Filiación Al Padre (Monseñor Escrivá)

rey-ajedrez

El Opus Dei. Anexo A Una Historia. Cap. 9.

María Angustias Moreno

Siempre he sido poco dada a las imposiciones “por las buenas”. Creo que para no dejarse arrastrar por el mal hay que no dejarse arrastrar por nada. Hay que profundizar, hay que discernir, hay que ser consciente. Hay que decidir siempre y en todo, en uso de una responsabilidad inalienable que, sin embargo, no deberá ser tachada de anarquía. Una orquesta, por ejemplo, no puede ser anárquica para ser armónica. Mover el palito (batuta) y moverlo con energía (dirigir bien) es fundamental. Pero a la vez que lo es la aportación de los instrumentos más variados. ¿Qué sería de una orquesta si por organizada y bien dirigida hubiera que hacer los mismos movimientos para tocar el violín, el trombón o los platillos? No se trata, por tanto, de defender individualismos anárquicos. Como tampoco de plantear desconfianzas. Se puede y se debe confiar. Confiar desde luego en aquello que de antemano ha sido objeto de ese personal y responsable discernimiento. Porque la confianza, entiendo yo (y es a lo que voy), no se impone, se inspira. La confianza, como la verdad, sólo puede imponerse por sí misma.

Mentalizar, manipular el sentir o el razonar de alguien, exponer o definir a título exclusivo, sin más objeto que el de implantar un sistema personal, por bueno que éste sea, no puede ser sino negar, estar impidiendo el uso de algo tan sagrado, tan serio, tan divino, como la individual libertad que Dios ha querido para sus criaturas.

En la Obra se habla y se pregona, se proclama el derecho y el deber de “la libertad de los hijos de Dios”. ¡Su propio Fundador se erige en defensor acérrimo de esa libertad! Liberar de presiones y opresiones que lleven al hombre hacia el mal; sí, esa libertad sí que existe en la Obra. Existe el buscar por todos los medios la protección, el amurallamiento, la descontaminación de todo lo que de alguna manera pueda conducir al mal. Liberar de peligros, liberar de ocasiones, liberar de la posibilidad de equivocarse, liberar, liberar… Y liberar, diría yo, de la misma posibilidad de elegir. Inculcándose, imbuyéndose, imponiéndose lo que al parecer (al parecer de una persona) es lo mejor, es lo ideal, es lo que puede y debe hacer más santo, y por lo tanto más libre.

Una persona en la que se ha de admitir la más alta capacidad para llegar a ello en todos los sentidos; una persona movida, no lo dudo, por el mejor afán de ayudar; una persona en la que se ha de ver y entender, a la vez que sentirse sometido, al Padre. El mejor de los Padres, con el que lógicamente no cabe ser sino el mejor de los hijos. Así ha de ser la filiación al Padre de la Obra. Y así, y por ello, “inculcan” esta mentalidad, esta idea, esta manera de concebir las cosas: la filiación al Padre en la Obra como algo fundamental.

De que al Padre no le mueva otro afán que el de cuidar a sus “hijos”, no voy a preocuparme. Cuidados que en él han llegado a dimensiones inéditas. Para el Padre, que se ha sentido llamado a transmitir a los hombres el espíritu de una Obra de Dios, con el que más concretamente servir a la Iglesia y ser santos en el mundo, no ha sido suficiente la ejecución de esa transmisión; la regulación de unas normas, unos medios, y la ambición de unos fines con los que cada uno se maneje y funcione. No. El Padre ha necesitado ser él quien defina y controle la más nimia actuación o reacción de todo el que se haya sentido movido a colaborar con él. Dios, sin embargo, que podía habernos hecho santos, nos hizo libres. Dios, que sabe más, que entiende más, que es dueño absoluto de toda criatura; Dios, que nos ama hasta el extremo de querernos semejantes a Él, redimiéndonos con su sangre, ese Dios, que conoce mejor que nadie los peligros de la libertad humana, ¡qué no verá, qué no habrá radicado en ella, que nos prefiere libres, y nos deja libres!

