Educacion Religiosa Y Alienación, Toribio Pérez De Arganza

TORIBIO PÉREZ DE ARGANZA

EDUCACIÓN RELIGIOSA Y ALIENACIÓN

Akal Bolsillo – 1983

NOTA: Está agotada la versión española de esta obra. La colocamos aquí sólo con fines didácticos y mientras no se ponga de nuevo a la venta.

—oOo—

PRÓLOGO A ESTA EDICIÓN

En 1983 el reconocido filósofo, antropólogo y profesor universitario Eloy Terrón Abad (1919-2002), bajo el heterónomo de Toribio Pérez de Arganza, publica el libro que os presentamos. En él realiza un estudio sobre la educación impartida por instituciones religiosas y su efecto en los receptores.

Tras 25 años de ostracismo editorial consideramos importante sacarlo a la luz con fines divulgativos.

El libro parece estar escrito para mostrar la formación (¿deformación?) que el Opus Dei imparte (tanto en sus colegios como la que reciben sus miembros), no en vano el autor basa gran parte de su estudio en Camino, el libro de Josemaría Escrivá de Balaguer que es fundamento y paradigma de su Obra.

Por lo demás, su mejor presentación la hace el autor en la «Justificación teórica» y en «Razones inmediatas de este trabajó» que preceden al libro, por lo que le dejamos a él la tarea de contarnos el cómo y el porqué de este estudio.

Iván de ExOpus

—oOo—

INDICE

PRÓLOGO A ESTA EDICIÓN

JUSTIFICACIÓN TEÓRICA

RAZONES INMEDIATAS DE ESTE TRABAJO

CARACTERES DE LA FORMACIÓN NOVICIAL

JUSTIFICACIÓN TEÓRICA

Este breve e improvisado análisis de la táctica y de la estrategia de las Iglesias para lograr el control, más completo posible, de las conciencias va a provocar las iras de los militántes y cuadros, en especial, los de la iglesia Católica. Estoy convencido de que éstos están incapacitados para comprender mi intento, es más, serán incapaces de entender que está pensado y realizado sine ira et estudio, sin odio ni mala intención. En realidad, está guiado por un propósito único: entender el mundo que nos rodea. Aunque no lo parezca este pequeño estudio, ha estado presidido por una motivación estrictamente científica: descubrir la relación de mutuo acondicionamiento entre los hechos; la verdad es que no ha habido premeditación hostil (a pesar de que sí tengo motivos) ya que, al comienzo, sólo pretendía hacer un breve artículo para analizar la posible relación entre educación confesional (la proporcionada por las órdenes religiosas) y el terrorismo, bajó la doble incitación del terrorismo ultraizguierdista (ETA-Brigadas Rojas) y el terrorismo indiscriminado de la ultraderecha. El fondo del intento era encontrar alguna relación entre un tipo de formación afectivo-intelectual y moral, tal como el impartido por las órdenes religiosas y el talante inhumano de ambos tipos de terrorismo.

El análisis funcional y estructural de la educación confesional y de sus consecuencias sobre los individuos que la reciben, así como el análisis de los propósitos y objetivos de los «educadores» al servicio de una poderosa organización (profundamente imbricada en la sociedad a través de las clases superiores) han forzado a pasar del análisis de los caracteres de la educación practicada a lo que es inevitable en la actividad docente: formación y propósitos de los propios educadores, pues, ¿cómo entender la educación inculcada en los colegios de las órdenes religiosas sin comprender la filosofía y métodos pedagógicos y los objetivos de los propios educadores y de la institución a cuyo servicio trabajan? Este estudio constituye la transición ineludible al análisis de la formación novicial, que, en cuanto, proceso de modelamiento de militantes y cuadros que han de nutrir a la institución eclesial, reúnen en ella todos los rasgos más característicos y significativos, y los objetivos determinantes de la organización en su conjunto, de su pasado, de su presente y de sus proyectos de cara al futuro. Es indudable que por su tremenda importancia y significación para la existencia de la institución eclesiástica, la formación novicial resume, actualiza de manera más sobresaliente los objetivos, los métodos, en otras palabras, la estrategia y la táctica de la más vieja, experimentada e influyente de las organizaciones humanas.

El poder y la inserción social (su penetración en la sociedad) la experiencia en el manejo de hombres son tan grandes que impone verdadero temor, miedo a los «católicos adscripticios», (a los que hemos nacido y vivido bajo su influencia), incluso a los que hemos dejado de creer. Tan grande y tan omnímodo ha sido y es su poder y tan incrustado se halla en el fondo de nuestras conciencias que es casi imposible analizarla con libertad y objetividad completas; por todas partes y todo momento se levantan miedos e inhibiciones que frenan el avance del pensamiento. Por eso, aunque este esbozo parezca osado y agresivo, en realidad, está dominado por fuertes inhibiciones y oscuros temores, este es el motivo por el que no es un estudio rigurosamente científico, pues, el pensamiento no ha sido libre para seguir el movimiento y las relaciones de los hechos con que se enfrentaba. Sin una verdadera seguridad contra todo tipo de agresiones, ya sean físicas, ya sean espirituales, ya sean sencillamente imaginarias, no es posible indagar, analizar los hechos con libertad, condición sine quanon de la genuina ciencia.

T.P.A.

RAZONES INMEDIATAS DE ESTE TRABAJÓ

«Se de María y serás nuestro» Camino 494

En este momento histórico, comienzos de la década de los años 80, existen en la humanidad amplios estratos de población (de hombres) con una clara y despierta conciencia de respeto al hombre y a la vida, en general, bien manifiesta en su preocupación y en sus acciones de protesta contra todo tipo de atentados contra la vida humana en no importa el lugar de la tierra donde se produzcan; existen, también, amplios grupos de gentes que muestran menos sensibilidad frente a todas las agresiones contra individuos o grupos, especialmente, sí los agredidos pertenecen a razas, etnias o nacionalidades distintas o alejadas de la suya; existen, finalmente, minorías parece que, de alguna manera manipuladas, o teledirigidas por «centros sociales de poder», capaces o dispuestas a llevar a cabo asesinatos de individuos o de grupos, frecuentemente de una manera indiscriminada, y como si de una tarea rutinaria se tratara 1.

Parece obvio que hay grupos de personas, amplios grupos, que están finamente sensibilizados frente a la vida humana; hay asimismo (esto no ofrece dudas) grandes grupos de personas que presentan una sensibilidad, si no atrofiada, «desviada», desorientada, como oculta por una densa niebla o una barrera; por último están las minorías, ejecutoras que realizan sus tareas con la frialdad de técnicos, en algunos casos con saña, cuya motivación parece variar entre un renovado mesianismo racial, y étnico, una gran carga de odio (oscuramente generada) con ensañamiento en la víctima. Como, a pesar de todas las especulaciones racistas, científicamente fraudulentas, sobre la agresividad del hombre, el comportamiento humano es resultado de su educación, enseñanza, pero, sobre todo, de las influencias personales que se hayan ejercido sobre él, resulta que las tres actitudes dominantes son las consecuencias lógicas de la formación más los influjos posteriores canalizados sobre los individuos.

Si los hechos son así, es decir, si el comportamiento individual es consecuencia de la enseñanza, más general, de la educación (esto es, el conjunto de influencias canalizadas por la familia, la clase, las iglesias, los partidos, los medios de comunicación de masas, todas ellas fuertemente teñidas de pasionalidad), surge inmediatamente la sospecha de que los asesinos mesiánicos, los asesinos sembradores de terror, los profesionales asalariados (mercenarios), así como las industrias y beneficiarios, políticos, industriales, mafias, traficantes de drogas, etc., se reclutan en determinadas capas sociales, fáciles de señalar, y en su mayoría se educan en un tipo de centros docentes, caracterizados por una filosofía educativa, pedagógica, muy determinada, patológicamente, o teratológicamente combinada con la manipulación publicitaria o parapublicitaria 2.

La sospecha de que las tendencias asesinas, destructoras de tales minorías son consecuencia de la educación recibida e influencias concomitantes (concurrentes) es verosímil, es correcto, es lógico, pues, cabe preguntarse ¿por qué unos jóvenes se convierten en asesinos y otros tienen horror a la sangre, sienten escalofríos sólo de pensar en hacer daño a un semejante? No vamos a aceptar que la causa radica en su dotación genética, argumento favorito de los «intelectuales» reaccionarios: el comportamiento social del hombre es generado y determinado socialmente; es en las relaciones sociales, personales del individuo 3 donde hay que buscar las raíces de su conducta; la supuesta agresividad congénita del hombre es una agresividad social, fomentada y sostenida por grupos sociales, cuyos individuos, cada uno de por sí se considere como no agresivo y se manifieste como tal, sobre todo, los inductores, que a través de una serie de intermediarios, son quienes incitan a la agresión y señalan futuras víctimas; por otra parte, esos mismos grupos sociales, como era de esperar, son los verdaderos beneficiarios del clima social creado, y a ellos revierten los dividendos.

—–

1 Por la prensa diaria se tiene conocimiento de que se realizan asesinatos individuales bajo la etiqueta de «ejecuciones» en los que se advierte una cierta intencionalidad y selección, pero también se llevan a cabo ejecuciones intencionales, si, pero puramente indiscriminadas; como ejemplos de uno y otros asesinatos individuales de ETA y Brigadas Rojas, y las matanzas aterrorizadoras de los grupos de extrema derecha en Italia, Banca Agrícola, Plaza Fontana, Estación de Bolonia, y en menor escala, las bombas de ETA en las estaciones de Chamartin, Atocha y en Barajas; sin olvidar las matanzas de El Salvador, Guatemala, Nicaragua, etc.

2 Una cosa es la publicidad directa destinada a dar a conocer mercancías y servicios, y otra cosa es la publicidad difusa, aparentemente, no intencionada, como las películas, los telefilms, los reportajes sobre personas célebres (los héroes del consumismo) en cuyas tramas y desenvolvimiento los personajes, de manera normal y rutinaria, consumen y usan las mercancías y servicios más sofisticados, demostrando a los espectadores cómo se vive bien. Este vivir bien resulta de la posesión de lujosos apartamentos bien instalados, muchos vestidos, coches imponentes, bebidas de moda y caras, y, sobre todo, ese vivir sin esfuerzo, como si la existencia consistiera en disfrutar de todos los bienes sin trabajo.

3 Las relaciones personales, afectivas, las únicas que contribuyen a modelar la conciencia humana, inclinan al individuo a sentir confianza en sus semejantes, y ayudan a generar lazos de solidaridad y de reciprocidad; el establecimiento de lazos afectivos concretos de persona a persona es el único y mejor camino para amar a los demás, para sentir respeto por todos, para sentir una tremenda repugnancia a hacer daño físico o moral a otras personas.

ÍNDICE

La educación difusa o especializada y la formación de la personalidad agresiva

Si es correcta la inferencia de que el comportamiento es generado socialmente en el modelamiento de las conciencias individuales, en el proceso educativo, en el proceso de socialización de los nuevos individuos, no resulta difícil, deducir qué tipo de educación y de influencias han recibido los ejecutores de las agresiones, los portadores de las tendencias agresivas. Como primer paso conviene hacer una separación entre educación, impartida por especialistas, por profesores, e influencias sociales difusas, pero concordantes.

Al analizar la educación de este tipo de personas, salta a la vista que no han podido recibirla en centros de enseñanza servidos por docentes funcionarios, por varios motivos; primero, porque los docentes funcionarios -por el tipo de formación y sistema de reclutamiento- sólo muy raramente podrían coincidir todos en una misma ideología, de uno u otro color; los profesores funcionarios, más bien, tienden a representar las ideologías dominantes en la sociedad, con ligeras correcciones. En segundo lugar, los centros de enseñanza de funcionarios atienden, con clara preferencia, a la formación teórica y tecnológica de los niños y muchachos; esto es, consideran que su función consiste en transmitir las técnicas culturales y los conocimientos teóricos, neutrales, que van a necesitar los niños para insertarse en la sociedad y para autorrealizarse como personas; este profesorado suele sentir repugnancia a inmiscuirse en las preferencias ideológicas de los niños, en sus modales, manera de vestir, aseo, etc. Los centros de enseñanza, llamémosles estatales, en su gran mayoría son toscos, poco acogedores, y no reúnen condiciones ni incitan a que los alumnos se reúnan, jueguen, conversen y establezcan relaciones «selectivas»; los alumnos permanecen en ellos el menor tiempo posible, sólo acuden a ellos para recibir las clases teóricas (prácticas derivadas de éstas). Y, por último, como a estos centros de enseñanza tienen derecho, casi siempre preferente los niños de la capa mayoritaria y más baja de la sociedad, no cabe la posibilidad de imbuirles hábitos elitistas y sentimientos de minoría selecta, escogida y distinguida, que se anticipa como un componente importante de los individuos con tendencias ejecutivas, agresivas. Se puede, por tanto, descartar a los centros de enseñanza y a los docentes funcionarios como formadores, modeladores de esas élites asesinas.

En cuanto a los centros educativos, en los que reciben su primera formación las minorías agresivas, no hay más remedio que admitir que, en general, en la mayoría de los casos, se trata de centros privados, cuyo profesorado es seleccionado, escogido, reciclado y vigilado por la dirección y los propietarios del centro, sobre el cual, además, ejercen una autoridad ilimitada 4. Estos centros reúnen una serie de condiciones, que son las más propicias para ejercer una influencia amplia, intensa y seleccionadora sobre los alumnos que acuden a ellos. Para empezar, estos centros suelen estar emplazados en barrios residenciales en las afueras de las grandes ciudades, en espacios nobles, sin ruidos 5, con mucho arbolado, amplias y espaciosas construcciones, con mucha luz, grandes patios de recreo, campos e instalaciones para practicar los deportes más selectos, buenos comedores, salas de estar, salón de actos y para cine, algunos también poseen biblioteca (aunque no es lo más corriente), laboratorios y naturalmente, una espaciosa y artística capilla. Según la categoría a estos colegios acuden los niños, o bien son llevados por los padres en él coche propio o bien son recogidos en los domicilios paternos por los autobuses de los colegios, bastante temprano para que en el centro puedan: 1°) cumplir sus prácticas y deberes religiosos; 2°) recibir enseñanzas académicas; 3°) hacer el almuerzo y muchos la merienda; 4°) practicar sus deportes preferidos 6; 5°) establecer sus relaciones sociales selectivas (muy útiles para el día de mañana); y 6°) se inician en la política o en la antipolítica en estrecha conexión con la formación religiosa y moral(?) Naturalmente, el «profesorado» ejerce la más estrecha vigilancia, tanto sobre los internos, como sobre los mediopensionistas «cien ojos de Argos están ahí de continuo sobre el alumno para alejar de él cuanto pueda ofrecer pábulo vedado a su inocente corazón». 7

Como es evidente, estos centros de enseñanza son caros, los selectos, muy caros, para interponer infranqueables barreras económicas a fin de evitar la excesiva mezcolanza de clases, a pesar de ello, en su ideología suelen ser muy similares; hasta es posible que la eficacia modeladora sea más intensa en los más accesibles, económicamente, precisamente, porque a ellos acude una masa considerable de niños, cuyas familias tienen menos capacidad de modelamiento propio y mayores y más acuciantes deseos de ascenso social. Frente a los centros estatales que cifran todo su empeño en la formación teórica, académica de los niños y muchachos, los centros privados se aplican con más intensidad y constancia a la formación total de los estudiantes, es decir, a su formación ideológica y afectiva, emocional; esta es la causa de que concedan prioridad a las actividades paradocentes, en las que parece lógico incluir, las prácticas religiosas frecuentes (cotidianas) a las actividades deportivas selectas, a otros actos sociales como las comidas, reuniones informales de amigos cuyo denominador de todas ellas es de naturaleza afectiva, emocional, no intelectual ni racional, muy adecuada para conseguir un tipo de individuos bastante indefenso ideológicamente y carente de cualquier otro cauce de información que no sea la de los medios de comunicación autorizados -y convergentes, excluyendo, claro está, la influencia de la calle y, en notable medida, la de la familia que para evitarse dificultades y engorros confía plenamente la formación de sus hijos a los dueños individuales y colectivos de los centros.

Con las cuotas, que por diversos conceptos, tengan establecidas, los centros privados, practican un tipo de cooptación a distintos niveles, pero inculcando un sentimiento común a todos sus clientes: que son centros de educación con mayor o menor grado de selección, pero todos selectos; que no son centros para la masa indiferenciada como lo son los centros del Estado, más o menos gratuitos. A partir de este primer criterio de selección (de diferenciación, de apartamento de la masa vulgar) se inician las diferenciaciones consiguientes, que se incrementan con el menor número de alumnos por aula, la importancia atribuida a las actividades paradocentes, a las relaciones sociales personales, hasta alcanzar en los más distinguidos caracteres de auténtica elegancia, perfeccionismo, muy en consonancia con la formación de directivos y de los profesores convencidos y militantes.

El desenvolvimiento del análisis permite ya esbozar un resumen de los caracteres o rasgos más sobresalientes de este tipo de educación; 1 °) generadora de sentimientos elitistas, en completa oposición a la masa gregaria y grosera; 2°)proporciona la impresión de aislamiento de las corrientes peligrosas de la calle y de muchos factores sugerentes relacionados con ella 8 (los centros privados son lugares de reunión incluso para los días sin clase, sábados y festivos); 3°)infunde hábitos, tendencias, actitudes ideológicas, fuertemente afectivas, emotivas (sensoriales) que se sitúan por encima del plano de la lógica, del dominio de la razón, por su profundo enraizamiento en los intereses de clase (que no hay que olvidar que la derecha se mueve por intereses, en tanto que la izquierda tiende a movilizarse por las ideas, por la razón); 4°)inculca un sentido instrumental del conocimiento, ya que no se estudia para saber, para entender el cómo y el por qué de los hechos, pues, esto traería consigo la duda, la actitud crítica 9, y no hay nada más disolvente y destructor que la crítica, por el contrario, se estudia para disponer de un instrumento y de un método para pasar exámenes, ganar oposiciones y contar con un saber hacer que proporcione un buen empleo y bien remunerado, siempre que se haga necesario; esta concepción del conocimiento determina toda la actividad docente, lectiva.

La concepción instrumental del conocimiento no sólo es la tradicional en la clase media alta, sino que coincide con el desprecio de la clase alta (de la vieja aristocracia y de la alta burguesía), a todo lo intelectual coincide, asimismo, con la filosofía pedagógica del sector dominante de los centros privados, cuyos directivos y profesorado se ven obligados a enseñar conocimientos de los que desconfían porque no hay que perseguir un vano saber, sino buscar el santo temor de Dios, ya que todo lo demás se tendrá por añadidura. Por otra parte, al contrario de lo que sucede entre los miembros de la clase media baja (la pequeña burguesía), que tiene que rivalizar con otras personas para conseguir un puesto de trabajo, en la clase aristocrática (clase burguesa) y con la clase media alta, los hijos de estas clases no tienen necesidad de competir, no tienen necesidad de esforzarse, intelectualmente, pues, las familias están esperando a que sus muchachos terminen los estudios para asociarlos a la dirección de los negocios o ponerlos al frente de algunos de ellos. Es evidente, que no es la capacidad intelectual de los jóvenes de estas clases la que va a conquistarles un empleo ventajoso, es la influencia y las riquezas familiares, por eso se permites dar preferencia a las actividades paradocentes y tratar cor cierta displicencia desdeñosa a la formación académica teórica. Esta displicencia frente al esfuerzo teórico intelectual es la que da el tono en los centros privados de enseñanza del nivel medio al superior e impone su influencia elegante a todos los muchachos que acuden a ellos, que, naturalmente, imitan o quieren competir con la verdadera élite que es la que de verdad marca el paso. Pero al lado de la insignificante minoría de jóvenes a quienes les espera un porvenir fácil y brillante, existe actualmente un número elevado de muchachos, cuyos padres, por causas diversas, pueden afrontar el coste de esa clase de centros de enseñanza, y que hacen ese sacrificio con la esperanza de que los hijos adquieran buenos modales y anuden unas relaciones de amistad que les sean útiles para el futuro.

Ahora bien, puede que estos jóvenes adquieran modales elegantes (es posible que sí), que, incluso, entablen relaciones ciertamente valiosas para su porvenir, pero, sin duda, lo primero que asimilan es la actitud displicente frente a la capacidad intelectual y al esfuerzo teórico, típicos de la élite, la afición por los deportes elegantes, pero caros, y la avidez por la amplia gama, y gran variedad de satisfacciones, propiciadas por la sociedad capitalista industrial para quienes disponen de dinero. Al final de los estudios, los jóvenes de la élite dineraria pasan a ocupar puestos bien remunerados en los negocios familiares, sin que se tenga en cuenta para nada su aprovechamiento intelectual, mientras que sus compañeros, menos afortunados, son arrojados a una lucha de influencias para conquistar, con su dudoso bagaje intelectual, (un saber hacer y una experiencia muy deficientes), un empleo que les permita sostener el tren de vida a que se habían acostumbrado al lado de sus afortunados amigos. Estos que están dando sus primeros pasos en el mundo de los negocios y por tanto muy vigilados, naturalmente, no están en condiciones de hacer por sus antiguos compañeros mucho más que ayudarles a proseguir la vida y disfrute y satisfacciones a que se habían habituado. Insensible, pero irremediablemente, estos jóvenes se ven obligados (con gusto) a convertirse en agentes del gran capital, dispuestos a llevar a cabo todas las tareas poco limpias que les asignen, e incluso irán más lejos, si el exceso de celo puede ayudarles a mantener su difícil situación 10

—–

4 Más adelante se analizará los rasgos característicos de los propietarios y de los profesores de estos centros, porque ese es el tema central de este estudio.

5 Sobre el colegio de los jesuitas, compiladores del Diario de Juani, escriben «¡Qué familiar le era todo aquello! Pero ya hacía unos meses que había salido de esos muros de cristal y cemento. Le resultaba todo muy lejano, como algo vivido en una época ya pasada…» p. 88. Más adelante Juani escribe «!Quién pudiera estar en el Colegio! allí era yo feliz…» 93; «¡Vaya problema que me he encontrado al salir del colegio, cuando yo creía que fuera lo iba a pasar estupendo! » p.95; «Cómo me acuerdo ahora de aquellos días tan estupendos que pasaba en el colegio; Era tan feliz, tan cerca de Ti». 98

6 Convendría analizar, por separado, la relación que existe entre esta afición escolar a los deportes y la ideología política, es posible que se descubrieran relaciones curiosas.

7 J. M.ª de Arozamena, Colegio de Jesuitas, p. 84.

8 «…frente al mundo [Juani] no ve todavía nada más que una fuente de peligros… El colegio era mar tranquilo, sin brumas que confundan…» Diario de Juani, 25; Juani, más adelante escribe en su diario: «Ayúdame Jesús. Me da miedo salir a ese mundo, que me quiere echar a perder, que quiere que me aparte de Ti; pero no, Señor, siempre estaré de tu parte. Ayúdame…» p. 54.

9 Ver en Camino, las reiteradas referencias contra la crítica, 53, 443, 627, 945, etc.; y en el pensamiento 345 la idea de la cultura como medio y no como fin.

10 «… hace una semanas el joven y valiente magistrado Mario Amato fue asesinado porque estaba llegando a la conclusión de que el terrorismo fascista se estaba recrudeciendo en Italia y que sus mayores responsables no había que buscarlos en la clandestinidad, sino más bien entre la gente, a veces «respetabílisima». El País, 5 de agosto 1980, pág. 3.

ÍNDICE

—oOo—

La educación religiosa y los hijos de la pequeña burguesía

Parece que las cosas no acaban ahí, y que en los centros privados de enseñanza, en su gran mayoría regidos por religiosos, los directivos propietarios y parte del profesorado ejercen sobre los alumnos una influencia que va mucho más lejos en su modelación ideológica (religiosa y emocional) de los alumnos, ya que sin tener clara conciencia les transmiten las frustraciones, el vacío de relaciones personales padecidos por aquellos 11. Esta influencia es inherente a los centros privados de enseñanza dirigidos por religiosos, y, por tanto, afectan por igual a los centros de categoría inferior en los que se educan los hijos de las familias pequeño burguesas que a los de nivel medio superior, ya mencionados. Los niños de la pequeña burguesía son más fácilmente presa de la agresividad social propugnada, porque, en su gran mayoría no pueden contar con el apoyo familiar, debido a las particulares condiciones de esta clase social y de las difíciles relaciones entre padres e hijos.

Como la base material de vida de estas familias radica en un durísimo trabajo del padre -y muy frecuentemente de la madre- en el pequeño negocio familiar y, además, como por su procedencia de antiguos obreros o no tan antiguos campesinos, no tuvieron muchas ocasiones de asistir a la escuela, su formación cultural es prácticamente nula; situación que se mantiene o acentúa por lo agobiante de su trabajo y por la tremenda preocupación impuesta por el negocio. Por este motivo, sus relaciones con los hijos son escasísimas, el negocio absorbe todas sus horas y ¡buenos están los tiempos para emplear obreros! Como el negocio produce algunos beneficios disponen de recursos para enviar a sus hijos como mediopensionistas a los «mejores» colegios privados, para que les eduquen bien y se relacionen con otros niños o muchachos «distinguidos»; cuanto mejor (esto es, cuanto más caro) es el colegio y más selectos son los compañeros, más rápida y grande es la sima que va separando a los hijos de los padres; esta es la contradicción inherente a la pequeña burguesía (clase media baja), que en la medida en que los padres se esclavizan al negocio y le hacen rendir más, más imposible se hará la supervivencia de la base económica, esto es, del negocio, porque la educación, que gracias a él pudieron recibir los hijos, les aleja más, y más de él y les aleja más de los padres y más barreras levanta entre aquéllos y éstos.

La separación empieza porque los padres disponen de muy poco tiempo para estar con los hijos, por lo que su influencia sobre éstos es mínima. Tan pronto como acuden los niños a un colegio privado (normalmente como mediopensionistas) no sólo las horas pasadas fuera del hogar, mejor aún fuera del cuidado de los padres, sino toda la serie de influencias recibidas en el colegio, esos modales y esas maneras, que hacían caer la baba a los padres, levantan barreras rápidas y separadoras entre los niños y los padres. A medida que los muchachos se desarrollan e interiorizan las actividades del centro, empiezan a descubrir, que sus padres son unos pobres ignorantes, esclavizados por el negocio y por la avidez de dinero (en parte importante para pagar su educación) Y no pueden sentir por ellos más que desprecio. Esta situación es alimentada activamente por directivos y profesores de los centros privados debido a su preocupación por formar «selectos» ligada a su afán proselitista, pues, raro será el colegio religioso que no aprovecha su ventajosa situación para buscar revitalizar la evidente decadencia de vocaciones religiosas que debilitan inexorablemente a todas las congregaciones 12

Los muchachos de la pequeña burguesía (clase media baja), que son la causa de la gran expansión de la enseñanza media y superior de nuestro país en los últimos veinte años, se encuentran en una situación tremendamente contradictoria y son, de entre todos los estudiantes de las enseñanzas media y superior, los más expuestos a ser manejados, manipulados, debido a la completa ausencia de influencia familiar y al desarraigo en que son formados. Si es correcto el análisis de la condición familiar, se verá que es lógica la imposibilidad de que los padres puedan influir sobre sus hijos. Naturalmente, los muchachos sustituyen la inexistente influencia paterna (o de los amigos de los padres) por la influencia de los Padres o Hermanos de los colegios en que son educados, y, asimismo, por los compañeros más maduros socialmente, procedentes de familias de nivel cultural más elevado y, con relaciones personales más constantes y activas. En estas condiciones (que el análisis revela correctas) los muchachos de la pequeña burguesía se encuentran sin pasado, sin antecedentes, aislados de sus raíces familiares, y necesariamente predispuestos a dejarse enrolar en cualquier aventura social que les confiera una identidad. ¡He aquí la palabra clave! ¿Por qué se ha hablado tanto en los últimos veinte o treinta años de la «búsqueda de una identidad» 13. ¿Quiénes en nuestra sociedad andan perdidos desenraizados, buscando su entronque con el pasado? Por descontado que no se trata de los jóvenes de la alta burgesía, tampoco los de la clase media alta, que, posiblemente, son los mejor avenidos con sus familias y con las relaciones personales familiares, debido al alto nivel cultural de unas y otras; puede haber dudas de que alguno de esos jóvenes proceda de los niveles superiores de la clase trabajadora asalariada, pero, precisamente, la llamada «aristocracia obrera» sé encuentra en condiciones tan similares a la pequeña burguesía, que constituyen un mismo estrato social. Los hijos de la clase trabajadora, que se integran pronto en el trabajo y empiezan a vivir los problemas de su clase se sienten solidarios de su clase y no andan por ahí desolados buscando su identidad.

Parece imposible que el desarraigo de estos jóvenes no les predisponga a las enormes posibilidades de manejo de la sociedad capitalista, y precisamente, en una etapa de decadencia del capitalismo en la que se han intensificado enormemente todos los esfuerzos y se han resucitado viejos métodos de manipulación de conciencias. No cabe duda ninguna de que en la historia del capitalismo no se encuentre otro momento en que la manipulación de las conciencias hubiese sido tan intensa, eficaz, tan obvia, tan descarada como lo es hoy; no era posible, sobre todo, porque no existían los medios que existen actualmente: televisión, cine, radio, revistas ilustradas, fraccionamiento del mercado, y por tanto del consumo, reaparición masiva de toda clase de supersticiones, desde los ovnis a las religiones órficas, pasando por la magia, la demonología, etc. Pero todos estos tipos de manipulación se refieren al aspecto general de la formación, pero no a la educación, en sentido estricto, al proceso de socialización, que transcurre entre la etapa preescolar y el COU, que es cuando se verifica el proceso de desarraigo, fundamento de todo lo que ocurre después.

—–

11 Sobre este vacío ver la mayoría de las anotaciones de Juani, sobre todo, las últimas, Diario de Juani.

12 «El colegio academia de militantes de la Iglesia», título de la segunda parte del libro del R.P. Rafael Pérez, S.P., El mundo mejor y… los colegios. Ed. Escuelas Pías, Irache (Navarra), 1954-1955 p. 67.

13 Hace unos años, Linda, una joven de la famosa familia Mason (?), que aceptó el papel de denunciante de sus compañeros de aventuras, con motivo del asesinato de Sharon Tate y sus amigos, declaró que cuando mataba tenía la sensación de descubrir su identidad (noticia de prensa, citada de memoria).

ÍNDICE

—oOo—

Recelo de los colegios religiosos contra las relaciones afectivas de sus alumnos

El desarraigo social que arrastra a los jóvenes de la pequeña burguesía a la búsqueda de su identidad, no es comprensible si no se analiza el sistema educativo de los colegios en que, buena parte de ellos, han pasado entre 12 y 14 años. Este tipo de educación (llamada por algunos, educación o enseñanza «colegiada» 14) es preocupantemente eficaz en la formación de la personalidad de los muchachos 15; primero, porque la actividad estrictamente docente no es la determinante, debido a que los muchachos, interesadamente, llegan a creer que la formación y las prácticas religiosas tienen tanta o más importancia que la formación intelectual, pero, además, como corresponde a las «clases ociosas» el adquirir modales y maneras, los deportes selectos, etc.; ocupa una buena parte del tiempo y llena el interés de los muchachos; segundo, la educación «colegiada» tiende a aislar por completo a los alumnos, tanto de la familia, como del medio social, por eso el ideal de los centros religiosos es la forma de internado 16. Precisamente para conseguir el aislamiento más satisfactorio para los chicos, los colegios religiosos procuran disponer de todas las instalaciones más adecuadas para entretenerles a fin de que no sientan la tentación de salir, e, incluso, para lograr que los mediopensionistas se acostumbren de tal manera al «cole», que hasta en los días de fiesta no puedan pasar sin ir a él, a ver cine, a hacer deporte, etc. Se puede calcular que entre unas y otras actividades, la comida, la merienda, las prácticas deportivas y las religiosas, los chicos pasan en el colegio de 10 a 12 horas diarias o más, de tal modo, que los mediopensionistas van a sus casas sólo a cenar y a dormir. La tremenda eficacia de este tipo de enseñanza tenía dos bases condicionantes: el aislamiento, al levantar barreras en torno a los niños, frente a la familia y frente al medio 17.

Por otra parte, rara era la orden religiosa, que no aprovechaba la posibilidad que le brindaba la formación de un número elevado de niños para despertar vocaciones religiosas 18 con miras, en algún momento, a la expansión de la orden y, en otro, a evitar su decadencia por la crisis de vocaciones. En algunas órdenes, directivos, profesores, consejeros espirituales y confesores debieron ejercer tal presión que necesariamente hubo de afectar a la formación intelectual y personal de los alumnos 19. Es un hecho que era imposible esperar vocaciones sin un clima adecuado, caracterizado por la generación de fuertes tensiones espirituales (para lo que el catolicismo dispone de técnicas eficaces y, una experiencia de siglos), y un riguroso aislamiento de los alumnos de las familias y de la «calle».

Desde el final de la Guerra Civil, en nuestro país, por causas diversas, pero fácilmente analizables, se dio una gran expansión de la enseñanza privada en centros regidos por órdenes religiosas. Además de las órdenes, cuya finalidad era la educación, muy rara debió ser la que desaprovechó una ocasión tan propicia y favorable para abrir algún colegio, con preferencia para internos. Confiaban (las que no tenían como finalidad la enseñanza) en la experiencia adquirida en sus propios noviciados. Y, justamente, este es el rasgo más característico y diferenciador de la filosofía y metodología pedagógicas de los colegios religiosos: el empleo de las técnicas de noviciado en la formación de niños, que, en principio, estaban destinados a «vivir en el mundo» 20. Hay que reconocer que la afirmación anterior no afecta a congregaciones dedicadas a la enseñanza de las «clases populares» como esculapios, salesianos, maristas y poco más.

—–

14 En el momento cumbre del nacional-catolicismo español, entre 1939 y 1941, en la etapa de la borrachera imperial-delirante, un pseudo-fascista, José Pemartín, en su papel de Director General de Enseñanza, proponía que todos los alumnos de Bachillerato debieran estudiar como internos, es de suponer que en colegios de frailes y monjas.

15 «Esta intensidad de vida espiritual no ha surgido por generación espontánea. El influjo que han tenido las Religiosas… es sorprendente». Diario de Juani, 26; ver también Arozamena, Colegio de Jesuitas.

16 Esto se desprende claramente del libro de Jesús M.ª Arozamena S. J., Colegio de Jesuitas.

17 Sobre el rigor del aislamiento ver J. M.ª Arozamena S.J., Colegio de Jesuitas, las intentonas de evasión de un colegio situado en el centro de Madrid y ¡durante la República!

18 Esto parece muy normal a los dos jesuitas que compilaron el Diario de Juani cuando en la pág. 31 dicen «Para una joven que hace siete meses ha salido de un colegio de religiosas, lo más natural al sentir que Cristo le atrae de modo especial, es pensar en la vocación. Es lo primero que se le ocurre».

19 Una profesora de E.G.B. declaró al autor que en el colegio en que estudió de un curso de 32 muchachas se produjeron 25 vocaciones, porcentaje extremadamente elevado para ser conseguido sin una presión «espiritual» muy intensa y sin una extraordinaria exaltación de la formación religiosa; todo ello, claro está, en detrimento de la formación intelectual, a que se habían comprometido. En realidad, no formaban para el mundo en que habían de vivir las chicas, sino para la orden. El Diario de Juani, demuestran que la formación recibida por Juani desadaptaba totalmente a las muchachas del medio social en el que había de vivir.

20 Naturalmente este proceso no se dio aislado, es una manifestación más de la aplicación de la técnica de formación de militantes y de cuadros a la formación y disciplina de creyentes sencillos, entregados a las preocupaciones e intereses del mundo. Una demostración clara de ello, fue la extensión de la práctica de la confesión y comunión frecuentes que, iniciada por la Compañía de Jesús en el siglo XVI, y mantenida por siglos en el cerrado ámbito de los conventos y seminarios, se fue extendiendo a todos los niveles de creyentes en nuestro país después de la Guerra Civil.

ÍNDICE

—oOo—

Las técnicas de «noviciado» aplicadas a los muchachos de segunda enseñanza

Parece necesario hacer un brevísimo resumen (puesto que es el tema de la segunda parte de este trabajo) de las técnicas de noviciado. En primer lugar, entre las técnicas de noviciado hay que destacar: 1)la exageración de los peligros del mundo 21; el asedio constante del demonio, bajo los más diversos e inverosímiles disfraces; pero recalcando que el mundo, la sociedad capitalista va de mal en peor, y que no hay aspecto en la sociedad que no constituya un peligro gravísimo para la salvación; 2°)entre los peligros del mundo está la propia familia, sobre todo en los últimos tiempos en que se encuentra en fase de aparente total disolución, el muchacho debe estar el menor tiempo posible en contacto con la familia, hundida en el materialismo del consumo, en el egoísmo, etc.; 3°)frente a los gravísimos peligros del mundo, frente a su amenaza irresistible sólo caben dos recursos aún eficaces: el aislamiento del mundo (de la «calle» 22 y de todos sus vicios), y la frecuencia, cotidiana, de los sacramentos de la penitencia y de la comunión, que proporcionarán la gracia sin la que es imposible la salvación al ser tan poderosos los enemigos en acecho; 4°)la frecuencia extremada de los sacramentos de la Penitencia y de la Comunión debe ir acompañada de un constante dar cuenta a Dios de todas las dificultades, de todas las alegrías del creyente, a través de una conversación con Jesús o la Virgen como mediadora con el propósito fundamental de sustituir la propia voluntad, siempre peligrosa, por la voluntad de Dios; 5°) como consecuencia de los peligros del mundo y de los azares y peripecias de la existencia terrena se recomienda la frecuencia de los sacramentos de la penitencia y de la comunión y la conversación directa con Jesús y la Virgen, pero lo primero es imposible sin la intervención del confesor, del director espiritual 23, pues, está escrito que sólo la Iglesia tiene potestad para atar y desatar en la tierra, pero tampoco es posible lo segundo, la conversación directa con Dios, porque fácilmente (muy fácilmente) el creyente puede desorientarse y tomar como respuesta de Dios cualquier ocurrencia individual 24, cualquier mensaje del Maligno, en cuanto tiene poder para interferir en la mente del creyente; por lo demás la relación constante con el confesor (o consejero espiritual) está implicada en la práctica frecuente de los sacramentos y en la relación directa del alma con Dios, porque, como es bien sabido, Dios escucha, pero prefiere contestar a través de la Iglesia Jerárquica, a la que cedió la potestad de absolver los pecados e interpretar la Voluntad de Dios.

Es un hecho real que, cuando esta situación de sometimiento de la voluntad del niño al consejero se prolonga durante 12 o 14 años no tiene nada de extraño que el niño llegue a acostumbrarse y a dejarse guiar por la voluntad del consejero, se abandone a la voluntad del superior por comodidad y por no tener responsabilidades, sobre todo, cuando se insiste machaconamente en que las orientaciones y recomendaciones de los consejeros espirituales coinciden con la voluntad de Dios, mejor aún, son la voluntad de Dios; como consecuencia, los muchachos no son capaces de interiorizar los propósitos sociales que generan la voluntad; carecen de ella, y lo que es aún más grave, carecen de intimidad, pues, si el niño desde pequeño, cuando todavía no tiene intimidad real, se habitúa a descubrir su interioridad a Jesús, por un lado, y, como consecuencia, al consejero espiritual, por otro, no desarrolla, tampoco, un ámbito propio de intimidad, esto es, de libertad y responsabilidad, de iniciativa individual y de impulso creador; como resultado de este proceso se malogra la personalidad del muchacho.

Un corolario que se deduce, necesariamente de los cinco rasgos característicos de la formación novicial, es una grave infravaloración del hombre y de todas sus aptitudes; una infravaloración, que linda en un franco desprecio, sobre todo, de aquellos hombres que no pertenezcan a la Iglesia Católica o que, aún habiendo sido bautizados, son poco tibios en sus prácticas religiosas cotidianas. Las manifestaciones de este desprecio son múltiples y radicales, empezando por los tres enemigos del alma: el demonio, el mundo y la carne. Es grave error considerar enemigo al propio cuerpo, pero más grave todavía es considerar enemigo al propio espíritu humano, a la conciencia propia y, por consiguiente, considerar enemigo al mundo y, en particular, a los otros hombres que son la parte más próxima e importante del mundo. Que pensar cuando se oye decir y se lee que el propio cuerpo es una gusanera, polvo sucio caído, un traidor que acecha constantemente la ocasión 25; pero la manera como se considera al cuerpo determina la estimación de las aptitudes del hombre, en esto hay que ser consecuentes y el hombre es fundamentalmente el cuerpo, la gusanera, por tanto, todo lo más elevado en el hombre es prestado, es una concesión temporal de Dios: toda nuestra fortaleza es prestada 26: la razón, la facultad más elevada y sublime del hombre es un chispazo del entendimiento divino (782), a pesar de lo cual es una mala consejera y no hay que confiar en ella (159, 177, 782) hay que someterla a la voluntad de Dios, esto es, al Director Espiritual (que en realidad es otro Cristo (66). El desprecio a los demás, a la masa, se repite constantemente y se presenta bajo diferentes formas «¡Que pena dan esas muchedumbres -altas y bajas y de en medio- sin ideal!-Causan la impresión de que no saben que tienen alma: son manada, rebaño…, piara». (914). La salvación es un negocio estrictamente individual, y «es a él, al propio hombre, a quien corresponde el negocio de su salvación, y sólo a él, con actos de su libertad en lucha, puede hacer fecunda la gracia divina en sí mismo y lograr el triunfo final de su vida. Cada uno es el que a sí mismo se salva o se condena 27. Esta infravaloración culmina en la absoluta negación de sí mismo para liberarse de todo asidero, de todo interés, de todo afecto a fin de entregarse a Dios 28.

El desprecio al hombre llega a extremos alucinantes, como explicar a niñas que el mundo -esto es, los otros quieren arrebatarles su fe, como si, en general, en esta sociedad (y en la sociedad que nos precede) a la gente le interesara algo la fe de los demás; asaltar, la fe, arrebatar la pureza, inducir a pecar 29, etc. Estos son los peligros con los que los asesores espirituales amenazan a los muchachos y muchachas de los colegios de religiosos cuando salen «a la calle». Y tienen razón, la calle es una amenaza constante, tremenda, para quienes pretenden vivir de espaldas a la realidad social del capitalismo industrial, a la sociedad de consumo, porque todo parece invitar, más aún, incitar a consumir, a disfrutar, a gozar de tantas y tantas cosas como produce la industria; pues para acelerar el consumo de esas mercancías y servicios se invierten miles de millones ¡Disfrute hoy, ya pagará mañana! Y la abundancia de cosas para consumir, el disfrute de cosas que sólo parecen soñadas, hacen que las gentes se olviden del miedo a la muerte y del temor al infierno; en las situaciones prósperas de las sociedades capitalistas industriales ¿quién piensa en la muerte, en la otra vida, en la inmortalidad del alma? El temor es real, pero es un temor a contrapelo de la historia, es un temor irracional, porque se trata de un proceso imparable y, en muchos aspectos, beneficioso, ventajoso para los hombres: es abiertamente la salida de una situación de miseria, del «valle de lágrimas», para entrar en unas condiciones de vida más satisfactorias. Cuando hoy se asiste a un funeral sorprende la insistencia en la otra vida, en la vida eterna; se tiene la impresión de que ese ritual pertenece a otra época en la que las condiciones de vida debían de ser verdaderamente terribles que la muerte se hacía más llevadera pensando en la vida futura, ultraterrena; todo esto parece confirmar la afirmación del filósofo alemán 30 de que cuánto más miserable se hacía la condición de los hombres en la tierra más rico y esplendoroso se hacía el reino de los cielos.

El desprecio al cuerpo y a sus facultades, (lo que implica, ni más ni menos, que el desprecio al hombre, a los hombres) el convencimiento de que la salvación es una cuestión estrictamente individual, el temor irracional a «la calle» por su condición de amenaza a la fe y a la salvación propias, ejercen una influencia muy nociva y muy diversa sobre los muchachos y muchachas. En primer lugar, el machaqueo reiterado y constante de que no sólo el cuerpo propio, sino el propio espíritu constituyen el más formidable enemigo para la propia salvación; ese desprecio del cuerpo y del espíritu o conciencia en cuanto genuina fuente de la individualidad (y como tal núcleo de la propia mismidad el obstáculo fundamental a la unión con Dios por estar constantemente manifestándose como la individualidad que en realidad es) produce en los creyentes la impresión (el sentimiento) de que en cada persona coexisten varios individuos en lucha llegando en muchos casos al convencimiento de que se trata de contradicciones insalvables que el individuo no puede superar para alcanzar una condición de armonía. Esta conclusión puede llevar a un desprecio mutilador de la propia personalidad o a la desesperación de una condena irremediable, y siempre a una verdadera quiebra de la personalidad.

Es evidente que tal convencimiento es la base y la motivación de la reiterada invitación a negarse a sí mismo (¿qué necesidad habría de negarse a sí mismo, si el espíritu humano no fuese enemigo o, por lo menos, opuesto o distinto a Dios?), y la segunda parte, la continua acusación de que el cuerpo es una gusanera, polvo sucio, un enemigo pestífero y traidor. Este brutal menosprecio de la conciencia y del cuerpo humano no puede, por menos, de generar en los niños y más tarde, en los adolescentes arraigados sentimientos de desconfianza, de menosprecio, de acentuada falta de respeto a los hombres, a los prójimos, sobre todo, cuando los otros hombres son clasificados en la categoría de enemigos del alma, en segundo lugar después del demonio.

Naturalmente, la agudización de la grave contradicción, la formidable oposición y contraste entre el alma creada por Dios y el cuerpo (creado, no se sabe por quién, pero que bien podría ser por el Diablo) tenía que desembocar en un auténtico menosprecio del propio cuerpo y del propio espíritu; así se acentúa la sensación de pecado, y convicción de estar constantemente en el borde del precipicio del pecado y de la condenación eterna. Como es lógico, no es fácil vivir en tal estado de ruptura y de desequilibrio, por lo que hay que buscar alguna salida, teniendo en cuenta, sobre todo, que la salvación es exclusivamente individual, personal, pues se trata de un negocio entre cada alma y Dios 31, sin poder esperar nada de la sociedad, ni tampoco del grupo inmediato; más bien al contrario, los otros, la sociedad, la «calle» constituyen un verdadero obstáculo, si se quiere, una amenaza para la propia salvación 32. Esta soledad del individuo en el problema absoluto de su salvación instituye una insolidaridad radical, consecuente, claro está, con la exigencia de desarraigo de todos (radicalmente todos) los afectos humanos, y consecuente, asimismo, que el desprecio al mundo, cuyo principal componente son los otros hombres, y con el desprecio a la carne. Ahora bien, menospreciando los afectos humanos, que son de tanta ayuda para soportar las tensiones y miserias de la vida, despreciando el propio cuerpo y hasta el propio espíritu como verdaderos enemigos en el negocio de la salvación ¿con qué ayuda secreta, mágica, cuentan los creyentes, los militantes, los cuadros de la Iglesia? Parece que tres factores son los que sostienen a los militantes, en primer término, la gracia 33, en segundo, el perfeccionismo y por último, el ansia de poder; el orden no indica ninguna forma de evaluación.

La gracia es una consecuencia de la fe y se justifica en la fe; resulta del convencimiento de que Dios ayuda a los que creen firmemente en El y persisten en el esfuerzo por desprenderse de todas las cosas del mundo, intereses y afectos, hasta negarse a sí mismos y arrojar del corazón «cuanto haya de humano para que, por medio de la gracia, sea todo en él sobrenatural» 34. El Padre Escrivá de Balaguer dice que para ser santos «se precisa mucha obediencia al Director y mucha docilidad a la gracia. Porque, si no se deja la gracia de Dios y al Director que hagan su obra, jamás aparecerá la escultura, imagen de Jesús, en que se convierte el hombre santo» 35. Parece claro que llaman gracia a la fe ciega, que por medio del desasimiento, de la negación de sí mismo asume la Voluntad de Dios como guía de su acción, de su conciencia. En otras palabras, se puede decir que a un creyente católico le asiste la gracia divina cuando su obediencia al superior o al Director espiritual (o al confesor) le lleva a abandonarse en la Voluntad de Dios, por medio de los «Escalones: resignarse con la voluntad de Dios: conformarse con la Voluntad de Dios: amar la voluntad de Dios» 36, poco antes se encuentra otro pensamiento. «El abandono en la Voluntad de Dios es el secreto para ser feliz en la tierra…». La fe y la obediencia ciegas, perseverantes contra toda vicisitud, traen consigo la gracia al creyente o al militante.

Es evidente que la gracia es un don otorgado individualmente a cada individuo creyente y, en el fondo, es un inapreciable bien con que Dios distingue, condecora a sus predilectos. Pero la selección de estos predilectos empieza ya en la primera etapa de la formación de los militantes y de aquéllos muchachos a los que se les aplica el procedimiento pedagógico de la formación de novicios para compensarles y distinguirles del opresivo cuadro del mundo y del hombre ya reseñado. Se insiste a los niños en el privilegio que disfrutan al recibir una formación de selectos, que llegarán a ser «Otros Cristos» o algo todavía superior, porque ¿qué cosas habrán dicho las Madres a unas niñas para que, una de ellas, tuviese la aspiración a ser coronada Virgen por Jesús en el Cielo? 37.

Frente a la podredumbre que son los otros hay que resaltar los privilegios que Dios y la Iglesia otorga a sus mejores paladines, a sus militantes. De ahí la soberbia y el orgullo de los que defendidos contra las amenazas por muros de cemento y de cristal (opaco) cumplen fielmente la Voluntad de Dios a través de la dirección y consejo de sus superiores.

El ansia de poder… ¿qué otra cosa pueden desear hombres y mujeres que han aniquilado todo afecto humano en su corazón, que se han negado a sí mismos y que han resignado su voluntad en la Voluntad de Dios, que equivale a entregarse a la voluntad del superior? 38. Salvo algunas vocaciones tardías la inmensa mayoría de los religiosos han sido modelados desde niños en los colegios (verdaderos prenoviciados) y en los noviciados mediante procedimientos pedagógicos que impiden el desarrollo de una auténtica voluntad personal, ya que los profesores y los superiores se aplican de tal manera a la guía y dirección espiritual de sus alumnos, que los muchachos acaban por acostumbrarse a resignar su voluntad 39. Pero si en la etapa de formación tal resignación de la voluntad en el recinto protegido por «muros de cristal y cemento», no ofrece grandes dificultades, llegados a adultos y una vez convertidos en miembros de la orden o de la congregación con pleno derecho resulta muy opresivo y deprimente seguir siendo objeto de manipulación como cuando eran muchachos y por mucha capacidad de sacrificio que el individuo haya desarrollado (es decir, por mucho que haya aniquilado su amor propio y su voluntad) el individuo sigue siendo un hombre con su propia, particular y privativa capacidad de obrar y de pensar. El individuo ha ganado experiencia de su propia sumisión, de la propia «oblación» de su voluntad y, aunque no se lo proponga, la capacidad ganada de experiencia cuya función principal consiste en orientar, guiar la propia conducta, tiende continuamente a operar por sí mismo, a conducir su propio obrar; en otras palabras, el individuo se sentirá reiterada e irresistiblemente inclinado, tentado a ejercer su propia voluntad, su propia iniciativa, porque es radicalmente imposible renunciar a la propia individualidad. En esta lucha entre la plena resignación de la voluntad en manos de los superiores y la capacidad de acción individual, es natural y es humano que los individuos ansíen elevarse al nivel de los superiores, para, a su vez, manipular a los demás, especialmente, cuando el individuo está convencido de que es un selecto, un elegido por Dios, para que le glorifique a El.

Por otra parte, constituye un proceso irrefrenable, que el desprecio, el odio al cuerpo (la carne) y al propio espíritu conduce y arrastra al desprecio de los otros cuerpos (como principales constituyentes del «mundo»), en especial cuando se está plenamente convencido de que ellos son los obstáculos mas terribles para la salvación individual. Pero, es evidente que no puede darse un claro desprecio de los hombres sin un abierto menosprecio por las cualidades representadas por ellos, en especial por las cualidades que no son fácilmente perceptibles, como el entendimiento, los sentimientos, el afecto, la razón. Naturalmente, el desprecio de las facultades más nobles de los otros, de los prójimos, desemboca, si no en el odio inmediato, en una desconfianza que se refuerza continuamente; desconfianza que dificulta el camino para la colaboración, pues, ¿cómo colaborar con un saco de gusanos y de podredumbre, con un enemigo, con un agente del demonio?; a la vez se prepara el camino para rechazar toda relación con tales enemigos, aislarse frente a ellos, eludir encuentros con ellos; se intensifica la tendencia, muy fomentada, además, por los directivos, profesores y asesores espirituales, a romper toda relación social existente, o a impedir que surjan tales relaciones personales en los niños y en los adolescentes. Se recomienda evitar aún la misma apariencia de amistad entre los compañeros, no formar capillitas 40 y se considera el afecto humano como una atadura que aleja de Dios y del cumplimiento del deber.

No es necesario reflexionar mucho para darse cuenta, que el desprecio del cuerpo, las recomendaciones para evitar entablar amistades afectivas, la casi prohibición de relaciones personales entre muchachos o entre muchachas, la insistente infravaloración de los otros, que bajo la apariencia de la «calle» amenazan hasta la propia existencia; la acentuada desconfianza hacia las aptitudes de los demás, todo esto, solo es posible por una exhaltación, frecuentemente, implícita y, a veces, abierta y declarada, del propio yo. Los que cumplen correctamente con la Voluntad de Dios son sus predilectos, sus elegidos, los destinados a los más elevados merecimientos; en muchos colegios se crea así un sentimiento de orgullo individual en cuanto los Padres los destacan y sobrevaloran 41, de ahí la multitud de distinciones de «excelencias» y otros títulos latinizados que alimentan el individualismo abstracto de chicos y chicas. Por este procedimiento se fabrica una mezcla explosiva de soberbio desprecio hacia los otros, hacia los de la «calle», hacia la plebe, la chusma, y de exaltación individual abstracta, ritual, porque, en realidad, el individuo así exaltado no es más que un sepulcro vacío pintado de blanco.

—–

21 Esto se escribía en la España de 1964 «Esas fiestas, esos bailes, esa falta de pureza y ese desorden moral. ¡Es posible que ocurra por ahí! Líbrame Señor, de caer en las garras de ese mundo infernal, corrompido por los desórdenes. Antes morir que pecar. » Diario de Juani, 41.

22 Para los colegios religiosos de élite «la calle» resume gráficamente uno de los tres enemigos del alma, el mundo en su sentido social. «El Padre Espiritual nos habla siempre del peligro de las malas compañías.» Arozamena, Colegio de Jesuitas, 56.

23 «La lucha empieza a entrar en un callejón sin salida. Necesita [ Juani] un director, un consejero que le ayude desde fuera a encontrar el camino. Ella está en las manos de Cristo, pero necesita una persona que vea desde arriba, un espejo en el que poder apreciar las cosas buenas y los desvíos. Su timidez le impide dar con el camino [¡sic!]»; los compiladores del Diario de Juani, 50; 54.

24 Uno de los mayores peligros y más difícil de superar es no confundir lo que es obra del propio espíritu humano con la Voluntad de Dios, ya que según San Bernardo el espíritu humano es un enemigo más poderoso que el demonio, el mundo y la carne, y compañero inseparable del amor propio, A. Izquierdo Sorli, Escalada, 311 a 318.

25 Camino, 599, 225-227…

26 Camino, 728.

27 V. García Hoz, Pedagogía de la lucha ascética, 1946, pp.. 33-34.

28 Camino, 149, 151, 189, 722, etc.

29 «Es posible que haya tanta gente que no se acuerde de Ti! Estas fiestas, esos bailes, esa falta de pureza y ese desorden moral. ¡Es posible que ocurra por ahí! Líbrame, Señor, de caer en las garras de ese mundo infernal [esto se escribe en 1964 en España], corrompido por los desórdenes…» y más adelante Juani vuelve a escribir, «Ayúdame, Jesús. Me da miedo salir a ese mundo, que quiere echar a perder, que quiere que me aparte de Ti…» Diario de Juani, 41 y 54.

30 Hegel, de La filosofía de la religión.

31 García Hoz, Pedagogía de la lucha ascética, 33. 32

32 Es preciso destacar bien los peligros que encierra el desprecio a los hombres, llevado hasta el extremo de despreciarse a sí mismo, situación que de persistir mucho tiempo, no puede por menos de desembocar en odio los hombres, transición que parece que se da con demasiada facilidad. El odio «justificado» a los semejantes, considerados coloquialmente como enemigos, predispone a tratarlos o a influir para que sean tratados como tales: como enemigos, a eliminarlos físicamente; y puede ser a matarlos para que se salven antes de que se empecinen más en el pecado. Recordar el episodio citado por Bernanos.

33 Convendría analizar sociológicamente la gracia.

34 Izquierdo Sorli, Escalada, 179.

35 Camino, 56.

36 Camino, 774, 766

37 «Por un lado, lo considero estupendo el ser elegida por Ti, para vivir Siempre muy unidos. Sería genial, luego, encontrarme en el Cielo y coronándome virgen en medio de mis compañeras… » Diario de Juani, 149-150 «.:. Quiero que vean en mí un Cristo en la tierra. Ayúdame» 170; «Haz que así me santifique, porque mi mayor ilusión ahora es llegar a ser un día santa…» 173. Que los seminaristas lleguen a ser considerados «como otros cristos en todo lo que es posible reproducir al sumo y eterno sacerdote».

Reglamento disciplinar… p. 71.

38 San Ignacio de Loyola, «Carta a los jesuitas de Portugal».

39 «¡Qué fácil la ascensión! Nada más que caminar por un sendero ya trazado, asidas de una mano maternal!

– La mano de nuestra madre en casa.

– La mano de las Madres en el colegio.

– Tu mano virginal y cálida, ¡Mater!

Manos de madre siempre…» Diario de Juani, 86. Páginas antes dicen los comentadores refiriéndole a Juani y a sus compañeras: «Mientras estaban en el colegio eran un grupo compacto con una sola idea y una sola voluntad». p. 82, ¿qué voluntad? Está claro, «una sola idea y una sola voluntad», era la idea y la voluntad de las Madres. «No deben tener secreta alguna tentación, que no la digan al Prefecto de las cosas espirituales o a su confesor, o al superior, holgándose que toda su ánima les sea manifiesta enteramente; no solamente los defectos, pero aún las penitencias o mortificaciones, devociones y virtudes todas, con pura voluntad de ser enderezados donde quiera que algo torciesen: no queriendo guiarse por su cabeza si no concurre el parecer del que tiene el lugar de Cristo nuestro Señor [del Superior]». «Sumario de las Constituciones», en Reglas de la Compañía de Jesús, Madrid, 1826, p. 22 (Subr. T.P.A.).

40 Camino, 366 y 963.

«—Oye Juani, ¿cómo has enfocado la reunión?

-Me parece que lo mejor es seguir las normas del colegio, adaptándolas a esto.

-A mí me parece que tenemos que evitar que se formen grupos, para unir el curso.

-Pues queremos que no se formen grupos, y para eso hay que llegar a su hora».

Diario de Juani, p. 21 (Subr. T.P.A.)

Sobre esa relación abstracta entre las muchachas del curso uniformadas por las madres es esclarecedor el párrafo de los compiladores del Diario de Juani «Mientras estaban en el colegio eran un grupo compacto con una sola idea, con una sola voluntad.» ¡Naturalmente, la voluntad de la Madre, de la Madre Superiora! (Subr. T.P.A.) p. 82. Ver también Camino, 162.

41 Una descripción breve, pero completa, de «medios e industrias» para distinguir «adelantar y enaltecer a los mejores», se encuentra en el libro de Jesús M.ª Arozamena, Colegio de Jesuitas, Madrid, Ed. Aldecoa, 1941, págs. 79-86 y 88-92. «Los colegios de jesuitas cultivan la personalidad descollante», Ibid. 95.

ÍNDICE

—oOo—

Consecuencias de las tendencias aisladoras sobre los hijos de la pequeña burguesía

Si ahora se consideran, en conjunto, la falta de tradición familiar y de relaciones personales familiares, el rechazo de la propia familia (como se ha explicado), la falta de relaciones personales, anudadas en los años escolares y las tendencias generadas por la filosofía y la práctica pedagógica de los colegios religiosos (desprecio al cuerpo y al espíritu, desprecio a los otros y a sus capacidades, los otros como amenaza, el mundo, la calle, la exaltación de los predilectos, los elegidos, etc.) es inevitable concluir que este sistema de formación fomenta en los muchachos y muchachas la pequeña burguesía, tendencias, en general, peligrosas, cuenta de las condiciones sociales propicias en las sociedades capitalistas industriales hacia la fragmentación, hacia la factores sociales, la social la pequeña burguesía (que se limita a engendrar a los hijos y a pagar sus facturas escolares y extras), el sistema educativo que forma en el desprecio, en la desconfianza hacia los demás y en la exhaltación de los entregados (los más dóciles, los más hipócritas, o los más tontos), y las marcadas tendencias sociales a fragmentar, hasta la atomización de los grupos sociales para que no pongan en peligro la estabilidad del sistema, para lo que crea, además, instrumentos de reforzamiento de las diferencias de los grupúsculos generados, todo ello es algo que debiera hacer reflexionar a todas aquellas personas preocupadas por el deterioro de la convivencia social en algunos países con fuerte influencia católica como Italia y España.

Para cualquier observador de la realidad social es evidente la existencia de jóvenes universitarios con los estudios terminados, a medio camino o simplemente iniciados, muchos también que sólo han terminado el bachillerato, que manifiestan una notable incapacidad para desarrollar sus relaciones personales 42 más allá de los estrechos límites de tres o cuatro amigos (o amigas), embargados por la obsesión de no dejarse masificar, de no dejarse manipular; jóvenes que rechazan toda forma de disciplina, toda obligación, todo deber, y convencidos de que ellos no tienen compromisos con nadie, ninguna relación de reciprocidad; jóvenes que sostienen que han venido al mundo sin haberles consultado y, por tanto, está aquí para disfrutar, para gozar de los bienes existentes, ya sea a costa de los padres, ya sea a costa de organismos del Estado, o de quien sea. El sentimiento de reciprocidad, y de solidaridad no va nunca más allá de los 2, 3 o 4 amigos, y sólo mientras individualmente le conviene.

Una manifestación más de la incapacidad para desarrollar afectos intensos y permanentes es la frecuencia alarmante de las separaciones matrimoniales entre los jóvenes de la clase media baja, (esto es, de la pequeña burguesía). Muchas de las separaciones parecen deberse a causas superficiales o fútiles, o simplemente, a cansancio de vivir o estar juntos a los pocos meses de casados, o al descubrimiento de un compañero o compañera más atractivo o atractiva. Es probable que la mayoría de las separaciones de los matrimonios de esta capa social se dé cuando aparece el primer niño con todas las molestias y obligaciones que trae consigo, lo que constituye una muestra más de su falta de responsabilidad y de solidaridad humana; sentimientos que, naturalmente nadie les ha enseñado, ni teórica ni prácticamente, porque el niño aprende a amar en la medida en que es amado, protegido, cuidado.

El sistema educativo, aquí analizado, no es tan peligroso para los niños de la clase alta que mantienen con los padres unas relaciones de respeto reforzadas por las intensas relaciones sociales propias de la clase y las posibilidades de interacción social ofrecidas por los actos sociales, fiestas, reuniones en los clubs, en los lugares de veraneo, etc. Tampoco es demasiado peligroso para los niños y muchachos de la clase trabajadora, obrera, debido, asimismo, a los lazos de solidaridad de clase, más vivos e intensos, por necesidad, que en ninguna otra; a este respecto hay que resaltar que los muchachos de familias obreras que acceden a estudios medios y superiores, con gran frecuencia se sientan en las mismas condiciones que los hijos de las familias pequeño burguesas; sin duda, constituye un grave problema para el porvenir de la clase obrera, el hecho de que la gran mayoría de sus hijos, que accedan a los estudios superiores, acabarán por caer en la órbita de los jóvenes de la pequeña burguesía, por las mismas o parecidas causas.

Este estudio quedaría incompleto, mejor aún truncado, si no prosiguiera la investigación hasta descubrir las raíces del sistema y la filosofía pedagógicas aplicadas en los colegios de las congregaciones religiosas. Ya en páginas anteriores se ha señalado que, al menos en nuestro país, el florecimiento máximo de la enseñanza de las congregaciones religiosas se sitúa en los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, y hasta bien entrados los años 60; fue en este período cuando todas las congregaciones que antes no se habían dedicado a la enseñanza, abrieron colegios e internados y, aunque no contaban con personal con formación académica y menos experiencia, confiaban en la práctica adquirida en sus noviciados, por eso el rasgo característico del estilo de la enseñanza impartida por estas órdenes consistía en la aplicación de los métodos de formación novicial. Por consiguiente, la investigación debe continuar, precisamente, para aclarar qué tipo de formación han recibido los directivos, profesores y asesores espirituales, porque, de cómo hayan sido formados depende la influencia que pueden ejercer sobre los niños y los muchachos, la orientación que darán a sus enseñanzas, en una convivencia diaria larga 43 ejercida durante bastantes años sobre niños tan inermes socialmente como los hijos de la pequeña burguesía. No se puede entender la eficacia y resultados de la formación de los colegios religiosos sin comprender el tipo de formación a que han sido sometidos los profesores. Las páginas siguientes van a estar dedicadas al análisis de la naturaleza de la formación novicial.

—–

42 En el Diario de Juani se encuentran muchos pasajes que demuestran su incapacidad para entablar amistades, por ejemplo p. 79.

43 Diario de Juani, págs. 10 y 11.

ÍNDICE

—oOo—

CARACTERES DE LA FORMACIÓN NOVICIAL 1

Sobre los diferentes tipos deformación novicial

Aunque existen algunas diferencias de método entre los noviciados de las órdenes religiosas y los seminarios diocesanos, la formación que se da a los novicios y a los seminaristas es muy parecida, pero debido al mayor prestigio social de la mayoría de las órdenes, la influencia de ésta se ha hecho sentir, no sólo en los seminarios, sino sobre todos los niveles de la formación religiosa, desde los noviciados de la Compañía de Jesús hasta las catequesis parroquiales 2. Otra distinción se impone, según que se trate de novicios muy jóvenes, niños de 10 años, (lo que sucede en los seminarios y algunas órdenes dedicadas a la enseñanza de niños pobres) o de adultos con vocación tardía, con vocación real, porque, hay que admitir que los niños de diez años, reclutados entre los hijos de campesinos pobres «católicos adscriptos», no pueden tener vocación sino se supone que la vocación es una facultad innata, de naturaleza mágica. Aun careciendo de datos se puede suponer que la órdenes religiosas de mayor prestigio, lo mismo que el Instituto del Opus Dei, no recurren nunca o muy raramente a la recluta de niños pequeños de 9 a 10 u 11 años; prefieren las vocaciones reales de finales del Bachillerato o de finales de la carrera universitaria. Claro está que las órdenes religiosas, en especial, las más destacadas, en algunos casos tienen a los niños y niñas bajo su influencia, desde una edad muy temprana y en un número varias veces superior a sus posibilidades de crecimiento, en sus centros privados de enseñanza; esto les permite ejercer una selección mucho más rigurosa 3.

Se podría afirmar que en la Iglesia Católica, a parte, de los numerosos escalones de su rígida e hierática jerarquía existen tres niveles de formación: el primero y más bajo, es el de los simples creyentes, que o bien han nacido en Ella o han acudido a Ella en busca de amparo, de protección, de consolación, etc.; el segundo, es el nivel de formación de los militantes de a pie, los encargados de enfrentarse y bregar con los creyentes vulgares, rutinarios, y, tercero, la formación de los cuadros, de los dirigentes, de los intelectuales especialistas, asesores y directivos y teorizantes de la Iglesia, tarea básica de unas pocas órdenes como jesuitas, dominicos, Opus Dei, franciscanos, etc.; etc., y la formación de los directivos más selectos, más elevados de la sociedad civil, labor que durante siglos, han acaparado los jesuitas y que, actualmente, la comparten con el Opus Dei; para las órdenes religiosas, más selectas, la formación de los dirigentes constituía un empeño fundamental, por eso un autor dice, «la Compañía de Jesús, educadora en excelencia, maestra de generaciones directrices… » 4 ; más adelante insiste «los colegios de jesuitas cultivan la personalidad descollante» 5. El mismo autor hace decir a uno de sus personajes, un republicano de Orden «A mí, hasta me toman el pelo en el partido porque estudias con ellos… [(con los jesuitas)]. Claro que la broma no prospera, porque la mayoría de los republicanos tienen educando sus hijos con jesuitas» 6.

Naturalmente, en las últimas décadas se podrán advertir diferencias entre la formación de militantes de a pie, en los seminarios, cuyos educandos eran en su mayoría niños procedentes de familias campesinas pobres, y la formación de los hijos de la clase alta, de la clase media, y, después de la Guerra Civil de la clase media baja o pequeña burguesía. No podían guardárseles las mismas consideraciones a los seminaristas que no pagaban nada o muy poco 7, que a los alumnos de los colegios selectos que contribuían con cuotas trimestrales o mensuales bastante elevadas, y que estaban predestinados a ocupar los puestos más encumbrados del Estado y de las Empresas. Los seminaristas, desde el momento que llegaban al seminario eran tratados con duro rigor y disciplina rutinaria y ritualista; los métodos pedagógicos eran más toscos y primitivos, no disponían de buenas y modernas instalaciones docentes y deportivas, ni la comida era de parecida calidad a la de los colegios para los hijos de la clase dominante. A éstos se les aplicaban métodos modernos, tanto en la enseñanza, como en la formación espiritual. Sin embargo, es un hecho, que los métodos y las maneras de los colegios de las órdenes religiosas, por corresponder a la formación de las clases dominante y dirigente y por su evidente eficacia se fueron difundiendo a los seminarios y a los noviciados de la órdenes religiosas menos prestigiosas, hasta hacerse generales y comunes.

—–

1 Entre las muchas obras que se podrían utilizar en este análisis de la formación de novicios, reúnen ventajas especiales los siguientes, el Venerable Tomás de Kempis, Imaginación de Cristo, Barcelona, Sopena S.A.; San Ignacio de Loyola, la Autobiografía, en obras completas, t. J., BAC, Madrid, 1947; José María Escrivá de Balaguer, Camino: Comisión Episcopal de Seminarios, Reglamento disciplinar, Plan de estudios y Reglamento escolar, Valladoliz, 1941 (o 1942); V. García Hoz, Pedagogía de la lucha ascética, Madrid CSIC., 3.’ e. 1946; Antonio Izquierdo Sorli, Escalada, Valencia, 2.’ ed. 1961; y los libros testimonio F. García Salve S.J., Diario de un muchacho de Preu, Bilbao, Mensajero, 1967, y, sobre todo, un libro de valor excepcional, por tratarse de un diario avalado por dos teólogos notables, Mariano Civera S. J., y José Ramos, S. J. Diario de Juani, La universitaria arrollada por un tranvía, Bilbao, El Mensajero, 1966 (citado como Diario de Juani); Jesús M.ª Arozamena, Colegio de Jesuitas, Madrid, edit. Aldecoa, 1941 (Prólogo de Jacinto Benavente).

2 M. de San lisa y A. Gaamez, Juventudes femeninas, Madrid, S. de E. Atenas, S.A., 1961.

3 Esta es una de las causas de la transferencia de los métodos formativos, propios del noviciado a los colegios para niños, que, en principio, estaban destinados a vivir en el «mundo».

4 Arozamena, Colegio de Jesuitas, 76.

5 Ibid. 95.

6 Arozamena, Colegio de Jesuitas, 158-159; ver asimismo la carta que el protagonista ya convertido escribe a un compañero; «La enseñanza. Es de tal fuerza convincente, que las primeras filas de los Estados se nutren de sus colegios. Todas las familias iniciadas en el hábito de amar, envían sus hijos a la pedagogía ignaciana. Razones de todo orden intelectivo enuncian la pasión útil de la Compañía en el sentido riguroso de la formación». Ibid. p. 199. Todo este libro es una proclamación soberbia de la eficacia de la formación jesuítica y de su superioridad.

7 Sorprendentemente también en los Seminarios había clases, pues, todavía en un documento publicado en 1941 o 1942 (la segunda fecha figura en la cubierta como proyecto de Reglamento disciplinar, Plan de Estudios y Reglamento escolar, para los seminarios, se dice «Debe procederse sin demora a la supresión de la diferencia de trato dentro del Seminario de los alumnos pobres y ricos: a cuyo efecto deben desaparecer la llamada segunda mesa y los alumnos fámulos; y en el caso de imposibilidad de sostener suficiente número de criados, podrán encargarse algunos servicios a todos los alumnos indistintamente, según turnos previamente establecidos por los Superiores». p. 114 (Subr. del original).

ÍNDICE

—oOo—

Incomunicación y prevención del novicio frente al mundo

A pesar de las diferencias reseñadas en el apartado anterior, la formación «espiritual» e intelectual se iniciaba por un intenso esfuerzo de apartamiento, de aislamiento de los novicios (naturalmente, entre estos se incluye a los seminaristas) de su medio social anterior y también del exterior, del mundo, de la «calle», ya que su vida debía de quedar confinada dentro de los límites de los edificios, patios, jardines y otras instalaciones; fuera de estos límites estaba la «calle», el mundo con sus desórdenes, su corrupciones y sus tentaciones. Los mecanismos de aislamiento, además de los muros, celosías, porteros, etc.., consistían en recordarles machaconamente todos los gravísimos peligros de la calle, del mundo, representados con las exageraciones convenientes y necesarias para atribular sus corazones, hasta hacer sentir a los niños y muchachos el maravilloso bien, la felicidad de estar allí dentro. Naturalmente, esta tarea no era nada difícil cuando se iniciaba a una edad tan temprana como los 10 años o aún antes.

No son necesarios muchos esfuerzos para convencer a niños de esa edad de que el demonio es como un tigre o un león hambriento en busca de su presa, que son las almas. Tampoco resulta difícil demostrar que el demonio puede revestirse de todas las formas imaginables (y no imaginables), incluso, puede adoptar la figura de un compañero, aparentemente ingenuo e inocente: Pero aún más, el demonio, el Maligno, el Enemigo, tiene hasta el increíble poder de penetrar en la imaginación y poner en ella un mal pensamiento 8; esto parece increíble si se acepta que el pensamiento y la imaginación son actividades genuinas del alma y ¿cómo el diablo va a tener poder para introducirse en el lugar más sagrado del individuo, en el alma inmortal, creada por Dios? Si el demonio puede penetrar en el sagrado recinto del alma, que es, según San Juan Evangelista el lugar de Dios, y según S. Lucas el Reino de Dios (17, 20-23), puede penetrar en todas partes, puede invadirlo todo, las cosas, los animales, los hombres, el hombre, su cuerpo, su sensualidad, su alma, su voluntad, su pensamiento. La tentación diabólica parece la condición universal del hombre.

Resulta, relativamente, fácil convencer a niños y niñas, a adolescentes, de que el demonio es el gran estratega que coordina, dirige y controla el gran ejército de estímulos tentadores, que se extienden desde los más vulgares y materiales a los más espirituales, pasando por las tentaciones nacidas de los otros, de nuestros prójimos: el hecho es que el mundo y la carne son controlados por el demonio, y que nuestra pobre carne (incluso nuestro espíritu) es el camino por donde tienen que pasar todas las tentaciones, pues no hay otra vía. De ahí la conveniencia de considerar con desprecio el mundo (las cosas y los prójimos) y nuestra carne, nuestro cuerpo y nuestras aptitudes psíquicas; esto es, nuestro espíritu; el rechazo del mundo y el rechazo, la negación de sí mismo es la condición indispensable para salvarse. En esto el acuerdo es general, casi desde los Evangelios, pero sobre todos desde el Kempis hasta Camino, sin necesidad de recurrir a los místicos españoles, la mayoría de ellos increíblemente pesimista.

Crear ese sentimiento de rechazo del mundo y sus cosas es una labor lenta que requiere tiempo y constancia, pero rinde grandes frutos. Iniciada a una edad temprana crea las condiciones óptimas, excelentes para conseguir el completo «desasimiento» que pide el padre Escrivá de Balaguer «¡Quién me diera no tener más ataduras que tus clavos ni más sensación en mi carne que la Cruz! » 9; anular todo interés, superar todo efecto y aniquilar el amor propio, el egoísmo, para lograr la más completa negación de sí mismo, pero, sobre todo, y por encima de todo anular todo afecto, mejor aún, superar, transferir todo afecto desde las criaturas a Dios, esta es la gran tarea, la que requiere más esfuerzo, más constancia, porque al hombre le es difícil sobrevivir sin afecto humano, sin ese calor humano que nos arrastra constantemente a buscar la comprensión, el consejo, el consuelo, o el cariño de los otros. Cariño de padres, de hermanos, de amigos, amor creador de mujer, amor edificador de los hijos, conseguir eliminar todas estas formas de afecto, requiere un esfuerzo colosal, y no sólo eliminarlo, sino sublimarlo para ponerlo en Dios, ¡no más Señor que se me pueda morir! Poner todo el amor que los hombres son capaces de sentir en algo inmortal, en algo puro y abstracto, en la más pura sublimación de todas capacidades humanas, las más elevadas.

—–

8 Según el P. La Fuente en sus fases de la tentación, «tentaciones… son todas las cosas que se dicen o hacen o pasan dentro del alma o fuera de ella, para provocarnos a pecar o a resistir a la divina vocación…» en García Hoz, Pedagogía de la lucha ascética, p. 220, 221 y ss.

9 Camino, 151.

ÍNDICE

—oOo—

Aniquilamiento y sublimación de las relaciones humanas afectivas

Es un hecho, reconocido por la ciencia actual, que el hombre es como un entrecruzamiento de relaciones personales; no unas relaciones sociales cualesquiera, sino de esas relaciones personales «reversibles», porque influyen en uno y uno influye en los otros relacionantes. Esas relaciones personales que desde la niñez -la madre, el padre, los hermanos, la escuela, el maestro, los otros niños, los amigos, la pandilla…- vienen configurando, nuestra conciencia, nuestra personalidad, esto es, nuestro ser social, que a la vez materializan nuestros afectos, el que nos tienen los otros, el que nos demuestran las personas que nos rodean y, sobre todo, el afecto que ellos despiertan en nosotros que es el lado que mejor conocemos, pues, aprendemos a querer porque antes somos queridos; sin el querer de los otros, tarde y con dificultades aprenderíamos a querer. El afecto es, a la vez, el motor de nuestro pensamiento y de nuestra voluntad, de nuestra acción; por eso cabe afirmar que el afecto es el fundamento de nuestra personalidad, que no es otra cosa que ese entrecruzamiento de afectos, nuestro ser social, porque cada relación personal nos modela con su afecto y con su palabra, con lo reversible de la comunicación: si quieres dialogar, escucha antes de hablar. Sin relaciones personales no hay hombre. Si es así, que lo es, ¿cómo es posible la anulación de todo afecto humano, la aniquilación de todas las relaciones personales a fin de poner el amor única y exclusivamente 10 en Dios?

Esto sólo es posible mediante la técnica del desasimiento (del desprendimiento) y de la sustitución, que hace posible el Catolicismo. Con el viejo Jehová del Sinaí, que tiene que volverse de espaldas a Moisés para poder hablarle, pues, si éste le viese la cara caería fulminado, no puede darse la técnica de desasimiento, porque no puede haber sustitución de las relaciones personales humanas por la relación con Dios y, no sólo, a través de la oración. Fue la transformación de Jehová en Santísima Trinidad, cuya Segunda persona se hizo hombre, naciendo de madre humana, viviendo entre humanos, siendo niño, muchacho, joven y adulto, quien hizo posible la personalización de Dios y el establecimiento de relaciones personales con El, directamente y a través de la mediación de la Virgen, de los Ángeles Custodios y de los santos. Sin estas personificaciones 11 no habría existido el Catolicismo y no se hubiera podido realizar esa sublimación de las relaciones personales humanas en «Comunicación» directa con Dios, en especial con Jesús. Estas personalizaciones son las que permiten escribir con toda seriedad «Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre -Jesús- y a decirle que le quiere», «Niño bueno: dile a Jesús muchas veces al día: te amo, te amo» 12; o qué una muchacha de diecinueve años escriba un diario (que es un puro soliloquio con Jesús) en un angustiado esfuerzo por mantener una relación personal con El, llegando a decir «Sigo sin vacilar adelante con tu ayuda. Contigo es estupendo. Hay que saber elegir un amigo en el que poderse apoyar. Yo te he elegido a Ti y te prometo con tu ayuda, Jesús ser tu amiga inseparable» 13.

Sin duda este es el carácter definidor y más original del Catolicismo: la humanización de Dios por medio de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, y su necesaria consecuencia, el nacimiento de Jesucristo de una mujer humana; el hecho de haberse criado entre los hombres como un niño 14 más, como un muchacho más y como un adulto entre otros. Es evidente, que, si Jesucristo vivió y convivió entre los hombres de una época, en relaciones personales con ellos, en interacción con ellos, si Jesucristo (Jesús más amistoso y coloquial) después de su crucifixión y su resurrección subió a los Cielos, pero en cuanto Dios está, de hecho, en todas partes y con preferencia en las almas humanas, que es lo más similar a El que hay en toda la Creación (en la Naturaleza) ¿por qué los católicos de hoy no van a mantener con El las relaciones personales, que fueron corrientes y normales en la Palestina del siglo primero de nuestra Era? Esta posibilidad está, por lo demás justificada en los escritos sagrados y en los escritos de la tradición cristiana, si bien, no parece que, salvo contadísimas excepciones de espíritus muy apasionados, tal práctica de relación personal con Jesucristo, con la Virgen, etc., no fue frecuente hasta el siglo XVI. Tomás de Kempis mantiene, es verdad, un diálogo con Dios pero dentro de una grave dignidad, y tomando siempre como modelo a las Sagradas Escrituras, a cuya cita recurre constantemente. Pero la nueva propensión exagerada a la personalización de Dios en la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, en Jesús y el establecimiento de una relación coloquial reiterada intimista y afectiva, tendente a fundir la propia voluntad con la Voluntad de Dios, tiene su arranque, con toda seguridad, en el movimiento religioso indicado y desarrollado por San Ignacio de Loyola y continuado por la Compañía de Jesús 15 con verdadero entusiasmo desde entonces. Este nuevo enfoque de las relaciones del hombre con Dios es el que alimenta las alambicadas disquisiciones de los místicos de los siglos XVI y XVII, en los que el alma individual entabla los más refinados coloquios, mejor dicho soliloquios, con la Divinidad y cree haber logrado de Ella revelaciones únicas y exclusivas.

Pero este enfoque personalista de Dios que culmina en el pensamiento 878 de Camino «Niño bueno: dile a Jesús muchas veces al día: te amo, te amo, te amo»; y que inspira intensa y enteramente el Diario de Juani, constituía un peligro real para la Iglesia Jerárquica, Católica Apostólica y Romana, porque no estaba en su naturaleza admitir las intuiciones, imaginaciones, u ocurrencias que a cada soliloquiante se le ocurrieran; pero la Iglesia acaba por admitir los soliloquios místicos porque al mismo tiempo estaba creando un riguroso mecanismo de control de las imaginaciones desbordadas; este magnífico mecanismo fue ideado también por San Ignacio y difundido, contra toda resistencia, por la Compañía de Jesús: la frecuencia de los sacramentos de la penitencia y de la comunión 16

—–

10 «Corazones partidos yo no los quiero; ¡Qué resistencia a dar mi corazón entero!» Camino, (145).

11 «Uno de los amigos de Juani, me confirma en esta opinión sobre la juventud. Yo hablaba mucho con Juani y los dos estábamos convencidos de que nuestra generación es fetén. La gente joven no ha renegado de Dios.

Quiere un Dios real y personal. Yo tengo muchos amigos que están francamente entregados a un ideal sobrenatural. Hoy se puede vivir perfectamente entregado a Dios en el mundo». M. Civera S.J. y J. Ramos S.J. Diario de Juani, 56 (Subr. T.P.A.)

12 Camino, 303 y 878.

13 Diario de Juani, 113.

14 «Se ha hecho tan pequeño -ya ves: ¡un Niño!- para que te le acerques con confianza». Camino, 94.

15 El mero hecho de llamarse Compañía de Jesús es toda una manifestación de la nueva propensión. Además los Jesuitas fueron los propagadores de ese culto almibarado, acaramelado del niño Jesús, de la Virgen, de los Sagrados Corazones, que alcanzó tanta difusión entre la población urbana de Francia, Italia, España, Portugal y las naciones Latinoamericanas. Una personalidad tan severa y austera como San Ignacio es realmente el que inicia e impulsa esa moda moderna que llega a su extrema vanalización en el Diario de Juani, parafraseado y editado precisamente por dos jesuitas.

16 «Fue Dublanchi quien observó en su artículo sobre la comunión frecuente del «Diccionario de Teología Católica»; (París) como después de un período en el que se fue haciendo cada vez más raro el uso de la comunión hasta en los santos, se inicia, particularmente en Italia, con la primera mitad del siglo XVI, un despertar eucarístico, promovido en gran parte por San Ignacio y sus hijos». Communion fréquente, D.T.C. III/I, col. 532. Cita del 1 tomo_ de las Obras Completas de San Ignacio, Madrid, BAC, 1947, p. 169.

ÍNDICE

—oOo—

La técnica de desasimiento, la confesión y comunión frecuentes como formas de control humano

Sin embargo, antes de seguir adelante se hace indispensable ampliar y documentar más el proceso o técnica del desasimiento o del desprendimiento, sobre todo por lo que se refiere a los afectos humanos, a las relaciones personales, constitutivas de la conciencia humana, del ser social del hombre. El punto de partida, sorprendentemente, se encuentra en los Evangelios, concretamente en el pasaje del «Joven rico» (Mateo 19, 16-30; Marcos 10, 17-31, y Lucas 18, 18-30, y en algún otro versículo más como Lucas 14, 26 y 33, etc.). En San Mateo es donde se presenta con más claridad la diferenciación entre el simple creyente y el elegido, el selecto, el perfecto, cuando el Joven rico pregunta que debía hacer para conseguir la vida eterna, y Jesús le contesta que guardase los mandamientos, «El joven le dijo: todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?». A lo que Jesús le contesta «Si quieres ser perfecto, anda vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme». En los versículos siguientes es donde Jesús dice que «es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios». No cabe duda de que Jesús se refiere con esto a la atadura a la tierra que son para el rico sus riquezas, sus tesoros. Después en el versículo 29, es donde aparece la fórmula más radical y grave del proceso de desasimiento «cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierra, por mi nombre, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna» 17. En San Mateo 16, 24, añade un nuevo aspecto al negarse a sí mismo cuando recoge lo que Jesús dice a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame».

Efectivamente, la primera exigencia del proceso de desasimiento coincide con la que Jesús hace a sus discípulos, que aborrezcan a sus padres, a sus hermanos, que se nieguen a si mismos y le sigan. También a los militantes católicos se les pide, se les exige que rompan todas sus ataduras terrenales 18, padres 19, hermanos, amigos, mujer, hijos, etc. que anulen todos sus afectos personales, que aniquilen todas sus relaciones personales. Ahora bien por lo que hoy se sabe del papel desempeñado por las relaciones sociales personales en el desarrollo de la personalidad de los individuos, exigirles que supriman, que corten sus relaciones personales afectivas, equivale a provocar un peligroso vacío en cada individuo, peor aún, equivale a hundirlo en el vacío de contenidos humanos: «Al perder aquellos consuelos humanos te has quedado con un sensación de soledad, como pendiente de un hilillo sobre el vacío de negro abismo.- Y tu clamor, tus gritos de auxilio, parece que no los escucha nadie…» 20. Como es fácil comprender este vacío en que se sumerge al individuo, o bien impide el desenvolvimiento de su personalidad, o bien malogra su desarrollo. Si esta aniquilación de todos los afectos humanos es tan grave para la formación de la personalidad, que puede arrastrarla a diferentes formas de neurosis, incluso, en algunos casos, de psicosis. ¿Cuál es el objetivo, la finalidad real que se persigue con la práctica de este proceso de desasimiento?

Con este desprendimiento se pretende que el individuo no esté sometido a influencias extrañas, externas al grupo (a la secta, a la «sociedad», etc.). La situación es más grave si se tiene en cuenta que están mal vistas, se desaconsejan, incluso se prohíben las relaciones personales de afecto en el interior del propio grupo. En este sentido Camino (366) dice, «entre los tuyos, evita cuidadosamente aun la apariencia de una amistad particular». (Subr. T.P.A.). Más adelante insiste «No me hagáis «capillitas» dentro de vuestro trabajo…» (963), «fraternidad sin familiaridad…» (948); «es la hora de la prueba; por eso te han quitado los consuelos sensibles» (966), La misma precaución contra la amistad se advierte en Juani cuando dice que lo mejor es seguir las normas del colegio y evitar que se formen grupos», para unir el curso 21. El rechazo de la unidad está patente también en el libro de un jesuita dedicado a dar a conocer las excelencias de la vida en los colegios de la Compañía: «¿Amigos? No los tengo. Me he acostumbrado a vivir solo, con mis pensamientos y mis flores. No siento esa necesidad fisiológica [¡sic!] que en otros supone la vida de relación… » 22. Por una parte se propugna la ruptura de todas las relaciones personales afectivas de «fuera», y por otra se desaconseja o prohíbe las amistades «internas», ¿todo esto para dejar al individuo colgando en el vacío? ¿No es demasiado peligroso?

Naturalmente, los dirigentes, los superiores, saben muy bien (o debieran saberlo) el peligro que representa el vacío en que queda el militante novicio, una vez destruidas sus relaciones personales, por eso, para atenuar ese peligro se esfuerzan por hacer sustituir las relaciones personales aniquiladas por unas relaciones personales y afectivas, aparentemente, mucho más eficaces, efectivas, satisfactorias y gratificantes: la relación con Dios Padre a través de la oración; Pero, como ya se ha dicho, la relación personal con Dios, concebido a la manera del Dios tribal hebreo Jehová (o de Alá), con un Dios abstracto y lejano tiene poco de eficaz y de agradable, y no puede llenar el vacío dejado por la destrucción de las relaciones humanas, que antes constituían los contenidos básicos de la conciencia, sus verdaderos constituyentes. Vino a resolver el problema la típica concepción de la divinidad por los católicos, y de sus «mediadores», la Virgen, los Ángeles, los Santos, etc., y sobre todo, la asunción de la naturaleza humana por Cristo. Se descubre así una técnica de relación personal de extraordinaria eficacia y de consecuencias inestimables para la supervivencia de la Iglesia Católica como institución humana.

Desprendidos los novicios de todo interés individual, desarraigados de toda afectividad personal, e incitados constantemente a relacionarse con Jesús, a conocer mejor a Jesús para amarle más y para abrirle su interioridad, el individuo queda inerme en manos de los superiores, justamente, porque no le queda nadie más a quien asirse y en quien buscar consuelo que Jesús o la Virgen, o ambos. Como la necesidad de relación personal es tan fuerte el militante católico tiende a abrirse cada vez más a Jesús a Dios y a comunicarle, en forma de soliloquio, hasta sus preocupaciones y dificultades más nimias; poco a poco va mostrando su interior a Jesús hasta haber eliminado toda su intimidad 23. Este proceso de abrirse plena y totalmente a Jesús es muy importante; es necesario para que Jesús conozca al militante y es indispensable para que éste le conozca a El, pues, solamente conociendo a Jesús (a través de los escritos sagrados y toda la enorme acumulación de literatura piadosa y edificante) estará en condiciones de hacer un tremendo esfuerzo de voluntad (Camino, 615) para renunciar a su propia voluntad y asumir la Voluntad de Jesús, esto es la Voluntad de Dios, como guía de su vida 24. Nunca se exageraría la capital importancia de esta aniquilación de la Voluntad individual para asumir como propia la Voluntad de Dios; esta asunción de la Voluntad de Dios según un teólogo contemporáneo de enorme prestigio e influencia se cumple en cuatro etapas o escalones: «Resignarse con la Voluntad de Dios: Conformarse con la voluntad de Dios: Querer la Voluntad de Dios: Amar la Voluntad de Dios» 25. «El abandono en la Voluntad de Dios es el secreto para ser feliz en la tierra» 26. En pocas palabras; cumplir la Voluntad de Dios es el fundamento de toda la moral católica y, a la vez, de toda la vida religiosa.

Ahora bien, es fácil hablar de la Voluntad de Dios, pero ¿Quién tiene capacidad y poder para declarar la Voluntad de Dios? Porque, en verdad de verdad, Dios no habla a los creyentes, por mucho que ellos soliloquien con El, Dios no contesta; un ejemplo de cómo Dios no contesta es el Diario de Juani, la joven pide con fervor, con obsesión, con angustia a Jesús que le hable, pero Dios permanece mudo; y aquellos que dicen que Dios les ha hablado, que les ha dado algún mensaje personal o social, despiertan las sospechas de la Jerarquía Católica, porque los dirigentes católicos saben muy bien que Dios no habla, o, según ellos, lo hace de una manera muy excepcional, es el milagro; y como dice algún autor contemporáneo, muy seguido, para milagros le basta con los de los Evangelios 27. Pero, a pesar de todo para los creyentes no es difícil conocer la Voluntad de Dios, y los teólogos están de acuerdo en cuáles son los cauces por los que se declara y manifiesta la Voluntad divina: los libros sagrados y la Jerarquía Eclesiástica y sus militantes. «No esperes revelaciones extraordinarias ni posas por el estilo cuando se trata de conocer la Voluntad de Dios. Somete el caso al juicio del director y después haz lo que el te diga. ¡Esa será, precisamente, la voluntad de Dios! ¿Ves si es fácil conocerla?» 28. También para San Ignacio es fácil descubrir la Voluntad de Dios, que es siempre expresada e interpretada por el Superior, que está en lugar de Dios 29. Asimismo para el Padre Escrivá de Balaguer es facilísimo descubrir la Voluntad de Dios, ya que «El sacerdote -quien sea- es siempre otro Cristo»; y en otro pensamiento continúa, el superior «tiene gracia de estado» 30

En la resolución de este problema se manifiesta, con toda evidencia, la enorme sabiduría, y capacidad de adaptación de la Iglesia jerárquica de la Iglesia organización. Coincidiendo con el proceso científico y cultural del Renacimiento, también, en las actividades religiosas se produjo una poderosa tendencia a la investigación y al escudriñamiento de la experiencia individual, personal, con una sobrevaloración de ésta frente a la autoridad congelada en el papel. El mismo autoritario San Ignacio 31 se convierte en el portavoz principal del movimiento introspeccionista de los «sentimientos religiosos» y la búsqueda y escucha de Dios en lo más íntimo de la conciencia humana, y parece que fue él quien abrió la nueva vía, que debió de causar profunda alarma en los cuadros superiores de la Jerarquía eclesiástica. Esta desconfianza y prevención se pusieron de manifiesto con toda claridad en un interrogatorio efectuado a San Ignacio en Salamanca que él mismo hace relatar en su Autobiografía «Vosotros no sois letrados, dice el fraile, y habláis de virtudes y de vicios, y de esto ninguno puede hablar sino en una de dos maneras: o por letras o por el Espíritu Santo. No por letras: ergo por Espíritu Santo. Y esto que es del Espíritu Santo, es lo que queríamos saber…» 32.

—–

17 En San Lucas 15, 26, este mandato, aparece formulado de manen más rotunda (Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, hermanos y hermanas, aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y en el versículo 33 del mismo capítulo, recalca «Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo».

18 «Todo lo que no te lleve a Dios es un estorbo. Arráncalo y tíralo lejos» Camino, 189. «Mira que el corazón es un traidor. Ténlo cerrado con siete cerrojos» Ibid. 188 «… porque aún buscabas consuelos humanos.-Y tu Padre-Dios los arrancó de cuajo para que no tengas más asidero que El». Ibid. 722.

19 El temor a los lazos familiares es patológico, «Hay que hacer cuanto sea posible para abreviar las vacaciones en familia como tantas veces ha recomendado y ordenado la Santa Sede, por ser muy perjudiciales». Reglamento disciplinar, p. 139; (Subr. T.P.A.) y más adelante (p. 140) añade: «l3. Ordenaciones para España. 1.’ «Abolir por completo las vacaciones en familia durante el año escolástico y abreviar cuanto sea posible las vacaciones de verano».

20 Camino, 726 (Subr. T.P.A.)

21 Diario de Juani, p. 21 (Subr. T.P.A.)

22 Jesús M.ª Arozamena, Colegio de Jesuitas, p. 27.

23 «Me has escrito; «orar es hablar con Dios». Pero, ¿de qué? ¿De qué?

De El, de ti, alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias… ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.

En dos palabras, conocerle y conocerte: ¡tratarse!» Camino, 91 «¿Si no tratas a Cristo en la oración y en el Pan, cómo le vas a dar a conocer?», Ibid. 105. «No dejes la visita al Santísimo -Luego de la oración vocal que acostumbres, di a Jesús, realmente presente en el Sagrario, las preocupaciones de la jornada- y tendrás luces y ánimo para tu vida de cristiano» Ibid. 554.

24 En cuanto el espíritu propio es mal consejero y poco fiable para dirigir el alma en las borrascas de la vida «… es Voluntad de Dios que la direc

ción de la nave la lleve un Maestro, para que con su luz y conocimiento nos conduzca a puerto seguro». Camino, 59.

25 Escrivá de Balaguer, Camino, 774.

26 Ibid. 766.

27«No soy milagrero. Te dije que me sobran milagros en el Santo Evangelio para asegurar fuertemente mi fe…» Camino, 583.

28 Antonio Izquierdo Sorli, Escalada, 2.ª edición, Valencia 1961, pensamiento 415.

29 Sobre esta cuestión ver «Carta de nuestro P.S. Ignacio a los Padres y hermanos de la Compañía de Jesús de Portugal» en Reglas de la Compañía de Jesús, Madrid 1826.

30 Camino, 66, 67, 53; y más concretamente en el pensamiento 62 «Director lo necesitas. Para entregarte, para darte… obedeciendo. Y Director que conozca tu apostolado, que sepa lo que Dios quiere…» (Subr. T.P.A.)

31 El comentarista de las Obras Completas, de San Ignacio, BAC. Madrid, 1947 dice que el Santo de Loyola sirvió de inspiración a Santa Teresa de Jesús, al Beato Juan de Avila, Fray Luis de Granada, y a San Juan de la Cruz. «Así la espiritualidad de nuestros grandes autores del siglo de oro fue la heredera del espíritu de Bernardo de Claraval y del Pobrecito de Asís, del Doctor Seráfico San Buenaventura y del Pseudo -Buenaventura- o Juan de Calibus, de Ludolfo de Sajonia y de Tomás de Kernpis».

32 San Ignacio, Obras Completas, t. 1. BAC, 1947, 287 (Subr. T.P.A.). San Ignacio puede ser considerado como el más grande investigador moderno de la experiencia «religiosa», mística. Alguno de sus comentaristas, el P. Victoriano Larrañaga, S.J., aduce numerosas interesantes citas, a tenor de la siguiente «Así le vemos a través de las páginas de su Diario Espiritual, en los últimos años de Roma, fijo ya y absorto en los secretos más altos de la Divinidad, todo abismado, en las corrientes inefables de la vida trinitaria. Las consignas dadas en esta materia a sus hijos siguieron la línea de su propia experiencia interna en los caminos de la oración; dentro de la contemplación diaria de los misterios de la vida de Cristo ocuparían un puesto preferente los de su Pasión, porque ellos deberían ser el alimento ordinario del alma, como se expresa, recogiendo esta tradición, el Directorio oficial de la Compañía…» Ibid. p. 165 nota 8.

ÍNDICE

—oOo—

La vida mística como mecanismo de dominio

Sin embargo, la Iglesia jerárquica poco a poco fue descubriendo que la indagación mística, introspeccionista podía llegar a ser muy útil, postura de que es buen testimonio la atención que las jerarquías romanas prestaron a San Ignacio que había hecho un uso amplio y frecuente de la experiencia mística intimista 33, si, al mismo tiempo, se iniciaba y difundía un movimiento, dirigido a aprovechar las ventajas que la tendencia intimista e introspectiva encerraba. Sin duda, fue este un descubrimiento sensacional que había de fortalecer a la organización eclesiástica católica, conmocionada por la explosión protestante, y sorprendentemente en los comienzos de este descubrimiento también aparece San Ignacio de Loyola. El nuevo movimiento se centra en torno a la práctica cada día más frecuente de la confesión y de la comunión 34.

Como ya se ha dicho en páginas anteriores, la tendencia intimista (misticista) incitaba a los creyentes, al menos, a los más inquietos y apasionados, a establecer relaciones personales con Dios, a través de la oración, y más íntimas, más cordiales y coloquiales con Jesús, la Virgen y, en general, con los principales mediadores. Esta relación íntima de las conciencias (o de los espíritus) con Dios va a constituir la característica dominante del catolicismo y se propone dos objetivos de extraordinaria importancia y eficacia: Facilitar la identificación del alma con la Voluntad de Dios y compensar, superar las consecuencias desorganizadoras que sobre la conciencia ejercía el desarraigo de las relaciones personales y afectivas. En concreto el objetivo planteado era aprovechar las posibilidades que se abrían con la apertura de la intimidad individual a Dios, a Jesús y controlar las aleatorias «respuestas» que los creyentes pretendieran haber obtenido. El control y depuración de estas respuestas era, tanto o más necesario, cuando más propicios eran algunos dirigentes a creer en la posibilidad de las respuestas de Dios; parece que San Ignacio se contaba entre los más proclives a creer en la verosimilitud de algunas respuestas, de ello pudieran ser testimonio muchos sucesos de su vida, algunas notas de su autobiografía y, sobre todo su intimista Diario espiritual. Parece seguir esta tendencia el Padre Escrivá de Balaguer en varios pensamientos de su libro más conocido, sobre todo cuando exhorta «Recógete.- Busca a Dios en ti y escúchale» 35. No cabe duda, de que en esta cuestión las actitudes han sido (y aún deben ser) muy ambivalentes. El hecho real es que la tendencia intimista (misticista) ofrecía ventajas que era preciso fomentar y aprovechar, y peligros que era necesario prevenir. Ventajas: 1) compensar el vacío provocado por la aniquilación de los afectos humanos, y 2) quebrantar el pudor a abrir la intimidad de la conciencia individual a Dios, como etapa previa a manifestar la conciencia personal, sin pudor, al superior. Peligros, uno principal la posibilidad de «revelaciones» incongruentes con el dogma, que pudieran producirse, pero la Iglesia Institucional tenía poder suficiente para aniquilarlas antes de que alcanzasen difusión.

Sin embargo, pronto se llega al convencimiento de que el hallazgo más decisivo e influyente fue el mecanismo para controlar las revelaciones respuesta y beneficiar la ruptura de las barreras que rodeaban la intimidad de las conciencias individuales. En realidad, ya existía un instrumento semejante pero casi abandonado, y, a comienzos del siglo XVI puesto en entredicho y rechazado por las diferentes Iglesias salidas de la rebelión Protestante, la confesión oral privada. Precisamente, la nueva función de la confesión iba a revalorizarla y a conferirle un nuevo significado; de manera, que con ese único instrumento renovado se iban a lograr los dos fines antes citados; este nuevo instrumento era la transformación de la confesión y la comunión esporádica en la confesión y comunión frecuentes, semanales o diarias. No era suficiente que cada conciencia individual se abriera a Dios y se mostrase a El anulando toda intimidad, toda reserva, esto también lo hacían las nacientes comunidades religiosas protestantes, y desde mucho antes lo venían haciendo los judíos; la Iglesia Católica amparada en el mandato divino (Mateo, 6, 18 y 19) cuando Jesús le dice a Pedro «Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos», se consideraba el único intérprete para declarar cuál era la Voluntad de Dios, y que sin su mediación no había salvación posible, pues, ella sola disponía de las llaves del Reino de los Cielos (y, por tanto, de los Infiernos). Ahora bien, si la Iglesia tiene el poder de salvar y de condenar, la condición determinante y fundamental para ejercer ese poder es la de conocer, con certeza, la conducta y la disposición de ánimo de los fieles, sin ese conocimiento no puede, en justicia, tomar una decisión tan transcendente. Pero solamente puede conocer la conducta pasada de los individuos por la declaración o manifestación expresa de ellos, esto es, por confesión. La confesión al sacerdote es el acto de humildad, más aún de humillación del individuo mediante el cual ratifica el acto previo de contrición a las aperturas del alma a Dios, a Jesús.

Es evidente que la confesión al sacerdote significa el reconocimiento de que fuera o al margen de la Iglesia Jerárquica no hay salvación, pero significa también el reconocimiento por parte de la Iglesia de que la apertura del alma a Jesús, por muy sincera que sea, tiene solamente un valor relativo, ya que Dios no revela a los dirigentes y militantes de la Iglesia Organización las manifestaciones que le hacen directamente los individuos, y para controlar las conciencias de sus fieles no tiene otro camino que el de la confesión propia, personal de cada uno.

Parece indudable que con cuanta mayor frecuencia se practiquen los sacramentos de la confesión (de la Penitencia) y de la comunión mayores son las posibilidades de control de las conciencias. La confesión frecuente permite al confesor dirigir las conciencias de los fieles, debido a que no basta corregir, sino que hay que pasar a prevenir, entonces el confesor (o director espiritual) se ve en la obligación de aconsejar, de orientar, sino que hay que pasar a prevetar para evitar nuevas recaídas, cosa imposible en la confesión esporádica, realizada con grandes intervalos. En la confesión frecuente, por su propia dinámica, el confesor se convierte en director espiritual, porque el creyente se acostumbra a confiar en el confesor no sólo sus pecados pasados, sino sus temores futuros, su miedo a recaer, y también su deseo inconsciente de compartir responsabilidades, pues, si consulta con el confesor un proyecto y si éste le da luz verde, la responsabilidad derivable de él queda, implícitamente, compartida; éste es el motivo de que la clase alta, en cuanto constantemente está tomando decisiones que afectan a terceras personas, tenga directores espirituales y se haga aconsejar por ellos.

Por otra parte, la confesión y la comunión frecuentes refuerzan la apertura de las conciencias y la transferencia de la intimidad para con Jesús a la intimidad para con el director espiritual. Al director espiritual no se le puede ocultar nada, es necesario que vea el fiel tal como en realidad es; es precisa mucha obediencia y docilidad al Director para que él y la gracia de Dios hagan su obra; el espíritu propio es mal consejero, hay que confiar a un Maestro la dirección de la propia nave, etc 36.; intimidad y confianza absoluta con el director (pero, eso sí, huyendo de todo afecto de cariño meramente natural o personal simpatía que pueda inspirar) 37; descubrir sin reservas y sin escrúpulos el corazón al director, pues, la vida interior es como un complicado laberinto cuya salida es difícil de encontrar sin un buen guía, tampoco es fácil nuestra perfección sin renunciar a la propia voluntad para identificarla plenamente con la de Dios, y para conseguirlo no hay mejor escuela en que aprender esta renuncia que en la de la dirección espiritual, en la que se forjan los alumnos aventajados; sin la dirección espiritual no se hará nada a derechas 38.

La comunión frecuente 39, tan recomendada por la Jerarquía de nuestro país, al menos, durante el último siglo (pero, sobre todo, desde la Guerra Civil) es un factor más de presión para abrir la interioridad de las conciencias a los confesores y directores espirituales y para familiarizar más al creyente con Jesucristo, pues, si comulga todos los días, el hecho de introducir al Señor dentro del propio cuerpo tiene que acabar por proporcionar una extraordinaria sensación de intimidad. Esta interiorización física y espiritual de Jesucristo, esta penetración del Señor en el interior de cada creyente, (especialmente si se piensa que el lugar propio de Dios es el alma, la conciencia) refuerza la vigilancia de Dios sobre los actos humanos, y ¿cómo faltar a los preceptos divinos si la Divinidad misma está en el centro donde se toman las decisiones y de las acciones humanas? Esta constante y reiterada presencia de Jesucristo en el interior de las conciencias de los fieles, si no se convierte en un puro rito tiene que producir una sensación de entrega a Cristo, tan plena, que necesariamente tiene que contribuir a someterse a la Voluntad divina, a considerar que la propia vida no encierra ningún fin en sí, sino que el individuo es un granito de polvo habitado, penetrado por Dios, que no es nada en sí, sino que lo es todo por esa presencia divina y sólo por ella. Evidentemente, la comunión frecuente (lo mismo que la confesión) conduce, por necesidad, a la finalidad primordial de la intimidad con Dios a «la renuncia de la propia voluntad» que ha llegado a «equipararse al mismo martirio, pues si el hacha del verdugo hace rodar por tierra la cabeza de la víctima, la espada de la obediencia inmola a Dios la voluntad humana que es la cabeza del alma» 41.

—–

33 En su Autobiografía (dictada al P. Luis González de la Cámara San Ignacio dice»… que nunca había tenido consentimiento de pecado mortal; antes siempre creciendo en devoción, es decir, en facilidad de hablar a Dios; y entonces más que nunca en toda su vida. Y cada vez y ahora que quería hablar a Dios le hablaba», Obras Completas, t. I., p. 573. «En todo hablaba a Dios, hasta en los negocios y conversaciones…» Ibid, nota 12.

34 Ver más arriba nota 17

35 Camino, 319.

36 Camino, 259, 64, 65, 862 y en general 56 a 80.

37 A. Izquierdo Sorli, Escalada, 413.

38 A. Izquierdo Sorli, Escalada, 398, 394, 400 a 407.

39 «Dejar de comulgar un solo día me hubiera parecido inconcebible, siendo colegial, Rafael Pérez, S.P. El mundo mejor y los colegios, pág. 83.

41 A. Izquierdo Sorli, Escalada, 496 y en un pensamiento anterior, el 493 dice: «El grado perfecto de la obediencia está en el sometimiento, nada menos que de tus propios juicios…» En esta afirmación coincide plenamente con la noción de obediencia de San Ignacio en la Carta a los Jesuitas de Portugal, y también con el Padre Escrivá de Balaguer «La infancia espiritual exige la sumisión de la voluntad. Para sujetar el entendimiento se precisa, además de la gracia de Dios, un continuo ejercicio de la Voluntad, que niega, como niega a la carne, una y otra vez y siempre…» Camino, 56.

ÍNDICE

—oOo—

Intimidad con Dios supuesto de la obediencia

Este es el objetivo real de la tendencia intimista, misticista, de la práctica muy frecuente o cotidiana de los sacramentos de la penitencia y de la comunión, conseguir la entrega plena a Dios por la negación de la propia voluntad y por aceptar como única guía la Voluntad divina y, como consecuencia de este proceso abstracto del individuo, la más completa obediencia al superior y al confesor (o director espiritual). Esta es la verdadera y real finalidad: conseguir que unos hombres y mujeres se entreguen en voluntad, en pensamiento y en sentimiento al superior; en otras palabras, que hombres y mujeres se conviertan en individuos telemandados, teledirigidos, manejados y manipulados por los superiores, dirigentes de la organización. Y esta manipulación, que parece despótica e inhumana, puesto que niega al hombre sus atributos fundamentales, definidores: la libertad, la iniciativa creadora, la responsabilidad, la dignidad, la calidad de hombre, es confirmada por todos los escritores y moralistas católicos de algún relieve, por lo menos, todos los anteriores al Concilio Vaticano II. Quien, en este país, lo dude que vea la Carta a los Padres y hermanos de la Compañía de Jesús de Portugal 42 escrita por San Ignacio de Loyola. Quien lo dude, que lea el tan conocido y divulgado en decenas de ediciones y de lenguas, libro, Camino 43, escrito por el fundador del Opus Dei, Padre José María Escrivá de Balaguer; por su influencia y su… modernidad este libro es merecedor de un análisis sociológico, concienzudo y riguroso, que no es posible hacer aquí; sin embargo, sí es necesario decir unas palabras sobre los 999 pensamientos que constituyen el libro. Estos pensamientos son otras tantas exhortaciones a obrar, a actuar en cierta manera y condiciones; es raro el pensamiento que no comienza por un verbo en imperativo, como reforzando su carácter imperativo, autoritario, de manera que todos sus pensamientos se podían clasificar escalonadamente desde preceptos inexcusables, absolutos, pasando por exhortaciones más o menos imperativas a consejos reiterativos y coactivos; a verdaderas exaltaciones de la obediencia; «Obedecer… camino seguro. Obedecer ciegamente al superior…, camino de santidad. Obedecer en tu apostolado…, el único camino: porque, en una obra de Dios [¡sic!], el espíritu ha de ser obedecer o marcharse» 44. También en un librito, que parece una descarada imitación de Camino, aunque no llega a los 999 pensamientos, pues, se queda en 964, insiste reiterativamente en la obediencia, confundiendo intencionadamente obediencia a la Voluntad de Dios con obediencia al superior 45; así se expresa: «Reconoce la autoridad de Dios en tus superiores, pero que tu obediencia no esté inspirada en las cualidades personales de aquéllos, sino en el poder y en la autoridad de que se hallan revestidos por disposición divina» 46; el novicio o el religioso «debe obediencia ciega a su superior….» Más adelante y dirigiéndose a todos insiste: «Te debes enteramente a Dios y en sus manos has de dejar la dirección de tu vida y de tus actos…» y completa «El grado perfecto de la obediencia está en el sometimiento, nada menos que de tus propios juicios. ¡Claro que ese grado supone ya algo extraordinario! ¿Sabes qué? La propia santidad…» Y para que no queden dudas recuerda «Si ves en tu Director espiritual el representante de Dios que, en su nombre te habla y «manda», verás que fácil te resulta la práctica de la obediencia». En páginas anteriores se ha citado el pensamiento del mismo autor que nos recuerda que es muy fácil conocer la Voluntad de Dios: basta con recurrir al director espiritual o al confesor. Conseguir la obediencia absoluta es una obsesión de todos los dirigentes, y no sólo de los propios religiosos profesionales, sino de todos los fieles; escribiendo sobre la Acción Católica un religioso, el R.P. Rafael Pérez, S. P. 47 dice que el militante de Acción Católica debe de ser obediente «hasta la negación total de sí mismo»; sin pretenderlo el autor pone de relieve como actividades aparentemente dirigidas a otra finalidad, como el proceso dirigido a conseguir la más efectiva negación de sí mismo, está, de hecho, orientado y destinado a lograr otro objetivo muy diferente: la obediencia ciega 48.

La enorme experiencia acumulada por la Iglesia se demuestra en su extraordinaria habilidad en el manejo de los hombres; en cómo ha sabido aprovechar los errores, los vicios, las pasiones, y las emociones humanas, para encaminar a los hombres más directamente hacia Dios; esto es, a su propio servicio. Parecía imposible que la Iglesia organizada pudiera sacar ventaja alguna de la indagación subjetiva en las profundidades, primarias de procedencia infantil, de la conciencia, pero vino San Ignacio de Loyola y descubrió la manera de hacerlo y abrió un campo increíble para el desarrollo del catolicismo después de la Reforma protestante: la personalización de Dios, en la que tanto énfasis están poniendo algunos de los nuevos «reformadores». La gran sabiduría de la Iglesia se advierte, principalmente, en la utilización que ha sabido hacer de los ideales y valores más excelsos del Evangelio para fines muy concretos como la perpetuación de la Organización Eclesial, el aumento del poder, el apoyo a las clases más afines con Ella, el sostén de los poderes que le eran más favorables, el crecimiento de sus riquezas, etc. Toda su actividad y toda su inmensa capacidad para el manejo de las conciencias la puso al servicio de estos objetivos, aunque siempre reformando los sentimientos y valores, sublimándolos, etc.

Algunos ejemplos esclarecerán las afirmaciones anteriores. Cristo da a sus discípulos un «nuevo mandamiento» «Que os améis unos a otros como yo os he amado», (Juan, 13, 34), y añade a continuación «En esto os conocerán todos que sois mis discípulos, si tuvierais amor los unos con los otros». (Juan 13, 35); se ha definido al cristianismo, y expresamente al catolicismo, como la religión del amor, sin embargo, se prohibe todo afecto humano como peligroso para la salvación; se condena todo afecto concreto para que no se divida en grupos el conjunto; se condena el afecto concreto, para que el grupo permanezca abstractamente unido: «Confía sólo en Dios y en quiénes por El, están unidos a Tí» 49. Así a primera vista, parece correcto eso de que los fieles permanezcan unidos (abstractamente) sin divisiones afectivas internas como si al hombre le fuese posible amar, querer, en abstracto, sin personificar su amor. ¿No será, quizás, que el afecto concreto, amor, relaciones personales, amistad, hace a los individuos menos manejables, precisamente por sus apoyos afectivos? El mandamiento de Cristo «amaos unos a otros como yo os he amado» se convierte en amar a los otros a través de Dios, a los que están unidos a ti a través de El. Para acabar de debilitar este amor (se ama al prójimo porque Dios lo manda 50) entre los enemigos del alma, el demonio, el mundo y la carne, está el mundo, que fundamentalmente, son los otros a quiénes hay que despreciar si uno quiere salvarse, como hay que despreciar la propia carne, el cuerpo y hasta el espíritu, sólo negándose se puede uno salvar. Con la caridad la Iglesia transmuta el amor y lo contradice. Para el católico el objetivo esencial es conocer la Voluntad de Dios, amar la Voluntad de Dios, negar su propia voluntad e identificarse con la Voluntad de Dios, «La moralidad consiste en el cumplimiento de la voluntad santísima de Dios, tal cual se manifiesta en los Mandamientos dados por el mismo Dios y por la Santa Iglesia, Vicegerente de Dios» 51. El reiterativo y perentorio mandato a todo católico de conocer, amar e identificarse con la Voluntad de Dios como fundamento de la Moral y comportamiento católico, tiene como fin el dominio y control real de las conciencias, pues, la Iglesia sabe que todo individuo que abdica de su voluntad para asumir la Voluntad de Dios es dócil, es un verdadero instrumento en manos de la Jerarquía eclesiástica; en este sentido es magnífica la declaración de un destacado dirigente religioso contemporáneo: «Sé de María y serás nuestro» 52.

Otros ideales y valores como la castidad, el desarraigo, el dolor, la pobreza, el desprendimiento, tienen como objeto el quebrantar, aniquilar todos los lazos de los creyentes con las cosas y los otros hombres para que estén más inermes de manera que no les quede más asidero que Dios, y en cuanto no tengan más asidero que Dios, más indefensos se encuentran en manos de los que se reconocen los representantes de la Divinidad, más se convierten en instrumentos de los superiores, directores espirituales, confesores, etc. La misma castidad, que parece un ideal tan puro «exige un corazón -libre de afectos humanos- despegado totalmente de las criaturas y unido sólo a Dios» 53; aunque, por otra parte, haya prestado un grandísimo servicio a la Iglesia debido a que la condición de célibe facilitó siempre la acumulación de bienes de «manos muertas» en iglesias, órdenes religiosas, conventos, monasterios, capellanías, etc. Ahora bien, el celibato contribuye, básicamente al aislamiento del individuo y a facilitar el control de su conciencia. Lo mismo se puede decir del desprendimiento y de la pobreza, toda vez que el hombre sin bienes ni medios de vida queda sometido a la más dura necesidad, y, especialmente, los militantes que han renunciado a toda propiedad y a toda base de independencia, refuerzan más sus lazos con la orden o congregación, a la que pertenecen y en la que se han formado 54.

—–

42 Convendría hacer una edición moderna de este extraordinario documento, que bien podría ir de apéndice de este trabajo.

43 Este libro fue publicado por primera vez en 1934 con el título de Consideraciones espirituales; más tarde fue reelaborado en el Burgos de la Guerra Civil en 1938 e impreso en 1939 con el título definitivo de Camino.

44 Camino, 941 (Subr. T.P.A.).

45 Para que se vea hasta que punto este autor no andaba errado véase artículo 36 del Sumario de las Constituciones… de la Compañía de Jesús «Haga cuenta cada uno de los que viven en obediencia que se deben dejar llevar y regir de la divina Providencia por miedo del Superior, como fuese un cuerpo muerto que se deja llevar donde quiera y, tratar como quiera; o como un bastón de hombre viejo que en donde quiera y en cualquier cosa que de él ayudarse quiera el que lo tiene en la mano sirve, Reglas de la Compañía de Jesús, Madrid, 1826, p. 19 (subr. T.P.A.).

46 A. Izquierdo Sorli, Escalada, 479; 407 (Subr. H.G.), 485, 493, 486

47 El mundo mejor de los colegios (1955), 155.

48 Ver algunos artículos del «Sumario de las Constituciones», en Reglas de la Compañía de Jesús, Madrid, 1826.

49 Camino, 363.

50 P. Gabino Márquez, S.H. Explicación literal del Catecismo de Ripalda, Madrid, Razón y Fe, 1933, p. 32.

51 Reglamento Disciplinar… p. 81.

52 Camino, 494.

53 A. Izquierdo Sorli, Escalada, 777.

54 En las sociedades industriales capitalistas ¿qué puede hacer un hombre o una mujer que se ha formado y ha actuado a mayor gloria de Dios? ¿qué puede hacer en otros dominios de la actividad social con una tal falta de adaptación? ¡Cuántos sacerdotes y religiosos se encuentran en una situación que no se atreven a elegir una alternativa a su compromiso religioso! Les han alejado tanto de la «vida real» que se sienten incapacitados para cualquier otra opción, que la elegida, sabe Dios forzado por qué circunstancia.

ÍNDICE

—oOo—

Glorificación interesada del dolor y de la miseria

Quedan dos aspectos, verdaderamente, interesantes, la glorificación del dolor y la exaltación del desprendimiento y de la miseria, la exaltación de la indigencia y, consiguientemente, la condenación de todo placer como demoníaco, incluso, la condenación de la simple satisfacción. La glorificación del dolor, la exaltación de la pobreza, la condena de la satisfacción y del placer y la consideración de este mundo como un valle de lágrimas, la calificación de la vida como «una mala noche en una mala posada», lo mismo que el desprecio del cuerpo, son todos ellos factores que contribuyen a un objetivo común de extraordinaria transcendencia, pues, constituyen la base fundamental de la moral restrictiva, de la moral de la austeridad o, bajo otro nombre, la moral de las compensaciones ultraterrenas, tan típicas y características de la Edad Media tardía y de las primeras fases del capitalismo hasta la aparición del capitalismo super maduro posterior a la Segunda Guerra Mundial.

La exaltación verbal del dolor y que la pobreza y la condenación de la satisfacción y del placer como pecaminosos servían al importante propósito de conseguir la conformidad y la resignación de los campesinos siervos a quiénes los propietarios de la tierra (nobles, abades e iglesias, etc.) arrancaban, no sólo un posible magro excedente, sino una parte importante de lo necesario para vivir, dejándoles en la más brutal indigencia, en pura miseria; claro que a cambio de los bienes reales que les arrebataban bajo la forma de pechos, gabelas, diezmos y primicias, la Iglesia les prometía asientos en el cielo. Para convencer a los pobres labradores bastaba con glorificar el dolor y exaltar la pobreza como vías seguras de salvación; por lo demás, tanto el feudalismo clásico como durante el feudalismo decadente y la primera etapa del capitalismo las guerras, devastaciones, calamidades, epidemias, dolor y muerte eran los acompañantes inevitables de la vida y no eran necesarios muchos esfuerzos de imaginación para exaltarlos ante las masas desamparadas, envilecidas. Declarar al dolor y la miseria vías de santificación armonizaba, estaba de acuerdo, por tanto, con la condición de la gran mayoría de la población, que era la que sufría la opresión y la expoliación por la clase dominante, extraordinariamente minoritaria, pero que tenía en sus manos todos los medios de represión tanto físicomateriales como intelectualespirituales. No hace falta demostrar que los medios de represión espirituales son mucho más baratos, que los físicomateriales y mucho más eficaces, puesto que el elemento condicionador se inserta en el centro de volición (de decisiones) de los individuos; esto es, son mucho más eficaces, porque operan como mecanismos de control dentro de las conciencias.

La glorificación del dolor y del sufrimiento y la exaltación de la pobreza, sin duda, inquietaban a la exigua minoría que disponía de un exceso de alimentos, de tejidos para confeccionar vestidos y que habitaba en grandes castillos y palacios; posiblemente estas personas se sentían inquietas, por las rudas y estentóreas condenaciones de los placeres de este mundo, pero, tanto los nobles, los clérigos como los ricos sabían llevar con resignación un régimen de vida que les hacía bordear de continuo los terribles abismos del infierno. Aparte de que, para todo hay soluciones, menos para la muerte, las jerarquías religiosas sabían adaptar los mandamientos, normas y reglas de la Religión a las diversas situaciones sociales; ¡cuántas interpretaciones complacientes habían sido dadas del pasaje evangélico del camello y el ojo de la aguja! Por lo demás no se debe olvidar que la religión (no sólo la católica) se convierte en religión ritualista, para los ricos y en religión del corazón, del sentimiento para los pobres; y los ricos pueden cumplir con el ritual mejor que los pobres, disponen de más tiempo, de más recursos para aportar las víctimas y contratar a los sacrificadores.

ÍNDICE

—oOo—

Los determinantes de la formación novicial

Si el análisis sociológico se detiene en la letra de los escritos de la gran mayoría 55 de los autores católicos, la obediencia ciega, la entrega total es una exigencia de la salvación individual, a la que presentan y exaltan como condición absoluta en las tareas de apostolado, de proselitismo. Para el Padre Escrivá, que de esto tiene que saber muchísimo, el celo proselitista «es señal cierta» de entrega 56. De ello debiera deducirse que todo creyente tiene que prestar obediencia plena a Dios, pero la obediencia se hace ciega, y entrega absoluta, en la labor de proselitismo, de apostolado, que es la condición indispensable de los militantes y de los cuadros hasta un cierto nivel. ¿Por qué ese rigor tan terrible en la obediencia, en la entrega de la Jerarquía (-¡Dios!-) 57 de los militantes? ¿Cuáles son los factores que determinan esa necesidad tan tremenda de obediencia y sumisión en creyentes de a pie, y, sobre todo, en los militantes? ¿Se trata solamente de las exigencias de salvación? La necesidad insuperable de obediencia, sumisión, entrega total resultan de dos facetas de la Iglesia católica, 1) de su estrategia de crear tensiones 58 y, 2) del papel que el cristianismo ha venido cumpliendo, desde Constantino hasta hoy, en su colaboración con las clases dominantes, los esclavistas, los señores feudales y la burguesía industrial capitalista. Dejando para el final, la estrategia de la creación de tensiones parece conveniente analizar a continuación las relaciones determinantes entre la función político-social de la Iglesia en colaboración con la clase dominante de cada época y las exigencias de obediencia y de sumisión, tanto de los creyentes como de los militantes.

Ahora bien, entender correctamente la relación de la Iglesia cristiana con las sucesivas clases dominantes exige analizar, aunque sea sumariamente, las causas del arraigo de la religión en las conciencias y desechar para siempre afirmaciones superficiales e idealistas de que las religiones han sido creaciones del engaño y de las maquinaciones de hombres 59 interesados y ansiosos de poder; causas que, a su vez, explican su supervivencia incluso en condiciones sociales que se proponían hacer innecesario el andamiaje religioso, como una superflua duplicación de la realidad. La religión es el reflejo claro, evidente y lógico de: 1) la falta de confianza en el pensamiento, a la vez, que de su insoslayable necesidad como guía para la actividad práctica de producir los bienes indispensables para la supervivencia del grupo humano; los hombres se vieron obligados a reforzar el valor y fiabilidad del pensamiento (la experiencia humana acumulada) atribuyéndolo no a hombres débiles y alucinables, sino a una Conciencia superior, a los espíritus, a los dioses cuyos poderes eran la garantía de su validez; este carácter sobrehumano del pensamiento encerraba grandes ventajas para la supervivencia; 2) la falta de seguridad, o mejor dicho, del sentimiento de inseguridad de los hombres en un medio, en una naturaleza tremendamente hostil, que los hombres necesitaban organizada, controlada por alguien con poder suficiente para hacerlo, a fin de que ellos pudieran desenvolver en ella sus vidas sin una atención constante a las agresiones posibles del exterior, a través de la ideación de un «poder» controlador los hombres van concibiendo a la naturaleza como su medio propio, su hogar a fin de gozar de seguridad (aunque fuese ficticia) para transformarla y crear en ella el medio humano que elevó al hombre a ser lo que es con el esfuerzo de su trabajo; 3) el paso del hombre a producir sus propios alimentos, mediante el cultivo de vegetales (y la domesticación de animales), los hombres no podían limitarse a sembrar las semillas y esperar a recoger la cosecha, (sobre todo, cuando la vida del grupo dependía del buen éxito del cultivo) sentía la imperiosa necesidad de proteger y de impulsar el crecimiento de las plantas, pero esto dependía de la fecundidad de la tierra y del tiempo atmosférico, por eso sintió la imperiosa necesidad de idear alguien capaz de conmoverse ante las lamentaciones de los hombres 60; ésta debió de ser la exigencia fundamental para la ideación de los dioses; 4) la aparición de las sociedades divididas en clases sociales opuestas, lo que implicaba la existencia de un grado determinado de productividad, (esto es, de capacidad de producción de alimentos por persona) planteó un doble problema, por una parte, la coacción (represión) de la clase dominada, sometida, para forzarla a seguir produciendo alimentos, aunque tuviese que entregar la mayor porción a los «propietarios» del suelo y, por otra, el establecimiento de leyes (normas que regulaban y justificaban dicho reparto, pero respaldadas por una obligatoriedad «intrínseca», esto es, inherente a la propia naturaleza de la ley, de la norma) que abaratase la represión, que sustituyeran con ventaja a la represión física de los soldados con sus armas ya que, estos acabarían frecuentemente por absorber todo el «excedente», es decir, la mayor parte de los tributos recogidos con su ayuda; a esta tarea no sólo la Iglesia cristiana, sino todas las iglesias han prestado una atención y un esfuerzo creador, preferentes; y, finalmente, 5) la radical inseguridad de la vida humana, expuesta a toda clase de agresiones externas e internas, unas comprensibles, como el ataque de un depredador, de una fiera y otras incomprensibles (no pocas, todavía, hoy sin aclarar) enfermedades infecciosas, carenciales, endocrinas, «orgánicas», etc., que en muchos casos cortan el hilo de la vida en el momento más inoportuno y de mayor actividad y fecundidad, lo que induce a cosificar la muerte y a convertirla en un agente ejecutor al azar o vengador de faltas cometidas en secreto.

—–

55 Una excepción importante y significativa es San Ignacio, especialmente en su Carta a los Jesuitas de Portugal.

56 Camino, 810

57 Escalada, 871.

58 Es necesario señalar que la estrategia de las tensiones está dirigida a facilitar y reforzar la obediencia y la sumisión a la Jerarquía.

59 En las primeras páginas de la traducción española de la Moral Universal del Barón de Holbach hay una cita en la que se hace decir a Cicerón que en su Roma dos adivinos no podían mirarse a la cara sin reírse (citado de memoria).

60 Es muy posible que esta fase en la noción del espíritu o de los espíritus corresponda a un período histórico de enorme transcendencia en la transformación de la vieja sociedad comunal, parental, en la sociedad dividida en clases, y cuando el poder central de la clase dominante (rey, faraón, patesi, etc.) asumía a título personal los poderes colectivos que le habían sido conferidos para la realización de las grandes obras públicas de desecación, de riego, de comunicación y otras. Debe corresponder la concepción de los espíritus a este período o a uno posterior, porque en todos los panteones religiosos, cortes celestiales u olimpos se advierte un claro reflejo de las cortes terrenas, ya que éstas eran lo realmente experimentable.

ÍNDICE

—oOo—

Naturaleza y función social de lo religioso

La religión, al igual que la mitología, constituyen una visión, con un cierto orden «lógico», del mundo, del hombre y de la propia sociedad humana y su desarrollo; están constituidas por la experiencia humana adquirida en su esfuerzo por conseguir de la realidad lo indispensable para sobrevivir. Limitándonos estrictamente a la religión, hay que recalcar, insistentemente, que se refiere al conocimiento humano, que su origen tiene que ver con el conocimiento y, algo más, con las necesidades inaplazables, urgentes de conocimiento; pero no de un conocimiento cualquiera, como sucede en los diferentes períodos de la historia que se dedican grandes esfuerzos a conseguir conocimientos superfluos, ociosos; no, originariamente la religión tiene que ver con un conocimiento absolutamente indispensable para sobrevivir en una naturaleza desconocida, hostil y a la que es necesario arrancarle un magro, un escasísimo sustento 61. Es aquí en donde reside la clave de la religión; que la especie humana ha dado un viraje cualitativo en su relación con la naturaleza para alimentarse que implica una extraordinaria inseguridad. La religión es el reflejo de la inseguridad del hombre y, a la vez, un alivio, un paliativo, una evasión a esa tremenda inseguridad; el fundamento de esta inseguridad es el conocimiento insuficiente de la realidad en el ímprobo esfuerzo por conseguir el mínimo sustento 62.

En consecuencia hay que preguntarse por los cambios ocurridos en el modo de obtener los hombres su alimento; y, como se sabe, el cambio más transcendental fue el paso de la recogida de productos vegetales espontáneos (producidos espontáneamente por la naturaleza), la captura de pequeños animales y la caza a la producción de vegetales mediante cultivo, mediante el esfuerzo guiado por la experiencia humana en trance de acumulación. Es verdad que la recolección de alimentos espontáneos, incluida la caza, exigía experiencia, pero se trataba de una experiencia que se había ido acumulando lentamente a partir de la misma experiencia .animal, sin salto alguno de continuidad, no obstante, la diversidad creciente de especies que fue incluyendo el hombre en su dieta, transformadas esas diversas especies por el fuego en la cocina con ayuda de nuevos utensilios; sin embargo, la actitud del hombre frente a las especies que constituían su dieta era, de hecho, común a las demás especies animales, buscar vegetales y animales susceptibles de ser transformados en comida aprovechable por los hombres, la posibilidad de recoger experiencia se reducía a correlacionar especies animales con determinados lugares, sus propiedades y sus especies vegetales, y, asimismo, correlacionar éstas con los suelos en cuanto puntos de referencia, pero nada más, pues, no podían los hombres adoptar otra actitud sobre la existencia o no existencia de productos aptos para convertirse en alimentos, por lo menos una actitud que objetivamente pudiese incrementar el abastecimiento de comestibles.

Son bien conocidas las especulaciones acerca de los esfuerzos de los hombres para aumentar mágicamente el número de animales susceptibles de ser cazados, lo que sucede es que de esta actividad los hombres no podían recoger experiencia que les sirviera para aumentar su abastecimiento; es decir, por muchos bisontes que los habitantes de las cuevas de Altamira pintasen con el mayor realismo en las paredes de su vivienda no mejoraban su dieta, y toda actividad que de alguna manera no revertiera en la mejora de la alimentación acabaría por ser abandonada sin tardar mucho.

El objetivo de esta argumentación es probar que el modo de vida basado en la recolección de productos espontáneos, en especial la caza, no era susceptible de un perfeccionamiento notable, salvo por lo que se refiere a la mejora de las herramientas o armas de caza; pero ni siquiera mejores armas les permitiría aumentar su abastecimiento de una forma prolongada, pues, si cazaban más y mejor, reducirían el número de piezas, y lo mismo debía ocurrir con las diferentes especies en la economía recolectora. La recolección de alimentos espontáneos terminaba poniendo un límite a su propia expansión ya fuese por crecimiento de la población ya fuese por la mejora de los utensilios de recogida; posiblemente, en esta etapa jugaron un papel importante las técnicas de conservación y los utensilios de almacenamiento, ya que les permitiría aprovechar las abundancias estacionales y hacer reservas para los días de escasez.

El salto cualitativo en la experiencia humana tuvo que resultar de un nuevo modo de abastecerse de alimentos, un modo de obtener alimentos que abriese posibilidades nuevas e ilimitadas a la acumulación de experiencia, y que esta repercutiera, precisamente, en la mejora y aumento del abastecimiento. Este nuevo modo de obtener, de conseguir alimentos surgió con el cultivo de vegetales, la agricultura, que, con todo rigor, es el modo realmente humano de conseguir el hombre sus alimentos. La producción por el hombre de sus propios alimentos significó la primera gran revolución en la historia de la humanidad; en realidad, fue el salto decisivo de nivel que transformó irreversiblemente al primate prehumano en hombre. Podemos afirmar que el hombre comienza realmente a serlo cuando aprendió a transformar, mediante el fuego y los utensilios pertinentes, alimentos propios de otras especies en comida humana, apta para ser digerida por los hombres (justamente, en esto es en lo que consistió el principal progreso anterior a la aparición de la agricultura).

Los cultivos de huerto y de cereales fueron las primeras actividades de orden y naturaleza no animal ya que excedían en todos los sentidos a las actividades de los animales en busca de alimentos; las excedían por cuanto no podían ser imitadas de la naturaleza, esto es, porque eran una invención y, por consiguiente, fruto expreso de la experiencia humana: su realización exigía la posesión de una experiencia única ganada por los hombres; constituyeron una invención tan asombrosa y formidable que, pasados los tiempos, ya en el período histórico, incluso los más inteligentes y cultivados no podían creer que tales inventos hubieran sido obra de los hombres 63. Los principales dioses y semidioses rivalizaron en sus esfuerzos por enseñar a los hombres desde el dominio del fuego, hasta la organización de la ciudad y el arte de curar las enfermedades, pasando por las faenas agrícolas, las especies vegetales más útiles, los animales y todos los oficios, en especial construir casas y tejer; desde Osiris a Deméter y desde Gil Gamesh a Prometeo, los humanos contaron con los más excelentes maestros de los que aprender todas las artes y tareas más necesarias para la supervivencia humana. La enumeración más completa y feliz de las cosas que esos «maestros» enseñaron a los hombres nos la proporciona Esquilo en su tragedia Prometeo encadenado:

«Escuchad de los hombres las miserias,

y cómo inteligentes y sensatos,

de incapaces que eran, yo los hice.

Y no como reproche a los mortales,

sino para mostraros de mis dones

la generosa voluntad, lo digo.

-Oían sin oír, sin ver veían.

Cuál las visiones de los sueños, todo

su mente a la ventura

desde siglos y siglos confundía.

Construirse no sabían de ladrillo,

ni de madera casas asoleadas;

cuál las leves hormigas, bajo tierra

arrastraban su vida en lo profundo

de los antros sin luz. Ni del invierno,

ni de la floreciente primavera,

ni del estío en mieses abundoso

las seguras señales conocían.

En todo a ciegas y al acaso obraban,

hasta que yo enseñéles de los astros

las puestas y salidas. Yo los números,

Ciencia eminente, descubrí por ellos,

y la forma y concierto de las letras

y la memoria, madre de las Musas,

creadora universal. Y yo el primero

al yugo uncí las bestias, porque al hombre

en las duras faenas reemplazaran.

Yo los corceles dóciles al freno,

preciado ornato de opulenta pompa,

puse al luciente carro. Y los bajeles

de alas de lino que los mares surcan,

¿quién sino yo los inventó? ¡Y ahora,

yo que en bien de los hombres tales artes

he descubierto, ¡ay mísero!, ¡ninguna

que de estos males me liberte encuentro!

Oye hasta el fin, y crecerá tu asombro;

las artes y los recursos varios

que por los hombres inventé. Y es éste

de todos el mayor. Cuando enfermaban,

ni remedios, ni viandas saludables,

ni pociones ni bálsamos tenían,

y desta suerte el mal les devoraba,

hasta que yo enseñeles de los simples,

los beneficios mixtos, con que ahora,

de todo achaque defenderse pueden.

También de adivinar los varios modos

dispuse, y de los sueños explíqueles

cuáles han de cumplirse, y yo el primero.

Los obscuros presagios, y los signos

que en los caminos vense, y de las aves

de corvas uñas el variado vuelo,

y cuál es favorable, y cuál siniestra,

y cuál es su alimento y sus costumbres,

y sus odios y amores y consercios,

todo les expliqué, y de las entrañas

a los númenes gratas cuáles eran

de forma y de color las condiciones,

y del hígado y hiel cuál es la belleza.

Y consumiendo en devorante fuego

el largo lomo y adiposo muslo,

mostré a los hombres de difícil arte

la senda y los presagios de la llama,

antes obscuros, revelé. Todo esto

por ellos hice. ¿Y quién las ricas venas

de cobre y duro hierro y plata y oro,

que al hombre el seno de la tierra oculta,

quién sin jactancia vana,

que antes que yo los descubrió diría?

Oyelo todo, en fin: por Prometeo

las artes todas los mortales tienen» 64.

Como se puede ver, muy claramente por las «revelaciones» de Prometeo, las motivaciones para creer o para inventar o imaginar dioses eran muy fuertes, muy apremiantes; básicamente los hombres necesitaban creer en la existencia de espíritus todopoderosos para hacer de una naturaleza hostil (en la que dominaba la lucha de las especies por la vida, por la propia existencia) la morada segura del hombre, un ámbito en el que los hombres pudiesen trabajar con alguna seguridad en las nuevas tareas implicadas por la producción de alimentos vegetales y por la domesticación de los animales. Sin una cierta seguridad en que las cosas seguirían ocurriendo de una manera regular y sin interferencias insólitas, extrañas, los hombres no podrían cultivar los vegetales, preparar la tierra, sembrar, vigilar el cultivo, ni esperar a la madurez de la cosecha, pero es que sin regularidad bastante exacta los hombres ni siquiera se hubieran planteado la posibilidad de producir ellos mismos sus propios alimentos.

Al menos para las zonas templadas, y en esto radica una de las raíces más profundas de la creencia, se produce una drástica contradicción entre la regularidad de los ritmos biológicos y la «inexactitud meteorológica»; en otras palabras, la contradicción entre la necesidad de sembrar (o plantar) en el corto plazo de unos días, bastante determinados, pero antes o después de unas lluvias, unas heladas (fríos), etc., que se producen con cierta regularidad pero no en fecha exacta. Esta doble exigencia es la causa estimuladora de la fijación de las estaciones y de la pronosticación del tiempo, y secundariamente es la causa originadora de las artes adivinatorias, de los presagios, etc. Aunque la adivinación, la interpretación de los sueños, la explicación de los presagios, la lectura de los signos y otras formas, adquirieron un desarrollo enorme, precisamente, por la necesidad urgente que tenía el hombre de obrar, de actuar, pero sin poseer experiencia, sin conocimiento 65. La adivinación, la lectura de los presagios, etc, eran los sustitutos de un conocimiento que no podían poseer los hombre; habrían de transcurrir muchos siglos antes de conseguir pobres barruntos de conocimiento. No es preciso esforzarse mucho para darse cuenta de que todo este ámbito de conocimientos, por su forma de fijación y atribución (alienación) a los espíritus o a fuerzas ajenas a los objetos reales implicados y al hombre trabajador, pertenecían a lo que podemos denominar esfera de lo religioso.

—–

61 Un testimonio de la función conciliadora del hombre con la naturaleza nos lo da Sir. W. C. Dampier Historia de la ciencia, cuando dice: «La misión principal de la religión griega, como la de muchas otras, cuando el ritual y la magia cristalizaron en mitología era interpretar la naturaleza y sus manifestaciones en términos que pudieron ser comprensibles, y hacer al hombre sentirse en el mundo como en su propia morada». pág. 50 (Subr. T.P.A.).

62 «Les aparecía a estos (a los egipcios) -que sus antepasados entregados a sus propios y limitados recursos- no hubieran podido llevar a cabo por sí solos descubrimientos tales como los del lenguaje y la escritura, de la construcción o del cálculo, y de aquí que imaginaran naturalmente la intervención divina como causa inicial propulsora de todo oficio, arte o ciencia. Como entre los babilonios, todo el conocimiento era atribuido a la revelación de los dioses, especialmente a Thot, representado por el ibis, y a Mait, la diosa de la verdad, Thot, uno de los soberanos divinos o legisladores de la raza legendaria, era fundamentalmente un dios lunar, que medía el tiempo, contaba los días y registraba los años, y a la vez era también señor del lenguaje, maestro de los libros e inventor de la escritura. Además, él estableció en los templos el servicio de los «vigías» nocturnos «que de tiempo en tiempo registraban los sucesos astronómicos». Sir W. C. Dampier, Historia de la Ciencia, Ed. Aguilar, México D.f., 1950, p. 41.

63 «Al igual que en Egipto también los griegos atribuyeron a los dioses o semidioses los inventos de las artes y las ciencias y les enseñaron también a construir ciudades Sir W.C. Dampier, ob. cit. p. 48.

64 Esquilo, La Orestiada y Prometeo encadenado, Colec. Austral, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1941, 183-185.

65 Esto es lo que da base a Goethe para hacer decir a Fausto que en el comienzo fue la acción; los hombres no pudieron esperar a tener conocimientos para obrar, primero obraren y de la acción extrajeron experiencia, conocimiento.

ÍNDICE

—oOo—

Las iglesias como colaboradoras y aparato técnico de los estados

En un principio, las religiones, y después las iglesias, debieron asumir como propios de su ámbito a todos esos conocimientos y los hombres vivirían en ese ámbito mágicoreligioso como en una especie de mundo encantado en el que, las relaciones de las cosas entre sí y las relaciones de los hombres con la realidad, aparecían confusas y deformadas, pero a medida que se fueron racionalizando constelaciones de conocimientos fueron saliéndose de ese ámbito para ir formando el sector racional de la realidad. Sin duda los especialistas religiosos debieron oponerse a la desacralización, pero la actividad productiva y el buen sentido debieron imponerse poco a poco. Naturalmente, de los dones e invenciones mencionados por Prometeo, se advierte enseguida que algunas invenciones pasaron a convertirse en la actividad especializada y exclusiva de los expertos en los espíritus, tales como el «estudio de los astros», la adivinación, la explicación de los sueños, la interpretación de los presagios, la lectura de los signos (vuelos de las aves, color y formas del hígado, etc.) hacer sacrificios, etc.; este repertorio constituyó, como es bien sabido el contenido intelectual de las religiones en la antigüedad, lo mismo en los estados esclavistas del Oriente Medio que en Grecia y Roma. Ahora bien, de todas estas funciones, que pueden considerarse como constituyentes de los «sentimientos religiosos», las Iglesias han ido seleccionando aquellas más útiles, de más fácil control y más necesarios a la clase dominante tales como el respaldo insoslayable de las leyes (y normas); la protección de los cultivos y de los animales; y, naturalmente, los procedimientos para salvarse de las penas del infierno y de la condenación eterna una vez que éstas fueron inventadas.

La tarea que, con más entusiasmo, han asumido las iglesias en su colaboración con la clase dominante, desde la aparición de los regímenes esclavistas de la antigüedad ha sido la de reforzar la obligatoriedad de las leyes con sanciones absolutas a las que nadie podía escapar y, consiguientemente, a la creación de una moral restrictiva. La obligatoriedad absoluta de las leyes y la moral restrictiva están tan estrechamente ligadas entre sí que pueden considerarse como una misma cosa; ambas consisten en la interiorización en la conciencia de los hombres de las leyes y normas sublimadas y elevadas a la categoría de mandatos de un Ser Supremo, que tiene acceso constante y vigilante a la más resguardada intimidad, a la más impenetrable mismidad de los individuos, allí donde se forjan, se producen, donde se toman las decisiones más cotidianas y trascendentes, donde se incuban los pensamientos, los sentimientos y las voliciones humanas. Instalado el legislador, todopoderoso, en la mismidad del hombre ninguna de sus acciones, sentimiento o pensamientos podían escapar al ojo escrutador de éste, a su absoluta capacidad de justicia, a su celo justiciero y a sus terribles castigos para los transgresores o a sus inconcebibles premios. Para lograr este respaldo insuperable de las normas, favorables y beneficiosas a la clase dominante, de la que forman parte los especialistas indagadores del dios o de los dioses, sólo es necesario convencer a las masas trabajadoras (campesinas y, en su caso, artesanas) de la existencia de ese Ser superior, de su voluntad, de sus mandatos y de sus terribles e irresistibles poderes; naturalmente, no es tarea demasiado difícil convencer a las masas campesinas, envilecidas y humilladas, sometidas a la más dura explotación de la existencia de tal espíritu y de sus exigencias, sobre todo, porque al lado de los especialistas militantes religiosos, están siempre dispuestos a actuar, los especialistas en la represión física, brutal. Cuando los especialistas militantes se valen de todos los medios imaginables, y algunos que, en determinado momento, no eran de imaginables, incluso de la fuerza bruta para imponer una determinada concepción del mundo, de la vida y del hombre, acumulando experiencia hasta durante siglos sobre la creación de imágenes, sobre las maneras de hacerlas más eficaces para atemorizar, angustiar y agobiar a las almas, para provocar en ellas miedo, terror, pánico si no obedecían las recomendaciones que les había sido hechas o si dejaban de cumplir las normas que había establecido el dios o sus representantes en la tierra.

Aquellos miembros de la clase dominante, especializados en el conocimiento de los dioses y en sus relaciones y exigencias con los hombres, son quienes empiezan a descubrir a los demás mortales qué quieren los dioses, qué exigen de los hombres, qué mandatos les imponen y qué premios o castigos reservan para los que los cumplen o los rechazan. A lo largo de siglos estos especialistas han indagado, explorado los terribles tormentos reservados por los dioses a los hombres que han violado sus mandatos; estos mismos especialistas son los que han descubierto y revelado a todos los afectados cómo los espíritus superiores vigilan, penetran las intenciones y ponen a prueba a los hombres a fin de verificar quienes pueden salvarse y quienes van a condenarse. Estos especialistas han explorado e investigado, asimismo, las tretas y maquinaciones de los enemigos de los dioses y de los hombres en un tremendo esfuerzo por disputarles su clientela, sus creyentes; todo lo que los hombres han podido saber (y saben) de los demonios (o dioses vencidos), que conspiran incansablemente contra los vencedores lo debemos a los especialistas ¿Hay alguien que sepa más de las variadísimas formas de pecar que San Alfonso María de Ligorio y otros teólogos especializados? Han investigado tanto en este dominio, que se tiene la impresión de que muchas formas de pecar han sido inventadas por ellos. No parecen demasiado desacertados aquellos autores que, como Tito Lucrecio Caro, piensan que las rebuscadas supersticiones no son invenciones de las masas, sino creación intencionada y evidente

de los especialistas de la clase dominante para incrementar, acrecentar las tensiones de las masas con el propósito de dominarlas mejor con la promesa de salvarlas de esas mismas tensiones 66.

Una función fundamental de los expertos intelectuales de las principales religiones es la creación de formas de aterrorizar, profundizando y escudriñando en la capacidad de los dioses para juzgar a los hombres en relación con su sumisión a los mandatos establecidos y su poder para imponer castigos a quienes violaran sus mandatos y normas y otorgan premios a quienes han obedecido y cumplido la voluntad de aquellos. De esta manera los dioses asumen el papel de jueces y tribunales complementarios de los tribunales terrenos de la clase dominante y de los detentadores del poder; pero no se trata de unos jueces y unos tribunales cualesquiera, sino de unos juzgadores a quienes no se les escapa nada, ni siquiera las más recónditas intenciones de los hombres, porque Ellos tienen acceso a lo más íntimo de las voliciones y decisiones humanas; en cuanto a sus tribunales son infalibles e inapelables, perfectos y absolutos, por eso resultan tan valiosos e indispensables y prestan una ayuda inapreciable a los tribunales humanos; de ahí, por qué las religiones y sus especialistas han sido (y son) los colaboradores inestimables de los poderes políticos y de las clases que los sostienen.

Uno de los privilegios, reservados a los representantes de los dioses, que constituye el núcleo originario de todas las religiones, es el gobierno del tiempo atmosférico por los dioses, base de la protección y fomento de la fecundidad de los cultivos que eran la base subsistencial de las sociedades humanas. Es una pura repetición, afirmar que está en la base de todas las religiones, el esfuerzo de los primeros cultivadores de vegetales, por proteger sus cultivos que tenían que quedar abandonados durante meses a las inclemencias del tiempo atmosférico y a la capacidad intrínseca de fecundidad de la tierra. Los campesinos no podían resignarse a contemplar como sus cultivos progresaban o se perdían, cuando en ello les iba el hambre, la miseria y en, última instancia, la muerte, por eso inventaron una actividad subsidiaria, substitutiva, vicariante de la actividad productiva real de los hombres: la ideacción de unos espíritus superiores, que controlaban el tiempo atmosférico lo mismo que los campesinos empezaban a controlar algunos procesos terrestres de vegetales y animales. Para los campesinos el control del tiempo por medios mágicos o religiosos (rituales) era una necesidad insuperable debido a su desconocimiento del ciclo de los vegetales y sus correlación con el ciclo solar, y, sobre todo, de las posibilidades de la previsión del tiempo. Los esfuerzos por adecuar el tiempo atmosférico a las exigencias de los cultivos, la fijación de las fechas óptimas para iniciar los cultivos ha constituido durante milenios un privilegio exclusivo de los reyes, de los sacerdotes principales, (en las diferentes religiones) y un don eminente del catolicismo hasta nuestros días; en confirmación de este argumento se puede aducir el santoral católico con sus especialistas celestiales en cosas del campo: San Antón, protector de los ganados perdidos; San Roque, abogado contra las pestes; Santa Barbara, protectora de las cosechas contra las tormentas, etc.; asimismo algunos de los elementos de la liturgia católica están orientados a la protección de los cultivos y de las cosechas, por ejemplo, la bendición de los sembrados el día de Sábado Santo, y muchos otros.

Sin embargo, la colaboración más valiosa prestada por las religiones a las clases dominantes ha sido la de respaldar. la obligatoriedad de las leyes dictadas por los supremos gobernantes con la vigilancia de los dioses a la que no escapa nada en acciones e intenciones; este respaldo era Capital cuando se trataba de leyes, normas y disposiciones dirigidas a regular la sumisión absoluta a la clase oprimida, trabajadora, leyes dictadas totalmente en contra de sus intereses y para cuyo cumplimiento sería necesario, de continuo, el recurso a los soldados; disposiciones legales que fuera del alcance de los guerreros, dejarían de tener valor alguno si sólo se consideraban como leyes humanas. Precisamente por esto, todos los gobernantes se esforzaron en presentar las leyes que ellos dictaban como mandamientos expresos de los dioses o que el gobernante que dictaba la ley había sido elegido, ungido, adoptado por los espíritus supremos como representante o vicario suyo. Cualquiera que fuese la fórmula, los poderes políticos hasta el Caudillo Franco, pasando por Hitler, Mussolini, Petain, etc., de alguna forma trataron de referir su poder personal a una concesión de Dios o de los dioses, a su directa designación, si no ¿a qué venía que el Caudillo Franco, victorioso en una destructora guerra civil, se autoproclamase «Caudillo de España por la Gracia de Dios»? 67. Conseguir el carácter de ungido por la Jerarquía religiosa (en especial de la Católica) u obtener su apoyo para reforzar, con «los sentimientos religiosos», las leyes dictadas han sido, con raras excepciones, la pretensión general de todos los poderes políticos, en especial de los poderes tiránicos personales, del pasado; piénsese en la obsesión de Napoleón por ser coronado por el Papa de la Iglesia Católica a la que tantas veces había combatido. Por su parte, las iglesias se apresuraron siempre a declarar la complacencia del Dios para con el poderoso, autoproclamado, a quién otorgaba todas sus preferencias. De todo lo anterior se puede deducir que, por su verdadera esencia, por su organización, todas las religiones, todas las iglesias y, en especial, la Iglesia Católica han existido inextricablemente entrelazadas con los poderes políticos, como si formasen parte de ellos.

Con toda seguridad los numerosos y, a veces, indirectos mecanismos ideados por los expertos religiosos católicos para asegurar la obediencia de los fieles y la sumisión completa de los militantes a los cuadros superiores han sido impuestos como resultado de la experiencia milenaria de la organización eclesial en su función de colaboradora con el poder político y con la clase dominante en cada momento. Conviene no olvidar que la Iglesia cristiana de Roma ha formado parte de las cimas del poder de la mayoría de los reinos Cristianos del Occidente europeo desde comienzos del siglo IV de nuestra Era. No se ha analizado suficientemente la participación de las jerarquías de la Iglesia Romana en el poder político; claro que en este sentido no ha sido diferente a la participación de la Iglesia Ortodoxa Oriental o del Clero musulmán, por mencionar solamente aquellos movimientos culturales muy cercanos y cronológicamente casi paralelos. Del mismo modo que en los estados esclavistas del Antiguo Oriente Próximo las religiones siguieron prestando su colaboración a la represión de las clases trabajadoras, porque, además, resultaba mucho más barata que la represión militar 68.

Pero, justamente, por cuanto las religiones aportaban un sistema de control (de represión) más eficaz y más barato, un sistema basado en la acumulación creadora de experiencia humana y de exploración intelectual, conceptual de la realidad, llegó pronto el momento en que los representantes de los dioses no sólo estaban en condiciones de controlar a las masas, sino de controlar también a los propios poderes políticos; las religiones, organizadas en Iglesias, dotadas de colegios permanentes de expertos, (de sacerdotes), que hicieron posible la acumulación y elaboración de la experiencia, generada por su especial tipo de actividad, durante siglos, se convirtieron en el «órgano» intelectual, esto es, en lenguaje actual, en el «colectivo intelectual» de las clases dominantes, especialmente, a partir del mencionado siglo IV en adelante.

Efectivamente, la Iglesia Romana, desde Constantino, no sólo «creaba» la forma, sino que aportaba la técnica de los i estados, reinos cristianos (o no) del Occidente Europeo. Solamente Ella estaba en posesión de los instrumentos culturales, indispensables para hacer funcionar las formas toscas de gobierno, implantadas por los bárbaros, a fin de convertirlos en «estados» más racionalizados, dotados de todo el aparato que tan buen resultado había dado ya en el Oriente esclavista, en Grecia, en Roma, etc. Este aparato comprendía, una cierta concepción geográfica del Estado, su interna organización jerárquica, en la que los clérigos jugaban un importante papel como asesores legales, el manejo e interpretación de leyes escritas, un ceremonial (o ritual) que fijaba los niveles de jerarquía del Emperador hasta el último vasallo, que poseía o gobernaba siervos; clérigos eran, asímismo, los que recogían por escrito los acontecimientos, confeccionaban las crónicas regias, creaban las legitimidades y genealogías más apropiadas para reforzar el poder frente a sus vasallos o frente a sus rivales. Los clérigos, en cuanto eran los únicos que sabían leer y escribir, fueron los que recogieron toda la tradicción político-administrativa y cultural, generada en el potente crisol creador del antiguo Oriente Próximo, acrecentada por los griegos y recogida y depurada por Roma con su espíritu ecléctico y pragmático. Un testimonio riguroso de este esfuerzo es bien conocido en la división administrativa territorial y poblacional vigente y persistente a lo largo de toda la Edad Media y todavía evidente en la actualidad en la existencia de divisiones como parroquias, anteiglesias, etc., en nuestro país y en la mayoría de las modernas naciones del Occidente y del Centro europeo. Las divisiones eclesiásticas en Archidiócesis, Diócesis, Abadías, Arciprestazgos, Parroquias, etc., constituyen la base de las divisiones políticas de la Europa occidental y durante muchos siglos no se dispuso de otras.

No se incurre en ninguna malintencionada incorrección o ataque contra la Iglesia Romana al afirmar rotundamente que la Iglesia Romana constituyó una especie de supe restructura estatal de todos los reinos cristianos del Occidente y del Centro de Europa a los que gobernó por medio de personas interpuestas. No cabe pensar otra cosa si se tiene en cuenta que era la Iglesia la que proporcionaba las líneas generales de la organización del poder (¿Estado?) en cada reino; elaboraba e interpretaba las leyes escritas; aportó el ceremonial que fijaba la organización jerárquica; confería a los reyes el último toque que pretendía hacerlos invulnerables e infalibles 69 ante sus vasallos, la unción y la gracia divina; aportó, asimismo, una experimentada organización administrativa que, incluso, mejoraba a la creada por los romanos; les prestó, también, cronistas y falsificadores capaces de entroncar al titular del poder con Octavio Augusto, Aníbal o Alejandro Magno, según las necesidades y el poder de los rivales; naturalmente, en todo momento estaba la Jerarquía dispuesta a prescindir de sus mejores hombres para que cumplieran el papel de legisladores, jueces, asesores legales, abogados para interpretar las leyes, etc.; y, finalmente, proporcionaba a los reyes (monarcas, duques y otros señores de vasallos) confesores, asesores personales, que les ayudasen a ordenar sus conciencias a dirigirlas con rectitud y prudencia y se corresponsabilizasen de las graves decisiones que a menudo se veían obligados a tomar los detentadores del poder, y a convencerles de que aquello de que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja, que un rico entrase en el Reino de los Cielos era, simplemente, una metáfora, etc. Por cualquier lado que se mire parece inevitable llegar a la conclusión de que los detentadores del poder, de cualquier nivel que fuese, de la jerarquía feudal, estaban necesariamente en manos y a merced de la organización, bien experimentada de la Iglesia Romana. Es lógico, reyes y magnates, caballeros y siervos estaban todos inmersos en un clima intelectual y emocional similar, quizás, por intereses de clase estuviesen más dominados por las imágenes provocadoras de angustia y de tensión los señores, que los propios siervos obligados a ver en los clérigos a enemigos o a aliados del enemigo ya que los expoliaban con la misma o mayor dureza. ¿Es creible que los siervos creyesen de buena fe en quienes les arrebataban el pan, que podía saciar su hambre, por muchas palabras de consuelo y de resignación que les dedicasen?

Las frecuentes cazas de brujas y las persecuciones de los endemoniados y de cultos prohibidos, así como las reiteradas sublevaciones de siervos contra señores eclesiásticos (Sahagún de Campos, por ejemplo) no hablan demasiado en favor de la dócil sumisión de los labradores siervos a las predicaciones de la Iglesia Romana.

La colaboración de la Iglesia Católica con los «poderes fácticos» ha continuado, y continúa en algunos estados cristianos, quien lo dude puede recordar las reiteradas intervenciones de la Iglesia española en la política en tiempos recientes como nuestra Guerra Civil, los años de la dictadura de Franco y el uso que de los sentimientos, imágenes y reliquias religiosas hicieron algunos partidos políticos, no sólo durante los últimos cuarenta años, sino durante el último siglo; esto demuestra los muchos e intrincados lazos existente entre las iglesias y las clases dominantes, que testimonian a favor de la interpretación que se hace aquí de la obediencia y de los inmoderados recursos empleados para obtenerla. Porque parece, como si, cuanto más los hombres se esforzaban por liberarse de los temores, angustias y opresiones religiosas, desacralizando la naturaleza y sus fenómenos por los avances de la ciencia y los progresos de la técnica haciendo la vida humana más segura y libre, más se esforzaba, luchaba la Iglesia Católica Romana por descubrir nuevas formas de crear tensión y opresión para fortalecer y reafirmar la obediencia de los simples creyentes y la sumisión y entrega de los militantes y cuadros a la voluntad de Dios, o sea a la voluntad de los dirigentes jerárquicos, y más se intensificó y agudizó la propaganda proselitista, empleando para ello todos los medios, incluso la guerra, que llegó a hacer decir a un destacado militante o cuadro católico 70; y así comenzaron los hispanos a predicar el Evangelio de Cristo a lanzazos.

—–

66 Sobre esta cuestión se volverá más adelante.

67 Un ministro de Franco, en 1945, declaró en las Cortes de Procuradores, que el Gobierno del Caudillo era el que con más fidelidad incorporaba el contenido de las Encíclicas papales a las leyes dictadas; Discurso de presentación de la Ley de Enseñanza Primaria, Junio de 1945.

68 Entre otras cosas hay que destacar que fueron los sacerdotes del Antiguo Egipto y de la Antigua Mesopotamia los creadores de la escritura, del cálculo y de la administración, así como de la recogida por escrito de los acontecimientos ocurridos en la gestión de los asuntos de los dioses; éste fue el comienzo lógico de la colaboración de los representantes de los dioses con los poderes militares y políticos.

69 No se olvide que algunos reyes hasta habían recibido con la unción poderes especiales, como el de curar las paperas con la sola imposición de las manos.

70 Bartolomé de las Casas, obras Escogidas, T. I. BAE, Madrid, 1957, p. 89.

ÍNDICE

—oOo—

Colaboración de las religiones en la opresión física y espiritual de las masas

Parece innecesario insistir en la proclividad de las religiones «organizadas en Iglesias» a utilizar la fuerza militar como medio de apostolado para convertir a las masas lo que pone de manifiesto su naturaleza autoritaria y sus tendencias absolutistas a determinar con el mayor rigor la vida entera de sus creyentes. Las innumerables guerras de religión que asolaron a Europa durante siglos, las incontables cruzadas de todo tipo, los innumerables crimenes y abusos cometidos para mantener el dominio de la organización religiosa, las diversas inquisiciones que se han sucedido en los llamados estados cristianos del Occidente europeo, revelan la poca distancia que existe entre el Dios de Amor(?) de los evangelios y el Dios de los Ejércitos de Papas, Reyes, y Santos cristianos de la Europa Medieval y moderna. Estos hechos y argumentos evidencian, prueban exhaustivamente, la tendencia irresistible de las clases dominantes a utilizar como instrumentos de opresión y de expoliación hasta lo aparentemente más sagrado y sublime: el amor a la humanidad, la abnegación, el sacrificio por todos los hombres, etc. siempre que prometan ser más eficaces, baratos y seguros que el empleo de soldados. De esta manera, el análisis conduce inevitablemente a estudiar, aunque sólo sea muy brevemente, dos cuestiones porqué la Iglesia Romana acentúa las exigencias de obediencia y multiplica los recursos para obtenerla (personalización y soliloquio con Dios, frecuentación creciente de los sacramentos de la penitencia y de la comunión) a partir del siglo XVI, y la renovación e intesificación de los procedimientos y métodos de proselitismo con la expansión y difusión del catolicismo a todas las tierras recién descubiertas por portugueses y españoles.

Parece que alguien ha dicho que la liberación del hombre tiene que comenzar por la crítica de la religión, porque, efectivamente, no hay liberación posible mientras nuestras conciencias sean el campo de agramante donde llevan a cabo sus disputas fuerzas irresistibles de las que somos meros juguetes. Si el Dios católico con sus prohibiciones, sus tabúes, sus condenaciones permanece anclado en el centro de nuestra intimidad, de nuestra mismidad, de nuestra voluntad, etc., si otro tanto, puede hacer el dirigente máximo de las fuerzas del mal (el demonio), con sus legiones de insinuadores, incitadores, de insuperables seductores, de fascinantes tentadores, tan poderosos, éstos que utilizan nuestro espíritu, nuestra conciencia misma para arrastrarnos al mal y a la condenación eterna, ¿qué libertad le cabe al hombre zarandeado por impulsos tan contradictorios y a los que es tan difícil escapar, ya que hasta utilizan las tendencias más opuestas para disfrazarse? Es fácil comprender que no hay liberación posible, que el hombre no puede ser realmente él mismo, capaz de su autodominio, de autodisciplina, de tomar las decisiones por sí mismo, sólo movido por su conocimiento de la realidad que le rodea, y, por tanto, responsablemente, sin barrer, limpiar su conciencia de contradicciones y supuestas intrigas, sin liberarse del demonio, primero, y sin liberarse también de Dios como un ojo omnipresente y extraño -lo otro, o los otros- en el fondo de su conciencia; para ser libre, realmente libre, es condición sine qua non que la conciencia sea absolutamente inabordable, inaccesible a factores o impulsos exteriores a ella. Sólo así la conciencia humana está en condiciones de ser un auténtico foco individual, unitario de obrar y, consiguientemente de conocimiento, que es, precisamente, la vía de acceso, la única vía de penetración del exterior hacia la conciencia, hacia la constitución de ella misma. Porque la conciencia individual es accesible a la acción de lo exterior ¡naturalmente que lo es! de no ser así el hombre nunca hubiera existido, pero es accesible por la vía lógica de acceso, por la vía de la acción y de los resultados de la acción, es decir, por la vía de la experiencia, de la huella dejada por la acción; las conciencias actúan sobre las conciencias, por la vía del lenguaje, por la vía de los estímulos fisiológicos naturales y sociológicos actuales, propios del animal y del hombre social; y de ninguna manera es accesible la conciencia por arte de magia a enanos fantásticos que pretenden dirimir sus contradicciones en el centro del alma humana como si fuese su escenario preferido. En este sentido el alma humana es absolutamente inaccesible, porque sólo existe el camino, la vía natural de acceso y de influencia a través de la cual ella misma se constituye; la vía de acceso, a través de la cual, unas personas hacen creer a otras que en su intimidad se está dando la extraña batalla de tendencias entre el bien y el mal, cuando, en realidad, tales tendencias son simples estímulos animales (o culturales) como el deseo sexual, la inclinación a anudar afectos con otras personas, etc.; no se olvide que el hombre experimenta afectos, deseos, impulsos cuya causalidad, no sólo se le escapa a él, sino a los propios especialistas que, por lo demás, se han esforzado en hacer creer que se trata de tentaciones, excitaciones propias de un espíritu, el demonio, capaz de penetrar y de «mover» a la conciencia y a la voluntad humanas; este es uno de los factores determinantes y fundamentales de la estrategia de la creación de tensiones para después ofrecerse a ayudar a superarlas, si el individuo se somete, naturalmente, a determinadas condiciones impuestas por el agente liberador, la organización eclesiástica.

Todo hace pensar que el Renacimiento, los descubrimientos geográficos, la aparición del comercio mundial implicado por la ruptura del aislamiento de los reinos cristianos medievales, y la nueva actitud indagadora del hombre hacia la realidad, significaron pasos decididos hacia la liberación del hombre de la autoridad, precisamente por los grados de seguridad alcanzados. Estos impulsos hacia la liberación del hombre tuvieron una base y una orientación tan reales que se manifestaron, no en la liberación de la autoridad de los príncipes y de los reyes sino en liberación de la autoridad de los Papas, de la autoridad de la Iglesia. La rebelión de Lutero y de algunos príncipes alemanes contra la autoridad dogmática del Papa, conmovió hasta lo más profundo a la clase dominante feudal y a la organización eclesiástica que constituía su conciencia, su estrato intelectual, dirigente. Tan fuerte e intensa fue la alarma y tan grave el peligro, que la Iglesia Romana puso en juego todas sus fuerzas, su experiencia milenaria en el manejo y control de las conciencias, y toda su capacidad creadora en el descubrimiento de mecanismos nuevos para reforzar su acción sobre las masas trabajadoras (los campesinos y la naciente clase de los artesanos burgueses en las ciudades) al servicio de la clase dominante, de la que se consideraba la dirección espiritual.

