Eva Jardiel Poncela, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

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PRESENTACIÓN

En 1970 Eva Jardiel Poncela se propuso encuestar a un centenar de personas sobre la pregunta: «¿Por qué no es usted del Opus Dei?», labor que vio la luz en 1974, tal y como nos cuenta en el prólogo a este libro.

Aunque hoy nos son desconocidos algunos de los encuestados hace 37 años (o muchos de ellos, dependiendo de la juventud del lector), es interesante recordar la forma de sentir que la intelectualidad española tenía en aquella época, así como su opinión sobre el Opus Dei.

Por ser artículos independientes y para facilitar su lectura los iremos publicando uno a uno.

Iván.

—oOo—

PRIMER PRÓLOGO

JULIO DE 1970

LO QUE ME MOVIÓ A QUE ME PASARA CINCO
MESES PREGUNTANDO A DIESTRO Y SINIESTRO:
«¿POR QUÉ NO ES USTED DEL OPUS DEI?»

Fue todo muy simple. Muy sencillo. Todo partió de dos facetas de mi carácter. Sólo eso.

Soy analítica por naturaleza. Al decir de las ciencias éste no es un rasgo muy femenino; lo siento, pero yo tengo que llegar al porqué de todo.

Y, paradójicamente, soy una gran intuitiva; esto me tranquiliza porque es un rasgo típicamente femenino.

Hacía tiempo que existía «algo» que no entendía. Mi mente analítica no llegaba a ese porqué tan necesario en mi, ni mi intuición me ayudaba mucho que digamos a comprender ese «algo» que tanto me inquietaba y… ese «algo» estaba ahí: en la calle, en los autobuses, en los cafés, en las oficinas… Vamos, estaba en todas par­tes. Se había convertido en un dogma de fe para la opinión pública. «Algo» con lo que chocaba siempre que se hablaba de alguien que, por un motivo u otro, se había convertido en una personalidad del País.

-Sí; es que ése es del Opus…

Se hablase de quien se hablase, si había triunfado, si había hecho algo importante, salían rápidamente al paso con:

-Claro, como es del Opus…

Llegué al convencimiento de que para la opinión pú­blica, para el ciudadano medio, todo el que alcanzaba un puesto, de la clase que fuese, en la sociedad, si esto ocurría era:

-Porque es del Opus…

Sé que entre los miembros de la Obra hay persona­lidades, hay gente que vale y gente que no vale. Lo sé por intuición, porque, en realidad, quiénes son y quié­nes no son del Opus es algo que nadie sabe, a pesar del libro que Ruedo Ibérico publicó en París y que fa­cilita, como nadie ignora ya, una minuciosa lista de aclaración y orientación.

Digo a pesar porque resulta casi tópico, pero creo que es una gran verdad la frase que define a dicha lista, ésa de que «ni están todos los que son, ni son todos los que están». Lamento tener que transcribir yo tam­bién en mi libro la frasecita tan traída y llevada, pero hay cosas que, aun convirtiéndose en tópicos, son rea­lidades; enormes realidades.

Voy a dejar, por ahora, el libro del señor Ynfante. Más tarde hablaré algo de él, y digo que lo dejo por ahora porque, entre otras cosas, cuando yo ideé este libro no había aparecido en París todavía el del señor Ynfante.

De modo que vuelvo a julio de 1970, que fue cuando empecé a pensar en esto que al final se ha convertido en algo muy serio. Tan serio como un libro.

A principios de julio de 1970 mi mente daba vueltas a esa frase ante cualquier español que destacaba en algo:

-¡Claro, como es del Opus…! Así, cualquiera!

Aquel «leit motiv» constante me hizo pensar en qué fenómeno extraño estaba ocurriendo en nuestra Patria. ¿Por qué si alguien valía y llegaba a un puesto, quizá después de muchos esfuerzos, se le suponía en el acto perteneciente al Opus Dei, quitando méritos a aquel ser y quitándoselos, del mismo modo, al Opus? No lo entendía. No entendía nada.

Llegué a pensar que era el mismo Opus Dei el que hacía correr la voz. Lo deseché por sucio. No quería pensar mal, ni juzgar suciamente algo que, en realidad conocía muy poco entonces.

También pensé en nuestro carácter. Los españoles, ante el triunfo de un compatriota, nunca se alegran; es una pena, pero es una realidad palpable. Quizá, pensé, con tal de no reconocer valor a tal o cual perso­na, achacan su triunfo a otra cosa. Pero no, pronto comprendí que tampoco era eso. Los españoles tene­mos el pecado de la envidia, es cierto, pero, de cuan­do en cuando surge un ser «raro» que habiendo nacido en nuestra Patria es justo y no tiene envidia, y hasta aquel ser «raro» decía ante el triunfo de alguien:

-Vale -de ahí que era justo y no tenía envidia-; pero, ¡claro!, siendo del Opus le ha sido más fácil.

No lo entendía… Seguía sin entender nada.

