Ilusiones y Decepciones con el Opus Dei, Francisco José de Saralegui

Pablo VI y Escrivá

Yo pedí la admisión en el Opus Dei en 1953 -cuenta Saralegui- con mi carrera de Derecho ya terminada. Lo hice porque me pareció que, en aquellos años, la Obra representaba una renovación del catolicismo tradicional, abierta, progresiva y libre; menos clerical y más esperanzada.

Dejé la Obra veinticinco años después, fatigado y triste, tras una época larga y dolorosa, suavizada por el trabajo profesional y por la fraternal amistad de algunos compañeros de ilusiones, que conservo aun. «No deseo en modo alguno criticar una institución que tiene las bendiciones de la Iglesia Católica y a la que he dedicado buena parte de mi vida [25 años]. Sí puedo y debo decir lo que en ella no me ha gustado; lo que ha sido para mí causa de decepción, aunque no de amargura. Desgraciadamente, creo que para nada servirá; y esta convicción de la imposibilidad de ninguna reforma -muerto el fundador-, decidió en buena parte mi apartamiento de la empresa, en la que conservo amigos maravillosos; a la que veo, desde mis cincuenta y cinco años, con ojos lejanos y no admirativos. Pero desde luego, con todo respeto.

La santificación del trabajo, idea básica de la espiritualidad del Opus Dei, resultaba muy atractiva para las generaciones de la posguerra española, educadas en la fe católica, la moral rigurosa, el orden y la sobriedad. Tenía un matiz progresista y abierto, unas gotas de calvinismo y una cierta apertura social.

Pero por lo que yo entiendo, dicha idea se fue envolviendo poco a poco en un estilo autoritario, al borde del totalitarismo, y en un ambiente inmovilista y conservador. Las palabras del fundador penetraban y organizaban las vidas, las opiniones, las conciencias. Y tenían habitualmente, a mi juicio, esos dos caracteres dominantes: autoritarismo casi totalitario y clara inclinación por las posturas conservadoras. Desde Trento y el latín hasta la sotana y la mantilla, desde san Agustín y santo Tomás hasta la decoración de los centros, la balanza se inclinaba siempre por el platillo conservador. La desconfianza era sistemática ante los teólogos modernos, ante las innovaciones litúrgicas, ante cualquier adhesión que no fuera incondicional.

Se hablaba de libertad política y profesional. De la segunda tengo experiencia personal, pero creo que hay mucha menos libertad en cuanto a opciones políticas. Si los esquemas en que uno vive son autoritarios, inmovilistas y conservadores, sólo con un esfuerzo mental casi esquizofrénico se puede ser, de veras, socialista o liberal.

Por otra parte, todo lo importante pasa por los directores, y los directores son nombrados, sin excepción, desde arriba. Y enseña la experiencia que, en cualquier organización autoritaria, no es difícil que los nombramientos tengan en cuenta más la adhesión incondicional que la categoría personal o la calidad humana. En los así nombrados, es natural que su capacidad de criticar e innovar sea escasa; y sus ganas, nulas.

Es por ese sentido de la autoridad por el que se aparta a los socios jóvenes de sus familias, se les prohíbe que cuenten a sus padres la verdadera situación de sus relaciones con la Institución, se les controlan férreamente sus lecturas, su tiempo, sus relaciones sociales; se les niega la asistencia a espectáculos, se suma un trabajo interno al profesional a fin de que les sea muy difícil una reflexión crítica, profunda y serena. El espectáculo de la presión psicológica sobre corazones y cabezas inmaduros nunca lo he podido aprobar. Hay otros rasgos de la Obra que, como todo lo humano, tienen su cara y su cruz; éste, para mi, ha sido sólo cruz durante muchos años.

El conservadurismo ambiental de la Obra, creo, está muy unido al del fundador. Yo soy de familia católica desde hace mil años y amo la historia. Y sé que los evangelios han abierto un camino ancho y hermoso, en el que caben todos los humanos que crean en Dios y en la caridad. Unos van por ese camino deprisa, otros despacio; unos por la izquierda, otros por el centro o la derecha; unos son optimistas, otros pesimistas; unos contemplativos, otros trabajadores; unos más rígidos, otros más laxos.

Yo creí que en el Opus Dei («sois libérrimos», «sois cristianos corrientes») cabría esa variedad. Pero no fue así. Había que copiar al fundador con absoluta fidelidad; y ya que era imposible imitarle en su sacerdocio o en su trabajo, era obligado ser fiel a su espíritu; mejor diría a su talante dogmático, autoritario y conservador. Y desde luego, individualista y familiarista mucho más que social. El modelo de catolicismo de José María Escrivá de Balaguer, a mi juicio, fue el del ambiente que vivió en su juventud: el de la clase media española de los años 20 y 30. Con algunas añadiduras -externas pero importantes- aportadas por algunas señoras distinguidas de Madrid y de la burguesía bilbaína, cuyas carencias básicas eran la escasa talla intelectual y cultural y una insensibilidad generalizada para los problemas sociales, combinada con un gran apego a la familia y la propiedad. De los tres círculos concéntricos de la moral -el individual, el familiar, el social-, los dos primeros se llevaban la parte del león. Y dejaban un escaso margen a la enorme amplitud, creciente, de la moral social; que va desde el pago de los impuestos y el cumplimiento de las reglas de circulación, hasta el fraude industrial, comercial o financiero y la preocupación por el Tercer Mundo; y considera que las circunstancias económicas, sociales y culturales algo tienen que ver con la orientación de las vidas humanas.

