¿Santos Y Pillos?

Ivan de ExOpus

«Los hijos míos tienen que ser piadosos, doctos, alegres y… pillos: santos y pillos» (A solas con Dios, n. 28. Josemaría Escrivá.).

El diccionario de la RAE define pillo como:

1. adj. coloq. Se dice de la persona pícara que no tiene crianza ni buenos modales. U. m. c. s.

2. adj. coloq. Sagaz, astuto. U. m. c. s.

3. m. Pan., Perú y P. Rico. ratero (ladrón que hurta cosas de poco valor).

4. f. Ecuad. prostituta.

Para mí, todas esas acepciones desmerecen de un santo.

Y hay otras personas a quienes también les sorprende. Veamos algunos textos.

1. “Hay que ser pillos, hijos míos”, repite con entusiasmo el Fundador. Yo siempre he preferido el “hay que ser audaces”. Creo en la audacia, y en la necesidad de ser audaz para no caer en un fatal aburguesamiento, mediocridad o ramplonería; creo en la audacia porque a esta virtud le va la honradez, la lealtad, la claridad, que no creo combinen con la pillería. Ni literalmente, ni en el sentido popular, el pillo fue nunca sino ese personaje retorcido, de mirada poco limpia, de artimañas enredosas. En la Obra, en honor a esa transmisión constante de todo lo que proceda del Padre, la pillería se ha hecho parte de su historia. La pillería en la Obra de Dios ha llegado a hacer posible que las cosas se digan o se interpreten como conviene, que se diga una cosa por otra (en la Obra se usa y se abusa de la restricción mental más estricta), que se oculte o se difunda lo que interesa, sin mas consideración ni con las personas ni con la misma verdad. Hay que saber ser pillos para que sea la Obra, siempre la Obra y sólo la Obra, la que salga airosa y enaltecida (Opus Dei, Anexo A Una Historia. María Angustias Moreno).

2. Ya que no menos arbitrarios en la selección, seamos muchísimo más breves en la presentación de un texto que nos sirva como síntesis de algunos de los principales rasgos de la personalidad de Escrivá. En un encuentro con los primeros franceses que han ingresado en el Opus, monseñor Escrivá les dice en 1959: “Os quiero piadosos, alegres, optimistas, trabajadores y pillos” (Sastre, 381). No está mal, como aproximación al retrato del “Padre”. Todas ellas son cualidades de ese paradójico personaje; y la última constituye acaso una buena clave para entender precisamente su carácter paradójico. En Camino afirma Escrivá que “el plano de la santidad que nos pide el Señor está determinado por estos tres puntos: la santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza” (n. 387). Habría que añadirle una nueva virtud: la de la “santa pillería”, muy vinculada a la cuestión de los medios antes mencionada. “Donde no te llegue la inteligencia, pide que te alcance la santa pillería, para servir mas y mejor a todos” (Surco, n. 942). Pese a que en las devociones católicas tradicionales existen ya santos patronos para casi todo, con el buen humor contagioso del “Padre” propondríamos que si la Iglesia decide efectivamente canonizarle algún día, y si la sede está vacante, el nuevo san Josemaría se convierta en el patrón de los pillos. . . (Santos Y Pillos. El Opus Dei y sus paradojas. Cap. III. Joan Estruch.)

3. “Hijos míos, en Roma yo he perdido la inocencia”: a pesar de su experiencia acumulada, Escrivá continúa teniendo una visión particular, local, y según cómo hasta provinciana, de la Iglesia y de la sociedad. No conoce más que la Iglesia y la sociedad españolas de la época: ¡y qué sociedad y qué Iglesia!

En Roma, todo tiene otra dimensión, completamente distinta. Si Escrivá llega más o menos convencido de la relativa originalidad del Opus Dei, en Roma descubre rápidamente que dentro de la Iglesia católica proliferan movimientos e iniciativas hasta cierto punto paralelos (el padre Gemelli, misioneros de la Regalitá, Milites Christi, grupos de NotreDame-de-Vie, Compañía de San Paolo, etc.; véase Rocca, 1985, 34-47). Y descubre también aquello que Walsh llama “la intriga”: los tejemanejes que hay en la Curia vaticana, no porque se trate del Vaticano, sino porque se trata de la Curia, porque se trata de una burocracia que sociológicamente funciona como funcionan todas las burocracias. Descubre, en otras palabras, lo que Max Weber llama “los secretos del oficio”, propios de cualquier burocracia.

En este sentido ha de entenderse la frase de Escrivá, “he perdido la inocencia”: la experiencia de Roma es una experiencia dura, pero al mismo tiempo profundamente liberadora. A partir de 1946 ya no ha de reprimir de la misma manera que antes sus ambiciones: los medios que emplea el Vaticano, también él puede emplearlos. “De cara a Dios Nuestro Señor tengo el deber de poner todos los medios limpios sobrenaturales y humanos para cumplir la Santa Voluntad de Dios, en lo que concierne al establecimiento de su Obra, tal como Él me la ha dado a entender” (Fuenmayor y otros autores, 345). Si el mundo pertenece a los “pillos”, e incluso en la Iglesia se actúa con “pillería”, quiere decir que Dios pide que “seamos pillos”. La “pérdida de la inocencia” para Escrivá equivale, no a la adquisición, pero sí a “la santificación de la pillería”: en Roma, a partir del año 1946, la “pillería” del “Padre” se transforma en una “santa pillería”, puesto que Dios mismo “escribe derecho con líneas torcidas” (Fuenmayor y otros autores, 295). (Santos Y Pillos. El Opus Dei y sus paradojas. Cap. VII. Joan Estruch.)

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