La Doble Vida De San Escrivá

Jano, el dios de las dos caras

Jano. Museo Vaticano

La Doble Vida De San Escrivá

Carlos Santos

Revista Cambio 16, Madrid, 16 marzo 1992

El aragonés J.G.R. conducía su furgoneta por una carreterilla de Teruel, estrecha y sin arcén, cuando topó con dos camiones de gran tonelaje que no le dejaban sitio y se le echaban encima. J.I.G.R., que tiene gran devoción al venerable Escrivá de Balaguer, sólo ati­nó a decir:

-¡Padre!

Eso le salvó. Un inesperado hueco en la valla protectora le per­mitió meter el coche y librarse de una muerte segura. Su relato está hoy cuidadosamente clasificado, junto a varios miles de dispar tras­cendencia, en el Archivo de la Postulación de la Causa de Beatifi­cación de José María Escrivá de Balaguer. Es probable que su autor esté entre los 200.000 piadosos turistas que ya han agotado las re­servas hoteleras de Roma para el domingo 17 de mayo. Ese día, Juan Pablo II presidirá la beatificación del fundador del Opus Dei, don­de tantos y tan buenos colaboradores tiene.

Al Papa, dicen en el Vaticano, le gustaría presidir también la ca­nonización de Escrivá, primera del tercer milenio. Sus hijos mayo­res, los numerarios del Opus, harán cuanto puedan por llevarla a buen término. A partir del 17 de mayo sólo necesitarán una señal de Dios para convertirlo en santo de primera división. Un nuevo milagro que sumar a los muchos que ya se le atribuyen, como la fantástica curación que hoy le permite poner un pie en los altares: la de Concepción Boullón, monja de El Escorial que tenía un tumor maligno «del tamaño de una naranja». Una mañana, en la ducha, descubrió que el bulto fatal había desaparecido.

El Vaticano tenía donde escoger: 40 presuntos milagros habían detectado los postulantes, que han invertido cientos de millones de pesetas en el proceso. El número de milagrillos, gracias y favores recolectados se aproxima al número de miembros que tiene la pre­latura: más de 70.000. Los postulantes seleccionaron los mejores y los presentaron al Vaticano.

Los rezos al fundador del Opus son de gran rentabilidad. Desde su muerte, en 1975, su intercesión ha promovido una docena diaria de intervenciones divinas.

Un santo influyente

Pocos beatos han dado tanto trabajo a Dios, responsable directo de cada milagro. Escrivá, que personalmente repudiaba «los mila­greros», ha resultado ser un santo con influencia.

C.M., de San Anselmo (Estados Unidos) consiguió que el des­creído de su suegro accediera a bautizarse antes de morir. L.S.C., de Málaga, logró que su marido superara una complicada hemorra­gia digestiva. El esposo de L.R., italiana, volvió a su hogar cuatro años después de dejar a su mujer por otra.

A veces basta una invocación al santo o colocar la estampa en el lugar oportuno: la barriga del enfermo, por ejemplo. Otras es nece­saria una novena completa. Pero funciona: los maridos vuelven a casa, los ateos se convierten, los malos cristianos se confiesan y los tumores desaparecen. A la hermana de T. N. (Guatemala) se le arregló la vida matrimonial en sólo una semana «de una manera increíble». Está segura de que «el Padre tuvo que ver en eso».

La hija de J.C. A., portera de Cádiz, encontró un trabajo estupen­do a los tres años de acabar la carrera. La argentina B.E. se quedó embarazada diez años después de su boda, tras probar sin éxito to­da suerte de remedios. El italiano N.N. abandonó su «frenética» mi­litancia política, revanchista y sectaria. El hermano de X.X. no só­lo dejó de tener fiebre y dolores sino que «renunció a la masone­ría». Una gran alegría para X.X., que se había empleado a fondo en sus plegarias.

Gracias al futuro santo, que a partir del 17 de mayo podrá ser ob­jeto de culto restringido, recuperó la vista la madre de una criada portuguesa y A.M.M., de Madrid, encontró piso. El colombiano M.B. consiguió, tras dos años de rezos, que su hermano abandona­ra la guerrilla.

