, Esteban notó que todo su ser va­cilaba entre ordenarle reír o echarse a llorar. No hizo ninguna de las dos cosas, pero sí acopio de todas sus fuerzas de con­tención, para no postrarse a los pies del Fundador y besarle devotamente sus benditas manos, que con tan pajolera gracia, como solía decir don Juan José Menéndez, se movían.

Con gracia y con fuerza, hubo de pensar unos instantes des­pués, cuando recibió un terrible manotazo en el muslo.

-¿Has aterrizado?

-Sí, monseñor; perdone, monseñor.

-Anda, anda, no te pongas cursi. Bueno, bueno. Aunque me has contestado medio sonámbulo, he entendido que todo marcha bien… En tu vida espiritual, en tu carrera….¿No es asi?

-Sí, Gran Hermano.

-¡Pero hombre!

-Perdón, padre.

-Así me gusta.

Desapareció la sonrisa del rostro del Fundador, cuyo gesto se hizo grave, profundo, lejanísimo.

-¡Si tú supieras! Más que nunca te miro hoy como a un hijo, querido Esteban.

Su mirada, perdida en algún punto de la pared, o de más allá de la pared, de Roma, del Universo, se recogió hacia la mirada de. quien acababa de ser beneficiado con tan excepcio­nal filiación.

Esteban, abrumado por la fijeza de aquella atención des­mesurada, no se atrevía ni a parpadear. Mucho menos, a rom­per el silencio, que se estaba haciendo largo, como «el eterno túnel de las almas que han perdido la brújula», según metáfo­ra contenida en una máxima de Combate, capítulo dedicado al espíritu de sumisión y entrega a la Fraternidad.

Como si el padre hubiese leído sus pensamientos, al cabo de aquella pausa inacabable, durante la cual probablemente se detuvo el tiempo, la rotación del planeta, la fuga de las ga­laxias, pronunció:

-Esteban Monterde.

Silencio.

-¿Padre?

-Esteban -moviendo la cabeza como quien no sabe qué decir ni qué hacer; como quien considera la magnitud de un castigo que siente dolor en aplicar, la sentencia inapelable que va a pronunciar a su pesar-, Esteban, si tu amor no es el más grande, tu sumisión la más absoluta, tu entrega la más gene­rosa, tu obediencia la más ciega que el mejor de mis hijos ha­ya podido tener nunca ni tendrá jamás, será preferible que no iniciemos siguiera la conversación que deseo tener contigo. ¿Lo es?

-Sí, Padre, pero…

-Pero qué…

-Yo no soy el mejor de los hijos que usted ha tenido o ten­drá…

El padre se dejó caer hacia atrás en el asiento y cruzó los dedos sobre el abdomen. Pero en seguida los descruzó, apoyó las manos en los brazos del sillón y se inclinó hacia Esteban.

-¿Y si yo te pido que lo seas? -Lo intentaría, pero… -¿Otra vez pero?

-Perdón, es que…

-¿Y si yo te aseguro que lo puedes ser?

En el alma de Esteban, campo de batalla, páramo desola­do, donde no encontraba el más leve asidero al que aferrarse, luchaban la voluntad de sumisión y entrega con la tentación de la soberbia. ¿El, miserable recién llegado, advenedizo y suburbiano, el mejor hijo del Fundador de la Divina Fraterni­dad? Ante semejante dilema, no sabía qué responder. Monse­ñor, adivinando sin duda su turbación y la causa de ella, acu­dió en su ayuda.

-¿Qué es la Fraternidad para tí, Esteban? -Todo.

-¿Más que tú mismo? -Sí.

-¿Más que tu honor? -Sí.

-¿Más que tu profesión, tu futuro, tu bienestar, el bienes­tar de tu familia, tus afectos, tus intereses, tus anhelos, tus sue­ños?

-Sí, sí, sí, sí…

-¿Qué pondrías por delante de la Fraternidad? -A Dios.

-¡Esteban! ¡Pero la Fraternidad es divina! ¡No cabe el ala de un ángel entre la Fraternidad y Dios…!

-Lo entiendo, sí. Entienda usted también las limitaciones de un pobre hombre anonadado…

-¡Animo! Que eres rico, inmensamente rico…

-Sí, Padre, porque soy miembro de la Divina Fraternidad… -Que es para ti…

-Todo, absolutamente todo, mi meta, mi salvación… -Más que nada en el mundo. -Sí.

-¿Más que tu vida?

-Por supuesto que sí.

-¿Más que mi vida?

Esteban se sintió confuso. La mirada se le nubló momentá­neamente. Hubo de hacer un esfuerzo titánico para salir a flote.

-Su vida y la Fraternidad, Monseñor….

-¿Ibas a decir que son una misma cosa?

-Creo que…

-¡Pero muchacho! Yo no soy más que un instrumento ele­gido por Dios… Yo pasaré, como pasan los días y las noches, como pasan las estaciones, como todo pasa en este mundo; pero la Fraternidad permanecerá (¡Fratérnitas superest!) has­ta el fin de los tiempos. ¿No lo entiendes así?

-Sí, sí, perdone…

El Fundador movió la cabeza, sacando el labio inferior, en claro gesto de señalar la insignificancia… No de esto o de aque­llo, la insignificancia misma, esencial, arquetípica.

-Ni tú ni yo somos nada… Humo, polvo, nada. Contin­gencia hecha carne. Recuerda… Pulvis eris et in pulvis rever­teris. Los de fuera consideran esta verdad una sola vez al año, el miércoles de ceniza. Nosotros, cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo… Ah, Señor, Señor…

Y, diciendo y repitiendo «Señor, Señor», se volvió a recos­tar sobre el respaldo del asiento.

Miraba fijamente a Esteban, a los ojos, como si considera­se de nuevo, a pesar de sus sinceras y enfáticas aseveraciones de sumisión, hasta qué punto podía confiar en él, qué podía esperar de él…

-¿Todo? -preguntó, sin duda siguiendo el curso de sus pen­samientos.

-¿Monseñor?

-¿Qué puedo esperar de ti? Es decir, no yo. ¿Qué puede esperar de ti la Fraternidad?

-Todo.

Volvió el Fundador a echarse hacia delante.

-Ayer he hablado por teléfono con Juanjo.

Esteban comprendió que se refería a don Juan José Menén­dez, provincial de las Dos Castillas. Era vox fraternitatis que el padre gustaba de llamar familiarmente a los hermanos de la primera hora: Juanjo, Quique, Ton¡, Moncho, Perico, Chus, Fili, Quino… Era un título de honor, un timbre de la más ex­celsa gloria, como la de ser caballero de la Tabla Redonda en la corte del Rey Arturo.

-Me ha dicho que podemos confiar en ti como en un vo­luntario que ha pedido luchar en primera línea. Y ya te he oído ratificarte en el mismo sentido ante don Niceto, hace unos mo­mentos…

-¿Me ha oído?

-Y no me ha extrañado. Es lo que esperaba de ti. Es lo que espero de todos mis hijos, pero muy especialmente, en las actuales circunstancias, de ti. Lo espero desde nuestro úl­timo encuentro en Madrid, en la basílica de San Gabriel, el Anunciador…

Suspiró profundamente monseñor, como si sintiera nostal­gia de aquel encuentro.

-Esteban -dijo, recuperando aquel gesto de profunda gra­vedad que en un determinado momento había ensombrecido su rostro-. Lo que te voy a pedir, no te lo pido yo, bien lo sabes, te lo pide la Fraternidad, es decir, el mismo Dios. Tú, lo sé, estás convencido de ello.

-Lo estoy, sí.

-¿Tú recuerdas aquella noche, en la casa de Fortuny, cuan­do, camino yo de mi tierra, nos reunimos todos los hermanos de Madrid?

-Vivamente, Monseñor.

-¿Recuerdas qué pasó aquella noche… lo que pasó después? Esteban vaciló.

-No comprendo -dijo con voz débil, mientras, en su sub­consciente, un torbellino de imágenes, recuerdos, sensacio­nes, hacía estallar con intermitencias lo vivido hacía tres años, la grabadora colocada encima de la mesa de trabajo del Pa­dre, su conversación con el joven aspirante a novelista, el ofre­cimiento por don Niceto de un laboratorio, y en su conciencia aletargada por la más leal y abnegada sumisión, y muy a su pesar, se encendía una lucecita roja, una señal de alarma.

De golpe, una áspera garra exprimió su garganta, su pala­dar, dejándolo seco como una piedra abandonada hacía mile­nios en el más desolado de los desiertos.

Hizo un esfuerzo por recuperar el presente, la realidad, el dominio de sí mismo, y clavó sus ojos en los del Padre y com­probó que lloraba.

-Esteban -la voz de monseñor temblaba-. Estoy por arro­dillarme ante ti, por pedirte perdón a ti, como representante en estos momentos de todos nuestros hermanos de todas las partes del mundo.

