El Traidor, El Apóstata Y El Buen Pastor Según El Opus Dei

Creacción de Adán

La creación de Adán

Iván de ExOpus

Aún cuando el Código de Derecho Canónico establece que la vocación de los laicos al Opus Dei es inexistente, por no poder llegar a ser en él más que simples cooperadores orgánicos suyos que no se distinguen en nada del resto de los seglares de sus respectivas diócesis, y que sus clérigos son sacerdotes seculares iguales al resto de los de la Iglesia, para el Fundador de esta institución esas supuestas vocaciones al Opus Dei son de la misma entidad que la del bautismo (para nosotros, la fidelidad a nuestra llamada significa fidelidad a la vocación cristiana: al Amor de Dios. Se entienden por eso las palabras fuertes de nuestro Padre: si alguno de mis hijos se abandona y deja de guerrear, o vuelve la espalda, que sepa que nos hace traición a todos: a Jesucristo, a la Iglesia, a sus hermanos en la Obra, a todas las almas), por lo que su Obra es la misma Iglesia, y por tanto él se equiparaba cuanto menos a un gran profeta, incluso con el mismo Cristo.

Para mostrarlo traigo tres escritos oficiales del Opus Dei.

El primero es un fragmento de una carta de Álvaro del Portillo, de 1992, el sucesor de Escrivá en el mando de la Obra.

En él se puede comprobar como en el Opus Dei se identifica a quien le abandona con el mismo Judas:

Notamos como un desgarrón en el alma si alguien no persevera en la vocación. […] El mismo Jesucristo experimentó la amargura de la traición de Judas, y ese dolor, ofrecido a Dios Padre, fue también medio para redimirnos. Sigamos nosotros su ejemplo y curemos la herida de la infidelidad con el bálsamo de nuestra entrega

Que sólo puede abandonarles quien fuere un terrible pecador:

—Siempre es el egoísmo, la soberbia, es el yo desorbitado el que impide la fidelidad.

Que quien les deja es semejante al apóstata (que reniega de la fe) ya que si alguno de mis hijos se abandona y deja de guerrear, o vuelve la espalda, que sepa que nos hace traición a todos: a Jesucristo, a la Iglesia, a sus hermanos en la Obra, a todas las almas.

El segundo escrito es una de las meditaciones con la que hacen la oración los de la Obra.

En él se sustituye la figura bíblica de Judas, vista antes, por la de Esaú, que vende su primogenitura por un plato de lentejas, pero no se aplica a quienes abandonan a Jesucristo, sino a aquellos que dejan el Opus Dei, por lo que para esta Institución parece ser lo mismo:

El llanto de Esaú, llanto para él estéril y tardío, puede ser, sin embargo, preciosa advertencia para nosotros, si algún día tuviéramos necesidad de recordar la lección que en él se encierra. Nos lo dice San Ambrosio: tú, que eres imagen de Dios, que eres semejante a El, no quieras destruirla por un placer repugnante, irracional. Tú eres “opus Dei”. / Quien estaba llamado por el Señor para ser sal de la tierra, si se desvirtúa, viene a ser cosa inútil que para nada sirve ya, sino para ser arrojada y pisada por las gentes. Los que, cegados por su egoísmo o por su soberbia, abandonan el servicio del Señor, difícilmente sirven ya para trabajar por Cristo.

Y condena a los que dejan el Opus Dei a la mayor de las infelicidades posibles, como si dejaran al mismísimo Dios:

El precio por el que vendieron su vocación y su ideal, es una bagatela, que pronto se deshace entre las manos. No encontraréis la felicidad fuera de vuestro camino, hijos, nos enseña nuestro Fundador. Si alguien se descaminara, le quedaría un remordimiento tremendo: sería un desgraciado. Hasta esas cosas que dan a la gente una relativa felicidad, en una persona que abandona su vocación se hacen amargas como la hiel, agrias como el vinagre, repugnantes como el rejalgar.

En tercer y último lugar traigo una meditación del Fundador fechada en 1961, en ella Escrivá nos transmite como él es el único Buen Pastor de los suyos, y les ata las manos para poder confesarse con sacerdotes ajenos al Opus Dei. Si bien dice (quizás para evitar ser considerado por la Iglesia como cismático o hereje) que conviene que os confeséis con los sacerdotes que están designados. Podéis hacerlo con cualquier sacerdote que cuente con licencias del Ordinario. De esta manera, yo defiendo la libertad, pero con sentido común. Todos mis hijos gozan de la más absoluta libertad para confesarse con cualquier sacerdote aprobado por el Ordinario, y no se encuentra obligado a decir a los Directores de la Obra que lo ha hecho. En el resto de la meditación, por activa y por pasiva, coacciona hasta lo indecible con miedos, culpas, fobias y temores, temporales y eternos, para obligar a quienes le escuchan a que sólo se confiesen con los sacerdotes del Opus Dei, poniéndose él simultáneamente en el sitio de Jesucristo (único Buen Pastor) y tomando la voz de Dios de los textos Sagrados como si sólo se aplicaran al Opus Dei y a la voluntad de su Fundador (Por mi boca os habla especialmente Jesucristo, porque yo especialmente en su nombre soy el buen Pastor… El mismo Señor, por medio de San Juan, nos advierte que no hay que buscar consejo fuera, que eso sería como ir voluntariamente al precipicio. ¡Se debe huir del extraño: sed fugiunt ab eo!, ¡debéis escuchar sólo la voz del buen pastor!), llegando al extremo de afirmar del resto de los sacerdotes de la Iglesia que resultan ladrones y salteadores.