Mi intuición y mi carácter analítico estaban fracasan­do de un modo lamentable.

Empecé a pensar que sin pertenecer a la Obra no podría triunfar nadie en nada. Pero… miré hacia atrás. Profundicé en nuestra historia; llena, repleta de hom­bres gloriosos, triunfadores en tantos campos, en tan diferentes materias.

El Opus Dei, me dije, es una asociación de fieles, muy moderna. Pero, ¿era en realidad moderna? Dado el secreto con que todo lo llevaban, ¿sabía yo si el Opus Dei era muy moderno en realidad? Y si era real­mente modernísimo, ¿cómo habían podido triunfar tan­tos y tantos españoles en tan diversos campos antes de su existencia? 0…, ¿es que Velázquez fue del Opus y, conociendo el secreto de la Obra, no se habían entera­do los historiadores?

Y empecé a dejar suelta la imaginación. ¿Sería po­sible que el Opus ya existiese en la época de Velázquez?

¿Sería posible que, por el gran secreto que llevan en todo, nada supiésemos, y quien en realidad echó de España a las tropas de Napoleón fue el Opus, y no el pueblo español como se nos venía diciendo? ¿Era po­sible que el Empecinado, por poner un ejemplo, fuese un supernumerario del Opus?

Tantas preguntas bombardearon mi cerebro que de­cidí «investigar».

Y comencé a hacerlo más tranquila. Olvidando las locuras de mi imaginación llegué a la conclusión de que no. España había tenido hombres ilustres y triun­fadores sin ayuda de nada, porque España da un por­centaje sensacional de grandes hombres, de seres ge­niales.

Convencida de esto por completo, se me ocurrió que, quizá, muchos hombres importantes de nuestra Patria no perteneciesen al Opus. Convencida, repito, comen­cé tímidamente a poner en práctica una idea: pregun­tar a aquellos españoles que eran «algo» ¿por qué no eran del Opus Dei?

Con esto perseguía dos fines importantes: conven­cerme yo misma de que no era necesario ser forzosamente de la Obra para conseguir destacar en algo, y demostrar a esa voz anónima, a la que se oye en los autobuses, en los cafés, en las oficinas, que no todo el mundo era del Opus Dei.

Y puse mi plan en marcha, convencida también de que nadie contestaría a mi pregunta. Soy sincera.

Nunca creí que nadie pudiese contestar a esa pre­gunta, un tanto absurda en apariencia, que da el título a este libro.

Y convencida de mi fracaso, repito, pero con una voz interior que me animaba, no sé todavía por qué, comencé, en julio de 1970, a preguntar a todas aquellas personas que por un motivo u otro destacaban en el País: «¿Por qué no es usted del Opus Dei?»

LO QUE YO SABIA DEL OPUS EN JULIO DE 1970

Muy poco. Poquísimo. No sabía nada.

Había tenido varias experiencias con la Obra. Una hizo que la enjuiciase muy mal; las otras, muy bien.

Aquello me dio motivo para pensar que en el Opus había dos tipos de personas; pues aun llamándose «Obra de Dios» no hay que olvidar que son hombres los que la forman y rigen. Con el tiempo, y tras cinco me­ses de encuestas, comprendí que no iba descaminada cuando pensé aquello. Mi idea de la existencia de dos tipos de personas en la Obra no sólo comprobé que era cierta, sino que he llegado a la conclusión de que más que dos tipos de personas son dos grupos muy dispares. Esto, por supuesto, no lo sé; pero casi me atrevería a afirmar que, además, están en pugna. He dejado paso a mi intuición solamente.

Como cien personalidades han sido valientes expo­niendo sus ideas y sus experiencias; como cien perso­nas han confiado en mí dándome, por escrito y firma­do, todas sus opiniones sobre el Opus Dei, lo menos que puedo hacer yo para corresponder es ser tan va­liente como ellas y decir cuáles han sido mis expe­riencias con la Obra. Empezaré por las malas, que en realidad sólo fue una, y dejaré para el final las buenas.

En 1961 sabía yo del Opus Dei mucho menos que al empezar a idear este libro. Acababa de separarme de mi marido; en 1961, pues, recién separada y con todos los juicios por delante, estaba en una situación muy difícil. Atravesaba un mal momento de mi vida cuando vino a verme a mi casa una antigua amiga acompaña­da por una señorita que yo no conocía. Hablando, sa­lió a relucir la situación en que me encontraba; empe­zaba entonces un peregrinar de juzgado en juzgado. En fin, lo normal en estos casos. Cuando yo explicaba todo aquello, la señorita en cuestión que acompañaba a mi amiga, me dijo:

-Hazte del Opus y ganas todos los juicios.

Me quedé desconcertada por el asombro. Como sagi­tariana tengo un gran sentido de la justicia, de modo que sólo se me ocurrió preguntar:

-Y…, ¿cómo sabéis que soy inocente?

