La Inhumana Violencia Proselitista Del Opus Dei

Ivan de ExOpus

Cuando un ciudadano realiza un contrato con persona física o jurídica, del tipo que sea, ambas partes leen aquello a lo que se comprometen hasta que quedan claros todos los términos de su compromiso y después, si están de acuerdo, firman quedándose cada parte con una copia de lo pactado. ¡Ah!, se me olvidaba, ningún menor de edad puede realizar contratos. A mí, ni a nadie que conozco a quien se le pidió hacerse de la Obra (y he estado dentro casi 35 años como agregado) se nos dio un documento que contuviera aquello a lo que nos íbamos a comprometer.

A mis 15 años, nada más acercarme a la Obra ellos me cerraron la posibilidad de poder oír otras campanadas distintas a las que tañía el Opus Dei (me hicieron cambiar el confesor que tenía en la parroquia por el del centro, me dijeron que como la vocación era una gracia tan importante y nueva nadie la entendía nada más que ellos, por lo que no les consultara sobre mi vocación a mis padres ni a persona ajena a la Obra) y todo eso adobado con que el Fundador del Opus Dei (del que ellos decían con la boca abierta que era posiblemente el mayor santo de la historia) afirmaba que no daba un duro por el alma de aquel que tuviera vocación y dejara la Obra, que quien dejaba la Obra además de perder la felicidad temporal casi seguro que también perdía la eterna, que prefería que le dijeran de un hijo suyo que se había muerto antes de que había dejado el Opus Dei, etc., lo que aterrorizaba mi alma, recordemos que era el alma de un niño de 15 años; luego me acosaron a todas horas para que diera el paso definitivo y me hiciera de la Obra (desde el director al cura pasando por el amigo numerario que me había llevado al centro); que saltara al vacío (decían), que después vería claro. Y agotado escribí la carta de admisión. Y todo eso lo hicieron con un niño de 15 años.

Tiempo después me encontré en una convivencia con el numerario que me había llevado al centro, a quién me he referido antes, y riéndose me recordó algo que le conté cuando él me proponía pitar (pedir la admisión a la Obra) y que yo había olvidado. La cito porque creo que demuestra muy bien como era mi estado de ánimo en aquellos momentos; me dijo: «Antes de pitar me contabas que te sentías como una bola de billar que está tan tranquila en la mesa de juego y de pronto viene otra bola, choca con ella, y la obliga a dar tres rebotes, luego, cuando parece que va a pararse, llega una segunda bola y la golpea desde otro lado repitiendo el proceso… y así, una y otra vez, sin dejarla en paz, con choques sucesivos es llevada de un lado para otro hasta que la consiguen meter en el agujero». (Tomado de «Julissa ha removido mis recuerdos». Iván.)

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