Y me sorprende, no sé cuál puede ser la respuesta, de cómo en la gran capacidad pensadora de Monseñor no ha cabido esto. ¿Qué será lo que él entiende que yo no veo?

La filiación en la Obra es sumisión absoluta. Y el derecho del Padre lo abarca todo. No mandará ni dirá a cada uno cómo y qué tiene que hacer en cada momento de forma individual, sería imposible; pero deja de ser imposible a base de notas, de indicaciones y de escritos, para todos y cada uno de los casos, cómo único contenido de todo gobierno y dirección de la Obra, como única medida de buena conducta.

Ser un mal hijo ¡qué desastre! Y es que realmente, al parecer, a la Obra se tiene que ir para eso, para ser un buen hijo de Monseñor. En principio no fue lo que motivó a uno, pero luego… se va cambiando, sin demasiado esfuerzo, casi sin sentirlo, se va uno entusiasmando… Es mucho lo que de él cuentan y dicen y a él inducen constantemente. Es toda una auténtica mentalización, como decía al empezar este tema.

Mentalizar, mentalizar: mentalizan la prensa, mentalizan las filosofías, mentalizan muchas cosas; porque todo el que quiere convencer de algo, lograr adictos, sabe que el mejor camino es mentalizar. Y sin embargo, para un cristiano, que cree en el. don divino de la libertad, ¿cómo admitir algo semejante? Cabe que mentalizar en sí tenga acepciones distintas; yo así lo creo. Mentalizar puede ser estimular, aportar datos suficientes, razonar, para que en uso de una personal elección cada cual se sienta favorecido y ayudado hacia tal meta; nunca forzado, coaccionado u obligado. Pero mentalizar puede ser también, en un terreno menos cristiano, manipular y usar elementos de convicción que más que “razonar” avasallen toda libertad de discernimiento personal.

Formar e informar sí, manipular no. A veces es curioso comprobar lo escandaloso que resulta el que una persona se meta a curiosear por ejemplo, en las horas de arreglo de otra, en cómo duerme o hace sus necesidades fisiológicas, ¡qué falta de respeto!, ¡qué atrevimiento!, qué falta de consideración a la intimidad personal, qué falta de clase. Y sin embargo ¡es sorprendente!, se mete uno a curiosear en el pensamiento de otro, en su oración, en su vida íntima, en sus sentimientos, en sus deseos, etc… y nada de esto (intenta sugerir) es osadía ni intromisión. En la Obra, so pretexto de ayuda, se hace, se aconseja, se insiste en que todo pensar, todo sentir, todo funcionar, ha de estar “dirigido”, adecuado al sentir del Padre. Y a todo eso, es, a lo que hay que llamar y se le llama: filiación, filiación, filiación.

Si el Padre entra en una tertulia, para estar un rato con los de la casa, una tiene que sentirse sobrecogida de emoción, de la suerte que supone. Si hace alguna alusión personal, emocionarse hasta llorar. ¡El Padre me dijo! ¡El Padre me miró y me sonrió! Después de estar en alguna de esas tertulias, o de haber tenido alguna clase de contacto con el Padre, se anotan sus palabras textualmente, y se hace que quienes le han oído las transmitan a los demás lo más al pie de la letra posible: cómo lo dijo, qué hizo, etc. Sobre la indicación, por ejemplo, que hizo una vez a una de sus hijas que le sirvió un vaso de agua de Vichy de que “no le diera agua con burbujitas”, se gozan en lo de “burbujitas” por la gracia del Padre. Y hasta esto se cuenta, y se transmite, como algo sublime y entrañable.

Todo eso se ve al principio como algo nuevo, sorprendente, curioso, para pasar a plantearse el no ser menos, no ser menos capaz de valorar; y así unos, y otros, y otros. Y todo es verdad, y a nadie se le obliga, no se imponen esas manifestaciones de júbilo, únicamente se inculcan.