Esteban sacudió la cabeza, queriendo espantar sus terribles e inconcretas sospechas, con toda seguridad injustificadas. Otra vez el maligno, en el interior de su cabeza… ¡Aunque ahora con su propia voz! Y con su propia voz trató de acallar los ecos insidiosos: «Veni,Sancte Spiritu, et emite caelitus lucis tuae radium… Exsurge, Christe, adiuva me… Sancta Maria Mediatricem, exaudi orationem meara… Sancte Spiritu, Sancte Spiritu… Ven¡, pater pauperum; veni, dator munerum; veni, lumen cordium… Vein, veni… Ahogar el mal en abundancia de bien, como decía Combate. Y, como también decía aque­lla joya de la literatura espiritualista contemporánea, «los ma­los pensamientos, al basurero… Que piensas, que crees, que sospechas… Tonto, tontísimo, es la verdad la que cuenta. Y la verdad no es lo que tú crees, nunca lo es, aunque brille co­mo tal; la verdad es cuanto sale de labios de tus superiores, representantes de Dios…»

Pero el presente, recuperado, era inestable; la realidad, os­cura; el dominio de sí mismo, diabólicamente rebelde.

Monseñor seguía hablando.

-Yo, Esteban, hijo mío, su fundador… Es decir, el instru­mento elegido por el Señor para fundarla, he puesto en peli­gro al ser, el existir, el presente y el futuro de la Fraternidad como nadie la ha puesto nunca ni probablemente la pondrá jamás.

Habló Esteban mecánicamente:

-Eso no es posible, monseñor.

-Lo es, lo es. ¿Recuerdas aquella noche en la casa de Fortuny?

-La recuerdo.

-Yo tuve la… la… la osadía, la ligeraza, la… no sé cómo llamarla… la mala ocurriencia… Mea culpa, mea culpa -con el puño cerrado, se daba fuertes golpes en el pecho-. ¿Fue tentación, espejismo, prueba? Yo no lo sé… ¡No lo sé, no lo sé, no lo sé! He pensado en ello tanto…

Cambió bruscamente de actitud, de gesto, de ademanes… Y también de tono, para afirmar rotundo:

-Cometí una falta y debo ser castigado.

-¿Una falta?

Esteban se sentía flotar en un ámbito intermedio entre el recuerdo y las expectativas. De nuevo había perdido todo con­tacto con el presente y la realidad.

-Reo de muerte soy -pronunció, concluyente, monseñor.

En su extraño estado, en su más que insólita situación, Es­teban intuyó que, en aquel momento, había dejado de ser un frater en presencia del Fundador, Presidente General, Gran Hermano y Padre. Y, en consecuencia, sin pedir permiso, se levantó y empezó a pasear por la habitación, de un extremo a otro, a grandes zancadas. Fuera de esto, tan confuso e in­concreto, ignoraba, y era consciente de ello, lo que de verdad estaba pasando o a punto de pasar.

-Esteban, hijo mío, ven aquí, por favor.

Esteban fue hasta el sillón que minutos antes había ocupado.

-Siéntate.

Lo hizo.

-Acércate.

Obedeció.

-Más cerca.

Volvió a arrastrar el sillón. Sus rodillas rozaban las del Padre, quien se apoderó de sus manos con ademán con­vulso.

-Esteban… Tú y yo, puede decirse, somos en este momento toda la Fraternidad. Todo cuanto posee. Su único bien. La pie­dra angular. Las vigas que la aguantan y que, si resbalan, la pueden arrastrar al aniquilamiento, a su extinción.

Aquella parrafada, de cuyo tono había ido desapareciendo gradualmente el matiz de ansia, al principio tan acusado, pa­reció tranquilizarle. Soltando una mano y golpeando con ella las dos de Esteban, que continuaba sosteniendo con la otra, continuó:

-Entre tú y yo se dirime, ni más ni menos, el futuro de la Fraternidad. Y también todo un pasado de lucha, de sacri­ficios, de trabajo, de incomprensiones… Hasta de martirio. Acuérdate de Laureano, a quien todos gustamos de nombrar como el arquitecto de Dios -sacudió la cabeza, como sope­sando el acto del evocado y el que probablemente él estaba dispuesto a llevar acabo-. Laureano dio su vida queriendo construir una casa para la Fraternidad, para Dios… ¿Por qué no habría de darla cualquiera de los demás? ¿Por qué no ha­brías de darla tú? ¿Por qué no habría de darla yo? El ejemplo de Laureano…

-Laurean tuvo un desgraciado resbalón en un andamio, monseñor…

-Y yo tuve una desgraciada ocurrencia.

-No comprendo.

-¿No dices que recuerdas aquella noche?

Tardó Esteban en responder secamente:

-Sí.

Monseñor soltó las manos de Esteban y se puso en pie.

-Hijo mío…

Titubeó, haciendo extraños movimientos con los labios, co­mo si tuviese algo, una piedra o un caramelo, dentro de la ca­vidad bucal.

-Hijo mío, yo anuncié mi muerte para un día determinado y ese día tengo que morir.

CAPÍTULO VI

Durante tensos, intensos, a la vez breves y larguísimos ins­tantes, cuyo sentido tardaría en saber que no volvería a recu­perar, tan frágil era, Esteban comprendió, sin traumas ni des­garros ni arrancamientos, que, aunque aún amaba a la Frater­nidad, aunque aún creía en la Fraternidad, había dejado, sú­bitamente, de creer en su fundador. Se sintió desnudo, pero no avergonzado. Se sintió distinto, pero no peor.

«Es un loco» -dijo la voz interior-. «Un enloquecido, tal vez. Un mitómano de su propio mito». Y la voz poseía el tono de la de su cuñado Eusebio, pero tenía matices de la suya tam­bién. Y no era una voz tentadora, sino sincera; tan inocente como una exigencia infantil.

-Monseñor -dijo con una frialdad que a él mismo pasmaba-, tranquilícese.

El otro pareció no oírle, los brazos colgando entre los plie­gues de la sotana, semiapoyado en la mesa de trabajo, en la mesa donde un crucifijo, reproducción de una imagen sevilla­na, al que fueron a posarse como inducidos por el Espíritu los ojos de Esteban, parecía recordar, para él y para el mun­do, lo que era un sacrificio de verdad.

-Escucha -dijo monseñor, haciendo funcionar la graba­dora.

Esteban oyo su propia voz:

-…gunos fármacos antiarrítmicos, los derivados de la Aij­malina, que aplicados en vena a dosis elevadas y sin previa dilución en suero o en ampollas de glucosa, como está indi­cado, pueden provocar fibrilación ventricular y paro cardía­co… No hace mu…

Monseñor pulsó una tecla y, seguidamente otra. Se oyó el deslizarse de la cinta a gran velocidad, como el bisbiseo de una serpiente en el profundo silencio de la habitación. Y mon­señor volvió a pulsar:

-…casi. Cualquiera lo puede adquirir, sin receta, en cual­quier farmacia. Una simple tableta diluída en un vaso de le­che, o de agua, o en la sopa, el día elegido y, tras la prepara­ción con los bebloqueadores que han ido produciendo la hi­potensión o la fibrilación ventricular, se produciría el óbito.

Sonó un chasquido que sobresaltó a Esteban. Con ademán elocuente de dar la audición por terminada, monseñor había desconectado el aparato.

-Bien, hijo mío, supongo que no tengo que decirte qué es lo que espero de ti, qué es lo que la Divina Fraternidad espe­ra, qué es lo que Dios quiere de ti.

-¿Dios?

En la mente de Esteban, el pensamiento volteaba en torbe­llino, todas sus facultades activaban su potencia buscando una salida para aquella trampa, una de las más profundas, com­pactas, insalvables en que ningún ser humano había caído nun­ca. Y volvía a pasmarse de su frialdad, de su carencia de ló­gicas reacciones, de seguir siendo él, de conservar su entidad sintiéndose, como se sentía, a la vez, un hombre nuevo.

-Dios Creador, Dios Providente, no me puede pedir que cometa un homicidio.

Era igualmente pasmosa la serenidad, la seguridad, en este momento, de monseñor.

-Te lo ha pedido, te lo pide, por mi mediación. Sobre eso no albergues la menor duda. No una, mil veces me lo ha di­cho, cuando he estado a solas con Él, en el Sagrario. El Se­ñor, puedes estar seguro, se preocupa más por la buena mar­cha de su milicia en la tierra de lo que puedes imaginar. Constituímos el alma y el brazo armado de su religión, y es por eso por lo que nadie debe, ¡nadie!, entiéndelo bien, poner nin­gún tipo de consideración por delante del beneficio, la conve­niencia, el prestigio de la Fraternidad. Por eso, insisto, lo que se te pide, no es por mí, es por la Fraternidad.

-Pero Dios es vida, monseñor…

-Mandó a su hijo a morir.

-El Hijo se sacrificó porque fue necesario su sacrificio; pero él no quería morir.

-¡Quería morir porque debía morir! Se entregó a sus ver­dugos… Como yo me entrego a ti.

-Yo no quiero, no puedo ser el verdugo de usted ni de na­die. Eso no entra en los esquemas de nuestra religión.

-TU religión.

-La religión de Cristo. Pero… ¿se da cuenta de la mons= truosidad que me pide?

-¡No te la pido yo! ¡Te la pide Él! ¡Y no es una monstruo­sidad, es un sacrificio, como el que se le pidió a Abraham, ese héroe de la obediencia! -se engarfiaba las manos, respi­raba agitadamente y movía la cabeza como buscando en el aire las ideas y las palabras portadoras de la convicción-. Escu­cha, cuando vinimos a esto, sabíamos que veníamos a servir, a servir a la Fraternidad, al Dios que la fundó. No sabíamos en qué detalle, circunstancias, hecho o actitud concreta la ten­dríamos que servir. Pero nos comprometimos. Pusimos nues­tra firma al pie de un documento mediante el cual comprome­tíamos nuestra vida, nuestra libertad; en el que prometíamos obediencia ciega, sumisión total… ¡Claro que se te ha pedido lo que yo te pido ahora! ¡Desde el primer instante se te pidió! Como primera cláusula del contrato por el que te ligaste a la Fraternidad estaba la aceptación de sus Constituciones. ¿Ten­go que recordarte lo que dicen nuestras Constituciones?

