Con El Dinero Hemos Topado

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(Tomado del testimonio «Manipulación De La Charla Y La Confesión» Teresa Castillo Garzón, incluido en el libro «Escrivá de Balaguer – ¿Mito o Santo?».)

Cuando entré en el Opus Dei, yo estaba heredada porque mi padre había muerto antes que mis abuelos. A mi madre le dio miedo que no permaneciese para siempre en la Obra y pensó que teníamos que hacer algo para protegerme. Consultamos con un abogado íntimo amigo de la familia que era José María Gil Robles, sobre lo que era conveniente hacer. Un medio que nos pareció aceptable era que yo escribiera una carta con el consentimiento del Opus Dei en la cual me garantizaran que no se podía tocar mi patrimonio hasta después de siete años. Pusieron dificultades pero consintieron para tranquilidad de la familia. A los dos años, yo no tenía nada a mi nombre, pues me habían hecho firmar unos valores por “necesidades acuciantes de la Obra”. A cambio me comunicaron que se pondrían a mi nombre acciones de unas “Sociedades Auxiliares” que cuando llegó el momento de reclamar no existían. En fin que me engañaron.

¿Por qué actué así a pesar de la carta inicial? PRESIÓN, OBEDIENCIA, RENDIMIENTO DE JUICIO.

Cuando decidí salir (que como en la mayoría de los casos fue muy difícil) tuve que plantear el problema económico y por supuesto no estaban de acuerdo en devolver nada de lo que yo había entregado. Durante meses tuvimos negociaciones espantosas, estuvieron en ellas D. Francisco Vives y D. Tomás Gutiérrez, actualmente Consiliario en España. La única posibilidad de conseguir algo por parte de ellos era el miedo que tenían al escándalo, ante todos los comentarios que circulaban. Había que firmar un documento en el cual no querían de ninguna manera que figurara la palabra “devolución”.

Para arreglar este asunto mi madre fue a Roma a hablar con el padre Escrivá. Tardó en recibirle, cuando ella llamaba siempre le decían que no estaba en Roma. Por fin lo logró. El padre Escrivá dijo en esta entrevista que se me devolviera el patrimonio, pero al llegar al hotel, se recibió una llamada de la entonces secretaria central, Mercedes Morado, diciendo que habían entendido mal y que el padre Escrivá no había dicho eso. Parece ser que se quiso hacer el bueno en ese momento pero todos los demás tuvieron que desmentirlo porque nunca se pensó en devolverlo.

Después de muchas luchas decidieron entregarme una cantidad simbólica que nada tenía que ver con el patrimonio que se habían quedado. Con la ayuda de Gil Robles y después de una lucha titánica, se llegó a redactar un “finiquito” que tuve que firmar en Pamplona ante un notario supernumerario. ¿Por qué lo acepté? Porque no tenía otra alternativa. Se podía haber puesto un pleito, pero, ¿contra quién?

Por cierto, una vez más usaron la mentira como arma a favor de su generosidad. En una convivencia de supernumerarias en “Islabe” (una casa de ejercicios cerca de Bilbao), el sacerdote D. Francisco Vives, les enseñó un cheque (falso, por supuesto) diciendo que era el dinero que me entregaban como devolución del patrimonio. Lo presenció una prima carnal mía que vino a contarlo, y a decirme que yo estaba mintiendo. Había muchos comentarios entonces sobre este asunto y quisieron callarlos, quedando yo como una mentirosa.

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