Los Derechos Humanos Fundamentales en el Opus Dei

Iván de ExOpus

NOTA PREVÍA: A lo largo de este escrito aparece en diversas ocasiones el verbo “pitar”. En el lenguaje interno de la Obra tal palabra significa el momento en el que se escribe una carta para pedir la admisión al Opus Dei.

ÍNDICE

0 - Prólogo.

1- Derecho a no ser coaccionado bajo la falsa excusa de que es Dios quien les autoriza y les pide hacerlo.

2- Derecho a la libre información y a la intimidad personal.

3- Derecho al pensamiento libre.

4- Derecho a la conducta libre.

5- En lo económico te fuerzan a un estado de indigencia total.

6- Derecho a los sentimientos libres.

7- Derecho a una madurez humana y psicológica equilibrada.

8- Derecho a tener amigos dentro de la Obra y a continuar la amistad con los que lo eran antes de incorporarse a ella.

9- Derecho a elegir la vocación al Opus Dei.

10- Derecho a elegir salirte de la Obra.

11- Derecho al diálogo sobre la Obra.

12- Indefensión jurídica.

13- Respeto hacia los niños y adolescentes.

14- Derecho a que se preserve tu intimidad.

15- Derecho a opinar sobre los errores del Opus Dei.

16- Derecho a elegir al director espiritual y al confesor habitual.

17- Derecho a adquirir derechos.

18- Epílogo.

—oOo—

0 – Prólogo

Respondo a quienes intentan demostrar la bondad del Opus Dei porque ellos son muy felices dentro:

Me alegro mucho por vosotros de que hayáis llevado una vida tan feliz en el Opus Dei, pero desgraciadamente esto vale de muy poco para saber lo que en realidad es la Obra, ya que ser muy feliz en un grupo no sirve como criterio de bondad para ninguna institución puesto que miembros felices los hay hasta en la sociedades más depravadas. ¿O acaso creéis que entre los asesinos de los campos de exterminio no hubo algunos que fueron muy dichosos por formar parte de esa institución? Seguro que los hubo.

Una sociedad no es buena porque algunos (o muchos o casi la totalidad) de sus miembros estén contentos en ella; a una sociedad se la puede empezar a considerar como buena cuando institucionalmente respeta todos los Derechos Humanos Fundamentales.

Lo que escribo a continuación no lo hablo por otros, ni por lo que he oído o leído, sino que es fruto de mi propia experiencia durante casi 35 años dentro de la Obra.

Para empezar, en la Obra hay dos verdades, una para utilizar con los miembros y otra para los de fuera; una que justifica algo para que parezca santo y otra que es muy opuesta.

Un ejemplo. Cuando yo pité me dijeron que las sucesivas incorporaciones al Opus Dei (las jurídicas) eran obligaciones administrativas que la Iglesia exigía y a las que a la fuerza había que someterse, pero que desde el momento en que se pitaba se era ya del Opus Dei y para todos los efectos. Al rato, el director con el que acababa de escribir la carta de admisión me dice que por un tiempo no les cuente a mis padres que soy de la Obra y que si ellos me lo preguntan les diga que no lo soy; al ver mi cara de extrañeza me añade que contándoles eso no les mentía, porque en realidad yo no era de Opus Dei hasta que la Iglesia no lo reconociera oficialmente (incorporación jurídica). Entonces, ¿era o no era de la Obra? Pues para quienes a ellos les convenía sí, y para quien les estorbaba no.

En la Web oficial del Opus Dei se dice que todos los fieles de la prelatura son en igual grado miembros de una misma porción del Pueblo de Dios; y la Iglesia lo niega al afirmar que la prelatura personal consta de presbíteros y diáconos del clero secular, en la que los laicos pueden dedicarse a las obras apostólicas de la prelatura personal a modo de cooperación orgánica sin modificar su propia condición personal, teológica o canónica, de comunes fieles laicos.

Sin este engaño los numerarios, agregados y supernumerarios se darían cuenta de que “la excelsa vocación al Opus Dei” que proclamaba su Fundador no se distingue de la vocación del seglar que coopera con los sacerdotes de su parroquia impartiendo catequesis o pasando el cepillo de las limosnas en la misa del domingo. Y claro, entonces les sería muy fácil irse.

Otro tema. Utilizan lo que llaman la “corrección fraterna” como medio muy eficaz para mantener el dominio sobre sus miembros. La fundamentan, como verdad externa, en la frase de Jesús según la cual si ves un pecado en tu hermano debes corregirle. Ese medio es en apariencia una buena práctica, pero veamos como se utiliza, para conocer otra realidad oculta.

