«Camino»: La Anulación Del Discernimiento

«CAMINO»: LA ANULACIÓN DEL DISCERNIMIENTO

J. M. Castillo

Concilium, 139 (nov. 1978)

La Imitación de Cristo, escrita al parecer por Tomás de Kempis1, ha sido el libro más leído, después de la Biblia, en los últimos cinco siglos. De él se conservan 700 manuscritos y 89 impresiones incu­nables. Desde la primera edición, en 1470, se ha traducido a 95 len­guas y en nuestros días ha alcanzado más de 3.000 ediciones2.

Camino es la obra más importante de monseñor Escrivá de Bala­guer, fundador del Opus Dei. La primera edición de este libro se publicó en 1934, con el título de Consideraciones espirituales. El autor completó su obra en los años de la guerra civil española pre­cisamente en Burgos, capital entonces de la España del general Fran­co. Hasta abril de 1977 este libro se había editado 138 veces en 34 idiomas, con un total de 2.637.075 de ejemplares.

La Imitación de Cristo y Camino son dos libros muy distintos por su origen, su calidad y su contenido. Pero ambos tienen una cosa en común: se trata de dos escritos que han ejercido un influjo importante en el pueblo cristiano. Desde este punto de vista pueden ser considerados como dos obras «típicas». Y, por consiguiente, co­mo dos paradigmas de espiritualidad, extremadamente útiles para poder apreciar el papel que el discernimiento cristiano ha tenido en la vida de muchos cristianos.

El discernimiento no es una cuestión secundaria en el conjunto de la vida cristiana. Por el contrario, según el Nuevo Testamento, el discernimiento es el criterio que nos da la medida del espíritu cristiano. Quiero decir: el espíritu auténticamente cristiano que se contiene en un determinado programa de espiritualidad se determi­na por lo que ese programa nos dice acerca del discernimiento. Por consiguiente, si un libro, que pretende ser un programa de vida es­piritual, no dice nada acerca del discernimiento cristiano, con toda seguridad se puede afirmar que ese libro tiene sólo un barniz super­ficial de espíritu evangélico e incluso se puede asegurar que ese li­bro, en su raíz más honda, no es cristiano.

En efecto, el discernimiento es la expresión del culto auténtico de los cristianos (Rom. 12,1-2), la puesta en práctica de su caminar por la vida como «hijos de la luz», en contraposición a los «hijos de las tinieblas» (Ef. 5,8-10), el mecanismo que, mediante el amor, les puede llevar a descubrir cuál es la voluntad de Dios (Flp. 1,9-10), la solución ante el engaño y frente a las posibles desviaciones que podemos sufrir en nuestro itinerario cristiano (1 Jn. 4,1; cf. Flp. 1,10-11), la realización cabal de nuestra madurez en la vida cristia­na (Heb 5,14). El creyente, por tanto, encuentra lo que Dios quiere, en cada situación y en cada circunstancia, mediante el discernimiento cristiano3.

Este discernimiento no consiste en la aplicación de la ley a los casos particulares. Tampoco consiste en el sometimiento incondi­cional de la propia conciencia a los dictámenes de otro hombre, el director espiritual. El Nuevo Testamento no dice nada en ese senti­do. El discernimiento consiste en una experiencia estrictamente per­sonal, la experiencia del amor cristiano. Este amor, que invade la vida afectiva del creyente, hace brotar en el hombre una sensibili­dad y un conocimiento penetrante (Flp. 1,9-10) que descubre con una cierta connaturalidad y espontaneidad, lo que agrada al Señor.

Este descubrimiento se hace en función de unos valores. La esca­la de valores que se opone al «mundo», es decir, al «orden presente» y al sistema establecido sobre «lo fuerte» (1 Cor 1,28), el prestigio y el influjo, el poder y la dominación. La voluntad de Dios solamente puede ser descubierta desde la «nueva mentalidad» (Rom. 12,2), es decir, desde la escala de valores que pone por encima de todo a «lo débil», lo pobre y despreciado, lo plebeyo y lo que no cuenta (1 Cor. 1,26-29), lo contrario a «los jefes del mundo que crucifica­ron al Señor» (1 Cor. 2,6-8).

Una espiritualidad es cristiana en la medida, y sólo en la medida, en que capacita al hombre para descubrir por sí mismo, mediante el discernimiento, cuál es la voluntad de Dios. Y con tal que eso se haga a partir de la «nueva mentalidad», que no es la mentalidad de la eficacia, ni siquiera la mentalidad del apostolado, sino la des­concertante mentalidad de los que «siguen» a Jesús, en el servicio a lo débil, lo pobre y despreciado, hasta la cruz…

Como es sabido, el Opus Dei ha sido en los últimos treinta años una institución discutida, admirada por unos y atacada por otros. Pero hay algo indiscutible: el Opus Dei ha sido capaz de formar a sus miembros de tal manera que son personas generosamente entre­gadas y disciplinadas incondicionalmente en sus compromisos reli­giosos y en su apostolado. He ahí, según parece, el secreto de los éxitos que la Obra de monseñor Escrivá viene cosechando desde su fundación.

Camino, el libro más importante del «Padre» (así se designa en el Opus Dei a monseñor Escrivá), describe admirablemente el espí­ritu y la mística que inspira a los miembros de esta institución tan singular. En este espíritu y en esta mística se insiste abundantemen­te en el amor a Jesucristo, en la necesidad de la vida interior, en la generosidad y en la entrega para el apostolado y en otras virtudes como la pureza, la caridad, la humildad y la mortificación. En todo eso monseñor Escrivá no es original. Su espiritualidad es la espiri­tualidad de siempre, la que siempre han enseñado, poco más o me­nos, los autores que han escrito sobre piedad, devoción y vida espi­ritual.

Pero hay algo muy especial en el espíritu de los miembros del Opus Dei: una entrega incondicional, que no admite dudas ni sos­pechas, que no tolera la más mínima crítica y que hace de todos los hombres y mujeres que pertenecen a la «Obra» un cuerpo per­fectamente disciplinado. Recientemente, una autora que ha pertene­cido muchos años al Opus y ha ocupado cargos importantes en la institución ha escrito a este respecto: «Por el hecho de ser de la Obra, siempre estará uno en lo cierto, se dará la doctrina segura a esos pobres equivocados, deformados, ignorantes e ingenuos; porque nada más llegar, uno está ya avalado, apoyado y garantizado por los di­rectores, personas especialmente selectas (así debe concebirse) que poseen, por estar unidas al Padre, el don de lo inerrable. Porque el Padre no se equivoca nunca, y en la Obra todo pasa por el Padre: Habéis de pasarlo todo por mi cabeza y por mi corazón, dijo repeti­das veces monseñor Escrivá a los directores»4. Por eso, la misma autora afirma en este sentido: «Resulta impresionante la suficiencia espiritual que se vive en la Obra, y que se basa en ese hilo directo, en ese teléfono rojo que une al Fundador con Dios. Sin intermediarios. El cielo está empeñado en que se realice la Obra a través de lo que piensa y se propone monseñor Escrivá. Por tanto, no hay na­da que temer. Como no hay nada que dialogar con nadie: Lo quiere Dios y basta. Hay que mirar sólo hacia arriba, hay que desenten­derse de toda preocupación, hay que desechar necesidades persona­les, incluso la necesidad de razonar»5.

Se puede pensar que quien ha escrito estas cosas exagera. Porque parece casi imposible que haya gente tan fanática y, por eso tan cu­riosamente alienada. Sin embargo, quien lee despacio la obra cum­bre de monseñor Escrivá, Camino, se persuade en seguida de que la raíz del fanatismo y la alienación reside precisamente en ese libro.

En efecto, una de las cosas que más llama la atención cuando se lee Camino es el espíritu de suficiencia y superioridad que engen­dra en todo el que se identifica con las enseñanzas de ese libro. Así, el miembro del Opus Dei no puede ser «del montón», porque ha «nacido para caudillo» (nº 16)6. Por eso tiene que «subir como las águilas» (n° 7). Tiene que ser «guía, jefe, ¡caudillo!», que obligue, que empuje y que arrastre, no sólo con su ejemplo y con su palabra, sino también con su ciencia y con su imperio (n° 19). Ha de tener «ambiciones: de saber, de acaudillar, de ser audaz» (n° 24). Tiene que subir «¡camino arriba!, con santa desvergüenza» (nº 44). Y es que «la igualdad, tal como la entienden, es sinónimo de injusticia» (n .l 46). Sin duda, el «Padre» quiere que sus hijos del Opus se si­túen en un rango distinto, en un plano superior. Por eso les ordena de manera terminante: «Si sientes impulsos de ser caudillo, tu aspi­ración será: con tus hermanos, el último; con los demás, el prime­ro» (n° 365). De ahí que los miembros del Opus deban colocarse «en primera fila, como jefes de grupo» (n° 411). Porque monseñor Escrivá no se contenta con poco, su aspiración es «todo lo grande» (n° 821), la «grandeza imponente» (n° 823), las «aventuras gigan­tescas» (n° 826). Por eso se comprende su consigna insistente: «¡Cau­dillos!… Viriliza tu voluntad para que Dios te haga caudillo» (n° 833).

Esta suficiencia, esta ambición de grandeza y este espíritu de su­perioridad tienen su razón de ser en el modo peculiar como monse­ñor Escrivá concibe la manera de ser santo en el Opus Dei. En el numero 387 dice Camino: «El plano de santidad, que nos pide el Señor, está determinado por estos tres puntos: la santa intransigen­cia, la santa coacción y la santa desvergüenza». Estas expresiones, quizá ingenuas o quizá petulantes, son la afirmación más absoluta de quien se considera en la posesión de la verdad indiscutible, que no admite dudas ni fisuras. Porque el «Padre» afirma que «la transi­gencia es señal cierta de no tener la verdad» (número 394). De ahí que «un hombre, un… caballero transigente, volvería a condenar a muerte a Jesús» (n° 393).

Pero ¿cómo se explica este grado de obstinación y esta seguridad en sí mismos? La respuesta es muy sencilla. Ante todo, es un hecho que Camino no habla para nada del discernimiento cristiano, de tal manera que en todo el libro no aparece ni una alusión en ese senti­do. Eso quiere decir, evidentemente, que monseñor Escrivá desco­noce lo que acertadamente se ha llamado la clave del comportamiento moral según el Nuevo Testamento7. Eso quiere decir también que Camino se sitúa al margen de la tradición espiritual de la Iglesia8. Pero, sobre todo, eso quiere decir que para los miembros del Opus Dei la verdad y el bien no son algo que el hombre descubre por sí mismo, sino que es algo que le viene impuesto, algo que se tiene que aceptar incondicionalmente, porque en eso está toda la verdad y todo el bien.

Lo que acabo de decir no son exageraciones ni interposiciones ma­lévolas. En el número 377 de Camino dice monseñor Escrivá al fer­viente seguidor de la Obra: «Y ¿cómo adquiriré nuestra formación y cómo conservaré nuestro espíritu? Cumpliéndome las normas con­cretas que tu director te entregó y te explicó y te hizo amar: cúm­plelas y serás apóstol». Se trata de una formación especial, la «nues­tra», y de un espíritu especial, el «nuestro». Esa formación y ese espíritu consisten en cumplir para el «Padre», o sea, para monseñor Escrivá (cumpliéndome), las normas concretas que dicta el direc­tor. No se recurre al evangelio ni a la tradición cristiana. La forma­ción y el espíritu se basan en la normativa que dicta el director.

Por eso, en el Opus Dei la obediencia es cuestión de vida o muer­te, de ser o no ser: «Obedecer…, camino seguro. Obedecer ciega­mente al superior…, camino de santidad. Obedecer en tu apostola­do…, el único camino: porque en una obra de Dios, el espíritu ha de ser obedecer o marcharse» (n° 941). Y hay que obedecer hasta en el detalle «ridículo» (n° 618) y en lo que resulta «estéril» (n° 623). Porque, en definitiva, «es voluntad de Dios que la dirección de la nave la lleve un maestro para que, con su luz y conocimiento, nos conduzca a puerto seguro» (n° 59). La dirección, por consi­guiente, no se atribuye al Espíritu, sino a un hombre, al director, que es quien puede hacer que se construya «el alcázar de tu santifi­cación» (n° 60).

Sabemos que han sido muchos los maestros de vida espiritual que han recomendado la obediencia. Pero también sabemos que esos maestros han insistido tanto o más en el discernimiento9. Pero aquí no. Primero porque de discernimiento no se dice ni palabra. Y se­gundo porque Camino no admite la más ligera posibilidad de espí­ritu crítico, el derecho a pensar por sí mismo o a enjuiciar lo que se manda10.

A partir de ese planteamiento, ya todo es posible. Es posible, por supuesto, la anulación y la alienación de la persona11. Es posible además que esa persona, encima de estar alienada, procesa con la mayor suficiencia y seguridad12. Y sobre todo es posible que se acepte la utilización incontenida del dinero, el poder y el prestigio13 como medios de evangelización, cuando en realidad ésos son los me­dios que el demonio sugirió a Jesús en la tentación del desierto14. La anulación del discernimiento acarrea graves consecuencias: el evangelio queda pervertido, la fe alienada y la persona deshecha.

La Imitación de Cristo y Camino han ejercido un influjo impor­tante en el pueblo cristiano. Y eso, después de lo que aquí se ha dicho, hace pensar. Primero, porque Camino representa con respecto a la Imitación una regresión, puesto que, al anular el discernimien­to cristiano, restablece la ley y la norma como mediación insustitui­ble entre el hombre y Dios. Segundo, porque tanto la Imitación co­mo Camino presentan lagunas de evangelio que son auténticos abismos entre el creyente y el espíritu de Jesús de Nazaret. La Imita­ción, porque desconoce la dimensión esencialmente comunitaria de la fe. Y Camino, porque desemboca inevitablemente en la aliena­ción de la persona y en la complicidad, mal disimulada, con el «mun­do» que Jesús rechazó y por el que fue rechazado hasta la muerte.

He aquí por qué se puede afirmar con todo derecho que el discer­nimiento es la medida del espíritu auténticamente cristiano. Ni la devoción ni la generosidad son el criterio decisivo de una vida que se quiere orientar hacia el mensaje de Jesús. El criterio es la capaci­dad que tiene el hombre de fe para poder discernir los caminos del Espíritu.

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NOTAS

1 El estado actual de la investigación sobre este punto ha sido muy bien espuesto por A. Ampe, Imitatio Christi. Le livre et l áuteur, en Dict. de Spiritualité VII/2, 2338-2355.

2 Cf. E. Iserloh, Die Devotio moderna, en Handbuch der Kirchengeschichte 111/2 (Friburgo 1968) 535. Cf. también A. de Backer, Essai bibliographique sur le livre De Imitatione… (Lieja 1864) 221-245.

3 El estudio bíblico más completo que existe sobre el discernimiento es el de G. Therrien, Le discernement dans les écrits pauliniens (París 1973). Yo he analizado los textos de Pablo en mi libro El discernimiento cristiano según san Pablo (Granada 1975). Cf. también W. Grundmann, en Theol. W6rt. zum N.T. II, 258-268.

4 M.ª Angustias Moreno, El Opus Dei. Anexo a una historia (Barcelona 1977) 61.

5 Op. cti., 61-62.

6 El tema del «caudillo» se repite insistentemente en Camino: n°’ 16, 19, 24, 32, 365, 411, 833, 931. En el uso del español esta palabra se aplica al «jefe que dirige y manda gente, particularmente en la guerra» (M. Moliner, Diccionario de uso del español I [Madrid 1975] 559). Se comprende esta manera tan extraña y tan antievan­gélica de hablar con un libro que fue escrito en los años de la guerra civil española y en la capital desde donde el caudillo Franco dirigía a sus ejércitos.

7 Cf. G. Therrien, op. cit., 1, que cita a O. Cullmann, Christ et le Temps (Neuchátel-París 1957) 164.

8 La importancia capital que ha tenido este tema en la tradición espiritual ha que­dado suficientemente expuesta por G. Barby, E Vandenbroucke y J. Pegon en el artí­culo Discernement des Esprits, en Dict. de Spiritualité III, 1247-1281.