En este clima de rebelión religiosa abierta, de rechazo de la autoridad intelectual dogmática, de la que son manifestaciones elocuentes Erasmo, Rabelais, y Bacon entre otros muchos, es donde hay que situar la actividad de místicos y organizadores como San Ignacio de Loyola y la creación de la Compañía de Jesús. La personalización de la divinidad de Jesús, la Virgen, etc., abrió vías formidables de proselitismo, de sumisión y de entrega, en cuanto facilitó el sentimiento de que cada creyente individual -distinguido, claro- establecía conexiones exclusivas y directas de relación con Dios. Para controlar este misticismo individual la Iglesia Romana exaltó la autoridad y la entrega hasta límites delirantes, insuperables; propició la frecuentación casi cotidiana de la confesión y de la comunión como instrumento ideal y eficaz para saber lo que pasaba en las almas, para dirigirlas a la meta propuesta por la Iglesia en su lucha contra el espíritu de progreso de las sociedades y de liberación de los individuos. La organización concreta difusora y propagadora de las nuevas técnicas creadas por San Ignacio, la Compañía de Jesús, adoptó aires de tropa aguerrida, altamente disciplinada, tan disciplinada a nivel intelectual que todos los padres y hermanos debían obrar como un sólo hombre a la voz de mando del Superior; esta tropa de militantes y de cuadros, dependiente única y exclusivamente de su general, y a través de él, del Papa, no admitía fisuras de ningún tipo y actuaba unánimemente sobre los creyentes distinguidos 71, que ejercían una fuerte autoridad sobre las masas trabajadoras. La autoridad y las exigencias de obediencia de las organizaciones se intensificaban y reforzaban en la medida en que progresaban las luchas de liberación religiosa (y política) y los avances científicos y técnicos afirmaban, consolidaban, y aseguraban al espíritu humano sobre la tierra.

Esta ampliación y reforzamiento de la autoridad y la demanda, consiguiente, de obediencia ciega, en militantes y creyentes, no sólo tenían por objeto atajar la rebelión religiosa abierta por Lutero (rebelión que había roto la unidad cristiana medieval, la unidad de creencias, la unidad cultural, la unidad del espíritu humano 72, sino impugnar y combatir los avances realizados por los espíritus liberados en todos los dominios de la reflexión humana; progresos dirigidos, aunque no se lo propusieran contra la concepción del mundo, del hombre y de la sociedad de la Iglesia Romana, unos por animosidad contra la Iglesia y otros porque, en realidad, no se podía realizar ningún progreso que no atentara contra algún elemento del «globus intelectualis», propio de la organización clerical tradicional. La Iglesia Católica se encontraba, por una parte, con una rebelión, una excisión religiosa consumada, que había sido capaz de sobrevivir a toda clase de anatemas y condenaciones espirituales y a guerras largas y sangrientas, y por otra, con un frente nuevo y peligroso, la rebelión intelectual de los científicos, y, consecuentemente, de los técnicos, que iniciaron los dos procesos que más habían de contribuir a la liberación espiritual del hombre, la interpretación científica, profana del universo, de la vida, del hombre, y de la sociedad, y el desarrollo de la técnica fundamento y motor de la industria moderna que habría de liberar a los hombres de la miseria y de la necesidad, acabando con la concepción de la tierra como un valle de lágrimas, «como una mala noche en una mala posada», a base de la moral de la abstinencia tan indicada para lograr la resignación de las masas campesinas ante la expoliación de que eran objeto; la ciencia y la técnica contribuyeron asimismo a terminar con la concepción de que el hombre, por su cuerpo, era un ser envilecido y despreciable, considerado como el primer enemigo del alma, el obstáculo más difícil de superar en el camino de su salvación. A partir del siglo XVI, la Iglesia Católica se ve obligada a combatir en varios frentes, además del frente religioso y menos cómodo, pues, tiene que combatir a Lutero, a Calvino, a los erasmistas, pero también se ve forzada a luchar contra Copérnico, contra Bacon, contra Galileo y arrastrada por este camino, se ve obligada a combatir, a luchar cerradamente, contra todos los adelantos del progreso de la humanidad, y convirtiéndose abiertamente en la principal fuerza reaccionaria de la humanidad, en el estado mayor de la reacción, aliada de las fuerzas más obscurantistas y sangrientas, a las que alentó e inspiró en sus esfuerzos por detener o perturbar la marcha de la libertad y la seguridad de los hombres.

Ahora bien, a medida que la organización clerical católica se oponía a todo progreso, encotraba más motivaciones para exagerar las amenazas representadas por las fuerzas del progreso, científicos, industriales, economistas, liberales, socialistas, comunistas y un larguísimo etcétera, hasta llegar al curioso expediente de exigir a sus militantes el juramento antimodernista 73. Pues, si durante la Edad Media clásica la Iglesia Romana solamente tenía que luchar contra las argucias y artimañas del demonio, algunos brotes minúsculos de disidentes, de heterodoxia, y alguna que otra sublevación esporádica de campesinos desesperados, en los siglos XVI y XVII, XIX y XX la Iglesia Católica no sólo se enfrenta con múltiples rebeliones religiosas abiertas a las que esfuerza en combatir en el campo de la teoría (teología, moral, organización) y en el campo de la política y de la represión armada, sino que tiene que luchar contra las fuerzas que no son anticatólicas,. sino, simplemente no religiosas, indiferentes, agnósticas y otras rigurosamente ateas, especialmente, aquellos autores que se proponían descubrir y denunciar los designios de poder de la organización eclesial; en realidad, se veía obligada la Iglesia a combatir hasta contra los mismos deseos de las masas de salir de la más dura miseria, del hambre y de la extenuación.

No se debe olvidar que en la segunda mitad del siglo XVII y todo el XVIII se lleva a cabo una intensificación de la expoliación de los campesinos de la Europa continental, que, como es lógico y natural, se reflejó en la Iglesia en la forma de una intensificación de la predicación de los novísimos, de las terribles penalidades de las almas en el Purgatorio, de la manipulación de las asechanzas del Demonio y su legión de colaboradores, de la maldad de los pecados de intención, especialmente, en los deseos y excitaciones sexuales; es bien sabido como en ésta época el sexo es elevado a la categoría de pecado más general y más peligroso y esto por dos motivos; l°) porque si se condenaba a los campesinos al hambre, al arrebatarles la mayor parte de los productos de su esfuerzo, era necesario ensombrecer más, mucho más la vida del hombre sobre la tierra, exaltar el dolor y los sufrimientos, la pobreza y la miseria, como vía segura para despues de la muerte disfrutar de la bienaventuranza eterna, era precido condenar todo placer como el mayor obstáculo a la salvación; y, 2°) porque la exageración de la pecaminosidad del sexo es el mecanismo más seguro y eficaz, más universal, para someter a las masas campesinas ignorantes, debido a que es imposible librarse de las tentaciones demoníacas a través del sexo, pues, todos lo llevamos dentro y ya sea en la vigilia, ya sea durante el sueño, siempre estamos al borde del pecado, aunque sólo sea de intención, pero pecado de verdad. Y cuando el individuo ha pecado y esta de nuevo al borde de pecar, cuando se convence uno de que está entre las garras del demonio, recurre apresuradamente a quien le puede librar de la condenación eterna, de los terribles sufrimientos del infierno y con más motivo, cuando la vida pende de un hilo, debilitado el creyente por el hambre crónica y las penalidades de los trabajos agrícolas y la amenaza constante de las epidemias, que se ceba precisamente, como es bien sabido, en los más indigentes y extenuados. El haber elevado, en ese momento el sexto mandamiento a pecado principal 74, revela la enorme sabiduría de la Iglesia organizada en materia de manipulación y control de las conciencias.

Los dirigentes, cuadros y militantes de la Iglesia Católica supieron, como siempre, y como aconsejaba San Ignacio (respecto al aprovechamiento de las pasiones de los jóvenes educandos de la Compañía) sacar provecho de la ingente tarea con que se enfrentaban al tratar de enmarcar, encuadrar a los nuevos enemigos de la Iglesia; por una parte, encontrarles explicación, cosa no difícil disponiendo de un comodín tan formidable como el demonio, en cuanto estratega y organizador de los ejércitos del mal, y, por otra, el extraordinario estímulo que significaba para reforzar sus filas la existencia de enemigos abiertos, amenazantes, lo que permitía, aun controlando el poder, tocar a rebato y movilizar a los militantes como si de una quema se tratase; esta situación es la que ha permitido e impulsado a exagerar la peligrosidad y la amenaza del mundo exterior y a resaltar las ventajas fabulosas de formar parte de los elegidos. Las técnicas de manipulación de las conciencias, representadas por el desasimiento, la constante amenaza exterior, la caridad como sustituto del afecto personal y la solidaridad del grupo, el reforzamiento suspicaz de la identidad, la especial formación novicia¡ que tan eficaz se ha mostrado y tan buenos resultados ha dado, la obediencia ciega en un mundo en que ha entrado en crisis la autoridad, todo ello y mucho más no hubiese sido posible sin la «acuciante» amenaza de los enemigos levantados para destruir la Iglesia, para quebrantar la fe y para hostilizar a los creyentes y militantes con su indiferencia para con las cosas religiosas, su libertinaje, sus apostasías, su exhibicionismo y su terrible desconocimiento de los valores religiosos representados por la Iglesia Católica, ya que todas las demás religiones son sectas infernales. Parece, de todo punto innecesario, insistir más en los determinantes sociopolíticos que han impulsado el desarrollo y afirmación de la formación novicial.

—–

71 Un propósito muy semejante, pero modernizado y puesto al día en las sociedades industriales, aunque conservando muchos rasgos de la Compañía de Jesús, lo representa en los últimos cuarenta años con éxito «económico» el Insitituto del Opus Dei.

72 Ver Ambiciones españolas de Florentino Pérez Embiz.

73 Se menciona este juramento en el libro sobre los Seminarios, Reglamento disciplinar… p. 43, que debían renovarlo singulis annis; ¡que todavía está vigente en España!

74 El gran impulsor y especialista, el investigador eximió en las variadísimas asechanzas del demonio en materia sexual fue San Alfonso María de Ligorio, quizás el mejor experto de todos los tiempos.

ÍNDICE

—oOo—

El proselitismo y la creación de tensiones

El apostolado o, en términos más vulgares, el proselitismo, es la señal más clara de la transformación del creyente en militante, y de su pertenencia al aparato organización, al aparato de poder; y el proselitismo es, además, la demostración, la prueba evidente de la inata vocación de poder de toda religión, de toda Iglesia. Si se analizan con un mínimo de rigor los motivos que impulsan a hombres y mujeres a creer, en otras palabras, los motivos de credibilidad, en el mundo moderno resulta difícil encontrar justificación, a nivel individual, al celo proselitista; celo que, por lo demás, está en abierta contradicción con el acendrado individualismo de salvación de los católicos: la salvación es un negocio estrictamente individual de cada alma, nada pueden hacer los demás en favor de la salvación de cada uno. El análisis de los motivos de credibilidad, en relación con el consuelo y el apoyo que el individuo puede esperar del Dios parece reflejar relaciones entre la potencia del grupo religioso y la capacidad de la religión para confortar el ánimo e inspirar confianza a los creyentes. Si esto fuese verdad, que parece que sí, sería un golpe grave para las religiones en cuanto quedaría demostrado que lo que buscan los individuos en los grupos religiosos no es tanto un Dios todopoderoso, infinitamente, sabio, justo y bueno, premiador de buenos y castigador de malos, como la «identificación» con un grupo poderoso, contar con su solidaridad, recabar su apoyo; por otra parte, sólo así se explicaría el invencible afán proselitista de la generalidad de los creyentes cualquiera que sea su credo y su moral. Esto significaría, que lo que lleva a los individuos a adherirse a una religión, en el caso de no haber nacido en ella, es la fuerza y cohesión interna del grupo, la fraternidad que les une y el mutuo apoyo que pueden prestarse unos y recibir unos de otros, lo que probablemente, explica el sentido profundo del nuevo mandamiento de Jesús: «amaos los unos a los otros, lo mismo que yo os he amado», y el corolario consiguiente «en que os améis unos a otros todos conocerán que sois mis discípulos» 75.

A los creyentes actuales de las principales religiones se les podría clasificar en dos grandes grupos: por un lado, los nacidos en el seno de familias que profesaban ya la religión y cuyo medio social era (y es), favorecer la captación y continuidad, conservación de las creencias dominantes del grupo; y por otro, aquellas personas, que, debido a las conmociones y crisis raciales (guerras, como la última de la 2ª Guerra Mundial, crisis económicas, paro, grandes huelgas, etc.) se sienten impulsados a buscar apoyo afectivo, intelectual, moral, y, frecuentemente, ayuda económica y de otro tipo para fortalecer su psicología y reafirmar su estabilidad para superar las adversidades y las tensiones desencadenadas; no es necesario insistir en señalar cómo las tribulaciones prueban a los espíritus y como fallan los menos firmes y templados y como el apoyo afectivo y moral así como la solidaridad de los demás ayudan a superar todas las desgracias. Es en momentos de gran crisis social cuando se dan las conversiones más rápidas y sorprendentes y cuando los hombres necesitan con más urgencia toda clase de apoyos y sobre todo, el divino en razón directa a cuanto hayan fallado los apoyos humanos personales. Pero, es evidente, que ninguna persona prudente y esclarecida, afligida por una crisis espiritual, sería capaz de adherirse a una religión por perfecta y humana que fuese, y por grande que fuera la promesa de ayuda divina, sino eran vivificadas las creencias correspondientes por hombres más o menos numerosos, mejor más; y esto se debe a la estrecha proximidad entre, por una parte, los efectos producidos en las personas y en su comportamiento por la solidaridad, las manifestaciones de apoyo mutuo, las muestras de cohesión y de integración del grupo de creyentes (recuérdese todo lo que se dice de los cristianos primitivos y sin ir tan lejos, los grupos de guerrilleros resistentes durante la Seguda Guerra Mundial), y, por otra, los efectos consoladores, confortantes, estabilizadores, tranquilizadores, generadores de sentimientos de seguridad de un credo religioso que propugne el altruismo, la abnegación y el sacrificio por los demás, el respeto fidelísimo a la vida humana, a la propiedad, a la integridad y a la dignidad de los demás, que ofrezca como compensación al buen comportamiento en esta vida una felicidad plena e interminable en la otra; pero tales efectos visibles, perceptibles, en cuanto valores y principios interiorizados e incorporados al comportamiento de un cuerpo numeroso de creyentes, pues, de lo contrario, tal credo podría ser muy hermoso, pero, relegado al limbo de las hermosas ideas. Lo sorprendente, entonces, es que la entrega, la adhesión religosa se hace, básica y fundamentalmente, a la interiorización de un credo (de un articulado de fe) en función del grupo que lo manifiesta y demuestra en el comportamiento de sus creyentes, y, sólo muy excepcionalmente a la perfección del credo, por eso el proselitismo es una función principalísima de toda religión, como un recurso determinante para fortalecer la propia fe, sobre todo, la fe que se ha heredado a la que uno se ha entregado, más o menos, conscientemente. El apostolado es un instrumento de autoafirmación de la propia fe del individuo, pues, cuando mayor, más numeroso sea el grupo de creyentes, más reconfortado se siente cada uno de ellos, más satisfacciones recibe de la creencia a que se ha entregado.

Ahora bien, una vez que la religión en cuestión se ha convertido en Iglesia organizada y jerarquizada, estrechamente ligada con la clase dominante en el papel de «colectivo pensante», el proselitismo se convierte en una función especializada, propia de los militantes; el ideal sería que todos los creyentes se transformaran en militantes del apostolado (en proselitistas), pero no se puede pedir tanto a los simples creyentes que han heredado su fe o que se sienten, en cierto grado, oprimidos y expoliados por la iglesia organización a través de impuestos, tributos, diezmos, primicias, etc. En ciertas condiciones, bastante frecuentes en el pasado, muchos creyentes lo eran, forzados como su adscripción a la tierra, mejor dicho, su adscripción a la tierra determinaba su adhesión a una iglesia. El proselitismo está determinado por el afán, la obsesión de aumentar el poder de la iglesia, y su influencia social y política, incluso, a veces, su poder económico, su riqueza. El proselitismo ya no se dirigirá, con preferencia, a la captación de nuevos miembros para la iglesia, sino a la recluta de nuevos militantes y de nuevos cuadros. En las sociedades modernas, capitalistas e industriales, el esfuerzo principal de la Iglesia Católica Romana está orientado a captar creyentes, muy dotados y situados en puntos estratégicos e influyentes de la sociedad, para convertirlos en militantes y cuadros eficaces, fieles y manejables; para ello, la Jerarquía se vale de las posiciones dominadas en la enseñanza, en la dirección de las empresas, en los bancos y entidades financieras, en las empresas publicitarias y asesoras, en los altos empleos del Estado, etc. Desde sus posiciones adquiridas los militantes, ya en los empleos de prestigio están en disposición, no sólo de conocer, sino de sondear y, si es posible ganar, a los mejores profesionales para las filas de militantes; a esta labor se han dedicado algunas organizaciones eclesiásticas en el pasado, los Jesuitas, y en la actualidad, el Opus Dei, que utilizando la experiencia de los Jesuitas (la organización más avanzada, más creativa, y más poderosa en los últimos siglos dentro de la Iglesia Católica) ha sido quien ha introducido y extendido las técnicas de noviciado entre los creyentes corrientes de a pie 76.

Resulta interesante ver cómo en los novicios, y en los prenovicios se entremezclan los problemas individuales, propios del simple creyente, con aspiraciones militantes. Para conseguir la solución de sus dificultades, la mitigación de sus angustias o la superación de sus temores, aprensiones, o las tensiones, generadas por la vida moderna, no vacilan en hacer promesas sobre la conquista de almas, u orar por la unidad de las Iglesias ¿qué pretenden con ello, coaccionar a Dios o buscar consuelo y confortación? «Te ofrezco señor, todos los malos ratos que he pasado hoy. Te los ofrezco por la unión de las Iglesias y por las intenciones del Papa…» «Te ofrezco todos mis sufrimientos y alegrías por la unión de las Iglesias.» «Ayúdame en las clases; te ofrezco por las Misiones los malos ratos» 77. Esta confusión de lo particular, individual con lo general de la organización es un rasgo privativo de los militantes de las iglesias jerárquicas y altamente disciplinadas.

Merecen párrafo aparte los esfuerzos realizados por algunas organizaciones religiosas católicas, con mucha experiencia acumulada y mucho saber hacer, dirigidas a descubrir los jóvenes más prometedores por su inteligencia y, sobre todo, por su elegancia, para conquistarlos para la organización; naturalmente, una vez ganados empieza la tarea de modelarlos y transformarlos en militantes eficaces y fieles, mediante las ya conocidas, técnicas de noviciado. Estas organizaciones ponen grandes esperanzas en estos jóvenes selectos y bien dotados; esperan mucho de su inteligencia y de su capacidad de trabajo, por eso, tratan de estimularlos por todos los medios a su alcance, con la ilusión de teleguiar o teledirigir personas de gran valía, sin darse cuenta que a través del proceso de desasimiento y de la destrucción de la intimidad, indispensables para conseguir su entrega total, están anulando toda su agresividad. Sin intimidad, sin una genuina privatización de la conciencia no cabe ni responsabilidad ni creatividad, porque, si la conciencia del individuo es un campo abierto por donde se puede pasear Dios, el Demonio y los superiores no es posible la responsabilidad, pero tampoco es posible la elaboración singular, especial, innovadora de experiencia; debido a esa destrucción de la intimidad, con la aniquilación de la voluntad propia, para asumir la Voluntad de Dios, representado por el Superior, el joven promesa, a lo más a que puede llegar, es a asimilar elementos, ya ganados de la cultura y del conocimiento, de ahí, esos sabios jesuitas de los que se ha hablado con pasmo, porque sabían todo, todo lo ya hecho y publicado, pero ¿qué creaciones científicas, técnicas, artísticas, o literarias debe la humanidad a hombres tan selectos y con tanto rigor formados? Parece que nada valioso se ha conseguido nunca sin pasión, como decía Hegel, y las organizaciones religiosas temen a las pasiones más que al diablo, por eso, lo primero de todo es acabar con las pasiones en el joven. Dado los medios empleados no sorprenderá a nadie que los resultadós alcanzados, tras los análisis de los capítulos anteriores, fueran previsibles.

—–

75 San Juan, 13, 34-35.

76 En este sentido ver el libro de M. de San Lisa y A. Gaamez, Juventudes femeninas. Madrid, S. de E. Atenas, S.A. 1961.

77 Diario de Juani, pp. 105, 150 y 115.

ÍNDICE

—oOo—

La invención de formas de aterrorizar, tarea básica de las iglesias.

Una cuestión de enorme interés para profundizar en el análisis, es el esfuerzo de las religiones institucionalizadas, dirigido a la creación de tensiones en las conciencias de los creyentes para reforzar el sometimiento de éstos, en cuanto solamente cada una de las iglesias está en condiciones de ayudar a superar las tensiones por ella creadas. Durante los últimos 40 años la Iglesia española ha abusado mucho, precisamente, de situaciones de peligro ideadas por los directivos, cuadros, y militantes; ha intensificado la práctica de los oficios religiosos: de desagravio al Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen, se multiplicaron los ejercicios espirituales en centros de enseñanza, colectividades de todas clases, barrios, pueblos y aldeas, fábricas, cárceles y hospitales; ejercicios espirituales para criadas, para varones adultos, para casados, etc.; cursillos de cristiandad, retiros, etc. En muchas ciudades de provincias proliferaron los rosarios de la aurora, que, entre el humo de los cirios, los velos y pañuelos de las mujeres, las voces plañideras pidiendo perdón al Señor, junto con el terror real creado, fomentando y difundido en los años 50, añadidos al hambre de las masas, dieron lugar a un clima de terror, de angustia y de opresión, que la Iglesia española podía vanagloriarse de haber elevado la tensión religiosa a cotas seguramente nunca alcanzadas en este país en los días más obscurantistas del pasado.

Las creación de tensiones en las conciencias, probablemente, desde los primeros tiempos de la Edad Media, fue la actividad a la que la Iglesia Romana dedicó más esfuerzos, más imaginación y actividad creadora, que ninguna otra. La Iglesia, sus especialistas al mismo tiempo que discutían y perfilaban la naturaleza de Dios, sus principales caracteres y propiedades, la creación de todas las cosas: los ángeles en sus diversos órdenes, los ángeles malos (caídos), los hombres, las cosas inanimadas, desde las rocas a los animales, estos mismos especialistas u otros semejantes se entregaron con entusiasmo a recoger a reordenar todo el repertorio de horrores del pasado y a imaginar las torturas más espeluznantes y refinadas a que los ángeles malos, el Demonio y sus legiones de tentadores y torturadores, sometían a las almas de los condenados en los Infiernos y en el Purgatorio; desarrollaron una fantasía asombrosa para pintar horrores que hoy nos costará trabajo reconstruir por medio de los restos que nos quedan en los tímpanos, dinteles, portadas, capiteles de las más antiguas catedrales. Desplegaron y confeccionaron un riquísimo catálogo de pecados y elaboraron el más complicado variopinto repertorio de tentaciones, artimañas, argucias de los demonios para atrapar a las almas y arrastrarlas a las simas infernales donde el demonio, a diferencia de un león hambriento se dedicaba a torturarlas.

Se adueñaron, asimismo, de todos los delirios y alucinaciones de los hombres del pasado en forma de ritos mágicos, acciones fantásticas, atribuidas a los dioses y personajes míticos, unos para ensalzarlos y elevarlos a la venerada categoría de ángeles, santos, otros para identificarlos con el ya abundante panteón de espíritus malos y perversos. Los expertos religiosos encontraron un material fabuloso para nutrir su corte celestial o los abismos del infierno en la amplísima panoplia de espíritus buenos y malos de los pueblos agrícolas europeos que fueron entrando en el seno de la Iglesia; esto les favoreció notablemente en cuanto, así, pudieron incorporar los personajes populares y bien conocidos de los campesinos que los militantes religiosos católicos debían someter y manipular en favor de la clase dominante, los nobles laicos y eclesiásticos.

De esta manera se provocó la expansión más formidable en la historia humana de la superstición, de la magia y de la brujería, colocando por este medio las bases para desarrollar el más moderno aparato de aterrorización de los últimos siglos en el Occidente europeo. La brujería, que asoló y atemorizó a las naciones europeas de los siglos XV, XVI y XVII, tiene todos los rasgos de una creación especializada de gentes, muchas de las cuales podían creer en ella; pero parece seguro que los jueces eclesiásticos de los procesos de brujería y los manuales 78 utilizados para desarrollarlos tuvieron mucho que ver con el origen y difusión de la brujería; es decir, que la aparición de oleadas de brujas fue provocada por las propias predicaciones contra ellas desde el púlpito, y de la persecución consiguiente 79. Esto parece tan plenamente evidente que algún juez inquisidor, llegó a formular una explicación en este sentido. Se sabe, por otra parte, que los expertos religiosos católicos se dividían en tres categorías: 1) los que creían que con la ayuda del Diablo las brujas iban volando a sus aquelarres donde celebraban sacrílegos remedos de los oficios religiosos, sacrificaban niños y doncellas, pronunciaban blasfemias horribles y se prestaban a actos carnales con el Diablo -generalmente, bajo la apariencia de un imponente macho cabrio- y utilizaban misteriosos y mágicos ungüentos para sus viajes aereos, y tranformaciones, pues eran capaces de transformarse en toda clase de animales y cosas; 2) los había que estaban convencidos de que todo lo que decían haber hecho las brujas, había ocurrido sólo en su imaginación como en sueños, y apuntaban la posibilidad de que todos esos hechos extraordinarios ocurrieran bajo los efectos narcotizantes de los ungüentos con que se untaban, y 3) un número, sin duda muy reducido, creía que las brujas al ser sometidas a tormento declaraban haber hecho precisamente lo que los jueces querían que declarasen, que no era otra cosa, que lo que en los sermones habían oído a los predicadores contra el demonio, pues, aquellos eran la única fuente de información, de ahí que los hechiceros y las brujas se declaraban culpables, porque sabían que eso era lo que esperaban de ellos a fin de que cesaran de darles tormento, ya que, lo de menos es lo que habría de sucederles después.

Sociológicamente la explicación del supuesto comportamiento de la brujería es completamente verosímil. Puede corresponder, perfectamente, a un plan ideado para reprimir cualquier tipo de malestar o de protesta incipiente advertidos en una comarca, sin necesidad de aludir directamente a los efectos del factor desencadenante, la introducción de un tributo o exacción no acostumbrado, etc.; en realidad, cualquier abuso de los señores, que por aquellos tiempos debían de ser harto frecuentes 80. Con este tipo de acciones las iglesias locales prestaban un servicio a los señores de medio pelo -hidalgos cortos- y, a la vez, reafirmaban su poder tanto sobre las masas compesinas como sobre los propios señores, a quienes había que mantener en un cierto grado de sumisión a fin de que no se envalentonaran demasiado. Lo que si era totalmente inverosímil es que la brujería con toda su burda, aunque bien urdida u combinada parafernalia, fuese una invención de las masas oprimidas, agotadas por el hambre y las penalidades de un trabajo extenuante para producir alimentos, vestidos, viviendas y objetos de lujo (los artesanos) para los nobles y para los clérigos y producir los miserables alimentos y vestidos para sobrevivir en la miseria y seguir trabajando. No cabe pensar, que fuesen campesinos embrutecidos los que imaginaran ese complejo mundo, terrible y fascinante, de la brujería; tampoco parece lógico que fueran ellos los transmisores de viejas (¡tan viejas!) tradiciones que se remontaban a un pasado menos opresor y más creador, anterior al establecimiento del cristianismo como religión dominante. En el orden de las cosas parece mucho más verosímil que la brujería, junto con todos sus elementos fantásticos, y en especial por sus estrechísimas relaciones con el Diablo, (una creación predilecta de los especialistas religiosos) fuese un mecanismo más, muy congruente con el período histórico, fabricado en todas sus piezas por las organizaciones religiosas, enmarcado en su estrategia de crear tensiones en las conciencias de los creyentes, de manera que éstos fueran incapaces de superarlas, de liberarse de ellas sin la ayuda expresa de los clérigos.