Una vez vista una falta en otro miembro, algo que te parece no estar de acuerdo con el espíritu de la Obra, has de contárselo a su director quien tiene la última palabra para que le corrijas o no. Es decir:

1 – Casi nunca corriges pecados normales (los que todo el mundo entiende por pecado) sino que se utiliza sobre todo para aquello que no es afín al espíritu de la Obra (que previamente te han mentalizado cual es).

2 – Bajo la verdad externa de que se consulta al director de la otra persona, para que sea él quien juzgue la procedencia de esa corrección, subyace otra realidad que es que así los directores siempre pueden mantener un control de la conducta de sus dirigidos al estar permanentemente informados sobre lo que hacen y dicen que pueda ser disonante con la Obra. Con la corrección fraterna los ojos de todos los miembros de la Prelatura se convierten en los de tu director inmediato, quien a su vez, si procede, informa al director superior (por lo que de una falta que cometas hoy, el Prelado puede tener mañana un informe sobre la mesa de su despacho).

Voy a poner un par de ejemplos de correcciones fraternas tomadas de mi propia vida.

En una ocasión comenté ante varios que me gustaba mucho el libro “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach. Un par de horas más tarde me hicieron una triple corrección fraterna. Porque no había mirado ese título en el índice interno de libros que la Obra lleva, puesto que allí se indica que no se puede leer. En segundo lugar, por haberlo leído sin las prevenciones oportunas de conocer antes si podía hacerlo, lo que podría haber perjudicado a mi alma. Por último, por escándalo a los demás, por la publicidad dañina que hice de él ante quienes no deben leerlo y a los que mis palabras les podrían llevar a pensar que era bueno, dando ellos por supuesto que yo lo había comprobado previamente (en ese índice).

Otro caso. Los agregados teníamos una meditación un día fijo a la semana, seguida de una tertulia durante la cual el sacerdote (el designado para nosotros) nos iba confesando sucesivamente (íbamos a él según el orden de colocación en la tertulia). Pues bien, en una ocasión no me confesé allí en dos semanas consecutivas. Nada más terminar la tertulia del segundo día, me vino uno para hacerme la corrección fraterna de que había que confesarse semanalmente con el sacerdote establecido y que si en alguna ocasión, por motivos de fuerza mayor, lo hacía en otro lugar, que después de la meditación, cuando me llegara el turno, me pasara a saludar al sacerdote (aunque no me confesara) para así no causar escándalo en el resto, que se daban cuenta de que yo no me había confesado.

La gente entra en la Obra sin saber los términos específicos de su entrega; después, poco a poco, se les crea una tupida red de miedos, culpas, fobias y temores (sobre todo a perder la felicidad temporal y eterna si dejas el Opus Dei) lo que permite enajenarles con facilidad de muchos derechos fundamentales. Por ese medio, a grandes rasgos, a los miembros del Opus Dei (en especial los numerarios y agregados) se les expolian los siguientes derechos:

1 – Derecho a no ser coaccionado bajo la falsa excusa de que es Dios quien les autoriza y les pide hacerlo.

No sé por qué se empeñan tanto los de la Obra en intentar convencernos de que allí se ama la libertad, de que el Opus Dei no emplea la coacción; ya que aparte de ser evidente para quienes nos hemos acercado a él, el propio fundador indica explícitamente lo que sigue:

El plano de santidad que nos pide el Señor, está determinado por estos tres puntos: La santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza (Camino, punto 387, Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei).

Si, por salvar una vida terrena, con aplauso de todos, empleamos la fuerza para evitar que un hombre se suicide…, ¿no vamos a poder emplear la misma coacción –la santa coacción– para salvar la Vida (con mayúscula) de muchos que se obstinan en suicidar idiotamente su alma? (Ibíd. 399).

Lo que de manera oficial e institucional significa que los del Opus Dei juzgan lo que más le conviene al prójimo, y sin su permiso se lo imponen.

Este es el factor más importante y dañino de todos, ya que la libertad santifica cualquier tipo de vida que no perjudique a terceros. Por ejemplo, pasar hambre porque libremente se quiere adelgazar no sólo es digno sino muy frecuente, mas es un delito cuando quien nos impide comer es alguien ajeno a nosotros.

