El Cristo (Cuento)

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Félix

El Cristo de aquel pueblo era muy admirado por todos. Era una imagen con fama de ser muy milagrosa por lo que iban a rezarle peregrinos de todo el mundo.

Un buen día el Cristo se bajó de la cruz y la dejó sola. El párroco de la iglesia en donde estaba la talla buscó por todas partes al Crucificado, sin lograr dar con él. Cuando al fin, cansado de tanta búsqueda, se fue a su casa, ante su sorpresa se encontró en su cocina al Cristo tomándose un piscolabis con la madre del sacerdote.

-¿Qué haces aquí, cuando tu sitio es estar clavado en la cruz?- Le preguntó el cura a Jesús, quien (todo sea dicho de paso) se lo estaba pasando en grande contándole parábolas y cuentos a la madre del clérigo.

-Pues ya ves, le contestó el Nazareno, que ya estoy cansado de permanecer tantos siglos colgado de una cruz. Me descendieron de ella al poco de crucificarme y vosotros, erre que erre, empeñados en tenerme enganchado en esos dos palos con esa postura tan incómoda y dolorosa. Por eso me he bajado de la cruz y ya no vuelvo a clavarme en ella. Así que ya lo sabes, estoy resucitado y no vuelvo más a la iglesia.

Por muchos razonamientos que le hizo el clérigo no hubo manera de convencer al Cristo de que volviera a la cruz; y allí siguió, sentado en la cocina, departiendo alegremente con la anciana señora madre del eclesiástico.

El cura se fue asustado a contarle al alcalde todo lo ocurrido. Ante tan anormal suceso se hizo un pleno urgente en el Ayuntamiento para tratar entre todos esa inconcebible situación.

-Esto no puede ser – dijeron los hosteleros-, y más ahora, antes de Semana Santa, cuando tenemos reservadas todas las habitaciones de los hoteles para dar albergue a la multitud de peregrinos que vienen a ver al Cristo. Y si ven la cruz sola, vacía, ya no vendrá nadie al pueblo y nos arruinaremos.

Entonces habló el boticario: -Yo me he gastado una fortuna en comprar antibióticos, gasas, desinfectantes, esparadrapo, pomadas, vacunas antitetánicas y otros cientos de productos que después me solicitan los miles de penitentes que se destrozan las piernas y enferman cuando hacen arrodillados la romería al Cristo. Y si no hay Crucificado ya no vendrán romeros y perderé todo ese dinero…

Y así, uno a uno, todos los habitantes del pueblo fueron manifestando el perjuicio económico que les suponía a cada uno de ellos que el Cristo no estuviera en la cruz. Lo hicieron los dueños de las gasolineras en donde repostan combustible la multitud de autocares y coches particulares que paran en el pueblo para rezarle; también dijeron lo suyo los panaderos y los tenderos y los vendedores de estampas y los que suministraban exvotos religiosos y los dueños de los restaurantes y los administradores de fondas y las amas de casa (que estaban muy angustiadas temiendo que sus maridos no pudieran llevar dinero al hogar). Y uno a uno hablaron todos. Al final llegaron a la unánime conclusión de que, fuera como fuese, el Cristo tenía que volver a su cruz.

La solución la encontró alguien. Quién fue nunca se ha podido saber, ya que en el mismo instante de pronunciarla todos se adhirieron a ella y la aprobaron por unanimidad. Por esa razón ha sido considerada como el desenlace glorioso del que todo el pueblo es padre.

Enviaron a los niños para que sacaran al Cristo de la casa del cura con la idea de llevarle a jugar con ellos. Jesús se enterneció ante la inocencia de los pequeñines y se fue presto a retozar con ellos. Los chicos condujeron al Hombre Dios junto a una de las altas paredes de la iglesia y, aleccionados por sus padres, le dijeron que les esperara allí mientras ellos iban a sus casas a buscar las peonzas, las canicas y otros artilugios con los que poder jugar con él. El Salvador accedió encantado a esperarles. Los niños salieron corriendo dejando al Nazareno solo. Cuando el Cristo estaba sin nadie junto a él, apoyado en la pared de la iglesia, esperando la vuelta de las tiernas criaturas, doce guardias que estaban armados hasta los dientes, escondidos y apostados en puntos estratégicos del pueblo, aprovecharon el momento de soledad de Cristo y le dispararon al unísono, y no pararon de apretar los gatillos hasta vaciar los cargadores de sus armas.

Toda la figura de Jesús se convirtió en una extensa llaga. El cuerpo quedó irreconocible, hecho jirones, un boquete en el pecho sustituía al corazón, la cárcava en la que se transformó la parte derecha de su cara, con el ojo colgando fuera de su sitio, le daba al rostro un aspecto repugnante, casi diabólico…

Los ejecutores de tal acto, al no tener ninguna duda de que aquel Hombre estaba bien muerto, le llevaron al interior de la iglesia y le volvieron clavar en la cruz.

Desde ese momento cada vez han sido más y más los peregrinos que han ido a rezarle al Cristo, ya que entre los fieles se ha corrido la creencia (suscitada por los habitantes del pueblo) de que la multitud de heridas sangrantes que aquel día le aparecieron al Cristo por todo el cuerpo son un signo milagroso de que concede todas las peticiones que se le hacen.

Y los habitantes de ese pueblo son felices porque gracias a ellos los fieles creen en lo que quieren creer. Y están seguros de que Dios les ha premiado haciéndoles millonarios por mantener al Cristo muerto y clavado en la cruz. Y dos de sus habitantes, por riguroso turno, vigilan noche y día para asegurarse de que permanezca colgado y muerto, como siempre lo ha estado, y como siempre lo estará.

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3 Responses to El Cristo (Cuento)

  1. Hector dice:

    q mal comentario sobre el Jesus Cristo
    acaso el q les iso x eso q Mitigaron tan fea lectura paralos feligreces de la Fe Cristiana Catolica esto es una ofensa les deveria de dar verguenza para hacer del Jesus Cristo como alguien q jamas resucito….

  2. Mark Twain dice:

    Hector, me gustaría contestarte, pero antes has de decirme una cosa:

    ¿EN QUÉ IDIOMA ESCRIBES?

  3. bsiviglia dice:

    Estupendo!

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