De Burgos A Los Altares

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Izando una imagen de San Josemaría durante la ceremonia de su canonización en Roma

El camino al éxito de un cura español, cuya obra es hoy el báculo sobre el que reposa el poder papal

Cambio 16, marzo, 1992

Con información de Laura Cristóbal

Burgos, 1939. José María Escrivá, un cura aragonés de 37 años a quien Dios ha encargado una misión especial, pasa los últimos meses de la guerra rezando, golpeando con un látigo su cuerpo pe­cador y confortando a sus hijos espirituales. Algunos están en el fren­te o en otras ciudades de la zona nacional, lo que le obliga a viajar y a estrujar los bolsillos de los más pudientes. Hasta sus pagas de soldado deben dar al buen cura para que pueda ir poniendo los ci­mientos de su sobrenatural empresa.

El Padre -le gusta que lo llamen así- se esfuerza también «por hacer amigos», según cuenta su biógrafo Salvador Bernal. Los ha­ce. Muchos y muy importantes: en 1940, cuando Franco ha logrado vencer al ejército rojo, entra a formar parte del Consejo Nacional de Educación. También logra colocarse como profesor en la naciente Escuela de Periodismo.

Uno de sus mejores discípulos, José María Albareda -cuyo ta­lante liberal no acaba de entusiasmarle, todo hay que decirlo- se ocupa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que algunos de sus hermanos usarán como puerta grande hacia la enseñanza superior. Es lo que quiere El Padre: la universidad es un importante campo de combate en su guerra apostólica. «A los hom­bres -dice- hay que cogerlos por la cabeza, como a los peces». De ahí su amistad con José Ibáñez Martín, ministro de Educación hasta el año 1951.

El Opus Deí, embrionario aún, goza del aprecio de las familias más selectas del nuevo régimen, pero no de todas. Los biógrafos afines resaltan los recelos que despierta en algunos clanes del fran­quismo. Algunos aseguran que llegó a ser enjuiciado por el Tribu­nal para la Represión de la Masonería y el Comunismo y redondean el episodio con una anécdota. Tras escuchar a un testigo, el presi­dente del tribunal exclamó:

-¿Dice usted que son castos? Entonces no son masones… No he conocido a ningún masón casto.

Olvidan, o ignoran, que el presidente del tribunal era hermano del agustino José López Ortiz, buen amigo del futuro santo.

Entre las amistades del emprendedor cura, que por esas fechas cambia de nombre (se llamará para siempre Josémaría Escrivá de Balaguer) está Leopoldo Eijo y Garay, arzobispo de Madrid-Alcalá. En ocasiones se ve obligado a salir en su defensa y a confirmar su sintonía con la Iglesia, el régimen y sus fervores patrióticos. Como cuando, en 1941, escribe así al Abad de Montserrat: «El doctor Es­crivá no tiene otra intención ni deseo que preparar a muchos profe­sionales, gente inteligente, de modo que puedan ser útiles a la patria y seguir defendiendo a la Iglesia».

Manual del éxito

Para su apostólico fin, los socios del Opus cuentan ya con una pre­ciosa guía que el fundador ha escrito en sus ratos libres: Camino. Una colección de frases, un libro de reflexiones pías, que aún es sus­tento espiritual para 100.000 personas. El teólogo Von Balthasar lo definió como «una manual para boy scouts». El escritor Luis Carandell lo considera «un remedo mediocre de los Ejercicios de San Ignacio».

Es más que eso. Escrito en lenguaje de confesionario, el librito encierra claves que permiten entender mejor el fenómeno Escrivá y su imparable marcha hacia el altar: con el picante adobo de la fe, Camino es un manual para triunfadores, un evangelio del éxito. Los trucos de Dale Carnegie y demás expertos en relaciones socia­les que florecieron años después (Cómo tener éxito en los negocios, Cómo dirigir una empresa…) no mejoran los consejos de Escrivá, que en esto fue, decididamente, un hombre adelantado a su tiempo.

Camino no sólo permite alcanzar el cielo: también ayuda a ven­cer en las empresas terrenales, incluidas las de carácter apostólico. El hombre que diseña Escrivá anuncia al triunfador de los años 80: duro, juvenil, dinámico, resuelto, paciente, discreto… Trabaja mu­cho y sabe guardar las distancias: no se permite amistades íntimas ni familiaridades. Frío y calculador, practica el autocontrol, tiene el corazón cerrado «con siete cerrojos» y hace un uso interesado de los afectos: «La caridad… su eficacia os maravillará». Sabe disimu­lar su orgullo, sonreír sin ganas y aún siendo superior a los demás -va para santo y está en posesión de la verdad: ambas cosas dan mucha seguridad- evita los aires de suficiencia. Si hay que fumar, se fuma y si hay que decir tacos, se dicen.

Escrivá recomienda mostrarse humilde -la humildad siempre da buen resultado-, no flaquear ante el inferior, no dar muchas expli­caciones ni intentar convencer («no pretendas que te comprendan»), no discutir («de la discusión no suele salir la luz»), no dejarse apa­bullar por las caídas…

Un montón de consejos prácticos, empapados de devoción, que aún hoy pueden resultar utilísimos para quien tenga que batir el co­bre en una empresa, una redacción, una oficina o un ministerio. Lo fueron, desde luego, para aquellos jóvenes profesionales, de santa ambición, que guiados por Escrivá participaron activamente en la reconstrucción de la España de posguerra.

Mientras ellos iban escalando puestos, como obligaba el divino plan de apostolado, el Fundador hacía pasillos en las proximidades del po­der. En 1947 dirigió un retiro espiritual al general Franco, en el Pardo. Ricardo de la Cierva ha asegurado a la revista Tiempo que encandiló al caudillo, que «incluso pensó en hacerlo vicario general castrense».

Poco después, la providencia colocó a sus hijos en el ámbito del futuro Rey de España. Algunos participaron en una histórica reu­nión donde se sentaron bases para la educación del Príncipe. Tuvo lugar en Molino Viejo, una finca que el Opus tiene en Segovia. Desde su fundación, la expansión espiritual fue acompañada por una sistemática expansión inmobiliaria: una casa de retiro por aquí, un cole­gio mayor por allá, un palacete, una residencia, un santuario…

En la posguerra, los negocios de enseñanza empezaron a despe­gar: las residencias se llenaron. La inversión había sido mínima. Los estudiantes pagaban incluso por adelantado para que les com­praran la cama. El Opus pudo pronto abrir casas en los núcleos uni­versitarios más importantes y en algunas ciudades extranjeras.

En 1951, por primera vez, un hijo de Escrivá comenzó a santificar la Administración Pública del franquismo: Florentino Pérez Embid, director general de Turismo. Seis años después, otro conseguiría la primera cartera ministerial. A partir de ahí durante más de 15 años, Franco tuvo en el Opus Dei una importante cantera de altos cargos.

Fue el almirante Carrero, hombre fuerte del régimen, quien les permitió buscar la santidad desde sus gobiernos, en los que no sólo podían firmar penas de muerte y dar sustento espiritual al régimen: también contribuyeron a su modernización.

Papas y errores

El fundador asistía desde Roma a estos progresos. Era un hombre con mentalidad de empresario, que cuando acababa un proyecto ya empezaba a pensar en el siguiente, y desde el primer día tuvo voca­ción multinacional: en 1946 se instaló en Roma, Wall Street del mer­cado espiritual de Occidente.

Pero inaugurar empresas apostólicas no es fácil. El Vaticano con­trola el sector, casi en régimen de monopolio, y para meter cabeza en ese mercado, de 905 almas, es conveniente abrirse paso en la jerarquía eclesiástica y caer simpático al Papa.

A Escrivá le costó: aquellos papas, tan proclives al error, se lo ponían difícil. Incluso sus biógrafos más afines recuerdan cuánto sufrió por culpa de los que le tocaron en suerte. Noches enteras lle­gó a pasar rezando por Juan XXIII y por Pablo VI.

Respetuoso con la doctrina de Trento, tenía sus dudas sobre el buen fin del nuevo Concilio. De cuando en cuando rezaba un credo ante la basílica de San Pedro y le cambiaba la letra. En lugar de «Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica», decía: «Creo en mi madre, la Iglesia romana, a pesar de los pesares». El cardenal Tardini, quiso saber qué quería expresar.

-¿A qué se refiere cuando dice «a pesar de los pesares»?

-A sus errores y los míos.

Los errores de Juan XXIII lo llevaron a decir en presencia de Al­berto Moncada, hijo muy pródigo en críticas: «Es el demonio meti­do en la cabeza de la Iglesia». Los errores de Pablo VI le hicieron exclamar delante de Carmen Tapia, su secretaria: «Dios en su infinita sabiduría debiera llevarse a este hombre».

En los últimos años de su vida -murió en 1975- los rumbos de la iglesia posconciliar lo llenaban de angustia. En 1970 escribió: «Su­fro muchísimo. Estamos viviendo un momento de locura». Cuando tenía estos pensamientos se encerraba en el cuarto, oraba a Dios y mortificaba su cuerpo con crueles penitencias. Sólo una cosa lo con­fortaba: entre rezo y rezo, entre latigazo y latigazo, su obra seguía creciendo. Una obra cuya expansión material era cada día más evi­dente. Con el auxilio de Álvaro del Portillo dirigía un vasto patri­monio religioso, inmobiliario y educativo, con rígidas normas de funcionamiento y un original sistema de financiación, cuya paterni­dad se atribuye a Amadeo de Fontmayor.

El Opus, como tal, no tiene bienes. Sus miembros entregan todos sus ingresos y propiedades, pero los suelen poner a nombre de nu­merarios de confianza y «vocación segura». Ni siquiera las obras corporativas figuran como propiedad de la organización. El santua­rio de Torreciudad fue iniciativa de «un grupo de hombres de la co­rona de Aragón», aunque el Fundador participara hasta en detalles nimios de su diseño [Nota a esta edición: El de la Obra que tiene algún bien a su nombre firma un contrato de venta con el nombre del comprador y la fecha en blanco para así transferir su propiedad si no persevera].

La buena marcha de la empresa apostólica, con sedes en medio mundo, propició la práctica de complicadas ingenierías financieras. Algunos numerarios cruzaban las fronteras «con los cinturones re­pletos de billetes». El «contrabando apostólico» de divisas impre­sionaba a Escrivá, que admiraba el valor de sus hijos.

Con el tiempo, el grupito de estudiantes se había convertido en un compacto batallón de fieles, entregados en cuerpo y alma al Fun­dador y a la causa. De los milagros que se atribuyen a Escrivá de Balaguer es éste, quizás, el más sobresaliente: consiguió montar una extraordinaria organización, muy disciplinada, con reglas peculia­res y secretas, que el Vaticano no supo encajar jurídicamente hasta 1980. Hoy, con 75.000 miembros, el doble que los jesuitas en sus buenos tiempos, y una cohesión a prueba de bombas, se ha conver­tido en un sólido báculo sobre el que el Papa descansa su poder.

Un santo leninista

El secreto de estas cosas suele estar en una buena organización. El Opus Dei la ha tenido. «Funciona con la perfección de las organi­zaciones leninistas clandestinas», dice Luis G. López, misionero es­pañol. El sistema recuerda, ciertamente, al centralismo democrático de Lenin: libertad de opinión -dentro de los límites de la ortodoxia­ y disciplina en el cumplimiento. Un grupo reducido, que interpreta el criterio de los demás, da las órdenes. La información está compar­timentada: no todo el mundo sabe todas las cosas. El secretismo, que El Padre llama «discreción», afecta sobre todo a los nuevos socios, demasiado jóvenes para comprender «los asuntos de los mayores».

El Fundador se reserva la última palabra y corrige a quien se dis­tancie de «el espíritu de la Obra». Según su hagiógrafo Francois Gon­drand, se trata de «evitar cualquier desviación». Durante toda su vi­da Escrivá «cuida hasta los menores detalles y no permite la menor negligencia».

Muchos de los usos y ritos del Opus se atribuyen a la voluntad de El Padre. Algunos de sus hijos escriben con pluma «por que al padre le gustaba». Cuenta A.L.M.M., de Madrid, que las mujeres «no fu­maban porque al Padre no le gusta». Tampoco le gustaba que las nu­merarias fueran al cine, abrazaran bebés o durmieran en cama blan­da. Las obligaba a dormir sobre una tabla y, un día por semana, con una guía telefónica por almohada. Con los hombres las reglas son más tolerantes. Se entiende que el regreso a casa después del trabajo agotador los exime de ciertas cosas: pueden dormir en colchón.

Enrique Ballestero, que en 1972 hizo una crítica exégesis de Ca­mino, observa rasgos sectarios en ese «grupo de hermanos» que obe­decen ciegamente al superior, utilizan cruentos métodos de mortifi­cación, se mantienen en una especie de infancia perenne y confor­man «un grupo reducido y selecto», con estrictas normas de apoyo mutuo. «Con tus hermanos, el último; con los demás, el primero», dijo el Fundador.

Santa coacción

Sus detractores encuentran hoy poco evangélico ese espíritu cor­porativo, que lo llevaba a reclamar «sacerdotes que se sacrifiquen gustosos por sus hermanos» y «hombres jóvenes que van a servir a todas las almas, especialmente a las de sus hermanos».

Cuando alguno de los hermanos se alejaba más de la cuenta del buen camino, El Padre lo recriminaba con energía. Sus críticos lo consideran «arrebatos de ira». Sus hijos, «santa intransigencia». Pa­ra devolver a un hijo al recto camino aceptaba utilizar, siempre por su bien, todo tipo de presiones: lo que él llamaba «santa coacción». Los ataque exteriores recomendaban a veces recurrir a la «santa des­vergüenza». Hermanos separados aseguran que es común en el Opus Dei, y lo fue en su fundador, el recurso a la santa mentira, siempre encaminada a un fin apostólico.

La correcta educación de los jóvenes recomendaba el control de sus lecturas, conversaciones privadas, correspondencia, llamadas, amistades y relaciones familiares… Incluso los supernumerarios, que no hacen votos, han de aceptar estrictas normas de conducta. Un joven del Opus no puede besar a su chica así como así… Además, si es como Dios manda, no se echará novia sin consultar primero con su director espiritual.

El neurocirujano Manuel G.P., que actualmente reside en Méxi­co, explicó así a esta revista por qué dejó la organización: «Fue cuan­do conocí a la que hoy es mi esposa. Me dijeron que no me conve­nía, que la dejara. Que sólo había estudiado primaria y yo me tenía que buscar una de mi nivel. Me pareció inadmisible».

María Jesús, de Madrid, se fue hace unas semanas del Opus Dei, donde estuvo tres años. «Al salir no me dejaban en paz», dice. Cuan­do estaba dentro le controlaban «hasta la ropa. Descartados los pan­talones, la falda corta y la ropa ceñida. Al final, todas acabábamos por tener un aire inconfundible. Se inmiscuían en todo, incluso en mi familia y en mis relaciones afectivas. No era libre, aunque pro­clamaran que lo era».

Santo marqués

Los numerarios de la vieja escuela, como Encarnación Ortega, se sienten «libérrimos». Una palabra que encantaba al Fundador, quien, a decir de sus hijos, «ya en vida tuvo gran fama de santo». Convencidos de que era un elegido de Dios daban por seguro su ascenso a los altares. Quizás por ello, celebraran todo cuanto hacía. Sólo una cosa desconcertó a sus hijos y puso por un tiempo su san­tidad en cuarentena: la rehabilitación del título de marqués de Pe­ralta. Su explicación disipó rápidamente las filiales dudas: «Al pe­dir el título cumplo un deber de justicia con mi familia». Hacerse marqués no era falta de humanidad sino gesto de generosidad. El propio Vaticano da por buena esta explicación.

Antes de ceder el marquesado a su hermano, los disfrutó durante algunos años [más de cuatro]. El cura Vladimir Felzman, que convivió con él en esa época, recuerda cómo le expresó «su satisfacción cuando descu­brió que tenía un pasado aristocrático» y «su regocijo cuando se di­señó su escudo de armas y hablamos de dónde podría colocarse en la casa central».

Tres personas habían intervenido en la consecución del título. Una, Alvaro del Portillo, amigo y compañero, que encargó rastrear su pa­sado cuando advirtió que Escrivá iba para santo. Otra, el general Franco, que lo firmó gustoso a quien tan buenos ministros le había formado.

Entre una y otra estaba un profesional de la rehabilitación: Adol­fo Castillo Genzor, de Zaragoza. De uno a tres millones de pesetas solía cobrar por cada servicio. En 1987, poco antes de su muerte, se vio implicado en un escándalo por rehabilitación fraudulenta de títulos nobiliarios. Falsificar títulos era una costumbre muy arrai­gada en aquella época.

Luis Carandell y otros estudiosos de la vida de Escrivá conside­ran el episodio como una muestra más de la «ambición de Escrivá», de sus terrenales sueños de grandeza. Le gustaba, por ejemplo, que lo fueran a esperar a la frontera cada vez que viajaba a España, co­mo si fuera un jefe de Estado. Le encantaba viajar en coche grande, «más grande que el de un ministro» y le fascinaban ciertos signos externos de riqueza.

Colección de medallas

Su dormitorio era austero, pero el comedor y el cuarto de estar costaron un dineral. Con los objetos litúrgicos no reparaba en gas­tos. Se enfadó cuando pidió un sagrario de brillantes y se lo trajeron de oro. Se encargó personalmente de dar suntuosidad al santuario de Torreciudad, cuya virgen lo libró de la muerte, cuando era niño.

Sus hagiógrafos encuentran razonables estas inversiones, que Den­nis M. Helmin explica así: «Torreciudad es una muestra más de la aversión que el Fundador tenía ante la cicatería cuando se trataba del culto divino». Su famosa colección de medallas y condecoracio­nes, tan chocante con sus ideas (esas cosas son «hinchazones de so­berbia», decía), también tiene su explicación: «Era para no desairar a quienes se las concedían».

Con el tiempo, el trato cariñoso de sus hijos derivó en eso que sus críticos llaman «culto a la personalidad». El mismo lo fomenta­ba. En 1946 visitó en dos ocasiones Barcelona y las dos veces rezó ante la Virgen de la Merced. La segunda mandó pintar una Virgen de la Merced con dos fechas, las de sus dos rezos: 21 de junio-21 de octubre de 1946.

No presumía de su hilo directo con Dios, pero recordaba con fre­cuencia su condición de instrumento divino, sus presagios de ado­lescente y sus visiones de adulto. De cuando en cuando echaba al­gún leño que avivaba su fama de santo. Una vez contó que al rezar había dicho:

-Señor, aquí tienes a tu burrito sarnoso.

Alguien le respondió desde lo alto:

-Un burrito fue mi trono en Jerusalén.

Sólo a él nombran con las palabras que figuran en su lápida: «El Padre». No «El Padre Escrivá», como un cura cualquiera: «El Pa­dre». Una denominación que los católicos suelen reservar a Dios. No está claro a quién se refiere cuando dice a sus hijos:

-El cielo será como una tertulia con el Padre.

Una vez, delante de unas cámaras, se postró ante una anciana que se arrodillaba ante él:

-No, hija mía, todos somos iguales, todos somos hijos de Dios.

Pero algunas ex numerarias recuerdan que el rodillazo en su pre­sencia era obligatorio. Si invitaba a comer a un cardenal, las sirvien­tas debían servirle a él primero. «He conocido a siete papas y cientos de cardenales y obispos, pero fundador del Opus Dei sólo hay uno».

Era de poco comer, pero exigía que la mesa estuviese perfecta­mente dispuesta e impecablemente servida. También pedía los ma­yores niveles de calidad culinaria. Cuenta Moncada que en cierta ocasión obligó a una cocinera a repetir siete veces una tortilla hasta que estuvo a su gusto.

Sus hijos siempre estaban dispuestos para cualquier contingencia: la fruta que le gustaba, el plato preferido, un repentino cambio de decoración. Se ha escrito que, en ocasiones, uno iba delante de él midiendo la temperatura de los cuartos: no querían que un mal aire lo hiciera santo antes de la cuenta.

Le preocupaba la apariencia. Carmen Tapia asegura que en épo­cas difíciles tenían que ayunar para poder comprar cubiertos de oro: «Eran tiempos de hambre y los cubiertos se compraban por poco. Además, servían para quedar bien con los representantes del Vati­cano, con los que había negociaciones en curso».

El testimonio de Tapia no ha sido escuchado por el tribunal que estudió su beatificación. Oficialmente, El Padre no tuvo secretaria. Muchos recuerdan sin embargo a esta mujer de talento y belleza, cuya presencia junto a Escrivá confirma un lugar común de la lite­ratura contemporánea: los hombres poderosos casi siempre tienen una guapa al lado.

Muy hombre

Tuvo una relación muy particular con el sexo femenino. «No ha­brá -ni de broma- mujeres en el Opus», dijo al principio. Una revelación divina le recomendó aceptarlas, pero quienes lo cono­cieron, como Miguel Fisac, aseguran que «tenía manía a las mujeres». Dijo en Camino: «Ellas no hace falta que sean sabias, basta que sean discretas».

Su obra ensalza continuamente los atributos del varón. Le gusta­ba Santa Teresa porque era «una santa muy masculina». Siempre qui­so que hubiera barreras entre hombres y mujeres. Muchos curas de su época pensaban así: cuando un hombre y una mujer están jun­tos… el demonio acaba por meterlos en la misma cama. Cuando en la guerra le ofrecieron refugio en un piso donde había una criada «de 22 ó 23 años» tiró la llave por una alcantarilla. Él mismo se lo contó a Álvaro del Portillo.

Su misoginia, si es cierto que la tuvo, se dulcificó con el tiempo. Pronto descubrió que la colaboración de las mujeres podía ser de utilidad: hacían mucho más grata la vida de los futuros santos. Se esforzó por santificar el servicio doméstico. «¡Deberíamos besar vuestros delantales!».

Sabiéndose candidatas de altar, las sirvientas trabajaban con más entrega y ahínco. Con el tiempo, las mujeres del Opus empezaron a participar en tareas apostólicas similares a las de los hombres, pe­ro «el apostolado de los apostolados», como decía el Fundador, se­guiría siendo la administración y cuidado de los centros.

CAMBIO 16 ha conseguido el testimonio de una de aquellas cria­das. María Rosa L.M., hoy es funcionaria por oposición en la Ad­ministración gallega, trabajó durante un tiempo para dos señoras del Opus, dos hermanas, que acabaron convenciéndola de que santifi­cara su trabajo, aunque no cotizaran por ella en la Seguridad So­cial. Ingresó en la Obra.

-Pero luego me fui, estaban abusando de mí. Resulta que los del Opus en aquella época tenían las mejores criadas de Orense. ¡Con aquello de que íbamos para santas…!

ExOpus

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