Para el gran milagro, el que convierte en beato a Escrivá, Dios escogió el lugar idóneo: uno de los 92 conventos carmelitas que se negaron a modernizar sus reglas tras el Concilio Vaticano II y se escindieron de la otra rama de la orden, más progresista y munda­na. Casi todos los escindidos disfrutan la asistencia espiritual de sa­cerdotes del Opus Dei y muchos recibieron en la Navidad de 1984 un mensaje de Álvaro Portillo, sucesor de Escrivá y prelado de la Obra: las felicitaba por haber logrado mantenerse en la estricta ver­dad del dogma tradicional. Cuando se curó la hermana Concha, na­die dudó: «Esto es cosa del padre Escrivá».

La monja, dice, era prima de Mariano Navarro Rubio, ministro con Franco y socio del Opus. Entre los testigos del caso, además, destaca la hermana de un numerario importante. Pero el parentes­co, el hecho de que dos médicos de la Obra confirmaran la curación y otro participara en el tribunal que la dio por buena, no restan mé­rito al milagro. El propio Papa ha visto la mano de Dios en la desa­parición de los tumores de sor Concepción. Así lo firmó el 9 de abril de 1991, en uno de los 11 decretos que empujan a Escrivá hacia los altares, lo convierten en modelo a imitar y culminan el proceso de beatificación más rápido de toda la historia.

Los hechos sobrenaturales, tan numerosos tras su defunción, acom­pañaron a José María Escrivá desde que nació, el 9 de enero de 1902. Concretamente desde el día en que estuvo a punto a morir, como sus tres hermanas y su madre, una buena mujer de Barbastro (Hues­ca), invocó a la virgen de Torreciudad, ermita cercana. El niño, que estaba desahuciado, se recuperó inmediatamente.

Escrivá fue hombre agradecido: en Torreciudad se alza hoy una grandiosa basílica que costó a sus hijos más de 3.000 millones de pesetas y deja en nada a la ermita original. Sacerdotes impecable­mente uniformados (siempre quiso a los curas con alzacuellos, so­tana o clergyman) buscan pecadores para absolverlos en alguno de sus 40 confesionarios.

En el entorno del santo abundan los símbolos, que muchos de sus hijos prefieren grandes: considerando insuficiente la envergadura de su casa natal, en la calle Mayor de Barbastro, compraron las de al lado y construyeron un hermoso palacete más acorde con la impor­tancia de quien allí nació.

Huida en familia

Aquel niño aragonés, aficionado a contar monedas, conoció el do­lor en la peluquería. El mismo lo contaría, años más tarde:

-En las fechas más destacadas de mi vida, el Señor ha querido mandarme alguna contrariedad. Hasta el día de mi primera comu­nión, al peinarme el peluquero, me hizo una quemadura con la te­nacilla…

Sus hijos tomaron nota e incorporaron el suceso a su biografía. Apuntaban todo lo que decía, por trivial que pudiera parecer. Cada suceso aportaba nuevas evidencias sobre la santidad del El Padre. En un libro de Rialp, editorial afín al Opus Dei, Francois Gondrand valora así el episodio de la tenacilla: «Fueron los primeros contac­tos con la contrariedad, con el dolor, con el sufrimiento, primeros encuentros con la Cruz».

Claro, que los sufrimientos del niño eran poca cosa comparados con los de su padre: quebró la tienda de paños que tenía en Barbas­tro y la familia se tuvo que ir a Logroño, donde un don José Escribá venido a menos hubo de buscar colocación como dependiente. El fantasma de la ruina no abandonaría nunca a José María, que toda su vida se esforzó por devolver a la familia el crédito perdido.

La salida de Barbastro tuvo más de huida que de mudanza: aban­donaron el pueblo de noche, para esquivar a los acreedores. Lo cuenta el escritor Luis Carandell, uno de sus biógrafos menos tendencio­sos: su Vida y milagros de Escrivá de Balaguer no mereció un solo desmentido.

En Logroño tuvo su primera experiencia mística. Un día de di­ciembre, cuando caminaba por la calle Ancha, vio sobre la nieve las huellas de un fraile. Advirtió que se trataba de una señal celes­tial. Ese día supo, antes que nadie, que iba para santo: Dios lo ha­bía escogido a él, precisamente a él, para una misión. «El señor que­ría algo de mí, algo que no sabía lo que era. Se valía de sucesos y detalles ordinarios, aparentemente inocentes, para meter en mi al­ma esa inquietud divina…»

Los signos divinos y los presagios continuarían a lo largo de toda su vida. Los de esa época lo llevaron al seminario de Zaragoza, donde entró el 28 de septiembre de 1920. Con la maleta hecha, un nuevo suceso confirmó su hilo directo con Dios: su madre quedó embara­zada. Era cosa suya, que había pedido con fuerza al Señor un her­mano varón que ocupara su lugar en la familia.

