José María de Llanos, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Encuesta realizada entre 1970 y 1974

JOSÉ MARÍA DE LLANOS, SJ. Pozo del Tío Raimundo. Madrid.

Me lo preguntan, dando por supuesto que no lo hu­biera sido, lo cual, posiblemente, es suponer demasia­do. No podría «razonar» en verdad con exactitud por qué soy jesuita, cuanto menos me atrevería a decir que jamás hubiera sido del Opus. Creo tanto en mi in­seguridad como en la fuerza e iniciativa del Espíritu. No sé lo que hubiera o no hubiera sido; únicamente sí me atrevo a bosquejar algo del por qué aquí y ahora no me siento movido a seguir los caminos del Opus. Aquí y ahora, ni más ni menos.

Y desecho todo lo que pudiera parecer y ser dictado por un estado de animosidad, unas «razones de pa­sión» que no creo que me lleven «a priori» a un no pre­cipitado y ciego. Tengo amigos en el Opus, ayudé a va­rios de sus miembros actuales a ingresar en la Obra, y procuro, sobre todo procuro, no tomar posiciones de adversario respecto a todo grupo o institución donde hombres de mi fe trabajan. Son hermanos, y esto es para mí no sólo serio, sino primordial.

Voy a explicar, pues, el no desde otras líneas o razo­nes, desde mi carisma, como hoy se dice, personal, des­de mi inseguridad -repito- también que me obligue a poner bridas a las personales opiniones, y desde un conocimiento muy somero de la Obra. Sobre ella he leído muy poco, no he visitado sus casas apenas, y el trato con mis amigos en ella es cada día más somero, más alejado y, también, más cargado de respeto silen­cioso. (Y aprovecho la ocasión para manifestar mi dis­gusto, porque me han dicho que en cierto libro muy de actualidad hoy, editado por «Ruedo Ibérico», se citan unas palabras mías escritas hace años en «Signo» refe­rentes al Opus. Quiero suponer que se ha documenta­do bien el autor del libro, yo sólo recuerdo que en cier­ta ocasión escribí algo en aquella inolvidable revista, pero en plan de «echar puentes» y abrir diálogo. No fue otra la intención; si de tal trabajo se toma una frase separada de su contexto, creo que se comete una ligereza y se ocasiona un daño que hoy lamento.)

Pero, vamos a las respuestas escuetas y bien preci­sas. Ciertamente, aquí y ahora no sería del Opus prin­cipalmente por cuatro razones:

1ª Nunca entendí ni pude hacer mía la nota bien conocida de espiritualidad llamada ignaciana, nota que el padre Ángel Áyala destacó en sus escritos -los cua­les, sin duda, influyeron mucho en los prolegómenos del Opus-: El apostolado desde los puestos de in­fluencia, el apostolado de arriba a abajo, el apostolado tomando experiencia de «los hijos de las tinieblas», y ello a título personal y desde el imprescindible com­promiso con ciertos niveles de poder desde los cuales se pueda evangelizar al mundo.

Respeto y creo valorar todo lo que tal sentido tenga de prudente y hasta de cristiano, de cristiandad, pero no puedo desechar la sombra de lo que se me figura «prudencia de la carne», prudencia no semejante a la de Cristo que procedió de otra manera en su predica­ción del Reino. Se comprometió más bien con los hom­bres de abajo, y por ello le acusaron y desecharon los de arriba, y no utilizó influencias ni tácticas de tipo humano, sino escuetamente los signos u obras de su Padre que venían precisamente a oponerse al mundo. Pablo siguió una actitud semejante desde lo que deno­minó estulticia del Evangelio, trabajó con sus manos y pareció insensato a los ojos de los sensatos.

Bien sé que todo aquello debe ser proyectado según exégesis al día sobre una sociedad bien distinta de aquélla, pero no puedo, desde mi simplicidad evangé­lica, no puedo conformarme con la línea que después se llamó constantiniana, según la cual es menester aprovecharse del poder o poderes de este mundo para hacer la Obra de Dios, que precisamente se hace desde la debilidad humana y la fuerza del Espíritu. La llamada hoy eficacia no puede, pues, caracterizar, según opino, a la acción apostólica (el marxista cree también a pies juntillas en la necesidad de anteponer a todo el prin­cipio-eficacia).

Creo en la siembra no sólo silenciosa y testimonial, sino desde el pueblo y sin apoyarse en las industrias y poderes de este mundo: a cuerpo limpio y sin más.

