Luis de Castro Feito, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Encuesta realizada entre 1970 y 1974

Doctor LUIS DE CASTRO FEITO. Obstetricia y Ginecología Madrid.

¿Por qué no soy del Opus Dei? No soy del Opus Dei por muchas razones, algunas muy íntimas y otras, que son las que pueden interesarle, son aquellas que me afectan como ciudadano, como ente social, como miem­bro de una colectividad; sobre éstas le responderé en tres puntos que podrían ser treinta, pero no nos olvi­demos de Gracián.

1º El Opus Dei fomenta la división de la sociedad en clases; sus categorías de socios, aún llamándose «hermanos», están clasificados de tal modo que se di­ferencian los universitarios, adinerados y prepotentes sociales (que, en general, vienen a ser los privilegiados de siempre), de los no titulados, impecunes y «don nadies». Pienso que desde Jesucristo a Carlos Marx ya se ha escrito suficiente sobre la discriminación social para necesitar aclarar nada.

2º La dependencia de estos señores socios de sus superiores es tal que incluso alcanza a lo profesio­nal, según tengo entendido. El voto de obediencia en una institución tan jerarquizada como es el Opus Dei supone una entrega absoluta de nuestra voluntad y nuestra capacidad de decisión.

En esta sociedad de consumo que nos han impuesto ya tiene uno bastantes íncubos que no podemos qui­tarnos de encima para consentir, con repugnante ma­soquismo, que nos coloquen más. Aparte de que esa dependencia me parece inmoral, por lo que se supone para los que nos rodean o comparten con nosotros sus problemas.

3º A la vista está que este instituto, en muy poco tiempo, ha dominado las finanzas, la gran industria, la enseñanza y alta política; estos resultados pueden ser motivo de vanagloria para estos señores, pero a mí me parece que la consecuencia de esta escalada económico-social no es otra que la constitución de un grupo de presión (¡uno más!), que no ha redimido a quien ha menester, no ha contribuido a hacer cordiales las relaciones entre Iglesia y pueblo, manteniendo el disparate anacrónico de una Iglesia comprometida con el poder y la riqueza, ha cosechado cátedras, dividen­dos y despachos oficiales, y, a lo peor, consigue la en­trada en el Mercado Común: extraña obra de Dios.

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