Hay luego otra fase, posterior, la de cuando pasan algunos años, y uno se va dando cuenta de que todo eso supone ficción más que sentimiento auténtico, y se empieza a ver las cosas de otra manera: se sigue pensando que realmente valorar al Padre es importante, pero se empieza a despreciar las algarabías y las tonterías que antes se encontraban tan normales; sin dejar de cuidar las formas, convencidas de que no es bueno, por lo que pudiera servir de estorbo a los que con ello disfrutan, dar esa otra sensación. Es todo un complejo panorama, complejo y variado, pero que mantiene, ha de mantener, un único y sugestivo resultado, el primero, el entusiasta, el que por derecho y por “deber” es “lógico” en todo hijo que de verdad valora la suerte de ser de Monseñor Escrivá.

La letra del Padre, una jaculatoria suya, una estampa escrita por él, algo que haya sido de su uso, cualquier cosa que bendiga o toque, es casi una reliquia, es un premio, es el mejor tesoro. Porque la santidad del Padre, insisten, no es corriente; por lo que el Padre será el día de mañana.

El Padre dijo, el Padre comentó, el Padre llegó, y salió e hizo; todo es un acontecer mítico y grandioso aunque se trate de lo más prosaico. Prosa diaria, de la que, por corriente, aprovechan para entresacar de ella “una sencillez en él extraordinaria, especial”; especial hasta la misma sencillez, por ser del Padre.

Alrededor de Monseñor hemos visto todos (todos los que hemos vivido en la Obra) detalles realmente curiosos, como consecuencia de esa necesidad de admiración de su vida más diaria. Yo he visto a hombres hechos y derechos, catedráticos, directores generales, ingenieros, etc. (sin que esto quite que los haya que se abstienen), comer como locos tortas de Inés Rosales, porque el Padre había comentado que estaban muy buenas. Y he visto a todo un señor ir de habitación en habitación por las que iba a pasar el Padre, durante todo el día, con un termómetro en la mano, para conseguir que todas estuvieran a la misma temperatura. He visto tener un grupo de decoradoras preparadas para atender cualquier insinuación del Padre, porque le enfada que las cosas no se hagan como él dice y con la máxima rapidez. He visto muchas cosas, y recuerdo bastantes, a pesar de que tiendo a olvidar lo anecdótico.

Yo he abierto la boca como la primera, y me he quedado también pasmada, oyendo y oyendo, dejándome llenar de todo “lo del Padre”. Hasta que me he parado a pensar y se me ha llenado el alma de contradicciones. Y se me ha alzado todo ello como un arrollador río, desbordado, sin más miras por parte de nadie de lo que en ello va arrasado. El Padre, la vida del Padre; lo que el Padre vio y sintió en su oración, la reacción que tuvo ante tal o cual noticia, y siempre como algo único, casi divino.

En cada casa, buena y grande, hay una zona especial por si él va algún día. Para él y los que le acompañan (tres o cuatro normalmente). Desde hace algunos años el Padre pide para don Álvaro las mismas deferencias que con él se tienen.

La habitación del Padre, la comida del Padre, la ropa para el Padre. El Padre ha usado una misma sotana durante 18 años, sí: “más años que los que tú tienes, tiene mi sotana”, le decía a una numeraria joven en una tertulia, en Barcelona, el año 64, delante de mí, y comentó que eran 18; ya sólo se la ponía para visitar las obras que en las distintas casas se pudieran estar haciendo; en aquella ocasión era en Castelldaura. Y sin embargo cada casa de ésas ha de tener ropa especialmente selecta para todos los usos del Padre. Comidas compradas diariamente, frescas, del día, abundantes y variadas, para salir al paso de cualquier insinuación de lo que al Padre le gustaría. En una de sus visitas a Jerez de la Frontera, en el año 72, se consideró que en toda Sevilla no había repostería suficientemente selecta para servírsela al Padre. Años antes, un vade (de escritorio) que hacía falta para la mesa del Padre, sólo cupo encontrarlo digno en Loewe. El Padre solía beber agua de Solares, pero después de hablarse de aquel fraude que se corrió sobre dicha agua, al Padre le llevan con él, a donde vaya, agua mineral francesa, que ha sustituido definitivamente a la anterior. Para él, y a las casas que visita, se traslada cada vez todo un equipo de personas especializadas, que son las encargadas de servirle (comedor, cocina, planchado, limpieza, etc.), a él y sólo a él (con los dos o tres más antes citados). Yo he tenido que dar por inservible un colchón para el Padre, expresamente comprado para él y sin estrenar (aunque se utilizó para otro en la misma casa), porque le faltaban tres centímetros de ancho de las medidas establecidas, y hubo que sustituirlo por uno nuevo. A América se han mandado melones en avión expresamente para el Padre, porque al Padre le gustan, y allí no los hay. Coincidiendo con una de las visitas del Padre (yo era la directora de la casa), por la noche tenía que quedarse una persona en la sala de calderas de la calefacción, sin dormir, por si fallaba ésta (era automática) que no repercutiese en el Padre. Cuando el Padre no estaba en la casa, por la noche se apagaba. Habría para seguir y no parar.