La coacción, además de ser inhumana, destruye el fundamento de cualquier religión. Así vemos que el cristianismo explica como al principio Dios creó a la primera pareja humana inocente y la destinó a vivir en el Paraíso. El Demonio les tienta a desobedecer al Creador, sucumben a la prueba y libremente cometen su primer pecado cuyas consecuencias, tanto para ellos como para su descendencia, son la pérdida de la unidad con Dios y el castigo de una vida llena de penalidades.

Cabe preguntarse: ¿Por qué no intervino Dios e impidió que se cometiera ese pecado? La respuesta unánime de los teólogos es que eso no fue así porque lo que Dios más ama del hombre es su libertad. Si hubiera intervenido en aquella elección de Adán y Eva habría sido con coacción, y Dios abomina de tal manera violentar la libertad que prefirió la perdición de los hombres antes que salvarlos a la fuerza.

Pero Dios ama tanto al hombre —sigo hablando según la doctrina oficial de la religión católica— que para deshacer ese desaguisado y recuperar la intimidad con él, decide redimirle. Para lograrlo la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se encarna en Jesús de Nazaret, toma sobre sí todos los pecados de los hombres y paga por ellos con su vida, pasión y muerte.

La complicación y molestia de la Redención se podrían haber evitado con algo tan simple como es que Dios hubiera forzado «un poco» la libertad humana para que le eligieran a Él en vez de aquello que Satanás les proponía. Mas prefirió hacerse hombre y padecer lo indecible antes que tener que violentar un ápice la libre elección de los humanos.

Como consecuencia de lo visto, la doctrina católica nos dice que no puede ser cristiano un grupo que emplea institucionalmente la coacción como medio de “santificarse”, tal y como hace el Opus Dei.

La forma más habitual que emplean para coaccionar es a través del acoso.

Según el diccionario de la RAE, acoso es la acción y efecto de «perseguir, apremiar, importunar a alguien con molestias o requerimientos». El acoso busca quebrar la voluntad del perseguido para esclavizarle a lo que el acosador quiere. El acoso laboral, sexual o de cualquier otro tipo siempre es inmoral, inhumano, anticristiano y punible. En la Obra se enmascara el acoso al que someten a las personas haciéndonos creer que es por su bien, porque Dios desea que hagan aquello por lo que les acosan. Pero es que el fin no justifica los medios. El acoso siempre es perverso y no se puede ejercer nunca, tanto si es para obtener un favor sexual, como para echarte del trabajo, como para que vayas a un curso de retiro o a una meditación o a confesarte. En la Obra siempre te «perseguirán, apremiarán, importunarán con molestias o requerimientos» para que en nombre de Dios hagas algo que ellos presuponen que Él quiere de ti. ¡Estate alerta y no cedas! En cuando percibas que te dan la lata sobre lo que ellos desean (ir a charlas, confesarte con sus sacerdotes, rezar…, ser del Opus Dei) y que tú no quieres, o que no te apetece, o que lo cambiarías por otro plan (como ir al cine, pasear con un amigo, ver la televisión, etc.), algo que los de la Obra te dicen que es frívolo comparado con lo sobrenatural que es aquello con lo que te acosan; pues entonces, en cuanto lo descubras, reacciona inmediatamente haciendo justo lo contrario de lo que te piden, y a la vez déjales claro que en adelante no conseguirán nada de ti por ese camino. Y si continúan insistiendo y forzándote con su pesadez para que te metas en su molde, en tal caso corta toda relación con ellos el tiempo necesario hasta que aprendan que tú no te sometes a su acoso. Esta resistencia si que es grata a Dios, pues salvaguarda de manipulaciones ajenas el don más amado por Él: tu libertad. (Tomado de «A Los Fascinados Por El Opus Dei», Iván).

El segundo tipo de coacción que emplean es el que podríamos llamar “la santa extorsión”, por la cual te hacen creer y sentir que si les dejas serás un infeliz en esta vida y en la otra.

2 – Derecho a la libre información y a la intimidad personal.

Diciéndoles lo que pueden leer o no, los programas de televisión que pueden ver; les leen la correspondencia que reciben y envían, etc.

Si un fiel de la Prelatura leyera publicaciones erróneas o confusas sin haber pedido consejo y orientación a los Directores, fácilmente se expondría a un grave peligro para su alma. Por eso, si alguien lo hiciera de modo habitual, habría que informar inmediatamente a la Comisión Regional, pues desatender la disposición de pedir consejo sería motivo para que una persona no fuese admitida en la Obra, o en su caso para aconsejarle que pida la salida. (Vademécum del gobierno local)

3 – Derecho al pensamiento libre.

