Una Dosis De Megalomanía (I)

Ivan de ExOpus, 27-11-2006

Publicado también en «OpusLibros»

Es algo conocido que el Fundador y sus incondicionales viven en un estado de permanente megalomanía, totalmente ajena a la realidad, con respecto a la falsa grandeza del Opus Dei y del hombre que lo concibió, puesto que ellos consideran a la Obra como al exclusivo Dios verdadero, y a san Josemaría como a su único profeta.

Mas encontrarme con un texto de uno de ellos a quién se le «escapa» derramarlo públicamente, es algo que me ha hecho reír.

Refiriéndose a las cartas que el santo inventor de la Obra escribió en 1930, Peter Berglar, en su libro «El fundador del Opus Dei» (Pág. 63), nos cuenta:

Con el objeto de archivar estas cartas, que tienen una gran importancia no sólo espiritual, sino también para la historia de la Iglesia, la mayor parte de ellas se han traducido al latín, idioma de la Iglesia. Como es normal en estos casos, se suelen designar y citar por las primeras palabras. Por ejemplo, aquella primera carta, dirigida a personas que sólo Dios conocía, se llama «Singuli dies».

Voy a exponer con palabras lo que ese texto me dice de forma implícita:

Si los papas publican sus encíclicas en latín, titulándolas con sus dos primeras palabras, tanto más lo debe hacer el Fundador de la Obra con sus cartas, pues ya nos avisó de su inmensa grandeza ante la historia —superior a la de cualquier otro hombre pasado, presente o futuro— cuando nos dijo: «He conocido a muchedumbre de obispos, a cardenales multitud, a muchos papas, pero a fundadores del Opus Dei, tan sólo a uno; y Dios os pedirá cuenta por haberme conocido». Por tanto, los historiadores del futuro encontrarán un antes y un después de la llegada del Opus Dei y de su Fundador, puesto que son lo únicos que darán lugar a la verdadera Iglesia, que antes vivió confusa hasta su advenimiento. Por eso es por lo que aquellas cartas se escriben en latín, ya que dada su inmensa importancia no se podían dejar cabos sueltos y confusos con respecto a nada de lo correspondiente a la primera persona de la Santísima Trinidad: nuestro Padre (el Fundador); ni de la verdadera Iglesia: el Opus Dei.

Esa megalomanía choca frontalmente con lo insignificante que es la Obra para la Iglesia: un grupo de sacerdotes sin diócesis territorial, que bajo las ordenes de un obispo, su prelado, andan por el mundo buscando laicos para hacerles cooperadores suyos, sin que por ello dejen de ser los mismos seglares de siempre.

Y de la misma manera su santo Fundador, el español Josemaría, es un don nadie para el papa Benedicto XVI, quien nunca lo nombra en sus alocuciones generales, ni siquiera cuando visita España, en donde al hablar de los grandes santos hispanos cita a san Ignacio de Loyola, a san Francisco Javier, a santa Teresa de Jesús, y un largo etcétera del que siempre queda excluido Escrivá de Balaguer.

Y ese choque tan brutal entre lo poco que en realidad es el Opus Dei y lo Inmenso, Necesario, Ilimitado y Perfecto que él se cree ser, es por lo me he partido de risa al leer aquel texto de Peter Berglar que muestra tan nítidamente esta contradicción.

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