9 Ejemplo típico en este sentido es san Ignacio de Loyola, maestro de obediencia. Pero su doctrina va dirigida a quien ya ha pasado por la experiencia de los Ejercicios Espirituales, cuyo eje es precisamente capacitar el sujeto para el discernimiento. Tam­bién la Imitación habla de obediencia (1, 9,1; 1, 18,4; 1, 20,2; 1, 23,4; III, 5,7; III, 13,12; III, 49,6). Pero es siempre en el contexto más amplio del espíritu de discerni­miento.

10 Dice Camino: «Entonces -preguntas, inquieto- ¿ese espíritu crítico, que es co­mo sustancia de mi carácter? Mira -te tranquilizaré-, toma una pluma y una cuar­tilla: escribe sencilla y confiadamente -¡ah! y brevemente- los motivos que te tor­turan, entrega la nota al superior y no pienses más en ella. El, que hace de cabeza -tiene gracia de estado-, archivará la nota… o la echará en el cesto de los papeles» (n .O 53). Véanse también los n” 457, 798, 945.

11 Existe precisamente alienación cuando la persona se identifica acríticamente con una ideología que le es impuesta y que no corresponde ni a su experiencia personal ni a sus verdaderas exigencias. Para una introducción al tema, cf. E. Ritz, Entfrem­dung, en Historisches Wóterbuch der Philosophie II (Basilea-Stuttgart 1972) 509-525.

12 Jamás en Camino asoma la posibilidad o la duda de que quizá otros tengan ra­zón o más razón que el miembro seguro del Opus. Es elocuente lo que afirma en este sentido acerca de la «santa intransigencia» (nº 393-399).

13 La pobreza que Camino recomienda es la pobreza «de espíritu» (nº 631), que es compatible con tener y con ser rico (n .l 632). Y los medios que sugiere son, entre otros, gastar lo que se tenga y lo que no se tenga (n° 481), de manera que el dinero no debe ser problema (n° 487), hasta utilizar todos los instrumentos (n° 488). Es decir, el dinero se debe utilizar sin hacer problema de eso. Con este mismo criterio se miden el poder y el prestigio. Cf., por ejemplo, el n° 63. Es sabido que monseñor Escrivá no se dirige en Camino a la gente del pueblo, sino a los intelectuales, a los que tienen cargos de mando y poder en la sociedad. Las alusiones en este sentido con constantes.

14 Cf. J. I. González Faus, Las tentaciones de Jesús y la tentación cristiana: «Estu­dios Eclesiásticos» 47 (1972) 155-188.

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2 respuestas a «Camino»: La Anulación Del Discernimiento

  1. Mark Twain dice:

    Considero fundamental este texto ya que en él se muestra como la Obra no busca la unión con Dios sino con el Opus Dei, como no desea que el discernimiento espiritual (que impide) interfiera con las ordenes de los directores.

    ¿Cuándo se comprenderá que el Opus Dei no sirve ni a Dios ni a la Iglesia sino que los utiliza para su beneficio egoísta?

  2. bsiviglia dice:

    Hola, Iván, ¿cómo estas? Todo esto es muy interesante. Esta frase:
    «Resulta impresionante la suficiencia espiritual que se vive en la Obra, y que se basa en ese hilo directo, en ese teléfono rojo que une al Fundador con Dios. Sin intermediarios. El cielo está empeñado en que se realice la Obra a través de lo que piensa y se propone monseñor Escrivá. Por tanto, no hay na­da que temer. Como no hay nada que dialogar con nadie: Lo quiere Dios y basta. Hay que mirar sólo hacia arriba, hay que desenten­derse de toda preocupación, hay que desechar necesidades persona­les, incluso la necesidad de razonar»,

    puede ser comentada en dos maneras:

    -punto de vista religioso:
    en el opus dei hay idolatría para un hombre (Escrivà), asì que el opus dei no es cristiano (la idolatría es contraria al primero mandamiento).

    -punto de vista civil:
    en el opus dei hay culto a la personalidad así que el opus dei es semejante a el nazismo y al estalismo.

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