Juan Antonio Ollero De La Rosa, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Encuesta realizada entre 1970 y 1974

JUAN ANTONIO OLLERO DE LA ROSA. Madrid.

Ciertamente yo no pertenezco, ni he pertenecido nun­ca al Opus Dei, pero he de admitir que la pregunta que se me hace sobre las razones de esa no pertenencia me producen alguna perplejidad, e incluso hace surgir en mi ánimo dudas respecto a la procedencia y oportu­nidad de contestarla.

En primer término, por hacer directa referencia a motivaciones de índole marcadamente personal y pri­vada, que tal vez fuera más adecuado dejar relegadas a la esfera de nuestra intimidad.

De otra parte, porque al estar formulada por vía ne­gativa, me temo que, incluso a quienes la contesten con limpia intención y recto espíritu, puedan suponér­seles, gratuita e indiscriminadamente, prejuicios, ins­piraciones o propósitos que, en lo que a mí respecta, están muy lejos de tener realidad.

Finalmente, porque, habida cuenta de mi escasa sig­nificación personal, dudo mucho que mi respuesta pue­da ser de interés para alguien.

Sin embargo, como no quiero dar lugar a otras equi­vocadas interpretaciones, ni dejar de complacer la amable petición que se me ha hecho, voy a exponer, con la mayor brevedad, la única razón que, en mi caso, concurre.

Yo no pertenezco, ni he pertenecido nunca al Opus Dei, porque, entre las diversas formas (todas ellas res­petables y sinceramente respetadas por mí) de espiri­tualidad, apostolado o acción, que la Iglesia bendice y aprueba, no me he sentido, hasta el momento, vocacio­nalmente impelido a formar parte de aquéllas. Y, claro está, faltando ese elevado impulso o inclinación espiri­tual que, a mi parecer, sería la única razón que legiti­maría honestamente una positiva adhesión a la Obra citada, como a cualquier otra de las aludidas, no ha habido lugar a plantearme siquiera la posibilidad de tal incorporación.

Reconozco que mi respuesta podrá considerarse muy simple, escasamente original y nada apasionante, des­de el punto de vista general y público. Sin embargo, es la única auténtica. Y, consiguientemente, la única que puedo manifestar.

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