El Silencio De La Termita, Jesús Ynfante

El silencio de la termita

El silencio de la termita

EL SILENCIO DE LA TERMITA

Jesús Ynfante

1983

NOTA: Está agotada la versión española de esta novela. La colocamos aquí sólo con fines didácticos y mientras no se ponga de nuevo a la venta.

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PRÓLOGO A ESTA EDICIÓN DIGITAL

En esta obra Jesús Ynfante cambia su estilo literario habitual de ensayo y denuncia directa –con nombres y datos- al de la ficción. Pero no nos engañemos, la novela que presentamos es en realidad una excusa del autor para seguir mostrando corruptelas muy concretas de personas, situaciones y entidades. La primera edición de este libro fue publicada en 1979, para el público español, cuando los contextos narrados en él estaban tan presentes en quienes los vivieron que sustituir los nombres ficticios por los reales era como resolver un crucigrama. Pero pasa el tiempo y con él aumentan los escollos para reconocer tras los seudónimos los verdaderos nombres. Así, los que nacieron entonces hoy tienen 30 años por lo que para ellos los tinglados que narra pueden parecerles tan remotos como los que ocurrieron en la corte del rey Felipe II. Por supuesto que la dificultad aumenta aún más para los que no vivieron en España en esa época; pero precisamente esto es, según mi criterio, el mayor mérito de esta novela: el hacerla intemporal, el que la radiografía social presentada bajo ficción nos permite diagnosticar las enfermedades aún cuando algunos –o muchos- no puedan ponerle nombre a los enfermos.

Iván de ExOpus

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No se sabe cuándo nació el autor de esta obra. Se ha supuesto que pudo nacer el año de la bomba atómica, en 1944. Tampoco se sabe a ciencia cierta qué estudios hizo ni en qué centros. Suponen unos que los inició en los jesuitas de Sevilla: otros conjeturan que debió de hacerlos en San Sebastián: se da casi por seguro que también los siguió en Valladolid. Dos datos parecen comprobados: que en Madrid, muy joven, participó en las revueltas estudiantiles, y que más adelante asistió a clases y seminarios en universidades francesas.

En fecha desconocida, posiblemente en mayo de 1968, pasó a Francia. Se ha querido relacionar su salida de la Península con ciertas actividades subver­sivas; en tal supuesto, su marcha habría obedecido al deseo de burlar la acción de la Justicia. Lo que si sabemos de cierto es que vivió en ciudades de Europa como París o Londres, y que actualmente se dedica al estudio de los insectos.

Entre sus libros publicados sin permiso de la censura en el extranjero destaca “La prodigiosa, aventura el Opus Dei: génesis y desarrollo de la Santa; Mafia” (París, 1970). (Texto de la contraportada del libro.)

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I

En el centro de la capital de Las Batuecas, lejos de los suburbios, sobre las ruinas de un antiguo palacio de la nobleza, se levantaba aquella mole ar­quitectónica denominada Centro Alonso Sánchez en homenaje, sin duda, del batueco que le facilitó a Colón las noticias que permitieron el descubrimien­to de América.

En su despacho de presidente, decorado con sobrio buen gusto, Alfonso Montes-Ramos no llegó a abrir aquel día la lujosa carpeta con los temas que sus colaboradores le preparaban cada mañana. Ante­riormente, ya había dado instrucciones precisas a varios ejecutivos de su confianza, verdaderos espe­cialistas en «ablandar» a sus interlocutores con el suave método del «por-aquí-te-quiero-ver». O el «contradígame-usted-si-me-equivoco».

El despacho ocupaba la llamada planta noble de una de las ostentosas edificaciones del Centro Alon­so Sánchez, lugar soñado por las grandes empresas como base de sus operaciones, para dirigir desde allí a miles de personas repartidas en centenares de so­ciedades, bancos e inmobiliarias.

A Alfonso no le gustaba el pintoresco barroquis­mo de su tierra y para decorar el despacho había huido de la fastuosidad de un paso de palio con vara­les, candelería y flores, o de una hermosa canastilla con un crucificado sobre un montón de claveles y lirios, o de un lujosísimo misterio con espléndidas figuras y candelabros luminosos en las esquinas, todo ello en miniatura. Sobre la mesa sólo había un cru­cifijo y la plateada estatua con nubes y rayos metá­licos de la Virgen del Socorrismo Perpetuo, devo­ciones y objetos heredados de su padre.

La Montes-Ramos Sociedad Anónima, en abre­viatura Morasa, era una empresa que habían fundado los hermanos Montes-Ramos con unos miles de du­ros, cuando aún no llevaban partícula en el apellido. En pocos años, el negocio familiar con siete emplea­dos, se había convertido en una termitera millonaria, donde Alfonso Montes-Ramos campeaba de presi­dente.

Para distinguir las diversas actividades de Mo­rasa, los hermanos Montes-Ramos habían registrado un símbolo que figuraba en todos los impresos de cartas y documentos. Se trataba de un triángulo que albergaba en su interior a una termita, símbolo de laboriosidad, constancia, eficacia y actividad para ellos.

Varias habían sido las razones que les llevaron a adoptar este distintivo. El triángulo exterior estaba relacionado con la fachada de la primitiva casa del negocio familiar en Villaluenga del Rosario. También que cada termita desarrolla maravillosamente el pro­grama marcado dentro de la termitera, sin inmiscuir­se en la labor que ejecutan sus vecinos, teniendo un gran instinto de defensa y mostrando sólo su agresi­vidad cuando son atacadas. La termitera es además un modelo de construcción, viviendo las termitas juntas, formando un auténtico grupo, repartiendo el trabajo según categorías muy jerarquizadas y con enorme disciplina.

El distintivo gigante de Morasa se ofrecía a tiro de piedra del despacho de Alfonso, a ochenta metros de altura, como símbolo insultante del poder de la termitera, cuyas torres habían sido construidas mediante un procedimiento de edificación singular con hormigón armado y pretensado, según un plan consistente en comenzar la construcción por la plan­ta más elevada y adosada cada una a un gran soporte, albergando el engendro urbanístico, de confusa y po­lémica construcción, las diversas sedes financieras y bancarias del imperio económico surgido con agita­ción y propaganda multicapitalista a partir de una pequeña bodega en el pueblo de Villaluenga del Ro­sario. Con veintiséis plantas, seis de ellas de sótano, la termitera se desdoblaba allí en dos torres geme­las, cada una de las cuales contabilizaba en metros cuadrados más de una hectárea de superficie, y sus plantas superiores constituían un privilegiado obser­vatorio por encima de los tejados de la vieja Villa y Corte de Las Batuecas.

Muy lejos del centro de la gran ciudad, en uno de los barrios extremos de la capital de Las Batue­cas, en un suburbio rebosante de viviendas antaño llamadas modestas, el suelo de la escalera de uno de los bloques ofrecía ese ligero tono encerado que sólo se obtiene con una sabia mezcla de lejía y algún otro producto de limpieza para el hogar. El piso era como todos los de aquel barrio-termitera: cuatro habitaciones, cocina y cuarto de baño. Se hallaba amueblado discretamente, según un nivel modesto, en perfecto orden en todas sus dependencias. Lim­pieza, abundancia de trajes en armarios, estuches de fotografías al parecer familiares. En el patio había ropa tendida de una niña, en armarios varios medica­mentos y en el frigorífico, alimentos y bebidas. Daba la impresión de absoluta normalidad.

Al fondo del pasillo, en una habitación con dos camas simples, entre las cuales paralelamente se ha­llaban una cuna y una bañera de plástico. En la cuna, totalmente desnuda, el cuerpo en posición de decú­bito supino, de una niña de pocos meses, sin vida ni huellas de violencia física; observándose en dis­tintas partes del cuerpo coloraciones violáceas y en la boca, entreabierta, un poco de espuma blanque­cina. No se advertía el inri típico de la cruz ni la faja negra con el mors mortem superavit. La niña llevaba puestos unos pendientes redonditos de oro y presentaba un desarrollo y nutrición normales. Cualquier médico forense podría indicar que se tra­taba de un caso claro de muerte por asfixia. La muerte por asfixia de una larva o ninfa de termita.

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II

Curro García era el ejemplo clásico de lealtad, pervivencia y dedicación para cuanto significaba Mo­rasa. Hacía más de cuarenta años que trabajaba con la familia Montes-Ramos y pensaba jubilarse en su cargo de capataz de la bodega. Sus años de traba­jo comenzaron con el patriarca don Eufrasio, pasan­do luego a las órdenes de su hijo Alfonso y de sus hermanos. El capataz era un auténtico modelo de laboriosidad y de entrega que gozaba del afecto de los rectores de Morasa, por ser uno de los hombres de mayor antigüedad en la empresa.

Curro aún recordaba lo que le dijo cierto día el señorito Alfonso cuando salieron al patio, después de recorrer los tortuosos senderos que formaban las filas de toneles, dejando atrás las oscuridades de la bodega:

—El negocio de mi padre se mantuvo más por su personalidad que por la calidad del vino. Este es un negocio que no ofrece continuidad de futuro…

Curro le miró entonces de reojo, pero no dijo nada. La tierra albariza, casi blanca, hecha de arenis­co y caliza, rica en carbonato de calcio, que retiene la humedad cerca de la cepa; o la uva palomino, ge­nerosa en azúcar, que da graduación al fermentar porque concentra su glucosa bajo un sol que brilla tres mil horas al año, representaban tan sólo sim­ples peldaños en la ambiciosa escalada de los herma­nos Montes-Ramos. La tierra de Villáluenga no se merecía semejante plaga, ni aquella termitera.­

—Lástima que la crianza del vino no les inte­rese. Sólo quieren el comercio. Los hijos de don Eufrasio no son bodegueros sino negociantes, dijo una vez Curro en voz baja, dejando sorprendido a quien le escuchaba.

A Curro ya le daba todo igual. Sólo buscaba su jubilación como capataz. En las nuevas bodegas las botas ya no estaban dispuestas a lo largo del eje mayor de la gran nave, ni tampoco las andanas tenían tres alturas como antes. Las nuevas bodegas eran escaparates publicitarios orientados hacia el tumultuoso tráfico de una carretera general, más bien que hacia el sur o hacia suroeste buscando si­lenciosamente el aire del mar, que era como antes se construía en Villaluenga del Rosario.

Curro, capataz de olfato milagroso, disfrutaba aún en su trabajo con el gozo de estar manejando una materia viva. Se emocionaba todavía haciendo penetrar a tientas el vástago de la venencia en la bota rompiendo delicadamente la flor del vino. O, tam­bién, cuando la espesa capa orgánica formada por diminutos hongos o levaduras volvía a cerrar apre­suradamente su herida.

El estaba de acuerdo en que los tiempos del la­gar y de la prensa ya habían pasado y que el acero inoxidable, cintas transportadoras y cajones de plás­tico habían sustituido a carros, canastas y a los pisa­dores; pero la difícil artesanía de mantener una sole­ra no era para Morasa. Las soleras conservadas en el tiempo, gracias a los seculares cuidados de capa­taces y bodegueros, se habían convertido en un obje­to de culto sólo venerado por los turistas.

Cuando los bodegueros de Villaluenga perdieron el pleito con el cognac francés y tuvieron que llamar­le brandy, Morasa no perdió la ocasión. Ni Morasa ni Pablo Dupont. Desde entonces, el brandy entraba por una puerta y salía a los dos minutos por la otra. Nadie perdía el tiempo fingiendo envejecer las sole­ras del brandy en las bodegas. A partir de un litro de extracto destilado se podían obtener hasta dos­cientos litros de coñac.

La elaboración de los brandies con destilados y holandas de vinos de otras regiones dio también mo­tivo a la sospecha de que esos vinos se empleaban en la elaboración y crianza de los vinos de Villaluen­ga. A Curro tampoco le preocupaba si los camiones con vinos de otras regiones, que entraban consigna­ dos como traslados de vinos entre bodegas de la mis­ma empresa, llevaban o no las correspondientes guías de circulación falsificadas.

Todos aquellos tejemanejes Alfonso Montes-Ra­mos los justificaba diciendo públicamente que los vinos de Morasa para salir al mercado tenían que tener un mínimo de tres años de crianza, que era necesario mantener unos depósitos que alcanzaban varios millones de hectolitros, que estos inmoviliza­dos suponían unas elevadísimas inversiones, que el ciclo económico era demasiado lento y a Morasa le hacían falta inversiones que rindieran rápidos y cuan­tiosos beneficios.

Aquel año había causado sorpresa y consterna­ción en Villaluenga del Rosario el cierre del vicecon­sulado groenlandés y, por tal motivo, la Delegación de Festejos, de acuerdo con el Comité de Vigilancia y el Grupo de Exportadores, pensaban dedicar a Groenlandia la próxima edición de la Fiesta de la Vendimia. Se estimaba en los medios bodegueros que el cierre del viceconsulado allí existente podría afectar a las relaciones comerciales con Groenlandia. Por sus características comerciales con el exterior, Villaluenga del Rosario había tenido desde siempre una especial vinculación con las frías tierras de Groenlandia.

A Curro García, a punto de jubilarse, ya todo le daba igual. Que, aquel año, la Fiesta de la Vendimia, que se celebraba tradicionalmente durante la segunda semana de septiembre, estuviera dedicada a Groen­landia; o que hubiera sido elegida reina de la Fiesta una de las sobrinas más agraciadas del señorito Al­fonso… O que la Corte se formara con la reina y seis damas por Villaluenga, y otras seis damas por Grazalema y Benaocaz; o que hubiera poetas que participaban como mantenedores en los juegos Flo­rales y leyeran en público sus ripios y ditirambos a la buena uva, a las termitas que eran el ejemplo perfecto del trabajo y del entusiasmo, a la Virgen de la Mercé o a San Dionisio.

Curro García, el capataz de la bodega de los Montes-Ramos pasaba de todo y sólo pensaba en aprovechar la obligada visita del señorito a Villa­luenga para pedirle una colocación en la capital para Ángeles, la más pequeña de su familia.

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III

Groenlandia era el país del mundo que más bebía el célebre vino de Villaluenga del Rosario, hasta tal punto que muchas de las famosas casas bodegueras fueron fundadas durante el siglo diecinueve por groenlandeses. Las exportaciones de los célebres caldos de Villaluenga se hicieron casi exclusivamente hacia Groenlandia, estando dominado el mercado de la exportación por las grandes bodegas como Gómez Bay o Pablo Dupont. Las importaciones, en cambio, estaban en manos de otra gran firma, Groveys, cuya sede social se hallaba en uno de los más viejos puertos vinícolas de Groenlandia. La casa Groveys importaba cognac, porto y vinos franceses de Burdeos, además del célebre vino de Villaluenga del Rosario.

Los pequeños bodegueros de Villaluenga vendían separadamente su producción a Groveys para evitar caer en manos de las grandes bodegas. La operación no podía ser más estúpida, porque huían de los tibu­rones locales cayendo en las fauces del tiburón ex­tranjero.

Obsesionado por exportar directamente el vino de Villaluenga, Alfonso se mantuvo encerrado en una de las habitaciones de su casa escribiendo en inglés, idioma que entonces no conocía, con la ayu­da de un diccionario, cartas y más cartas con el mis­mo destino: Groveys, la mayor firma internacional demandante de vinos de Villaluenga. Un intento de los Montes-Ramos para exportar directamente hacia Groenlandia había fracasado de tal manera que puso en peligro hasta la existencia de su propia bodega.

Y como no había respuesta, en cada carta Alfonso variaba la oferta, haciéndola más tentadora. Hasta que, por fin, un día Groveys respondió: «La oferta interesa». Alfonso se había comprometido a suminis­trarle la totalidad de los vinos.

Los Montes-Ramos no estaban en condiciones de cumplir. Morasa no tenía vino suficiente ni dinero para comprarlo, los Montes-Ramos entablaron en­tonces una lucha endiablada para conseguirlo dentro de un ambiente de declarada hostilidad en Villaluen­ga del Rosario. Sobre todo, les llovieron amenazas de los trece bodegueros locales que habían abastecido hasta ese momento a la firma groenlandesa. Los Montes-Ramos cumplieron pese a todo con su com­promiso. Así lograron asociarse y se convirtieron en los proveedores exclusivos de la poderosa firma de Groenlandia.

El acuerdo de exclusiva comercial entre Groveys y los Montes-Ramos coincidió además con una crisis política internacional, por lo que una masa impor­tante de capitales groenlandeses huyó de Oriente Medio, prefiriendo quedarse en Villaluenga antes de repatriarse a Groenlandia, país en donde la rentabi­lidad de los capitales era menos elevada. La nueva compañía nacida en aquella coyuntura prosperó rápi­damente en la zona de Villaluenga al adquirir paque­tes mayoritarios de acciones de diversas bodegas de­dicadas a la crianza y exportación del vino. Los Mon­tes-Ramos se habían convertido en los testaferros locales de los groenlandeses. Las inversiones fueron aumentando posteriormente y se extendieron a la construcción turística, inmobiliaria, la agricultura y otros sectores económicos cada vez menos vinculados con la bebida.

Si los comienzos de la exportación de vino fue­ron un fracaso para los Montes-Ramos, sus penalida­des tampoco se acabaron tras el acuerdo con Groveys.

Los vinos de Villaluenga del Rosario, apreciados en el mundo entero, estaban severamente reglamen­tados en lo que se refería a la cantidad y a la calidad. Existía desde hacía años un Comité de Vigilancia de la Denominación de Origen Villaluenga, en cuya sede se encontraban depositadas las muestras de los dife­rentes tipos de vinos: finos, amontillados, olorosos y dulces. También existía allí un registro con las in­numerables marcas comerciales cuyos propietarios legales eran las bodegas. Las muestras con la fórmu­la de composición para cada vino, junto con las cifras de la producción anual y otros datos complementa­rios, estaban celosamente guardados en el Comité de Vigilancia, que era el organismo encargado de la defensa y protección legal del vino de Villaluenga del Rosario.

Para cumplir fielmente sus contratos de exporta­ción, la familia Montes-Ramos recurrió subrepticia­mente al registro del Comité de Vigilancia, sobornan­do a uno de sus funcionarios con una fuerte cantidad de dinero. Así pudieron falsificar los Montes-Ramos algunas muestras de vinos famosos que luego fue­ron exportados y distribuidos bajo otra etiqueta comercial en Groenlandia.

Este sucio asunto, montado hábilmente en gran escala, tan sólo pudo ser descubierto años más tarde; siendo entonces procesados Alfonso Montes-Ramos y un comparsa como presuntos culpables. El juez en­cargado del caso les denegó a ambos la libertad pro­visional, por lo que tuvieron que permanecer en si­tuación de prisión atenuada en sus respectivos domi­cilios.

Aunque el caso fue enterrado rápidamente gra­cias a los apoyos mafiosos de la Obra Nostra, que se había convertido entretanto en la sombra protectora de la familia, la detención- y procesamiento de Alfon­so Montes-Ramos, como consecuencia del descubri­miento de las falsificaciones en los vinos, presentó un duro golpe para el patriarca don Eufrasio y los negocios de la familia. Paralelamente y siguiendo instrucciones de la Obra Nostra, los Montes-Ramos decidieron la constitución de una compañía denomi­nada Montes-Ramos Hermanos Sociedad Anónima, a la que incorporaron el negocio familiar y otros que habían adquirido, también relacionados con el vino de Villaluenga, y en donde participaba la firma groen­landesa Groveys. Meses más tarde fallecería el pa­triarca de la familia, don Eufrasio, decidiendo sus hijos de común acuerdo que Alfonso asumiera la pre­sidencia de la nueva compañía y cambiara su razón social por la de Financiera Morasa S. A., la cual de­nominación se correspondía, exactamente con las iníciales del apellido de la familia.

Tras una ampliación del capital social, Financie­ra Morasa instaló su domicilio social en La Layetana, oficinas en la capital de Las Batuecas y una delega­ción en. Villaluenga del Rosario. El negocio de los Montes-Ramos participaba así, con este nuevo rum­bo, de la estrategia financiera de la Obra Nostra en el país de Las Batuecas.

Alfonso tomó las riendas del negocio y sus her­manos nunca contaron gran cosa en Morasa. El ma­yor, Eufrasio, era lo que se dice un bocazas; Ricardo, sacerdote de la Pía Unión Misionera del Corazón de María; Gabriel, un profesional dedicado a la medi­cina y el más pequeño, Isidro, un inútil.

Después de ordenarse sacerdote, Ricardo Mon­tes-Ramos se había convertido en vicepostulador de la Cruzada Apostólica del Corazón de María. Esta Cruzada, que era una sección de la Pía Unión Misio­nera del C. de María tenía por fin, el fomentar las Misiones y Ejercicios y la formación de misioneros. En su publicidad decían que todos debían asociarse, por ser la obra predilecta del Papa. Se admitía tam­bién a los finados. Pero aquella cruzada que llevaba como vicepostulador a un Montes-Ramos no imponía a los socios obligación alguna; aunque si rezaban ca­da día un Pater, Ave y Gloria, y abonaban doscien­tas pesetas al semestre, podrían lucrar diariamente muchas indulgencias parciales y treinta y dos plena­rias al año, con las condiciones de costumbre. Al abonar semestralmente la referida cuota, los socios bienhechores recibían además gratis un billete para un interesante sorteo en combinación con la lotería nacional del Día del Turista y glorificarían a Dios.