Aquélla, mi primera experiencia con el Opus, since­ramente me dio asco. Esa es la verdad. No lo podía creer. Me pareció imposible, y pensé en cuánta gente que como yo atravesarían un mal momento en su vida se haría del Opus Dei sólo por cobardía y di gracias a Dios por no haber nacido cobarde.

Esta es mi experiencia negativa… Creo que es bas­tante. Ahora hablaré de las positivas. He encontrado dos sacerdotes de la Obra sensacionales. Me han ayu­dado muchísimo los dos en diferentes épocas, y nunca han intentado hacer proselitismo conmigo. Nunca.

Esta es la pura verdad.

También, al estudiar psicología clínica en la Univer­sidad Central de Madrid he tropezado con compañeros que eran del Opus y con profesores estupendos conmi­go, que también lo eran y que nunca intentaron la me­nor captación para la Obra. Nunca. Fueron siempre compañeros estupendos y profesores cariñosos y sa­crificados.

Estas experiencias mías me hicieron pensar en los dos grupos existentes dentro del Opus Dei del que he hablado antes. Yo les llamaría «ortodoxos» y «separa­dos». Así les llamaría yo. Esto no quiere decir que se llamen ni existan. Vuelve mi intuición y mi sentido analítico a intervenir; ellos son los causantes de esta percepción mía, de estas denominaciones mías y de estas, en fin, conclusiones mías. Por supuesto, puedo estar equivocada.

Pero algo más tengo que añadir. Desde julio de 1970 en que empecé mi encuesta hasta ahora, he ido cono­ciendo mucho más del Opus Dei.

Todo lo que sabía hasta entonces iba confirmándo­me, poco a poco, en mis intuitivas ideas. Comprendí que el grupo negativo que yo había conocido por pro­pia experiencia era mucho más negativo de lo que pen­sé entonces. Al fin y al cabo en aquellos momentos se movió sólo en una experiencia personal, y no alcanza­ba la importancia que poco a poco iba desvelándoseme después. Una importancia en alta escala porque no perjudicaba a tal o cual individuo; el perjuicio era mu­cho más grande; era de tipo político y nacional. Y aquí ya apareció el libro de Ynfante que, si tenía errores, tenía algo importantísimo que nadie ha censurado como falso: las Constituciones del Opus Dei. Si tengo que ser sincera, me aterraron. Cuando leí el voto de obe­diencia me quedé tan sorprendida que tuve que leerlo varias veces. No me lo podía creer; me parecía imposi­ble que en pleno siglo XX existiese algo parecido, algo tan medieval. Por supuesto, si estas Constituciones fuesen de una orden religiosa, religiosa sin más, nunca hablaría de ellas. Las podría encontrar rigurosas como mucho, pero jamás las comentaría. Lo increíble para mí, lo que no podía comprender era que esas Consti­tuciones fuesen destinadas y las obedeciesen seres que ocupaban cargos públicos, políticos y financieros. Para mí era tan increíble, tan inusitado que me desconcertó. Era la pérdida de algo que nos había dado Dios: el li­bre albedrío.

El libro de Ynfante trajo consigo algo también inu­sitado; quizá lo más inusitado y que poca gente ha hablado de ello. Ruedo Ibérico es una editorial de una determinada ideología; bien, eso lo sabe todo el mun­do. Los libros de Ruedo Ibérico no se venden en Espa­ña. También lo sabe todo el mundo. Entonces, ¿cómo se entiende que se haga la crítica de un libro que, lógi­camente, no «podía» leer un español? Pero aún es más, una crítica anunciada a bombo y platillo. Esta es una de las muchas cosas que ocurren sólo en España y que sólo podemos intentar comprender los españoles, que nos conocemos y sabemos que somos un pueblo estu­pendo pero desconcertante. Quizá por eso nadie ha pensado en ello, en que estaban leyendo la crítica de un libro prohibido en España y que «oficialmente» los españoles no podíamos tener en nuestras bibliotecas. El resultado fue que, de mil pesetas que costaba en el mercado negro, en virtud de la propaganda que le hizo una crítica en un periódico no clandestino, por el con­trario, un prestigioso periódico español, el mercado ne­gro subió el precio del libro.

Si no fuese triste, entraría risa.

LA ENCUESTA

Como ya he dicho, llena de dudas, convencida de que no querría contestar nadie, o que si lo hacían lo harían con vaguedades, comencé la encuesta.

En realidad, toda ella fue una maravilla, aunque tam­bién resultase penosa. Maravilla, porque he encontrado personas sensacionales, valientes, decididas, seguras de sus ideas. Penosa, porque he visto tanto miedo en mu­chos que he sentido pena; una enorme pena. Lamento tener que repetir lo que Francisco García Pavón dice en su contestación a la encuesta; pero es que, como él, yo también he sentido pena… y, por lo mismo que él: por el miedo de tantas gentes. Sé que me perdonará porque forma parte de esas personas estupendas que he en­contrado.

Pero si él sabe que existe ese miedo, yo lo he vivido día a día. Visita a visita. Y…, ¿miedo a qué? Sencilla­mente, miedo a decir lo que piensan. Es triste, muy triste.