Se acercó a una estantería situada detrás de la mesa, agarró un libro y lo hojeó con dedos nerviosos hasta hallar lo que buscaba.

Aquí está. ¿Tengo que recordarte el artículo ciento cua­renta y dos de nuestras Constituciones? -leyendo:- La in­corporación a la Divina Fraternidad de Cristo Rey exige un voto privado comunitario de obediencia. En virtud de este voto, todos los miembros de la Fraternidad profesan una obedien­cia plena, incondicional y en todos los aspectos al Presidente General y a los propios superiores. Y el Presidente General, a quien todos reconocen y veneran como Gran Hermano, puede usar libremente de los miembros para los fines de la institu­ción, según las normas de las Constituciones.

-Pero no hay ninguna norma que hable de cometer un ho­micidio.

-Hay docenas de normas que hablan de que, por encima de todo, de nuestro propio bien, de nuestra honra, de nuestra fama, de nuestra vida incluso, está el prestigio de la Fraterni­dad. Y es el prestigio de la Fraternidad, su glorioso futuro, el que está ahora en peligro.

-¿Por qué?

-Pero ¿no lo comprendes? Si mi prestigio rueda por los suelos, arrastrará con él el de la Fraternidad.

-Usted mismo ha separado antes su persona de la Frater­nidad.

-En otro sentido, hijo mío. Yo soy el Fundador. Si mi san­tidad no está a la altura de la que se espera del instrumento elegido por Dios para fundar su ejército, el ejército que ha de defender su religión en esta época de tinieblas, ¿qué va a quedar de todo el edificio levantado durante medio siglo? ¿Cuál crees tú que ha sido la norma de mi conducta desde que expe­rimenté la iluminación? Pues no otra que la de ser el santo que Dios quería que fuese.

Esteban se acercó a aquél que por momentos veía más co­mo un pobre demente y le tomó cariñosamente por los brazos.

-Y lo puede ser. Aceptando con espíritu fuerte la humilla­ción que supone el reconocimiento de su propio error. Lo puede ser así mejor que de ninguna otra manera. El que se humilla, será ensalzado, recuérdelo. El que quiera ser el primero, sea efsiervo de todos.

-No lo entiendes, Esteban, no lo entiendes -pronunció monseñor desasiéndose y caminando abatido hacia la mesa, en la que se volvió a apoyar-. No estoy hablando de una san­tidad interna, subjetiva, válida sólo para mí y, como mucho, para mis íntimos. Ha de ser una santidad reconocida, una san­tidad proclamada por la autoridad competente y que tengan que aceptar incluso los enemigos de la Fraternidad, que tú sa­bes bien que son muchos, hasta dentro de la propia iglesia; yo diría que sobre todo dentro de la propia iglesia. Esteban, Esteban… ¿Para qué crees que me acompañan siempre (co­mo acompañarán a mis sucesores), menos en momentos ex­cepcionales como éste, dos custodios de la fe? Para recoger todos mis actos, todos mis dichos; actos y dichos que tienen que ser ejemplares, que yo, con la gracia divina, me he pro­puesto que lo sean y lo son; recogerlos, testificarlos, para que demuestren la santidad de los dirigentes, y muy especialmen­te del fundador de nuestra divina institución, a las generacio­nes venideras. ¿Y qué clase de santo sería aquél a quien le fa­lla el don de profecía en un punto de tantísima importancia?

Esteban dio unos pasos y se le plantó delante, buscando su mirada.

-¿Debo entender, monseñor, que usted aspira, por encima de todo, no a hacer el bien, sino a ser elevado, después de su muerte, a los altares?

Con semblante de profunda y apesadumbrada inocencia, monseñor asintió repetida y lentamente con la cabeza, antes de responder:

-Ha sido la meta de mi existencia, desde que comprendí, porque el Señor me lo dio a entender con toda claridad, que en ello radicaba el cumplimiento de mi fin temporal.

-¿Y no estará confundiendo usted la voluntad de Dios con su propia voluntad?

-No, hijito. La tarea era muy ardua para que la deseara yo. Yo no he hecho sino aceptar la voluntad divina con pro­funda humildad, con ese sentido de la obediencia caracterís­tico de nuestra institución, el que te exijo ahora a ti.

Por instantes más tranquilo y asentado en sus convicciones, Esteban, exahusto, se dejó caer en el sillón.

-Obediencia, dice… Con obediencia ciega he seguido, du­rante años, hasta las más mínimas indicaciones de mis supe­riores. Pero, en este momento, mi conciencia…

-¡Tu conciencia! ¿Te sientes tranquilo en este instante?

Autoexaminándose, Esteban sopesó su respuesta antes de re­conocer:

-Quizá aparentemente. Pienso que, en el fondo, estoy muy alterado.

-¿Lo ves? Si la obediencia no te proporciona paz, es que eres soberbio. Es ahora, niño rebelde, que te cuesta obede­cer, cuando te debes acordar de tu Señor: factus obediens us­que ad mortem, mortem autem crucis… Obediente hasta la muerte y muerte de cruz… La conciencia personal es mala consejera, Esteban; no la invoques, por favor. Si sabes, como yo sé que sabes, que todo cuanto te manden tus superiores es únicamente la voluntad de Dios, ¿por qué preocuparte con ra­zonamientos? Razonar no cuenta, entender no es necesario… ¿Cuántas veces lo habrás oído y aceptado desde que ingresas­te en la Fraternidad? Tú, obedece y calla. Al fin y al cabo, ¿qué se te pide? Un acto sencillo. O una serie de ellos… Que redundarán en beneficio de la Fraternidad, es decir, de Dios, que es lo que cuenta. Si te falta espíritu, si no tienes visión sobrenatural, si mides la cosa por el rasero humano, no me extraña que dudes… Pero, aun así, si en el fondo de tu alma amas a la Fraternidad como la tiene que amar quien lleva el tiempo que tú dentro de ella, piensa que, aun desde ese rase­ro, tu sacrificio es pequeño en comparación con el mío. Yo voy a dar mi vida, Esteban, y la voy a dar con gusto, por la Fraternidad.

-Para ser canonizado -sentía Esteban como si hablase a duo con su cuñado Eusebio-, después de su muerte{, como fundador, taumaturgo y profeta.

-Por la Fraternidad.

Esteban comprendió que el sendero que transitaban ambos desde hacía un tiempo inconmensurable, un sendero que pa­recía único, pero que en realidad se duplicaba y tomaba di­recciones absolutamente divergentes, terminaba en aquel punto. Era inútil tratar de convencer a aquel paranoico, que, como diría Eusebio, se creía un santo de los antiguos, como San Ig­nacio de Loyola o Santo Domingo de Guzmán.

-¿Y si me niego a hacer lo que se me pide?

-No te puedes negar, querido Esteban. Sabes muy bien, desde que firmaste tu compromiso, que no iba a ser lo tuyo tener iniciativas; que entrabas a formar parte de los nuestros para ser solamente ejecutor de las decisiones de tus superiores.

-Me han dicho muchas veces que obedecer o marcharme. Pues bien, elijo marcharme.

-Ya no hay tiempo. El momento de esa elección ya ha pa­sado. No hay tiempo, te digo, ni, aunque lo hubiese, encon­traríamos a nadie, aparte de ti, capaz de llevar a cabo esta de­licadísima misión. El problema ha sido estudiado concienzu­damente, como todo en la Divina Fraternidad.

Hincando los codos exilas rodillas, Esteban descansó el rostro sobre las palmas ardientes de sus manos. Al parecer, no se trataba sólo de aquel demente que tenía ante sí, mirándole con plácido semblante, como si estuviesen tratando de un encargo trivial. Buscaba y rebuscaba en el fondo de sí mismo y se perdía en un laberinto de preguntas sin respuestas, o con respuestas colmadas de decepción y amargura inconmensurables. ¿Có­mo podía resistir? ¿Lo hacía porque, en el fondo, y aun a pe­sar de las incitaciones de su voluntad, tan poco ejercitada en los últimos años, comprendía la inutilidad de cualquier mo­ción? Unas palabras leídas hacía mucho tiempo, antes de in­gresar en la Fraternidad, no sabía dónde, le vinieron al pri­mer plano de su conciencia… «Fue una especie de furia, una como tempestad de ira alborotó mi alma; la rabia de la impo­tencia disconforme, de la libertad ineficaz».

Su vida, su concepción del mundo y de las cosas, había cam­biado en el curso de unos breves momentos. Era algo que ha­bía oído decir que le pasaba a algunas personas, pero sin lle­gar a creer que fuese posible. No, nunca había creído de ver­dad que transformaciones tan súbitas pudieran ocurrirle a na­die, y mucho menos a él.

De golpe, descubría que sí. Y, una vez abierta la espita que aquel descubrimiento suponía, un caudal de pensamientos, sen­timientos, ideas, abandonadas convicciones y juicios que ha­bía llegado a creer dormidos o ahogados para siempre, entra­ban a borbotones, bullentes y apremiantes en su cabeza y en su alma, configurándole con urgencia una nueva manera de ser.