Impiden cualquier opinión sobre la Obra, sobre sus directores (por ejemplo, es algo grave y que atenta contra la unidad del Opus Dei comentarle a otro que te agradaba más el director anterior que el actual), sobre lo que mandan, etc.

También obligan a no tener la mínima duda sobre la vocación: “De la vocación no se puede dudar, es intocable“, te repiten desde que pitas.

Al considerar como falta grave dialogar con pensamientos o juicios que te puedan apartar del Opus Dei o que te hagan dudar de la vocación, te están anulando la posibilidad de dejarles (lo que no se puede pensar no se puede hacer).

Además te mentalizan de que si te vas de la Obra serás un desgraciado (inducen a pensar y sentir que incluso te condenarás en el Infierno); lo que a su vez genera miedos, culpas, fobias y temores que impiden hasta que te plantes dejarles.

Como ejemplos aquí van unas frases lapidarias del fundador del Opus Dei:

—Dejar la Obra es condenarse a la infelicidad temporal y eterna.

—No doy ni cinco céntimos por el alma de quien haya dejado el Opus Dei.

—Prefiero que me digan de un hijo mío que ha muerto antes que ha perdido su vocación [al Opus Dei].

—Rezad para que Dios os permita morir antes que dejar la Obra.

—Si alguno de mis hijos nos abandona, que sepa que nos traiciona a todos: a Jesucristo, a la Iglesia, a sus hermanos de la Obra y a todas las almas.

—No encontraréis la felicidad fuera de vuestro camino, hijos. Si alguien se descaminara, le quedaría un remordimiento tremendo: sería un desgraciado. Hasta esas cosas que dan a la gente una relativa felicidad, en una persona que abandona su vocación se hacen amargas como la hiel, agrias como el vinagre, repugnantes como el rejalgar. (De nuestro Padre: Meditaciones, tomo III, p. 389).

4 – Derecho a la conducta libre.

Controlando amistades, esparcimiento, adónde puedes ir o no; impidiendo asistir a espectáculos públicos; exigiendo confesarse semanalmente (con o sin pecados) con el sacerdote del centro, imponiendo el director espiritual (que es un laico independiente del confesor), obligando a que esa dirección espiritual sea cada semana (porque te buscan, persiguen y fuerzan a tenerla si tú no vas dócilmente a ella), imponiendo que le cuentes todo a ese laico, todo, todo, y en especial y en primer lugar lo que te molestaría contar (aunque ello sea algo tan tonto como que has deseado entrar en un cine para ver Heidi), etc.

5 – En lo económico te fuerzan a un estado de indigencia total.

Has de ingresar todo el dinero recibido por tu trabajo profesional, has de testar a favor de la Obra, debes consultar todos los gastos que piensas hacer y no puedes realizarlos si no te lo permiten.

En vez de agradecerte el dinero que das al Opus Dei, te dicen que el sueldo que cobras, desde antes de recibirlo, ya no es tuyo sino de la Obra, quien como “buena madre” vela por ti y te da lo que necesitas para subsistir (que ella previamente ha aprobado).

Has de apuntar todos los gastos que realizas, hasta el más mínimo, y entregárselos al director en los cinco primeros días de cada mes. Con cualquier bien mueble (ej., el coche) o inmueble que ha de figurar a tu nombre has de firmar un contrato de venta en blanco (sin datos del comprador ni fecha de venta) para que en cualquier momento ellos puedan rellenar esos datos y cambiarlo de dueño (lo hacen así para no cargar fiscalmente a la Obra, porque si no directamente te quitarían su propiedad). ¡Buen truco para que ante los de fuera parezca que tienes algo!

Y cuando dejas la Obra (voluntariamente o porque te echan ellos) te vas sin nada.

6 – Derecho a los sentimientos libres.

Sólo puedes poner el corazón en la Obra y en lo que a ella le conviene. Por ejemplo, has de amar al Prelado (al que te hacen llamar Padre, lo que sustituye en ti tanto al que te dio la vida como a Dios), a quien nunca has tratado, con el mismo cariño humano que sientes por tu propio padre o madre, etc.

No permiten que los numerarios tengan expuestas en sus habitaciones fotografías de sus padres, hermanos u otros familiares (sólo se pueden tener la del Fundador y la de sus padres y hermana).

