Sólo Les Interesa El Dinero

[Diálogo entre la directora y Carmen Gil Toledo, la protagonista de este testimonio, nada más entregarle la carta por la que pide la admisión al Opus Dei:]

—Estupendo, ya verás. El espíritu de la Obra te va a encantar—.Y me saca un talonario.

—Mira, esto es para tu aportación mensual, aquí pones tú lo que vas a dar cada mes.

Sin más preámbulos. Entonces, yo que siempre he sido clara, y que en aquella época estaba bastante mal económicamente, y que además me había metido a ayudar a unas señoras mayores, y me había comprometido, le digo:

—Mira Josefina, yo tengo estas señoras mayores, y no las puedo dejar. Yo no puedo aportar más cantidad.

—Bueno, bueno, es que tú a esas señoras las tienes que dejar.

—Pero, ¿cómo voy a dejar a estas señoras en la estacada habiéndome comprometido?

—No, mira, de eso ya se cuidarán tu madre, tus tías, a las que les encanta ese tipo de caridad. Tú no tienes que hacer nada de eso en la Obra.

Era un signo para haberme levantado y marcharme, pero como vas con esa cosa de que la voluntad de Dios… Esto fue el primer día. Salí de allí con una tensión enorme. No era lo mío, y no obstante, estuve cinco años dentro.

Estuve incómoda todo el tiempo. Estaba interpretando que la voluntad de Dios estaba por encima de mi incomodidad. La primera vez que nos reunimos, nos tocó ir a una casa fabulosa de una supernumeraria. Éramos un grupo de unas diez con una directora espiritual, con la que teníamos que hacer una confidencia. Toda tu vida tenías que ponérsela delante: lo que leías, lo que hacías, todo. Así, conocían cómo mangonear a tus hijos, a tu marido, a tus amigos. Y había que tener 45 hijos. Todo me sentaba mal. Una vez por semana nos reuníamos el grupo en “círculo de estudios”, pero no estudiábamos nada. Todo se reducía a recibir dos charlas: una sobre el evangelio, y otra sobre la caridad. Pero una caridad que no tenía nada que ver con la práctica, de una caridad celestial, vaporosa

[…]

Llega un momento en que te das cuenta de que en todas estas reuniones, la finalidad es meditar, rezar y finalmente sacar dinero:

-Mirad, necesitamos medio millón de pesetas, este grupo tiene que traer medio millón de pesetas en diez días.

-Pero, ¿cómo?

-Tendréis algún tío rico, algún tío banquero, tíos de esa clase social, seguro que los tenéis.

Entonces, cada grupo tenía que reunir ese medio millón de pesetas. Y lo conseguía, estas señoras se ponían todas a buscar el dinero, al tío banquero, al amigo rico, a quien fuera, a pedir, venga a pedir. Yo no pedía nunca, porque a mi me da mucha vergüenza pedir dinero y no lo hice. En eso actuaba a mi aire. Estas señoras se dedicaban a hacer tómbolas, me acuerdo de una que tenía el marido que era importador y le quitaba manteles que traía de China o de no se dónde, y los vendía a unas amigas. Iban de puerta en puerta, llegaban a hacer las cosas más peregrinas. Cuando terminaba el plazo, aquellos grupos traían el medio millón de pesetas, y algunos muy por encima.

-Fíjate, el grupo de fulanita, ha conseguido más de medio millón y nosotras aquí estamos sin más que el medio millón.

Unas tonterías tremendas para señoras que peinábamos ya canas, con casi cuarenta años; además, no teníamos ni idea de la finalidad de ese dinero. Porque tú, cuando sacas dinero y sabes que es para el pobre de la esquina o para alguien que está poco menos que muriéndose, vas y vendes lo que sea. Aquí no. Recaudado el medio millón, empezaba otra campaña. Total que no hacíamos más que traer dinero y más dinero.

Entonces, te sentabas un buen día y decías, aquí la única finalidad es el dinero, no estoy haciendo nada por nadie, por ningún pobre, ni siquiera por los pobres que yo tenía. Había que ayudar sólo a la Obra. Todo lo demás había que olvidarlo. El lavado de cerebro era completo. De modo que gente que habías conocido que querían hacer cosas por los demás se volvían en contra pero, en contra furiosamente, en contra de todo lo que fuera caridad con personas ajenas a la Obra. Recuerdo, la mujer de limpieza del sitio donde yo trabajaba. La dueña era una amiga mía supernumeraria y el marido era también supernumerario. A esta señora terminaron por ponerla a fregar, después no les bastó eso, terminaron echándola a patadas, la mandaron con el cielo arriba y la tierra abajo. Hasta que no la pusieron en la calle, no pararon, con el paro y sin familia, van al degüello con quien no es de la Obra (El Opus Dei No Me Parece Cristiano. Carmen Gil Toledo).

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