Rafael Perez Escolar, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Encuesta realizada entre 1970 y 1974

RAFAEL PEREZ ESCOLAR. Abogado. Juez de Primera Instancia excedente.

Me hace usted una pregunta de signo negativo: he de probar -todo porque lleva implícita una cuestión de prueba- que no pertenezco al Opus Dei. Y su inte­rrogante me recuerda el punto que los juristas, antes de que se enredaran en distingos entre hechos consti­tutivos y hechos impeditivos o extintivos, acostumbran a exonerar de la carga probatoria al que simplemente se limite a negar, y la imponían, por el contrario, a quien afirma. Bastaría, pues, con decir, sin más, que no se es del Opus para eludir el dardo del porqué, cuyo blanco más propicio habría de ser, en buena lógica, quienes con mayor o menor intensidad, con este o aquel grado, militan en la Obra. Y la verdad es que yo sí sabría decir con propiedad por qué no soy drama­turgo, violinista o torero, pongo por caso de profesio­nes que prenden en mí de una manera casi vocacio­nal, aunque la cosa está de por sí bastante clara, pues no he escrito una comedia, ni toco el violín ni soy ca­paz de encerrarme con un miura, bien que en esto úl­timo me parezca bastante a algún famoso diestro. Ha­rold Wilson repite a menudo que él no es comunista «porque no ha podido pasar de la cuarta página de «El Capital», aserto desde luego compartible después de leer enteros sus tres volúmenes. Pero justo es reconocer que el fenómeno del Opus ha cobrado tan inusitado y excepcional relieve en la vida española -lo que requie­re con urgencia una información explícita y suficiente sobre las líneas fundamentales de su esquema consti­tucional y su actuación pública- que legitima incluso para poder inquirir si cualquiera está dentro o fuera de la Obra y, en una u otra hipótesis, el porqué de la in­clusión o exclusión.

Antes de dar cumplida respuesta a su pregunta, con­sidero imprescindible hacer abstracción del bagaje dia­léctico que se emplea usualmente por doquier en apo­yo de posiciones políticas forzosamente teñidas del ca­rácter contingente que le es propio a toda contienda hu­mana; ni la asunción predominante del poder político, ni el aparato crítico inherente al ejercicio de funciones públicas, ni este o aquél asunto o cúmulo de asuntos por importantes que sean, resultarán en sí motivos abso­lutamente decisorios a la hora de dar una cabal y se­rena respuesta a su pregunta. Creo que la cuestión es mucho más honda y radica, a mi entender, en la entra­ña misma de la libertad de la persona. Intentaré ex­plicarme. Parece que quienes se adscriben, en mayor o menor grado al Opus, como cualquier movimiento ideológico que cobre verdadera significación en la vida pública, se dividen en dos categorías claramente dife­fenciadas, a pesar de los matices coincidentes que pue­dan existir entre ambas: los numerarios o miembros de pleno derecho y los simpatizantes o adheridos. El simpatizante es, para mí, algo así como un compañero de viaje, el acólito o el sacristán, el que no se define de veras por algo definitivo, quien permanece a la puerta, cómodamente acodado en las jambas, sin decidirse a pisar los umbrales; en suma, del que diría algún cas­tizo que no es «ni chicha ni limoná». Y a mí, quizá por haber tenido de siempre una profunda aversión a los sacristanes, no me va el juego de las posiciones inter­medias, la ambigüedad, ni las medias tintas. Me ins­piran, en cambio, profundo respeto los que entran de lleno en las cosas, respeto que, por supuesto, hago extensivo a quienes adoptan una postura de plena ads­cripción a la Obra. Uno de los aspectos más consola­dores del Concilio Vaticano II es el que abre el diálogo con personas antes proscritas por la Iglesia. Si esto es así, cualquier firme creencia es, sin más, altamente respetable, aunque no se comulgue con los principios que proclama o se discrepe de los medios para su puesta en práctica.

Ahora bien, si quien pertenece al Opus está vincula­do por el voto de obediencia, es obvio que su formula­ción atañe implícitamente a la libertad del hombre, si es que ha de actuar responsablemente como ciudada­no. Claro es que en seguida se nos hará de contrario el razonamiento de que el voto supone, en última instan­cia, el ejercicio, sublime en ocasiones, de la libertad individual; pero creo que la actuación pública, y éste es el punto de la cuestión que de verdad interesa, no puede verse condicionada en manera alguna por la ex­presión de un voto. En pura hipótesis puede marcar el voto, con su sello peculiar e irreversible, la decisión que haya de adoptarse en el plano de las responsabili­dades públicas. Se nos podrá replicar, no sin razón, que nuestro tiempo acumula cada día nuevas partidas a la larga suma de restricciones a la libertad personal. La tremenda pregunta de Erasmo nos apunta a todos como un implacable dedo acusador: «¿Con qué título te arrogas la libertad tú, que tienes tantos dueños cuan­tos apenas puedes enumerarlos en un día?» Mas, por encima de la atenazante circunstancia, la decisión úl­tima del hombre público ha de ser exclusivamente suya. El hombre público, ante sí mismo, se debe por ente­ro a su misión; y, en definitiva, sólo puede estar mo­vido por los dictados de su propia conciencia. A su vez, el voto de obediencia implica, al menos en el pla­no teórico, la posibilidad de que cualquier conflicto entre la decisión propia de quien lo formula y la de quien ejercita la potestad de mando, se decida por la instancia superior. Perdone usted que me haya puesto un tanto enfático, pero reconocerá conmigo que la cuestión no es para tomarla a la ligera. Cuando me in. vitó usted a participar en su encuesta, me dijo que ha­bía tenido ocasión de leer una copia de la carta que mandé a don Jesús Ynfante con motivo de la pública­ción de su libro «La prodigiosa aventura del Opus Dei», y, como en ella argumentaba lo improcedente de la inserción de mi nombre en la lista de simpatizantes, decía usted que si podía transcribirla. Creo que como el señor Ynfante, a pesar de que le envié mi carta cer­tificada, con acuse de recibo y por conducto notarial, no se ha dignado a contestar, no hay razón para que ahora hayamos de solicitar su venia, y, por tanto, no veo inconveniente en que la reproduzca usted, si es que lo considera oportuno. Me dijo también usted algo tan divertido como que algunas personas estaban moles­tas por no figurar en la lista del señor Ynfante, y es por esto por lo que me atrevo a dar a un autor lite­rario de tanto éxito otro consejo adicional: en su pró­xima edición, no ya para evitar las inconveniencias de la inclusión indebida, pero sí las propias de la omisión inconsciente, lo mejor es que sustituya su lista de sim­patizantes por la guía telefónica. Así recibirá más car­tas de rectificación, se avivará la controversia y, esto es lo que más importa a autor y editor, habrá más po­sibilidades de que sigan sacando pingües beneficios, mediante tan gratuita propaganda, al insólito libro.

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