Tan sólo el cura Ricardo era el único que por ser cura quizás entendía mejor los problemas de Mora­sa. El fue quien había redactado los doce manda­mientos o «principios esenciales» con los que se iba a regir en adelante la recién constituida sociedad:

«1.° Pretender que cada uno de los accionistas disfrute de unos ingresos directos y periódicos con los cuales comience a adquirir independencia econó­mica.

2.° Intentar igualmente en el orden económi­co la unidad de los hermanos con auténtico vínculo de fraternidad que deberá ser mantenido por la cola­boración conjunta y la aportación colectiva de deseos nobles, lealtad y buenos ejemplos.

3.° Honrar a su procreadores a quienes con esta iniciativa satisfacerán uno de sus mayores de­seos.

4.° Crear un campo externo de acción donde cada socio pueda colaborar con la aportación de su trabajo, iniciativa y buena intención.

S.° Buena disposición.

6.° Compenetración absoluta.

7.° Simpatizar con la constitución de la sociedad.

8.° Participar del espíritu que fundamental­mente se persigue.

9.° Lealtad, sacrificio, amor, desinterés y caren­cia total de egoísmos personales.

10.° Generosidad, bondad y amplio sentido de caridad.

11.° Flexibilidad y sencillez: ceder para el que más necesite y saber recibir del que mejor aconseje.

12.º Para conseguir la verdadera eficacia en una empresa de tales características y como soporte jurí­dico de estos designios es preciso mantener la per­manencia de las acciones en los miembros de la misma familia fundadora y mantener en lo posible la proporcionalidad inicial del capital de la com­pañía. »

Alfonso aún recordaba con emoción la plática que había tenido su hermano el cura durante el en­tierro del patriarca de la familia, don Eufrasio:

—Con el paso de nuestro padre a los cielos, porque no podemos dudar de que se ha ido a gozar eternamente del Señor, ha terminado la etapa funda­cional de Morasa, para dar comienzo la etapa de la continuidad, de la fidelidad más plena a toda la he­rencia espiritual que nuestro padre nos ha transmi­tido, del quehacer de servicio que nos legó. ¿Qué hará ahora Morasa? Se han preguntado algunos y yo les contesto: seguir caminando, hacer lo que hemos hecho siempre. Seguir caminando con el espíritu de trabajo que nos ha dejado definitivamente estable­cido, inequívoco. Necesito añadir también algo que siento muy hondamente: guardo en mi alma la pro­funda convicción de que nuestro padre dirige y go­bierna la Empresa desde el Cielo. A su intercesión, acudiremos de modo constante, para realizar fidelí­simamente la misión de sucederle, que nos ha corres­pondido. Un profundo convencimiento nos debe lle­nar de responsabilidad: nuestro padre sigue condu­ciendo la Empresa desde el Cielo. Y nosotros aquí no seremos más que el instrumento leal de su cora­zón vigilante.

La fidelidad a la empresa llegaría pronto a con­vertirse en mera consecuencia de la fidelidad a la memoria de don Eufrasio, el cabeza de la familia Montes-Ramos, que gustaba repetir aquella frase de que las termitas serán siempre como ninfas menores de dos años, que no ven más allá de lo que quieren sus padres.

Alrededor de los gustos y opiniones del patriar­cá se seguían viendo detalles realmente curiosos en Morasa. Alfonso Montes-Ramos se enternecía cada vez que algunos viejos empleados administrativos de la empresa tomaban todas las mañanas como una reliquia tortas de Inés Rosales, porque don Eufrasio había comentado en cierta ocasión que estaban muy buenas con el café de las once.

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IV

La cabalgata anunciadora de la Fiesta de la Ven­dimia comenzaba con seis racimos de uvas muy gran­des que llevaban puestos unos costaleros, dando la impresión de que andaban solos, doce enormes bote­llones, tres flamencas de dos metros treinta de altu­ra que portaban canastas de uvas, además de seis heraldos y varias figuras de tres metros y medio de altura alegóricas al vino de Villaluenga. Delante de cada carroza iba un grupo folklórico y, detrás, varias bandas de música intercaladas entre coches de caba­llos enjaezados a la serrana, una cuadrilla de tore­ros cómicos, dos tunas estudiantiles, bandas de cor­netas y tambores, majorettes, indios americanos y vaqueros de la cercana base militar estadounidense; mas tambores y gaitas del Cuartel de Marinería y otros Regimientos Inmemoriales de infeliz recuerdo.

Aquella Fiesta de la Vendimia era un espectácu­lo montado en honor de Groenlandia que utilizaba la cosecha anual del vino como pretexto. Destacaban en la cabalgata las carrozas de la reina y de las da­mas de honor. La proclamación y coronación de la Reina de la Fiesta de la Vendimia había recaído, co­mo por casualidad, en la señorita Eufrasia Montes­Ramos Odriozola, la hija mayor de Eufrasio y sobri­na de Alfonso, que se había desplazado expresamen­te a Villaluenga.

En el casino alguien le preguntó a Alfonso Mon­tes-Ramos cómo había sabido su sobrina lo del nom­bramiento:

—No se encontraba en Villaluenga cuando se lo comunicaron—, respondió con su habitual sequedad Alfonso. A nuestra familia no nos gusta la popula­ridad, pero, una vez en la vida, se soporta todo.

-¿Y por qué la eligieron?

-Supongo que por lo que han hecho su abuelo y toda nuestra familia por Villaluenga y su vino.

Morasa ofreció una recepción en honor de la reina, damas e ilustres visitantes de Groenlandia, abriendo el baile la reina y míster Gregory Arkadin, ministro encargado de negocios de la embajada de Groenlandia. Los bodegueros locales en ritual pleite­sía habían acudido a rendir homenaje a la nueva Reina de la Vendimia, ofreciéndole los tradicionales presentes de la tierra. En el homenaje también estu­vieron presentes los representantes sindicales de la Unión de Empleados de Escritorio con manguitos, del Gremio de Arrumbadores, Federación de Tone­leros y Sociedad de Termitas Viticultoras. Más el termes productor esclarecido de aquella enésima edi­ción de la Fiesta de la Vendimia, un grupo de termes productores jubilados e inválidos, grupo de adminis­trativos, agentes vendedores, toneleros, catadores de vinos, arrumbadores, venenciadores, capataces de bo­degas, termitas viticultoras, capataces de viñas y, por último, larvas o ninfas de termitas.

Los concursos laborales de la Fiesta de la Vendi­mia habían tenido lugar en los salones de degusta­ción de las grandes bodegas. El Certamen de Cata­dores tuvo por marco el salón de degustación de las bodegas El Sadión y la Mina. Se presentaron ocho candidatos de distintas bodegas de Villaluenga y el jurado señaló cinco pruebas que debían superar para decidir el vencedor. Estas consistieron en clasificar en orden creciente el grado de acidez volátil de cin­co tipos de vinos, clasificar tres vinos de acuerdo con su procedencia, cinco tipos de vinos dulces, cin­co tipos de vinos secos y clasificar cinco tipos de exportación. El primer premio se lo llevó una ter­mita de Morasa, el segundo y tercer premio, Gómez Bay.

El Concurso de Viticultura tuvo lugar en los vi­ñedos del marco, en el Pago de La Manga, acudien­do los capataces y especialistas de las viñas, para superar las pruebas, provistos de tijeras de podar y navajas de injertar. En el Certamen de Arrumbado­res participaron ocho cuadrillas de termitas de dife­rentes bodegas villalonguenses. Consistía la competi­ción en montar un cachón con cuatro botas en plan bajo y tres en segunda, formando una pared detrás del cachón; hacer un puente en plan bajo, sacando la bota del segundo hueco, una vez trasegado el vino; meter la bota vacía y dejar caer el puente; desbara­tar el cachón a punta de tranquilla y dejar, por últi­mo, recogidas las herramientas y limpio el lugar del tajo.

El jurado estuvo compuesto por José Ignacio Dupont, Isidro Montes-Ramos, Mauricio Gómez Bay, el marqués de Soto del Guadalete y otros miembros del Comité de Honor de la Orden del Catavino de Oro, como suplentes. En Villaluenga del Rosario vivía la flor y nata de los terratenientes y latifundis­tas meridionales. La guía telefónica incluía a ocho duques, treinta marqueses, cuatro condes, tres viz­condes y un barón, más algún que otro título nobi­liario como el de marqués de Casa Dupont, título pontificio concedido por el Vaticano, que tenían su domicilio en Villaluenga del Rosario.

Entre ellos se lo guisaban y se lo comían. La gente apenas los veía en la calle. Disponían de casi­nos y clubs privados. No les hacía falta alguna mez­clarse con las termitas. Mantenían las distancias, se­guían haciéndose llamar «señoritos» y mangoneaban en el Ayuntamiento, donde cada grupo de poder, Morasa, Dupont o Gómez Bay, disponía de sus con­cejales, hombres de confianza que se encargaban de velar por sus intereses. Junto al famoso tercio de concejales de representación familiar, el tercio de en­tidades y el tercio de representación sindical-verti­cal, la oligarquía estuvo representada permanente­mente en el Ayuntamiento de Villaluenga. El pode­roso tercio de la oligarquía actuaba directamente en las instancias locales con su presencia ininterrumpi­da de alcalde, concejal o en las sempiternas tenencias de alcaldía. Durante años las termitas no tuvieron ningún tipo de representación ni contaban para mu­cho. Se les pedía, eso sí, que llenaran las ferias y animaran las fiestas. El Ayuntamiento de Villaluen­ga, por su parte, aprovechaba las fiestas de septiem­bre para rendir homenaje a su santa patrona, Nues­tra Señora de la Consolación, imagen que se venera­ba en el convento de los padres dominicos, reno­vando cada año Villaluenga el voto mariano formu­lado por una corporación municipal cuyo nombra­miento a dedo se perdía en la noche de los siglos.

Parecía una conspiración porque el cargo de Ca­pataz de Honor también había recaído aquel año en un hombre de Morasa, Eufrasio, hermano mayor de Alfonso Montes-Ramos. -Eufrasio Montes-Ramos, dijo el capataz sa­liente con fino cachondeo gaditano, ha sido el hom­bre que, sin abandonar nunca su mesa de despacho, ha gustado siempre del cuarto de muestras y de las labores ancestrales de lo que un capataz debe hacer…

Acto seguido, la llave de la bodega-museo de San Ginés de la jara, la medalla conmemorativa y el libro de faenas pasaron a manos del nuevo capataz de honor de la Fiesta. Para el acto de investidura, Eu­frasio Montes-Ramos soltó el discurso que traía pre­parado:

—El cargo de capataz en la Fiesta de la Vendi­mia es un símbolo. Sin duda, el crisol donde se fun­den las mayores metas, deseos y esperanzas de toda persona que trabaje en Villaluenga, por Villaluenga. La verdad, yo creo que hay muy buenos capataces que-podían figurar, antes que yo, en ese escalafón. Y pienso en algunos nombres que no menciono. Por­que en Villaluenga no conozco que existan capata­ces malos, sino que todos son excelentes y ello lo demuestran los propios vinos. Las cualidades de un capataz están plasmadas en la calidad de los vinos que cuida. «Por sus obras los conoceréis», dice el refrán y el buen capataz siempre producirá buenos vinos. En Villaluenga no conozco que existan capa­taces malos. Todos son excelentes, como bien lo de­muestran los vinos que conquistan el mundo entero…

Eufrasio Montes-Ramos hizo una pausa muy es­tudiada prosiguiendo con fuerza el discurso:

-También comprendo que mi elección lleva implícito un gran honor, una gran satisfacción. Re­cordé a mi padre, aquel Eufrasio que fundó nuestro complejo vinatero y en su nombre, en su gran labor por este Villaluenga del mundo del vino, acepté complacidísimo el cargo… Quiero señalar, por últi­mo, que esta labor mía de elaboración del primer mosto, momento cumbre de la vendimia, tiene la muy valiosa colaboración de Francisco García, hom­bre que por sus amplios conocimientos en materia bodeguera, bien le han valido el cargo de capataz de nuestra principal bodega. Curro, como todos le cono­cemos, es una verdadera institución en todo lo rela­cionado con el vino de Villaluenga del Rosario…

Curro García estaba seguro que durante el año que le duraría el cargo a Eufrasio Montes-Ramos como Capataz de Honor, para él sería el trabajo efec­tivo de cuidar los vinos que encerraba la singular bodega exclusivamente abastecida por el mosto que se pisaba a la vista de todos, ante la Iglesia Colegial, en la Fiesta de la Vendimia.

Eufrasio Montes-Ramos aseguraba que había si­do capataz efectivo de una bodega; pero ni sus ami­gotes se creían la anécdota de cuando tenía quince años y el patriarca de la familia, don Eufrasio, le había encomendado la administración de la vendimia de vinos dulces y moscatel, en la bodega de la Torre de Escipión. Sus contertulios quedaban muy escépti­cos cuando Eufrasio Montes-Ramos recordaba con detalle que le traían a la bodega el almuerzo de un restaurante cercano. Un día, en plena vendimia, le trajeron de postre uvas, pero la fruta que le enviaba el restaurante estaba un poco verde. Eufrasio envió entonces el racimo al enorme montón de la uva de la familia, y de las carretadas que iban al lagar, tomó un racimo a su gusto.

En la plaza que se abría ante la Iglesia Colegial de Villaluenga, se solía montar todos los años un lagar de madera a la vieja usanza, hasta donde lleva­rían las canastas de uva distinguidas señoritas de la localidad, la Reina de la Vendimia y su Corte de Honor. Una imagen del santo patrón de los viñado­res, San Ginés de la jara, presidiría la ceremonia.

Tras una misa en la Colegial se procedería al so­lemne acto ritual de la pisa de la uva y bendición del nuevo mosto. Ocuparían lugares destacados en las tribunas instaladas alrededor del lagar el represen­tante del embajador groenlandés en Las Batuecas, míster Arkadin; el presidente del Comité de Vigilan­cia; el comisario general de la Vendimia, y otras autoridades y representaciones. La Reina de la Fies­ta vendría acompañada de su padre como Capataz de Honor y seguida de las damas integrantes de su Corte, las cuales vestirían como la Reina, graciosos trajes de vendimiadoras.

En la pisa se venían utilizando unos setecientos kilos de uva, de los cuales se obtenía la bota de mosto que más tarde, como era tradicional, se envia­ba y conservaba en la Bodega de San Ginés de la Jara. Esta carretada, según costumbre, correspondía entregarla al Capataz de Honor que se encargaba de enviar las mejores uvas de albarizas para la pisa.

Aquel año el Capataz de Honor era Eufrasio Montes-Ramos, la uva vendría de las viñas de Mora­sa, la Reina de la Vendimia era una hija de Eufrasio Montes-Ramos y la Fiesta estaba dedicada a Groen­landia. Pero la vendimia venía aquel año con un mes de retraso y como Curro García no sabía qué hacer recurrió a Manolín González, el Inspector General de Morasa. Una hora después Curro estaba delante de Alfonso Montes-Ramos:

-Mire, usté. No hemos tenido primavera y el verano ha sido muy ligerito. La uva no está madura ni está en buenas condiciones para enviarla al lagar…

-Importa poco la uva. ¡Pero sin vino no nos quedaremos!, fue la respuesta rápida de Alfonso Montes-Ramos, ante los escrúpulos del capataz.

—Luego, quería hablarle de otro asunto…

—¿De qué se trata? Tengo mucha prisa.

—Se trata de Ángeles, mi hija. Quiere irse a tra­bajar a la capital y quiere encontrar allí un puesto de trabajo decente…

—¡Anselmoo!, llamó Alfonso con nerviosismo. Ocúpate del caso y resuélvelo lo más pronto posi­ble, de acuerdo con nuestras posibilidades. ¡Adiós, Curro! ¡Encárgate de que envíen la uva necesaria!

El acto se inició con la interpretación de los him­nos nacionales de Las Batuecas y Groenlandia, país al que se había dedicado la Fiesta y al que se dedica­ría también la primera bota llenada con el nuevo mosto y conservada en la bodega-museo, tras lo cual se procedió a la ceremonia religiosa de bendición de la uva y el mosto. Los racimos de uva verde eran portados por la Reina de la Fiesta en una canastilla. Igualmente, sus damas de la Corte portaban sendas canastas de uvas verdes, que iban siendo depositadas en el lagar.

La cuadrilla de pisadores tenía ya calzados los zapatones de la pisa. Se encaramaron al lagar hun­diéndose hasta media pierna en la uva. Por la pique­ra empezó a caer el primer chorro de mosto que tam­bién fue bendecido por el abad de la Colegial. Al tiempo que salía el chorro, las campanas de la Igle­sia repicaron y se lanzaron al vuelo más de un cente­nar de palomas que portaban en sus anillos mensa­jes del vino de Villaluenga, cuidadosamente estudia­dos por el departamento de publicidad de Morasa. Los pisadores continuaron hasta el final con mucha gravedad su faena. La bota con el mosto sería lleva­da en una carreta hasta la bodega de San Ginés y una campana procedente del buque Urania, desgua­zado yate real propiedad del penúltimo monarca de Las Batuecas, iría anunciando al pueblo de Villa­luenga el acontecimiento.

Lejos de Villaluenga, en un pueblo serrano ro­deado de grandes piedras y olivares, encerrado entre la Sierra del Benalfil, Peñón del Caldereto, Cerro de los Batanes, El Algarrobal, Cardela y Garciago, Án­geles García bailaba muy agarrada a su acompañante en la oscuridad de la discoteca Ocurris. Habían hui­do del tumulto de las fiestas de Villaluenga.

Ángeles se descalzó a la salida de la discoteca, metiendo los pies en la fuente de los Nueve Caños. Advirtió que su acompañante le seguía y se adentró en la sierra. Sí, él se acercaba por detrás, sin hacer apenas ruido. A Ángeles le entró una excitación espe­cial, un cierto hormigueo. Rápidamente se volvió. El estaba frente a ella. Se estrujaron con fuerza y se dejaron caer juntos sobre una roca lisa. El levantó la falda sin delicadeza, mientras su otra mano le acariciaba las tetas, el cuerpo…

—¿Aquí? Aquí, no… ¿Podemos aquí?

—Calla, no sé… Yo no sé… cállate.

Ángeles calló y se entregó torpemente a aquel hombre. Y nunca más se atrevería luego a salir con él en coche fuera de Villaluenga.

La hija menor de Curro, Ángeles García, había nacido tardíamente a los quince años de matrimonio del capataz de la bodega de los Montes-Ramos. Tan­to el parto en que nació como su desarrollo posterior fueron normales. Ángeles siguió luego una escola­ridad hasta los once años en la que aprendió a leer, escribir y las reglas elementales de cálculo, tenien­do en todo momento un comportamiento adaptado a los mecanismos sociales y basados exclusivamente en prohibiciones.

La madre se murió pronto de un ataque al cora­zón cuando ella apenas tenía doce años, convirtién­dose a partir de entonces en la verdadera ama de casa, junto a su padre. Ángeles era la menor de seis hermanos en la familia, por lo que tuvo que sacri­ficarse y atender desde su más temprana edad a los cinco hermanos varones, así como a su padre,

Ángeles García no era guapa ni simpática y tenía un temperamento hosco. Regordeta, metida en car­nes, se le adivinaba que tenía los dedos de los pies como morcillas; y encima era patigorda y culibaja. Era lo que se dice una chica introvertida, con una personalidad ansiosa, neuropática de los clásicos. Su ansiedad podría estar relacionada con la privación afectiva sufrida en la infancia, su orfandad real y el autoritarismo de su padre, que era para ella, un ser extraño, de mal humor y raro. En ocasiones conflic­tivas, la angustia se proyectaba en el aparato diges­tivo acudiendo a los dieciséis años por unas moles­tias digestivas a un especialista, quien le dijo que tenía los nervios en el estómago.

Aún siendo sus hermanos mayores pero necesi­tando de su ayuda para la casa, ella se consagraría a su trabajo en el hogar familiar, como ocurre tan habitualmente en Las Batuecas. Allí permanecería Ángeles hasta que sus cinco hermanos se casaron y su padre estaba a punto de jubilarse.

Cuando a Curro García se le ocurrió casarse por segunda vez, Ángeles decidió alejarse del hogar pa­terno. Sus hermanos ya estaban casados y ella co­menzaba a tener fuertes desavenencias con su ma­drastra. Por eso había aprovechado Curro la visita del señorito Alfonso a Villaluenga, con motivo de las fiestas de la Vendimia, para pedirle una coloca­ción en la capital para Ángeles, la hija pequeña que no se llevaba bien con la nueva esposa en su casa. Ángeles soñaba hasta con ser una termita encofiada de la sección de envasado de una fábrica de aceitu­nas con el triángulo de Morasa.