Haciendo un esfuerzo, pues no dejaba de ser consciente de lo tremendamente peligroso de la situación en que se hallaba, se concentró en la búsqueda de una solución de emergencia. No halló otra que la huída, y a su preparación se aplicó con todas sus facultades.

Levantó la cabeza y comprobó que el Gran Hermano le mi­raba fijamente.

-Bien. ¿He de tomar una decisión ahora?

Antes de terminar de hablar, ya había comprendido que no era nada de esa índole lo que tenía que decir. Sin duda, estaba más alterado de lo que él mismo había llegado a suponer. -No tienes que tomar ninguna decisión, Esteban. Quien puede y debe ya la ha tomado por ti.

-Es verdad.

Se puso en pie.

-Bien. Quisiera descansar un poco. Comprenderá que no han sido momentos fáciles para mí. -Lo comprendo.

-¿Puedo entonces retirarme a mi habitación?

-Pues claro que sí, hijo mío. Puedes hacer lo que quieras. Eres libre, libérrimo. Y estás en tu*casa.

Monseñor le acompañó hasta la puerta del despacho.

-Disponlo todo esta tarde. Mañana continuaremos hablando. Si necesitas algo, ya don Niceto te ha instruído sobre la forma de obtenerlo. ¿No es así?

-Así es.

-Perdona que no te acompañe. Voy a retirarme un rato en el oratorio. Estoy seguro de que no te será difícil encontrar el camino.

Esteban no dijo nada, ni siquiera una palabra de despedida, y echó a andar por el pasillo, sin volver la mirada. Realmen­te, después de tantas vueltas dadas con don Niceto por el pa­lacio, que además era muy grande, no sabía cómo volver a su habitación. Pero seguía caminando.

Buscar, no su habitación, sino la puerta de la calle, que era lo consecuente con la decisión tomada, se le presentaba como una solución demasiado sencilla para la complicación del em­brollo en que se encontraba inmerso, demasiado simple para ser viable. Con toda certeza, imposible. No sólo había de ser inútil intentarlo, sino que podría resultar contraproducente. Po­día poner las cosas peor. Tenía que reflexionar.

Encontró una escalera. ¿Había bajado alguna antes, cuan­do se dirigía hacia el despacho de monseñor?

Recordó unas palabras de éste, indicativas de que, de algu­na manera, había escuchado su conversación con don Niceto. ¿Estaría ahora siendo espiado también? Probablemente, sí. En tal caso, se imponía continuar caminando. Antes o después, alguien le saldría al paso.

Al final de un pasillo, se encontró con una puerta e intentó abrirla. No pudo. Estaba cerrada con llave.

Volvió sobre sus pasos, a la ventura, decidido a meterse en la primera habitación donde pudiera hacerlo, y si había en ella, como era lógico, algún asiento, sentarse a esperar. Se sentía rendido.

Todas estaban cerradas.

Cuando por fin consiguió asomarse a una, la halló comple­tamente a oscuras. Fue el instante en que con mayor fuerza y seguridad experimentó el impalpable y a la vez viscoso tac­to del acecho y retrocedió sacudido por un violento estreme­cimiento, producto de algo muy parecido al terror.

Llevaba más de diez minutos transitando pasillos, incapaz de saber si por algún punto había pasado una sola o varias veces, cuando, al pie de una escalera -Ja misma de antes?­se topó con don Niceto, quien se le dirigió sonriente y jovial.

-¿Qué tal, Esteban, majo? ¿Has terminado ya?

Esteban le miró a los ojos. Recordaba haberle oído decir que ni él mismo sabía de qué iba a tratar su entrevista con el Fundador. ¿Sería verdad?

-No encuentro mi habitación.

-Perdona, chico, debí haberte dado un planito de éstos.

Se llevó una mano a un bolsillo oculto bajo la sotana.

-¡Vaya! No llevo ninguno. Ven, yo te acompañaré.

Le echó un brazo cariñosamente por encima del hombro y empezó a subir la escalera.

Esteban dudó un instante si abrir su alma al Secretario Ge­neral. No era posible que todos, en la cúpula de la Asocia­ción, participasen de idéntica demencial megalomanía de ul­tratumba. Decidió descansar un poco y, si llegaba con clari­dad a alguna conclusión, a algún convencimiento, marcar el doble cero en el teléfono.

Entretando, don Niceto, al igual que por la mañana, se com­portaba como un concienzudo guía de turismo, señalándole cuadros, tapices, muebles, hornacinas, estatuas y vidrieras… Explicando el origen, contenido o significado de cada cosa. Aun empeñado con todas sus fuerzas en disimular su estado de ánimo, Esteban era incapaz de prestarle atención.

-Ya estamos aquí.

Esteban estuvo seguro de que aquel no era el lugar de la casa donde antes le habían instalado, pero, cuando su acom­pañante abrió la puerta, vio su maletín, su bolsa de aseo, su carpeta, en la misma posición en que los había dejado, aun­que sobre soportes diferentes. En una mesita, situada junto a la puerta de la pieza convertida en laboratorio, una bandeja con comida.

-Bueno, yo te dejo. Te ha llegado el momento de reponer fuerzas. Hazlo con buen provecho y descansa un rato. -Don Niceto.

-¿Qué, hijo mío?

¿Brilló de verdad en aquellos ojos, abiertos en mitad de un gesto amable y complaciente, la prohibición de que dijese cuan­to estaba a punto de . empezar a decir?

-No, nada. -Que seas bueno. -Adiós.

Cuando salió el Secretario General, se acercó a la ventana.

No se había equivocado. Estaba en otra habitación. La pri­mera daba a un callejón lateral. Esta se asomaba a un patio interior. Y parecía ubicarse en un ala del palacio deshabitada. Asaltado por una repentina sospecha, corrió hacia la puerta. Estaba encerrado.

CAPÍTULO VII

Al atardecer, con la decadencia de la luz, aquel extraño es­tado de ánimo que le había mantenido con fuerzas y apeten­cias de vida hasta aquel instante, se desmoronó. Esteban sin­tió como si hubiese estado caminando durante horas y horas, sostenido por la ilusión de llegar a alguna parte, y, de pronto, se encontrase con una verja altísima, ante cuya presencia no se le ofrecía otra solución que regresar al punto de partida.

Era como si el aire, en su torno, se hubiese adensado hasta casi solidificarse. Y el aire pesaba sobre su piel y, sobre el aire, pesaba el mundo entero. La garganta endurecida, la bo­ca amarga, el corazón encogido eran los síntomas físicos de un nuevo cambio. El hombre distinto nacido al conjuro del descubrimiento súbito de que quien había venerado durante años como a ninguna otra persona en toda su existencia no era más que un pobre loco, se había esfumado, dejando en su lugar a un niño acorralado, presa del pánico, incapacitado para cualquier moción interna o externa.

Sin embargo, la transformación, lo comprendía, no había sido tan súbita. Una serie de cambios, en ocasiones muy gran­des, a veces insignificantes, habían zarandeado su espíritu desde el instante en que quiso abrir la puerta y no pudo.

Primero se había afanado en la búsqueda de la forma de llevar a cabo su primera, casi instintiva decisión: huir. Pero toma­sen sus pensamientos el derrotero que tomasen, al final siem­pre sobrevenía el bloqueo mental. Quizá lo inesperado de los acontecimientos, su falta de confianza en las propias fuerzas, le hacían ver la situación como peor de lo que en realidad era. «Tranquilizarme, se dijo, es lo que debo hacer». Y, consecuente con esta determinación, se dio una ducha fría, hizo varios ejer­cicios de flexión de piernas y tracción de brazos, se tumbó en la cama y trató de relajarse, respirando leve, suave y acom­pasadamente. Intentó dormir, pero no pudo. Su imaginación vagaba, con ahinco morboso, como si quisiera castigarle, a través de un conjunto de minuciosos recuerdos de los hechos, las circunstancias, las situaciones, las actitudes que constituían la historia de su pertenencia, orgullosa, feliz y esperanzada, a la Fraternidad.

Mansas lágrimas brotaron en varias ocasiones de sus ojos, cuando evocaba los momentos más felices y a la vez alentaba con terquedad enfermiza la autocompasión. Pero fueron las menos. Continuamente, todas sus facultades regresaban una y otra vez sobre la gran estafa en que en unos instantes había­se convertido lo que hasta aquella misma mañana había cons­tituido el motor de su existencia, su razón de ser.

Con persistencia que hasta él mismo, en su turbación, con­sideraba excesiva, recapitulaba, más que palabras, pensamien­tos o actividades suyas, opiniones y actitudes de su cuñado, y actividades y conversaciones de ambos pertenecientes a un tiempo anterior a su ingreso, a su conocimiento siquiera, de la Fraternidad, cuando Eusebio, uno de sus mejores amigos, formaba parte importante de su vida. Y pensaba en todo aquello como en un paraíso perdido, el paraíso de la niñez, cuando, carente de obligaciones y deberes, que descargaba en la res­ponsabilidad de los mayores, se aplicaba a vivir la vida como la vida venía, como una bandada de aves migratorias atrave­sando el cielo estival de horizonte a horizonte, como el run­runeante zumbido de una libélula que no se ve.