Por esa época, en la que José María ya empezaba a imponerse lo que sus biógrafos llaman «penitencias generosas», empieza su doble vida. Sobre su peripecia vital hay dos versiones diferentes. Una, la que está a punto de llevarlo a los altares: la escriben sus hijos, miem­bros y simpatizantes del Opus Dei, que suelen tener como fuente principal su propia versión de los hechos. Otra, la de aquellos que consideran «escandalosa» su beatificación. La suelen propiciar los hermanos separados del Opus, quienes, aún admitiendo que era un buen hombre, dudan de que fuera santo.

Los biógrafos afines lo describen como un estudiante excepcio­nal, de gran talento. Los otros aseguran que era del montón, tiran­do a mediocre. Muy limpio, eso sí, que en eso coinciden todos. Su preocupación por el aseo y la apariencia personal contrastaba con el descuido de otros seminaristas, de peor presencia y torpe aliño indumentario. «Rosa mística» lo apodaron los rudos compañeros, a causa de sus gustos y actitudes. Cuenta Carandell que en sus pa­seos por Zaragoza, fino y pulido como un pincel, causaba impre­sión a las chicas, que le decían de todo. Hasta que él acosado, fuera de sí, respondía:

-¡Unas sinvergüenzas, eso es lo que sois, unas sinvergüenzas!

«San Josemaría»

Todavía usaba su nombre original, José María Escriba Albás, al que luego introdujo curiosas modificaciones: trocó la «b» por «v», arrumbó el apellido de la madre y añadió un señorial «de Balaguer» al del padre. También reformó el nombre de pila: quitó su mayúscu­la de María y la dejó adosada a José. Josemaría se llamó desde en­tonces.

Cabría buscar afán de grandeza, impropio de un santo, en el arti­ficial ennoblecimiento del apellido. Pero él tenía sus razones, que el Vaticano ha dado por buenas: no quería que lo confundieran con tanto Escriba a secas como hay por ahí.

El cambio de nombre propio resultaba aún más afortunado: cons­ciente de que llegaría a los altares, destino natural de sus afanes, preparó las cosas para ser el primer «San Josemaría» de la historia. Entre los 12.000 ó 13.000 santos que los católicos tienen como ejem­plo a imitar, hay muchísimas María y abundantes Josés. Josemarías no hay tantos, que se sepa.

Convencido de que la humanidad está dividida en «caudillos» y «clase de tropa», Josemaría se preparó para ser caudillo. Pensaba que el estudio era el mejor camino y lo ensayó personalmente: se matriculó en Derecho. ¿Acabó la carrera? Las biografías autoriza­das no dejan lugar a dudas: la culminó en Madrid, con la lectura de una tesis doctoral, el 18 de diciembre de 1939, que logró un so­bresaliente, sin laude. Los más escépticos de sus críticos pregun­tan: «¿Dónde está el título?».

No figura entre las reliquias del fundador, a pesar del notorio in­terés de los hijos por conservar y honrar sus pertenencias: la pila donde lo bautizaron, que él mismo hizo restaurar hace 40 años, la Virgen del Pilar que lo acompañó en sus estudios, el cáliz con que ofició su primera misa, los restos del barco en que viajó a Roma…

El propio Escrivá daba valor sagrado a ciertos objetos, aún a riesgo de que le confundieran con un pagano: hubo un tiempo en que en­tregaba trozos del sudario de Isidoro Zorzano, su primer discípulo, a los socios de la Obra que viajaban para abrir sucursales por el planeta.

Esta revista ha buscado en Madrid su expediente académico. Va­no intento. En el Ministerio de Educación y Ciencia aseguran que «de 1930 a esta parte no tenemos constancia de ningún alumno uni­versitario con ese nombre». En Zaragoza el intento ha sido igual­mente infructuoso.

El 2 de octubre de 1928, cuando ya había logrado dar el salto a la capital, supo al fin para qué lo había elegido Dios. Más exacta­mente, «lo vio», que es el verbo que prefieren sus hijos. La visión tuvo lugar en un convento de Cuatro Caminos, mientras sonaban las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Una de las campanas, convertida ya en reliquia balagueriana, continúa sonando en el santuario de Torreciudad.

