Gustave Le Bon: Psicología De Las Masas (1895)

Psicología De Las Masas (1895)
Gustave Le Bon
El Alma De Las Masas
CAPÍTULO 1. Características generales de las masas. Ley psicológica de su unidad mental.
Qué es lo que constituye una masa desde el punto de vista psicológico. -Una aglomeración numerosa de individuos no basta para formar una masa. -Características especiales de las masas psicológicas. -Orientación fija de las ideas y sentimientos de los individuos que las componen y desaparición de su personalidad. -La masa está siempre dominada por el inconsciente. -Desaparición de la vida cerebral y predominio de la vida medular. -Disminución de la inteligencia y transformación completa de los sentimientos. -Los sentimientos transformados pueden ser mejores o peores que los de los individuos que componen la masa. -La masa puede ser tan fácilmente heroica, como criminal.
CAPÍTULO 2. Sentimientos y moralidad de las masas.
1. Impulsividad, movilidad e irritabilidad de las masas. -La masa es juguete de todas las excitaciones exteriores y refleja las incesantes variaciones de las mismas. -Los impulsos a los que obedece son lo bastante imperiosos como para que se borre el interés personal. -En las masas no hay nada premeditado. -Acción de la raza.
2. Sugestibilidad y credulidad de las masas. -Su docilidad a las sugestiones. -Las imágenes evocadas en su espíritu son tomadas por ellas como realidades. -Por qué estas imágenes son similares en todos los individuos que componen una masa. -Equiparación del sabio y del imbécil dentro de la masa. -Ejemplos diversos de las ilusiones a las que están sujetos todos los individuos de una masa. -Imposibilidad de prestar crédito alguno al testimonio de las masas. -La unanimidad de numerosos testigos es una de las peores pruebas que se pueden invocar para establecer un hecho. -Escaso valor de los libros de historia.
3. Exageración y simplismo de los sentimientos de las masas. -Las masas no conocen ni la duda ni la incertidumbre y tienden siempre a los extremos. -Sus sentimientos son siempre excesivos.
4. Intolerancia, autoritarismo y conservadurismo de las masas. -Razones de estos sentimientos. -Servilismo de las masas ante una autoridad fuerte. -Los instintos revolucionarios momentáneos de las masas no les impiden ser extremadamente conservadoras. -Son instintivamente hostiles a los cambios y al progreso.
5. Moralidad de las masas. -La moralidad de las masas puede, según las sugestiones, ser mucho más baja o mucho más elevada que la de los individuos que las componen. -Explicación y ejemplos. -Las masas tienen raramente como guía el interés, el cual es la mayoría de las veces el móvil exclusivo del individuo aislado. -Papel moralizador de las masas.
CAPÍTULO 3. Ideas, razonamientos e imaginación de las masas.
l. Las ideas de las masas. -Las ideas fundamentales y las ideas accesorias. -Cómo pueden subsistir simultáneamente ideas contradictorias. -Transformaciones que deben experimentar las ideas superiores para ser accesibles a las masas. -El papel social de las ideas es independiente de la parte de verdad que puedan contener.
2. Los razonamientos de las masas. -Las masas no son influenciables mediante razonamientos. -Los razonamientos de las masas son siempre de orden muy inferior. -Las ideas que asocian no tienen sino apariencias de analogía o de sucesión.
3. La imaginación de las masas. -Poder de imaginación de las masas. -Piensan por imágenes y estas imágenes se suceden sin nexo alguno. -A las masas les llama sobre todo la atención el lado maravilloso de las cosas. -Lo maravilloso y lo legendario son los auténticos pilares de las civilizaciones. -La imaginación popular ha sido siempre la base de los hombres de Estado. -Cómo se presentan los hechos capaces de despertar la imaginación de las masas.
CAPÍTULO 4. Formas religiosas que revisten todas las convicciones de las masas.
