Camilo José Cela, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Encuesta realizada entre 1970 y 1974

CAMILO JOSE CELA. De la Real Academia Española. Palma de Mallorca.

-¿Y cómo sabe usted que yo no soy del Opus Dei ¿Quién le enseñó a usted las listas? En el artículo que publicó en el «ABC» el hijo de Tebib Arrumi se viene a decir, sobre poco más o menos, que las listas que figuran en ese libro aparecido en París no son ciertas, que ni son todos los que están, ni están todos los que son. Mientras el Opus Dei no publique sus listas -y no hay mayores síntomas de que vaya a hacerlo- a mí me parece que está usted expuesta a preguntar por qué no es del Opus Dei a uno que es del Opus Dei. ¡Sería gracioso! Eso de que no quieran publicar sus, listas es un misterio, una paradoja: eso mismo, tam­bién es una paradoja. El día que se publiquen va a haber muchas sorpresas, va a pasar como en el valle de Josafat, ya verá usted. Las sorpresas van a ser muy variadas: a mí me parece que hasta hay muchos por ahí medio dejando entrever que son del Opus y que después resulta que no, que no son del Opus. La cosa está muy revuelta. ¡Vaya si está revuelta!

Yo no soy del Opus Dei porque no me gustan las sociedades secretas; disculpo que cultiven el miste­rio las que están al margen de la ley: el partido comu­nista o la ETA, porque si los cogen se los cepillan en­tre la policía y los jueces; pero ése no es el caso del Opus Dei. Sus afiliados son finos y correctos, eso es siempre una ventaja, pero a mí me parece que no sa­ben bien a dónde van. Lo malo es que son soberbios; el libro que escribió su fundador, «Camino», me re­fiero al padre Escrivá de Romaní…

-Escrivá de Balaguer.

-Bueno, Escrivá de Balaguer, usted ya me entiende, ese libro es muy soberbio, es una especie de Kempis para ejecutivos, como ahora se dice, o para tecnócra­tas, como ahora también se dice: tecnócratas indus­triales, tecnócratas electricistas, tecnócratas avícolas, tecnócratas agrícolas (a estos les llaman peritos), tecnócratas en reparación de aparatos de radio etc., pa­rece que estamos en Nueva York. Y eso de que el pa­dre Escrivá de Romaní…

-Escrivá de Balaguer.

-Bueno, como sea. Eso de que ese señor quiera ser marqués es un cachondeo; los frailes no son marque­ses ni condes. A nadie se le ocurre poner en una es­quela: «Su director espiritual, el marqués de Tal…» Eso no es serio, créame; la gente se ha reído mucho con eso del marquesado. Los vilipendiados jesuitas, a pesar de que el padre Arrupe es un cursi que dice Latino­américa, son más serios: un sobrino mío, que se fue jesuita renunció al título de marqués que le correspon­dería a la muerte de su padre, al entrar en el semina­rio. Eso me parece correcto.

El mismo nombre de la sociedad, Opus Dei, ya en­cierra demasiada soberbia: Obra de Dios, así, con ma­yúscula, es una estrella que brilla en el firmamento, o una puesta de sol, o un pájaro que vuela, o una mujer hermosa. Pero una sociedad hecha por los hombres, por nobles que sean sus fines, no es Obra de Dios, sino de los hombres; recuerde aquello del libre albedrío: la estrellita que luce por la noche, o el sol que cae al atardecer, o el pájaro, o la señorita que da gusto verla pasar, no tienen nada que ver con el libre albedrío.

A lo mejor los del Opus Dei tienen buena intención, eso no lo sé, lo probable es que los haya con buena in­tención y sin ella, porque son muchos. Lo que no me parece que tengan es la cabeza muy clara. En un mes de libertad de prensa, eso del Opus Dei se disolvería como un azucarillo en un vaso de agua; los jesuitas son más resistentes. San Ignacio de Loyola era un san­to muy bragado y que los tenía muy bien puestos, ¡vaya que sí! Mire usted que los españoles les hemos sacu­dido candela a los jesuitas…, bueno, pues ahí los tie­ne resistiendo, a pesar de que el padre Arrupe es un cursi que dice Latinoamérica y latinoamericano. San Ig­nacio de Loyola era un santo a la antigua, como tienen que ser los santos: San Pedro, San Pablo, etc. Esos santos barbilampiños que vinieron después, a mi me dan muy poca confianza. ¡Los santos deben ser pelu­dos, señorita, déjese de zarandajas! Los santos muy atildaditos, que parecen cómicos o toreros pasados por agua, son muy peligrosos porque desorientan.

Cela

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