Cuando el Padre insinúa algo que le gusta, que necesita o que le vendría bien, sea la hora que sea y cualesquiera los medios (se inventan), se le consigue sobre la marcha. Si el Padre ve algo en una casa y comenta que estaría mejor de otra manera, o dice “eso así no”, inmediatamente se lleva a cabo; se cambia una tapicería, se sustituye una clase de puerta por otra, se rompe y se repone un zócalo de mármol aunque sólo sea por una insignificante mancha de humedad, etc.

En una casa de ejercicios de Andalucía, el día antes de una anunciada visita de Monseñor Escrivá, alguien se acordó que el Padre había comentado, la última vez que estuvo, que a una puerta de hierro de las que daban al patio y que tenía sólo picaporte por el lado de dentro, sería más cómodo que pudiese abrirse por fuera también; ante tal situación, rápidamente se llamó al herrero, al cristalero, y se pusieron todos los medios necesarios, al precio que fuera, y bajo la vigilancia de un numerario responsable. Trabajaron sin descanso para que aquello pudiera estar al día siguiente como el Padre “insinuó”; no lograrlo podía ocasionar disgustos nada deseables. A modo de ejemplo también, en otra ocasión era la cisterna de su cuarto de baño (del Padre), que descargaba un poco menos de lo que se consideraba necesario; era domingo, pero no impidió ir a buscar al fontanero, sacarlo del cine, hacerle renunciar a su descanso semanal, etc. Se trataba de algo del Padre, y éste podía reprocharlo. Sus hijos necesitan adelantarse a todo cuanto saben que su Padre espera de ellos.

Son todos detalles que he vivido; sólo algunos. Detalles de un desvelo de hijos, que quieren ser fieles, y que lo hacen poniendo en juego una audacia que supera toda otra clase de consideraciones. Fieles a unas enseñanzas existentes y muy duras, de un Padre que ha marcado el camino. Esa manera de ser y de actuar en la Obra es consecuencia única de los enfados del Padre, de sus enérgicas reprimendas. Unas las hemos vivido, de otras nos han hablado para que aprendiéramos más. Y los hijos del Padre ponen todo el empeño en hacerlo bien. A pesar de lo cual el Padre sigue quejándose de lo difícil que es enseñar y lo mal que se le obedece. Pero sus hijos callan y siguen aprendiendo, porque se los ha convencido, y creen en la necesidad de ir a Dios a través del Padre, y sólo a través de él.

El Padre sabe, el Padre se entera y el Padre ve las cosas; el Padre, por supuesto, no es tonto; el Padre huele la casa (regada con Atkinsons cuando está. él), y él sale al paso de detalles como el cuidado de no golpear las puertas, o la hora exacta que deben cerrarse las ventanas para que el sol no dé en los muebles, que ha enseñado a los numerarios a recoger los ceniceros para que parezca más amable a las encargadas de la limpieza. Es su estilo lo que se impone. Como decía antes, nada de esto son ocurrencias originales de nadie, que nadie en. la Obra ha tenido nunca, hasta ahora, nada que decir ni que aportar que no haya sido “pasándolo por la mente y por el corazón del Fundador”, en frase muy conocida como medida de buen espíritu para todos los de la Obra. En la Obra todo debe pasar así “por su cabeza y por su corazón”, por la del Padre.