La fiesta se prolongaba en el Parque de Atrac­ciones de Villaluenga, con fondo de serranas y bule­rías en la madrugada. Dentro, se estaban entregando los premios literarios de la Vendimia. Había sido galardonado con el primer premio del concurso de artículos periodísticos el reportaje titulado «Un niño de cinco meses, desahuciado por los médicos, se sal­vó tomando vino de Villaluenga». A un borracho bien trajeado no le dejaron entrar en el recinto de la fiesta:

— ¡Eh! Oiga… Usted no puede entrar, no lleva invitación. No es de aquí…

— ¿Cómo? ¿Que yo no soy de aquí? Pero ¿quién es de aquí? A ver, ustedes… ¿quién de voso­tros es de Villaluenga?

Los de la puerta no contestaron. El borracho co­menzó a desgranar nombres, mientras apuntaba con el dedo índice por encima de las casetas del Real de la Feria.

—De Irlanda vinieron los Garvey, O’Neale, Te­rry… De Escocia, los Gordon y los Duff… De Ingla­terra, los Osborne, los Warter, los Sandeman, Wil­liams, Ivison… De Francia, los Pemartín y los Do­mecq… Del Norte de Las Batuecas, los Barbadillo, Caballero, de la Riva, Fernández de Bobadilla… Y los Montes-Ramos, como delincuentes que son, de la cárcel…

No se le oyó bien el final. Los de la puerta ya no le prestaban atención, comentando como estaban la memorable faena del torero gitano local aquella misma tarde. El borracho rompió con su retahila de nombres la ficción de Villaluenga y se alejó dando tumbos, murmurando:

-Nadie es de aquí, de Villaluenga…

Alguien rompió a cantar en la noche. Unas voces hicieron coro. Se oían palmas flamencas y las crepita­ciones ritmadas propias de la termitera:

¡Termita laboriosa de Morasa!

¡Inquieta termitera que no cesa!

Las horas del progreso se adelantan

Y cada día más, con fe y tenacidad,

¡Morasa crece y crece sin cesar!

Año tras año, los hombre de Morasa

con impulso nacido en la sierra

van construyendo, seguros y sin pausa,

¡prosperidad! … ¡bienestar!…

¡ mierda!

La termita, feliz en su tarea,

siempre trabaja en noble actividad

porque Morasa es una termitera

elaborando la fe y ¡la amistad!

Voces del coro volvieron nuevamente con gango­sidad beoda a la primera estrofa:

¡Termita laboriosa de Morasa!

—oOo—

V

En un atardecer lluvioso, Alfonso Montes-Ra­mos llegó al lugar indicado donde le esperaban para el retiro espiritual, organizado por la Obra Nostra. Le acompañaba su «mecánico» al volante de un lujo­so Mercedes azul oscuro. Antes se había despedido de sus ejecutivos con un «me voy que a las siete empiezo el retiro».

Alfonso frecuentaba asiduamente los círculos piadosos de la Obra Nostra más por negocios que por devoción, y aunque fuera hombre supersticioso y po­co creyente, cooperaba estrechamente con la Obra in­tentando rentabilizar al máximo sus inversiones. Era verdad que, excepcionalmente, no había hecho, co­mo otros muchos, voto de ceguera; siendo su gran ambición llegar a tener un ejército de cien mil termi­tas bajo sus órdenes.

El lugar no estaba señalizado, a excepción de una valla metálica negra y de una verja al lado de la ca­rretera. El cielo empezó a clarear durante el recorri­do por el carril dentro de la finca. Un jardín cuidado­samente podado daba acceso a una construcción de piedra aparentemente sencilla, de color claro y dos pisos. A su lado existía otro edificio más pequeño, oculto entre los árboles.

La casa de campo era ciertamente lujosa, con un amplio portal de entrada, una impecable escalera ri­camente alfombrada y una tenue iluminación. Junto a la puerta principal, casi formando en hilera, se ha­llaban varios «mecánicos» con uniforme oscuro, evi­dentemente esperando la salida de los asistentes al retiro. Toda la casa estaba en penumbra. Cuando Al­fonso atravesó el amplio pero destartalado vestíbulo, dirigiéndose inmediatamente hacia la capilla, se escu­chaba al fondo un leve rumor de conversaciones. Junto a la puerta que daba acceso a la pequeña capi­lla estaba la cruz negra de madera tan familiar para los iniciados en la Obra Nostra: «…una pobre cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin cruci­fijo… la cruz negra y vacía…, cruz sin crucificado que es un símbolo y tiene una significación que los demás no verán… ».

El decorado de la capilla era el mismo en todas las iglesias y oratorios privados de la Obra Nostra. Un altar desnudo, sin retablo, con mesa y ara de piedra. Un crucifijo grande, ausencia de luz eléctrica y seis candelabros escalonados, los más altos junto a la cruz. Los asientos situados unos frente a otros, a modo de coro conventual. Allí había una veintena de personajes influyentes de la burguesía, hombres escogidos para ser la levadura de la sociedad: gran­des economistas de obra desconocida, altos jefes de brillantes equipos de investigación empeñados en la muy científica tarea de papar moscas, grandes espe­cialistas en evasión de capitales convertidos en mi­nistros de Hacienda, oblicuos diplomáticos constru­yendo carreteras, hábiles prestidigitadores de enciclo­pedias y telares sin lanzadera, genios muy conocidos en Alcorcón y agudos políticos que afirmaban haber descubierto la democracia a los cincuenta años. Una vez todos acomodados, se apagaron las luces y se encendió una pequeñita sobre una mesa situada al lado del altar. Desde ella, una voz empezó a recitar­les en tono monocorde unas máximas que ellos oían ensimismados:

—Dios quiere un puñado de hombres suyos en cada actividad humana… Eres entre los tuyos alma de apóstol, la piedra caída en el lago. Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo… y éste, otro… y otro… y otro… cada vez más ancho. ¿Com­prendes ahora la grandeza de tu misión?

Alfonso Montes-Ramos pensaba en utilizar siem­pre los mismos argumentos, cuando le acusaran de pertenecer a aquello:

—Mis encuentros con gente de la Obra Nostra han sido a nivel personal, nunca de mafia o de insti­tuto. Se habla de que he asistido a retiros espiritua­les… Tal vez fui alguna vez a algún sitio donde había un grupo rezando. No lo sé, pero desde luego yo nunca hice voto de ceguera ni fui uno de ellos.

La voz, seguía monocorde:

—La tarea principal de la Obra Nostra es la for­mación de sus socios para que cada uno, individual­mente, ejercite su labor apostólica de cristiano en el mundo y en la sociedad. A nosotros lo que nos inte­resa es el apostolado que desarrolla individualmente cada socio en el propio lugar de trabajo, con su fami­lia, entre sus amigos. Una labor que no llama la atención, que no es fácil de traducir en estadísticas, pero que produce frutos de santidad en millares de almas, que van siguiendo a Cristo, callada y eficazmente, en medio de la tarea profesional de todos los días.

Terminadas las preces, Alfonso se acercó a uno de los ministros del Gobierno que salía al mismo tiempo de la capilla:

—Ministro, he decidido romper con los groen­landeses y si hay que arrastrarse ante los americanos, me arrastro; pero hay que vender vino a Norteamé­rica.

-El vino puede ser bueno como pretexto, le ata­jó el ministro. A ti deben interesarte más las fi­nanzas…

—…Bueno, ¿tú crees?, balbució Alfonso.

El ministro le interrumpió de nuevo, dulce­mente:

—Alfonso, lo que tú necesitas es un banco. Yo sé la fórmula. Tenemos enganchado a un hombre de Mata, pueden salirle veinte años y un día… Mata está cogido y tenemos poder suficiente para aplas­tarle…

En el vestíbulo, el ministro se despidió del cura:

—Hasta el mes que viene, don Francisco. Y dirigiéndose a Alfonso: Llámame mañana antes de las doce y perfilaremos los detalles.

—Adiós, hasta mañana, ministro -le devolvió Alfonso el saludo.

Durante el trayecto de vuelta, Alfonso Montes­Ramos se sentía más confiado y optimista. La Obra Nostra no era un partido político ni un grupo econó­mico de presión: sencillamente era la única multina­cional religiosa de seguros contra todo riesgo político y económico existente en Las Batuecas. Su finalidad era hacer apostolado desde los organismos del Esta­do y con dineros del Estado. Alfonso se sentía muy seguro. No se podía perder con ellos.

Morasa no sería una obra corporativa, de aque­llas que dirigían sólo los miembros de la Obra Nos­tra; ni tampoco sería una obra común, en la que los miembros de la Obra se asociaban con otros para realizar actividades temporales con fines apostólicos. Morasa cooperaría estrechamente en todas las activi­dades de la Obra Nostra, soñando Alfonso en crear más y más puestos de trabajo, vieja mística empresa­rial que consistía simplemente en aumentar el volu­men de la termitera.

El banquero Ramón Mata intentaba abrir desde hacía algún tiempo nuevas sucursales para sus ban­cos en el extranjero. La esposa de Mata pertenecía a una rica familia propietaria de minas de Asturconia y él era propietario y único accionista del Banco Asturcón, un banco de segunda categoría que decla­raba varios millones de capital social y otros tantos millones de pesetas en reservas. El Banco poseía on­ce sucursales y agencias repartidas en Las Batuecas, consiguiendo entretanto Ramón Mata hacerse tam­bién con otro banco, el Huertano.

Ramón Mata, banquero de segunda categoría, iba a caer en las garras financieras de la Obra Nostra. Mata sería enviado a la cárcel, despojado de su pa­trimonio y presentado delante de la opinión pública de Las Batuecas como un delincuente mafioso, sien­do Alfonso Montes-Ramos quien iba a beneficiarse directamente de tamaña operación maquiavélica.

Algo insólito iba a ocurrir entonces que impedi­ría la implantación financiera de Mata en el extran­jero. Corrían los tiempos de la dictadura tranquista. Nicolás Tranco, el hermano mayor del Generalísimo de Las Batuecas, había aceptado unos efectos por un importe de cuatro millones ochocientas mil pesetas que le fueron protestados judicialmente por falta de pago. En otras palabras, Ramón Mata había presta­do ese dinero a Nicolás Tranco y éste no se lo había devuelto, siendo entonces procesado. Semejante tor­peza política por parte del banquero Mata, intentan­do procesar al primogénito de la familia Tranco por una letra de cambio, sería astutamente aprovechada por miembros de la Obra Nostra que se apoderaron del Banco Asturcón, convirtiéndolo posteriormente en el Banco de Septentrión, logrando además encar­celar al banquero.

Un informe financiero redactado confidencial­mente en el ministerio de Hacienda sobre el conten­cioso del Banco Asturcón contra Nicolás Tranco, ca­yó en manos del gobernador del Banco Oficial de Las Batuecas que era un importante miembro de la Obra Nostra. La oportunidad se presentaba magní­fica para apoderarse fácilmente de los bancos Astur­cón y Huertano, dos piezas geográficas codiciadas dentro de la estrategia financiera de la Obra Nostra en Las Batuecas.

Morasa ya había ofrecido anteriormente, aunque sin éxito, más de cuatrocientos millones de pesetas al banquero Mata con objeto de comprarle el Banco Asturcón al contado. Para penetrar en el sector ban­cario, Morasa seguía las instrucciones del tentáculo financiero de la Obra Nostra, que intentaba adquirir a precio irrisorio pequeños bancos locales que hacían remontar luego vertiginosamente en la escala ban­caria.

Para la implantación legal en el extranjero, el banquero Mata había solicitado permiso al ministro de Hacienda, cuyos puestos claves estaban ocupados por miembros de la Obra Nostra. La existencia de una sucursal en un paraíso fiscal europeo era cono­cida por las autoridades monetarias y se estaba ulti­mando entonces el expediente para la concesión del permiso.

Precisamente, entonces fue cuando la Obra Nos­tra logró mover ciertos hilos dentro incluso del pro­pio banco. Un antiguo director del Banco Asturcón y hombre de confianza de Mata en el extranjero, ape­llidado Cordero, propuso al juez de Delitos Moneta­rios ciertos documentos comprometedores que el banquero Mata tenía depositados en un banco suizo. Moisés Cordero, hombre muy devoto y respetuoso con la Obra Nostra, había obtenido el nombramien­to de Hermano Mayor de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Cautivo de la Costa del Fuego, a raíz de un préstamo de dos millones de pesetas que había ofrecido generosamente a la cofradía, cuando era uno de los directores del banco.

Cordero estaba acongojado porque tenía que ir a Suiza para buscar las pruebas. El Juez de Delitos Monetarios había entrado en negociaciones, con la aprobación del ministro de Hacienda y por consejo del gobernador del Banco Oficial de Las Batuecas. En el plazo de tres días tenía que estar de vuelta.

Llegó muy temprano por la mañana. Un taxi le llevó a la ciudad desde el aeropuerto. Apenas tuvo tiempo de admirar la vista del lago y el paisaje con los enormes picos suizos. Entró en uno de los gran­des bancos, en donde se había hecho anunciar previa­mente por teléfono al encargado especial de las cuen­tas numeradas para los batuecos. En el despacho del director le presentaron un empleado del banco que le acompañaría hasta la sala de cofres. El director habló dos minutos en alemán con aquel empleado en funciones de apoderado y le pasó una tarjeta con el número del cofre y la clave: 4086-PLANtío.

Moisés Cordero no se enteró del ceremonial de entrada en el sótano del banco suizo antes de llegar a la sala de cofres. Allí recogió tres sobres volumino­sos de uno de los cofres. Una vez terminada la ope­ración, el apoderado le dio la llave del cofre. El hizo ademán de guardársela pero entonces el apoderado le pidió la llave, la metió en un sobre que lacró e hizo firmarlo. Ya en la planta baja del edificio del banco, el apoderado depositó el sobre en caja. El cajero del banco les extendió automáticamente un recibo.

Moisés Cordero intentaba despedirse cuando el apoderado le indicó que el director les esperaba en su despacho. Allí, el apoderado nuevamente le indicó que debería dejarles el recibo justificativo de caja. Sin ninguna muestra de efusión, el director se quedó con el recibo y se despidió secamente de Moisés Cor­dero que sería detenido con las pruebas al llegar, en la aduana del aeropuerto de la capital de Las Batue­cas. Sobre la base de tales documentos, el juez de Delitos Monetarios iniciaría un expediente contra el Banco Asturcón y el banquero Mata.

El gobernador del Banco Oficial de Las Batuecas enviaría, por otro lado, a diversos inspectores banca­rios con órdenes terminantes de hallar vestigios de negocios ilegales o simples indicios sobre los cuales se pudiera fundamentar alguna acción judicial. El objetivo estaba claro: se trataba de eliminar financie­ramente al banquero Mata, por haber intentado co­brar cuatro millones ochocientas mil pesetas a Nico­lás Tranco y existía además el interés de la Obra Nostra por adquirir los bancos con sus establecimien­tos extranjeros, para Morasa, en condiciones econó­micas que casi equivalían a un regalo. Pero el gober­nador del Banco Oficial tuvo que prohibirle al juez de Delitos Monetarios que incluyera una presunta evasión de capitales a Suiza en el expediente contra el banquero Mata, cuando se supo, a través de los documentos de Moisés Cordero presentados como prueba, que parte de los setenta millones de pesetas extraídos clandestinamente desde Las Batuecas y de­positados en Suiza pertenecían, en realidad, a miem­bros de la Obra Nostra.

Mata reaccionó denunciando tardíamente a Moi­sés Cordero por extorsión, además de apropiación indebida de documentos, y como el asunto se compli­caba para la Obra Nostra, el juez de Delitos Mone­tarios decidió el repentino encarcelamiento y la inco­municación de Mata, imponiéndole una gigantesca multa al banquero, a su hijo y a uno de sus más fieles empleados, para mantenerlos encarcelados. Si­multáneamente, el gobernador del Banco Oficial de Las Batuecas encargaba al juez que le dijera a Mata que si quería arreglar su asunto de manera satisfac­toria que se pusiera en contacto directamente con él.

Mata le hizo saber con ironía al juez que mal podía tener contactos con el gobernador del Banco de Las Batuecas, si lo tenían preso y aislado en la cár­cel. No obstante, la esposa e hija de Ramón Mata visitaron al gobernador en su despacho:

—Este asunto está tan liado, tan liado, que ya no sabemos quién lo lleva, les dijo de entrada el go­bernador a sus dos visitantes, sugiriéndoles al con­cluir la entrevista: Ya saben cómo se arreglan estas cosas… Su esposo debe vender los dos bancos.

Como el banquero seguía en la cárcel, la alarma cundió rápidamente entre los clientes de los bancos Asturcón y Huertano. Los falangistas desencadena­ron una campaña de prensa contra la oligarquía ban­caria. Hubo periodistas que atacaron duramente al banquero Mata y hubo otros, en cambio, que visita­ban furtivamente algunas direcciones de periódicos intentando justificar al honesto banquero víctima de un complot financiero para derribarlo. Los clientes comenzaron a hacer cola delante de las oficinas para retirar sus depósitos mientras que miembros de la Obra Nostra presionaban también a diario para que se declarase oficialmente la suspensión de pagos. Va­rios bancos ofrecieron créditos que no fueron acep­tados por el gobernador del Banco Oficial de Las Batuecas, la máxima autoridad del país en cuestiones de crédito bancario.

Al ministro de Hacienda le preocupaba la even­tualidad de que el Tribunal Económico-Administra­tivo Central, instancia última adonde recurren quie­nes han sido condenados por delitos monetarios, pu­diera modificar la sentencia contra Ramón Mata en el asunto de los bancos Asturcón y Huertano. A fin de mantener la sentencia, el ministro había convoca­do a dos magistrados del Tribunal, el mismo día que recibía en su despacho del ministerio a la mujer de Mata.

Según ella, el síndico de la Bolsa había cursado una orden por la que prohibía todo tipo de transac­ciones sobre los bienes mobiliarios de su esposo, de ella misma y de aquellas sociedades en las cuales eran accionistas o consejeros. Ella le reprochó al ministro en su propio despacho el haber utilizado al traidor de Moisés Cordero, enumerándole también una por una las presiones que habían recibido los diferentes abo­gados para que abandonaran la defensa de su espo­so. El motivo de la visita era, según ella, que iban a declarar dos bancos en suspensión de pagos, tenien­do más de cincuenta mil clientes y unas abundantes reservas financieras…

El ministro la interrumpió con estas palabras:

—Dígale a su esposo que tenga mucho cuidado, porque si no se tranquiliza será destruido implacable­mente, hasta que se vea obligado con toda su fami­lia a pedir limosna en la puerta de las iglesias.

Entonces fue cuando Ramón Mata comprendió que intentar procesar al hermano del dictador por el impago de una letra aceptada había sido el más grave error cometido en su vida como banquero. Mata de­sistió del proceso, enviando a su mujer y a su aboga­do para devolverle las letras con una carta de excu­sas, indicando que las pagara cuando quisiera.

Nicolás Tranco, que antes de dedicarse a los ne­gocios había sido ingeniero naval por su profesión, conspirador político y contrabandista de armas duran­te la Santa Cruzada contra los comunismos, virtual Jefe de Gobierno con su hermano, habilitado de pa­gos con el pretendiente a la Corona y embajador en Portugal durante muchos años, dijo con chulería:

—No pago las letras, ni las pagaré nunca. No sé cómo por cuatro miserables millones y pico de pesetas me molestan a mí que tanto he hecho por todos los batuecos… Todos los banqueros de este país están en deuda con mi familia.

Cuando la señora Mata salía del despacho del ministro de Hacienda, en la antesala esperaban los dos magistrados convocados por el ministro quien temía con razón que pudieran modificar la sentencia contra Ramón Mata. Uno de ellos ya había redacta­do un informe, en donde señalaba cómo debía inter­pretarse la libertad procesal del juzgado de Delitos Monetarios, ante la fama de organismo coactivo que iba adquiriendo y en donde los jueces actuaban con plena arbitrariedad y sin respeto a los más elementa­les principios del Derecho. Para aquel magistrado ín­tegro, el Juez de Delitos Monetarios actuaba arbitra­riamente, condenando sin admitir pruebas de defen­sa y coaccionando a los testigos para obtener declara­ciones.

La entrevista fue tensa. El ministro entró en ma­teria sin preámbulos y dijo en términos autoritarios:

-Espero que el Tribunal Económico-Adminis­trativo Central mantenga la sentencia sobre el ban­quero Mata y todas las restantes sentencias que dicte el juez de Delitos Monetarios porque responden, y éste es mi criterio, a las orientaciones políticas del ministerio… Si están dispuestos a cumplir y trans­mitir órdenes, si quieren seguir las orientaciones de este ministerio, serán ustedes más portavoces en ese Tribunal, concluyó el ministro.