¿Había sido feliz, realmente feliz, inocente e infantilmente feliz, alguna vez, dentro de la Fraternidad? Aquellas horas de la siesta, en un pueblecito playero del sur, cuando el denso sopor cargado de perfumes de adelfas y jazmines achicharra­dos resultaba a la vez adormecedor y estimulante, cuando mi­rar los tostados muslos de su prima no era malo, cuando sen­tirse feliz no era dar rienda suelta a una autocomplacencia pe­ligrosa para la salvación de su alma, cuando recrearse en la propia fuerza y embriagarse del olor del propio sudor de ani­mal joven no traducía falta de espíritu sino ansia de vida, por lo tanto, exceso de él, en un sentido más de acuerdo con las leyes de la naturaleza, leyes impuestas por el Creador, que había dotado al hombre de los sentidos para que hiciese uso de ellos… Eso sí era felicidad.

Era felicidad porque, sin reglamentos escritos ni apremios ver­bales, su conducta obedecía los dictados de su conciencia, per­sonal e intransferible, y de sus actos no tenía que dar cuenta más que a sí mismo y a los seres que amaba, con cuyos intereses superiores nunca recordaba haber estado en serios conflictos.

El partido jugado en la playa, aprovechando la bajamar, ha­bía terminado en empate y hubo de jugarse una prórroga. Y sólo cuando ésta terminó cayó en la cuenta de que había per­dido la misa de doce, la última. ¡Con qué angustia llegó a su casa, llevando delante, como un espejismo, el rostro severo de su confesor! ¡Y con qué alivio escuchó las palabras de su padre, quien, para pronunciarlas, se quitó pausadamente su inseparable pipa de la boca, y la breve risita de su madre! «Va­mos, hombre, la intención es lo que cuenta. ¿Tú tenías inten­ción de incumplir el precepto? ¡Claro que no! ¡Al contrario!» ¡Cómo había él querido y admirado a su padre! ¡Cómo había adorado, adoraba, a su madre! Y en nombre de Dios, del Dios del amor, se le había querido inculcar la idea de que aquel apego, aquel tipo de sentimientos, eran degenerativos… ¡San­to Cielo! Y esto, mientras se le imponía por mil procedimien­tos, expresos o subliminales, la veneración de un loco mitó­mano que pretendía arrastrarle a cometer uno de los mayores crímenes, segar una vida, en nombre de una vanidad que tras­pasaba las fronteras del más allá del mundo y de la historia…

Resonaban en su cabeza, a un tiempo hueca y embotada, palabras de quien se amaba a sí mismo por encima de toda medida humana. «He cometido un error y tengo que pagar por él». Algo así le había dicho como justificación. Él, Esteban, sí que había cometido un error, un error para el cual no veía posible enderezamiento. Había consagrado lo mejor de su vi­da a una falsedad, a una mentira, y con tanto celo como para llegar a verse encerrado, como la clase de rata que era, en una jaula de oro.

¿Cómo era posible que, de pronto, todo fuese de otro color a como él, con tanta seguridad, con tan firme convicción, lo había venido viendo? ¿Cómo era posible que lo que ayer fue santa obediencia hoy apareciese como diabólica claudicación, lo que antaño brillase como humildad, al presente se mostra­se tal enlodada soberbia…? ¿En virtud de qué magia el traba­jo devenía servidumbre, el celo castración, la bondad menti­ra, la modestia orgullo, la lealtad traición, la heroicidad es­tulticia?

Rasgados todos los velos de la ceguera asumida voluntaria­mente, recordaba, como lo que realmente había sido, su acto de mayor entrega al servicio de la Fraternidad: una canallada. «Si no puedes alabar, cállate». Lo había oído tantas veces, prac­ticado tantas veces… con los fráteres y colaboradores de la Asociación… Si a él le parecían imbéciles, no es que lo fue­ran; era él el mezquino, maledicente y falto de caridad cris­tiana… Convencimiento que no le hizo dudar a la hora de ca­lumniar, sí, calumniar, a aquel ex-fráter que había abandona­do -«por falta de espíritu, por incapacidad para llevar rigu­rosamente el plan de vida, por haber cedido a la tentación de la lujuria y la soberbia», según les había arengado el director de su residencia- y se había largado a ejercer su profesión (era catedrático de Historia de las Religiones) por su cuenta, causando a la Fraternidad el daño que siempre produce la de­fección de una personalidad de renombre. Por tanto, eso, el renombre, era lo que había que destruir… por el prestigio de la Divina Fraternidad; ésto es, por la causa de Dios, por Dios mismo. Y a ello se dedicó Esteban con celo de cruzado, junto con otro y a la vez que otras tres parejas, dos de ellas com­puestas por sacerdotes; visitando editoriales, redacciones de periódicos y emisoras, decanatos, rectorados y despachos de directores de colegios. El presunto especialista no era más que un plagiario, por eso había habido que expulsarle. ¿Pruebas? Tal obra y tal otra, firmadas con su nombre, eran calcos de manuscritos de otro especialista eminente, miembro celoso y obediente de la Fraternidad, que por camaradería le había de­jado consumar el secuestro. Y, en cualquier caso, no era eso lo peor. «No deberíamos decirlo por caridad, pero… dado que él ha solicitado un puesto de educador en este centro, quizá debiéramos alertarle en conciencia, señor director, sobre ciertas extrañas actitudes de este pobre y perdido ser con los meno­res… Nada aseguramos, pero es que hay evidencias… Usted ya nos entiende…»

Nada me constaba, pensó Esteban, tendido boca arriba en la cama, llevándose las manos a las sienes, nada. Ni el plagio ni la actitud con los menores de Fernando, hasta hacía nada un hombre que él había admirado de veras, por el que había sentido un afecto que nunca se había atrevido a manifestar, porque un afecto así formaba parte de los sentimientos dañi­nos y peligrosos, nocivos, contemporizadores con la tentación de ceder en demasía a las cosas de este mundo… Y porque, además, se trataba de sentimientos -la admiración y el cariño- que había que reservar en plenitud para el Funda­dor, aquel «eslabón de oro» entre todos los fráteres y el Altísi­mo.

Como le habían utilizado a él en aquella ocasión, como pre­tendían utilizarle ahora, ¿no habrían utilizado también al mis­mísimo Provincial de las Dos Castillas, al joven aspirante a escritor de novelas o que se hizo pasar por tal, al director del Colegio Mayor, los recipiendiarios del aeropuerto romano, el propio Secretatio General don Niceto de la Puerta, quien ha­bía asegurado, y parecía hablar con sinceridad, no saber nada del contenido de su entrevista con Monseñor? No, no era posi­ble. Alguien más tenía que estar en la conspiración. En cir­cunstancias tales, no se trataba del caso aislado de un hombre de inicial buena voluntad, enloquecido por la soberbia, el or­gullo, la autocomplacencia y el desmedido culto a la persona­lidad de un grupo creciente de fanáticos, sino de una auténtica conjura. Quizá cada uno de aquellos personajes a cuya inter­vención en la trama pasaba ahora revista, habíase limitado a representar su papel, sin pedir explicaciones en nombre de la obediencia ciega, la sumisión y entrega totales que imperaban en la Fraternidad; pero… Su presencia allí, su calidad de car­diólogo y bioquímico, el laboratorio… ¿Era posible que una serie de personas aisladas hubiese levantado toda aquella tra­moya sin conexión de unas con otras, sin recibir la menor ex­plicación? Un bien equipado laboratorio de bioquímica, orga­nizado de improviso en la Sede Central de una asociación cu­yos fines eran el fomento de la piedad personal y el apostolado no era cosa fácil de justificar. ¿Tan seguros estaban, o estaba el único responsable, de que, de salir las cosas según sus pla­nes, absolutamente nadie, empezando por el conserje del pala­cio y terminando por las oblatas encargadas de la limpieza de las habitaciones, iba a relacionar tan inusuales preparativos con la muerte del Fundador en el día por él profetizado?

Conjeturas, arrepentimientos, indigeribles asombros, sos­pechas, lamentos, expectativas, pesadumbres, temores, inúti­les búsquedas de solución, de todo hubo en el ánimo de Este­ban durante horas, durante un tiempo largo, infinito, en cuyo transcurso, ahora se daba cuenta, no había dejado de brillar un rescoldo de esperanza, una lucecilla prometedora de sal­vación… Hasta que, con la decadencia de la luz diurna, al ano­checer silencioso, en la soledad aparentemente insalvable de aquella celda situada sin duda en un ala deshabitada del pala­cio, todo cuanto dentro y fuera de él parecía representar la vida, la realidad del mundo, se desmoronó.

Vino primero un llanto incontenible que duró ¿cuántas ho­ras? Un llanto a través de cuyo caudal parecía irse vaciando, abandonando a la aniquilación. Nebulosamente, se le presen­taba de forma recurrente la imagen de su madre como único posible refugio, pero su madre no estaba allí, y aunque él la reclamase con todas las fuerzas de sus ansias, no podría acu­dir. Ni siquiera sabía dónde estaba él. Tanto en el aspecto fí­sico como en el espiritual, aquélla que le dio la vida, que en­tregó a su cuidado y el de su hermana los mejores años de una esplendorosa juventud, ignoraba todo de él desde que ha­bía sido raptado, sí, raptado por aquella secta que, so pretexto de la búsqueda de la perfección aconsejada por el evangelio, se oponía arteramente a cuanto de bello había en la vida, a todo lo humano y natural.

Cuando alcanzó este punto en sus pensamientos, sintió una intensa rabia contra sí mismo, un deseo irreprimible de auto­castigarse. Prorrumpió en una sarta de insultos contra su es­tupidez, su cobardía, su ceguera y su inconsecuencia, al tiempo que se abofeteaba o se golpeaba, con los puños cerrados, en las sienes y en la boca.