Todo un significativo montaje, ante el que una se pregunta (y me lo he preguntado a modo de examen sobre filiación, estando dentro), seguir de esa manera al Padre, admitírselo todo, no tener nada nunca que decirle o que negarle ¿puede de verdad ayudarle, será de hecho la mejor manera de quererle?, ¿será la única manera de demostrarle que se le admite y venera?

Por cariño al Padre, que no ha dejado hasta ahora de abarcar todo el gobierno de la Obra, a partir del año 73 no le dicen nada de las personas que se van de ella; hay quien tramita esos expedientes sin que lleguen a él, no tiene por qué pasar penas, dicen. Y yo sigo preguntando ¿a título de qué derecho los demás hacen esto, o a título de qué deber él consiente?

El Padre tiene dos custodios; dos sacerdotes que deben ayudarle y corregirle. Dos personas que, podríamos decir, “se han criado con él”, dos acérrimos veneradores suyos. Cargados de una enorme buena voluntad, no lo dudo, pero cargados también de una admiración por necesidad de fidelidad lógicamente poco objetivizadora. Podrán ayudarle, sí, pero ¿sólo ésa es toda la ayuda que el Padre necesita?

Al Padre, sus hijos, pueden y deben escribirle; abrirse con él. Por considerarle Padre concebir esa interrelación filial. Pero esas cartas son revisadas y seleccionadas, para que sólo le lleguen las alegres, las positivas, las que vayan a gustarle. Sin que nadie haya hablado nunca de tal selección. Se entera una cuando le toca hacerlo; o cuando, escamada por algo, a fuerza de preguntarlo a los que dirigen, se ven ya en la imposibilidad de negarlo; prefieren que no se sepa, pero se hace.

Verle y tratarle, contarle, etc., es por encima de todo, cuidar una delicadeza y admiración extrema. En una tertulia, por ejemplo, a la que asista (son las únicas ocasiones prácticamente de tratarle), lo importante (dicen) es dejarle hablar; antes debe haberse consultado lo que se le va a contar o preguntar, cómo y de qué manera. No creo que pueda llamársele diálogo filial y confiado a una comunicación que, además de esos requisitos, tiene, podríamos decir, un único y exclusivo sentido, de arriba abajo (del Padre hacia sus hijos); dejarle hablar por un lado, y que el Padre sepa sólo lo que de antemano se sabe que quiere saber.

Un Padre del que no dudo que reza, que tiene un enorme afán de almas, y una enorme dedicación a esa función de la que se siente plenamente instrumento de Dios. Pero ¿un Padre humano, comprensivo, volcado con todos? Un Padre que se ha impuesto a sus hijos, y que antes de hacerse todo para todos, ha exigido a todos que se hagan como él los necesita, que sean todo para él.

Los que le rodean, le cuidan, le protegen, ¿le ayudan? Es indudable que le quieren; pero lejos le dejan de los demás; o lejos le gusta estar al Padre excepto de unos pocos; no sé cuál de las dos cosas será: nunca he podido descifrarlo. Multitudes sí, realidades diarias no.

Del Padre, como hija suya, he podido admirar su capacidad de acción, su afán incansable de llenar la vida de trabajo. Admito y considero su entrega, que no la encuentro especial ni única. Y nunca he podido considerarle humano. Quizá como hombre, para los que le tratan más de igual a igual, sea distinto; quizá con ésos exista una humanidad que yo no llegué a vislumbrar. Para los que le contemplan de lejos, en el contexto de la Obra entera, cabe también que le vean con la categoría que la Obra como tal le da. Para los que como yo nos hemos mantenido en la línea de hijos sin más, la realidad, mi realidad, sólo ha sido la de encontrarme con una dura y absorbente personalidad.

Yo no he podido, en la Obra, tener la sensación de encontrarme con un Padre más allá de las primeras ilusiones. Me he encontrado con un Fundador enormemente convencido y poseído de su misión. Aferrado, tremendamente aferrado, a una colaboración de muchos que sólo pensaran y quisieran a través de él.

¿Qué es, resumiendo, toda esta filiación en la Obra? Un enorme tinglado montado alrededor de su Fundador, montado por su Fundador alrededor de él; que ha sido capaz de atravesar las fronteras de las naciones como no sé si logrará cruzar las fronteras de los siglos.