Antes de seguir con la encuesta tengo que advertir que mi idea no fue nunca atacar a ese Opus positivo, que me consta que existe, como nunca preguntaría ¿por qué no es usted jesuita o dominico? Ser jesuita o do­minico representa una vocación. Ser del Opus la re­presentaría si el Opus no estuviera, además, tan meti­do en la vida de la Nación. Si no existiese ese Opus -grupo de presión- que existe querámoslo o no. El Opus es un fenómeno teratológico; la Compañía de Je­sús, o los Oblatos, o los Dominicos, no lo son.

Entonces, mi idea era: los españoles todos, sin ideas políticas; dejándolas a un lado, todos los españoles, re­pito, ante el fenómeno Opus. He conseguido, bueno, lo ha conseguido el Opus en realidad, que haya contes­tado un socialista junto a un monárquico; un marxista junto a un demócrata cristiano; un falangista junto a un apolítico; desde Procuradores en Cortes a hombres de la oposición, todos han contestado ante el fenómeno Opus. Mi ilusión se ha hecho realidad. Estoy contenta y muy agradecida a todos ellos.

La encuesta no sólo fue penosa por el miedo que veía en las gentes. Al principio lo fue porque nadie se fiaba de mí. Creían que era del Opus…; en el fondo, mie­do también…

Y la verdad es que los más comprometidos fueron los que contestaron antes.

La primera persona que me dio su contestación antes de irse a veranear, fue Fraga Iribarne.

Contentísima con esa respuesta, pensé: «Ahora ya contestará la gente.» Pues no. Me seguía costando.

Un hombre que no me conocía de nada y que confió en mí hasta el punto de que tenía ya la respuesta antes de hablar con él personalmente, fue Luis Valero Berme­jo. Sólo tres personas, al anunciarles para qué iba a vi­sitarles tenían escrita la contestación: Luis Valero Ber­mejo, el psicoanalista Carmelo Monedero Gil y Camilo José Cela. A ellos, ¡muchas gracias!

No quiere decir que no tenga que darles las gracias a las cien personas que contestan. Todos, absolutamente todos han sido amables e increíblemente gentiles con­migo, incluso los que por motivos que no juzgo no han querido contestar, otros cien aproximadamente.

Ha habido anécdotas graciosas. Un intelectual de la oposición alegó que no podía contestar porque era ateo, y un famoso pintor me dijo que no podía con­testar porque era católico.

Las encuestas las hice sola. Llamaba por teléfono primero, adelantaba el motivo de la visita y luego me recibían. Como les pedía la contestación por escrito y firmada, ha sido todo más laborioso; porque había que recordarles, de cuando en cuando, que se esperaba su contestación.

¿Los más difíciles? Por regla general, los políticos. Los políticos no había manera de saber qué iba a pa­sar con ellos, si contestarían o no; decían que sí todos, pero no era que mintiesen, sencillamente, una defor­mación profesional les hacía obrar así. Luego, unos contestaban y otros no.

Los intelectuales eran más fáciles: decían no y san se acabó, o decían sí y entonces contestaban inmediata­mente.

Los médicos también fueron fáciles; ninguno dijo no y todos contestaron rápidamente.

El clero, representado por el padre José María Gon­zález Ruiz, el padre Llanos, Fray Justo Pérez de Urbe] y el padre Félix García han sido rápidos, todos han es­tado encantadores conmigo. Han colaborado con su valiosa contestación a que las personalidades que apa­reciesen en el libro fuesen tan heterogéneas como yo deseaba.

He encontrado ayuda en personas que no me cono­cían de nada, demostrando una confianza en mí que nunca podré agradecer bastante. En Barcelona se vol­caron; en poquísimos días tuve más contestaciones que en un mes en Madrid; fueron sensacionales conmigo, y mi gratitud hacia ellos, pues tampoco me conocían, será eterna.

Entre las contestaciones absurdas, que hacen reír, de los que no quisieron intervenir en el libro, hay una de un intelectual que me dijo que no sabía qué era el Opus, que nunca había oído hablar de Escrivá de Bala­guer y que ¿qué libro era ese de «Camino»?

He hablado de gente valiente y no puedo terminar este prólogo sin hacer mención de ello.

Como principio, todos los Procuradores en Cortes que han contestado, lo son. Sé muy bien cómo estaban las cosas para ellos en el momento de mandarme sus contestaciones.

Un periodista aragonés rebosó valentía: José María Hernández Pardos, director del «Noticiero Universal», de Barcelona, que, por circunstancias que no vienen al caso, se jugaba mucho contestando, tanto…, que dejó de ser director del mencionado periódico.

No hay ni que decirlo, que lo mismo Antonio Gala, que Summers, que Evaristo Acevedo, que Camilo José Cela, que Antonio D. Olano, que Miguel Delibes lo fue­ron al contestar en el momento que lo hicieron, mes de agosto de 1970, teniendo todos la espada de Damo­cles sobre sus cabezas en forma de censura.

