F. García Pavón, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Encuesta realizada entre 1970 y 1974

F. GARCIA PAVON. Director de la Real Escuela Superior de Arte Dramático y Danza. Escritor. Madrid.

Tu pregunta, así de pronto, me ha dejado un poco perplejo, pero en seguida caí en la causa de esa per­plejidad. Y es que, claro, resulta que es una pregunta muy española. Y las preguntas muy españolas, si las piensas un poco, casi siempre te dejan turulato. Lo normal en otra parte sería preguntar: «¿Por qué es usted de esto o de lo de más allá?» Pero la que tú ha­ces: «¿Por qué no es usted de esto?», tiene no sé qué carga ancestral y tridentina… Vamos, poco postconci­liar. En este país, por sus radicales giros y desplantes, lo normal es apuntarse masivamente a lo que pinte la «co­yuntura», como ahora se dice. Y lo anómalo, que al­guien pueda subsistir sin jugar a la carta propuesta. En los días primeros de la guerra civil en la zona re­publicana, donde yo viví, durante meses hubo colas para apuntarse a los sindicatos y partidos del Frente Popular. Los que hasta entonces no habían sido de nada o habían militado en partidos de derechas, se apuntaban a Unión Republicana por lo menos o al sin­dicato de actividades diversas de la U. G. T…. Y nada más acabar la guerra, venga de hacer nuevas colas para apuntarse al único partido triunfante o, al me­nos, a la Acción Católica. Buena parte de los últimos, luego, según las etapas, siguieron inscribiéndose en agrupaciones más definidas: la Adoración Nocturna, los Cursillos de Cristiandad y, por fin, al Opus. Últimamente parece que éste es el único objetivo de los aficionados al apunte, sea por profesión o por miedo, aparte, naturalmente, de los que lo hayan hecho por especial convicción, que en estas rachas siempre los hay. En mi pueblo hay uno que sigue diciendo que él será de Acción Popular hasta los restos.

A mí, estas rachas de apuntación a lo que sea -to­davía tenemos muchas que ver- me dan mucha lásti­ma. Así, lástima, y no precisamente por lo que tienen de epilépticas, de falta de criterio, de verdadera edu­cación política y civismo, sino por lo que tienen de… miedo. De miedo a la muerte, a la cárcel, a la pérdida del empleo o a no progresar en su carrera, según los grados y casos. En España, las sacudidas suelen ser tan violentas e intransigentes y la vida tan pobre e insegura que cuando cambia el palo -y digo palo en el doble sentido- el instinto de conservación es lo único que funciona, sin dejar el menor espacio a la dialéctica o la razón.

Pero, en fin, «admitida la pregunta», como dicen los jueces de las películas, yo no soy del Opus, como no pienso ser de nada, por mi carácter, en absoluto gre­gario o mimético. Aunque sé muy bien que en todos los tiempos las más grandes injusticias españolas se basaron en la amistad, el grupo, la conmilitancia o el nepotismo, dentro de lo posible -el residir en el ex­tranjero no le va a mi manía de escribir-, he procu­rado vivir y sacar adelante a los míos, bastante modes­tamente por cierto, sin adscribirme a ningún grupo ni clan que no fuese el compuesto por mis elecciones cor­diales e intelectuales, en modo alguno ideológicas y oportunistas. Me importan las personas por sus valo­res morales, autenticidad, intelecto y ángel, sean de derechas o de izquierdas, religiosos o agnósticos, manden o no. Entre ellos elijo mis amistades y buen pasar. Este mi natural liberal, democrático y nada gregario, se me debe notar muchísimo porque nadie me vino jamás con solicitudes de este o aquel grupo. Parece que no soy nada apto para la incondicionalidad y el rigor disciplinado de un vademécum religioso, político o clasista. Pienso como quiero y procuro no herir a los demás. Ya sé que esta postura es muy poco rentable y de todas partes procuran marginarte con mucha di­plomacia. Pero qué vamos a hacer: cada uno es cada uno.

En España, desde la Inquisición al menos, lo que importó -es lo más fácil y elemental- fue la ave­nencia real o simulada, pero siempre muy publicada, con el sistema o «exigencia» de turno. Antes se busca­ron adeptos que convencidos. La cifra estadística y el poder masivo, sobre la verdadera entidad ideológica o cordial. El que no piense o «diga que piense» como nosotros, no es de los nuestros. Esta acomodación tan superficial, tan fabricada por el miedo, permite, claro está, que a cada cambio de turno o de matiz del turno, la mayor parte de los apuntados se pasan con armas y bagajes a la nueva moda de apuntamientos.

Y ya rizando el rizo, a pesar de lo dicho, no me hu­biera sido fácil ser del Opus porque no sé muy bien lo que es. Todo en él está rodeado de tantas cautelas que sólo se oye hablar del Opus a los que hablan mal. Esto me hace pensar que la Obra debe andar muy mal de relaciones públicas, porque lo natural es que hi­ciesen su panegírico, aunque advirtieran que no iban a darle empleos y sinecuras a todos sus militantes.

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