Alfonso de Cosio y Corral, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Encuesta realizada entre 1970 y 1974

ALFONSO DE COSSIO Y CORRAL. Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla.

Es ésta una pregunta que nadie, ni siquiera yo mis­mo, me había formulado nunca, a pesar de haber siem­pre tenido muy entrañables amigos dentro de la Obra, con los que me unen muchos años de hondo afecto. Se­guramente que la razón de no haberse nunca suscita­do, ni por ellos ni por mí, ese problema se debe, exclu­sivamente, a que soy un hombre de voluntad débil, incapaz de perfección y, sobre todo, un liberal escépti­co e individualista, ferozmente celoso de su personal iniciativa y reacio a toda vinculación a una orden, con­gregación, partida, secta o capilla, aunque respetuoso en todo momento con las ideas de mis amigos y aún de mis enemigos, si es que alguno he podido tener.

Pero, posiblemente el sentido de la pregunta es otro muy distinto, y se refiere, más concretamente, a la razón por la que carezco de conexiones con determi­nados grupos políticos y económicos de los que, al pa­recer, forman parte algunas personas pertenecientes al «Opus Dei». Pudiera contestar, de la misma manera, que nunca tuve vocación ni disposiciones para la polí­tica ni para las finanzas, y que la tecnocracia es com­pletamente contraria a mis hábitos y aficiones. Tal vez ello se deba a un cierto complejo de inferioridad que siempre he padecido, y que si yo creyese que era un hombre adornado de carismas, dotado de un gran talendo, de una buena presencia física y de la debida pulcritud y elegancia en el vestir, pensase de otra for­ma. Pero, por desgracia, no concurren tan felices cir­cunstancias en mí, y, como por otra parte nunca he podido trabajar con secretaria, no soporto la música de los teléfonos y me atemorizan los viajes en aeropla­no, careciendo, por si ello fuera poco de vocación por la pobreza, lo que hace que nunca haya sido capaz de compaginar la práctica del séptimo mandamiento con el uso de las computadoras electrónicas, se explica que sienta una instintiva y seguramente irracional repul­sión hacia ese género de actividades que otros, tal vez, con mejor criterio, consideren beneficioso para la cau­sa pública.

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