Sin lágrimas ya, exhausto, hecho un guiñapo, una marione­ta trágica, rodó de la cama al suelo, donde permaneció un ra­to semiinconsciente y experimentando, de forma creciente, un cierto bienestar por el solo hecho de sentirse por el momento fuera de la crispación que le había agarrotado durante horas; por el simple y sencillo acto de respirar suavemente, suave y acompasadamente, en la tibia atmósfera de aquella estancia silenciosa, donde, hasta que descubrió que se trataba de un aromatizante eléctrico, enchufado bajo la mesilla de noche, creyó reinaba un olor a campo abierto, a horizonte infinito, a libertad, un olor como el de aquellos veranos de su juventud.

Apenas algo repuesto de la tremenda crisis nerviosa, vol­vió a experimentar, con mayor intensidad que antes, el senti­miento de desamparo y autocompasión. «Dios mío, Dios mío, pronunció con el pensamiento, no me abandones en este tran­ce. Es demasiado para mí. Tú conoces mi debilidad. Sabes que no podré resistir».

Haciendo un esfuerzo, se arrodilló sobre la alfombra, apo­yando los codos en la cama y la cabeza en las crispadas ma­nos, e intentó rezar. Pero, apenas sus labios comenzaron a mu­sitar una oración, fue consciente de que, por la inercia de la costumbre, había elegido una -la prescrita por las reglas de la Fraternidad para los momentos en que el espíritu flaqueaba y uno consideraba no estar a la altura óptima exigida por el plan de vida y la aceptación obediente de las indicaciones de los superiores- que de pronto se le presentaba, a la luz de los últimos sucesos y descubrimientos, como un eslabón de aquella cadena de engaños y disimulos por la que se había de­jado aprisionar durante los últimos años. Detuvo sus balbu­ceos, buscó con la mirada el crucifijo que pensaba debía de colgar sobre la cabecera y se encontró con la familiar estam­pita -la tenía también sobre su cama en Madrid- de aquel ángel que recordaba, en sus formas y colores, las calcoma­nías de su niñez, un cromo que hasta dos días antes había en­contrado entrañablemente familiar y significativo, por prove­nir de una ocurrencia del Fundador ejecutada por un fráter pintor -«yo soy un manazas, incapaz de plasmar las imáge­nes que veo con la mirada interior. José Antonio es como mis manos»- y ahora encontraba espantosamente ridículo.

Apartó la mirada de aquel adefesio, la clavó en la pared va­cía y comenzó a rezar un padrenuestro.

No pasó de las primeras frases. Abismado y vacío, se vio incapacitado para la oración. No podía, no quería rezar al mis­mo Dios al que se dirigían -¿de buena fe?- todos los conju­rados; todos los esbirros, esclavos y carceleros de aquel mons­truo de vanidad y disimulo que le había aherrojado allí.

¡Dios incomprensible! gritó interiormente, con fuerzas que no tenía. ¡Iglesia ciega!

Como si en ellos y sólo en ellos estuviese la salvación, la luz, la libertad, el inicio del camino de su liberación, pensaba

en los miembros, tan escasos, de su familia. Sintiéndose ridí­culo y animalizado, babeando, temblando, hipando, pronun­ciando inarticulados sonidos que brotaban como vomitaduras de su garganta abrasada y, con la fuerza desesperada del ansia por articularse, le agrietaban el pecho, sentía como su mayor deseo, como su único deseo, encontrarse en el salón de la ca­sa de su madre, riéndose con ella, con su hermana y con Euse­bio, riéndose con chacales y vampiras risotadas, de aquella turba de desgraciados que se creían encarnaciones demiúrgi­cas, integrantes del décimo coro angélico, apóstoles elegidos no por el Jesús histórico, sino por el mismísimo Creador, lo­cos, locos, locos, constructores de un manicomio de propor­ciones planetarias que, según intuía en un destello con color y pestilencia de satánico azufre, estaba a punto de convertirse en un cementerio descomunal. Un cementerio que -empezaba a comprenderlo con infrahumano terror- estaba a punto de inaugurarse con su cadáver.

CAPÍTULO VIII

Agotado, debió de quedarse dormido. Y pronto cayó en las profundidades de un sueño extremadamente lúcido aunque de­sordenado y, a veces, hasta incoherente y contradictorio.

Soñaba estar despierto, y despierto asistía a escenas de su propia vida como miembro de la Fraternidad y a escenas de su vida como miembro de una familia sencilla, cristiana des­de hacía generaciones, pero con un cristianismo de un estilo muy diferente del de los que a sí mismos se consideraban san­tos. En medio, como un eslabón que uniese aquellos dos ám­bitos semejantes, pero a la vez tan distintos, entre los que se repartía su vida, una figura gigantesca, la de su cuñado Euse­bio, presente tanto en su existencia exterior, objetiva, como en los íntimos recovecos de su personalidad, de sus sentires y pensamientos. Poco a poco, esta figura ciclópea comenzó a colmar el ámbito del escenario, repetición exacta, menos en el color, que era blanco lechoso, del comedor de la casa de su madre, por el que se movían ideas como si fuesen persona­jes y personajes como si fuesen encarnaciones de ideas; a col­mar aquel ámbito, y a revestir los caracteres de su propio yo desdoblado.

-No seas estúpido, Esteban. ¿Cómo podéis decir que vuestro cura es un precursor del Vaticano Segundo? Del Concilio sur­gió una iglesia profética, denunciante, luchadora contra la opre­sión y la injusticia, y lo que él propugna es un cristianismo pietista, desencarnado, completamente de espaldas a las in­justicias sociales. Tú, santifícate personalmente, reza, cum­ple el plan de vida, frecuenta el confesonario, ve a misa todos los días y comulga, ¡se santo!, ¡salva tu alma!… Y, a los ni­ños del Tercer Mundo, que les vayan dando. ¡Precursor!

-Precursor, sí, precursor. Precursor, por ejemplo, del ecu­menismo. ¿Qué me dices de los cooperadores no creyentes que tiene la Fraternidad?

-Seguro que, son capitalistas. A los capitalistas les interesa eso: una Iglesia que no dé guerra, que no lance dardos contra sus conciencias, que se pase todo el día rezando.

-¿Es que hay en la vida algo más importante que rezar?

-¡Pues claro que sí! Escucha, tú cógete el evangelio. Em­pieza a leer por la primera página de Mateo y termina por la última de Juan. Toma también una cuartilla y divídela por la mitad con una línea vertical. A la derecha de la línea, anota un punto por cada vez que Jesús reza o se pone contemplati­vo; a la izquierda, otro punto por cada vez que hace algo por los demás. Te quedarás asombrado al comprobar cómo la zo­na de la izquierda suma una puntuación muchísimo más alta.

Entre humos de duermevela, más febril por momentos, em­papado en sudor y con la boca pastosa y amarga, Esteban era a medias consciente de que dormía, o soñaba estar medio des­pierto. Como cuando, de muchacho, en las vísperas de un exa­men, sabiéndose flotando en ese ámbito misterioso que sepa­ra la vigilia del sueño, comprendiendo que así no descansaba y que ello tendría funestas consecuencias para su estado del día siguiente, en que necesitaría del pleno rendimiento de to­das sus facultades, pero sin poderlo remediar, se empeñaba en recordar la lista de los reyes godos o de los cincuenta esta­dos de la Unión, o en resolver una ecuación, o un problema de aquellos de grifos y desagües que siempre le habían traído por la calle de la amargura; de la misma manera, ahora, dur­miendo y soñando que estaba despierto, o despierto y obnu­bilado por las brumas de un sueño que pretendía apagar su conciencia, intentaba reconstruir una larguísima carta que hacía poco más de un año, a raíz de una de aquellas reyertas domi­nicales, le había escrito Eusebio. Una carta cuya entrega le había sido exigida por el director de su Casa, cuando aún no había tenido tiempo de releerla.

Descomunal, agotador era el esfuerzo que ahora había de hacer para recomponerla. Poco a poco, sin embargo, iban sur­giendo párrafos, cuyo contenido no podía estar seguro si per­tenecía de verdad a la carta o a alguna de las tantas discusio­nes tenidas con su cuñado, y que con la voz de éste, multipli­cada en su intensidad por los ecos innumerables que brotaban de los mil recovecos de la insondable y oscurísima caverna en que se sentía encerrado, atronaban punzantes y dolorosos en su cabeza.