En la moral personal y familiar, es lógico que el sexo se llevara la mejor parte. La ya conocida obsesión de muchos clérigos católicos por este tema, se multiplicaba en la Obra. Es un hecho que el Opus Dei ha fomentado un notable contingente de familias numerosas, digno de todo respeto. También, que -si las posibilidades económicas no acompañan- ese espíritu de generosidad incontrolada ha producido no pocos dramas y angustias; y que su aplicación ha de concentrarse preferentemente a matrimonios de buena posición económica y con mucha salud. «Pero hay un efecto secundario de la «obsesión» que -buscado o no- de hecho sobreviene. Y es que una atención desmesurada a la moral sexual disminuye la atención debida a la moral social, de importancia creciente en un mundo donde las relaciones y las interdependencias se multiplican. El hombre es limitado, no puede llegar a todo con la misma intensidad, necesita establecer prioridades para sobrevivir. Enseña la experiencia que quien concentra la mayor parte de su atención en el sexo, no es muy sensible a la moral social. También a la inversa: quienes sobrevaloran la ética social, con facilidad infravaloran la moral sexual y familiar. Y así se forman dos grupos, bien visibles, condenados a no entenderse.«Hablaba antes de ese dato, nobilísimo, de la experiencia española: hay en los ambientes del Opus Dei muchas y excelentes familias numerosas. Sin embargo, no parece que los socios de la Obra se hayan distinguido por el cumplimiento fiel de la legislación fiscal, de las normas económicas, comerciales o financieras, por tratar de suavizar las diferencias económicas o culturales, por su caballerosidad y su limpieza en cuanto autoridades públicas, por su ayuda a instituciones de carácter social o de beneficencia, por su disponibilidad para combatir el subdesarrollo, la enfermedad o la ignorancia; por su atención al Tercer Mundo, a esos miles de millones de personas que se acuestan con hambre todos los días, cuya angustia caerá sobre nosotros y sobre nuestros hijos. En la historia de España, «Matesa» y «Rumasa» serán dos anécdotas insignificantes y confusas. Pero es lo cierto que ambos asuntos estuvieron atravesados de cien nombres relacionados con el Opus Dei.

Es obvio que el sexo, el dinero y el poder tienen relación con casi todas las decisiones importantes de los hombres, individuales y colectivas. Y lo es también que quien sólo concede importancia a una de ellas (el sexo, en este caso) infravalora la tremenda capacidad corruptura del dinero y del poder. Falta de realismo muy habitual en organizaciones católicas dirigidas por clérigos, espero que no dure mucho tiempo en el Opus Dei, cuya base laica y profesional nunca la admitirá de buena gana.

Lo mismo me atrevo a decir del sentido de la autoridad enérgica e incontestada y del espíritu («esculpido en mármol», decía el fundador) que se pretende mantener rígido y congelado en las vidas de laicos corrientes que se desarrollan en un mundo en constante mutación. Esto sólo es posible en el ghetto, en el aislamiento y la soledad. Lo cual, creo, se está intentando en el Opus Dei. Y creo también que se puede conseguir; bien es verdad que a un alto precio. Al precio de muchas angustias, cansancios y abandonos; al precio de -a la larga- no cumplir el deseo inicial de Escrivá («seréis inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad») ni siquiera la vieja hermosa metáfora evangélica de diluirse como la sal. «Sobre la personalidad de José María Escrivá de Balaguer, creo recordar, a la letra, una nota suya muy antigua, fechada en Roma, de fines de los 40: «Nosotros no vamos al cine; aunque vaya el cardenal Spellman.» Otra en que se calificaba a los disidentes de desertores y de soberbios. Una tercera según la cual «el estado habitual de una supernumeraria casada es el embarazo.

Estas frases -y cien similares- tienen una enorme importancia en la vida real de los socios, que en su inmensa mayoría jamás ha visto las antiguas Constituciones del Opus Dei, sino un catecismo resumen de las mismas, obligatorio y oficial.

Debo decir, según mi propia experiencia, que nunca pude elegir mi propio camino y mi propio estilo. «Somos cristianos corrientes», «sois libérrimos», eran frases vacías ante un aluvión de notas, avisos y cartas (mas informes amplios sobre temas concretos de tipo ya político-social, como la teología de la liberación, el socialismo, la educación, el latín), que conformaban hasta el último rincón de tu personalidad. A partir de los años sesenta, no vi más evangelio que Camino, ni más profeta que José María Eserivá.