Un tinglado que supone, indudablemente, una capacidad muy especial en la persona de Monseñor Escrivá. Una capacidad de líder. No sin que uno de los motivos de vigilancia de sus hijos haya tenido que ser siempre, y siga siendo, el de que a nadie en la Obra se le deje destacar; a nadie, a ninguno más puede admitírsele el más mínimo destello de liderazgo. “Esa persona tiende a ser líder y hay que reducirla, o que se marche; en la Obra no puede haber líderes”, palabras textuales de una directora regional sobre otra numeraria, que destacaba por su personalidad e influencia; no puede haber nadie que capte la atención de nadie que no sea el propio Padre.

Lo de Monseñor es toda una realidad histórica, como históricos son Napoleón, Hitler y tantos otros. Históricas son las manifestaciones tumultuosas producidas (provocadas, diría yo). Pero historia han de ser también todos los procedimientos utilizados y empleados para ello. Histórica la mentalización de unos hombres y mujeres, de unos niños y niñas, adolescentes muchas veces, mentalizados desde muy jóvenes, enseñados a eliminar todo tipo de confianza en alguien, porque por encima de todos se les erigen las excelencias de Monseñor.

¿Influye esa filiación al Padre en la vida pública, política, etc., de los socios de la Obra? En la Obra, es verdad que los temas de política se evitan, y que no se le impone a nadie -en estos aspectos- ninguna ideología determinada. Como es verdad también que los socios del Opus Dei que llegan a altos cargos, por la misma envergadura de la tarea que eso lleva consigo, son los menos condicionados. Pero no hay que olvidar que, normalmente, en su afán de hijos fieles de Monseñor, los socios de la Obra harán de sus deseos la meta principal de su trabajo y de sus empeños. Y a Monseñor le gusta que sus hijos destaquen, que influyan según el estilo de la Obra, que ocupen los mejores puestos, política y socialmente hablando. Aspiración lógica e incluso positiva; muy positiva si se trata de conseguir que sean hombres formados y de conciencia recta los que ocupen puestos importantes. En la Obra hay personas excelentes, preparadas, trabajadoras, capaces, en una palabra, seleccionadas; hay también, como en todas partes, excepciones. Y hay como nota muy significativa, demasiada suficiencia, excesivos denominadores comunes, exigencias muy peculiares, que lógicamente cuentan y afectan.

“A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César”, decía aquel israelita, Hijo de Dios, que convivió con los hombres hace ya 2 000 años. En una época en la que su pueblo Israel (la Iglesia de hoy) era el desprecio y la explotación de un imperio poderoso y sojuzgador. Y en medio de aquel ambiente, de aquellas diferencias sociales, de aquellos que no lo eran, Cristo está muy por encima de las cuestiones temporales. Habla de ambiciones distintas de las de los grandes de la tierra, de un reino que no necesita vasallaje de este mundo, su personal actitud carece de arrogancias de todo tipo; decepcionando incluso a unos compatriotas que esperaban a un Mesías políticamente liberador. Si alguna vez se enfurece, se muestra enérgico, es únicamente para dejar bien claros los valores del Espíritu. “La Casa de Mi Padre es casa de oración y no de algarabía ni de negocios humanos.” Su mensaje, la misión de los suyos, no parece que tenga que ser mayor a más “escalada” de puntos; ningún apóstol los tuvo. ‘Cada uno en su sitio en el “ejercicio de su plena capacidad” al servicio de Dios y de los hombres por Dios, es donde únicamente parece que debe estar el motivo y el cauce de toda acción cristiana personal.

A la Obra, que tanto gusta de jactarse de su semejanza con los primeros cristianos, ¿es ésa la sencillez que los caracteriza? ¿Es lo que los hijos de Monseñor deben proponerse para darle las mayores alegrías?, ¿realmente la superación de los hijos del Padre está fundamentalmente radicada en la vida espiritual que se les pide (y que a veces se hace aparecer como única) o está en todo el conjunto de “resultados” que a ella se le imponen? A pesar de las anécdotas que se cuentan -las hay- en las que se pretende demostrar que todos en la Obra son iguales, es también fácilmente demostrable que el valor de la persona en la Obra está más en lo que ésta signifique o aporte que en lo que sea por sí misma.