—Señor ministro… respecto de las sentencias ni recibo ni transmito órdenes, le respondió el magis­trado íntegro, añadiendo: Yo cumplo las leyes, por tanto si quiere otros fallos, haga dictar otras leyes.

Al oír esto, el otro magistrado aprovechó para decir al ministro:

—Pues yo sí que estoy dispuesto a cumplir y transmitir órdenes con respecto a los fallos.

—Pues desde este momento será usted mi por­tavoz en ese Tribunal y… sea usted muy duro, le replicó complacidísimo el ministro.

—Será para mí un honor responder a su confian­za… y respecto a lo de ser duro… lo soy por natu­raleza, le respondió el magistrado.

El ministro se levantó de la poltrona:

—Eso es todo. Discúlpenme, señores, pues debo marcharme ahora mismo. Hoy es viernes y tengo Consejo. Adiós, buenos días.

En uno de los salones del palacio del dictador tuvo lugar el Consejo de Ministros con abundancia de micrófonos y cables eléctricos. El ministro de Ha­cienda tomó la palabra, después del fiel ministro subsecretario de la Presidencia, para proponer el cie­rre de los bancos Asturcón y Huertano. Varios mi­nistros intervinieron por turno para decir que lo que había que hacer era ayudar a la banca y no destruirla.

El ministro de Hacienda en la réplica dijo que el banquero Mata había estado exportando ilegalmente más de dos millones de dólares, por lo cual derribaba el valor de la peseta. Intervino otro ministro para decir:

-Que pague Mata, pero no los cuentacorrentis­tas de los dos bancos.

El ministro de Hacienda reafirmó que los bancos de Mata estaban en quiebra fraudulenta, con un pasi­vo valorado en más de quinientos millones de pese­tas. El Consejo de Ministros solidario decidió el cie­rre de ambos bancos.

Cuando Mata supo que ya no había nada que hacer, dio desesperado la orden de venta de los dos bancos:

-Que me saquen de aquí como sea, repetía in­cansablemente en todas sus conversaciones y comuni­caciones desde la cárcel.

Después de que un grupo de bancos entabló inútilmente negociaciones para su compra, recibien­do de la Obra Nostra la misma respuesta de que «Morasa o nadie», y siempre bajo la condición de que el banquero Mata no habría de recibir un solo céntimo, los abogados de Mata presentaron un escri­to en el Banco Oficial de Las Batuecas renunciando hasta al precio justo de las acciones de ambos ban­cos. Días más tarde, las acciones del Banco Asturcón y del Banco Huertano, en suspensión de pagos, fue­ron adquiridas oficialmente por Morasa, anunciándo­se inmediatamente la reapertura de los dos bancos y, posteriormente, el Banco Asturcón fue autorizado a cambiar su nombre por el de Banco de Septentrión. La estrategia financiera de la Obra Nostra se comple­taba con un banco en el norte y otro local, el Banco Huertano, para encauzar los ahorros en el sudeste de Las Batuecas.

El requisito de comprar las acciones de bancos en dificultades a un precio tirado iba a ser norma permanente en Morasa. Esto era necesario, según Alfonso Montes-Ramos, por dos motivos. En primer lugar para sanear un banco había que tener plena capacidad de gestión interna, llegar hasta el último rincón del balance, comprobar todos los asientos con­tables y la circulación de la última peseta; es decir, para tener plena capacidad operativa, única forma de poder salvar a un banco en apuros, se necesitaba tener la propiedad del banco, porque en caso contra­rio, Morasa sería tan sólo un organismo asesor, sin capacidad decisoria ni operativa.

La segunda parte del problema era la valoración del precio de las acciones. Resultaba lógico pensar que si un banco estaba al borde de la quiebra, cual­quier comprador que se acercara a él ofrecería un precio muy bajo por hacerse cargo del banco, como sucedió con el Banco Celta, adquirido por casi nada y que incluso se quedó con un importante grupo de empresas industriales. Así, lo que sería presentado como una operación en donde la hermandad inter­bancaria salvó casi in extremis la situación del Banco Celta, merced a un generoso préstamo, aunque muy a corto plazo, resultó ser una nueva operación de la Obra Nostra para apoderarse de otro banco.

En el caso del Banco Celta, en vez de cobrar por vender el banco, sus propietarios tuvieron que pagar dinero de sus bolsillos y desprenderse de propieda­des personales para que Morasa se hiciera cargo del banco, que estaba al borde de la suspensión de pagos. Alfonso Montes-Ramos puso como condición com­prar las acciones del banco en dificultades, pero por una peseta por cada acción. De esta forma, se hizo por completo con la administración del banco y lo inten­tó sanear, al tiempo que los expertos de la casa ha­cían un peritaje completo y exhaustivo del balance.

Pero hubo dueños de bancos pequeños que se resistieron a vender sus acciones a un precio irriso­rio, condición puesta para entrar en negociaciones. Morasa seguía, sin embargo, adquiriendo y transfor­mando bancos, además de realizar operaciones de compra y venta de bancos como simple negocio.

Era bien sabido que los grupos financieros ha­bían creado, a partir de la ley de especialización bancaria, su propio banco industrial. Morasa que ne­cesitaba un banco que apoyara especialmente a sus empresas, creó entonces el Banco Industrial del Cho­riceo o Chorizo Bank por transformación de la razón social Banco Forestal de Navaluenga. Era ésta una modesta entidad con un capital de un millón de pese­tas que pasó, al cambiar su nombre, a la astronómi­ca cifra de mil millones de pesetas; convirtiéndose así, de la noche a la mañana, con tan enorme aumen­to ficticio de capital en el banco más potente de la termitera.

Después de la inauguración de una oficina del Chorizo Bank en La Layetana, se preveía la implanta­ción financiera de Morasa en el Principado: Alfonso Montes-Ramos aún recordaba aquella noche que la pasó en vela. La reunión se había prolongado hasta la madrugada en la casa del notario. Estaban allí reunidos altos responsables financieros de la Obra Nostra en el Principado. Pasada la medianoche se definió la partida. El tono seco y decidido de Alfon­so había ganado el último envite y el controvertido Banco Ducal con más de veinte mil millones de pese­tas en recursos le fue concedido para que lo admi­nistrara, junto con el Banco Insular, más un banco en Costa Rica y otro en la República Dominicana. Aquella noche Alfonso Montes-Ramos podía presu­mir de haber realizado una nueva compra de bancos sin haber llegado a desembolsar una sola peseta.

Cuando los malévolos leían en la época de la alcaldía de Porcones la composición del consejo de administración del banco más importante entre los recién adquiridos por Alfonso Montes-Ramos, no sabían precisar con exactitud si se encontraban delan­te de la nómina municipal de gratificaciones especia­les o bien delante del consejo de administración del banco; puesto que formaban parte de él un concejal ­delegado de Servicios del Ayuntamiento, un falan­gista de conveniencia que fue primer teniente de alcalde y otros destacados munícipes como el yerno de Portones. En el cargo de consejero-delegado se encontraba Brau Villar, hombre de aspecto bondado­so y habilidad redomada, que colaboraba en la desig­nación de concejales en cargos estratégicamente colo­cados para aumentar la tesorería del banco.

Economistas, industriales y banqueros se queda­ron perplejos tras la adquisición de aquel banco por Morasa. ¿Cómo era posible, se preguntaron todos, que alguien pudiera en el plazo de unas semanas comprar varios bancos con billetes verdes? Algunos intuyeron que la compra del Banco Ducal formaba parte de un ambicioso plan de penetración de la Obra Nostra en tierras del Principado. El ahorro de las laboriosas termitas depositado en un banco con implantación local resultaba ser una pieza muy codi­ciada dentro del engranaje financiero de la Obra Nos­tra en Las Batuecas.

Morasa se apoderaba de ciertos bancos y, como las termitas, los dejaba pelados; para luego, cuando estaban exhaustos de tesorería, ponerlos de nuevo en venta. El negocio para Morasa se limitaba tras la devastación financiera al simple traspaso de la licen­cia bancaria; aunque hubo casos como un banco si­tuado en el valle del río más largo de Las Batuecas, donde Morasa, además de reducir sensiblemente el pasivo, llegó hasta traspasar varias oficinas a otros bancos de su órbita.

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VI

Hay termiteras en las que una sola colonia ocupa varios lugares, a veces bastantes distantes unos de otros. Estas aglomeraciones arquitectónicamente se­paradas, pero sometidas a la misma administración central, se comunican tan perfectamente entre ellas que algunos termitólogos se atreven a decir que la termitera es como un individuo único, pero disemi­nado aún; es decir, un solo ser vivo que aún no está coagulado o solidificado, y cuyos diversos órganos están formados por miles de células que permane­cen siempre sometidas a la misma ley central, a pesar de su aparente independencia. Desde esta perspec­tiva, el cuerpo humano también es una asociación, un conglomerado, una colonia de sesenta trillones de células; pero de células que no pueden alejarse de su nido o de su núcleo y permanecen sedentarias o cau­tivas hasta la destrucción de este núcleo o nido.

En la marcha hacia nuevas formas organizativas la evolución no se ha detenido, sin embargo, en la célula. Aún hoy se conocen seres unicelulares que tienden a asociarse para crear estructuras más com­plejas. Lo importante es que, una vez asociadas de manera irreversible, las células se diferencian y espe­cializan. Unas se tornarán defensivas; otras, nutriti­vas, y, finalmente, otras, reproductivas… Ya no pue­den reanudar su vida libre: ha nacido un organismo nuevo, un organismo pluricelular. Eso es lo que de­bió suceder hace mucho tiempo, en la época pre­cámbrica, y de esas asociaciones debieron nacer todas las sucesivas descendencias que llevan a los organis­mos superiores actuales.

Pero ya con la noción de especialización surgía la noción de represión. Cada una de las células, libre en un principio, que se asociaban, poseía un bagaje ge­nético completo, que le permitía cumplir con todas sus funciones de manera autónoma. A partir del mo­mento en que se asociaba a otras, perdía parte de su potencialidad. No porque una parte de su genoma desapareciera, sino porque se encontraba reprimido, es decir, con la imposibilidad de expresarse. Encon­tramos la misma situación en el desarrollo embrio­nario humano, por ejemplo. Cada una de nuestras células contiene el conjunto de informaciones que estaban en el huevo. Sin embargo, algunas células se convertirán en células del hígado, otras en células nerviosas, etcétera. Cada una de ellas sólo entrega parte de su bagaje genético, el resto está reprimido.

Un fenómeno análogo se encuentra en algunas sociedades animales. Entre las abejas, por ejemplo, o entre las termitas. Algunos zoólogos etólogos han llegado a considerar la termitera como un superorga­nismo que trasciende a cada uno de sus miembros, los cuales tienen un cometido específico dentro de la organización de la colonia. Los miembros de la termitera están especializados: algunos se convierten en guerreros de grandes pinzas; otros, en obreros, y otros, finalmente en reproductores. Sin embargo, al nacer cada uno tiene la misma potencialidad que el vecino, pero parte de esa potencialidad se reprime de manera diferente, según cada caso. Esta represión se realiza por medio de mensajes químicos, de sustan­cias incorporadas a la alimentación o de feromonas.

Nadie tiene al parecer el mando en la termitera. Funciona sola. El régimen normal de la termitera es la monarquía; aunque, gracias a la extraordinaria plasticidad de ‘su organismo, que participa de las ven­tajas de la existencia más primitiva, todavía unice­lular, y de las de la vida más evolucionada, las ter­mitas pueden en todo momento y cuando lo necesi­tan, mediante una alimentación y cuidados apropia­dos, transformar cualquier larva o ninfa en insecto perfecto y sacar del primer huevo venido, un rey o una reina, un obrero o un soldado. Las sociedades de termitas han elaborado estructuras y mecanismos complejos de autorregulación que no están decididos por ningún miembro en particular: las termitas tie­nen tan poca conciencia de la existencia y de la vida de la termitera, como las células de nuestro cuerpo de nuestra propia existencia.

Hace por lo menos un millón de años que el hombre apareció en la Tierra como animal social, mientras que las abejas y hormigas están en la tierra desde hace unos setenta millones de años, y las ter­mitas, doscientos millones. Tan terrible, tan inhuma­na como parezca la organización de la termitera, la que llevamos en nosotros está calcada sobre el mis­mo modelo. La misma personalidad colectiva, el mis­mo sacrificio incesante de innumerables partes al to­do, al bien común. El mismo sistema defensivo, el mismo canibalismo de los fagocitos para con las cé­lulas muertas o inútiles. El mismo trabajo oscuro, encarnizado, ciego, para un fin ignorado. La misma ferocidad, las mismas especializaciones para la nutri­ción, la reproducción, la respiración, la circulación de la sangre, etcétera. Las mismas complicaciones, la misma solidaridad, los mismos llamamientos en caso de peligro, los mismos equilibrios y la misma organización interior.

¿Es un modelo de organización social, un cuadro futuro, una especie de anticipación lo que nos ofre­cen las termitas? ¿Es análogo el fin hacia el que nosotros vamos? ¿Es acaso la sociedad humana una termitera? Todavía no, sin duda. Pero el triángulo comunicación-represión-especialización está tomando proporciones gigantescas. Los medios de transferen­cia y de tratamiento de la información -prensa, radio, televisión, ordenadores- comienzan a desem­peñar el mismo papel que las feromonas en las ter­mitas o que el ADN, esa molécula que lleva el códi­go genético, la información referente a la morfolo­gía, al funcionamiento y a la multiplicación de la célula en el hombre.

Parece que la época del hombre universal ha pa­sado hace mucho tiempo. Pico de la Mirándola, Bal­tasar de Castiglione, están muertos y olvidados. Nadie puede pretender ya el acceso al conjunto de conocimientos posibles. El saber ya no es humano, sino social. Y el poder que se desprende de ese saber está escapando al hombre. La NASA, ITT, IBM o MORASA, ¿no son ya acaso termiteras que están desarrollando una vida propia, autónoma? ¿No se está debatiendo el hombre en el seno de superorga­nismos primitivos, poco dotados y brutales todavía, que un día lo superarán por completo? Asistimos quizá al primer esbozo de algo que supera al ser humano, del mismo modo que el ser humano supera a cada una de las células de su cuerpo.

El estudio de la aparentemente compleja socie­dad de los termes, ha revelado que su funcionamiento no se explica por un impulso de imitación de sus miembros, sino que el cambio social, al igual que otros procesos orgánicos, tiene sus propias leyes in­ternas. Estas leyes no pueden ser puestas en vigor por Estados, instituciones ni termiteras, sino que operan mediante la acción espontánea pero ordenada de sus partes constitutivas y estas leyes llegan a ser efectivas sólo cuando la espontaneidad y el libre juego de fuer­zas y deseos, logran prevalecer en cada nivel de la sociedad. En cierto sentido, las termitas nos ofrecen una caricatura anticipada de organizaciones como MORASA, cuyas estructuras a medida que se agran­dan y se perfeccionan, lejos de buscar la transparen­cia, se entroncan en la oscuridad de los ghettos y de las mafias.

Para Alfonso Montes-Ramos la compra del Ban­co de la Meseta era una cuestión casi estrictamente arquitectónica. Cuando Montes-Ramos abandonó Villaluenga del Rosario y se vino á la capital a mon­tar su cuartel general, se instaló en el moderno edifi­cio del Centro Alonso Sánchez, cuya mole arquitec­tónica se levantaba en el centro de la gran ciudad, ocupando el Banco de la Meseta otra parte en el mismo edificio.

El presidente del Banco de la Meseta, Ricardo Pérez, hacía muy pocos años que había llegado a la banca. Antes, en su tierra natal, había trabajado cuando era niño en las labores del campo y, más tar­de, estuvo como picador en una mina de carbón don­de recorrió todas las escalas profesionales. Poco des­pués, comenzó a explotar como arrendador parte de las minas en que antes había trabajado por cuenta ajena. Su participación en la Falange local fue tan destacada durante la Santa Cruzada contra los comu­nismos que resultó condecorado y pasó de minero a promotor de viviendas con ayuda del Estado. Del Estado nacional-sindicalista, ético-misional e impe­rialista.

A partir de entonces inició su vertiginosa esca­lada en el mundo de los negocios, desarrollando ex­plotaciones mineras, creando empresas constructoras y promoviendo urbanizaciones en asociación con hombres de influencia política, de curriculum carga­dos de servicios falangistas, al general Tranco, a sus amigos, y a los amigos de sus amigos. Luego, los mejores negocios los realizaría Ricardo Pérez parti­cipando en la infraestructura faraónica de una acere­ría gigantesca y en la construcción de barrios enteros de viviendas para termitas obreras. Adquirió, por úl­timo, a un precio irrisorio el hoy Banco de la Meseta, que cambió de nombre cuando uno de sus antiguos propietarios tuvo que ausentarse al extranjero para huir del proceso y del escándalo porque el banco estaba en quiebra. Sin pagar virtualmente un duro, Ricardo López consolidó su posición en el banco y trasladó su sede central a la capital de Las Batuecas.

Los negocios de los Montes-Ramos fueron tan deprisa que en pocos meses, el holding de la termi­tera ya no cabía en el flamante y supermoderno edi­ficio, por lo que hicieron gestiones con Ricardo Pérez para que se fuera de la parte del edificio que ocupa­ba, cosa a la que el banquero falangista se negó por­que la ubicación de sus oficinas era muy buena y no quería perder clientes. Entonces, Morasa, que por aquella época compraba todo lo que estaba en venta y parte de lo que no se vendía, intentó hacerse poco a poco con el control del Banco de la Meseta para, una vez comprado, disponer de la totalidad del edi­ficio.

En este intento Morasa coincidió con los hom­bres de otro grupo financiero. La pugna se presen­tía larga y Ricardo Pérez no parecía dispuesto a ceder el banco a nadie, por lo que Morasa abandonó el terreno y se dedicó a actividades más fructíferas y prometedoras, cosa que tiempo después haría tam­bién el grupo rival. Al cabo de unos meses, Ricardo Pérez se desentendía finalmente del banco y lo ven­día mayoritariamente a la familia Barcón, que habían entrado en el banco hacía tres años en calidad de ac­cionistas minoritarios. El júbilo por la venta le duró poco tiempo, pues volvió a recuperar sus acciones y la presidencia del banco, porque al parecer, Vicente Barcón y su hijo no le pagaron ni un duro.

Más tarde, cuando la dirección del banco se ma­nifestó incapaz de hacer frente a sus compromisos financieros y Ricardo Pérez se decidía a presentar una suspensión judicial de pagos, el Banco de la Meseta pasó a ser administrado urgentemente por la entidad oficial que se encargaba de los bancos en crisis, con el objeto de reflotarlos o proceder a su liquidación. Antes de dirigirse a las autoridades ofi­ciales, Ricardo Pérez hizo una serie de gestiones con algunos bancos para superar la crisis. Y a pesar de que guardaba una fuerte animadversión hacia Alfon­so Montes-Ramos, del que no quería ni oír hablar, hizo una sugerencia de compra a Morasa, que le fue rechazada. Morasa estaba interesada de antiguo por el Banco de la Meseta y su compra, ya planificada por la Obra Nostra a través de la entidad oficial que se encarga de los bancos en crisis, se limitaba a ser una simple cuestión de arquitectura. Las termite­ras en las que una sola colonia ocupa varios lugares, a veces bastantes distantes unos de otros, se apoderan de todo lo que está a su alrededor por puro espíritu de economía.

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VII

Eufrasio Montes-Ramos, el hermano mayor de Alfonso, presumía de ser un buen montero que, de mancha en mancha, de cazadero en cazadero, había ido recorriendo todos los de Las Batuecas y se com­placía en evocar los momentos emocionantes vividos ya en uno, ya en otro.

Eufrasio sentía una nostalgia especial por La Airaida. Aún recordaba El Garranchal, una mancha muy típica de aquella finca, compuesta de dos lade­ras convergiendo en un barranco, en el cual y en la cuerda, se armaban los rifles y las escopetas. Los monteros como Eufrasio que tenían la fortuna de ser colocados en el primero, además de la esperanza de matar un hermoso jabalí tenían siempre el doble ali­ciente de la emoción, pues algunos eran de una bra­vura extraordinaria. Como los pasos eran forzados, entraban en ellos acosados por los perros a poquí­simos metros del tirador, que si los yerraba, tenía la seguridad de verse acometido con la fiereza de un toro por el animal hostigado.

La Airaida se encontraba no lejos de Villaluenga en una zona agreste con abundante vegetación de helechos y alcornoques. Para su propietario, el duque de Majadahonda, era un conjunto de dehesas en plena explotación forestal y ganadera, en las que además de esos importantes productos, abundaba la caza. Con sus dieciséis mil hectáreas de extensión ocupaba el primer puesto entre los mayores latifun­dios de Las Batuecas. Para Eufrasio Montes-Ramos, el confort de su palacio, la comodidad de su monte­ría, la hospitalidad exquisita con que era atendido el huésped, avaloraban el recuerdo de La Airaida y lo hacían perenne e indeleble.

