La Teología del Opus Dei

Raimundo Panikkar

—oOo—

I

Lo que sigue es un fragmento de una carta que Raimundo Panikkar le envía a Alberto Moncada, publicada en su libro Historia Oral del Opus Dei:

Toda organización que se llame cristiana se referirá, evidentemente, al Nuevo Testamento como a un punto de referencia normativo. Pero lo “teológico” se manifiesta:

a) Por la selección de los textos.

b) Por la interpretación de los mismos.

c) Por su traducción en la praxis.

No basta por ejemplo citar muchos textos sobre el amor si luego se interpretan como amor a la verdad y aun al bien por encima de las personas y aun las colectividades. No es suficiente hablar de “ágape” si luego se traduce en espíritu de cruzada. Este estudio teológico sobre el Opus Dei creo que está aún por hacer, a pesar de algunos ensayos sobre Camino. Finalmente, no hay teología fuera de contexto. Y el contexto hispánico de los años 30 así como de los años 40 colorean fuertemente la interpretación que el Opus Dei hace de sí mismo y del hecho cristiano.

Simplificando, resumiendo y dando un amplio margen de indeterminación se podrían hacer resaltar los siguientes puntos, ¿los puedo llamar “theologumena”?:

1. El catolicismo romano es la única religión verdadera fuera de la cual no hay salvación, porque sólo él contiene toda la verdad.

2. Dentro del mismo catolicismo sólo unos pocos tienen la valentía de seguir todas sus exigencias heroicas y a ellos cabe la tarea de ser los continuadores de la obra mesiánica de Jesús.

3. Sacerdotes y religiosos que tradicionalmente cumplían esta misión deben ser, por lo menos, complementados por seglares que la ejerzan:

a) en el mundo, y

b) con los mismos medios del mundo (prensa, política, mundo del trabajo, economía, industria, riqueza…). Para ello se impone la disciplina más severa y la flexibilidad más sutil: la voluntad de vencer (para Cristo se entiende) e inteligencia de las estructuras anímicas y sociales, esto es, conocimiento del hombre y de la sociedad (la Ciencia al servicio de Cristo).

4. Si hay injusticia y desorden en el mundo es porque “nosotros” (los buenos, los católicos, los practicantes, los que seguimos los consejos evangélicos) no tenemos el poder. Por consiguiente, todos los problemas sociales, del trabajo, de guerra y de paz, etc., están supeditados a que esa élite se haga con las riendas que gobiernan el mundo: la teología de las causas segundas. Debemos aprender de los Césares, Napoleones, Mussolinis. Lo que ocurre es que ellos eran malos. Por eso fracasaron.

5. El arma para la instauración del Reino de Dios es el trabajo ordinario. Todo va ordenado a este fin. La oración, la penitencia y demás virtudes como la perseverancia, la prudencia, la fortaleza…, se ejercitan en la palestra del trabajo ordinario dirigido a la conquista de los primeros puestos de la sociedad, en todos los órdenes (político, económico, científico, cultural), para desde allí implantar el reino de la justicia, del amor y de la paz. Cualquier sacrificio, en aras de tan noble causa, sabe a poco. No vencerás, Gedeón, tienes demasiada gente. Selecciona sólo a los más aguerridos.

6. El mundo no nos entenderá. Los tibios tampoco. Incluso dentro de la Iglesia gente bonachona como Juan XXIII que quieren pactar con el mundo tampoco pueden comprender aquel espíritu de combate que se solía mantener vivo por la plegaria a san Miguel que de rodillas decían los sacerdotes después de la misa. Pero, en general, los buenos han sido hasta ahora poco inteligentes. “Nosotros” tenemos el deber, y la vocación, de ser buenos e inteligentes: ¡el minúsculo resto de Israel!. De ahí la discreción y aun el secreto, la “disciplina arcani”, si es necesario, para no caer en las asechanzas del “espíritu del mal”. ¡Ingenuos, no!

7. Esta utilización de todos los resortes del mundo (ingenio, estrategia, política, dinero, ciencia…) por conquistar el poder para la instauración, modernizada, del ideal de la cristiandad, en una palabra, esta confianza en los medios naturales, exige una utilización simultánea de los medios sobrenaturales, puesto que de lo contrario se rompería el equilibrio y la empresa dejaría de ser opusdei. Sin oración, sacrificio, obediencia, santidad… no se consigue nada. Todo va unido. Todo es congruente. Lo que no se pone en tela de juicio es la subyacente idea de Dios y de su Reino.