CUATRO HOMBRES Y UNA MUJER

He tenido cinco colaboradores anónimos y animosos a los que tengo que agradecer su ayuda valiosísima; por su desinterés, por su fidelidad y porque es de jus­ticia. Su ayuda fue moral… para mí, la más importante.

Los cinco me han animado en los momentos de duda, los cinco han tenido confianza en mí, en mi capacidad para llegar hasta el final.

Digo que esto ha sido lo más importante porque he pasado momentos muy malos, de abatimiento, de des­moralización ante las zancadillas, que las he tenido de toda índole, desde querer desprestigiar el libro a ofre­cerme dinero por él, a amenazarme si seguía haciéndo­lo. Los cinco, como cinco ángeles de la guarda, me han dado ese impulso necesario para seguir adelante cuan­do te ves o te crees impotente ante algo. Los cinco, con­fiando tanto en mí, han hecho que no les defraudase, que no les desilusionase.

Cuatro hombres y una mujer, sí. ¿Sus nombres?

Carmen, que ha vivido día a día mis amarguras, mis alegrías, mis indecisiones, mis dudas.

¡Gracias, Carmen!

José María Martínez Pardo, amigo casi de la infan­cia, le conocí siendo muy jovencita. Siempre dispues­to a ayudarme en lo que fuera. Sacar unas fotocopias, recoger unas contestaciones.

¡Gracias, José Mari!

Otro amigo entrañable, tan increíble que en estos momentos -hace tres años no tenía inconveniente al­guno- no quiere que se sepa su nombre, que para que yo no me molestase me copió todo a máquina. Dándo­me consejos acertadísimos en momentos de duda, y me consta que ha sufrido cuando me ha visto deprimi­da, aunque nunca dijo nada.

¡Gracias!

Claudio Crespo, otro de mis ángeles, que cuando lo he necesitado, siempre lo he encontrado. Silencioso, calla­do, esperando qué podía hacer por mí. Y… supervalo­rándome tanto que llegaba a creerme que valía algo y seguía trabajando.

¡Gracias, Claudio!

He dejado por último a un sacerdote.

No puedo explicar, porque es imposible, lo que ha hecho a distancia por mí; ha sido tal la fuerza moral y espiritual que me ha traído su voz a través del telé­fono -no vive en Madrid- que es materialmente in­creíble lo que sus palabras fueron para mí y el bien que me hicieron.

Compañero, amigo, confidente. ¡Gracias, Padre!

Como ves he llegado hasta el fin como tú esperabas, cuando yo lo dudaba tantas veces.

¡Gracias a todos!

A MI PADRE

Una de las cosas que más he oído en la encuesta ha sido la pregunta incrédula: «¿Y usted sola está hacien­do esto? ¿Una mujer?» Por eso tengo que darle las gracias a mi padre. Soy como él me educó.

Adelantándose al tiempo, comprendió que la mujer no sólo tenía que ser mujer.

A mi hermana y a mí nos educó como a hombres. Nos exigió. Fue duro. A veces implacable.

Entonces me rebelaba ante aquella educación; ahora comprendo por qué nos la dio. El tiempo que nos iba tocar vivir iba a ser duro, difícil. Había que estar pre­paradas.

Junto al amor a España me enseñó muchas cosas. Una máxima, consejo de Benjamín Franklin, se me que­dó grabada:

«Si te humillan, aprieta los dientes y sigue; si te di­faman, aprieta los dientes y sigue; si te ponen obstácu­los, aprieta los dientes y sigue.

Procede como el tren y te dejarán vía libre.»

Fin del prólogo, 4 de enero de 1971.

SEGUNDO PRÓLOGO

ABRIL DE 1974

ABSOLUTAMENTE NECESARIO

No es corriente escribir dos prólogos para un mismo libro; pero tenemos que estar de acuerdo que nada en éste lo ha sido. Empezando ya por el título: que era la pregunta que hacía, entre otras cosas porque no se po­día hacer otra. No olvidemos que sólo en «contadas oca­siones los miembros del Opus Dei pueden confesar per­tenecer a la Obra». ¿Qué iba a preguntar entonces? Por supuesto que hice la pregunta a personas que se nega­ron a contestar; eso sí, muy educadamente. No hablo precisamente de los que no contestaron por diferentes motivos, pero que me consta que no fueron el de per­tenecer al Opus Dei; como es lógico, hablo de otras. Pero este prólogo tiene también su historia. Una vez permitida su publicación, también, también han ocu­rrido cosas… Como mis ideas primordiales al empezarlo fueron la seriedad y la verdad, pues igual que en el primero conté exactamente cómo ocurrió todo, en este segundo me propongo llegar a lo mismo: a la ver­dad de lo ocurrido, desde que se permitió hasta que entró en imprenta.

Y es absolutamente necesario, quizá ahora más que hace justo tres años y ocho meses en que empecé a re­cibir contestaciones a una pregunta que se me ocurrió hacer en julio de 1970: «¿Por qué no es usted del Opus Dei?»

Al pensar que podía publicarse el libro, en febrero de este año escribí otro lleno de ingenuidad. Una lla­mada de los que contestaron al libro me hizo ver que no podía ser. Aquel prólogo no tenía ya sentido.

Se me dijo en aquella sorprendente llamada que de­bía preguntar a todos los que contestaron en los meses de agosto, septiembre, octubre, noviembre y diciem­bre de 1970, además de algunas, muy pocas, contesta­ciones de enero del año siguiente. Concretamente de Barcelona, donde me trasladé por aquel tiempo unos días.

Se me dijo, pues, que «debía» preguntar a todos si estaban conformes con las contestaciones que me die­ran hacía tres años, porque «la situación había cam­biado». Me quedé perpleja. Desde un principio dije que mi intención no era política, que mi intención era: los españoles, todos, sin pensar en sus ideas políticas -tam­bién yo tengo las mías, pero no creo en la política, aun­que respeto y respeté siempre las de los demás-, ante el fenómeno Opus. Aquella llamada me desconcertó, porque la situación habría cambiado, pero el Opus Dei seguía existiendo. No lo entendí. No lo entiendo… o no quiero entenderlo.

Cuando creía todo acabado empezaba una labor in­grata. Mi ingenuidad había hecho que pensara que la gente no cambia de ideas ante algo y, de pronto, me encontré conque sí. Conque la gente en tres años deja de pensar lo que pensara en un momento. Afortunada­mente han sido muy pocos, y he visto que el criterio es firme en las personas. Pero conocer esto me llevó un mes de preguntar a cien españoles si estaban de acuer­do o no con lo que opinaron hacía tres años. Y me movió hacer esta nueva e inesperada «encuesta te­lefónica» el que tres señores me enviaran tres car­tas tres, fechadas el mismo día, concretamente el 22 de marzo, y en las tres cartas tres pedían que sus contesta­ciones no fueran incluidas en el libro. No hay ni que decir que entre las cartas figuraba una del autor de la llamada «insólita».

Tres cartas: dos de Madrid y una de Barcelona; pero, ¡qué casualidad! con la misma fecha… Las conservo como «documento histórico» y porque es gracioso, la verdad.

Después de esas tres cartas llegaron otras, ya escri­tas en diferentes fechas, pero muy cercanas. Llegaron un total de cinco, contando las tres primeras; enton­ces fue cuando pensé que no había más remedio que preguntar a los noventa y cinco restantes. De los cin­co, tengo que aclarar que luego se quedaron en cuatro, porque un escritor, al que yo admiro mucho desde muy jovencilla y por muy diversas razones, después de un telegrama pidiendo que se excluyese su nombre del libro, me envió una carta muy cariñosa diciéndome que como seguía pensando lo mismo, no veía moti­vo para retirar su respuesta. Que lo había pen­sado mejor y podía incluirla en este libro que tantas alegrías y sinsabores me ha traído. Sólo Dios sabe cómo me alegró aquello. Me daba mucha pena retirar su contestación porque era una de las más bonitas, sinceras y llenas, tras su aparente ironía, de una gran poesía. Se trataba de la que me respondió una de las tres únicas personas que tenían ya escrita su contesta­ción cuando fui a verles. Me refiero a Camilo José Cela.

Hasta aquí las «bajas» rápidas, luego, las que vinieron después, fueron contestando a mi nueva pregunta des­pués de llamarles. ¿El total? Cinco. Cinco bajas más que unidas a las cuatro anteriores, sumaban nueve. No era mucho. Nueve personas entre cien españoles… ¡poca cosa!

Si no aparecen algunos nombres más de los que con­testaron, además de esas nueve «bajas particulares», es porque he sido yo la que ha decidido que no aparezcan por diversos motivos. Uno: dudaron de mí al consul­tarles, dijeron que estaban dispuestos a figurar en el libro si yo «advertía» que aquello lo contestaron en el año 1970… les dije que por supuesto. Más que a ellos me interesaba a que se supiera cuándo y en qué cir­cunstancias emprendí aquella encuesta llena toda de preocupaciones. No fue suficiente esto, no; que­rían leer mi prólogo. Acepté, pero luego lo pensé bien: ¿merecía yo aquello?, ¿merecía la pena que figurasen unos señores que dudaban de mi palabra cuando du­rante tres años conservé los originales de sus cartas como oro en paño, sin escuchar cantos de sirena muy agradables para los que en la vida sólo cuenta el dine­ro o sólo les mueve el miedo?

No. No me merecía aquello, máxime cuando se tra­taba de personas que ya me conocían o, al menos, eso creí; pero aquellas exigencias me hicieron comprender, una vez más, que era una ingenua.