Dios le pidió que dedicara su vida a difundir un mensaje: «Santi­ficar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo». La idea, recogida 20 siglos antes por los evangelis­tas, no era nueva, pero la visión aportaba una novedad: bajo el man­do directo de Escrivá, que entonces tenía tan sólo 26 años, se des­plegaría por el mundo un selecto ejército de laicos, que buscarían la santidad en la vida cotidiana y se esforzarían por incorporar a su causa a otros muchos como ellos.

Empezarían por seducir a los más listos, los más preparados, los más poderosos… «La aristocracia de la sangre y de la inteligencia». También la del dinero. Aquellos que más podían influir sobre el resto de la sociedad.

Visto y hecho. Convencido de que era un elegido de Dios, Escri­vá empezó con entusiasmo su empresa. Nunca mejor dicho, lo de empresa: lo que empezó como un negocio familiar, en torno a una modesta mesa camilla, acabaría por convertirse en un poderoso hol­ding del espíritu.

Los primeros años, los de la República, se conformó con dar charlas en casa de su madre. Fuera, los tiros, los asesinatos de curas y la quema de conventos le confirmaban la necesidad de seguir adelan­te: había «crisis de santos» y alguien tenía que defender la religión.

Sus estudiantes, píos universitarios de buena familia, escuchaban y merendaban con tanto interés que Santiago, su hermano, llegó a exclamar:

-¡Cuánto comen los chicos de José María!

La voraz pandilla llegó a construir, en sólo medio siglo, una de las más importantes multinacionales que España ha dado al mundo. Fabricar y exportar santos resultó ser un negocio de futuro en un país que nunca fue muy dado a las exportaciones.

Desde el primer día se desveló Escrivá como un tipo emprende­dor, un hombre de acción con talento para los negocios del alma. Pero tuvo que esperar 11 años, hasta que Franco ganó la guerra, pa­ra que la empresa levantara el vuelo y empezara a dar beneficios.

La espera

En los años 30 el grupo no llegaba a 20 miembros, pero ya tenía nombre: Opus Dei. Escrivá lo tomaba prestado del padre Poveda, que ya había usado la denominación «Obra». El añadido «de Dios» le creó problemas: su confesor, el jesuita Valentín Sánchez Ruiz, lo encontró pretencioso y recomendó que lo cambiara. Pero Escri­vá tenía claro que Dios estaba con él: dejó el nombre y cambió de confesor.

Fueron años difíciles, sin duda. Y grises. De no ser cierta la pater­nidad divina de la Obra, la biografía del fundador quedaría así de prosaica: un curita de provincias, iluminado y ambicioso, se empeña en hacerse un sitio en la capital y se especializa en catequizar a uni­versitarios. Poco a poco se abre paso en los círculos más influyentes y tradicionales. Trabaja un tiempo por cuenta ajena, en una acade­mia privada de la calle San Bernardo, antes de abrir su propio nego­cio: una academia, primero, y una residencia de estudiantes, después.

El sector de la enseñanza confesional pasaba por un momento de­licado, pero halagüeño: las familias pudientes estaban aterrorizadas por la posibilidad de que sus hijos fueran víctimas de la educación marxista o de eso que Escrivá llamaba «liberalismos desacritados del XIX».

Pero el santo, dicen sus hijos, no era un organizador ni un nego­ciante. Se pasaba media vida rezando y otra media defendiendo los dogmas del catolicismo tradicional. Aún le quedaba tiempo para en­cerrarse en un cuarto, romperse la espalda a latigazos y maltratar su cuerpo con crueles mortificaciones. Un hábito que sus hijos he­redaron: los socios numerarios del Opus Dei gastan cilicio -un co­llar de pinchos que se aplican a las piernas durante un par de horas al día- y de cuando en cuando se desuellan la piel a zurriagazos.

La Guerra Civil entorpeció los planes del místico sacerdote. Lue­go, el triunfo de los militares que la habían provocado le dio una oportunidad de oro para recuperar el tiempo perdido. La aprovechó.

De Franco

Uno de los debates que hoy resucita su beatificación es el relativo a sus inclinaciones políticas: «Era un franquista convencido», ha di­cho Antonio Pérez, secretario del Consejo de Estado y durante años máximo responsable del Opus Dei en España. «Es una criatura del Movimiento Nacional», afirmó el historiador Antonio Tovar. «Un hombre de su tiempo, más bien monárquico», coinciden en decir quienes lo han estudiado a fondo.