Selecciono algunos fragmentos de dicha meditación en los que se manifiesta lo antes visto, tras los que incluyo íntegros los textos originales:

—Tomad vuestras notas, y grabad en vuestro corazón lo que os digo. Porque no sólo os habla un sacerdote: es el Fundador, y no hay más que uno. Papas, conoceréis muchos; yo he conocido a varios. Cardenales, a montones. Obispos, más aún… pero Fundador del Opus Dei no hay más que uno, aunque sea de tan poco fundamento como yo: ¡uno sólo! Y Dios os pedirá cuenta si no atendéis mis indicaciones. Por mi boca os habla especialmente Jesucristo, porque yo especialmente en su nombre soy el buen Pastor.

—Las ovejas no siguen al pastor extraño. Significa que, al apartarse de esta enseñanza de Jesús, comienza la equivocación que lleva al extravío de la paz y de la alegría, y a la posible perdición del alma. Porque a veces, en vez de huir del extraño – alienum autem non sequuntur-, alguno podría alejarse de sus Directores, de sus hermanos; y acudir a un hombre lo suficientemente ignorante o imprudente o poco avisado, capaz de conducirle adelante por el camino de la perdición. /  Hijos míos, vosotros debéis formular el propósito firme de no cometer esa equivocación en vuestra vida. El mismo Señor, por medio de San Juan, nos advierte que no hay que buscar consejo fuera, que eso sería como ir voluntariamente al precipicio. ¡Se debe huir del extraño: sed fugiunt ab eo!, ¡debéis escuchar sólo la voz del buen pastor! /  ¿Sabéis quién es, para mis ovejas, el buen pastor? El que tiene misión otorgada por mí.

—Quien se comportara de otro modo, se apartaría voluntariamente del buen camino e iría hacia el abismo; sin duda, habría perdido el buen espíritu.

—Estarías, además, perjudicando a los demás. Ese confesor guardará el sigilo sacramental, desde luego: todos los sacerdotes lo cuidan celosamente, siempre. Pero cuando se le presente otra alma a pedirle consejo, y le manifieste que está pensando en solicitar la admisión en el Opus Dei, quizá se lo quitara de la cabeza. Aquel confesor no podrá evitar el pensamiento: ¿ir al sitio donde está aquel miserable, aquel canceroso que no se quería curar?

—¡Propósitos! ¡Claridad de ideas! Podemos y no podemos. ¿Y peco? No. ¿Y tengo que decirlo a los Directores? No. Pero insisto: ¡ay de ti!, ¡pobre, pobrecito mío! Omnes quotquot venerunt fures sunt et latrones . Los que no son el buen pastor, resultan ladrones y salteadores. Sólo es buen pastor el que, conociendo y viviendo el espíritu que anima tu vida, recibe esa misión de quien puede entregársela: a éste abre el portero, y las ovejas escuchan su voz, y él llama por su nombre a las ovejas propias y las saca fuera. Y, cuando ha hecho salir a sus propias ovejas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz . Por eso, los miembros del Opus Dei, si de verdad quieren ser fieles, no siguen a un extraño, sino que huyen de él, porque no conocen la voz de los extraños. / ¿Y no podrían ir otros pastores a buscar a mis ovejas y apacentarlas bien? No. El Señor lo dice terminantemente: qui non intrat per ostium in ovile ovium, sed ascendit aliunde, ille fur est et latro; quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, es un ladrón y salteador. ¿Acaso no podrá acudir alguno de buena voluntad a dar una ayuda, a tomar un hatillo de ovejas y ofrecerles buen pasto, y volverlas al redil? No. ¡No! Y no soy yo quien lo afirma sino el mismo Señor. Los que no tienen misión encomendada por los Directores, no son buenos pastores, aunque hagan milagros. Porque el sacerdote que recibe la confesión no actúa solamente como juez, sino también como maestro, médico, padre: pastor. ¿Cómo podría ejercer bien esas funciones quien ignorase lo que Dios espera de nosotros, según la vocación que nos ha concedido? ¿Cómo, si no posee nuestro espíritu? ¿Cómo, si carece del mandato legítimo, y por tanto de la gracia especial para ejercitar bien su misión?

—Yo soy el Buen Pastor. […] Buen pastor. Pero también buenas ovejas. ¿Buenas ovejas? Sí, hijos míos: sí, sí; buenas ovejas. No dudo lo más mínimo de que todos seréis siempre buenas ovejas.

—Yo soy el buen pastor. El buen pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Hace todos los sacrificios. Y vosotros debéis estar dispuestos a afrontarlos todos también. Y el primero resulta bien claro: no ejercitar aquel derecho [confesarse con sacerdotes ajenos a la Obra] –porque lo poseemos- si lo podemos evitar, y lo podemos evitar siempre o casi siempre. Propósito firme: el primer sacrificio consiste en no olvidar, en la vida, lo que expresan en Castilla de modo muy gráfico: que la ropa sucia se lava en casa. La primera manifestación de que os dais, es no tener la cobardía de ir a lavar fuera de la Obra la ropa sucia. Si de veras queréis ser santos; si no, estáis de más [con lo que obliga a confesarse con sacerdotes de la Obra, ya que si no, no seréis santos y estáis de más].

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TEXTOS ORIGINALES

Carta de Alvaro del Portillo, 19-3-1992, p. 41.

Meditación del sábado de la semana XIII

El Buen Pastor, José María Escrivá, 12-III-1961

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Carta de Alvaro del Portillo, 19-3-1992, p. 41.