A los numerarios y agregados no les dejan asistir a las celebraciones de sus familiares (cumpleaños, aniversarios, bautizos, bodas, fiestas de navidad, etc.), y si por excepción los directores juzgan conveniente que asistan a uno de ellos tan sólo lo hacen a la celebración religiosa, nunca al convite posterior.

7 – Derecho a una madurez humana y psicológica equilibrada.

En el trato personal con el resto de los miembros has de evitar las fricciones, siempre has de sonreír, has de mantener una máscara de felicidad permanente. Si algo te molesta de otro has de hablarlo con el director y si procede recurrir a la corrección fraterna, nunca al planteamiento personal directo. Eso te lleva a vivir una intimidad de “invernadero”, ficticia, que notas muy claramente cuando sales de la Obra y has de crear una relación de pareja, en la que te sientes como un extraterrestre.

La praxis del Opus Dei mina la autoestima. Por una parte, la neurosis institucional que se vive por la perfección en las cosas pequeñas lleva a que sólo te aprecien aquello que realizas sin la mínima falta. En una escala de cero a diez, en la Obra los números hasta el nueve son igual de imperfectos, sólo te valoran el diez, y te lo exigen aunque no puedas darlo. Y por otra siempre te exigen por encima de tus posibilidades, según enseñó su Fundador: “El que pueda hacer como diez, tiene que hacer como quince.” (De nuestro Padre, n. 228). Por eso, al que pueda hacer como cinco, hay que pedirle como ocho: si no, se pierden (Instrucción para los directores, 84). Cito un ejemplo de la forma de vivirlo contada por Miguel Fisac, uno de los primeros de la Obra, al recordar como a las chicas les obligaba a hacer una tortilla francesa una y otra y otra vez, porque decía que no estaban en su punto.

Una exigencia siempre por encima de tus posibilidades, unida a la sola valoración de lo perfecto, te lleva a sentirte constantemente frustrado por considerar que solamente en raras ocasiones te encuentras a la altura del listón al que los directores te dicen que deberías estar. Y eso implica tener una autoestima pésima.

A lo anterior se une el que dependes de ellos hasta en lo más mínimo. Has de comprar ropa acompañado de otro. Todos los gastos te los han de aprobar antes de recibir el dinero. Has de consultarlo todo (te dicen que el director tiene gracia de estado por lo que tú nunca te equivocas obedeciendo) lo que te hace ser un dependiente psicológico. En la obra te permiten desarrollar facetas intelectuales (que no choquen con ellos) pero no los sentimientos y la independencia psicológica.

8 – Derecho a tener amigos dentro de la Obra y a continuar la amistad con los que lo eran antes de incorporarse a ella.

En el Opus Dei está establecido institucionalmente que no han de existir amistades particulares. Lo que ellos llaman amistad particular es lo que todo el mundo entiende como amistad a secas. No puedes tener un amigo de la Obra en quien confiar lo que tú desees y pensar que después te guardara el secreto, puesto que lo impide la corrección fraterna de la que hablé antes. Cualquier cosa que cuentes a otro puede acabar en el director, y si es algo sobre discrepancias con la institución (aún mínimas) o dudas de vocación, seguro que acaba siendo escuchado por el director.

Cuando un amigo tuyo pita has de dejar de ser amigo de él. Como suena: por decreto tenéis que dejar de ser amigos porque no puede haber amistades en la Obra ya que hay que emplear esas energías en buscar otros amigos para acercarlos a ella. Para facilitarlo os separan cuanto antes, trasladando a uno de los dos a otro centro. A ese expolio de la amistad ellos lo llaman entregar los amigos a Dios, pero en realidad lo que busca es que su poder de manipulación no se diluya. Al no poder comunicar con nadie de dentro tus inquietudes (y menos con los de fuera), siempre estarás al arbitrio de lo que los directores te digan. Las cosas íntimas se consultan sólo con el director, te dicen, y de esa manera se aseguran que recibas sólo las campanadas que ellos tañen. (Por lo mismo, tampoco pueden estar en el mismo centro dos hermanos de sangre, si ambos son de la Obra.)

La amistad en el Opus Dei es sólo un instrumento para captar a la gente. Nunca para el enriquecimiento personal de sus miembros. Por eso los que pensabas que eran tus amigos, en cuanto te vas de la Obra te ignoran: porque en realidad nunca han sido amigos.

Si eres de la Obra y quieres mantener un amigo, has de evitar que pite.

9 – Derecho a elegir la vocación al Opus Dei.