«Sabes muy bien, querido Esteban, que para mí la Fráter no es algo que conozco de oídas. Te constan mis relaciones con miembros de ella desde los años cincuenta, cuando estu­diaba Derecho en la Universidad de Sevilla. Víctima o bene­ficiario de la «santa coacción», al haber tenido en varias y di­latadas etapas de mi vida jefes que eran numerarios o super­numerarios, he asistido un buen número de veces a ejercicios espirituales y convivencias en La Granja; como muchas ve­ces (algunas de ellas, en tu compañía) he asistido a círculos de estudio en el Colegio Mayor Compostelano y domingos por la mañana a reuniones en la cripta de la basílica de San Ga­briel. Ha habido épocas en mi vida, en que he tenido un di­rector espiritual de la Fraternidad y en que me he visto, creo que semanalmente, con un numerario… Profesionalmente, lo sabes muy bien, he trabajado en sitios de ésos que la vox pó­puli considera feudos de la Fráter; en los que, por lo menos, mandaban socios de ella. En fin, ¿es a ti a quien tengo que demostrar que mi conocimiento de la Divina Fraternidad lo tengo a partir de experiencias personales, lectura de las obras del Fundador, de libros publicados por vuestras editoriales, y también de otros debidos a ex-socios o a personas ajenas a la Institución, pero que la han investigado bien; de relacio­nes y conversaciones con bastantes socios y ex-socios y tam­bién socias y ex-socias, pues mis circunstancias personales me han permitido conocer con cierta profundidad (quizá mejor que muchos fráteres) a la rama femenina? ¿Es a ti precisamente a quien tengo que decir que mi visión de la Fráter no es pro­ducto de la desinformación, sino de una información directa, amplia y variada; que es el resultado del común denominador que he sacado de cuanto he vivido, de cuanto de laudatorio y de crítico me han dicho; de cuanto he leído, visto, experi­mentado, reflexionado, etc.? No, ciertamente. Pero como sé bien que esta carta no se va a quedar en tus manos, sino que va a pasar a las de los integrantes de «más altos y severos or­ganismos», hago todas estas precisiones. Que se enteren, si les apetece, si se atreven, de lo que piensa uno que no es de ellos, pero que les conoce bien. Que no es de ellos, pero que sí es cristiano y piensa seguir siéndolo; que entiende que ser cristiano, según el Nuevo Testamento, no consiste en aceptar este o aquel dogma sobre Cristo, por excelso que sea, ni en abrazar una cristología determinada, sino en creer en Cristo y en seguirle. En seguirle de manera comprometida, como se hace desde ésas que se llaman comunidades de base.

«Tú me dices que no puede haber más que una forma de ser cristiano. ¡Cómo te equivocas! Una simple ojeada fuera de las murallas chinas tras de las que te escondes te haría com­prender que en la iglesia, actualmente, no es que haya plura­lismo, es que hay auténtico antagonismo. Hay dos bandos, y tú estás en uno, querido Esteban, y yo en el otro. Y ha sido viviendo en él y con él como he llegado al convencimiento, después de sacudirme vuestra influencia, de que yo debo lu­char en mi terreno por una iglesia cuyos planteamientos sean aceptables por una mentalidad del siglo XX, una iglesia más cercana a la primitiva, que la que han producido dos milenios de distorsiones; una iglesia que tome el Vaticano Segundo co­mo un punto de partida, como algo que hay que desarrollar y llevar a sus últimas consecuencias, no como algo que, se­gún pensáis en los círculos integristas, llegó demasiado lejos y, por lo tanto, hay que corregir; una iglesia viva, pueblo de Dios, sacramento de Cristo en esta tierra, como la que perge­ñaron las reuniones de Medellín y Puebla; que se olvide de una vez para siempre del régimen de cristiandad y que luche en el mundo sin ventajas, separada de los poderes políticos y de las clases dominantes…

«Pero basta de exordios. Tú lo que me pedías era que pun­tualizara, ¿no? Para puntualizadamente contestarme. Con pluma de ganso, supongo, y perdona. Y es por eso, y por lo que te decía antes acerca del destino que pienso tendrá esta carta, por lo que he considerado necesario incluir en ella todos esos antecedentes. Porque el otro día tú afirmaste repetidas veces que mi visión de la Fraternidad es producto de una serie de anécdotas pintorescas y hasta ridículas y yo quiero hacer ver que no. Tantos cientos de anécdotas, como tú las llamas (vi­vencias, las llamaría yo), me han llevado a descubrir un esti­lo, un talante, una manera de ser de la Fráter y de los miem­bros de la Fráter que, a mi manera de ver, no solamente resul­ta contraria al signo de los tiempos, al espíritu del concilio, sino, en ocasiones, hasta contraria al Evangelio…

«¡Anécdotas! Mucha de mi información proviene, como te he dicho, de ex-socios y ex-socias. Cuando te he hablado de cosas concretas conocidas por este conducto, tú has contraa­tacado con argumentos ad hominem. Pero yo te pregunto: ¿es posible que cerca de medio centenar de personas que no se conocían entre sí, hombres y mujeres, de diferentes edades, científicos o humanistas, intelectuales o profesionales libres, se hubiesen puesto de acuerdo, sin saber previamente que iban a hablar conmigo, para decir el mismo tipo de cosas, las cua­les me han llevado a adquirir una visión, que no tengo más remedio que considerar homogénea, de lo que ocurre dentro? No es posible, Esteban. Ni yo soy un idiota. Yo tengo mis cri­terios para saber a quién tengo que dar crédito y a quién no; y no he asimilado ninguna información que no haya podido confrontar con otras que me han llegado por conductos dife­rentes; entre ellos, el de mis propias observaciones, reflexio­nes y experiencias. Y vamos con las puntualizaciones.

«Empezaré, como el otro día, por lo referente a eso que tanto repetís: que sois libérrimos. ¡Te opondría tantas «anécdotas»! Desde el caso de varios amigos supernumerarios a quienes han expurgado sus bibliotecas, hasta los de mis múltiples entre­vistas con socias, en todas las cuales, a renglón seguido del saludo, aparecía una segunda «que tenía mucho interés en co­nocerme». Tú y yo sabemos bien que esa no era la verdad. Que de lo que se trataba era de que la primera no estuviese a solas conmigo, ¡porque las socias de la Fraternidad no son libres de estar a solas con una persona del sexo opuesto! ¡San­to cielo! ¿Cómo puede ser libérrimo quien siga los consejos del capítulo Obediencia de Combate? Todos cuantos ex-socios conozco me han confirmado que en la Fráter se dice y se re­pite: «entender no es necesario», «en la Fraternidad, obede­cer o marcharse», «lo que te manda tu director es la voluntad de Dios», «la conciencia personal es mala consejera» … !!! To­do lo contrario a lo que dijeron Santo Tomas, San Agustín, para quienes la conciencia individual es el último -intocable­punto de referencia de la conducta. Pero es que la manipula­ción de la conciencia va hasta contra el derecho canónico… No, no, no, los socios de la Fraternidad no leen lo que quie­ren, ni van a donde quieren, ni piensan sin múltiples interfe­rencias. Tenéis el cerebro lavado. Sois de una homogeneidad que os hace casi intercambiables. Conozco a un escultor, buen artista y, como tal, con un ego muy fuerte, que está al borde de la neurosis, se le nota, porque sus obras no salen del taller sin que su director (es numerario el escultor) «censure» su la­bor y, a veces, le obligue a destruir algunas piezas. ¿Por qué? Quizá porque algunas curvas le parezcan obscenas o algunas formas, paganas. Incomprensible, porque se trata de un artis­ta que se mueve en los límites de la abstracción.

«Esto me lleva a lo de ser cristianos corrientes, como tanto pregonáis. Tengo tal lista de pruebas de que no lo sois, que no tendría papel para tan sólo enumerarlas. ¡Pero si vivís dentro de un fanal, Esteban! Si no es ya que no viváis en el mundo, es que no os mezcláis siquiera con los demás cristianos… Me cuesta mucho trabajo repetirte ahora lo que te dije la otra tar­de, pero, para mí, es un hecho probado que la gente de la Frá­ter, la Fraternidad como conjunto, mejor dicho, no quiere «con­taminarse» en su contacto con los demás cristianos, con los «de fuera», como me han dicho que los llamáis… Lo contra­rio exactamente de lo que hizo Jesús, que se relacionó con pu­blicanos y pecadores, que los prefirió; que frecuentó el trato de marginados y mujeres, incluso de protitutas, contravinien­do las normas de la sociedad machista a la que pertenecía. Mi observación personal me hace ver que actuáis como si el Altísimo (que, por las medias palabras que se oyen en los am­bientes de la Fráter, parece como si despachara todas las ma­ñanas con Monseñor) os hubiese constituido en custodios de la fe, de la ortodoxia, inclusive frente a pontífices «alocados» como Juan XXIII. En las casas de mujeres, por lo menos, me consta que cuando resultó elegido Pablo VI, se recomendó en­comendarle «para que su tendencia al comunismo no desem­bocara en alguna aberración».

«La enemistad hacia el cuerpo que se respira en los escritos del padre Ximénez, y en las revistas y libros de inspiración fraternalista, es absolutamente antibíblica, porque ese dualis­mo cuerpo malo-alma buena es una infección helenística del cristianismo postapostólico. Cilicios y disciplinas no son evan­gélicos. En Jesús encontramos el sacrificio, inclusive hasta la muerte, por los demás, pero jamás el sacrificio inútil. Al re­vés. Se ganó fama de comilón y bebedor de vino. Uno de los datos que ha establecido con solidez la exégesis moderna es el de que Jesús no fue precisamente un asceta, y que su sepa­ración de la escuela del Bautista vino precisamente de eso.

