Antes Morir Que Dejar el Opus Dei

Francisco de Goya, El sueño de la razón produce monstruos

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Iván de ExOpus

El fundador del Opus Dei esgrimió frases como las siguientes:

-“Dejar la Obra es condenarse a la infelicidad temporal y eterna

-“No doy cinco céntimos por el alma de quien haya dejado el Opus Dei

-“Prefiero que me digan de un hijo mío que ha muerto antes que ha perdido su vocación al Opus Dei

-“Rezad para que Dios os permita morir antes que dejar el Opus Dei

“Pedidle a Dios que os quite la vida antes de que consienta que dejéis el Opus Dei”

La vida es el don natural más grande que el Creador le ha concedido al hombre y por eso sólo puede ser sacrificada por el único bien que hay superior a ella: por Dios. Esta realidad es la que santifica el martirio: a una persona se le da a escoger entre seguir viviendo sin Dios o a morir por Él, y escoge la muerte con tal de no perderle.

El fundador del Opus Dei les exige a los suyos una suerte de martirio (que Dios os permita morir antes que…), pero no es directamente por Dios por quien pide que se muera, sino por la institución fundada por él (antes que dejar el Opus Dei), por lo que con esas frases está sustituyendo al Altísimo por el Opus Dei.

Por otro camino llegamos a la conclusión, tantas veces demostrada, de que don José María Escrivá de Balaguer y Albás se creía un elegido de la Divinidad, tan elegidísimo y perfecto que identificaba a su criatura, al Opus Dei, con el mismísimo Dios.

Y si un hijo ha de ser semejante a su padre, lo que es Dios sólo puede salir de un progenitor que lo sea, por lo que, de igual forma que a su Obra, él también tenía que considerarse a sí mismo como Dios, quizás por eso se hacia llamar “El Padre”, como se le llama al Creador, a la Primera Persona de la Santísima Trinidad, y no “padre José María” o “padre Escrivá”, como se habría hecho denominar si hubiera vivido bajo la humildad de sentirse igual al resto de los sacerdotes católicos.

Si don José María se hubiera creído un ser superior tangible tal como El Cid Campeador, o Napoleón Bonaparte (por citar algunos ejemplos habituales de lo que pergeñan las mentes de los megalómanos), todo el mundo entendería que lo suyo era una enfermedad muy grave, se le habría aplicado la terapia necesaria a su delirio hasta que revirtiera, y su mal habría sido inofensivo para el resto de la humanidad. Mas la combinación escrivaniana de considerarse en lo profundo como Dios mientras que se manifestaba teatralmente con una aparente humildad (por ejemplo, diciendo de si mismo que era un pobre pecador) y el haber creado una institución que logra de los demás que le secunden en su delirio (por aplicarles las técnicas de esclavitud psicológicas y espirituales de las sectas destructivas de la personalidad); como decíamos, esa combinación ha permitido que una megalomanía enfermiza y herética, muy peligrosa para la humanidad, engañe hasta el punto de ser considerada como santa por la mismísima Iglesia.

De tan insólita que es esta realidad hay muchos que no se permiten a si mismos descubrirla, aun siendo tan patente. Mas la verdad es muy tozuda y acaba imponiéndose, a pesar de la ceguera de tantos.

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