Me siento fracasado —nos confiaba nuestro Padre— si, alguna vez, una persona que ha estado más o menos cerca de mí, vuelve la cara atrás y deja de poner la mano en el arado, como dice el Señor en el Evangelio. Me siento fracasado, y pido perdón a Dios, por la parte de culpa que haya tenido yo en ese fracaso. Porque nos queremos de veras, sobrenatural y humanamente, y estamos unidos, notamos como un desgarrón en el alma si alguien no persevera en la vocación. Nos hace sufrir, pero no tambalear. El mismo Jesucristo experimentó la amargura de la traición de Judas, y ese dolor, ofrecido a Dios Padre, fue también medio para redimirnos. Sigamos nosotros su ejemplo y curemos la herida de la infidelidad con el bálsamo de nuestra entrega.

Judas era un Apóstol, había recibido esa vocación y Jesús no se equivocó al llamarle, pero aquel hombre prefirió la infidelidad. Traiciona al Señor con un beso: él, que había recibido el beso de una llamada divina. ¡Qué trágica mentira cuando la infidelidad se pretende camuflar bajo apariencia de amor! Judas traicionó al Señor por dinero, Demás abandonó a San Pablo por los placeres de esta vida…: en el fondo, siempre es el egoísmo, la soberbia, es el yo desorbitado el que impide la fidelidad. Para nosotros, la fidelidad a nuestra llamada significa fidelidad a la vocación cristiana: al Amor de Dios. Se entienden por eso las palabras fuertes de nuestro Padre: si alguno de mis hijos se abandona y deja de guerrear, o vuelve la espalda, que sepa que nos hace traición a todos: a Jesucristo, a la Iglesia, a sus hermanos en la Obra, a todas las almas.

Detrás de las tentaciones contra la fidelidad, siempre se cela alguna de las concupiscencias, o las tres, que el diablo trata de aprovechar para que cambiemos la perla preciosa de la vocación por cualquier baratija. De ordinario, tras la resistencia a seguir al Señor al ritmo de nuestra entrega, no hay más que eso: concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. Se ha puesto el corazón en los encantos de una vida mundana, y en lugar de servir, se ansia sólo triunfar; en lugar de darse, tener; en lugar de Amor, egoísmo; y al fin, en lugar de negarse a uno mismo, se niega a Dios. Entonces, donde había entusiasmo y alegría, aparecen el aburrimiento y la tristeza mala, porque se ha olvidado que quienes son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias.

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LIBRO MEDITACIONES III

TIEMPO ORDINARIO

SÁBADO DE LA SEMANA XIII

Punto 269. Págs. 385-389

—Conviene estar prevenidos: podemos pasar por momentos de ceguera.

—Nuestra decisión de seguir el camino iniciado ha de ser irrevocable.

—Propósito firme: ser fieles en lo pequeño para ser fieles siempre.

NOS REMONTAMOS hoy a los tiempos de los Patriarcas, para considerar la historia de dos hermanos, Esaú y Jacob. Su padre Isaac, a las puertas de la muerte, derrama su bendición sobre Jacob y sobre toda su descendencia. El olor de mi hijo —le dice— es como el olor de un campo cuajado, al que ha bendecido Yavé. Déte Dios el rocío del cielo y la grosura de la tierra, y abundancia de trigo y de mosto. Sírvante los pueblos y prostérnense ante ti las naciones. Sé señor de tus hermanos, e inclínense ante ti los hijos de tu madre. Maldito quien te maldiga, y bendito quien te bendiga 1.

El hijo pequeño es preferido al mayor, y Esaú llora y se desespera —cuando su desgracia no tiene remedio— porque le fue arrebatada la bendición paterna.

Pero el llanto de Esaú, llanto estéril y sin esperanza, es el grito inútil y de tardío arrepentimiento por el error irreparable que cometió en una hora ciega de ofuscación.

Aunque esas cosas no suelen aparecer de repente —en la historia de Esaú hay una serie de torpezas e infidelidades, pequeñas las más y algunas no tan pequeñas—, un día fue el decisivo. Aquél en que, al volver hambriento del campo, vendió a su hermano Jacob la primogenitura. Y la vendió para satisfacer un antojo, el capricho de un momento, por el precio irrisorio de un plato de lentejas. ¿Qué me importa a mí la primogenitura? 2, había respondido desdeñosamente a Jacob. Lo único que entonces parecía importarle era saciarse, satisfacer su apetito; todo lo demás había perdido atractivo y relieve para su corazón obcecado.

¿Nos sorprende el llanto de Esaú? No. Era natural. Pasó la hora de la ceguera y, ante sus ojos, las cosas recobraron su justa medida; y entonces, ¡qué miserable aparece el pobre precio, por el que cambió su dignidad de hijo primogénito! Pero ya es tarde, y su congoja de ahora sirve tan sólo para hacerle sentir todo el peso de su desdicha; una desdicha de la que él mismo fue autor, al arrojar por la borda, en una hora de locura, el mejor tesoro de su vida.

Por si alguna vez hubiésemos de encontrarnos en una situación parecida, en que el egoísmo ciegue nuestra visión sobrenatural, recordemos ahora aquellas palabras de nuestro Padre: no olvidéis (…) que se puede cometer en la vida algún error, pero eso no quiere decir nada contra el camino, ni contra el Amor: quiere decir que, en lo sucesivo, hemos de ser más prudentes. Nadie puede razonar así: puesto que no puedo con la carga de un deber, no cumpliré ninguno. Es una reacción de soberbia, es pasar del endiosamiento al endiablamiento. Corruptio optimi pessima, enseña el viejo adagio escolástico: la corrupción de lo bueno es pésima. Sólo la humildad con la graciapuede impedir esa corrupción, ese paso breve de lo mejor a lo peor 3.