Lo pensé mucho, porque noventa y cinco respuestas era un número interesante…, pero decidí, al fin que no era justo incluir a aquellos señores entre los que nada habían dicho. Habían seguido confiando en mí y en mi palabra. No. Decididamente no era justo y preferí me­nor número de contestaciones a que el libro llevase una falsedad, aun cuando aquella falsedad fuese mínima. No podía dar las gracias por su confianza en mí a todos, si algunos no se habían comportado igual, y pensé que cuando saliese el libro, si lo leían, verían que efectiva­mente aclaraba, y múcho, cuándo y en qué circunstancia ideé la encuesta; cuándo y en qué circunstancias contes­taron, y cuándo dejé de hacer la famosa «preguntita». Total, de cien españoles nos hemos quedado en ochenta y nueve, porque yo también cuento, vamos, eso creo, ¿no?

Obtener, no digo veinte, muchísimas respuestas aho­ra, en este momento, me hubiera sido muy fácil; pero no era jugar limpio. Hasta el final había que hacerlo todo como se empezó: muy en serio y con la verdad por delante. Que nadie pudiera poner en tela de juicio el más mínimo detalle. Que lo pudieran leer con lupa… si querían.

Desilusiones y alegrías.

He tenido una gran desilusión. Tampoco entiendo por qué; pero la he tenido. Una persona en la que con­fié y defendí. Una persona a la que fui fiel siempre y con­sideré amigo, me demostró que ni era fiel ni amigo, y que esa intuición mía de la que hablo en el primer prólogo me jugó una mala pasada, porque me habían avisado mucho de su forma de ser. Mucho antes de co­nocerle personalmente ya había oído comentarios; pero tengo por costumbre no escuchar comentarios y no juzgar hasta que conozco a la gente… Bien; pues tenían razón los que me habían avisado, y mi juicio fue fatal. Vamos, que me equivoqué de medio a medio.

No me importa. Soy así. Fui sincera y leal con aquel señor. ¿Que él falló?, ¡mala suerte! No pienso decir su nombre, si lee el libro, él sabe de quién hablo. Otra costumbre mía es dar nombres cuando alguien se porta bien, ¿ante lo negativo?: Silencio.

Como todo tiene una compensación, frente a uno que falló he encontrado otros incondicionales. Los defendí cuando los atacaron, y mi «intuición» no se equivocó con ellos. Son tantos… ¡Imposible dar nombres! Con mirar el índice de los que figuran en el libro es sufi­ciente.

Esta vez no ha habido anécdotas. Barcelona ha con­testado unánimemente con una frase muy parecida todos: «Yo, cuando escribo algo, lo mantengo.» Sólo un «desertor» en Cataluña. Poco, también lo considero muy poco. De Barcelona he recibido la primera enho­rabuena, y esto es justo decirlo, me la deseó con un telegrama Manuel Jiménez de Parga. Menciono esta enhorabuena porque no le conozco personalmente, to­das nuestras conversaciones han sido telefónicas, hace tres años y ahora. De palabra he recibido muchas, también de Barcelona. Tengo que decir exactamente igual que en el primer prólogo. Exactamente igual que cuando fui allí hace tres años y unos meses. Exacta­mente como entonces, ahora se han volcado. Lo mismo; por teléfono unos que por carta otros. Soy madrileña, pero hay que reconocer que tenemos mucho que apren­der de los catalanes… Los que me contestaron de las diferentes provincias de España, todos, unánimemente, han demostrado ser mucho más «sanos» que en Ma­drid. También esto hay que reconocerlo, y yo, al me­nos, lo admiro.

He dicho que no ha habido anécdotas y no es cierto. Ha habido una que me ha hecho gracia. Dos me han pedido que les leyera su contestación, y muchos, que les enviase la fotocopia de lo que contestaron porque no se acordaban… Me ha divertido mucho pensar que yo, que guardaba celosamente los originales, la mitad, ni se acordaban de lo que habían contestado. Y en esto no puedo hacer distingos entre las provincias, Madrid o Barcelona, porque me ha ocurrido indistintamente. Me ha divertido mucho nuestro carácter. Sí, Somos es­peciales, no hay duda…

¿Podría incluir las contestaciones que han condicio­nado su sí a figurar en el libro a leer antes mi prólo­go, con las personas que me han pedido que les leyese su contestación por teléfono, haciendo gala de una con­fianza y una elegancia sin límites? No. No podía. Y una de las cartas que leí por teléfono era muy larga y muy comprometedora. Era de un antiguo miembro del Opus que aclaraba en su carta cosas desconocidas; porque es de los pocos que han leído las Constituciones famo­sas en latín. De Barcelona, ¡claro! Pero el otro, un pres­tigioso abogado, es de Madrid. En este caso ha habido empate.

Una persona que me ayudó más de lo que yo supo­nía hace tres años. Ahora me he enterado hasta dónde llegó en su amistad, que continúa fiel; fue uno de los que tuve que defender a capa y espada, porque me aseguraban que era del Opus.

Otro incondicional: Mario Rodríguez Aragón. Amigo de entonces y de ahora, en una palabra: eso tan difí­cil de encontrar: un verdadero amigo.