—oOo—

II

Suscribo como muy acertados esos fundamentos teológicos que expone Panikkar. Suponen ponerle palabras a lo que se vive dentro del Opus Dei. Lo que sienten y le hacen sentir a quien se le acerca.

Para ahondar en lo dicho, añado un fragmento del ensayo Espiritualidad del Opus Dei de Alejandro García:

Durante el Concilio Vaticano II, tanto en las aulas conciliares como en los comentarios de prensa se divulgaron las expresiones «juisdiccionalismo y ministerialismo». Al jurisdiccionalismo se le llamaba también constantinismo, triunfalismo, nacional-catolicismo, etc., tomándolo según excepciones parciales. Por jurisdiccionalismo se entendía una postura de la Iglesia frente al mundo de dominio e imposición; dominio e imposición con tendencia en la práctica a hacerse totales, aunque en la teoría se hicieran distinciones sutilísimas para salvar, poco más que verbalmente, durante casi todo el Antiguo Régimen, actitudes y palabras de Cristo que expresaban renuncia al poder mundano.

Frente a la actitud de imposición, frente al jurisdiccionalismo, se oponía el ministerialismo. Para el ministerialismo la postura de la Iglesia ante el mundo más acorde con el Evangelio no era la imposición sino la del servicio. La Iglesia más que imponer debería ofrecer, arriesgándose al desconocimiento y al posible desdén del valor de lo ofrecido, con una actitud mansa y paciente. Aún más, para los ministerialistas la asistencia de Dios a los diferentes juicios y actitudes de la Iglesia sobre lo terreno era problemática; incluso el espíritu –«que sopla donde quiere»– podía inspirar soluciones más evangélicas a hombres alejados de la Iglesia visible, por tanto, la escucha atenta y el diálogo con los signos de los tiempos deberían convertirse en una disposición habitual.

A nadie se le oculta que puede verse una correspondencia entre jurisdiccionalismo y ministerialismo y las dos posturas más arriba apuntadas por Aranguren; esto es, la de empeñarse en controlar la ciencia, y la de poner un esfuerzo sincero en hacer Ciencia y ofrecerla modesta y confiadamente, si se considera que los protagonistas de estas actividades son cristianos y pretenden actuar en cuanto tales.

Como es sabido, en el Concilio Vaticano prevaleció la posición ninisterialista de la que fueron señaladas manifestaciones la declaración sobre libertad religiosa, la renuncia al Estado confesional, el ecumenismo, la «Lumen Gentium» y, en definitiva, el esbozo de una Teología de la Iglesia concebida como Pueblo de Dios.

Naturalmente, una rectificación colectiva y oficial tan grave como la que hizo el Concilio, supone una larga prehistoria. Desde un cierto punto de vista el Vaticano II más que suscitar una nueva mentalidad levantó acta de la que ya venía prevaleciendo oficiosamente en grandes sectores eclesiales. El Concilio tuvo, sin embargo, el mérito de tranquilizar a los rezagados, al ver prestigiada por el reconocimiento de la Jerarquía, una posición que hasta poco antes era considerada oficialmente errónea y nociva, y así contribuyó al establecimiento de una conciencia más unitaria en todo el ámbito de la Iglesia.

Pues bien, muchos indicios exteriores hacen pensar que el Opus Dei como colectividad sigue moviéndose dentro de la mentalidad jurisdiccionalista; de un jurisdiccionalismo, ciertamente, matizado. Para ser precisos, el jurisdiccionalismo que imperaba de modo oficial en la Iglesia en el momento justo de la fundación del Instituto, cuando apenas había comenzado el segundo cuarto de nuestro siglo reinaba Pío XI. Quizá en aquello años el Opus Dei, en comparación con lo que se vivía en su entorno eclesial español aparecía como moderno y progresivo y hasta suscitó por ello persecuciones que se prologaron hasta bien entrados los años cuarenta. A partir de los años cincuenta, cuando promociones de jóvenes sacerdotes y religiosos españoles se asoman a la Europa de la postguerra y comienzan a conocerse en España los escritos teológicos y las corrientes espirituales y apostólicas francesas y alemanas, el Opus Dei, aferrado a su mentalidad fundacional, empieza a dejar de sentirse como actual, y a partir del Vaticano II, debido a su impermeabilidad y reticencia frente al espíritu conciliar, nos resulta en sus aspectos organizativos, ascéticos y apostólicos, claramente anacrónico.

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