ESAU era el mayor de los hermanos, y a él correspondía por nacimiento la primogenitura. A él parecían reservadas antes que a nadie las bendiciones de la predilección divina, porque de la descendencia de Isaac, de su línea primogénita, nacería el Salvador. Todo lo perdió a cambio de nada, en una hora triste de su vida.

También en la existencia de una persona dedicada al servicio del Señor, puede haber un momento de ceguera, un momento en que dejen de brillar ante sus ojos las luces claras de Dios y lleguen a perder encanto los ideales grandes que le movieron a tomar aquella decisión. La vocación divina, los frutos fecundos de la fidelidad, todo parece entonces desvanecerse y perder valor ante la obsesión de la carne o las veleidades de un corazón que se enfrió; ante el afán de vivir la propia vida o el impulso cerril de la soberbia. Y se insinúa entonces en el alma la tentación de Esaú, la necedad suicida de querer matar la propia vocación, de perder tristemente el mayor tesoro que Dios podía darle, por algo que vale lo que un plato de lentejas.

Suelo afirmar —ha escrito nuestro Padre— que tres son los puntos que nos llenan de contento en la tierra y nos alcanzan la felicidad eterna del Cielo: una fidelidad firme, delicada, alegre e indiscutida a la fe, a la vocación que cada uno ha recibido y a la pureza. El que se quede agarrado a las zarzas del camino —la sensualidad, la soberbia…—, se quedará por su propia voluntad y, si no rectifica, será un desgraciado por haber dado la espalda al Amor de Cristo.

Vuelvo a afirmar que todos tenemos miserias. Pero las miserias nuestras no nos deberán mover nunca a desentendernos del Amor de Dios, sino a acogernos a ese Amor, a meternos dentro de esa bondad divina, como los guerreros antiguos se metían dentro de su armadura: aquel ecce ego, quia vocasti me (I Reg. III, 6, 8 ) —cuenta conmigo, porque me has llamado—, es nuestra defensa. No hemos de alejarnos de Dios, porque descubramos nuestras fragilidades; hemos de atacar las miserias, precisamente porque Dios confía en nosotros 4.

El llanto de Esaú, llanto para él estéril y tardío, puede ser, sin embargo, preciosa advertencia para nosotros, si algún día tuviéramos necesidad de recordar la lección que en él se encierra. Nos lo dice San Ambrosio: tú, que eres imagen de Dios, que eres semejante a El, no quieras destruirla por un placer repugnante, irracional. Tú eres “opus Dei”5.

QUIEN estaba llamado por el Señor para ser sal de la tierra, si se desvirtúa, viene a ser cosa inútil que para nada sirve ya, sino para ser arrojada y pisada por las gentes 6. Los que, cegados por su egoísmo o por su soberbia, abandonan el servicio del Señor, difícilmente sirven ya para trabajar por Cristo, pues ninguno que, después de haber puesto su mano en el arado, vuelve los ojos atrás, es apto para el Reino de Dios7. No hallé —escribe San Agustín— personas mejores que las que adelantan en la santidad, pero tampoco las he encontrado peores que las que la abandonaron, hasta el punto de que pienso que a esto se refiere lo que está escrito en el Apocalipsis: “el justo justifíquese más y el corrompido corrómpase más aún“(Apoc. XXII, 11)8.

El precio por el que vendieron su vocación y su ideal, es una bagatela, que pronto se deshace entre las manos. No encontraréis la felicidad fuera de vuestro camino, hijos, nos enseña nuestro Fundador. Si alguien se descaminara, le quedaría un remordimiento tremendo: sería un desgraciado. Hasta esas cosas que dan a la gente una relativa felicidad, en una persona que abandona su vocación se hacen amargas como la hiél, agrias como el vinagre, repugnantes como el rejalgar. Cada uno de vosotros, y yo también, vamos a decirle a Jesús: Señor, que yo quiero luchar y sé que Tú no pierdes batallas; que, si alguna vez yo las pierdo, es porque me he apartado de Ti. Tenme de tu mano, y no te fíes de mí, no me dejes.

Tú me dirás: Padre, ¡si estoy tan feliz con mi vocación! ¡Si amo a Jesucristo! ¡Si, aunque soy de barro, quiero ser santo con la ayuda de Dios y de su Madre del Cielo! Ya lo sé, hijo mío, ya lo sé; pero te digo estas cosas por si acaso, por si viene un mal momento. No lo olvidéis nunca; escarmentad en cabeza ajena 9.

Hagamos ahora —de la mano de Nuestra Madre Santa María— el propósito firme de ser fieles siempre, fieles cada día, en esas cosas pequeñas que van tejiendo la fidelidad continuada, de toda la vida: la perseverancia.

(1) L. I (I) (Genes. XXVII. 27-29).

(2) Genes. XXV, 32.

(3) De nuestro Padre, Carta, 24-111-1931, n. 46.

(4) Amigos de Dios, n. 187.

(5) San Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam 15, 8.

(6) Matlh. V, 13.

(7) Luc. IX, 62.

(8) San Agustín, Epístola 78, 9.

(9) De nuestro Padre, Meditación, 8-III-1962.

