El Opus Dei Espía A Los Obispos

(El siguiente texto está tomado del libro «La Libertad De Las Conciencias En El Opus Dei. Oráculo.», el subrayado es mío. Ivan de ExOpus.)

¿Cómo es posible entonces que el Opus Dei siga sin censuras a pesar de sus prácticas? Sencillamente porque su Fundador y sucesores se han cuidado y se cuidan muy mucho de ocultar su verdadera realidad interna a la Sede Apostólica y a los Obispos.

[…]

Pero, además, a todo esto se añade una hábil y eficaz “política eclesiástica” orientada a conseguir y consolidar una fórmula canónica de aprobación —la famosa intención especial del Fundador— que les garantizase la independencia de acción frente a todos, Obispos ordinarios incluidos. Y a esto han ayudado y siguen ayudando los archivos personales sobre cada uno de los Obispos del mundo, elaborados a partir de las visitas que periódicamente se les hacen o los informes recibidos de cualquier miembro de la Prelatura que se relaciona con ellos. Es un verdadero “servicio de espionaje” que en nada desmerece las mejores prácticas de la policía secreta de los soviets o de los desaparecidos regímenes comunistas. No actúan así las Congregaciones de la Curia romana.

En esos expedientes individuales, regularmente actualizados desde las distintas Regiones, queda registrado todo, hasta los detalles más nimios, también los gustos personales y rarezas peculiares de cada Obispo. Pero, en ellos, lo más elocuente son los juicios vertidos sobre cada persona, valorando incluso su “ortodoxia” católica, pues son opiniones que luego se transmiten en círculos cerrados por todo el mundo. Todo se expresa según un lenguaje en clave, parte de cuyas expresiones se recogen en el secretísimo volumen denominado Agustinus: es ahí donde se determina, por ejemplo, que el modo de referirse a los jerarcas en tales informaciones sea colega de Leo: esto es: un “colega” de “Leopoldo Eijo y Garay”. La lectura de otros volúmenes, como el Vademécum del Gobierno Regional de 28 de noviembre de 2000, reservado a Delegaciones y Comisiones, causa no ya vergüenza y sonrojo, sino verdadero escándalo, por la inmoralidad de los comportamientos que se promueven, del todo contrarios a la doctrina y la praxis canónica de la Iglesia.

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Iván

Lo anterior me ha recordado una situación de la que fui protagonista. Hace unos 15 años un numerario y yo atendíamos la labor apostólica de una provincia española, para lo cual nos desplazábamos allí los fines de semana. En uno de esos viajes coincidimos con el obispo de la diócesis a la salida de un funeral oficiado por él. Habló con nosotros unos minutos.

A la vuelta hacia Madrid el numerario estaba muy callado. Le pregunté por el motivo y me contó que estaba pensando sobre lo que iba a redactar en el informe sobre la conversación que habíamos mantenido con el obispo. Era la primera vez que escuchaba tal proceder y le pregunté por ello. Entonces me explicó que todas las conversaciones, por nimias que sean, con alguien de la jerarquía eclesiástica había que comunicarlas en un informe. Y añadió que iba a poner que el obispo nos había dicho (en broma) que para él lo que más de gustaba de Madrid eran los «callos a la madrileña». Ya que, al gustarle tanto, el comunicarlo puede permitir que le pongan para comer ese plato si algún día va a uno de nuestros centros.

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