La verosimilitud se hace evidencia si se acepta (no cabe otra posibilidad) que la mayoría de las religiones conocidas han practicado la estrategia de crear tensiones en sus seguidores a fin de mantenerlos sometidos y dominados; congruentemente con la función represora de las religiones históricas, desde el Parsismo al Cristianismo y al Mahometismo. Ahora bien, en esta tarea el Cristianismo, mejor aún el Catolicismo, se lleva la palma, ya que, seguramente, no exista religión alguna que adquiriese tanta experiencia, ni desplegase una capacidad creadora en este dominio tan rica y avanzada como la Iglesia Romana. Con la invención del pecado original, por el cual todos nacemos ya inclinados al mal, con la concepción de una carne y el espíritu pecaminosos y tendiendo constantemente al pecado; con la ideación de un mundo enemigo del alma, y con la creación genial del Demonio y sus legiones de ángeles malos, siempre al acecho de las almas, (como leones hambrientos al acecho de la presa), pocas esperanzas podían quedarles a los hombres de salvarlas sin los auxilios extraordinarios de la organización eclesial. Sin duda, la creación más genial, aunque, tan bien, la más contradictoria fue la creación del Demonio y su enorme poder, a veces rayano en una auténtica rivalidad con el poder de Dios, para tentar a las almas desde dentro, desde el núcleo mismo de la singularidad y de la exclusividad; aquí la contradicción resalta irresistiblemente ¿cómo armonizar la creación del alma por Dios, en un acto concreto de creación, con la capacidad, el poder del Demonio para mover al hombre al pecado desde su misma interioridad, desde la fuente de su volición? ¿Cómo cohonestar la unidad del alma con Dios con esa posibilidad que tiene el Demonio de inducir desde su ápice mismo al alma a pecar? ¿Cómo explicar que puedan ser enemigos del alma y de su salvación, el mundo y la carne creados también expresamente por Dios, como fruto de su infinita sabiduría y de su no menos infinita bondad y su infinita potencia? ¿Cómo explicar que el cuerpo, y, hasta el espíritu, sean los más grandes e insalvables obstáculos a la Salvación? Si se piensa que el hombre se encuentra constamente sometido a las más apremiantes tentaciones, que necesita una energía herciana para liberarse de ellas y eludirlas, se saca la impresión de que toda la urdidumbre ha sido ideada de tal manera que el hombre irremediablemente tiene que condenarse; para escapar a este círculo infernal no cabía otro recurso que la Gracia; sólo con el auxilio de una fuerza y de un poder sobrehumano podía el alma escapar de su destino fatal, la condenación eterna a terribles e inimaginables sufrimientos; pero la Gracia, dispensada por Dios a los hombres que la merezcan es administrada por la iglesia católica romana, sin cuya intervención es imposible la salvación; absolutamente imposible; por eso, está proclamando constante e insistentemente que sin ella, o fuera de Ella no hay salvación.

En consecuencia de esta concepción de «cerco inexorable del hombre», de laberinto infernal del que es imposible salir, es evidente: los especialistas católicorromanos han rodeado al hombre de tantos peligros, han puesto tantas dificultades en el camino de su salvación, que si no quiere condenarse para toda la eternidad a terribles sufrimientos no tiene más salida, no tiene más alternativa que someterse al credo y a las normas que la Iglesia ha establecido como condición única para salvarse. El procedimiento es simple, sencillo e infalible, primero se imagina un mundo, al hombre, al Demonio y los pasos al borde del abismo, después se convence a los hombres de que las cosas son así y que no hay escape (porque las tentaciones y las ocasiones de pecar son tantas, que hasta el más santo peca setenta y siete veces, al día), y, finalmente, no hay más vía para salvarse de las tensiones del pecado y del temor a la muerte, en pecado mortal, que la propia Iglesia. Naturalmente, de esta manera el éxito es seguro mientras haya hombres que crean en la concepción del hombre, del mundo, del alma y de la vida eterna, etc., elaborados por el catolicismo, y, todo parece indicar, que durante mucho tiempo habrá hombres dispuestos a aceptar esas creencias y esas condiciones.

—–

78 Un ejemplo de este tipo de manuales es, sin duda, el Malleus Maleficarum… (Hay edición española).

79 Ver el proceso de Logroño de 1610.

80 Esto debía suceder, sobre todo en comarcas montañesas donde los señores no disponían de excedente suficiente para mantener una mesnada, por lo que se veían obligados a concertarse con el clero.

ÍNDICE

—oOo—

Algunos rasgos de la personalidad resultante de la formación novicial

Este análisis sociológico quedaría incompleto si prescindiera de esbozar, aunque sólo sea muy someramente, los rasgos más sobresalientes, que configuran y caracterizan la personalidad, que da como resultado la formación novicial, ya que el interés de este trabajo se centra en ese resultado: en que la formación novicial genera personalidades «deformadas», personalidades incongruentes e inadaptadas a la sociedad actual, a la sociedad en que nos toca vivir. Esta afirmación es muy grave, pero está presidida por el que debiera ser el principio fundamental de la educación en las sociedades modernas capitalistas, industriales y democráticas que hay que formar al niño para que llegado a adulto se inserte, se instale comodamente en la sociedad en la que tiene que ganarse el pan y en la que debiera de realizar su personalidad con el mínimo de tensiones y de esfuerzos de adaptación posibles. Para conseguir una personalidad con tales rasgos característicos, los educadores debieran de conocer la sociedad; conocerla de verdad, en su realidad determinante y efectiva: primero, para tener una noción clara de qué tipo de personalidad debieran cooperar a desarrollar en sus alumnos y con qué conocimientos debieran dotarlos para que constituyeran el soporte de su adaptación al medio social; y, segundo, para, saber cómo esa sociedad está ya, viene ya, conformando las personalidades de los muchachos y a través de qué mecanismos, tan variados, tan poderosos en las sociedades industriales modernas. Confesadas o no, estas son las líneas generales que han orientado la educación «ciudadana» en todos los tiempos. Ahora bien, la formación novicial, como es bien notorio, no se propone formar ciudadanos, no es ese su objetivo primordial, aunque en última instancia sus educandos actúen, más o menos directamente sobre la sociedad en que todos conviven, esto es, ciudadanos y órdenes religiosas.

Efectivamente, la formación novicial no tiene como finalidad formar ciudadanos sino, básicamente, formar militantes para una poderosa sociedad, extendida por todo el mundo, que propugna, defiende, propaga y, en cuanto puede, impone: una concepción muy rígida, estrictamente codificada, dogmática, del mundo, de la vida, del hombre, de la muerte y de la «otra vida»; un código rigurosísimo de comportamiento general81, que comprende desde la conducta «moral», hasta el aseo personal, determinando todos los actos con minuciosidad, pasando por las relaciones personales, a fin de conseguir un comportamiento uniforme y estereotipado; los valores más destacados y condicionantes tanto de la concepción total del mundo, como del código de comportamiento son la obediencia «virtud, que es puerta y camino de todas las virtudes» y la humildad, que no es otra cosa que la manifestación externa de la más completa obediencia; este código condiciona regula las relaciones personales dentro del grupo convivencional, las de los miembros de la asociación (la organización particular), así como las de todos ellos con la sociedad global, con la cultura y con el estado o poder «político». La educación se propone como objetivo único configurar un tipo de personalidad perfectamente adaptada a las exigencias, tanto de la organización concreta (orden, congregación, instituto, diócesis, etc.) como de la institución global: la Iglesia católica romana sus dogmas y actividades en la sociedad. Lo grave del caso no es que las organizaciones religiosa configuren la personalidad de sus cuadros y militantes de acuerdo con el modelo que les es más afín y querido sino que practiquen un tipo de formación pre-novicial sobre miles y miles de muchachos en cuyo horizonte espiritual no entra el hacerse militante de la Iglesia, y cuyo destino real es insertarse en la vida civil normal como cualquier otro ciudadano.

Con todas las salvedades, propias de un estudio de este tipo, que pretende analizar (muy somera y abstractamente, los resultados educativos de la formación novical) en los párrafos siguientes, con una osadía improcedente, se va a intentar esbozar los rasgos más sobresalientes de la personalidad del militante católico, según se infiere de la práctica educativa llevada a cabo en los colegios religiosos y en los seminarios. Naturalmente, este análisis, implica una concepción de la personalidad, especialmente de su núcleo generador y su desenvolvimiento; concepción que se intenta resumir a continuación.

La estructura básica de la personalidad es un resultado, primariamente de la afectividad (del núcleo afectivo primario), del conjunto de relaciones personales de las actividades a que se haya sometido el niño entre la infancia y la adolescencia reorientado y matizado todo ello por la experiencia individual, el conocimiento de la realidad exterior y, posteriormente, por el proyecto de vida que determinará las opciones capitales de la fase adolescente al adulto. La afectividad, el cariño, de que sea objeto el niño desde su nacimiento, va a condicionar las relaciones personales del individuo para su futuro, esto significa que el niño estará siempre predispuesto a escuchar, primero, a las personas que la hayan mostrado algún afecto, y, después, a toda persona con la que entre en contacto, cualesquiera que sean los motivos; a la vez, esta predisposición afectiva, impulsará al individuo a sentir con los otros, a compartir sus dificultades y temores, a sentir simpatía, a sentir solidaridad y reciprocidad. La simpatía, la reciprocidad y la solidaridad, consecuencia de la afectividad, del cariño recibido, facilitan, 1) el desarrollo de la inteligencia, porque las relaciones personales significativas, recíprocas, constituyen el cauce inicial y principal de información fiable (tanto más fiable cuanto mayor sea el afecto que el receptor siente por la persona informante), que suscita la preocupación más importante para obtener conocimiento nuevo, conocimiento vivo, no conocimiento formal, libresco; 2) la generación de los sentimientos, como respuesta al afecto recibido; al sentirse amado el niño aprende a amar, a sentir cariño hacia los demás, la predisposición a amar a los demás, y como el afecto, implica agrado, deseo de complacer, (en reprocidad a los cuidados altruistas recibidos) surge la inclinación a obedecer atentamente no ya a los mandatos, sino a las más simples insinuaciones, a simples indicaciones, así se genera el núcleo inicial de la voluntad y de la autodisciplina 82, y 3) el desenvolvimiento del afecto, nacido en reciprocidad al afecto recibido, genera un conjunto de actitudes, no sólo frente a los estimuladores directos del afecto, sino a todas las demás personas, debido a que el afecto, la admiración, el respeto, que unas personas concretas (padres, parientes, maestros, compañeros de pandilla) inspiran en los muchachos, producen en éstos sentimientos de profunda base social, pasan a ser dominantes, y se convierten en los verdaderos impulsores de la actividad del individuo en favor y en el seno del grupo social, que, de esta manera, el muchacho aparece muy favorablemente predispuesto para asumir los objetivos sociales de gran alcance, elaborados como proyectos sociales a realizar individualmente (elección de profesión, pasión por llevar acabo algo importante dentro de su actividad profesional, admiración e imitación de los grandes modelos y en algún grado, deseo de hacer algo heroico, etc.). Sin duda, puede parecer exagerado todo lo que se acaba de inferir del núcleo de afectividad primaria, pero no cabe encontrar un factor de explicación tan fecundo, aunque pueda dar la impresión de que el conocimiento, (la experiencia acumulada) en cuanto factor y actividad definidores del hombre, pudieran constituir una base firme y correcta de partida, porque el conocimiento humano sólo tardíamente ofrece base y fiabilidad para que el individuo pueda confiar la toma de decisiones importantes para la existencia a las solas conclusiones de la razón; por otra parte, la afectividad tiene como componente fundamental a la experiencia biológica y, en cierta manera, resulta afín, probablemente, estrechamente emparentada con el instinto animal, a pesar de la inconcreción de esta capacidad animal. Refuerzan el valor de esta elección el hecho de que la afectividad originaria del individuo propicia y facilita explicaciones convincentes y coherentes con los hechos del desarrollo de su inteligencia, de sus sentimientos, de sus sentimientos sociales, de su voluntad, de su capacidad de autodisciplina e incluso se podría proseguir hasta entender el entramado (o estructura) del carácter.

Sobre la base de este esbozo teórico de la estructura de la personalidad y con la ayuda de las conclusiones y resultados obtenidos anteriormente no parece tarea muy difícil elaborar un perfil de la personalidad del militante católico, objetivo predilecto de la formación novicial. En primer lugar nos encontramos con el rechazo o prohibición de contraer afectos humanos, la constante invitación a desprenderse de todo lazo afectivo humano, para poner todo afecto en Dios y mantener solamente relaciones «personales» con Jesús, con la Virgen, con Dios, para conocerlos, amarlos e identificarse con ellos; en segundo lugar, están el desprecio al mundo (cuyo componente más importante son los otros hombres), el desprecio al propio cuerpo, e, incluso al propio espíritu, y la invitación a considerarlos como enemigos; una subestimación tan radical predispone a no poner demasiada atención e interés en la realidad para comprenderla, naturalmente, no merece la pena estudiarla, conocerla, sólo Dios debe ser objeto de nuestra preocupación, de nuestro interés y de nuestro conocimiento, y no hay más ciencia que la ciencia de salvación, porque, a la postre, el que se salva sabe y el que no, no sabe nada; en tercer lugar, tenemos la imperiosa recomendación de las relaciones personales con Dios, reforzadas en la práctica frecuentísima de los sacramentos de la penitencia y de la comunión, que llevan al novicio (o al prenovicio, o al simple estudiante) a consultar sus más insignificantes preocupaciones al director espiritual y con el confesor, proceso que muy pronto da lugar a que el muchacho o muchacha) se deje conducir en todo por los militantes que le rodean sin darle ocasión a que desarrolle una autodisciplina y una voluntad 83 genuinas, acostumbrándose a una obediencia mecánica. Cuando esta resignación comienza a una edad temprana, los 10 o 12 años, las consecuencias no pueden, por menos, de ser demoledoras; propugnar la obediencia como virtud de virtudes, como el sacrificio más mortificante y, por ello, más agradable a Dios, en cuanto significa la aniquilación de la individualidad y conseguirlo puede ser muy valioso para el éxito de la organización (de la orden o de la propia Iglesia), pero deformador, incluso destructor para la personalidad de los individuos. Finalmente, la declaración de la salvación como asunto o negocio rigurosamente individual, al que nada pueden ayudar los demás, la prohibición de establecer lazos de amistad, (suplidos, aparentemente, con ventaja por las relaciones directas con Dios) priva a los novicios (y a los militantes después), de puntos de apoyo extraordinariamente satisfactorios y de la fuente más formidable de sentimientos y de estímulos para el desarrollo total de la personalidad: intelectual o afectiva (sentimientos), de sensibilida moral, de creatividad individual, y de fecundas emociones humanas.

No debe sorprender, que los militantes católicos, al menos en el pasado, si adoptaban sus vidas estrictamente a lo que exigían las órdenes y congregaciones religiosas, y al modelamiento resultante del noviciado, careciesen de vida personal en sentido pleno. Durante siglos miles de hombres hicieron sus vidas faltas de afecto, de emociones, carentes de intimidad y de capacidad creadora, sin voluntad propia, ni autorrealización individual (personal), sin sentimientos que les ayudasen a sobrellevar sus fustraciones, y sin apoyos colectivos (sin afirmaciones mutuas solidarias) para superar las tensiones sociales, y para mitigar las agresiones y temores oscuros o irracionales, procedentes de una naturaleza, fundamentalmente arbitraria y opresora, desgarrada por la lucha de intereses contradictorios. Claro que estos hombres automutilaron sus vidas personales, probablemente en busca de una seguridad esterilizadora, negadora, a la vez, de la libertad y de la responsabilidad; aniquiladora de la creatividad que es la verdadera realización de la libertad.

A modo de resumen y conclusión final se podría elaborar un cuadro con los principales rasgos característicos de la personalidad de los militantes religiosos y tales como se desprenden de la formanción novicial;

1. Intiligencia abstracta, formal, estrictamente verbal, como basada en las declaraciones de autoridad, libros sagrados, patristica, libros de los fundadores, intento de restauración de la filosofía tomista; fuerte impacto de la introspección en un esfuerzo por encontrar a Dios en el fondo del alma, ya que el «mundo» que interesa al creyente para el problema capital de salvarse lo lleva en su interior y le basta cerrar los ojos -para verlo mejor 84; el desprecio al hombre, al propio espíritu y al mundo, no es lo más apropiado para el desarrollo del conocimiento y, por consiguiente de la propia inteligencia: desprecio a la experiencia como muestra de los tontos 85; tendencia irresistible al pensamiento hecho, a la palabra escrita, al dicho de la autoridad, y a someter el propio juicio al juicio definitorio de la organización.

2. Sensibilidad, sentimientos. En cuanto el militante tiene que aniquilar todo afecto humano (fuente real de todo afecto y, por consiguiente, de todo sentimiento, de convicencia y dependencia social) se ve obligado a transferir y a sublimar sus sentimientos; tranferirlos de los hombres, de las personas a las cosas creadas por los hombres, obras de arte, imágenes piadosas, estampitas, oraciones, lecturas piadosas, relatos fantásticos de santos en su lucha heroica contra el demonio, etc.; y sublimar los afectos de los hombres a Dios, a Jesús, a la Virge, a los Santos, a los Ángeles Custodios que nos acompañan siempre; por tanto, se podría calificar de formal, de abstracta la sensibilidad de los militantes, capaces de emocionarse ante un estampita del niño Jesús, y quedar indiferente ante un niño sucio y desastrado; la organización provee a sus militantes y cuadros de toda una serie de elementos representativos para llenar el vacío real de personas, de seres humanos para el afecto.

3. Voluntad. Entendida la voluntad en su triple forma de aparecer y de actuación: primero, como proyecto de vida; segundo como propósito social individualmente interiorizado; tercero, como autodisciplina o dominio total habitual del cuerpo. De todo lo escrito anteriormente se llega a la conclusión de que los militantes carecen de (han sido modelados para no ejercer la) voluntad, como facultad mas elevada y propia del individuo, que por su misma naturaleza animal es un centro, un foco inviolable de operación y experiencia; como proyecto de vida los militantes eligen el de someterse a la dirección y a la voluntad de otras personas, y en abstracto, como autojustificación individual a la voluntad de Dios; como propósito social (y personal) aceptan unos propósitos establecidos institucionalmente y no asumidos personalmente con riesgo de fracaso o de éxito; los rezos, el ritual, alguna ligera tarea de servicio, pero que están reguladas tan minuciosamente que el militante no tiene a la vista las fases del propósito, sino las normas estatutarias, precisamente, porque carecen de entidad material que resista a la acción y, finalmente, como autodisciplina resultante de mandatos, represiones de los adultos educadores (padres y maestros) y del propio descubrimiento de las ventajas que, individualmente, representa la inhibición de las propias acciones para convertirlas en habituales y gozar así de mayor libertad, hasta conseguir el dominio psíquico no sólo del cuerpo, sino también de las mismas actividades del cuerpo (del organismo) atención, continuidad, etc., los militantes tampoco tienen ocasión de interiorizar las normas sociales como condicionantes biológicos generales y condicionamientos psíquicos, por la obsesionante vigilancia y dirección ejercidas sobre ello a través de la confesión, de la dirección espiritual, y de la vigilancia educativa, y en todos los demás órdenes de la vida en el noviciado, no dejando a los muchachos margen para el error y la rectificación: concepción excesivamente «plástica» del carácter en la Compañía de Jesús 86.

4. Tacto social o humano. Las relaciones personales «reversibles», significativas, a través de las cuales el individuo influye y sufre la influencia de otras personas, no ejercen esa doble función que les es normal, por la prohibición de anudar afectos humanos y por la orientación aseptica y de distanciamiento de los superiores a los inferiores y de éstos entre sí; las desconfianzas creadas como procedimiento de control impiden a los individuos adquirir un verdadero tacto humano, comprendiendo a los demás por simpatía, sino que adoptan una forma de trato abstracto, frío, insensible, dictado y condicionado por la noción dogmática y abstracta de caridad, que debe inclinar, inevitablemente, a la hipocresía, a aparentar dignidad, impasibilidad, mesura y por encima de todo distanciamiento por parte del superior y falsa humanidad y servilismo por parte del inferior a la espera de asumir el otro papel. Como es sabido, la mayoría de las órdenes religiosas, más selectas y que daban el tono, recibían entre sus miembros hijos e hijas de familias nobles, forzadas por la institución del mayorazgo a buscar acomodo digno a los segundones en los conventos; estos militantes forzosos, aportaron a las órdenes y congregaciones, además de sus dotes, su concepción de la nobleza, y, más que nada, de lo que ellos creían que era la nobleza, tipo y concepción de vida a la que, naturalmente, por su cuna e influencia estaban destinados y su disposición para los puestos de gobierno de sus organizaciones, no tiene que extrañar las reivindicaciones nobilarias y el asumir un comportamiento supuestamente noble, sobre todo, las formas filipistas (de Felipe II) de aparente mesura, equilibrio y austeridad.

5. Actitud pública. No es difícil suponer cuál es la aptitud política y por donde van las simpatías a la hora de tomar decisiones, como votar en unas elecciones o cómo en su función de confesores o directores espirituales, los militantes y cuadros religiosos aconsejar a los simples creyentes sobre a quién dar sus votos; no resulta difícil, si se recuerda la insistencia en las amenazas y peligros de la «calle» y del mundo, la prevención contra las persecuciones de que son objeto, de la preparación para el martirio, si los enemigos de la Iglesia desencadenan la mil veces anunciada persecución contra los creyentes católicos, que revela el dicho conocido de que la Iglesia Católica cuando no puede perseguir, ya se siente perseguida; las exageraciones de los predicadores y directores de ejercicios espirituales acerca de la descristianización, de la corrupción de las costumbres, de la inmoralidad del cine, de las novelas, de la televisión, la terrible plaga de la pornografía, el divorcio, el aborto, los amancebamientos, convence y horroriza a los muchachos de que fuera de aquellas cuatro paredes no se puede vivir 87: de hecho, todo conspira contra la concepción del mundo, del hombre y de la sociedad, inculcada e interiorizada por los militantes y los cuadros, hasta tal punto que no parecen demasiado erradas las acusaciones acerca de la connivencia entre grupúsculos ultras, neofascistas, neonazis, Guerrilleros de Cristo Rey, etc., con ciertos colegios religiosos; políticamente, a la inmensa mayoría de los militantes religiosos hay que clasificarlos en partidos como Fuerza Nueva o todavía más a su derecha, si se exceptúan unos pocos curas y un número todavía menor de religiosos regulares.

6. Actitudes frente a la ciencia, a la técnica y en general frente al progreso. No debe sorprender a nadie, que se afirme que, en general, la actitud de los religiosos y de las personas de su área de influencia más directa es totalmente negativa al progreso, como idea de conjunto y muy ambigua frente a la ciencia y a la técnica; el progreso, como conjunto de logros que constituyen la base de la mejora de las condiciones de vida de las masas, es para los militantes religiosos el motor de la descristianización de los desordenes de todo tipo y de la corrupción general de las costumbres: el cine, las revistas, la televisión, los turistas, extranjeros, y los viajes de los indigenas han influido en la «desmoralización» de nuestras masas tan sabiamente protegidas por el cerco exterior durante los mejores y más felices años, del renacimiento religioso moderno, nacido de la purga depuradora de la Guerra Civil; la ambigüedad, mejor dicho, la idea unidireccional de la técnica, consiste en que los religiosos y sus afines, aceptarían gustosos algunos de sus más excelsos frutos como los Rolls Royce y los Cadillac, los telefonos de oro, orlados de diamantes, la calefacción central o eléctrica, los refrigeradores y algunas pocas cosas más, pero todo mesuradamente sin que estos bienes se extendiesen a las masas, porque, como decía en la prensa 88 un escrito católico ultra, la difusión del automovil a las masas está impidiendo ya el uso de esos vehículos a las personas distinguidas, que son quienes los necesitan y tienen verdadero derecho a su utilización; esta ambivalencia se extiende a otros dominios, la radio, el cine y la televisión son menos malos si están en manos de la Iglesia o de organizaciones controladas por Ella, pero son malas en manos de los enemigos de la Iglesia Católica (¿comunistas y masones?) o en manos de la burguesía industrial y comercial, interesada en proporcionar a las masas las mayores satisfacciones imaginadas, a fin de venderles el mayor número de mercancías y obtener ganancias cada día más altas; aquí, la Iglesia con su exaltación y propugnación de la moral «restrictiva» en este valle de lágrimas choca, por una parte, radicalmente con los propósitos de las grandes empresas industriales y comerciales, empeñadas en hacer «más felices» a las masas vendiendoles su productos, naturalmente, con el objetivo de expansionar sus negocios, y, por otra, con los deseos de las masas que, una vez, bien condicionadas por la publicidad buscan esos productos para sentirse realmente felices; no hace falta recalcar los efectos barrenadores de los viejos principios y valores católicos, provocados por la publicidad, la exaltación de lo nuevo y la promoción de ventas, sus repercusiones sobre el principio de autoridad, sobre la veneración de las tradiciones, y, especialmente, la ascética de la salvación y la sugestiva ilusión (obsesión) de la inmortalidad, en verdad, que a las masas hoy no les fascina la idea de inmortalidad, ni la idea de resurrección de la carne, porque el bienestar que muchas gentes alcanzan aquí hoy, no tiene parangón en la otra vida.

Se podría decir que todo progreso hacia el mayor bienestar de las masas, todo avance hacia una mayor seguridad en las peripecias de la vida repercuten muy negativamente en las promesas abstractas e ingenuas de una vida posterior a la muerte, hechas por la Iglesia Católica.

—–

81 Conviene aclarar que para los militantes católicos el principio de la moral consiste en cumplir con rigor la Voluntad de Dios; ésta es la norma determinante de toda moralidad y no es necesario insistir en quién declara la Voluntad de Dios, ni en quien decide si un acto es moral o no de acuerdo con aquélla.

82 La voluntad no surge de la obediencia, como creen los más importantes escritores religiosos; la voluntad nace de la interiorización de los objetivos sociales (de los propósitos sociales) de los que depende la existencia del grupo, que a la vez son los proyectos de vida que enmarcan y determinan el comportamiento, de cada uno; mientras que la obediencia está dirigida a inhibir los impulsos superfluos que acceden constantemente a la conciencia bien a través de los analizadores externos (los sentidos), bien a través de los interoceptores que señalan el estado del cuerpo, hasta llegar a la inhibición de todos los estímulos inútiles (improductivos) para centrar toda la atención en los productivos y eficaces; de esta manera, la obediencia no esterilizante conduce a la autodisciplina.

83 Para apreciar mejor como es imposible que el novicio desarrolle una verdadera voluntad véase el contraste con el desarrollo de la voluntad en un muchacho campesino. Como es bien conocido los niños campesinos de nuestras comarcas de agricultura de subsistencia comienzan a trabajar desde muy pequeños, 5, 6 ó 7 años, en la realización de tareas (primero acompañados de un adulto y pronto solos) muy sencillas como, por ejemplo, regar, guardar ganados, y similares. Lo característico de estas tareas es realizarlas los niños solos. Como se sabe, guardar una vaca no requiere esfuerzos, pero si atención persistente y tomar decisiones constantemente, impedir que la vaca (o vacas) destruyan cultivos próximos, trigo, patatas o verduras, que el niño sabe muy bien, que son el alimento de los hombres, para evitar que los destroce el niño está vigilante, atento, no sólo por temor al castigo, sino porque conoce el valor de tales cultivos. Tanto en la guarda del ganado como en el riego, el niño está solo, por lo que tiene que saber hacer y estar atento, estar vigilante. ¿En qué situación parecida podrían encontrarse el novicio, quizás, en vigilarse atentamente para no pecar?

84 Camino, 184, 283.

85 El padre Nieremberg, parece que es el autor de esa frase.

86 Jesús M.’ Arozamena, Colegio de Jesuitas, «… el trato frecuente y casi continuo con sus alumnos, y la edad tierna de estos, que los hace como blanda cera para ser modelados a gusto y voluntad de sus mayores, son instrumentos que manejados con empeño y perseverancia por un maestro prudente y virtuoso, no pueden menos de imprimir honda huella en los ánimos de los jóvenes». Pág. 82.

87 En el Diario de Juani se encuentran numerosos testimonios de cómo la formación recibida se convierte en un obstáculo insalvable para adaptarse a la sociedad moderna «esas fiestas, esos bailes, esa falta de pureza y ese desorden mental… líbrame Señor, de caer en las garras de ese mundo infernal, corrompido por los desórdenes [¡la España de Franco de 1963 ó 1964!]… te pido que no caiga en ese abismo…» «El barullo de la vida moderna no me deja ser como Tu quieres que sea…» pp. 41, 130 y otras. Son, sobre todo, reveladoras sus añoranzas de la placidez, tranquilidad y seguridad de su vida en el colegio, guiada por las Madres.

88 Publicado en el diario ultra de la tarde El Alcázar.

ÍNDICE

FIN

exopus.jpg

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: