Alfonso Alvarez Villar, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Entrevista realizada entre 1970 y 1974

Doctor ALFONSO ALVAREZ VILLAR. Profesor adjunto de la Universidad de Madrid. Jefe del Departamento del Instituto de la Opinión Pública. Psiquiatra-psicólogo.

Paso a contestar a tu pregunta «¿Por qué no es usted del Opus Dei?» La pregunta es importante, porque to­dos los españoles conscientes y de una cultura por lo menos universitaria nos hemos preguntado alguna vez qué postura debíamos adoptar ante la Obra, y en mu­chos momentos -seamos sinceros- hemos sentido la tentación, más o menos fugaz, de pertenecer a ella por unas razones u otras. Diríamos que en un plano incons­ciente ha surgido alguna vez en nuestra vida el deseo de «arroparnos» en una poderosa organización que nos fa­cilitase las cosas, nos alentase a promocionarnos cultu­ral y profesionalmente y hasta nos defendiera contra esa envidia española que convierte a Celtiberia en una lucha de todos contra todos. Pero luego han surgido las dudas y, sobre todo, nos hemos preguntado si tras esa protec­ción no íbamos a renunciar a una parte de nuestra li­bertad. Libertad, en primer lugar, para nosotros mis­mos; en segundo, para tratar con los demás hombres y mujeres -sobre todo mujeres- y, en tercer lugar, también libertad para tratar con Dios.

El Opus Dei es, sin embargo, justo es reconocerlo, una auténtica tentación para el psicólogo de la cultu­ra, como soy yo. No es producto caprichoso: no hay nada caprichoso en el Universo. Ha surgido como con­tinuador de un gran movimiento histórico que unas ve­ces es patente y las más subterráneo. Yo he hablado en muchas ocasiones de las criptorreligiones: los misterios eleusinos, mitraicos, sabázeos, órficos, etc.; véa­se un artículo mío publicado en la revista «Arbor». Pero trasladándonos al Oriente, tendríamos que ha­blar de las sectas de las cejas rojas y la de los turban­tes amarillos, que cambian la estructura política del Imperio chino, crean grandes conmociones políticas y religiosas, y luego desaparecen cuando ya han cumplido su misión. Dentro de la cultura islámica habría que ci­tar a la secta almohade, benimerín, almorávíde fati­mita, chiíta o la del Viejo de la Montaña, etc., y entre los pueblos primitivos de América, África y Oceanía abundan también las sectas criptorreligiosas. Este es un tema que voy a estudiar extensamente en mi pró­ximo libro: «Psicología de las religiones», y por eso te libro aquí de las citas eruditas y de la documenta­ción correspondiente.

El Opus Dei es, sin duda alguna, una organización criptorreligiosa, aunque, claro está, afirme su ortodo­xia con énfasis -muchas de estas sectas no sólo son ortodoxas desde un punto de vista teológico y ético, sino que más bien son superortodoxas, como una reac­ción contra el desviacionismo de la Iglesia oficial-. Esto le confiere un aura de poderío que atemoriza al «extragrupo», si bien en un sentido distinto a como atemorizaba en la Edad Media el Tribunal del Sacro Velum, la omnipotente orden de los Caballeros Tem­plarios, los «assasinos», etc. Además, su mismo nombre lo vincula a estas sectas crípticas, ya que, como se sabe, Opus Dei significa la Obra de Dios; vale decir, los miembros de esta organización se consideran repre­sentantes de Dios en la Tierra, como los Hermanos de la Perfección se sentían en el Languedoc antes, en y después de las persecuciones de Simón de Montfort.

El Opus Dei concentra, pues, en sí mismo, todas las fuerzas de una dimensión sempiterna del hombre, que yo he definido con el término de «iluminismo». Sólo que aquí este iluminismo ha derivado hacia una de las dos formas que yo distingo: la de la propagación subterránea. Y aquí, claro está, habría que señalar el porqué una asociación meramente religiosa se convier­te en un grupo de presión poderoso en un plano polí­tico, social, económico, cultural, etc. Pero esto es por pura dialéctica interna: el iluminismo críptico tiende a realizar lo que yo llamo también «el mito del Paraí­so». Su modelo puede ser, por ejemplo, la Nueva Jeru­salén del Apocalipsis, y esta utopía se convierte en un embrión de proyecto a realizar ahora mismo: recor­demos el «ensayo» de la ciudad de Münster, Salt Lake City, etc. El porqué las criptorreligiones griegas y ro­manas no llegan a constituirse en grupo de presión es muy sencillo: son yuguladas desde el primer momento por el poder ejecutivo de Roma, o son canalizadas ha­cia el stablishment por la Polis griega y, lo que es más definitivo, desaguan en la gran corriente del cristianis­mo, que ese sí que aporta cambios decisivos.

En otras palabras, todo grupo que es motivado por el mito del Paraíso tiende a apoderarse de las es­tructuras políticas, sociales, culturales, etc., a más de las religiosas, en el país en que se ha establecido, y más allá aún de ese país, si se siente con fuerzas para ello. Y repito que este es un proceso lógico porque yo he estudiado en mi «Psicología de los pueblos primiti­vos» cómo una ideología religiosa puede convertirse en motor de una expansión imperialista. Lo psíquico se halla sujeto al mismo determinismo que lo físico, y el Opus Dei tenía que anhelar el poder, de la misma forma que un átomo desea, tener completas sus capas electrónicas.

El mismo énfasis en la castidad es también un ín­dice de este afán expansivo del Opus Dei. También he dicho en más de una ocasión que la castidad es una virtud del imperialismo. Cuando se encadena la líbido su energía cinética pasa a otras funciones de la psique, y, por eso -perdona en citarte textos míos- en algu­nas de mis obras -«Psicología de los pueblos primiti­vos, Sexo y cultura»- he pensado que la castidad no es una virtud inútil dentro de ciertas premisas históricas; que lo sea para otras, esto ya es otro cantar.

Estoy intentando analizar de una manera objetiva el Opus Dei, y en modo alguno lo estoy atacando, aun­que algunos miembros de esta organización se consi­deren disminuidos, paradójicamente, por el hecho de hallarse en la oleada final de una gran marejada his­tórica que posiblemente tenga sus primeras fuentes en las cuevas paleolíticas.

Pero todavía no he contestado a tu pregunta, y vas a pensar que me he refugiado en la psicología de la cultura para esquivar algo personal, algo más bien íntimo. Yo te diré, pues, paladinamente, que no soy del Opus Dei porque «esa no es mi forma de vida», como diría Spranger. Quiero ser yo mismo el que decida mi conducta, y esto me ha arrastrado a incomprensiones, cuando lo práctico hubiera sido corear, hace aún muy pocos años, formas de vivir y de pensar de ultradere­chas, y ahora está de moda el aceptar, por «snobismo», las formas de la ultraizquierda. No soy, pues, del Opus Dei, como no soy tampoco miembro del partido comu­nista, ni se me ha pasado siquiera por la imaginación el pertenecer a la masonería o a la organización de los Rosa Cruces. Mi grupo es, primero, mi familia, mis amigos, mis colaboradores y hasta mis alumnos de Uni­versidad, que pocas veces entienden mis obras. Quizá esté equivocado y tienda a ser un hombre marginal en una sociedad en la que el individuo aislado cada vez cuenta menos, pero, por lo pronto, pienso que mis acier­tos y mis errores sólo me los podré achacar a mí mismo.

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