Los portavoces del Opus insisten en su verdad oficial: «Era apolí­tico. No hablaba nunca de política». A las acusaciones sobre pre­suntas simpatías hacia Hitler contesta Álvaro del Portillo con una frase hecha: «Condenó vigorosamente todas las tiranías». Lo han dicho sus hijos cientos de veces: «Era enemigo de todos los totalita­rismos».

Un debate estéril, en realidad. Su peripecia vital no deja lugar a dudas: mantuvo un compromiso serio, profundo y duradero con un régimen totalitario, el del general Franco. Fue al calor de ese régimen -tiránico, sobre todo en sus comienzos- como su obra alzó el vuelo, en fluido contacto con algunas de sus castas dominan­tes: una derecha católica, tradicional, dura y revanchista.

En 1938 abandonó el Madrid republicano para cambiar de bando y arrimarse al de los golpistas. Las circunstancias (6.000 curas y frailes asesinados) aconsejaban la huida. También la de sus jóvenes compañeros de viaje: universitarios de familias tradicionales, sin fi­liación política concreta, que comulgaban con el espíritu de la cru­zada. Alguno de sus discípulos había colaborado en la sanjurjada, golpe fallido de 1932. Todos estaban dispuestos a dar su vida por erradicar el peligro rojo, tan dañino para sus patrimonios y su reli­gión.

Tras cruzar los Pirineos y dar un rodeo por Francia se fue a Bur­gos, capital de la España nacional, donde Franco tenía instalado su cuartel general. Aquella guerra era la suya, según todos los indi­cios: en varias ocasiones visitó el frente de batalla y el 28 de marzo de 1939, cuando el ejército franquista entró en Madrid, llegó tam­bién él, a bordo de un camión militar. Mientras, en su obra capital, Camino, publicada en 1939 («Año de la Victoria», precisaba su pri­mera edición), desgranaba reflexiones como ésta:

«La guerra tiene una finalidad sobrenatural -me dices- (…) Es el obstáculo máximo del camino fácil. Pero tendremos, al final, que amarla, como el religioso debe amar sus disciplinas…».

O esta otra, prima hermana del naciente nacional-catolicismo: «El fervor patriótico -laudable- lleva a muchos hombres a hacer de su vida un servicio, una milicia. No me olvides que Cristo tiene también milicias y gente escogida a su servicio».

Su obsesión por arrimarse al poder, camino seguro para sus fines apostólicos, le comprometió en el régimen de Franco durante 30 largos años. ¿Y sus simpatías hacia Hitler? Sin duda eran las nor­males en un sacerdote de su tiempo, que había conocido la persecu­ción y había visto como asesinaban a otros. Todos los curas del Opus se ofrecieron voluntarios para ir a la División Azul, a pelear al lado de Hitler contra los rusos.

A Pinochet

Que el padre espiritual de aquellos belicosos cristianos sea beati­ficado extraña hoy a una parte de los católicos, que lo comparan con el intento de santificar a los llamados «mártires de la cruzada». La Asociación de Teólogos Juan XXIII y un grupo de 50 curas mur­cianos han coincidido en pedir la suspensión de la causa «para estu­diarlo con más detenimiento y evitar el escándalo».

Mantuvo su comprensiva actitud hacia ciertos regímenes que acom­pañó hasta el fin de sus días. En el año 1974 visitó Chile, donde la represión del general Augusto Pinochet estaba en su apogeo. No condenó al dictador, no le invitó a que dulcificara sus modos. Se li­mitó a criticar a los católicos progres, los «hijos desleales de la Igle­sia». Sus palabras fueron interpretadas como una justificación indi­recta de la cruzada de Pinochet: «Hay mucha propaganda herética dentro de la Iglesia de Dios».

Los periodistas chilenos Jaime Rojas y Franz Vanderschueren ase­guran que en una conferencia, donde se habló de la sangre esparci­da por el país, el futuro santo llegó a afirmar:

-Yo os digo que aquella sangre es necesaria…

Es uno de los puntos negros de la biografía de un buen hombre, a quien una vieja afiliada al Opus describe con dos palabras: «¡Me­nudo santo!».

Con información de Julio Algañaraz (Santa Sede), J. Gómez y J.L. Guillén

ExOpus

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