Por todo ello no armonizo con el estilo evangeliza­dor de la Obra. No creo que pudiera yo escoger su carisma, distinto del que tan torpemente intento vivir.

2ª Doy menor valor (con lo anterior me sería su­ficiente para mantener y explicar mi no, dado que se trata de un criterio que juzgo evangélico), doy menor valor a lo que para otros encierra gran importancia, a saber, el halo de misterio y de reserva que rodea a la Obra toda y a sus miembros. Ello me recuerda los comienzos de la misma Compañía tan denigrada en el xvi por algo semejante y ello sobre todo se me ase­meja a un valor para mí muy estimado: el de la siem­bra silenciosa y sencilla del Reino de Dios. (Al fin y al cabo hay que reconocer que, a su modo, el Opus se adelantó a mucho de lo que hoy comprende y tanto se valora: la secularización.) Sin embargo, hay silencios y silencios: silencios propios de la sencillez y encarnadura humana, y silencios tocados de un misterio. Á los primeros me apunto; a los segundos, quizá por mi natural espontáneo y nada propicio a los secretos, a los segundos, no. Creo en la diafanidad del hombre evangélico, que no recela ni reserva, que va iluminado por su ojo abierto y entregado a los demás confiada­mente. Y no creo en el misterio que, como forma de existencia, hizo célebre a la masonería y a otras tantas «mafias», para mí realmente desagradables por ello ya solamente. El célebre y clásico «sigillum» de los oríge­nes cristianos creo que no tiene sentido a estas calen­das en una sociedad que viene de vuelta del cristianis­mo y donde las catacumbas ya no cuadran, como sí las persecuciones.

Misterios, pues no; nos bastan los que nos impone la fe estructurados en dogmas. Creo, por lo demás, que el misterio origina la secta y la aristocracia, es decir, segrega más que integra. Y lo que urge más hoy a nuestro cristianismo en crisis es la integración sin­cera, como la del fermento de la masa, la integración silenciosa pero no origen de casta y aristocracia alguna. La Iglesia, opino, necesita hoy tanto de silencio como de diafanidad y apertura.

3ª En tercer lugar, y como tema que me llevaría a optar por el no, apunto el tan conocido y criticado de la «pesca». Muy jesuítico también -yo he pecado de lo mismo y por ello me considero capaz de crítica ­pero poco evangélico; Jesús nos habló del oficio de pescador de hombres, también del de pastor de ove­jas. Imágenes éstas que no pueden ni deben conducir­nos a una estrategia o táctica de pesca o caza que pa­rece no compaginar con el respeto y la libertad de los hijos de Dios. No menos con la acción del Espíritu, que sopla donde y cuando quiere.

Creo que no es calumnioso -recuerdo anécdotas sucedidas en torno mío- reconocer que el celo de bas­tantes miembros de la Obra les llevó a un literalismo en esto de sentirse pescadores de hombres, literalismo que hizo incluso antipática la Obra por coactiva y se­cretamente presionante. Hoy en la Iglesia todo lo que no parta de la confesión y respeto de esta libertad en el último de los hombres de fe, ya es mal visto.

Juzgo que la célebre pastoral de vocaciones -inclu­so ella- hoy se va limitando a orar al Padre para que envíe operarios a sus mieses y dar el testimonio de una entrega a los hombres doblemente sacrificada por­que va iluminada por las exigencias de la fe en Cristo. Todo lo demás ya es táctica y prudencia humana, en este caso y esta hora inoportunas.

4ª Y, por último, mi no se apoyaría también en algo ciertamente marginal pero que me ha impacta­do mucho siempre. Cada día apreciamos más lo que es y vale la Palabra de Dios revelada y reveladora. Cada día y no sólo en el servicio litúrgico, sino en la vida ordinaria de los fieles a quienes ponemos en contacto directo con el Libro. Entonces, todo otro li­bro, que por muy fiel que sea al Libro venga como a sustituirle originando una espiritualidad precisa y has­ta un cierto culto publicitario, todo ello nos parece que inconscientemente atenta contra la primacía de la Pa­labra de Dios, pues viene como a «taparla» a fuerza de explicarla y aplicarla.

«Camino» es un libro más y de cierto valor que no discutiré; el culto a Camino, su «éxito» confieso que me puso en guardia y me conduce de nuevo a decir sencilla y discretamente, no.

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