Evaristo Acevedo, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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Encuesta realizada entre 1970 y 1974

EVARISTO ACEVEDO. Escritor. Humorista. Madrid.

La pregunta es espinosa y requiere algunas matiza­ciones. Por lo pronto, según está redactada, parece dar a entender que a mí se me propuso ser del Opus y me he negado. Suelo ser sincero en mis opiniones —debido a lo cual mi cuenta corriente, aunque no está sin ceros, tiene pocos detrás de la unidad— y reconozco que nadie intentó «captarme» para dicha organización. Tal vez porque soy humorista, y en España los humoristas nunca ocuparon cargos impor­tes, ni siquiera en las Cortes, donde podrían hacer brillantísima labor. Ahora bien, si me hubieran propues­to ser del Opus, ¿habría aceptado?

Continuemos con las matizaciones. El Opus rodea actividades de gran sigilo y cautela, casi con la calificación de «secreto oficial», hasta el punto de que ignoro si mi mujer, hermanos, tíos, primos y amigos estimados pertenecen a la Obra. Tan es así que es pre­ciso hacer un viajecito a Francia para enterarse de nombres y apellidos de los afiliados. Como soy sordo en cinco idiomas, y el que se me da mejor es el espa­ñol —lengua galante que se pronuncia igual que se escribe—, apenas si hago turismo por Barcelona, Bil­bao, Valencia, Sevilla o Guadalajara, lugares donde las gentes sencillas —con las que habitualmente trato con­funden al Opus con un equipo de baloncesto. Quizá no vayan muy descaminados, pues todo en la vida con­siste en hacer «encestes», y el Opus parece que consi­gue hacerlos en diversos sectores de la variopinta ac­tividad hispana.

El misterio y «suspense» que circundan a los «opu­sianos» y las actividades que realizan, me impiden juz­gar con exactitud si sus propósitos, tareas realizadas y por realizar, son beneficiosos o no para la colectivi­dad. Hubiérame gustado efectuar una investigación a fondo antes de contestar, pero mis obligaciones profe­sionales se oponen a que me convierta en un «comi­sario Maigret» de posibles pistas «opusianas». Debo, pues, guiarme por las simples intuiciones del rumor popular, según el cual el Opus concentra sus esfuerzos en dirigir el destino del país. Es decir, en utilizar la re­ligión para ocupar altos cargos. Desde el Ministerio al­tivo a la Subsecretaría que pesca en ruin barca. Y si esto es cierto, si la finalidad del Opus es «politizar la religión», mi respuesta sería un rotundo «no». Uno de nuestros males históricos es el intento de «politizar la religión», debido a lo cual las sacristías parecen depar­tamentos ministeriales y los departamentos ministeria­les, sacristías.

Por mezclar la religión con la política surgieron las guerras carlistas del siglo xix, en que apostólicos y li­berales lucharon con las armas en la mano, ya que el li­beralismo -en aquella época- se consideraba «pecado» por las autoridades eclesiásticas. ¿Cuántos españoles murieron por una «politización religiosa» según la cual los católicos debían defender el binomio «Altar» y «Tro­no», sentando así el extraño principio de que los libera­les y republicanos quedaban automáticamente excluidos de la bienaventuranza eterna? Resultaría triste y penoso consignar cifras. Y ahora, a las alturas de esta segunda mitad del siglo xx, comprobamos afligidos que nuestras luchas y matanzas decimonónicas no sirvieron para nada, católicamente consideradas. La Iglesia ha evolu­cionado a partir del Papa Juan XXIII. Las encíclicas «Mater et Magistra», «Populorum Progressio» y «Pacem in Terris», entre otras, no dejan lugar a dudas sobre la obligación de los católicos actuales. Tienen que defen­der la libertad y la democracia. Deben exigir les sean reconocidos los derechos humanos. En una palabra, los católicos han de ser liberales. Si los apostólicos del si­glo xix -Ramón Cabrera, el cura Merino y otros igual­mente exaltados- vivieran en la época actual, serían ellos los «no católicos», pese a todas sus afirmaciones de defender la religión en exclusiva. Y los liberales, los defensores de la Constitución de 1812, los calificados de «ateos», «jacobinos» y «perversos» quedarían converti­dos en los auténticos cristianos, en los fieles seguidores de las encíclicas papales.

«Politizar la religión» acaba fanatizando ambas cosas: religión y política. En un libro que publiqué reciente­mente, a través del cual intento una revisión crítica -entre objetiva e irónica- de la Historia de España, desde doña Urraca a Blas Piñar, al referirme a lo que yo denomino «Catolicismo a la española», escribo en la página 299 y siguientes: «Recordemos, a este res­pecto, una de las más ambiciosas novelas de Enrique Jardiel Poncela: «La tournée de Dios», publicada en el año 1932. Partiendo de la tesis de que la humanidad está como una cabra, pues no hay quien sepa lo que quiere, y un nefasto barullo ideológico campea por sus respetos, Jardiel intenta demostrar la hipocresía so­cial a través de una supuesta visita de Dios a la Tierra. Pasada la primera reacción de sorpresa entre los hom­bres ante la presencia del Supremo Hacedor, surge la incredulidad. Y le piden que realice diversos milagros para comprobar quién es. Toda la obra realza el con­traste entre unas instituciones, costumbres y prácticas que aseguran tener su inspiración en la doctrina ca­tólica y las palabras de Dios, que van poniendo de re­lieve los errores y falsedades en que incurren quienes dicen interpretarle y defenderle. El «clímax» del relato alcanza su punto culminante cuando la soberbia huma­na exige de Dios que se defina. Los «blancos» conside­ran que ellos son sus mejores y únicos intérpretes. Por su parte, los «negros» estiman que el Señor está a su lado. Se trata, claro, de ideologías, no de razas. Jardiel lo especifica así:

Negros… Republicanos. Socialistas. Radicales. Sindicalistas. Libertarios. Comunistas. Nihilistas. Anarquistas.

Blancos… Monárquicos. Conservadores. Agrarios. Militaristas. Nacionalistas. Tradicionalistas. Fascistas. Cavernícolas.

Y cuando Dios se define, pronunciando un mitin, destaca la tremenda verdad: no está con ninguno. To­dos -«negros» y «blancos»- falsifican sus preceptos, sus mandamientos, su religión. No es Dios quien tiene que estar con unos o con otros. Son los hombres quie­nes tienen que estar con Dios»

Creo, con Enrique Jardiel Poncela -escritor al que no se le ha hecho la debida justicia, pues tuvo la des­gracia de no pertenecer a la «generación del 98» ­que no es Dios quien tiene que estar con los hombres, que afirman públicamente defenderlo, sino que son los hombres quienes tienen que estar con Dios, en la so­ledad de sus conciencias, procurando cumplir los diez mandamientos de la divina ley, aunque sea difícil; ca­yendo unas veces en el pecado, levantándose otras.

El Opus parece dar a entender que sólo aquellos hispanos pertenecientes a su organización «están con Dios». Lo cual tiene un carácter de monopolio y exclu­sivismo que no encaja en mis criterios religiosos, democráticos y liberales.

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