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EL BUEN PASTOR

José María Escrivá, 12-III-1961

Del tomo de meditaciones internas “Mientras nos hablaba en el camino”, páginas 143-155

Roma, 2000

Un día de retiro, una jornada en la que el Señor nos concede especialmente gracias para considerar nuestro fin: santificarnos y santificar. Pero hoy yo querría señalaros una vez más cuál es el espíritu nuestro en un medio maravilloso de santificación, en un medio que está instituido por Jesucristo, porque es sacramento: la Confesión. Y, a partir de esa institución divina, deseo haceros algunas consideraciones sobre otro medio que es también una muestra de cariño materno de la Obra: la dirección espiritual con el Director, la charla fraterna.

Como de costumbre, me he traído unos libros, fichas y papeles. Algunas veces sucede que, después, durante la meditación, me voy por otros caminos y no les hago caso. Pero a este libro sí le hago caso, siempre, porque es el Evangelio, y yo no pretendo hablar más que palabras de vida, las de Jesucristo Nuestro Señor.

En el redil de Cristo

Abramos el Evangelio de San Juan por el capítulo décimo: Amen, amen dico vobis, qui non intrat per ostium in ovile ovium, sed ascendit aliunde, ille fur est et latro, en verdad, en verdad os digo, que quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es un ladrón y salteador.

¡Hijos míos!, paz para vuestro corazón y para mi corazón. Nosotros no somos ladrones ni salteadores, porque hemos entrado per ostium; el que entra por la puerta, es pastor de las ovejas. A éste abre el portero, y las ovejas escuchan su voz, y él llama por su nombre a las ovejas propias y las saca fuera. El Señor, el Buen Pastor, abre su redil, y las ovejas escuchan su voz, y Él las conoce a todas, una por una. ¡Qué vieja parece esta escena!, ¿verdad? Pero no penséis que sea tan antigua que no se repita hoy. Al contrario, sigue cargada de actualidad. Recuerdo que una vez, yendo por una carretera de Castilla, vimos a unos hombres que clavaban en tierra unos palos gruesos, fuertes; después tendían una red –por eso se llama redil- formando un círculo, que dejaban abierto por una parte. Al final, uno comenzó a pronunciar a grandes gritos palabras que guardaban un no sé qué de cariño. Y acudían las ovejas, e iban entrando. Él las llamaba una a una; y decía un piropo a ésta, y acariciaba a otra. Conocía a todas. ¡Qué escena tan actual!

¡Hijos míos!, ¡hijos de mi alma!: no me olvidéis que cada uno de vosotros ha entrado por la puerta, por el amor de Cristo. Sois ovejas del mismo redil y al mismo tiempo, de algún modo, además de ovejas de ese redil, cada uno de vosotros ha de ser también buen pastor de esas ovejas. Y que, si tiene el deber de dejarse conducir y responder por su nombre, tiene también el deber, no menos fuerte, de contribuir a la santidad y a la perseverancia de sus hermanos.

Si alguna vez, yo viese flaquear a uno, y flaquear hasta el extremo de perder su felicidad terrena y quizá la eterna; no excusaría de pecado a los que convivieran con aquel hijo mío, porque no habrían sabido darle los medios para perseverar, medios a los que tenía derecho.

Ninguno de vosotros está solo, ninguno es un verso suelto: somos versos del mismo poema, épico, divino. Y a cada uno de vosotros, como a mí, nos interesa que no se rompa esta unidad, esta armonía, unidos como un gran rebaño, como un gran ejército, oves et milites Christi, camino de la santidad.

Acudir al buen Pastor

Et cum proprias oves emiserit, ante eas vadit, et oves illum sequuntur, quia sciunt vocem eius . El pastor, cuando ha hecho salir a sus ovejas, camina delante de todas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Debemos seguir a los que desempeñan el oficio de buenos pastores. También a cada uno de vosotros os debe escuchar vuestro hermano, cuando ejercitáis la corrección fraterna, a veces con la mirada, a veces con la consideración que el caso exija. En otras ocasiones, podéis acordaros de aquel compelle intrare del Evangelio. Si el Señor quería que obligaran a ir al banquete a personas extrañas, ¡cuánto más querrá que uséis una santa coacción, una bendita coacción, de amor, con los hermanos vuestros, ovejas del mismo rebaño de Jesucristo! Esta hermosísima coacción de caridad, lejos de quitar la libertad a vuestro hermano, le ayuda delicadamente a administrarla bien. No lo olvidéis.

Yo ya no soy joven. No lo digo por darme el gusto de llamarme viejo, sino porque siento el deber de transmitiros esta idea, que parece de poca importancia, y sin embargo tiene mucho relieve. Tomad vuestras notas, y grabad en vuestro corazón lo que os digo. Porque no sólo os habla un sacerdote: es el Fundador, y no hay más que uno. Papas, conoceréis muchos; yo he conocido a varios. Cardenales, a montones. Obispos, más aún… pero Fundador del Opus Dei no hay más que uno, aunque sea de tan poco fundamento como yo: ¡uno sólo! Y Dios os pedirá cuenta si no atendéis mis indicaciones. Por mi boca os habla especialmente Jesucristo, porque yo especialmente en su nombre soy el buen Pastor. E insisto en que cada uno de vosotros es también buen pastor.

Alienum autem non sequuntur, las ovejas no siguen al pastor extraño. Significa que, al apartarse de esta enseñanza de Jesús, comienza la equivocación que lleva al extravío de la paz y de la alegría, y a la posible perdición del alma. Porque a veces, en vez de huir del extraño – alienum autem non sequuntur-, alguno podría alejarse de sus Directores, de sus hermanos; y acudir a un hombre lo suficientemente ignorante o imprudente o poco avisado, capaz de conducirle adelante por el camino de la perdición.

Hijos míos, vosotros debéis formular el propósito firme de no cometer esa equivocación en vuestra vida. El mismo Señor, por medio de San Juan, nos advierte que no hay que buscar consejo fuera, que eso sería como ir voluntariamente al precipicio. ¡Se debe huir del extraño: sed fugiunt ab eo!, ¡debéis escuchar sólo la voz del buen pastor!

¿Sabéis quién es, para mis ovejas, el buen pastor? El que tiene misión otorgada por mí. Y yo la doy ordinariamente a los Directores y a los sacerdotes de la Obra. Gente que no conoce el Opus Dei, no está en condiciones de actuar como pastor de mis ovejas, aunque sean buenos pastores de otras ovejas y aunque sean santos. Para mis hijos, no son el buen pastor del que habla Jesucristo. ¿Está claro? Sed fugiunt ab eo! Seguid el consejo del Maestro: huir. ¿Por qué habríamos de escuchar la voz de quien no conoce el espíritu de nuestra Obra? Hay que oír la voz del buen pastor, de los que han recibido la misión para apacentar las ovejas del Opus Dei. Todos los demás no son pastores con esa misión específica.

El médico que puede curar

Hijos míos, quiero ahora que consideremos lo que está indicado en nuestro Derecho particular. Os he repetido miles de veces que soy muy amigo de la libertad, como también se que mis hijos tienen sentido común. No puedo aceptar que ningún Director local – que ha de intervenir para abrir las puertas del Opus Dei a esas ovejas de Cristo- se muestre tan corto que haya permitido entrar a quienes no discurran como me detendré a explicaros ahora en concreto.

En la Obra, todos debemos acudir al sacramento de la Confesión al menos una vez por semana. Conviene que os confeséis con los sacerdotes que están designados. Podéis hacerlo con cualquier sacerdote que cuente con licencias del Ordinario. De esta manera, yo defiendo la libertad, pero con sentido común. Todos mis hijos gozan de la más absoluta libertad para confesarse con cualquier sacerdote aprobado por el Ordinario, y no se encuentra obligado a decir a los Directores de la Obra que lo ha hecho. ¿Uno que proceda así peca? ¡No! ¿Tiene buen espíritu? ¡No! Se ha puesto en camino de escuchar la voz del mal pastor.

Ciertamente, como la mayor parte de los miembros del Opus Dei viven en sus casas, en los lugares más diversos, no siempre podrán dirigirse a los sacerdotes de la Obra, y algunas veces se confesarán con otros. Cuando así actúen, al abrir su conciencia, se despertará un suavísimo aroma de campo cuajado, bendecido por el Señor, la fragancia de una vida entregada plenamente a Dios y embellecida por la delicadeza de conciencia. Pero si, en algún caso, en su alma no se diera esa situación, conviene que se ponga en manos de su hermano, el buen pastor, aun cuando para eso haya de emplear medios que se salgan de lo corriente.

Si el alma en circunstancias particulares necesita una medicación –por decirlo así- más cuidadosa, esto es, si se requiere el oportuno y rápido consejo, la dirección espiritual más intensa, no debe buscarse fuera de la Obra. Quien se comportara de otro modo, se apartaría voluntariamente del buen camino e iría hacia el abismo; sin duda, habría perdido el buen espíritu.

Decidme: un enfermo que se quiere curar, ¿qué hace? Va a un médico determinado, que le conoce. –Míreme bien, hágame análisis, tómeme la presión, la temperatura… y le reconoce, y le ausculta, y le mira por rayos X, bien examinado. Si el médico trabaja como debe, procurará que el enfermo, por debilidad, por inadvertencia, no deje de contarle alguna cosa que pueda ser de interés. Entonces el enfermo, si no es un loco, se apresurará a decir al médico todos los síntomas, todas las circunstancias, que a él le parece que son manifestaciones de su enfermedad, hasta las más nimias. No se le ocurre ir a un médico cualquiera –y luego a otro, y a un tercero, y a más…- para que le recete una aspirina, sino que corre al médico que le conoce bien.

Vosotros iréis a sacerdotes hermanos vuestros, como voy yo. Y les abriréis el corazón de par en par -¡podrido, si estuviese podrido!-, con sinceridad, con ganas de curaros; si no, esa podredumbre no se curaría nunca. Y del mismo modo se produce en la dirección espiritual personal, con el Director o con quien tenga el encargo de recibir vuestra charla fraterna. Si fuésemos a una persona que sólo puede curarnos superficialmente la herida… es porque seríamos cobardes, porque no nos conduciríamos como buenas ovejas, porque iríamos a ocultar la verdad, en daño de nuestra alma. Y causándonos este mal, buscando un médico de ocasión, sin capacidad de dedicarnos más que unos segundos, que no puede meter el bisturí, y cauterizar la herida, también estaríamos provocando un daño a la Obra. Si tú hicieras esto, tendrías mal espíritu, serías un desgraciado. Por ese acto no pecarías, pero ¡ay de ti!, habrías comenzado a errar, a equivocarte. Habrías empezado a oír la voz del mal pastor, al no querer curarte, al no querer poner los medios.

Estarías, además, perjudicando a los demás. Ese confesor guardará el sigilo sacramental, desde luego: todos los sacerdotes lo cuidan celosamente, siempre. Pero cuando se le presente otra alma a pedirle consejo, y le manifieste que está pensando en solicitar la admisión en el Opus Dei, quizá se lo quitara de la cabeza. Aquel confesor no podrá evitar el pensamiento: ¿ir al sitio donde está aquel miserable, aquel canceroso que no se quería curar?

Tú conoces la doctrina del Cuerpo Místico, de la Comunión de los Santos. Pues estarías haciendo daño a tus hermanos, y a los que están por venir, y a ti mismo, al cuerpo entero de la Obra. Porque además aquel mal pastor no venía a buscarte, habrías sido sólo tú el responsable. Porque ese otro, que no es buen pastor, al no conocer los remedios oportunos, non venit nisi ut furetur et mactet et perdat, no viene sino para robar y matar y causar estrago. Nosotros necesitamos vivir ese espíritu determinado y concreto que el Señor quiere. Nuestro espíritu está muy claro: nuestra ascética, nuestra mística, clarísima. Y, todo lo que sea deformar este espíritu, es robar y matar.

¡Propósitos! ¡Claridad de ideas! Podemos y no podemos. ¿Y peco? No. ¿Y tengo que decirlo a los Directores? No. Pero insisto: ¡ay de ti!, ¡pobre, pobrecito mío! Omnes quotquot venerunt fures sunt et latrones . Los que no son el buen pastor, resultan ladrones y salteadores. Sólo es buen pastor el que, conociendo y viviendo el espíritu que anima tu vida, recibe esa misión de quien puede entregársela: a éste abre el portero, y las ovejas escuchan su voz, y él llama por su nombre a las ovejas propias y las saca fuera. Y, cuando ha hecho salir a sus propias ovejas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz . Por eso, los miembros del Opus Dei, si de verdad quieren ser fieles, no siguen a un extraño, sino que huyen de él, porque no conocen la voz de los extraños .

¿Y no podrían ir otros pastores a buscar a mis ovejas y apacentarlas bien? No. El Señor lo dice terminantemente: qui non intrat per ostium in ovile ovium, sed ascendit aliunde, ille fur est et latro; quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, es un ladrón y salteador. ¿Acaso no podrá acudir alguno de buena voluntad a dar una ayuda, a tomar un hatillo de ovejas y ofrecerles buen pasto, y volverlas al redil? No. ¡No! Y no soy yo quien lo afirma sino el mismo Señor. Los que no tienen misión encomendada por los Directores, no son buenos pastores, aunque hagan milagros. Porque el sacerdote que recibe la confesión no actúa solamente como juez, sino también como maestro, médico, padre: pastor. ¿Cómo podría ejercer bien esas funciones quien ignorase lo que Dios espera de nosotros, según la vocación que nos ha concedido? ¿Cómo, si no posee nuestro espíritu? ¿Cómo, si carece del mandato legítimo, y por tanto de la gracia especial para ejercitar bien su misión?

Ego sum pastor bonus. Bonus pastor animam suma dat pro ovibus suis; Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Hijos míos, no importa que os lo cuente. Ocurrió hace muchos años. Vosotros sabéis que las instituciones promovidas por Dios sufren –sobre todo en los comienzos- la incomprensión, y que el Señor permite tantas contrariedades… A veces son los buenos quienes levantan la persecución. Objetivamente, una labor diabólica; subjetivamente, no la podemos juzgar.

Pues, en un momento duro, muy duro, hace años, el hijo mío que estaba en conocimiento de esas penas, encargó que se colocara en el cuarto de trabajo del Padre, junto a la puerta que se abre a la tribuna del oratorio de la Santísima Trinidad, una lápida de travertino con una reproducción del Buen Pastor que se encuentra en las catacumbas y estos versos de Juan del Enzina: tan buen ganadico, / y más en tal valle, / placer es guardalle. / Y tengo jurado / de nunca dejalle, / mas siempre guardalle. Desde el primer día, desde aquel 2 de octubre de 1928, siento el impulso divino, paterno y materno, hacia vosotros y hacia vuestras vidas. Nada de ninguno de vosotros me es extraño, ni de esos miles de hijas e hijos míos que no conozco.

Hizo muy bien vuestro hermano, en aquellas circunstancias de peligro, del que nos avisó el Cardenal Schuster. El Cardenal de Milán se comportó estupendamente; era un santo, y quizá alguno de vosotros lo veréis en los altares. Fueron a visitarme dos hijos míos, el Director y el sacerdote del Centro de Milán. El Cardenal les preguntó: ¿cómo está el Padre?; ¿conocen si ha encontrado alguna cruz? Le contestaron: pues no sabemos nada de especial, pero si la tiene, vivirá contento, porque siempre nos ha dicho que si encontramos la Cruz, es señal de que nos hallamos cerca de Cristo… El cardenal entonces añadió: comunicadle que esté preparado; que se acuerde de su paisano; San José de Calasanz, y que se mueva.

Efectivamente, vuestro Padre, un pobre hombre, pero que quiere portarse como buen pastor, se fue… Pero, dejemos esto por ahora, y guardad lo que os he referido en vuestro corazón.

Buen pastor. Pero también buenas ovejas. ¿Buenas ovejas? Sí, hijos míos: sí, sí; buenas ovejas. No dudo lo más mínimo de que todos seréis siempre buenas ovejas.

Abrir el alma con sinceridad

La dirección espiritual. En el Catecismo de la Obra habréis estudiado que, en primer término, compete a los Directores locales, laicos, ¡laicos! También imparte la dirección espiritual el sacerdote designado, en el ejercicio de su ministerio. Pero ninguno forma su capillita, su grupito. No se tolera ninguna división, nadie puede sostener: yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo. ¿Acaso Cristo se ha dividido? . Fulanito no es director espiritual, porque en la Obra la dirección espiritual se ejercita sólo in actu; en otras palabras, el Director laico, cuando recibe la charla fraterna o van a consultarle algo; y el sacerdote cuando confiesa.

También vosotros, cada uno de vosotros, con la corrección fraterna, asume el deber de una dirección espiritual prudente, pero heroica, con los otros hermanos que se encuentran cerca de él. Todos sois el buen pastor. Todos, por el hecho de estar en el Opus Dei, realizamos esta misión, que significa el deber y el derecho sacrosanto de ayudar a santificarse a los demás.

Ego sum pastor bonus. Bonus pastor animam suma dat pro ovibus suis; Yo soy el buen pastor. El buen pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Hace todos los sacrificios. Y vosotros debéis estar dispuestos a afrontarlos todos también. Y el primero resulta bien claro: no ejercitar aquel derecho –porque lo poseemos- si lo podemos evitar, y lo podemos evitar siempre o casi siempre. Propósito firme: el primer sacrificio consiste en no olvidar, en la vida, lo que expresan en Castilla de modo muy gráfico: que la ropa sucia se lava en casa. La primera manifestación de que os dais, es no tener la cobardía de ir a lavar fuera de la Obra la ropa sucia. Si de veras queréis ser santos; si no, estáis de más.

Cuando me noto enfermo… Ya sabéis que a temporadas lo he estado; y en el año actual habéis visto que apenas he podido bajar a veros. Hoy, en cuanto ha sabido que hacíais el retiro, he llamado el Rector, porque tenía ganas, verdaderos deseos de pasar un rato con vosotros… Pues os decía que, cuando me encuentro más enfermo, acudo con mayor frecuencia al médico; y le dejo que me examine, que palpe donde quiera, y contesto a todas sus preguntas. Si no, me comportaría como un loco. Pues llevad este comportamiento a la vida espiritual.

El buen pastor da la vida por sus ovejas. Pero el mercenario y el que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, viendo venir al lobo desampara las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa el rebaño. El mercenario huye, porque es asalariado y no tiene interés alguno en las ovejas. Ahí tenéis el relato exacto de cómo se comporta el hombre que no ha recibido la misión de apacentar la grey. Si es buen sacerdote, hace lo justo, da unos consejitos genéricos: procure usted mejorar, rece un avemaría… ¡Qué misión de doctor, de médico, de padre, ni de juez! Y ahí descubrís, también, el fin desgraciado del que imprudentemente busca el consejo de un pastor extraño.

Hijos míos, ¡abrid el alma! Vuestros primeros hermanos os han dejado un ejemplo colosal. Yo no los quería confesar. Ahora me confieso con un hermano vuestro, y cuando me levanto, se arrodilla él para que lo confiese yo. Llevamos ya muchos años así. Pero, al comienzo, yo no confesaba de ordinario a ninguno de mis hijos, porque no juzgaba lógico quedarme con las manos atadas por el sigilo sacramental. Ellos, voluntariamente, me lo contaban todo, ¡todo!, fuera de la Confesión. De esta manera la dirección espiritual iba adelante espléndidamente y las almas se santificaban.

Me preocupa la formación de la gente joven; siento el miedo de que se vuelvan un poco señoritos. En aquellos primeros tiempos vivíamos con una carencia de todo o de casi todo; maltratados, calumniados… Y siempre alegres, siempre sonrientes, siempre eficaces. Vuestros hermanos tenían que ir a la universidad, y dar clases, y trabajar, para ganarse la vida. Yo estoy contento de vosotros, hijos míos: sé que sois estudiosos y alegres. Pero rezad para que acertemos, de modo que todos mis hijos, desde jóvenes, se mantengan de lo que ganen y sepan lo que cuesta el dinero. Así no habrá ningún señoritismo.

Vuestros hermanos, os decía, me abrían el alma fuera de la Confesión, con sencillez y sinceridad total, como siguen haciendo ahora todos en la conversación fraterna con el Director. Hijos míos, que no os acobardéis porque tengáis en el corazón el fommes peccati. No os asustéis de nada. ¡Fieles de verdad! ¡Sinceros! ¡Sinceros! Actuemos con el sentido común y el espíritu sobrenatural de saber que si el Padre, por ser padre y por ser madre, deja las cosas muy anchas, vosotros, por ser ovejas firmes, seguras, para permitir trabajar al buen pastor, os decidiréis con buen sentido a no usar de ciertos derechos, para conseguir, en cambio, una mayor eficacia en la labor de vuestra santificación y de la santificación de toda la Obra, de la santificación de vuestros hermanos y de tantas almas, y de la Iglesia.

Santa María, Refugio de los pecadores y Madre nuestra, presenta estos propósitos ante el trono de Dios, y vuélvelos eficaces con tu intercesión poderosa.

———–

Jn 10, 1.

Ibid., 2-3.

Ibid., 4.

Lc 14, 23.

Jn 10, 5.

Ibid.

Ibid.

Gn 27, 27.

Jn 10, 10.

Ibid., 8.

Ibid., 3-4.

Ibid., 5.

Ibid., 1.

Ibid., 11.

1 Cor 1, 12-13.

Jn 10, 11.

Ibid., 11-13.

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