Un Hogar Especial

Félix (13-6-04).

-Pero hombre, ¿otra vez aquí? ¿Por qué? -Pregunta extrañado el alcaide.

En ese momento suena el teléfono y el funcionario lo responde antes de que Obdulio conteste. Luego se levanta de la silla y se disculpa:

-He de salir a resolver un asunto. Vuelvo enseguida.

Obdulio se queda solo.

Obdulio ingresó en prisión a los 18 años. Estaba en una cafetería con Mónica, su novia, cuando el hijo del cacique del lugar comenzó a importunar a la chica. La situación llegó a las manos entre los dos hombres y una infortunada caída desnucó al oponente de Obdulio. El poder y odio del padre del chico hizo el resto: Obdulio fue condenado a cadena perpetua por asesinato. Hace seis meses, cuando llevaba cumplidos 37 años de prisión (a sus 55 años) una amnistía general le concedió la libertad (con la que él llevaba soñando desde que fue encerrado) y ahora, mientras espera a que el alcaide vuelva, recapacita en silencio…

¡No te digo! Claro, es muy fácil decir otra vez aquí. Después de toda una vida en la cárcel esta es mi casa, ya me conozco todos los recovecos, los funcionarios me aprecian, los internos ven en mí al decano de todos y me respetan demasiado porque me sé todas las triquiñuelas de la cárcel; aquí pierdes los deseos, los amores de fuera ya están muertos y tengo, si no amigos, conocidos con quien distraerme y cuatro paredes para dormir. En la calle todo es muy duro, me encuentro perdido. ¿A dónde voy a pedir trabajo con 55 años y con mis antecedentes penales? Nadie se fía de mí. ¡Qué triste fue ver otra vez a Mónica luego de 37 años sin echármela a la cara!, y lo vieja que está, con la imagen de chica joven que conservaba de ella, tan elegante y guapa y ahora gorda como una marsopa, con tres hijos y dos nietos que tiene y con esas bolsas de piel por todos lados; pero además ni me permitió entrar en su casa, ¡Dios mío!, por ella he perdido mi vida entera y ahora ni me deja pasar al zaguán. Que si su marido es muy celoso por aquí, que no se quería complicar vida por allá, el caso es que ni un centímetro traspasé el umbral de su casa. Papá, por suerte para ti estabas ya muerto cuando pasó todo aquello y mamá, la pobre, que el disgusto de verme en prisión la llevó a la tumba hace cinco años y mi hermana no me lo perdona, voy a verla y me dice que ya somos unos extraños, que después de haberla hecho una infeliz porque ella era ante todos la hermana de un criminal y que ahora te presentas a joderme lo que me queda de vida cuando ya me había olvidado del delincuente de mi hermano y además mataste a mamá a sofocos y de todo lo que lloró por las noches. Pero es que no sé cómo desenvolverme en la calle, con lo fácil que son las cosas aquí en la cárcel en la que todo te lo dan hecho, te pones enfermo pues médicos que te curan, que te dicen como has de hacerlo todo, no tienes que preocuparte ni por el horario, ni por hacer la comida, ni por nada de nada; y afuera ¡qué horror! y yo que pensaba que la libertad era algo grande, pero como la tranquilidad de esta cárcel no la hay en ningún lugar del mundo y aunque la hubiera no me veo con fuerzas para empezar una nueva vida. Así que me lo pensé muy bien y me dije ¡ya está! compro una pistola en el mercado negro y me fui a ver al Rijas, porque otra cosa no será pero los que han pasado por la prisión me aprecian mucho, y el Rijas me la vendió por cuatro perras y con ella me metí en pleno día en centro comercial ese del centro y ¡hala! que me dieran todo lo que tenían en la caja. Y jajaja cómo me rió cuando pienso en la dependienta que me sale con aquello de ¿está usted loco?, le van a detener en dos minutos, no ve la seguridad que tenemos aquí; claro ella no podía entender que yo no soporto la libertad y que lo que quería precisamente era asegurar que me detuvieran y así fue; se presentaron de pronto siete polis nada menos y yo no opuse ninguna resistencia y mientras me esposaban me dice la cajera que por la cara de felicidad que puse parecía que me llevaban al cielo en vez de a la cárcel y es que para mí la prisión es precisamente eso: el Cielo; porque aquí estoy acostumbrado a esta vida y no la cambio ya por la libertad; por nada del mundo vuelvo a ser libre. Y el resto fue fácil, un abogado de oficio al que le conté que lo que pretendía era volver a la cárcel y que si él hacía algo por librarme y lo conseguía la siguiente vez mataba a una persona, porque la paz de las cuatro paredes de ésta, mi casa, mi hogar, la prisión, no la cambio por nada del mundo y aquí estoy de nuevo y por muchos años. Además si me soltaran ya me conozco el truco: basta con delinquir y a casita de nuevo. Y como las mujeres para mi edad ya son algo secundario, bueno, tampoco es eso, pero me lo paso tranquilo sin ellas; porque hay que ver lo complicado que es tratar con las mujeres cuando durante 37 años no lo has hecho y es que además son muy raras ¡Qué leche! ¡Son rarísimas!

Se abre la puerta. El alcaide entra de nuevo y distraídamente pregunta: -¿De qué estábamos hablando, Obdulio?

-Me preguntaba usted, extrañado, que por qué estaba aquí otra vez y le respondo que porque no hay libertad, que por eso es el sitio en donde mejor se vive de todo el mundo.

-¿Quéééé?

-Pues lo que le digo… y no le quepa la menor duda de que ustedes, los libres, no saben lo que se pierden no estando presos: lo maravilloso que es que le gobiernen a uno hasta en los más mínimos detalles. Y para mí va a ser así hasta el final de mi vida. ¡En la cárcel por siempre!

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