La Lectura Os Hará Libres

Ivan de ExOpus & Enrique Páez

Publicado también en Opus Libros el 6-10-2006

La incultura crea esclavitud porque impide conocer, y nadie puede elegir lo que no conoce.

Por considerarlo como falta espiritual grave, el Opus Dei impide a los suyos informarse, leer y escribir, sobre determinados temas, especialmente los que dan una versión de él distinta a la que les presenta como verdadera. Un hombre es esclavo –y a la vez ignorante de su esclavitud– cuando sólo puede ver los puntos de vista que le impone un tercero, ya que desconoce otras posibilidades que podría escoger como más convenientes para él.

El escrito que os presento a continuación trata indirectamente sobre el Opus Dei: versa sobre la libertad que la información confiere a quien la recibe.

En 1817, en Tuckahoe (Maryland, EE.UU.), nació un esclavo negro. En realidad nacieron muchos, con nombres ignorados y muerte temprana, pero hubo uno entre ellos que con el tiempo fundaría un periódico, daría innumerables conferencias por todo el mundo y se convertiría en consejero directo del presidente Abraham Lincoln. Se llamaba Frederick Douglass. Su nombre está escrito en los libros de historia como uno de los grandes políticos abolicionistas norteamericanos. ¿Cómo pudo el hijo de una esclava negra dar ese salto de gigante, cambiar el destino que ya estaba escrito a sangre en la melanina de su piel? Él mismo nos lo cuenta en su autobiografía.

Todo comenzó cuando, contra toda norma, el ama, su dueña, le enseñó el abecedario y a leer unas pocas palabras. Él era un niño todavía. Para la patrona aquello tal vez no fue sino un juego, una forma de aventar el tedio y el vacío de las lentas tardes en la hacienda sureña. El amo se dio cuenta de lo que allí sucedía antes de que Frederick terminara esa primera instrucción y, enfurecido, le prohibió tajantemente a su esposa que siguiera educando al niño. Su mujer estaba contraviniendo las leyes y, además, si el esclavo conseguía aprender a leer con un mínimo de soltura, “lo incapacitaría definitivamente para seguir siendo esclavo. Lo haría al mismo tiempo intratable y no tendría utilidad para su amo”. Según el patrón, la lectura y la escritura eran actividades altamente peligrosas y subversivas, incluso “para él mismo, y no sólo no le haría el menor bien, sino hasta mucho daño. Lo haría inquieto e infeliz”. Según el propio Douglass, “desde aquel momento comprendí cual era el camino de la esclavitud a la libertad… A sabiendas de la dificultad de aprender sin maestro, me embarqué con una gran esperanza y con toda decisión, a costa de cualquier sacrificio, en la tarea de aprender a leer…” […] El simple acto de tomar una pluma y un papel para narrar una historia, una sensación nacida del territorio ignoto de la creación, es en sí mismo una amenaza al poder, a las órdenes de nuestros amos que nos piden sumisión y votos a cambio de pan y circo. Las mujeres bereberes, musulmanas, al sur de Túnez, Marruecos o Argelia, tienen prohibido el aprendizaje escrito de la lengua. Por eso mismo. Porque las rebelaría contra sus maridos y contra el orden establecido, suponen. Y suponen bien, claro está (Enrique Páez, del Prólogo al libro Cuentos por asalto, 1995, Taller de Escritura de Madrid).

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