«Vuestra prevención contra el sexo… También antibíblica. En los dos relatos de la Creación que contiene el Génesis, el sexo es contemplado como un don de Dios, que forma parte del orden creado. Su bondad potencial se encuentra, no en el hombre o la mujer aislados, sino en la pareja que se une para formar una entidad humana total. Es significativo que en am­bos relatos el clima de los actos creativos de Dios sea la unión del hombre y la mujer. El hecho de que ocupe este privilegia­do lugar en el orden de la creación indica que la sexualidad humana posee una grandeza que no poseen otros aspectos o elementos del mundo material. Es algo dado para la felicidad del ser humano y es considerado por Dios como «muy bue­no». Aunque Juan Pablo II no hubiese dicho, como aseguras, eso que periodistas amigos me han asegurado que sí dijo, aun­que luego se quisiera desmentir -lo de que mirar a la propia mujer con deseo ya es adulterio, con lo que tú dices que dijo, y que hubiera ratificado Monseñor, ya es bastante: que no se debe tomar a la mujer como objeto de deseo… Sólo el enun­ciado ya es parcial e injusto. ¿Por qué no se le dice nunca a la mujer que no mire al hombre, etc.? Es evidente, y volveré sobre el tema, que para el Padre (contraviniendo la doctrina de Pablo) la mujer es inferior al hombre, como para toda la iglesia tradicional. Y el caso es que no hay más que leer el Génesis para ver que la mujer necesita de todo un Satanás pa­ra caer, en tanto al listo del hombre le basta con un ser que, según el máximo inspirador de la filosofía cristiana sobre el tema, Aristóteles, no era más que un hombre mal hecho… Lo cierto es que ni lo uno ni lo otro: ni lo que dicen que dijo ni lo que decís que dijo. La atracción de los sexos está en los planes de la Creación y obedecer a ella, como el amado y la amada del Cantar de los Cantares, es rendir tributo a una de las maravillas, a la maravilla de las maravillas de la vida. Porque el Cantar de los Cantares está demostrado que lo constituyen una serie de poemas líricos destinados a ser cantados en las bodas y a su belleza extrema subyace la idea de que, a través del cumplimiento de la atracción sexual, la naturaleza huma­na alcanza las mayores alturas posibles de la existencia terrena. Y aquí te quiero indicar que, según los especialistas, no existe la menor apoyatura para la opinión de que, originaria­mente, el libro fuese una alegoría del amor de Yavé por Israel ni que nadie lo considerase tal en la Palestina del siglo prime­ro. En fin, todo lo contrario a la doctrina tradicional de la iglesia en general y de vuestro fundador en particular. La teología actual está demostrando que el prestigio del celibato, que se inicia en la patrística y, con las gloriosas excepciones de Cle­mente de Alejandría y los borrados del mapa Joviniano y Hel­vidio (a quienes sólo conocemos a través de sus adversarios), llega hasta nuestros días, es absolutamente infundado. El Gé­nesis lo dice claro: «no es bueno que el hombre esté solo». Como te dije el otro día, ¡cuánto trabajo os va a costar borrar los efectos de esa mala ocurrencia del Padre de considerar a los casados «clase de tropa»! Monseñor dice que «ellas» no hace falta que sean sabias, basta que sean discretas. Lo con­trario que Jesús, que dijo que la intelectual María había elegi­do mejor parte que la hacendosa Marta. Todo en sus escritos y en sus hechos revela infravaloración de la mujer, lo más con­trario a los signos de los tiempos. Los puntos 6 y 7 de Com­bate identifican seriedad y carácter con virilidad.

«Mucha piedad, mucha moralina (a vosotros os producen más zozobra dos centímetros de menos en un bañador que el hecho de que en Etiopía muera un niño de hambre por minu­to), muchas devociones extrabíblicas, de viejecitas, pero una clamorosa ausencia de preocupación por la justicia social es lo que he encontrado siempre en los escritos de vuestro fun­dador, para quien, evidentemente, el prójimo era sólo el muy próximo.

«Si no puedes alabar, cállate…» Si no puedes alabar a otro socio, supongo. Porque, lo que es a los de fuera o, sobre todo, a los que se salen… Cuántas «anécdotas» tengo también en mi anecdotario, Esteban, que demuestran que si se trata de alguien que se os ha largado y, sobre todo, si se sitúa en una posición crítica, no solamente no se calla, sino que se pone en funcionamiento una maquinaria de descrédito hasta los ex­tremos que pueden verse en el segundo libro de esa amiga mía, que tú conoces también, y de cuya veracidad ha tenido prue­bas en mis manos. Y al decir «descrédito» utilizo, puedes creer­lo, un eufemismo.

«Queréis recristianizar Europa pidiendo en los restaurantes, los viernes, «platos de abstinencia». Y si el camarero pone cara de no entender, que será lo más probable, explicándole de que va la cosa. ¡Qué maravilla! O aconsejando a vuestros super­numerarios que muestren con orgullo a sus ocho hijos y pre­gunten a sus amigos, desconsolados, si a ellos no les ha ben­decido Dios más que con esa parejita… A este consejo subya­ce la filosofía machista de que la mujer no está más que para ser guardiana doméstica y madre de familia. Porque, dime, si no, cómo se realiza como ser humano una mujer con voca­ción de médico o de pintora, si tiene ocho hijos, un piso pe­queño y no dinero ni ganas para tener dos esclavas.

«Son tantas las cosas, las dudas, los interrogantes que tengo anotados en márgenes de libros, en papeles sueltos, y me va­cié tanto el otro día en mi discusión contigo, que me resulta agotador volver sobre cosas ya dichas…»

Me vacié, me resulta agotador; me vacié, me resulta agota­dor; me vacío, me vacío, me agoto, no puedo más, no resisto, me ahogo, me deshago… Dando vueltas en la cama, Esteban repetía una y otra vez, ahora con la voz además de con el pen­samiento, estas frases, mezcladas con otros sonidos incohe­rentes. ¡Madre! Entre nieblas espesas, le pareció ver una fi­gura acercándose a su lecho, y sentir una mano fría, dura co­mo el pedernal, apoyada en su frente.

Con las primeras luces del amanecer, debió de remitir la fiebre. Quizá le habían administrado algún fármaco estando él inconsciente. Esteban se sintió a sí mismo, exhausto pero entero, ovillado en un revoltijo de sábanas empapadas en sudor.

Se pasó la lengua por los labios y tuvo la impresión de pa­sar una estopa por una pared rugosa. Sentía a la vez necesi­dad de alimentos y ganas de vomitar.

Se incorporó con idea de levantarse para ir al lavabo, y hu­bo de estar un rato sentado al borde de la cama, hasta recupe­rar la visión, perdida momentáneamente. Cuando se puso en pie, notó una fuerte opresión en el estómago, una profunda náusea, mareo, y hubo de sentarse otra vez. Casi no podía res­pirar.

De pronto, rompió a sudar, una laxitud extrema se extendió por todo su cuerpo, y experimentó un profundo bienestar, un bienestar deleitoso, cálido, del que disfrutó largo rato, deján­dose caer hacia atrás. El pecho le subía y le bajaba en inspira­ciones y expiraciones lentas, hondas, vivificantes.

Al cabo de un tiempo, se incorporó nuevamente y se puso en pie. El peso de su cuerpo, mientras lo arrastraba con paso cansado hacia el cuarto de baño, le comunicó la impresión de una tremenda debilidad. Le dolían todas las articulaciones, pero se encontraba bastante mejor que cuando despertó.

Tras enjuagarse la boca, bebió un sorbo de agua y se en­frentó al espejo, donde vio reflejado un rostro expresivo del agotamiento, el vacío, la asfixia padecidos durante el sueño o la pesadilla que ahora empezaba a rememorar. Pero… Todo cuanto ahora se amontonaba en su mente, ¿era producto de un sueño, de una angustiosa pesadilla? Volvió a mirarse al es­pejo, directamente a los ojos, se palpó el pecho y se pasó los dedos por los labios agrietados. «Estoy despierto, sí», se dijo. Sin embargo, en sus rememoraciones del trance sufrido, sin duda presa de la fiebre, se entremezclaban imágenes y frases de la entrevista tenida, probablemente la víspera, con el fun­dador de la Fraternidad, y otras, mucho más lejanas, pero no por ello menos precisamente recordadas, de discusiones con su cuñado.

Antes de que abandonase el cuarto de baño, llamaron a la puerta. Acudió a abrir con una decisión y una naturalidad im­premeditadas, a las cuales sólo horas más tarde otorgaría su verdadero significado. Algo tan sencillo, aunque tan contra­dictorio, e incomprensible para quien estuviese al tanto, co­mo sólo él podía estarlo, de sus convicciones desde que in­gresó en la Fraternidad; algo tan simple constituyó el primer paso de una andadura de meta todavía imprevisible, pero dis­tinta, completamente distinta a la señalada, a la exigida para él por Monseñor.

EPILOGO

El anterior relato ha podido escribirse a partir de informa­ciones suministradas por Eusebio Martín, un ex-socio de la Fraternidad que ha preferido no hacer público su nombre y, especialmente, una larga carta de Esteban Monterde, que no ha podido saberse cómo logró enviar, y que publicaron sen­dos diarios de gran circulación de Madrid y Barcelona, siete días después de que su cuerpo sin vida fuese hallado junto al cuerpo, también sin vida, de monseñor Ximénez de Betanzos, en una salita contigua al despacho de éste, donde asimismo se encontraron los restos de dos desayunos a medio consumir.

El fallecimiento de ambos, por paro cardíaco según revela­ron las autopsias, cuyo resultado hicieron público las autori­dades policiales romanas, había tenido lugar el día primero de diciembre de mil novecientos setenta y seis; es decir, siete días antes del «profetizado» por el Fundador, Gran Hermano, Padre y Primer Presidente General de la Divina Fraternidad de Cristo Rey, la apertura de cuyo proceso de beatificación tendrá lugar en breve, según han revelado oficiosamente fuentes dignas de todo crédito, próximas a las más altas instancias de la curia vaticana.

FIN

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