Es impresionante, desde luego, la capacidad de Monseñor para todo tipo de montajes. Montajes que indudablemente han sido lo que le han hecho grande. Cuántas personas, estupendas, que las hay por ahí sin ser nadie, hubieran llegado… ¿hasta dónde, de haberse montado alrededor algo semejante? Y es que el Padre es él y su montaje.

Un montaje que de alguna manera entiendo, admiro. Entiendo la necesidad de hacer la Obra, y la entiendo como algo de parte de Dios. Sin entender, sin posibilidad de asimilar la exclusividad y el estilo personal que su Fundador le ha impuesto.

¿Qué hubiera sido de los franciscanos si San Francisco hubiera actuado así? O San Ignacio, o Santo Domingo; ninguno impuso a los suyos esa necesidad de dominio, de influencia, de exclusividad, que en la Obra es prerrogativa del Padre.

“Una sola sangre, una sola savia es para nosotros el espíritu de filiación; ésta es la diferencia que tenemos con las demás instituciones de la Iglesia; y es que nosotros tenemos al Padre, y tenemos todo lo que ser hijos suyos supone.” Así se predica en la Obra sobre filiación al Padre. Y es sólo un retazo, una idea entre las muchas que se pregonan constantemente. Admisible idea, si no fuera por demasiado estrecha, demasiado acaparadora, para ser universal y católica.

Hijos del Padre derrochando con él toda clase de detalles, mientras alrededor da igual que se rompan las personas, da igual que se sientan solas y que lo pasen mal, con tal que se haga lo que el Padre dice y desea. Da igual con los de dentro, da igual con los de fuera (con los que no son de la Obra), excepto en el afán de que entiendan y quieran y acepten la Obra, excepto en transmitirles las enseñanzas del Padre. Para unos y para otros es toda la ayuda que cabe tener con los demás en la Obra.

Hasta la filiación divina, incluso para ser mejores hijos de Dios (así lo enseñan), “se logra a través de la filiación al Padre”.

No intento, no, reducir los méritos de él ni de nadie. Quisiera habérselo contado a él primero; quisiera… haber podido encontrar solución a todo esto en él precisamente. Hubiera querido decirle (si posible fuera) que es así y sólo así como su paternidad repercute y llega a muchos. Quizá lo sepa. No sé hasta qué punto sabrá o no sabrá. Sólo sé que hubiera querido… Siempre quise, y no fue posible.

ExOpus

Anuncios

2 respuestas a Filiación Al Padre (Monseñor Escrivá)

  1. Werter dice:

    Escrivá para los años 20 ya sabia que las vocaciones seminaristas no eran el futuro. Su genial idea fu fundar una red de laicos, de gente normal, al servicio de un catolicismo ultraortodoxo eufemísticamente conocido como “la obra”.

    Trabajador hasta la muerte e hiperactivo. También derechón pseudofascista, antipapista, sectario, maniático, megalómano, colérico y posesivo. Pero sobre todo INTEGRISTA, un yihadista ultraortodoxo con un objetivo muy claro: crear una organización sectaria capaz de reclutar toda una red de profesionales influyentes y formados, que controlen la sociedad, bajo el mando de Escrivá.

    Una Iglesia paralela…que hace colegios para niños ricos, que colecciona políticos de derechas, periódicos de derechas y pensamiento ultraconservador. ¿Dónde queda Jesús, monseñor?

    Un secreto para el Opus: Dios no existe, disfruta de la vida.

  2. Spartacus dice:

    El Opus es una secta en la que prima el culto a la personalidad, entre otras aberraciones: totalmente de acuerdo.

    Pero esta mujer emplea mal los conceptos “anárquico” y “anarquía”, que confunde con “caos” y “arbitrariedad”. Anarquía es ausencia de dominación del hombre por el hombre, no lo que supone esta señora.

    Deformación burguesa, falta de cultura política.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: