Encuesta realizada entre 1970 y 1974
MANUEL JIMÉNEZ DE PARGA
Catedrático de Derecho Político de la Universidad de Barcelona.
Creo que procede distinguir, antes de dar una respuesta, entre el Opus Dei como asociación religiosa de la Iglesia Católica, y el Opus Dei como grupo político que opera en la vida española.
1. No pertenezco a la entidad religiosa Opus Dei porque no he sentido la vocación para ello. Tampoco soy jesuita, ni dominico, ni formo parte de las Conferencias de San Vicente. Sin embargo, esta posición mía, al margen de esa y otras asociaciones religiosas, no me lleva a rebajar en nada la alta estimación que siento por quienes realizan su vida, en este mundo, encuadrados en filas de esa clase. Para los miembros del Opus Dei que entraron y se mantienen en la Obra respondiendo a una llamada religiosa, mi profundo respeto. Tengo en el Opus excelentes amigos, algunos de ellos compañeros de la época de estudiante.
2. Opinión muy distinta me merecen quienes, arropados por el Opus Dei, se dedican a la vida política en España. Es cierto que el Opus no es un grupo de naturaleza política. Acabo de decirlo yo también. Pero aunque no sea un grupo de índole política, ningún observador imparcial de la escena pública española puede negar la presencia del Opus en la misma. Y esta proyección de la asociación religiosa en la vida política me parece francamente mala, por varios motivos.
Hay que tener en cuenta, en primer lugar, que el actual Régimen español no permite la actuación de partidos políticos. Por tanto, la vacante institucional que se produce con la prohibición de los partidos es ocupada por grupos de naturaleza no política: grupos económicos, profesionales, culturales, y también grupos religiosos. Todos ellos se aprovechan (y algunos de sus componentes obtienen óptimos beneficios) de la condena legal de los partidos. Se produce una separación de los españoles en dos clases: a) Los que pueden asociarse y actuar potenciados con la fuerza del grupo a que pertenecen; b) Los que no pueden (o no quieren) integrarse en asociaciones con poder real y efectivo. Mientras que los primeros, operando dentro de una organización (económica, religiosa, etc..) y con la cobertura de esa organización, están en condiciones de realizar auténticos actos políticos, los segundos -los que actúan aisladamente- sólo pueden aspirar a ser francotiradores sin eficacia política.
Entre todas las organizaciones de naturaleza no política que, a partir de 1939, se han proyectado en la vida pública, sin duda el Opus fue la más dominante. Hace unos años, en un comentario escrito, califiqué al Régimen español como «Régimen de grupo de presión dominante», y de forma expresa indiqué allí que el Opus Dei era ese grupo políticamente privilegiado.
A mí no me parece que sean igualmente condenables los grupos de presión en sistemas de convivencia democrática, donde se permite el libre funcionamiento de los partidos, y en sistemas sin partidos políticos. Si aquí viviéramos en un régimen pluralista, con partidos, mi actitud ante el Opus sería diferente. Pero cuando se utiliza una asociación religiosa, como ocurre entre nosotros, para conseguir la eficacia que normalmente –en los regímenes bien articulados- proporcionan las organizaciones políticas, yo siento un profundo malestar. Experimento la sensación de que la inmensa mayoría del país son «súbditos» (sin participación alguna en las grandes decisiones), al tiempo que una minoría, unos cuantos cientos, son, a su modo, «ciudadanos» (pues son ellos los únicos que hacen y deshacen en el área política). Percibo claramente, como otros muchos españoles, que una legión de «arribistas» (a quienes la religión debe importar poco) procuran aproximarse al grupo de presión dominante, aunque sea pagando el precio de fingir vocación religiosa, o casi-vocación religiosa. El panorama es francamente triste. Nuestros hijos, dentro de diez o veinte años, nos echarán en cara que soportamos demasiado tiempo unas fórmulas de mando que proporcionan todo el poder a unos pocos.
Por otro lado, y al no ser el Opus Dei un grupo de naturaleza política, sus actuaciones públicas quieren que no se imputen a la organización. Todo se realiza entre bastidores, con influencias indirectas, utilizando caminos torcidos y -lo que es gravísimo- sin asumir la responsabilidad que comporta el ser titular conocido de una decisión política. ¡Nadie se considera autor de los fracasos!
Por todo ello, y por otras muchas razones, no me gusta el régimen de grupo de presión dominante, con el Opus de protagonista en la escena.






