Gines Liébana, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Encuesta realizada entre 1970 y 1974

Gines Liébana. Pintor. Madrid.

El Opus elige a la gente y a mí no me eligió. Tal vez fue por pura circunstancia.

A la vuelta de un viaje al Brasil, en 1958, me fui a Córdoba, y mis amigos me presentaron a un sacerdo­te de la Obra y nos hicimos muy amigos.

Asistí a muchos actos y pude vivir de una forma es­pecial lo que es este ambiente en una ciudad como Cór­doba, donde hay gentes estupendas.

Para mí fue una experiencia muy divertida, y uno de los ejercicios los hicimos en Andújar en el Santuario de la Virgen de la Cabeza. Como se suele hacer en es­tos ejercicios no se habla, ni, incluso, durante la comi­da, donde se leía en alta voz una biografía de Pío X, donde se nombra casi constantemente al Cardenal Rampolla, y esto, pronunciado por los cordobeses, so­naba fatal. Pero don Emilio, con su habitual sentido del humor jamás lo corrigió. Esto nos ponía al borde del ataque de risa.

Don Emilio, en sus pláticas -hablaba magníficamen­te-, solía hacer alusiones a mí, y éstas eran las únicas notas de humor de estas conferencias que yo oía sin pestañear.

Recuerdo una excursión que hicimos a Cazorla con otros tres amigos y su guitarra. Nos invitaron a una casa de piedra magnífica, y un tinto espléndido, y un chorizo no menos serrano. Pasamos allí unos días muy buenos, con nuestras escopetas, bromas y canciones.

Después me vine a Madrid y fui a ver a don Emilio a la calle Welligtonia, me recibió con su guitarra, me cantó varias canciones de Miguel Aceves Mejías. No hablamos apenas. El se marchó a la Argentina. Este fue el último contacto que tuve con el Opus Dei. Yo saqué la conclusión de todo esto, que el Opus Dei quiere abarcarlo todo en su deseo de universalidad y, a veces, esto no resulta.

Pasado el tiempo y después de todo aquello tan bo­nito y divertido… He sufrido en mí mismo una de las famosas máximas de Monseñor: «el apostolado de la mala lengua», y fueron aquéllos, con los que tan a gusto me sentí en Córdoba, los que la pusieron en práctica, con verdadero entusiasmo al voto -sin duda- de obe­diencia del Opus Dei.

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