Y si siguiese… Ha habido una gran desilusión: UNA sólo; pero, ¡cuántas alegrías ahora!

A los que me han aducido para no contestar que el Opus ya no tiene fuerza… les he dicho que pregunte lo que opinan de eso en Méjico. Uno. Sólo uno, me 1o ha dicho ingenuamente. Sé que es sincero. Me consta pero a pesar de llevarme muchos años, también me sorprendido su ingenuidad.

Cuando, en julio de 1970, se me ocurrió este libro no tenía idea de lo que es la Obra. Ahora, sí, y aterra.

Ahora puedo opinar. Entonces sólo me guió el pensar que «algo no encajaba». Y, como entonces, sigo creyendo firmemente que en el Opus Dei hay dos grupos muy diferentes. Unos son sinceros, pero, ¿los otros? Los otros no. Para los sinceros todos mis respetos para los otros…, Dios los juzgará, yo no soy quién. verdad: me dan pena, mucha pena…

Cinco mujeres y un hombre.

Esta vez también he tenido esa ayuda moral, eso tan importante para mí. Esta vez es mayor el número de mujeres, quizá para equilibrar la balanza. Y tengo que decirlo, como lo hice hace tres años, porque es justicia.

Marí-Carmen. Amigas del colegio, de siempre. Fue un miembro más en mi familia durante muchos años; desde entonces ha participado en mis penas y alegra A ella le debo mucho, tanto como a su marido.

¡Muchísimas gracias a los dos!!

Maruja de Guardiola, que ha hecho todo lo que ha podido. Como Mari-Carmen, está casada y tiene obliga­ciones en su casa, pero en momentos muy críticos no ha dudado en dejarlo todo para echarme una mano. A ella y a su marido, mi gratitud.

i¡Muchas gracias, Maruja!!

Atlántida Angoloti. Amiga incondicional. Siempre la he encontrado con su fuerza, su vitalidad, su optimis­mo. Biznieta del General Espartero, ha salido a él.

¡¡Gracias, «A ti»!!

María Luisa Martín: mujer increíble que eleva la mo­ral más caída. Nunca pensando en ella, sólo preocupándose por los demás. Una fuera de serie.

¡¡Gracias, María Luisa!!

Y he dejado para el final de las mujeres a una astu­riana: Teresa Fidaldo. Ha estado dos noches cotejando conmigo cartas, y luego, sin dormir, llevándolo todo a la imprenta. Con mucho carácter, me ha hecho reír, cuando peor humor tenía, por su furia conmigo. No, ella no me ha animado, me echó cada bronca…

¡¡Gracias, Teresa! !

¿Para qué decirlo? El sacerdote, el amigo, el compa­ñero, el confidente de siempre, pues siguió siéndolo. Esta vez, contento con los triunfos. El que Cela vol­viese a figurar en el libro le alegró mucho, le había leído por teléfono la contestación que hiciera hace tres años… Cela no lo sabe, pero él le conoce personalmen­te, y mucho.

¡¡Gracias, Padre!!

Unas palabras que no existen.

Obstáculos y más obstáculos, zancadillas, esta vez más pequeñas, pero zancadillas y más zancadillas. Acordándome de la máxima-consejo de Franklin: «Pro­cedí como el tren… » Y aquí está el libro, ¡al fin!

Si hace tres años di las gracias a cien españoles por la confianza depositada en mí, ¿qué tendría que hacer ahora, cuando ochenta y ocho no han dudado y du­rante tres años y ocho meses he conservado los ori­ginales de sus contestaciones, firmadas por todos ellos? Y después de ese tiempo, ahora, en abril de 1974, si­guen confiando sin haber leído el prólogo ni conocer lo que puedo o no pretender con este libro.

Dar las gracias es muy poco. No se puede decir nada. Nuestro lenguaje es muy corto cuando se quiere expresar un sentimiento del alma. Estamos mal hechos.

A ti, lector, que te vas a enterar de muchas cosas, quizá intuidas, pero desconocidas, quiero decirte algo: hay muchos más hombres buenos de lo que pensamos.

EVA JARDIEL PONCELA

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2 Responses to Eva Jardiel Poncela, ¿Por Qué No Es Usted Del Opus Dei?

  1. Cris Falcon dice:

    Fui supernumeraria el opus es una institución terrorífica enferma las mentes hay ingenuos y malvados. Pobres mujeres cargadas de hijos obligadas a dejar sus profesiones. Dios nos quiere felices no NORMATIVOS.Siempre rezo para no perder mi fe, porque me cuesta ingresar en una iglesia, nunca mas me confesé ni comulgué y estoy con psicólogo. GRACIAS

  2. Antonio Cebriàn dice:

    Me repele el Opus Dei,y la gente perteneciente a esa secta…pero no veo que hay de malo en que una mujer tenga muchos hijos.Una mujer,por el hecho de tener muchos hijos,no es una “pobre cargada de hijos”,como comenta la señora Falcon.

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