Sin Amigos Por El Opus Dei

Ivan de ExOpus

Publicado originalmente en Opus Libros el 20 de octubre de 2006

La siguiente historia que os voy a contar ocurrió hace 40 años, a mediados de los sesenta, yo tenía 15 años y llevaba pocos meses de Oblato (ahora Agregado) del Opus Dei.

Oscar y yo éramos grandes amigos desde nuestra primera infancia, compañeros de estudios, juegos y confidencias. En su casa yo era, para los suyos, uno más de ellos; y lo mismo ocurría con él y los míos. No había celebración de nuestras respectivas familias a la que no asistiéramos los dos, como si fuéramos hermanos. Un ejemplo, el día de Reyes había un regalo para mí en su casa, y otro para él en la mía…

Cuando comencé a frecuentar un centro de la Obra, allá me llevé a mi amigo Oscar. Nada más pitar yo (pedir la admisión al Opus Dei), el gran empeño de los directores fue que intensificara mi proselitismo con Oscar, en quien veían vocación de Numerario. Así lo hice, y, de la noche a la mañana, de acosado, me transformé en acosador. Todos los planes que proponía, en los que estuviera involucrado Oscar, automáticamente recibían el parabién de los directores, aun cuando supusieran el menoscabo de mi presencia en el centro. Por ejemplo, la familia de Oscar se iba algunos fines de semana a un chalet que tenían en Cercedilla (en la Sierra de Madrid), y allí que me iba con ellos, con todas las bendiciones del consejo local, aun cuando no asistiera a la meditación y resto de programas que los sábados por la tarde tenían lugar en el centro.

Oscar se resistía a pitar. Llegaron las vacaciones de verano. Al disponer de más tiempo libre, gastaba más con él. Aparte de lo habitual, un día visitábamos el Museo del Prado, otro el Sorolla o íbamos al zoológico o a remar al Retiro…; todo ello sazonado con el cumplimiento del plan de vida, en el que, menos las preces, Oscar hacía todas las normas conmigo.

A mediados de julio, al fin, Oscar pita. Tres o cuatro días después, cuando hice la confidencia, el director me dice, como de pasada, sin darle mucha importancia:

Por cierto, a partir de ahora ya no debes perder el tiempo con Oscar, porque ambos tenéis que emplearlo en hacer proselitismo con otros.

Con esa frase entendí que debía cesar la intensidad de mi trato con él, mas no se me pasó por la imaginación que lo que realmente se me pedía era la finalización de nuestra amistad, realidad que pocos días después se me explicó nítidamente, intensamente, cruelmente. El motivo fue que durante ese tiempo continuaron las muestras de amistad entre nosotros, que se manifestaban —según me dijo el director— en que íbamos juntos al centro y lo mismo hacíamos al marcharnos, en que yo seguía frecuentando la casa de los padres de Oscar y en que al estar juntos irradiábamos una amistad particular. Se me explicó que Dios nos pedía todo, y dentro de ese todo están los amigos cuando pasan a ser nuestros hermanos en el Opus Dei, momento en el que tenemos que cortar nuestra amistad con ellos. También se me aclaró que entre los de la Obra no puede haber amistades particulares, por lo que las cosas íntimas se tratan sólo con el director, y con nadie más.

Eso ocurrió a última hora de la mañana. Me fui a casa a comer, durante el trayecto estaba descompuesto. En casa de mis padres hice de tripas corazón mientras comía para que no descubrieran mi angustia interior. Y me encerré toda la tarde en mi cuarto. Estaba deshecho, lloraba con desconsuelo, con la misma sensación que podría tener si me hubieran comunicado que Oscar había muerto, ya que para mí suponía lo mismo. Y simultáneamente le pedía perdón a Dios por ser tan poco generoso con Él al resistirme a entregarle esa amistad.

Ese estado de desazón continuó algún tiempo. El mes de octubre nos separaron, yo fui trasladado a otro centro; y, ya se sabe, viene el olvido con la distancia, el tiempo y los nuevos amigos para el proselitismo.

El siguiente 6 de enero, día de Reyes, en mi casa ya no hubo regalo para Oscar; ni en la suya para mí.

Mi familia (e imagino que igual la de él) se extrañó de que de la noche a la mañana pasáramos de ser uña y carne a no vernos juntos, de que ni él ni yo nos telefoneáramos. Les mentí. Les dije que él estaba muy ocupado en diversas actividades, que éramos igual de amigos que antes, que pasábamos grandes ratos juntos en el centro… Cuando más de treinta años después dejé la Obra y comenté esto en mi casa, mis padres me confesaron que entonces creyeron que algún problema muy gordo debía haber surgido entre Oscar y yo, lo que habría supuesto la ruptura de nuestra amistad. Y que tenía que ser tan grande lo acaecido entre nosotros que implicaba el que, para no hablar de lo ocurrido, yo lo disimulaba con falsas razones.

Como dije más arriba, Oscar pitó de numerario. Pasó el tiempo y se ordenó sacerdote; cuando lo hizo yo me encontraba a 300 kilómetros, en un curso anual, y ni se me ocurrió pedir permiso para asistir al evento, ni a su primera misa unos días después. Nunca sabré si me habrían dejado ir. Imagino que no, que para que no fuera los directores aducirían razones de pobreza, o de perdida de tiempo, o cualquier otra. Pero la verdad es que nunca lo planteé. Creo que puse tanta intensidad en acabar artificialmente con nuestra amistad que carecía de fuerzas para encontrarme con él.

Un par de años después de ordenarse sacerdote me hallé, por casualidad, con Oscar en la explanada de Torreciudad. Nos preguntamos sobre nuestras familias, sobre las respectivas trayectorias profesionales, sobre dónde vivíamos…, vamos, sobre superficialidades, lo mismo de lo que hablarían unos conocidos de vista del mismo barrio que se encuentran por azar en una ciudad distinta a la suya. Comprobé que ya no quedaba ni un ápice de la gran amistad que hubo entre nosotros.

Para mí –e imagino que para todos– los afectos humanos son muy valiosos. Si abandoné mujer e hijos por la Obra, me era muy importante sentirme anclado en el calor humano del resto de mi familia (padres y hermanos) y de los amigos. Conforme pasa el tiempo los hermanos viven su propia vida, de la cual algunos te excluyen porque –para obedecer a la Obra– vas quedando mal con ellos (no puedes ser padrino de sus celebraciones, ni ir a los convites; ni a su casa si están casados civilmente, etc); tus padres acabarán falleciendo, y lo único que te va quedando son los amigos.

Lo más terrible de esta historia es que en la Obra no hay verdadera amistad, tanto con las personas que se hicieron del Opus Dei, pues de todas ellas tuve que perderla; como de los que se llamaban mis hermanos, puesto que con ninguno de ellos podía haber amistad particular; como los que la Obra consideraba que no tenían vocación, ya que para los directores seguir tratándoles era una pérdida de tiempo cuando había tanto proselitismo por hacer.

Sí el mayor título que es capaz de dar Jesús a sus discípulos antes de morir es el de “amigos particulares”: Nadie tiene mayor amor que este: que uno dé su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; os llamo amigos. (Jn. 15, 13-15); yo les pregunto a los directores de la Obra (que sé que leen esta página): ¿Por qué entonces vosotros obligáis a los vuestros a destruir ese don –humano y divino– de la amistad, haciendo de él un mero instrumento al servicio de fines egoístas de la Prelatura?

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