Represión Sexual Contra Caridad

Burka

Iván de ExOpus

En una convivencia anual en Molinoviejo, a finales de los sesenta, sobrevino que una Numeraria Auxiliar (lo pongo con mayúsculas, porque estas mujeres si que se lo merecen) perdió el equilibrio mientras servía las mesas y fue a parar de nalgas al suelo. Al ruido que ella produjo con su cuerpo se le sumó el choque de la bandeja metálica que portaba y el de la sopera que iba encima, que tras hacerse añicos esparció sin orden ni concierto su contenido. Uno de los comensales que se encontraba a la vera de donde ella cayó, un joven de no más de 17 años y con apenas uno en la Obra, saltó de la silla como si un escorpión le hubiera picado en las posaderas y se apresuró a socorrer a la desdichada. La ayudó a levantarse y le preguntó si le había pasado algo. No duró más la conversación porque una legión de compañeras de la afectada fue a su rescate y se la llevó casi en volandas a la zona reservada para ellas, mientras que otras, como buitres ayunos de carroña, en segundos hicieron desaparecer los fragmentos de loza, el caldo y los fideos que campaban a sus anchas por el piso.

En el tiempo de deporte de la tarde me encontré con él y sin más me contó con pelos y señales la bronca que el director le había echado después del incidente por no haber respetado la separación absoluta entre las dos secciones del Opus Dei:

¿Qué quieren que haga, que la deje tirada en el suelo mientras yo miro a las moscas? ¡No te jode conque las dos secciones están separadas! Si alguien por la calle se cae y yo paso de largo me multan por denegación de auxilio, y a una hermana de la Obra no puedo hablarle ni ayudarla en un accidente. ¡A la mierda! Pues si le pasa a mi hermana y no la ayudo mi madre me la arma y con toda la razón…

Hace un par de años una ex numeraria nos contó a un grupo de amigos que mientras fue de la Prelatura dirigía labores de Administración de la Obra (mandar a Numerarias Auxiliares en su trabajo en los centros), y refiriéndose al estrés que sufría por atender varias casas a la vez explicó como en una ocasión la avisaron por teléfono de que una de las dos Auxiliares que estaban preparando la cena en uno de los pisos de varones se había cortado la mano y sangraba mucho, la que la acompañaba no sabía que hacer. Nuestra amiga le indicó como poner un torniquete, y para allá que se fue. Siguió contándonos que cuando llegó, una media hora más tarde, se encontró a la lesionada sentada en el suelo, apoyada contra la pared, pálida, casi inconsciente y sangrando, ya que el torniquete estaba mal hecho y era ineficaz. Entre la otra Auxiliar y ella la metieron en su coche y se la llevaron al hospital más cercano en donde fue ingresada por anemia aguda. Por fortuna no fue a más la cosa y pronto se recuperó.

Como estaban separadas de los 12 residentes por una pared y con un teléfono interno que les conectaba, cuando terminó de contarlo uno de los presentes preguntó: ¿Y por qué no avisasteis a los hombres del centro para que la ayudaran?

La hiperbólica respuesta de nuestra amiga lo dice todo: Porque si se nos ocurre hacerlo, los directores nos excomulgan.

Mi mujer fue agregada del Opus Dei y les explicaban que si un sacerdote se cae o pierde el conocimiento mientras las atiende lo que deben hacer es llamar a su centro para que los hombres vayan a por él, pero que nunca le ayuden directamente y que bajo ningún concepto le toquen.

Por si alguien piensa que estos testimonios son exagerados, copio un fragmento del texto oficial del Opus Dei que regula la conducta de sus sacerdotes:

«Nuestro Padre [el Fundador del Opus Dei] comentó alguna vez que prefería que sus hijas murieran sin los últimos sacramentos —porque estaba cierto de que aun así morirían como unas santas—, a que los sacerdotes fueran sin necesidad a los Centros de mujeres(Vademecum de sacerdotes, pág. 53).

La Iglesia afirma que la máxima virtud del cristiano es la Caridad, mas el Fundador y el Prelado del Opus Dei (los únicos con autoridad para imponer criterios) colocan por arriba de ella a la brutal e inhumana represión del sexo, a la que sitúan por encima de la vida natural y sobrenatural de los hombres y de las mujeres. Por lo que les es preferible dejar tirado como a un perro a un sacerdote enfermo de gravedad antes de que las mujeres le toquen para ayudarle; y que una chica muera desangrada en vez de pedir ayuda a los hombres de la Obra que la podrían salvar; y dejar a una mujer sin el auxilio espiritual que la Iglesia manda para los moribundos con tal de limitar las visitas de los sacerdotes a los centros…

Esta forma de vivir la sexualidad debería estar incluida en los tratados de Psicopatología Médica como «neurosis obsesivo-sexual de tipo opusiano», pero como en todo lo demás, en este caso también, el Opus Dei cubre su podredumbre con una hermosa vestidura y llama a este enfermizo obrar «delicadeza en el cuidado de la santa pureza».

Y la Iglesia, en vez de ingresar a quien corresponda en un hospital psiquiátrico, hace oídos sordos y le concede al jefe supremo la categoría de obispo al mando de una Prelatura personal y hace santo a su Fundador…

Y luego el Papa y resto de la Jerarquía se lamentan de que la sociedad se descristianiza y de que otros grupos religiosos les quitan los fieles, sin recapacitar ni por un momento en la responsabilidad que ellos tienen a causa de su obrar nefasto y anticristiano.

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