José María González Ruiz, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Encuesta realizada entre 1970 y 1974

JOSE MARIA GONZALEZ-RUIZ. Canónigo teólogo de la Catedral de Málaga

¿Que por qué no soy del «Opus Dei»?

En primer lugar, por una simple coyuntura crono­lógica. Ingresar en el «Opus Dei» supone de suyo ha­cer una determinada opción religiosa. Ahora bien, mu­cho antes de que el «Opus Dei» saliera a la luz pública, yo ya había tomado mi opción religiosa de una mane­ra concreta y determinada. Esta opción la he mante­nido desde entonces y hasta ahora, y a pesar de la enor­me evolución conflictiva, por la que he pasado, la man­tengo muy a gusto hasta el momento presente.

Si ahora pasamos a una hipótesis futurible, creo que nunca hubiera pertenecido. En efecto, el «Opus Dei» per­tenece de hoz y de coz a una época determinada del ca­tolicismo español (e incluso mundial), de la cual yo presentía que había de salir precisamente para devol­verle al catolicismo su verdadero y auténtico rostro.

Para ser objetivo, tengo que reconocer que el «Opus Dei» nace en el tiesto correspondiente de una era de la Historia y hunde sus raíces en el humus en que en­tonces abundaba la Iglesia católica, sobre todo en nuestro país. El suelo de esta coyuntura religiosa his­tórica estaba profundamente marcado por lo que lla­mamos «confesionalismo», o sea, la nota característica de un «régimen de cristiandad». La Iglesia se presen­taba de hecho como una especie de «sociedad parale­la», gozando de plena autonomía y dotada de una suficiencia autárquica, que le permitía desarrollar en su seno toda clase de actividades específicas. Había una política cristiana, una economía cristiana, una filoso­fía cristiana, una escuela cristiana, una Universidad cris­tiana. Partiendo de este supuesto, la Iglesia se veía obligada a competir con la «sociedad laica», creando sus propias instituciones, con la ilusión de reconquis­tar el poder que tuvo durante los siglos medievales de «cristiandad».

El «Opus» fue un intento poderoso de penetración en los medios universitarios con la finalidad, abiertamen­te confesada, de infiltrarse en las clases dirigentes de la sociedad, para llegar decididamente al poder y ofre­cer posteriormente a Cristo y a la Iglesia la corona que el laicismo les había arrebatado. Como botón de muestra de esta declarada intencionalidad basta citar el número 833 del «breviario» del «Opus»: «Camino»:

«¡Caudillo!… Viriliza tu voluntad para que Dios te haga caudillo. ¿No ves cómo proceden las malditas so­ciedades secretas? Nunca han ganado a las masas. En sus antros forman unos cuantos hombres-demonios que se agitan y revuelven a las muchedumbres, alocán­dolas, para hacerlas ir tras ellos, al precipicio de todos los desórdenes… y al infierno. Ellos llevan una simien­te maldita. Si tú quieres…, llevarás la palabra de Dios, bendita mil y mil veces, que no puede faltar. Si eres generoso…, si correspondes, con tu santificación per­sonal, obtendrás la de los demás: el reinado de Cristo, que “omnes cum Petro ad Jesum per Mariam”».

Pues bien, toda mi teología, mejor dicho, mi eclesio­logía, se funda precisamente en la necesidad de desconfesionalizar la Iglesia, devolviéndola así a lo que fue en un principio y que nunca debió dejar de ser, a saber: a su condición de comunidad profética. La reve­lación divina, de la que la Iglesia es depositaria, es un mensaje concreto que inocula en los creyentes un ins­tinto determinado, en virtud del cual se mueven en una dirección determinada también. Pero de ninguna manera es un conjunto de enseñanzas «técnicas» que privilegien al creyente y lo dispensen de buscar fati­gosamente la solución de la charada de la historia jun­tamente con el resto de los mortales. Por eso es total­mente improcedente hablar de filosofía cristiana, de política cristiana, de economía cristiana, de Universi­dad cristiana. Todas estas ideas las he desarrollado en mi libro «El cristianismo no es un humanismo» y en las restantes publicaciones mías.

Afortunadamente, el Concilio Vaticano II dio el gol­pe decisivo al «régimen de cristiandad», sobre todo a través de la Constitución «Gaudium et spes» (el famo­so «Esquema XIII). Esto puede explicar el enorme desconcierto que a, los miembros del «Opus Dei» (mu­chos de ellos hicieron una opción religiosa sincera) ha producido el Concilio Vaticano II. Todo ese grandioso tinglado que se yergue con aires de novedad y moder­nidad, en las postrimerías del «régimen de cristian­dad», se ve ahora amenazado en su propia base, des­cubriendo con pavor que sus propios pies son de puro barro frágil y quebradizo, próximo al derrumbamien­to. Reconozco la trágica angustia de tantos hombres de buena voluntad que en un bello momento de su vida se entregaron generosamente a una empresa que ellos estimaban apostólicamente grandiosa.

Además, el «Opus Dei» ha participado -como tantas otras instituciones religiosas españolas- de ese fenó­meno que yo he llamado «inflación religiosa», produ­cido en España a raíz de nuestra guerra civil. Por una serie de motivos históricos, que no es del caso anali­zar, los años de la posguerra se caracterizan por una enorme euforia religiosa desproporcionada al auténti­co proceso de maduración de las conciencias. Los se­minarios y noviciados se llenaron, hasta desbordar, de candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa; las ins­tituciones docentes, económicas, políticas, jurídicas, se apoyaban en la «ideología católica» (marcada fuerte­mente por el sello de la «cristiandad»); la exportación de misioneros alcanzó cifras fabulosas. Esta coyuntura propicia hizo que el «Opus Dei» hiciera enormes redadas al copo en un tiempo récord, y esto lógicamente, lo ha llevado con rapidez a un crecimiento mastodóntico que ha desbordado ampliamente las ilusiones de los mo­mentos heroicos de la fundación. Yo me imagino que muchos miembros de la Obra -los más primitivos­ estarán ahora experimentando la misma sensación de angustia y de impotencia que el famoso «aprendiz de brujo» de la leyenda.

Finalmente quisiera dejar aquí consignado algo que yo estimo de estricta justicia distributiva: esta crítica, fundamentalmente teológica, que yo hago al «Opus Dei» la extiendo, como he dicho, a tantas instituciones reli­giosas contemporáneas. Por eso no quisiera compartir la actitud farisaica de muchos que arrojan sobre el «Opus» todos los pecados de los demás -incluso los propios-, haciendo de él un verdadero chivo expiato­rio, que monopolice en sí mismo lo que realmente es culpa de muchos.

Y esto, aunque se trate de descubrir la «viga» en el ojo ajeno, sin sacar primero del propio ojo una paja, por insignificante que sea.

Creo que son suficientes motivos para no pertenecer a la «Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei».

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