Tú no eliges a la Obra, es ella quien te elige a ti. Te acercas a la Obra en busca de espiritualidad y por el buen ambiente humano que allí se respira y cuando menos te lo esperas aparece el numerario de quien eres amigo y que te llevó allí, el director, el cura y quien imparte los círculos (un medio de formación) y todos a una te plantean que tienes una vocación que tú no acabas de ver claramente y, tras acoso que va y acoso que viene, terminas pitando, más que nada para descansar de esa presión psicológica.

Es imposible que una persona elija su vocación a la Obra porque ellos no la muestran en sus detalles importantes; a ti tan sólo te cuentan que por Dios has de entregarlo todo al Opus Dei, lo que se irá materializando como ellos te dirán después (pero nunca piensas que en ese “todo” que das se incluyen derechos inviolables). Por lo tanto, si tú no puedes saberlo, han de ser ellos quienes vean si les sirves o no, y en caso afirmativo quienes te empujen adentro.

10 – Derecho a elegir salirte de la Obra.

En realidad, la expoliación de todos los derechos enumerados en los otros apartados buscan este fin. Lo único que a la Obra le importa es llenarse de gente que les sea útil y que les duren hasta la muerte. Para conseguirlo hacen lo que haga falta, incluyendo que el fin justifique los medios.

11 – Derecho al diálogo sobre la Obra.

Parece como si para ellos el Opus Dei además de traducirse como “La Obra de Dios” también significara “La Obra es Dios”, puesto que dialogar lo entienden como dar las vueltas que haga falta y durante el tiempo que sea preciso hasta lograr que el otro termine aceptando totalmente lo dicho por ella, sin que ellos cedan un ápice ni reconozcan un error.

12 – Indefensión jurídica.

El sujeto siempre se relaciona con la institución por escrito, pero ella siempre lo hace de forma verbal.

Por ello, el laico carece de todos y cada uno de los documentos acreditativos a los que tiene derecho y que van desde la concesión de las sucesivas incorporaciones al Opus Dei, como al de su salida (en el caso de que se vayan), pasando por cualquier tipo de certificados sobre las actividades realizadas dentro.

13 – Respeto hacia los niños y adolescentes.

Aplican esta violencia espiritual y psicológica en jóvenes que por su inmadurez están incapacitados para discernir y reaccionar. A partir de los 14 años y medio pueden pedirles la incorporación al Opus Dei como Aspirantes, pero en la Obra son tratados como pertenecientes a ella, sobre todo en lo que respecta a la mentalización que les aplican.

14 –Derecho a que se preserve tu intimidad.

En lo que le cuentas al director espiritual, y que hacen participes a terceros de los defectos que ven en ti (cuando informan al director para hacerte una corrección fraterna o cuando envían informes de tu vida interior a los superiores).

15 – Derecho a opinar sobre los errores del Opus Dei.

Poder hacerlo con libertad sin que tengas que ver en ello una falta gravísima contra la unidad de la Obra.

16 –Derecho a elegir al director espiritual y al confesor habitual.

Ambos son impuestos por los directores.

17 – Derecho a adquirir derechos.

Los derechos adquiridos por sus miembros a través de la Prelatura sólo existen mientras benefician al Opus Dei (directamente y exclusivamente) y les son enajenados en cuanto no es así: no te dan certificados del tiempo que estuviste en el Opus Dei, ni de las labores que realizaste, ni habitualmente facilitan los títulos civiles de los estudios eclesiásticos que cursaste dentro de la Obra, etc.

18 – Epílogo

Termino aclarando que todo lo tratado aquí puede ser difícil de digerir. No debemos olvidar que las técnicas empleadas por las sectas destructivas han salido a la luz por primera vez en el último cuarto del siglo XX, que todavía han sido poco divulgadas, y que son costosas de entender para quienes no las han sufrido.

Algunos eclesiásticos sostienen que en el seno de la Iglesia Católica no pueden existir sectas de tipo destructivo.

Tan sólo puedo contar mi experiencia al leer “Cómo combatir las técnicas de control mental de las sectas”, de Steven Hassan, ya que, a pesar de que en este libro no se habla nunca de la Obra, siempre tendré una deuda de gratitud con él, puesto que gracias a sus palabras se me abrieron los ojos para ver las fuerzas que mueven al Opus Dei desde la sombra; y en él también encontré el porqué me fue imposible descubrirlas durante más de 30 años.

Tras acabar su lectura me fue insostenible continuar en el Opus Dei, y me fui.

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