Conde De Montarco, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Encuesta realizada entre 1970 y 1974

CONDE DE MONTARCO. Agricultor y ganadero. Madrid.

Pienso que lo importante de una religión es aquello que aporta a cada ser humano para ayudarle a resol­ver los problemas espirituales que se le plantean como terrícola. Por eso me atrae la metafísica de la religión, que es su esencia. Porque para resolver los problemas materiales de esta vida disponemos, por un lado, de todas las ciencias técnicas (entre ellas la sociológica, la económica, la médica) y, por otro, de la política, como arte de convencer a hombres y mujeres para la más perfecta convivencia a través de un sistema de reglas sociales.

Pienso —y no sé si muy ortodoxamente— que una religión nace para el bien espiritual del hombre, y no que el hombre nace para acrecentar los bienes mate­riales de una religión. En todo caso, el hombre sólo puede dar a su religión honradamente, lo que tiene de divino: la inteligencia; y, con ella, procurar desarrollar los bines espirituales que contiene la religión que ha elegido.

Ya no tienen razón de ser las pugnas religiosas —si no he entendido mal el nuevo sentido postconciliar cató­lico—, ni, por tanto, el poderío material de una religión. Ni la fuerza del dinero, ni la presión política, deben ser empleados por una religión para ganar adeptos. Es su contenido espiritual el que deberá obrar para atraer al hombre. Por eso, dentro de una religión, no entiendo por qué un grupo o una comunidad busca engrandecerse, aumentar su poder material —terrenal— y dispu­tar a otros grupos o comunidades sus mejores hom­bres.

Creo que los grupos o comunidades, dentro de una religión, son ya un anacronismo histórico. Es algo pa­recido a lo que ocurre en algunos pueblos de España con las disputas y rivalidades de las cofradías de un Santo y de otro. Una religión, en el umbral del año 2.000, no debe necesitar la competencia ardorosa, misionera o ejemplar, de distintos grupos. El sentido ecuméni­co moderno acabará sustituyendo la disparidad de las comunidades dentro de una religión por la dispari­dad de religiones dentro del monoteísmo.

Pienso que, en la actuación política, cada cual debe guardar íntimamente su credo religioso, sin hacer ex­posición pública de él. Las denominaciones de grupos políticos con nombres de carácter religioso, son residuos de las luchas religiosas que hoy se consideran su­peradas gracias a un nivel intelectual más alto. Es jus­to reconocer que los miembros del Opus Dei, acaso por este motivo, pretender desligar su vinculación a la Obra con su actuación política.

Pero, aparte de esto, me parece absurdo que unos componentes de un reducido grupo religioso cualquie­ra, ocupen varios puestos importantes de la goberna­ción de un país, en determinado momento. Que esto su­ceda con los afiliados a un grupo político, es normal, y la consecuencia será que la política seguida estará marcada con el criterio sustentado por ese grupo o partido. Ahora bien, si esto ocurre con un grupo reli­gioso, también se dará la consecuencia de que la po­lítica desarrollada estará marcada por el entendimien­to de la misión religiosa del grupo. Y como prueba de lo que esto puede representar hoy en día, basta con pensar en el efecto que haría contemplar una fotogra­fía de un gobierno, alrededor de una mesa, en el que aparecieran varios frailes y legos de luenga barba, ves­tidos con la estameña de la Orden y calzando sanda­lias. La fotografía daría la vuelta al mundo con unos pies sabrosos.

Que los fieles a una religión sean políticos activos y lleguen a gobernantes es algo natural, pero no lo es que profesos —o profesionales— religiosos sean tam­bién profesionales políticos. Existe una incompatibili­dad manifiesta. Es aceptable que las ideas políticas de un grupo, que ha triunfado por ser mayoría en el país, presionen sobre la minoría, ya que éste es el juego po­lítico. Pero resultaría inaceptable suponer que, a fina­les del siglo XX, un grupo de religiosos pueda presionar con sus ideas sobre otras ideas religiosas distintas, existentes en el país, ni dar matiz religioso a la po­lítica.

En fin, entiendo perfectamente que la religión entre en el hombre y le perfeccione espiritualmente, pero no comprendo que el hombre entre en religión, como no sea para perfeccionar ideas metafísicas. O para una dedicación humanitaria y abnegada hacia los desva­lidos.

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