Las especies allí nativas eran el jabalí y el corzo. Los venados fueron importados y se desarrollaron en tamaño y en número de una manera admirable; con­virtiéndose, pues, en una riqueza más que había apor­tado el señor Duque a aquella región. Había caza abundantísima en La Airaida porque su aristocráti­co propietario, en uso de un perfecto derecho here­dado de sus antepasados, obligaba a la estricta obser­vancia y cumplimiento de las leyes feudales sobre la caza; reservándose el placer anual de matar algunos jabalíes, corzos y venados, cuya carne luego regalaba a los menesterosos y a las Casas de Beneficencia. Y a quienes se atrevían a infringir las leyes, cazando en furtivo, una jauría de fieles guardas jurados se encar­gaba del tiro y tente tieso.

Como no se trataba de un Coto de Montería pro­piamente dicho, no había en La Airaida manchas efectivas; llamándose tales a los sitios en que se ojea, y eran muchísimos; siendo su enumeración comple­ta muy fastidiosa, dada la enorme extensión de la finca. Eufrasio Montes-Ramos podía citar de memo­ria por lo menos cuarenta lugares en que más fre­cuentemente se cazaba en la finca del duque de Maja­dahonda: Los Orgazales, Tamayo, Galizno, Pañitos de Cabeza, La Nateruela, Las Presillas, El Carrascal, El Parrón, El Corcho, Las Porratas, El Chapatal, La Toloseña, Canuto de las Huertas, El Norte, Las Pla­tillas, Las Raíces, El Boquete de Borrego, La Caña­da del Corzo, Los Charcones, El Búho, Cañada Hon­da, Mojeallana, juego de Bolas, El Pervétano, Mojei­lla Oscura, Canuto de los Madereros, La Loma de Enmedio, El Cerro del Muro, Raspapelos, El Canuto del Acebuche, La Marrada de Tío Paco, La Marrada de la Venta, El Garranchal, El Boquete del Laurel, La Silla del Caballo, y muchos más. En cualquier sitio de La Airaida, teniendo únicamente cuidado del viento, podían armarse los rifles y soltarse los pe­rros, en la seguridad de que saldrían corzos o jabalíes.

Cuando Eufrasio Montes-Ramos se enteró con­fidencialmente de que los herederos del duque de Majadahonda querían vender La Aíraida, habló in­mediatamente con su hermano Alfonso. La familia Montes-Ramos, que en tiempos del patriarca don Eufrasio había llegado a ser propietaria de tres aran­zadas de tomateras y de viñedo, no cabía en sí de júbilo. Si lograban poner de acuerdo a los herederos del duque ofreciéndoles mucho papel bancario en pagos muy aplazados, la más hermosa finca del sur de Las Batuecas pasaría a ser propiedad de Morasa, sin desembolsar apenas un duro. De esta manera, la inflación monetaria pagaría el alto precio fijado por La Airaida.

Uno de los herederos, el segundo hijo del duque, se opuso durante algún tiempo, dando una respuesta altanera:

—Esta tierra estuvo siempre unida a nuestra familia y no soltaré mi parte mientras pueda. Es me­jor ser dueño y señor de cabras y de pájaros que de urbanizaciones. Mi sueño es de pasearme allí de viejo, como lo hicieron mis antepasados; aunque lue­go le convencieron con dinero contante y sonante adobado con el suave método del «por-aquí-te-quie­ro-ver».

Cuando Morasa compró las Bodegas Maternina que también estaban en venta, los aficionados del Pioja empezaron a abandonar el Banda Blanca y el Banda Morada, vinos antes muy apreciados. ¿Qué había pasado? Comenzaba una lucha, en opinión de los expertos, por una mayor producción y menor cali­dad en los vinos de Pioja.

Para evitar mayores deserciones entre los aficio­nados, Morasa lanzó publicitariamente al mercado la Gran Reserva Conde del Himalaya, creyendo equi­vocadamente que el pioja como el champagne eran preferentemente vinos de marca y no vinos de sitio. Los vinos de Pioja eran vinos de mezcla y nadie podía hacer caso de los años de la cosecha que figu­raban en las botellas de Pioja, porque nadie contro­laba la veracidad de las añadas. Si la etiqueta de la botella decía 1970, ese vino tenía mucho del 70, pero también tenía algo del 71, del 73 y hasta del 77 y del 78. La Gran Reserva lanzada por Maternina y que llevaba el nombre cimero de Conde del Himala­ya era un vino normal, que se vendía en bodega en­tre setenta y cien, pero que costaba en un restaurante de lujo más de tres mil pesetas.

Al conde del Himalaya que era uno de los super­vivientes de la rancia oligarquía villalonguense, le habían hecho presidente del consejo de administra­ción de las Bodegas Maternina, con una gratificación en forma de sobre mensual de cien mil pesetas. Su padre, el último Mayordomo Mayor de Palacio, había sido el confidente del penúltimo monarca de Las Ba­tuecas en el exilio. Paco Himalaya militó, en cambio, como falangista, convirtiéndose luego a la gastrono­mía, al término de su vida.

Alfonso Montes-Ramos soñaba con obtener un título nobiliario en un futuro más o menos inmediato y le gustaba conversar sobre cotilleos de la nobleza y genealogías con el conde, muy versado en esos temas. Ya Alfonso había sido armado Caballero Hi­jodalgo a fuero de Las Batuecas, además de Caballero de la Orden del Santo Sepulcro pestoso de Matu­salén, cuyo jefe Supremo era Su Santidad y entre los caballeros profesos más conocidos en Las Batuecas se encontraba el yerno del general Tranco, el mar­qués de Verdevilla.

Precisamente, en la real basílica de San Currito el Grande y hacía tan sólo varias semanas del aconte­cimiento, se había reunido en coro el Capítulo Noble de la Meseta de la Orden de Caballería del Santo Sepulcro de Matusalén para el acto de cruzamiento de los nuevos caballeros de dicha Orden, imponién­dose el hábito por el gran prior de dicho Capítulo, un reverendísimo padre por más señas prelado domés­tico del Romano Pontífice; y ante el lugarteniente de la Orden, el heredero de un famoso fabricante de chocolates que ostentaba como título nobiliario un marquesado pontificio, cuarto de la línea, que había sido adquirido en Roma gracias a la descomunal li­mosna de su bisabuela, una piadosa beata y viuda. Los hábitos fueron previamente bendecidos y actuó de maestro de ceremonias e hizo la presentación co­mo secretario del Capítulo, un general de la Guardia Civil.

Los caballeros ingresados y respectivamente apa­drinados por caballeros profesos habían sido Eufra­sio, Alfonso, Gabriel, Isidro y el reverendo padre Ricardo Montes-Ramos. Su hermana Alegría fue ad­mitida en el Brazo de Damas Nobles Capitulares de la Orden y terminada la solemne ceremonia, en los salones del claustro de la real basílica, fue servida una copa de vino de Villaluenga, procedente de las bode­gas de Morasa.

Cuando almorzaba con el conde del Himalaya, Alfonso Montes-Ramos no comía sandwiches ni bo­cadillos. Para aquellas ocasiones mandaba descor­char, sólo entonces, una botella de la Gran Reserva que llevaba su nombre:

—Acabamos de formalizar la compra de La Ai­raida, Paco…

—No es verdad ¿bromeas?

—Es completamente cierto, se sonrió Alfonso. Además de la explotación forestal, pensamos conver­tir La Airaida en Coto de Montería para construir, más adelante, un complejo turístico accesible sólo a gente importante con stress que tenga necesidad de descanso…

—Pero Alfonso, ¿cuándo descansas?, le pregun­tó de pronto Paco Himalaya.

Volvió a sonreír con más gana que nunca.

— ¿Quieres saber, mi jornada de trabajo?

—Me gustaría saberla.

—Soy, en principio, bastante madrugador…

—No lo pongo en duda.

—Pues mi jornada normal empieza a las siete de la mañana con una primera serie de asuntos fami­liares y de despachos por teléfono de mis asuntos particulares. Luego prolongo la oficina durante el día, sin darle gran importancia al almuerzo, salvo si es para comer con un amigo como tú, Paco…

—Gracias, Alfonso, ¿y después?

—Disfruto de una tarde trabajando, a veces has­ta altas horas de la madrugada. Y dedico los fines de semana en casa a ver nuevos negocios o a revisar asuntos pendientes.

—Pero Alfonso, eres aún joven y llevan una vida muy dura.

—Yo no he sido joven, Paco; quiero decir como los demás muchachos. Pasé de niño a adulto. Nunca he tenido afición por el deporte, ni me he tomado vacaciones. He rechazado siempre, de una manera instintiva, el ocio, lo que puede ocuparme tiempo. Desde niño me han apasionado los negocios… Te voy a contar una anécdota de cuando yo tenía doce años: en mi casa creé un pequeño banco que llamé «Almora» con las iniciales de mi nombre y apellidos. En una cajita de madera depositaba los ahorros que mis hermanos y mis amigos me confiaban y con ellos concedía créditos a los compañeros del colegio. El banco siempre cumplió sus obligaciones, pero como los clientes no procedían de igual manera, tuve que decidirme por liquidar el banco antes de que se pro­dujera la catástrofe. Desde luego, aquello ya me sir­vió de experiencia.

Alfonso y Hortensia se habían casado muy jóve­nes y nunca tuvieron problemas en el matrimonio. Tener problemas suponía una relación mutua y Al­fonso Montes-Ramos no tenía tiempo para pensar en ello. Llevaban veinte años de casados y ya tenían una hermosa familia con trece hijos.

Cuando a Hortensia le preguntaban si pensaba en tener más hijos, ella hacía un gesto vago con la mano que podría querer decir: ¡vaya usted a saber! Alfon­so, en cambio, parecía estar más informado:

—Un hijo por año. Como soy cosechero me he acostumbrado a la cosecha anual. Soy providencia­lista hasta el tuétano y recibiré encantado todos los hijos que Dios quiera enviarnos. Lo mismo que no me había importado no tener ninguno, por eso de que soy providencialista.

Alfonso Montes-Ramos se limitaba a aplicar a rajatabla la famosa fórmula muy difundida en los círculos piadosos de la Obra Nostra, según la cual el control de los nacimientos o birth control era un insulto a la Providencia y a la Cruz de Cristo. Al­fonso se había aprendido la fórmula hasta de me­moria:

Cálculo +

Cuquería +

Cobardía +

Egoísmo +

Comodidad +

Avaricia +

Lujuria +

Pereza

——–

Total: Birth Control

Y como Alfonso, con su productividad filial ate­rradora, se encontraban aún muchos cabezas de fa­milia en Las Batuecas. Antimaltusianos sistemáticos, presumían de docenas de hijos y daban la impresión de que practicaban el método Ogino, pero al revés, como si trataran de repoblar a Las Batuecas con espe­címenes oligárquicos asegurados a todo riesgo, in­cluido el de las contaminaciones de la termitera. Ser padre de familia numerosa era todavía un timbre de gloria para la oligarquía de Villaluenga y de parte de Las Batuecas. Ese problema crucial al que debería hacer frente hoy la humanidad, el del control de la población, fue resuelto por los insectos hace ya millo­nes de años.

Alfonso Montes-Ramos estaba preocupado con un asunto familiar muy grave. En sus manos había caído un escrito de Mariví, su hija mayor, cuyo título era ya de por sí un escándalo: «De cómo una mortal celebró su cumpleaños con el demonio y de cómo el demonio celebró su cumpleaños con una mortal».

Alfonso lo había leído con furia y sus ojos ape­nas dieron crédito a las cuartillas escritas por Mariví, que pasaron de mano en mano entre sus tíos y pri­mos, hipócritos lectores hermanos y semejantes, don­de hubo sorpresa y consternación. El texto era el siguiente:

«—Felicidades por haber estado de pie.

Y la ninfa se metió debajo de la cama y no que­ría salir.

Alguien cantó:

—Que tus deseos no sean como sanguijuelas. Alguien vertió licor cerca del escondrijo.

—Te llenarás de pelusa y enfermarás con la hu­medad.

Alguien volvió a cantar:

—Que el fantasma no te suelte la mano en los peores trances.

Ella estaba borracha porque a todos se les derra­maban los vasos.

¡Oh, mi amor! Las cucarachas saldrán de sus escondrijos y te tomarán por un zapato. Sal de ahí y brinda con nosotros.

Y ella seguía lamiendo los charcos y cortándose los labios. Todos cantaron:

—¡Oh, adorada! El demonio habita debajo del colchón y te poseerá como a una braga sucia.

Dos o tres se le durmieron encima, los muelles cedieron y le presionaban la espalda. Ella ladeaba la cabeza y seguía lamiendo el vino con orines.

Cantaron las primeras cucarachas:

—Ya salimos, el suelo estaba suficientemente emporcado y tú no nos dabas miedo. El estómago nos decía que debíamos devorar restos y nos encan­tará resbalar además en los charcos de tinto.

Ella seguía sangrando por la boca. Algunos más caían sobre la cama. Las cucarachas escapaban y ella vomitaba.

El diablo estaba a su lado con la punta de la nariz húmeda con la mezcla, levantó sus patas de cabrito y tiró a los durmientes. Los muelles crujie­ron. Ella volvió a respirar.

Cantaba el diablo:

—¿Qué hacías en mis dominios sin ser una nin­fa? ¿No sabes a tu edad que estos sitios se ensucia­ban de sobras? Este era mi lecho y un poco más arriba era el tuyo. Te equivocaste, pero tu piel era suave y tus labios apetitosos.

Las cucarachas miraban. Todos los demás se aba­lanzaron a la vez sobre la cama, sin ningún respeto por los de abajo. El diablo volvió a empujar con sus patas y la cama se volcó. Los de arriba huyeron tam­baleándose y cerraron la puerta.

Ella cantaba para sí misma:

—Dime cuál de tus días fue el más feliz. Dime dónde estaba el saco de las cosas pasadas. Dime dónde escapó el escalofrío.

El diablo la acarició y la cama volvió como por encanto a cubrirlos. Las cucarachas se fueron eruc­tando hacia sus escondrijos.

Había entonces muchos seres clavados en el col­chón y le dijo el demonio:

—¿Te conmoviste? Y contestó ella:

—No, no me conmoví.

Y pasaron luego por el subterráneo donde las ninfas mendigaban con letreros, y volvió a decirla:

—¿Te haces cargo? Y contestó ella:

—No, no me hago cargo. Espera, le dijo, y en­cendió un cigarrillo.

El la miró y supo lo que veía: Margarita y su silla de ruedas, vieja termita sifilítica llena de pústu­las. Y ella ayudándola a defecar.

—¿Por qué lo hiciste? Ella no te oyó ofrecer aquel asqueroso amago ni a él, ni a mí.

—Lo hice sin ofrecimientos, porque ella me lo pedía y aquello, aquello era algo infecto y yo, yo lo tuve en mi mano y pude estamparlo, embadurnarlo, dárselo de comer a ella misma porque estaba loca. Y sin embargo seguí el procedimiento normal.

Se acabó el cigarrillo y los dos volvieron a mi­rarse.

—¿Qué fue de la manta raída y húmeda? ¿Qué fue de la terminal de estación abandonada? ¿Y qué fue de una noche donde los insectos subieron con el hedor y tu cabeza se apoyaba únicamente en una piedra? ¿De dónde sacaste todo aquello y por qué te quedaste allí?

—Bien lo sabías. No irás a decirme si soñé con el ángel y la escala. Y ya que hablabas de ofreci­mientos, ¿a quién ofrecieron ellos, los poseedores de aquel andrajo, tal privación?

—Al sexo.

—Sólo en cierta forma, aquella noche no hubo sino aproximación desesperada para transmitir calor.

Sonrieron.

—Pero dejaremos eso, no te incumbieron las abluciones ajenas.

Y pasaron, y recorrieron calles de sangre seca, y salones donde ella era mirada con agrado. Y des­pués él levantaba losas de las que se escapaban susu­rrosos o requerimientos, y supieron muchas cosas porque él era bello y sabio. Después desplegó sus alas y le mostró el color del carbón y del azabache.

Ella cerró los ojos.»

Alfonso reaccionó ante la curiosa muestra de literatura de termitera, como si su hija Mariví estu­viera embarazada por el mayor sinvergüenza de Las Batuecas. ¡Hacérselo a él, que se consideraba tan superior a las termitas y le repugnaba tanto el espí­ritu de la termitera! Pero el texto… el texto revelaba nada menos que su hija mayor se estaba encenagando como una termita cualquiera… ¡Su hija Mariví se había saltado la familia, el pedigree y todos los mol­des éticos y sociológicos! ¡Él sabía muy bien lo que quería decir con aquello!

Alfonso razonaba furiosamente en voz alta:

Mis padres eran enormemente trabajadores y muy responsables. Yo he procurado educar a todos mis hijos como mis padres me educaron a mí. Pero que mi hija mayor, que tiene dieciocho años y hasta el momento no se había rebelado nunca, escriba ta­les porquerías, me deja anonadado… ¡Anonadado! En casa hay muy buen ambiente y cada uno de mis hijos estaba cumpliendo perfectamente su misión… Todos están en períodos de estudios… ¿Por qué te­nía que ocurrirme esto? ¡Y precisamente con Mariví, la mayor de mis hijas, la que debía ser un ejemplo!

El cura Montes-Ramos, que leyó las cuartillas, era uno de los convencidos de que el uso adecuado de la Ciencia de los Ángeles era el mejor método de controlar a los demonios y opinó que se encontraban ante un caso de endemoniada en la familia; aunque luego advirtió, prudentemente, que la Santa Madre Iglesia había prácticamente suprimido la administra­ción de los exorcismos, a no ser con licencia expresa para cada caso del obispo de la diócesis.

El Ritual Romano señalaba los síntomas que ha­bían de tenerse en cuenta para diagnosticar una posesión. Para la ortodoxia católica tres eran los síntomas de cualquier intervención diabólica: prime­ro, hablar varias palabras en lenguas desconocidas; segundo, revelar cosas distantes y ocultas; y tercero, manifestar fuerzas superiores a la edad o a la costum­bre. Los dos últimos síntomas, pero no el primero, se daban en el caso de Mariví Montes-Ramos. Hoy en día, sin embargo, a ningún cristiano conocedor de la parapsicología se le ocurría atribuir a demonios lo que el doctor Freud logró explicar más simplemente: Satán procedía del árabe shaitan y significaba ser­piente… Para el doctor vienés, los reptiles eran un símbolo sexual clarísimo.

Entretanto, la familia había aprendido realmente el arte de expulsar a los demonios, enterándose ade­más por mediación de un cura de la Obra Nostra, que Mariví Montes-Ramos podía limpiar su alma de las impurezas de la termitera, siempre que metieran sus padres en la operación por lo menos un millón de pesetas.

Así encontraron los Montes-Ramos una solución para Mariví, enviándola a un internado en Irlanda y si a ella le dolía el sexo, como reconoció en su mo­mento al especialista, era sin duda por causa del en­tusiasmo que desplegaba durante sus masturbaciones, como quien escribe por vez primera que debe abste­nerse de contemplar estérilmente su propia obra co­mo si fuese un catedrático y su primer texto, su pri­mera asignatura. En otras palabras, de amancebarse literariamente con su propia mano.

La inspiración es en realidad compulsión. Es decir, la obsesión, el estar poseído por la idea de escribir algo y la necesidad de darle salida. Y claro, cuando alguien está realmente compelido, se le ocu­rren cosas que habitualmente no se le ocurren y bien pudiera ser el caso de Mariví y sus curiosas muestras de literatura. También cuando alguien pla­gia o imita deliberadamente, la gente no lo recono­ce, habiendo como hay grandes obras que son un experimento deliberado de imitación o de plagio.

El páramo literario de Las Batuecas está repleto de plantas garbanceras. Hay poca posibilidad de va­riación a tanta pobreza y un desdichado aspecto más es esa tendencia casi inevitable a la hojarasca en el idioma batueco. Y quien desee encontrar influencias literarias en el contexto que nos ocupa, debería re­montarse dos siglos en el tiempo pasado, a los dig­nos burgueses empelucados de la Enciclopedia.

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VIII

La hija menor de Curro García, Ángeles, había llegado a la capital de Las Batuecas después de la Fiesta de la Vendimia para comenzar el trabajo. La mejor alternativa que le brindaron era el servicio doméstico o la hostelería.

En la hostelería, Morasa se había especializado primero en la explotación de hoteles de tres estrellas, bautizándolas con nombres de especies de caza me­nor, Las Tórtolas, Las Palomas, Los Patos, Los Fai­sanes, Los Urogallos; ampliando posteriormente la cadena hotelera con una serie de hoteles de cuatro estrellas. Para esta categoría, Morasa había seleccio­nado nombres de especies de caza mayor, Hotel Los Ciervos, Hotel Los Corzos, Hotel Los Jabalíes, Ho­tel Los Gamos, Hotel Los Venados.

Ángeles había sido recibida por el subdirector del Hotel Morasa Los Gamos, de cuatro estrellas que acababa de ser inaugurado. Aprovechó la ocasión pa­ra decir con un tono casi de discurso:

—Afortunadamente, la crisis actual no nos ha obligado a despedir a un solo empleado. Es más: nuestra cadena de hoteles, Hotrasa, está originando constantemente nuevos puestos de trabajo, y en nues­tros proyectos figura aumentar en lo posible la plantilla… Usted trabajará como camarera de piso. Aho­ra mismo, nuestro encargado de personal, el señor Follado, le presentará la gobernanta del hotel… Bue­nos días.

Como camarera de piso, Ángeles tenía un hora­rio laboral en el hotel de ocho de la mañana a cua­tro de la tarde y por este trabajo percibía catorce mil quinientas pesetas mensuales, estando además muy bien considerada, tanto por sus superiores como por sus compañeras, ya que demostraba en su com­portamiento sentido de la responsabilidad, eficacia en el servicio y una estabilidad en el puesto de traba­jo. Ángeles García era una buena compañera y pro­curaba ser tan eficaz y sumisa como la educaron. Siempre gentil y educada. Tenía un carácter tímido y reservado, quizá por eso hablaba poco.

Ella se había fijado en uno de los camareros que trabajaba en el mismo hotel, en la barra del bar La Montería. Era un chico más bien alto y corpulento, de pelo castaño, de rasgos toscos y bigote. Un día Ángeles logró hablar a solas con él en la barra:

—¿Eres de Villaluenga?, le preguntó. Nunca te había visto.

—No, contestó el chico. Soy de Navaluenga.

—¿De Navaluenga? ¿Y cómo has venido a parar aquí al hotel?

—Salí de allí sin un céntimo en el bolsillo. Esto de lo hostelería yo lo conozco muy bien. Trabajé varios años en la costa y por la mala alimentación, me puse anémico y luego me agarré una infección pulmonar. Me echaron sin ninguna indemnización. Eso es frecuente que suceda, es normal que los cama­reros en la costa acaben con tuberculosis… Hizo una pausa:

—Cuando trabajé allí varios años, vi cómo con­trataban a la gente, particularmente a las camareras, y el tipo de vida que llevábamos nosotros… En gene­ral, todos los que pertenecemos al gremio de la hoste­lería, estamos dominados por una mentalidad servil, impuesta por la propina que entra dentro del contra­to con la empresa. Es decir, te contratan con sueldo de tanto, pero te dicen que ganarás otro tanto con las propinas. Luego te gastas el dinero alegremente en bares y discotecas tratando de imitar al cliente. Es raro encontrar a un camarero de un hotel de cate­goría en una tasca o hablando como cualquier obre­ro, porque ya nos consideramos de mejores modales…

El siguió contando a Ángeles que después de cumplir con su trabajo salía con alguna de las clien­tes del hotel. Las clientes los preferían porque esta­ban seguras de que además de pasárselo bien, no les iban a robar, y él se sentía a la altura de un play-boy porque salía con mujeres que socialmente eran supe­riores a él. Así que de la juerga al trabajo, del traba­jo a la juerga, con mucho trago, cigarrillo y mala ali­mentación. Una vida nada ejemplar.

—¿Cómo están las camareras en la costa?, le preguntó Ángeles.

—Pues no mucho mejor. Vienen contratadas de los pueblos de la sierra por los encargados de perso­nal de los hoteles. Le ofrecen comisión al alcalde y a veces, si acepta, también al cura y de esta forma garantizan a la familia unas pesetas pero, sobre todo, la honorabilidad. Los primeros meses se los pasan trabajando sin librar, con sueldos mínimos y dur­miendo en los sótanos de los mismos hoteles. Des­pués vienen los rollos de siempre: la jodienda que no tiene enmienda… En la hostelería hay muchas madres solteras.

—Bueno, me voy, cortó Ángeles para no hablar del tema. A Manolita, una compañera del seis, le descontaron el mes pasado cinco mil pesetas del sueldo porque la encontraron aquí, en la barra to­mándose un café…

—Eso no es nada. Si al señor presidente, se le ocurre dar una fiesta en su casa, como hace poco se celebró en Motosaguas, pues todos tenemos que ir uniformados y obligados, y los que no quieran cola­borar, fuera.

—Bueno, adiós.

—Adiós, hasta luego.

Ángeles vivía en un apartamento con dos primas suyas también venidas de Villaluenga. Un día salie­ron a bailar, ella casi no frecuentaba esos sitios, por­que le gustaba más el cine, pero desde hacía unos meses iban con cierta frecuencia a una discoteca.

Aquella tarde, Ángeles conoció a un chico llama­do Eduardo. Era bajo y fornido. Tendría unos trein­ta años. También habitaba las afueras, en otro barrio termitera. Se dieron la mano:

—Parecéis las tres muy amigas…

—Somos primas hermanas. Me acompañan a sa­lir un poco. Claro que esto, sobre todo a Rosario, no le hace mucha gracia. Tiene novio formal, y piensa casarse enseguida.

Guardaron unos minutos de silencio, y al fin él preguntó de repente:

—¿Y tú? ¿Tienes novio?

—No he tenido tiempo para pensar en esas cosas todavía.

—¿Sabes lo que es enamorarse, casarse y formar un hogar?

—Creo que sí, pero no he tenido tiempo de pen­sar en nada de estas cosas. Llegué de Villaluenga… y después de un año y medio de trabajo…

—¿Ni siquiera tuvistes tiempo para un amor?

—¿Sabes que preguntas demasiado? Pues no… No tuve tiempo, o no me interesó.

Enronquecióse ligeramente su voz. El compren­dió que no debía ahondar porque Ángeles tenía esca­sa, por no decir nula experiencia amorosa. Se entre­lazaron en la pista de baile. El comenzó a acariciar­la. Ella se dejaba hacer, pero con los ojos fijos en él y procurando continuamente, con leves movimien­tos de la cabeza, impedir que la besara en la boca. Poco a poco, primero con una pierna y luego con la otra, él se fue pegando más a ella.

—¿Cómo te sientes?, preguntó finalmente, en voz baja. La confusión de los dos aumentó. Ella tra­gó saliva.

Al día siguiente, él se declaró formalmente:

—Voy a contártelo claramente, Ángeles. Y el motivo es que me he enamorado de ti. Sí, así como suena… te quiero como jamás creí querer a nadie y no creas que no he tratado a muchas chicas en mi vida…

Desde entonces entablaron relaciones de noviaz­go que luego se convirtieron en íntimas. Así estuvie­ron saliendo unos meses. La madre de Eduardo era viuda y vivía en Caragoca. El cantaba muy bien jotas caragocanas. Solía cantar la de «te das polvos en la cara y dices que son de arroz, no te pongas comes­tibles donde tenga que besar yo». O también «eres tú, mañico mío, un zángano de colmena, que dices que trabajar no vale nunca la pena».

El novio de Ángeles se presentaba como perito aparejador de obras, pero no tenía empleo porque decía que el patrón de la empresa donde trabajaba no le había gustado la familiaridad con la que se relacionaba con los obreros y le había echado. Ánge­les le entregó un día ochenta mil pesetas, sus ahorros de casi dos años, para la entrada de un piso que sería una auténtica ganga:

-Cuando las cosas salgan para adelante te com­praré un piso en la Avenida Máslarga y vestidos apropiados para codearte con la alta sociedad, le dijo sin ningún rubor Eduardo en aquella ocasión, des­pués de que ya estaban prometidos en matrimonio.

Los deseos latentes largamente acariciados de Ángeles encontraron una fácil respuesta positiva ofreciendo la termita no sólo su cuerpo sino también todas sus economías. Las termitas albergan un consi­derable número de parásitos que no debemos echar en el olvido. Es muy importante la cuestión de los parásitos que pululan en torno a la termitera. Unos simplemente buscan alimento y albergue en la hume­dad tibia de las galerías de la termitera. Otros, en cambio, son útiles e indispensables.

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IX

En su despacho de presidente, decorado con so­brio buen gusto, Alfonso Montes-Ramos no llegó a abrir aquel día la lujosa carpeta con los temas que sus colaboradores le preparaban cada mañana. Embu­tido en un traje gris de lana inglesa, su rostro no demostraba ninguna contrariedad o enfado: era lo más parecido a una corriente de aire helado que cor­tara el resuello a toda posible intimidad. Sus ojos eran como un muro de piedra encalado contra el que se podía tropezar una y otra vez sin conseguir ver nada más allá de su luz. Sí, seguramente; quizá eran los ojos los que le daban aquella iluminación espiri­tual en el rostro que ejercía a la vez atractivo y ais­lante, aquella expresión permanente de transfi­gurado

Alfonso se había mantenido en un discreto segun­do término después de la muerte del general Tranco y la llegada de la Adolfocracia. La confusión políti­ca era tan grande, según él, que ya no se sabía si Adolfo había llegado antes o después de aquel suce­dáneo. Alfonso, por si acaso, continuaba realizando extrañas operaciones políticas y habilísimas financiaciones triangulares, además de créditos concedidos prácticamente sin interés a personajes políticos muy significativos de antaño. Alfonso Montes-Ramos ad­miraba al Presidente Adolfo pero aceptaba a regaña­dientes la Adolfocracia. Según él, era un camelo peli­grosísimo.

Adolfo era hueco de cabeza pero atildado en sus modales. Adolfo era de los pillos de siempre, sólo que ahora se presentaban más taimados, más hipó­critas. Poseía el desparpajo de los ejecutivos que habían pasado hambre con corbata. Adolfo era el primero, el más hábil de los play-boys sacritanescos con su corrección tan bien aprendida, sonrientes, saludadores, vengativos como monjitas menopáusicas, intrigantes como maquiavelos de villorrio, cultas la­tiniparlas en un cotarro intelectual autoamordazado, que se decían libres de inhibiciones políticas y se atrevían a disputar ¡albricias!, la defensa de los de­rechos del hombre en cualquier alejado país del glo­bo terráqueo a las apolilladas democracias occiden­tales, olvidándose, claro está, de lo que ocurría fron­teras para adentro en Las Batuecas.

Adolfo era el Presidente, el especímen perfecto de la Adolfocracia, y Morasa se encontraba en el mo­mento más difícil de su corta pero espectacular carre­ra. La termitera de Villaluenga se hallaba en la peri­feria de una de esas redes de hombres de paja, em­presas y sociedades encubridoras formadas durante los largos años de la dictadura y nunca podría soste­nerse por sus propios medios ante la grave crisis que se avecinaba. Las nuevas operaciones de Morasa para apoderarse de nuevos bancos y empresas representa­ban tan sólo una huida hacia adelante, porque para Morasa parecía que la cuenta hacia atrás ya había comenzado en Las Batuecas.

Cuando para muchos resultaba todavía un miste­rio insondable de dónde sacaba Morasa las ingentes cantidades de dinero necesarias para comprar todo lo que se ponía a su alcance, en los altos círculos financieros de Las Batuecas se aseguraba que el famo­so holding de la termita estaba a punto de hundirse, en fecha inmediata.

Aquel día, los periódicos traían amplios comen­tarios sobre Morasa y destacaban la tragedia de los dos ejecutivos bancarios al ser descubierta su maleta en la aduana del aeropuerto de La Layetana. En pri­mera página se veían unas fotos de Mortadelo y File­món que, fotografiados de frente, parecían dos presi­diarios. Alfonso Montes-Ramos no llegó a leer más prensa. Aquellas artículos deformaban la imagen de Morasa.

Se estimaba en más de doscientos millones de pesetas el dinero que Mortadelo y Filemón habían podido sacar ilegalmente del país. La cifra ni era des­mentida ni confirmada. Según la prensa, que citaba como fuente a funcionarios de la Dirección General de Aduanas, el asunto podía tener implicaciones su­periores y apuntaban a Morasa. Los detenidos eran ejecutivos de una importante entidad bancaria del Principado adquirida recientemente por el holding de la termita. Tanto Aduanas como el juzgado de Delitos Monetarios guardaban afortunadamente un silencio absoluto sobre las ramificaciones que podían tener los evasores; aunque la nota informativa de la Benemérita señalaba que había más detenidos entre los implicados en el asunto. Alfonso se sonrió. Los siete millones y medio de pesetas habían sido descu­biertos de modo fortuito. No hubo, como en otras ocasiones, chivatazo previo. El sistema de evasión, una simple maleta con dinero contante y sonante, era calificado en fuentes aduaneras como burdo y sumamente arriesgado. El tradicional método de la maleta seguía siendo utilizado en las fugas de capi­tales, si bien su frecuencia no implicaba un volumen de fugas demasiado importante, en comparación con otros métodos que se realizaban a través de invisi­bles conductos comerciales. Pero ya no era tan burdo el montaje que el banco batueco mantenía con otro banco suizo para llevar a cabo la operación. Un ban­co de Morasa se dedicaba a captar imposiciones, ex­tendiendo un talón contra un banco suizo por el mis­mo importe, descontada la comisión. El impositor, con el cheque en el bolsillo, viajaba a Suiza y cobraba allí el dinero que previamente había ingresado en el banco de Morasa. Esto hacía que las dos entidades bancarias tuvieran el mismo número de cuentas co­rrientes y la misma cantidad en ellas. Pero en un momento hubo un desequilibrio en las cuentas, y es por lo que Mortadelo y Filemón pretendían compensarlo arriesgadamente con los siete millones de pesetas aprehendidos.

El Consejo de ministros había acordado también desestimar por aquella época los recursos presenta­dos por Morasa en otro turbio asunto. La sanción impuesta por el Gobierno, por un valor próximo a los ciento setenta millones de pesetas, era consecuen­cia de un delito de evasión de dinero y sería además publicada en el Diario Oficial de Las Batuecas.

Anteriormente, Alfonso Montes-Ramos logró pu­blicar un desmentido oficial en el que ponía de relie­ve que era absolutamente falso que empresas de Mo­rasa hubieran realizado cualquier tipo de operacio­nes que pudieran ser consideradas como constituti­vas de delito de evasión de divisas ó fuga de capita­les, ni delito monetario alguno; aunque luego fuen­tes próximas al Gobierno le desmentirían señalan­do que dos empresas de Morasa habían presentado falsas facturas al ministerio de Hacienda, cuyo im­porte representaba una diferencia de más de mil mi­llones de pesetas en relación con las remitidas a los exportadores europeos.

Para colmo, a Bodegas Maternina se le acusaba de tener veinticuatro mil barricas llenas de agua. El aforo de la bodega coincidía con las existencias de vino, pero no incluía a las barricas llenas de agua, cuya presencia se justificaban aduciendo Morasa que estaban así porque, a falta de vino, con agua se con­servaban mucho mejor, ya que, de guardarlas vacías, podría resecarse la madera. A pesar de tan peregri­nas explicaciones, a Bodegas Maternina le fue incoa­do un expediente, lo cual no hubiera podido ocurrir nunca en Villaluenga, donde, tras una visita de ins­pección rutinaria, se descubrió también que cerca de cuatro mil botas de solera contenían solamente agua. Alfonso Montes-Ramos mandó enterrar inmediata­mente en aquella ocasión el expediente en Villaluen­ga, gracias a la actividad desplegada por el Comité de Vigilancia de la Denominación de Origen, un orga­nismo que defendía sin complejos los intereses de los bodegueros y que estaba controlado por hombres suyos de total confianza. En cambio, el expediente a Bodegas Maternina ya había salido publicado hasta en la prensa.

Había además la situación de alarma general en el sector hotelero ante la retirada del turismo. La ocupación hotelera era, en aquellos momentos de ple­na temporada, poco más del treinta por ciento en Hotrasa, la cadena de hoteles propiedad de Morasa. Un índice tan bajo se explicaba en parte por un fenó­meno de desviación del turista, afirmaban los exper­tos, porque los que registraban una mayor ocupación eran los establecimientos de dos y tres estrellas, con una media del cincuenta por ciento.

En los hoteles de cinco estrellas propiedad de Morasa, la ocupación no llegaba al veinticinco por ciento y había hoteles con tan sólo una treintena de clientes. En los otros establecimientos de cuatro es­trellas esta ocupación aumentaba hasta el treinta por ciento, siempre en términos generales…

Alfonso pensó que saldría cristianamente adelan­te y que no tendría necesidad de refugiarse en el trópico como el reverendo negro Jim Jones, donde allí logró instalarse preparando su termitera para la muerte.

—La situación está mal, pero no hay que drama­tizar. Siempre nos integraríamos en último caso con el equipo del Banco Oceánico, manifestó Alfonso Montes a sus ejecutivos de confianza.

Alfonso estaba convocado aquel día por la maña­na con Jaime Gual, uno de los siete banqueros mayo­res de Las Batuecas, que siguiendo el ritual que en su día impusiera el promotor de tan altas reuniones bancarias, siempre hablaban de mayor a menor, en función del volumen de negocios de la entidad a la que representaban. El primero en hacerlo era el pre­sidente de Banasco, le seguían luego los otros y ter­minaba Jaime Gual como presidente del Banco Po­pulista y último incorporado.

El banquero le recibió a las once en su soberbio despacho situado en un ático lujosísimo de un céntri­co edificio de oficinas de la capital de Las Batuecas. Los grandes ventanales daban a una inmensa terraza y a un parque, como telón de fondo. Además de pre­sidente del Banco Populista, Jaime Gual era el finan­ciero de la Obra Nostra. Sutil y oblicuo, y enorme­mente distante, resultaba ser el oculto financiero por antonomasia. Hablaba poco y sonreía mucho.

En el otro extremo del despacho, sobre una me­sita baja, estaba apilada la última obra de moda de un sociólogo groenlandés que se hiciera famoso por su libro, «La dirección de empresas y Maquiavelo». El banquero solía comprar aquel libro por centenares para darse el gusto de regalarlos. Hacía apenas una semana que le había regalado a Alfonso un ejemplar de ese mismo libro, al cabo de un agradable almuer­zo de trabajo en su comedor privado situado allí mis­mo, en aquel último piso de aquella moderna cons­trucción, en una elegante esquina de un céntrico barrio de la capital de Las Batuecas.

Tomaron té con pastas. Alfonso tomó la palabra inmediatamente, hablando durante varios minutos:

—Sabes que un grupo de inspectores financieros trabaja intensamente sobre los libros y demás docu­mentos contables de Morasa…

—Tranquilízate. Son inspecciones de carácter ru­tinario. El ministro así me lo ha asegurado. Me ha dicho textualmente que no se trataba de una caza de brujas.

—¿Que no existe ninguna operación motivada por razones políticas contra las empresas de Morasa? ¿Y entonces el artículo de esta revista? Se levantó del sillón Alfonso, señalando con fuerte excitación el texto.

—¡Bah! No tiene importancia, no seas suspicaz, no te quedes en los detalles. El banquero, después de levantarse, se le acercó cogiéndole afectuosamen­te por los hombros: Todo esto, y tú deberías intuir­lo, puede desembarcar en algo más grave… Tranqui­lízate…

Alfonso lo abordó directamente, recobrando su aplomo:

—¿Durará mucho como ministro en Hacienda?

-No creo. De todos modos, eso ya no depende de nosotros… Y, ahora, vamos a hacer bien las co­sas, dijo Gual llamando por el interfono: Localicen, por favor, al joven Moderch con urgencia.

Pepe Moderch era un chico de treinta y pocos años con aspecto de jugador de baloncesto que había ingresado muy joven en el cuerpo de funcionarios del ministerio de Asuntos Exteriores. Pepito era un soltero verdaderamente modélico hasta en sus vaca­ciones de verano. Durante el día practicaba natación, esquí náutico, moto-cross y tenis; por la tarde, lectu­ra «El fin de las embajadas», de Peyrefitte; «Los delfines del presidente», de Víctor Salvador, y los dos tomos de «Yo, Claudio»; al anochecer, largas conversaciones con personajes importantes o sencilla­mente mayores en edad, saber o gobierno; y por la noche, cenaba con los amigos y tomaba alguna copa. Su actividad sexual se reducía a lucir un jersey azul marino con la inscripción les choses de Saint-Tropez, esconder sus somnolientos ojos tras unas gafas de sol por las mañanas y dirigir la vista hacia la playa o hacia la pista de la discoteca diciendo: «Aquí hay chicas que están muy bien».

Pepe Moderch era el hombre de la Obra Nostra más próximo al Presidente desde un punto de vista de ubicación física. Como secretario general del Pre­sidente del Gobierno se pasaba el día entrando y saliendo del despacho, encargándose de canalizar la mayoría de los papeles que le llegaban y de hacer ejecutivas en su nivel de realización muchas de las decisiones del Presidente del Gobierno. El aterrizaje de Moderch en Presidencia del Gobierno había si­do todo un éxito para la Obra Nostra, adaptándose en seguida el chico a las características del lugar y del personaje, practicando muy a menudo el tenis juntos y viviendo sobre todo tan estrechamente to­das les evoluciones, políticas y anímicas del Presiden­te que, al poco tiempo de haber aterrizado allí, el entonces ministro del Interior que no era de la Obra Nostra quiso alejar a Moderch de Presidencia nom­brándole gobernador civil en su provincia natal. La noticia llegó a salir en la prensa con la apostilla de que sería el gobernador más joven de Las Batuecas y de que, estando soltero, pensaba residir en casa de sus padres. Inevitablemente comenzaron a circular bromas sobre si el señor gobernador podría volver o no después de las diez de la noche.

Moderch no estaba demasiado seguro de querer alejarse y, sobre todo, sabía que los de la Obra Nos­tra no querían que se fuera, por lo que inmediata­mente removieron Roma con Santiago para evitar que el ministro consumara su propósito, intervinien­do hasta la propia esposa del Presidente, más devota de la Obra Nostra que su marido. Cuando consiguie­ron que Moderch continuara en Presidencia, ofrecie­ron una versión diferente de los hechos, según la cual el joven y brillante diplomático, en un alarde de intuición, había subido a ver a la mujer del Presi­dente diciéndole ésta: «Al Presidente lo que le gus­taría es que te quedaras»; por lo que Pepito Mo­derch no necesitó saber más para quedarse con el Presidente, que cuando supo cuál era su decisión dijo que le había dado una gran alegría. Y colorín, colorado, Pepito Moderch a sus treinta y pico años ya era una de las personas más informadas de los intríngulis del poder en Las Batuecas. A él recurriría el banquero de la Obra Nostra para saber quién era el hombre indicado en Presidencia para ayudar a Al­fonso Montes-Ramos:

—De estos asuntos se encarga el vicepresidente Alfil Pastorell, fue la indicación del joven Moderch que se encargaba de todas las cuestiones de protoco­lo en el Estado.

El banquero Jaime Gual admiraba al vicepre­sidente económico Alfil Pastorell de la misma forma que el hidalgo Alonso Quijano admiraba a su escu­dero. El banquero, que había sido definido por sus correligionarios como «el último florentino de las finanzas», apreciaba en el vicepresidente económico ciertas virtudes que de alguna manera también le eran propias y que representaban un denominador común entre los miembros de la Obra Nostra. Aun­que no todos los banqueros de Las Batuecas compar­tían la despreciativa valoración sobre Alfil Pastorell, con el tiempo habían aprendido a respetarle. A él y a aquel Gobierno de play-boys de sacristía.

—Más que una entrevista ha sido una mesa de trabajo, le dijo Alfonso Montes-Ramos a sus ejecuti­vos de confianza tras su regreso a la termitera. Me ha acogido Jaime Gual con un interés tremendo. El vicepresidente Alfil Pastorell nos ha prometido una ayuda para canalizar cuantas gestiones sean proce­dentes. Nos ayudan con una sola condición: que de­bemos aflojar el ritmo del peloteo de papel entre nuestros bancos… Creo que ya está fortificada la se­guridad en Morasa y ahora vamos a iniciar una nue­va etapa de despegue a escala internacional, ésta vez con ayuda de los japoneses.

Aquel mismo día, Sebastián Ayer hizo publicar un editorial en toda su cadena de periódicos: «En un momento en que este importante hombre de nego­cios está siendo víctima de todo tipo de acusaciones -¿qué segundas intenciones tendrán estos ata­ques?-, a través de sus actividades hemos podido conocer un poco quién es Alfonso Montes-Ramos, que seguramente ha hecho más por este país que to­da la gente que se dedica a atacarle de mala manera. Hay un vicio muy batueco de querer politizarlo todo. La política es la política y nosotros defendemos aquí al hombre de empresa».

Sebastián Ayer era un zascandil que se autodeno­minaba empresario. Un empresario de papel, decían con sorna algunas de sus malalimentadas termitas. En los negocios inmobiliarios Ayer comenzó sus acti­vidades especuladoras por intermedio de la suegra; apoyándose luego en la Obra Nostra, para las edicio­nes y la adquisición de periódicos. Gracias a los apo­yos financieros de la Obra Nostra, se había adueñado de un órgano de prensa en la capital de Las Batuecas.

Con la publicación de aquel editorial sin firma, Ayer pensaba mendigar algunas facilidades en el descuento de letras con los bancos de Morasa, que ya le habían embargado en cierta ocasión por tan sólo trescientas mil pesetas. El editorial iba acompañado de una no­ticia difundida por una agencia de prensa, también vinculada a la Obra Nostra, que apareció publicada en las páginas de economía:

DESMENTIDA LA ABSORCION DE MORASA POR EL OCEANICO

Alfonso Montes-Ramos, presidente de Morasa, desmintió ayer la noticia, difundida la pasada sema­na por diversos medios, que apuntaba la posibilidad de una fusión de su grupo bancario, que sería absor­bido por el Banco Oceánico.

Montes-Ramos señaló que la noticia «carecía de fundamento». Sobre posibles nuevas tomas de par­ticipación bancaria, añadió que Morasa no contem­plaba en los actuales momentos ninguna posibilidad de este tipo.

Morasa cuenta en la actualidad con dieciocho bancos participados, siendo el mayor el Oceánico, en el que cuenta con una participación del 28 por cien­to de su capital.

Por otra parte, un alto cargo del Banco Oceáni­co señaló que la compra por parte de Morasa del cien por cien de su capital, para realizar la absorción de todo el grupo bancario, era técnicamente impo­sible.

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X

Muy lejos del centro de la gran ciudad, en uno de los barrios extremos de la capital de Las Batuecas, en un suburbio rebosante de bloques-termiteras tam­bién llamadas viviendas populares y antaño vivien­das modestas, la camioneta iba medio vacía porque era una hora muerta y en cada parada se apeaban y subían sin apresuramiento escasas termitas. Ángeles volvía a casa después de haber conseguido una baja de tres días en el trabajo del hotel, fingiendo que le dolía la garganta.

Una parte del barrio-termitera estaba ocupada por edificios construidos para viviendas de porteros y conserjes; y otra parte del barrio era de viviendas de taxistas. En las cercanías había bloques ocupados por chóferes de camiones con sus familias y en los confines del barrio, después de atravesar una vagua­da, en lo alto de un montículo, los periodistas, con una estupenda ciudad-dormitorio en bloques de veinte pisos.

Cualquier termita de la capital de Las Batuecas consumía cerca de dos horas cada día en ir y volver del trabajo. Si la termita trabajaba cada día de ocho a nueve horas, dormía otras ocho, entre comidas y aseo personal utilizaba otras tres o cuatro, ¿qué le quedaba para realizar otras actividades? Es decir, que la cuarta parte de su tiempo productivo lo con­sumía en un vehículo de transporte, que sólo para menos de la tercera parte era un coche propio. Para el resto, el medio de transporte era un vehículo pú­blico, la camioneta, transporte normalmente sucio y en el que iban zarandeadas y apretujadas las ter­mitas.

Ángeles García no pensaba precisamente en la pérdida del tiempo en el transporte cuando regresa­ba aquella mañana a su casa. Más le preocupaban otros asuntos de su vida que para ella habían sido un fracaso… Había conocido aquel hombre con el que formalizó un noviazgo y pensaban casarse. Ella mientras tanto se quedó embarazada y se enteró ade­más de que su novio no era aparejador de obras sino un sinvergüenza que le sacaba el poco dinero que tenía, alegando compras de pisos y supuestos nego­cios en marcha.

Recordaba con exactitud el comienzo del dete­rioro en sus relaciones, cuando estuvo por primera vez descortés con ella, casi grosero. La había telefo­neado a eso de las once y media, y ya el timbre de la voz le hizo presentir algo desagradable. Ella no estaba acostumbrada a aquel tono:

—Ángeles, dijo. Esta tarde no podré verte. Ten­go que quedarme en la obra y tengo todavía aquí para muchas horas…

Ella no contestó. Luego, sus primas la advirtie­ron que él andaba gastándose su dinero con otras, porque le veían con frecuencia en el baile. Un día se decidió a pedirle confirmación de la exactitud de sus suposiciones. Él se quedó escuchándola en silencio.

—¿No es así?, insistió Ángeles.

El otro se fue con prisas, sin decir nada. Así, tan sencillamente, nunca supo más de él y rompieron las relaciones.

Ángeles se había quedado abandonada en un em­barazo de tres meses. Presa del natural desengaño, sufrió luego una crisis de profunda tristeza y desilu­sión, seguida de una hemorragia que la obligó a in­gresar durante diez días en un hospital para some­terse a un tratamiento preventivo del riesgo de abor­to. Más tarde, le prescribieron reposo y Curro García se enteró entonces de que su hija estaba preñada. Se enfadó mucho, pero no dijo nada. El embarazo de Ángeles finalizó con el alumbramiento prematu­ro de una niña que hubo de permanecer en la incu­badora durante treinta y tres días, siendo inscrita en el Registro Civil con el nombre de Josefa García.

El primer deseo de Ángeles a la salida del hospi­tal fue ver a su familia. Sobre todo, a su padre, que hacía más de un año y medio que no le veía y a sus hermanos que estaban casados y con hijos. Su viaje a Villaluenga fue tan corto y tan rápido que luego comentó que le había parecido un sueño.

Para Ángeles era menos duro enfrentarse con ellos después de lo ocurrido. Necesitaba verlos, pues ellos no le volvieron la espalda como sus primas que prácticamente la abandonaron y tuvo que irse a vivir sola cuando se quedó embarazada. Sus hermanos, siendo simples termes obreros, le ofrecieron su ayu­da en Villaluenga dentro de sus posibilidades. Moral­mente estaban de su lado. Eran muy buenos.

Pero Ángeles temía encontrarse con su padre. ¡Tan grande había sido para él lo ocurrido! No podía imaginar cuál sería su reacción al verla y pedía a to­dos los santos del cielo para que le dieran ánimo y parece que la oyeron. El encuentro fue de lo más tranquilo. Ángeles trató por todos los medios de estar serena y lo consiguió. Curro, su padre, también lo estuvo y la trató con toda naturalidad, aunque la procesión iba por dentro. Afortunadamente todo sa­lió bien. Ángeles encontró a la familia con el mismo cariño de siempre. El viaje a Villaluenga había sido un milagro para ella.

Inmediatamente, Ángeles comenzó a sufrir las dificultades de una madre soltera, con escasos recur­sos económicos, que debía trabajar para subsistir y atender al mismo tiempo a su hija recién nacida. Para aumentar sus ingresos, Ángeles se vio precisada a buscar trabajo por las tardes como asistenta en una casa particular, completando de esta manera una jor­nada de más de doce horas de trabajo, sin contar el transporte.

Se levantaba a las cinco y media de la madruga­da, preparaba el biberón y se lo daba a su hija, espe­rando que no le sentara mal y que lo reposara. Se ocupaba luego de la ropa de la niña, mientras se arre­glaba ella misma y recogía un poco la casa. A las siete menos cuarto de la mañana salía del piso con la niña bien arropada en una toquilla. Se ponía en la cola de la camioneta que la conducía a la Plaza de la Astilla, invirtiendo menos de media hora de trayec­to. Ángeles contaba siempre unos diez minutos de desfase, por si acaso se retrasaba o no llegaba la ca­mioneta. A continuación, tomaba un autobús que la depositaba muy cerca del trabajo y de la guardería de la niña. Una vez intentó otra combinación en el transporte tomando el metro, pero fue horroroso: a su hija casi la estrujaron en uno de los vagones.

Entre las cuatro y las cuatro y media salía del trabajo del hotel para entrar en una casa particular como asistenta, terminando allí su trabajo cuatro ho­ras más tarde. A las ocho y cuarto recogía la niña en la guardería y llegaba al barrio-termitera hacia las nueve y media de la noche. Bañaba diariamente a la niña, le daba la cena, lavaba su ropa, se hacía ella algo para comer, veía la tele, recogía un poco las co­sas de la casa y se acostaba hacia medianoche.

Desde que se había incorporado al trabajo, Ánge­les comenzó a estar presa de un estado de ansiedad y depresión. El conflicto surgía en atender a la recién nacida o ir a trabajar en el hotel. Tantas dificultades concentradas en el cuidado de su hija la empujaban a una situación límite y le entró la obsesión de que ella no podía sostener a su hija, no podía…

Cuando llevaba su hija a la guardería, se fijaba casi todas las mañanas en el cartel con fondo amari­llo adornado con notas de música, flores y pájaros de colores, que campeaba en el centro del vestíbulo. Ángeles confesaba que la guardería era especialmen­te cara, pero ella quería lo mejor para su hija y su mayor preocupación era que no sabía dónde podía dejar la niña antes de irse al trabajo. El cartel estaba editado por Aiprelarva, siglas de la Asociación Inter­disciplinaria para el Estudio y Prevención del Larvi­cidio, una organización benéfica de Las Batuecas especializada en el asesoramiento y protección de las larvas de termitas. El cartel decía lo siguiente:

«Las larvas aprenden lo que viven

si una larva vive criticada

aprende a condenar

si una larva vive con hostilidad

aprende a pelear

si una larva vive avergonzada

aprende a sentirse culpable

si una larva vive con tolerancia

aprende a ser tolerante

si una larva vive con estímulo

aprende a confiar

si una larva vive apreciada

aprende a apreciar

si una larva vive con equidad

aprende a ser justa

si una larva vive con seguridad

aprende a tener fe

si una arva vive con aprobación

aprende a quererse

si una larva vive con aceptación y amistad,

aprende a hallar amor en la termitera».

Como la guardería de la niña funcionaba todos los días de la semana excepto los domingos, Ángeles fue a ver al subdirector del hotel y le expuso que tenía un gran problema, ya que se encontraba vivien­do sola sin ningún familiar, que no podía dejar a su hija y que la guardería cerraba los domingos. Ella le pedía, si fuera posible, que la dejara librar ese día. El subdirector accedió inmediatamente, llaman­do delante suyo a la gobernanta para que le cambia­ra por lo menos el turno de aquel domingo. Trans­currida una semana, Ángeles fue a pedirle nueva­mente a la señorita Consuelo, la gobernanta, permiso para cambiar de turno porque el problema seguía sin resolverse y ella no sabía qué hacer con la niña.

—Ese no es mi problema, le cortó tajante la señorita Consuelo. Sabes muy bien que el cambio de turno lo tenéis prohibido… Quizá algún día será eso posible, pero de ninguna manera todos los do­mingos. Mira cómo puedes arreglarlo, pero aquí lle­vamos un reglamento.

Ángeles volvió lívida de la entrevista con la go­bernanta. Una de las camareras del mismo piso en el que estaba Ángeles, exclamó:

—Yo, sinceramente, no comprendo cómo una empresa que va con el Cristo por delante, permita estas situaciones tan poco cristianas.

Otra chica del hotel que hasta el momento había estado en silencio, comentó:

—El día de las elecciones la señorita Consuelo no nos dejaba ir a votar, nos decía que para la hoste­lería las elecciones no importaban, y que además se­guramente queríamos las cuatro horas para irnos por ahí de juerga. Después de mucho discutir ¡al fin lo­gramos salir a votar! Cuando se viven situaciones tan arbitrarias, prosiguió mirando a Ángeles, la gente tiene miedo y lo peor es que nos mantienen dividi­das y enfrentadas… Mira los cocineros que no están dentro de la coordinadora porque como ganan veinti­nueve mil pesetas, se creen superiores a nosotras, que sólo ganamos catorce mil.

—A veces se cobra menos, dijo Ángeles. Por es­tar de baja nos llegan a quitar hasta tres mil pesetas del sueldo.

Varios días más tarde apareció un aviso en el vestíbulo de la guardería: «Desde la semana próxi­ma, este centro cerrará también los sábados. La Di­rección». Ángeles sintió un cierto hormigueo y una punzada en el pecho. Ella no sabía dónde podía lle­var a su hija…

—A ningún sitio, pensó, la solución será acabar con la niña y después conmigo…

La situación conflictiva se agravó aún más si ca­be para Ángeles, cuando las encargadas de la guar­dería iniciaron un encierro debido a que les adeuda­ban tres pagas y les habían anunciado el cierre del establecimiento. La guardería albergaba a unos ciento veinte niños.

Ángeles quería lo mejor para su hija y había abonado una cuota mensual de diez mil pesetas, ade­más de cuatro mil anuales por gastos de material y cinco mil como reserva de plaza. Como la niña se había resfriado, solicitó la madre una nueva baja fin­giéndose enferma. Si la niña no se hubiera puesto delicada, Ángeles podría haber continuado sobrelle­vando tan terribles horarios; pero Ángeles ya no podía más. Obtuvo la baja por enfermedad y cuando acudió a renovarla el médico se la denegó.

—Usted puede trabajar, le dijo el médico.

—Déme, por favor, la baja, suplicó Ángeles. Tengo que cuidar a mi hija, necesito la baja…

—No puedo… Lo siento. Soy el médico de la empresa.

Su entereza estaba rota en el curso dé los acon­tecimientos que padecía y tan sólo aspiraba a refu­giarse en la soledad insoportable de su piso de ter­mita, situado muy lejos del centro de la capital de Las Batuecas; pero que tenía las ventajas, según Ángeles, de que era amplio, con cuatro habitaciones, cocina y cuarto de baño, bastante tranquilo e inde­pendiente. Como vivía sola, llamaba a veces en un piso vecino buscando cualquier pretexto, porque sen­tía la necesidad de oír la propia voz y sentirse viva.

Ángeles estaba recluida en el piso, mirando la televisión aquella noche cuando apareció en pantalla el primer bebé-probeta del mundo, que celebraba su primer cumpleaños. Aquella niña-probeta ya era co­nocida a su edad en todo el mundo. En casa de sus padres había regalos y postales de doctores y amigos de Europa, Japón y Estados Unidos.

Hacía un año que la niña-probeta había nacido en Groenlandia y era una prueba viva de años de investigaciones a cargo de un equipo que había per­feccionado la técnica que permitía que la concep­ción tuviera lugar fuera del cuerpo humano: un óvu­lo extraído de una mujer era fertilizado con esper­ma de su marido y mantenido en laboratorio varios días antes de reimplantarse en el útero de la madre.

—Esta técnica, según el locutor de la televisión, había traído la felicidad a muchas parejas que, de otra forma, serían incapaces de tener hijos. El primer bebé-probeta constituía la prueba de-fi-ni-ti-va, una prueba de trescientos se-sen-ta-y-cin-co-o-días.

Intervino la madre de la criatura:

—No ha sufrido ninguna enfermedad y para no­sotros también es un gran momento. Ella es adorable y todos los que la conocen la quieren tanto… Es el bebé perfecto: precioso, grande para su edad y nada tímido.

Y, luego, el padre:

—Es tan inteligente que tenemos que estar cons­tantemente pendientes de ella. Es muy viva e inquisi­tiva y lo toca todo. Comenzó a hablar a los diez me­ses y creo que no va a ser sólo una preciosa rubia, sino que además va a ser muy inteligente.

Con la ayudita de papá y mamá, la niña-probeta apagó de un soplo la única vela de color rosa y, a continuación, llegó un gran momento en la tele: el primer bocado de tarta. Pero hasta un bebé-probeta podía tener problemas con un enorme pedazo de tar­ta helada. Se le escapaba de las manos y se deshacía al morderla.

—En un cumpleaños siempre se permiten cier­tos excesos, decía bobaliconamente complacido el locutor en la tele.

Sonriendo, tras un enorme pedazo de tarta, la niña-probeta balbuceó delante de las cámaras:

—Baba, baba. El locutor insistió en que no fue lo que dijo lo que hizo reír a los periodistas, sino cómo lo dijo. Aquella había sido la primera entre­vista de la niña-probeta a la prensa.

Más tarde, el bebé-probeta salió al jardín de la casa de sus padres en Groenlandia, para chapotear en el agua de una piscina portátil, su regalo de cum­pleaños.

Ángeles miraba la televisión con los ojos anega­dos en lágrimas.

—oOo—

XI

Desde la única cabina telefónica que funcionaba en el barrio-termitera, Ángeles estuvo hablando con sus hermanos, quienes la invitaron a que se fueran a vivir con ellos a Villaluenga. La idea le gustó, por lo que desistió momentáneamente de sus propósitos de suicidio.

Hacía cuatro años que sobre las tres de la ma­drugada, presa de una fuerte agitación, Ángeles ha­bía abierto la válvula de la bombona del butano de su cocina, creyendo que al aspirarlo iría mareándose y, antes de perder totalmente la conciencia, podría coger a su niña y someterla también a las emanacio­nes de gas, hasta perecer ambas. Pero visto que al cabo de dos horas de estar respirando con gas buta­no, no sentía nada, optó por desistir de momento en su tentativa, sin que pese a ello hubiera renunciado a sus propósitos de quitarse la vida con la niña.

Habló con sus hermanos por teléfono hasta que se le acabaron las monedas. Luego en el piso, están­do sola, definitivamente sola, con la presencia de la niña volvió de nuevo, como idea fija, a su ante­rior decisión de suicidarse.

—Si me marcho a Villaluenga, sólo haría traer­les problemas… Asín también me llevo a mi hija… Para qué la voy a dejar… Para que sufriera al ver que tenía una madre que no la quería y que para ella sólo era una carga… A mis hermanos y a mi padre les voy a molestar por última vez… Aunque no lo merezco, que me perdonen por todas las moles­tias que les voy a causar…

Con este soliloquio durmió hasta las dos de la madrugada, se despertó repitiendo la misma letanía y otra vez volvió a conciliar el sueño hasta las cuatro y media de la madrugada, hora en que ya no consi­guió dormirse:

—Siento causarles problemas… Sé que lo que voy a hacer no tiene calificativo… Pero estoy deses­perada… ¡Desesperada! Soy cobarde para hacerle frente a todos los problemas…

A las seis de la mañana, se levantó de la cama para dar el biberón a la niña. Al intentar meterle en la boca la tetilla, notó que le faltaban las fuerzas en los brazos, además de un cierto hormigueo que, por cierto, también había sentido en días anteriores, pero ésta vez con mayor intensidad, lo que aumentó su desesperación y determinó fatalmente que se decidie­ra a quitarse la vida, haciéndolo antes a su hija.

Después de darle el biberón a la niña, volvió a acostarse, se quedó traspuesta sin conciliar totalmen­te el sueño, ya que a las siete, a las siete y media y hasta las ocho menos cuarto, en distintos momentos, abrió los ojos para ver el reloj que tenía en la mesi­lla. Hacia las ocho salió a limpiar la escalera del in­mueble que le correspondía ese día. Porque a ella le tocaba limpiar las escaleras del bloque-termitera pre­cisamente ese día.

Ángeles dejó el suelo de la escalera con ese lige­ro tono encerado que sólo se obtiene con una sabia mezcla de lejía y algún otro producto de limpieza para el hogar. De vuelta al piso, Ángeles continuó su soliloquio:

—Sé que lo que hago no tiene nombre… Sólo valgo para causar problemas a los demás… A mi hija también me la llevo… Para qué dejarla… Para causar más problemas… Asín no sabrá nunca qué clase de persona era su madre… ¡No habrá ni para los gastos del entierro! ¡Que me perdonen este pro­blema tan grande que les causo!

Decidida a quitar la vida primero a la niña, Án­geles llenó de agua la bañera portátil de plástico y para que no sufriera, le dio una aspirina. Después de quitarle sus ropitas la sumergió manteniéndola sin posibilidad de respirar totalmente cubierta de agua. Ángeles empujaba hacia el fondo la cabecita de la niña con una mano y para que tampoco pudiera respirar le tapaba también con la otra la nariz y la boca, cuidando que estuviera de costado. La niña permaneció sumergida aproximadamente un minuto hasta que dejó de mover los brazos y las piernas, por lo que la madre supuso que había muerto, dejándola entonces totalmente inmóvil dentro de la bañera de plástico portátil llena de agua.

-¡Ea!, ya está hecho… Soy una asesina y una mala persona y una cobarde… No tengo perdón de Dios ni de nadie… No sé luchar… Soy indigna de toda consideración…

Y cual si tras este confuso soliloquio cobrase áni­mos, Ángeles se irguió, mirando fijamente el bulto flotante con sus ojos llenos de lágrimas:

-¡Mi padre! ¡Mis hermanos! Que me despre­cien, que es lo que merezco… Sé que les voy a causar muchos trastornos por lo que hago… Es lo que sien­to, si es que tengo algún sentimiento que creo que no… Pero no tengo valor para luchar… Soy una inútil y una mala persona… Que no quiero a na­die… Ni a mi hija… ¡Como si tuviera al demonio dentro del cuerpo!

Cualquier experto leguleyo, después de consultar la jurisprudencia existente sobre los termes podría dictaminar magistralmente que el comportamiento de Ángeles, anterior, coetáneo y posterior a los he­chos narrados, era un comportamiento que si bien respondía adecuadamente a la depresión compulsiva por la que atravesaba su psiquismo, demostraba igualmente el mantenimiento de suficientes niveles de inteligencia y de voluntad para construir sobre ellos la imputabilidad de un delito consumado de parricidio.

Dejando el cuerpo de la niña totalmente inmó­vil y sumergido dentro del agua, Ángeles se alejó tambaleándose hacia la cocina, murmurando en tono inaudible:

—¡Desde una ventana! Pero esté piso está muy bajo y el gas no me dio resultado… ¡Que nadie sien­ta lástima por mí! No soy digna… Cuando mi padre sepa la verdad será terrible… ¡Lo voy a hacer su­frir! … Pero peor sería estar allí y día á día ver lo que soy… ¡Sólo merezco que me maldigan y des­precien!

En la cocina ya tenía preparada botella y media de lejía concentrada marca «La Tuna», la, misma que había utilizado en la limpieza de las escaleras y estaba pagada por la comunidad de vecinos del bloque­termitera. Primero se tomó seis pastillas de aspirina y, a continuación, intentó beberse una de las botellas de lejía, pero sentía arcadas y la poca que conseguía digerir la devolvía inmediatamente. Tomó la otra bo­tella con el mismo resultado de las náuseas y el vomito:

—Siento hacer esto, ¡es una cosa tan horrible! Pero no tengo valor para tirarme por una ventana… Soy una cobarde… Ya que no tengo fuerzas para luchar y, sobre todo, hacer lo que, he hecho con mi hija… Pero para qué dejarla… Sería un problema más grande… ¡Mi padre! ¡Mis hermanos! Sé que les dará horror… Siento hacerles esto… Pero ya no tie­ne remedio… ¡Perdonadme! ¡No sentid mi muerte! Todo lo contrario… Soy mala y cobarde… Y es lo mejor que puedo hacer… Y si no consigo matarme, ¡ése será mi castigo!

Ángeles ignoraba por qué devolvía la lejía casi inmediatamente, aunque bien pudiera ser por las seis aspirinas que se había tomado antes de iniciar la ingestión de la lejía. Se fue entonces a la habitación donde estaba el cadáver de la niña con un gran cuchi­llo de cocina y se practicó varias incisiones en los brazos, para desangrarse, al mismo tiempo que pro­seguía:

-¡Padre… ! Te pido perdón… Aunque no soy digna después de lo que hago… Soy mala e inútil… No tengo deseos de luchar… Sé que es una cobardía y no tengo calificativo… Pero sé que aunque me marche a Villaluenga, sólo os traería problemas, ya que no tengo ánimo para trabajar ni para nada… Por esto hago esto… Es mejor para todos… A mi hija también me la he llevado… Para qué dejarla… Para sufrir y causarles trastornos… Para cuando sea ma­yor sea una desgraciada y sepa que su madre era indigna… Que no la quería a ella ni a nadie… No siento nada… Es como si estuviera muerta por den­tro… Es terrible que sea asín, pero son tantos los problemas… Y yo sin deseos de hacerles frente… Que nadie sufra por mí, que no lo merezco… Ale­graos que se haya ido una mala hierba… No tengo sentimientos, ni corazón ni nada… No soy digna de seguir viviendo…

La pérdida de sangre era muy lenta y después de permanecer sentada esperando ver si sangraba más por los cortes hechos en los brazos y en vista de que se le coaguló la sangre, sin conseguir sus propósitos de quitarse la vida, Ángeles decidió meter la cabeza en un cubo de plástico lleno de agua, para morir como su hija.

Como tampoco conseguía quitarse la vida de esta forma se marchó al cuarto de baño, llenó la bañera de agua, se metió en ella y con una cuchilla de afei­tar trató de hacerse más incisiones en las venas de los brazos y en las piernas, y otra vez intentó beber lejía, todo ello con análogos resultados negativos a los de las maniobras anteriores. La lejía que conse­guía ingerir la devolvía inmediatamente.

Ante el fracaso de sus intentos, extrajo de la ba­ñera el cuerpo de la niña y lo colocó en la cuna. Después, vistiéndose, salió del piso, cuya puerta ce­rró, y descendió las escaleras limpias y enceradas con la vaga intención de arrojarse desde algún puente, pero nunca desde las torres gemelas centrales de la termitera. La calle del barrio-dormitorio se poblaba por momentos de infelices termitas. Estos animales constituyen el fondo permanente y esencial de la ciu­dad, que, bajo una ley de hierro, prosiguen en la oscuridad su existencia avara, sórdida y monótona.

Luego llegarían los trámites: «Tengo el honor de poner en conocimiento de V. I. que según el reco­nocimiento practicado en la autopsia del cadáver de Josefa García, realizada por indicación de ese orga­nismo, la ninfa de termita referida ha fallecido a con­secuencia inmediata de asfixia por inmersión. Y no precisando realizar en el cadáver ninguna otra opera­ción, puede V. I., si lo estima oportuno, autorizar se extiendan las órdenes del correspondiente enterra­miento. Dios guarde a V. I. muchos años».

Las sociedades y empresas de una termitera nun­ca fueron entidades abstractas a quienes no podían afectar tales sucesos, porque además de constituir una personalidad jurídica con los mismos derechos, dentro de los límites de su constitución, que las per­sonas naturales, esta clase de sucesos trascendía for­zosamente a los individuos que las dirigían y repre­sentaban, máxime en el presente caso, que compren­día bancos, entidades financieras y múltiples empre­sas que se asentaban en la realidad, pero que vivían y necesitaban del crédito público.

Desde todos los puntos de vista, las graves mani­festaciones relatadas podían tener amplia repercusión y trascendencia. La gravedad de las expresiones por escrito ha radicado siempre en la reflexión y delibe­ración inherentes a la escritura, que evitan o elimi­nan cualquier situación de aclaramiento y disensión u otras semejantes y permiten, con frialdad y sereni­dad de ánimo, elegir cuidadosamente las palabras y expresiones e incluso el momento y modo más ade­cuado para producir el efecto que se pretende.

La entidad jurídica Morasa, S. A., aunque se le agregara la frase Grupo de Empresas como distintivo de mayor conocimiento por parte del público, no empañaba para nada la condición de persona jurídica que había contraído en el nombre y en las siglas: Morasa, S. A., por su objeto social, era una holding, o grupo de empresas, concepto éste no consagrado en el Derecho de Las Batuecas, aunque por la doctrina se viniera hablando, para una consagración jurídica posterior, de empresas en grupos nacionales o empre­sas multinacionales. En definitiva, son adjetivos que no empañaban al sustantivo, so pena que queramos agarrarnos a pequeñeces leguleyas, tales como que ha adolecido del defecto sustancial de que no coinci­de el nombre de Financiera Morasa, S. A., luego transformada por denominación de Morasa S. A., con la denominación que rige a nombre de Grupo de Empresas o termitera Morasa, S. A., indicativo de un holding, cuya individualización jurídica ha de ser forzosamente diferente de las denominaciones ante­riormente mencionadas. Esta diferenciación se podría poner aún más de manifiesto teniendo en cuenta que el domicilio social que se decía oficial estaba en la periferia, cuando ostensiblemente Morasa en la co­piosa difusión de sus actividades, situaba siempre ese domicilio social en el centro de la misma capital don­de tuvo lugar la muerte por asfixia de una larva o ninfa de termita que respondía al nombre y apellido de Josefa García.

Ciertamente fue muy duro, aquello fue demasia­do para la termita madre, Ángeles García. Pero luego lo vio todo de forma diferente, como antes, volvien­do a la resignación de siempre. Pensó que ése era su destino y que tenía que ocurrirle algo tan espan­toso, precisamente a ella. Se hizo preguntas y más preguntas. Se lamentó pero no sacó nada en claro.

¡Fueron tantos los problemas y la depresión era tan grande… !

Los problemas, luego, no le parecieron tan gran­des; pero, entonces, en su estado parecían enormes. ¡Estaba tan sola… ! A veces sentía la necesidad de oír la propia voz y sentirse viva. La soledad fue lo peor para ella.

Ahora ya no se desespera. La vida es implaca­ble, rehaciendo nuevas formas cada día. En algún oscuro lugar de otra termitera habrá encontrado un nuevo puesto de trabajo donde procura ser tan efi­caz y sumisa como la educaron. El trabajo es duro, pero no le importa, afirmará ella, porque está dis­traída y piensa menos por un mezquino salario que paga la inmensa pena. Y surge así el ejemplar mode­lo de trabajo duro, forzado, sin opción a queja algu­na, como una borrica fiel, dando vueltas a la noria para que la huerta florezca.

Puede ocurrir que la encargada de turno le haga la vida imposible y volverá a hablar con la dirección para que la traslade a otra parte en su nueva termi­tera, donde con menos horas de trabajo tenga posi­bilidades de ganar un poco más de dinero, quizá mejores compañeras o mayor independencia. Y, sin ningún poder, como llevan las termitas el pan de su menudo laboreo. Pero, siempre, las termitas, que no ven, tienen el genio de hacer lo preciso para no ser vistas. El trabajo se ejecuta en silencio, y sólo un oído muy advertido reconocería en la noche el ruido de millones de mandíbulas que devoran los cimientos de una mole arquitectónica y presagian su ruina.

Nadie está al abrigo de caer bajo las voraces man­díbulas de las termitas. Ya se están comiendo el pala­cio del Senado en la capital de Las Batuecas, comen­zando su oculta labor destructora por los despachos de los parlamentarios socialistas. ¿Afán de asimila­ción digestiva de las esencias patrias, atentado con­tra las leyes o estatutos en ciernes, ínfulas de prota­gonismo sustitutorio o parábola de la decadencia?, se interrogaba con retórica un intelectual batueco brindando la metáfora a otro compadre.

Pero los termes europeos son inofensivos por su lastimosa degeneración. Las verdaderas termitas no pueden vivir en un clima simplemente templado, siéndole preciso las regiones más calientes del globo. Hasta hoy, la barrera del frío ha protegido a Europa; pero un insecto tan prodigioso seguramente podrá aclimatarse un día en el viejo continente y entonces extenderá sus devastaciones a ciudades o a regiones enteras.

La labor destructora de las termitas resulta a ve­ces de una rapidez fulminante. Sus aniquilaciones son siempre secretas y no se descubren más que en el instante mismo del desastre.

Entretanto, los presagios se han adormecido en el silencio de las termitas. El horizonte de los mons­truos está demasiado próximo a la tierra.

—oOo—

XII

Aquella noche, pese a lo tardío de la hora, una lámpara brillaba aún en las habitaciones que ocupa­ba Alfonso Montes-Ramos en un lujoso hotel de la capital groenlandesa. El hombre de Morasa perma­necía despierto. Ahora se llamaba míster Ríos Mon­tes, o míster Montes-Ríos, siempre figurando su ape­llido Montes pero sin Ramos. El ambiente del hotel respiraba opulencia. La clientela habitual eran je­ques árabes, ricos nuevos y ejecutivos horteras de esos países llamados del tercer mundo.

Era de noche aunque tristemente no lo suficiente para poder dormirse y así barajar el tiempo de mane­ra propicia. Era también la hora de cenar y esto hu­biera sido de otra manera. ¿Qué más daba? Se dejó caer en una butaca y se sirvió un buen trago de coñac francés. Nunca bebió una gota de brandy en Las Ba­tuecas. Sobre un aparador estaba la plateada estatua con nubes y rayos metálicos de la Virgen del Soco­rrismo Perpétuo, fetiche y devoción heredados de su padre y que había llevado consigo para su exilio en Groenlandia.

Volvieron a su cabeza la sarta de ideas inútiles, de hipotéticas imposibilidades que sólo valían para ha­cer aún más patente su ridícula situación. Un reloj tocó a lo lejos las once y cuarto. Antes de salir para Groenlandia se había entrevistado oficialmente con el primer termes bancario:

—Sin merma de tus derechos, Alfonso, lo mejor que puedes hacer es colaborar con el gobierno para clarificar lo antes posible la decisión de expropia­ción.

Luego estuvo con Jaime Gual, presidente del Ban­co Populista y ubicuo financiero de la Obra Nostra. También con Bravo López para agradecerle su inten­to de fusionar la termitera con el grupo Banasco.

Las condiciones le habían sido claramente fijadas: Debería apartarse, si para la Obra Nostra su actua­ción no era a la vez válida y operativa. Ser válido sig­nificaba que en su espíritu no podía disentir con el contenido de la proposición como le había sido for­mulada anteriormente: “lo que es bueno para la Obra…” Además de válido debía ser operativo, lo cual significaba que reconocía su trabajo, sobre todo en términos instrumentales.

—¿Pero no hay ningún pacto acordado entre vo­sotros y el gobierno socialista?

Alfonso Montes-Ramos decidió irse. Ninguno de los superiores mayores de la Obra había querido res­ponder a la pregunta. Intentaría recuperar desde Groenlandia el viático necesario para aguantar el pe­ríodo de vacas flacas y evitar que destruyeran a su fa­milia que también era “obra de Dios”.

Rememoraba la visita a su madre en Villaluenga. Mi madre lo estaba pasando mal y además sin con­suelo. ¿Ves que Alfonso ha venido?… ¿No oyes có­mo llora? Lejos ya de su madre y luego de enfilar la carretera, la tierna voz estridente de la cantante roc­kera resonaría extrañamente en la radio dentro del lujoso Mercedes que le llevó al exilio:

¿Qué piensas de los insectos?

las hormigas, los ciempiés,

las abejas, las termitas,

arañas y parotests.

¿Qué piensas de los insectos?

¿Qué haces cuando los ves?

Dime si sales corriendo

o los tratas de coger.

Me vigilan por las noches

por el día me persiguen y no sé qué hacer…

¡No sé qué hacer!

¡No sé qué hacer!

¡No sé qué hacer!

El no hacía nada más que calentarse la cabeza es­túpidamente. Y así pasaba más tiempo del necesa­rio. ¿Del necesario?… ¿Pero quién le estaba ponien­do una soga al cuello? ¿La Obra Nostra o el Gobier­no? ¿A quién le preocupaba si se iba o se venía, si se quedaba o levantaba el vuelo? Claro que no. ¡Basta ya! Nada de cosas desesperadas. No era ningún ani­mal enjaulado. No podía seguir torturándose más. Necesitaba tomar una decisión.

¿Qué piensas de los insectos?

Todos con ojos compuestos.

Siempre alertas, siempre atentos,

nos espían en silencio.

¿Qué piensas de los insectos

que se comen a sus muertos?

Que se arrastran por el suelo,

que te suben por el cuello.

Me vigilan por las noches,

por el día me persiguen y no sé qué hacer…

¡No sé qué hacer!

¡No sé qué hacer!

¡No sé qué hacer!

Los sueños van dejando de gotear. Esto me pasa por haber creído en la primera imagen. Únicamente veo, reflexionar y zanjar el asunto. Inicié la retirada, pero me han dejado abandonado. Intento resolver un problema sin datos previos. Estoy harto, aunque ahora estoy tan asqueado que ni siquiera lo digo con la fuerza suficiente. Mi propia vida se me presenta en este momento tan difícil que esta visión o sensa­ción me está impidiendo… No lo sé, no sé lo que me está impidiendo. Me traicionan por la noche y un nuevo desengaño en el desayuno es ya bien poca cosa. Nada pasó y pasó todo. En la pugna de la clari­dad, allí en la termitera, estoy condenado por haber hecho un hueco en la telaraña y haber escapado. ¿Se atreverán a procesarme?

Fallo: Que debo condenar y condeno a Alfonso Montes-Ramos como penalmente responsable en concepto de autor de un delito consumado y conti­nuado… Que asimismo debo condenar y condeno… Notifíquese esta resolución a los interesados. ¡Qué vergüenza! ¡No pasaré por ahí! ¡Me niego a volver a Las Batuecas! ¡Es un despojo!

—Compréndalo, no puedo decir nada, ni siquie­ra cuando vuelvo, sin permiso de mis abogados. Ha­go sólo lo que me dicen mis abogados…

Matías, el tiempo apremia y ni una sola cifra se acerca a la realidad. Yo creo que el mayor fraude al que estamos asistiendo y el verdadero escándalo es el engaño y tomadura de pelo a que hemos sometido a los batuecos. Los grandes bancos están tan amarra­dos como nosotros. En veinte años de duro trabajo, nadie nos ha podido acusar ni a mi familia ni a mí en contra de la moral profesional. Irregularidades pueden registrarse en la totalidad de las empresas de Las Batuecas. ¡Esto es sencillamente intolerable! ¡Es un despojo! ¡Un puro despojo! Acuda a cuantos tri­bunales sean precisos y haga lo imposible, Matías.

Todo eso pasó por su mente en un brevísimo ins­tante y mientras tanto, allá en Las Batuecas, la com­pleja sociedad de los termes seguía desarrollando una vida propia, autónoma. La misma personalidad colectiva, el mismo sacrificio incesante de innumera­bles partes al todo, el mismo sistema defensivo, el mismo canibalismo y el mismo trabajo oscuro, en­carnizado, ciego, que se ejecuta en silencio, para un fin ignorado.

—oOo—

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