Creo que no es realista tratar de la Obra sin mencionar su compleja personalidad. La veneración que sentían por él los más antiguos se trasladaba a los jóvenes; y se creaba e incrementaba un mito que, al ser contrastado con la realidad, produjo decepciones importantes y, en mi caso, una inicial confusión, seguida de un alejamiento de la persona y quizá -más adelante- de su doctrina.

Todos los socios mayores de la Obra pasamos muy malos ratos tratando de entender -y de explicar más tarde- por qué se había hecho reconocer como Marqués de Peralta, con las consiguientes apariciones en el «Boletín Oficial». Pero no nos sorprendió en absoluto; porque a nivel interno, le habíamos visto, al mencionar su niñez, subrayar ciertos rasgos de bienestar familiar, dejando en penumbra siempre las conocidas dificultades económicas de sus padres, normales y -a mi juicio- honrosas. En Barbastro, permitió que se derribase su auténtica casa natal, sustituyéndola por otra, que copia las mansiones nobles del Alto Aragón. Nunca se ha tratado de conservar la entrañable y modesta casa de Martínez Campos, 4, aún intacta, donde vivió con su familia años decisivos. En cambio, puso todo su afecto en el antiguo palacete de Rafal, en Diego de León, 14, en el que instaló un repostero nobiliario en la escalera central. Y en la basílica de Torreciudad, en el retablo del altar mayor, figuran siete escudos con sus siete apellidos nobles. En una de las «Crónicas», revista interna, del año 76 creo, decía textualmente: «Yo, que desciendo de una princesa de Aragón…

Mínima debilidad ésta, no sé si alguna relación tiene con lo que todos creían -él, quizás, el primero- singulares y directas intervenciones de Dios en su vida. Y por tanto en la de la Obra. Se hablaba de situaciones difíciles (desde el paso de los Pirineos en la guerra civil hasta incidentes jurídicos en el Vaticano y complicaciones económicas importantes) saldadas favorablemente por directa intervención divina. Se decía incluso que, por revelación singular, él conocía la fecha de su muerte; que iba a ser en 1984. No fue así. Sus primeros seguidores crearon un mito prodigioso en el ambiente único e irrepetible de la posguerra española y la Segunda Guerra Mundial. Quizá la época les pudo.

Pero creo que todas las cosas divinas han sido hechas a través de los hombres; y que nada humano nos es extraño. En los primeros socios del Opus Dei que yo he conocido, de los años 30 y 40, encontré una fe maravillosa y una gran generosidad. La encuentro aún. También en muchos otros de mi generación y en algunos que he tratado hasta 1979. Los he querido y los quiero.

Si escribo estas líneas -para mí dolorosas- es precisamente para hacerles reflexionar en tantos dramas de conciencia que cuestiones secundarias del espíritu del Opus Dei han producido. Y para que se animen a vencer una pretendida «fidelidad al espíritu fundacional» que, a medio y largo plazo, puede conducir a la Obra a refugiarse en una ciudadela artillada, en un ghetto peculiar, en una isla católica al margen de la historia y de la vida.

La santificación del trabajo y de las obligaciones de cada día es un mensaje hermoso, sencillo y esperanzador, interclasista y universal. Siempre que incluya las obligaciones sociales; que empiezan -pero no terminan- en el círculo familiar. Y siempre que dé más importancia a una tradición milenaria de la Iglesia católica, a los Concilios y, en último término, a los evangelios.., que a las palabras, quizás ocasionales, de un hombre apasionado en el contexto dramático de la guerra civil española y de la Segunda Guerra Mundial. Al cual respeto, sin compartir en absoluto su autoritarismo, su intolerancia con los discrepantes, ni su unidimensionalidad.Talantes así ha habido siempre en la Iglesia; pero han sido, irremediablemente, transitorios y minoritarios. La más ancha y profunda tradición católica, la que es base y fundamento de toda responsabilidad moral, considera legítimo y normal que no todos los hombres, en todos los tiempos, den las mismas respuestas a las grandes preguntas que plantea la vida.

Historia Oral del Opus Dei, Alberto Moncada

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3 respuestas a Ilusiones y Decepciones con el Opus Dei, Francisco José de Saralegui

  1. CARLOS dice:

    te felicito por tu artículo, además del contenido una excelente redacción. Fuí numerario 10 años muchos de ellos muy sufridos y a la fecha lucho por sanar muchas cosas.

    saludos

  2. Diego Paucar dice:

    …Ésto sucede cuando se deja todo en manos de hombres y no de Dios. Cuando no se ora y se reza. Cuando las palabras de los hombres valen más que la Palabra de Dios. Cuando no se depende del Dios vivo y verdadero, que da vida y no ha venido al mundo para condenarlo.

  3. Laura dice:

    Hola Josechu, yo ya de pequena oi en mi casa que mejor estar lo mas lejos del Opus posible, que era un estado dentro del estado, que los de abajo, creyentes, eran los tontos utiles, mientras los de arriba manejaban las finanzas y todo lo demas…

    un abrazo y hasta siempre

    Laura

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