Como Ser Pillos Para Engañar Al Papa

Satur.

En un UNIV asistió un estudiante joven, ¿qué habrá sido de él?, que no tenía ni idea no sólo de la opus de dei, sino de ná de ná. Estaba verdísimo en todo lo que se refería a la vida interior, la ascética, la mística, los medios necesarios para salvarse y las relaciones intratrinitarias. Ya digo, verde. Y durante la convivencia se le provocó un uñero en el dedo gordo del pie izquierdo. Alguien le vendó con unas gasas, y aquel vendaje parecía el turbante del Maharajá de Bramaputra. Algo muy aparatoso. Llegó la audiencia con el Santo Padre y al que le vendó el dedo gordo del pie no se le ocurrió mejor cosa que pedir una silla de ruedas y colocarse con el tío en primera fila, junto a los enfermos de verdad: parapléjicos, autistas… Efectivamente, el Papa, al terminar la audiencia, acostumbra a bajar y atenderlos uno a uno con un gesto de cariño. Todos los de nuestro grupo observábamos a nuestros dos hombres, en medio de esa primera fila, el uno con la pata chula, el vendaje que llegaba hasta el guardia suizo de la escalera, y el otro detrás con cara de buen samaritano. El Papa estaba por entonces ya mayor y apenas cruzaba palabra con nadie y se limitaba a una caricia, dejarse tocar la mano… hasta que llegó al Bramaputra. Alucinante: le abrazó, le acogió la cabeza en su pecho y le dio tres bendiciones. No una, no, ¡¡¡tres!!!. Nos quedamos todos a cuadros.

Por la noche, en la tertulia, le preguntamos el motivo de semejantes muestras de cariño y dedicación para con él. Y el tío, sin cortarse un pelo, nos contó “pues estaba yo viendo que se acercaba el Papa y pensaba en qué decirle y, en esto, que me fijo en el papel que nos dieron al entrar (un díptico donde estaba escrito el Ángelus, la Salve y alguna oración para seguir durante la ceremonia), y veo una frase que me gustó mucho “he aquí la esclava del Señor”, y me dije “pues le digo esto”. Y va el urco, coge la mano del Santo Padre y le dice así como muy dolido “he aquí el esclavo del Señor”.

El Papa, claro, un tipo que le dice que es el esclavo del Señor, con ese pedazo de vendaje y en silla de ruedas, debió de pensar que ese hombre tenía de todo: próstratra mórbida, cáncer terminal, anorexia nerviosa, microfimosis de Hopskins, alzheimer y almorranas… un retablo de dolores, un esclavo del cuerpo. Y le bendijo tres veces, le acogió en su seno y le consolólo como pudo. Así que para otra vez ya lo sabéis: uñero y silla de ruedas. Se moja fijo (Satur. A Quien Pueda Interesar, 31).

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