Qué es lo que constituye el sentimiento religioso. -Es independiente de la adoración de una divinidad. -Sus características. -Poder de las convicciones que revisten forma religiosa. -Ejemplos diversos. -Los dioses populares no han desaparecido jamás. -Formas nuevas con las que renacen -Formas religiosas del ateísmo. -Importancia de estas nociones desde el punto de vista histórico. -La Reforma, la noche de San Bartolomé, el Terror y todos los acontecimientos análogos son consecuencia de los sentimientos religiosos de las masas y no de la voluntad de individuos aislados.
Las Opiniones Y Las Creencias De Las Masas
CAPÍTULO 1. Factores lejanos de las creencias y las opiniones de las masas.
Factores preparatorios de las creencias de las masas. -La eclosión de las creencias de las masas es consecuencia de una elaboración anterior. -Estudio de los diversos factores de estas creencias.
1. La raza. -Influencia predominante que ejerce. -Representa las sugestiones de los antepasados.
2. Las tradiciones. -Son la síntesis del alma de la raza. -Importancia social de las tradiciones. -Por qué tras haber sido necesarias se convierten en nocivas. -Las masas son las más tenaces conservadoras de las ideas tradicionales.
3. El tiempo. -Prepara sucesivamente el establecimiento de las creencias y luego su destrucción. -Gracias a él, el orden puede surgir del caos.
4. Las instituciones políticas y sociales. -Idea errónea acerca de su papel. -Su influencia es sumamente débil. -Son efectos, y no causas. -Los pueblos no saben elegir las mejores instituciones. -Las instituciones son etiquetas que, bajo un mismo título, albergan las cosas más diversas entre sí. -Cómo pueden crearse las constituciones. -Necesidad de ciertas instituciones, teóricamente malas, tales como la centralización, para determinados pueblos.
5. La instrucción y la educación. -Error de las ideas actuales acerca de la influencia de la instrucción en las masas. -Indicaciones estadísticas. -Papel demoledor de la educación latina. -Papel que podrían ejercer la instrucción. -Ejemplos proporcionados por diversos pueblos.
CAPÍTULO 2. Factores inmediatos de las opiniones de las masas.
1. Las imágenes, las palabras y las fórmulas. -Poder mágico de las palabras y las fórmulas. -El poder de las palabras está vinculado a las imágenes que evocan y es independiente de su sentido real. -Estas imágenes varían de época en época, de raza en raza. -Deterioro de las palabras. -Ejemplos de considerables variaciones del sentido de algunas palabras muy usuales. -Utilidad política de bautizar con nombres nuevos cosas antiguas, cuando los vocablos con los que se las designaba proporcionan una impresión penosa a las masas. -Variaciones del sentido de las palabras según la raza. -Diferentes sentidos de la palabra democracia en Europa y en América.
2. Las ilusiones. -Su importancia. -Se las encuentra en la base de todas las civilizaciones. -Necesidad social de las ilusiones. -Las masas las prefieren siempre a las verdades.
3. La experiencia. -Tan sólo la experiencia puede establecer en el alma de las masas verdades que resultan necesarias y destruir las ilusiones que se han convertido en peligrosas. -La experiencia no actúa sino a condición de ser repetida con frecuencia. -Lo que cuestan las experiencias necesarias para persuadir a las masas.
4. La razón. -Su nula influencia sobre las masas. -No se actúa sobre las masas sino operando sobre sus sentimientos inconscientes. -Papel de la lógica en la historia. -Las causas secretas de los acontecimientos inverosímiles.
CAPÍTULO 3. Los conductores de masas y sus medios de persuasión.
l. Los conductores de masas. -Necesidad instintiva de todos los seres agrupados de obedecer a un líder. -Psicología de los líderes. -Tan sólo ellos pueden crear fe y proporcionar una organización a las masas. -Forzoso despotismo de los líderes. -Clasificación de los líderes. -Papel de la voluntad.
2. Los medios de acción de los líderes: la afirmación, la repetición, el contagio. -Papel respectivo de estos diversos factores. -Cómo puede pasar el contagio desde las capas inferiores hasta las capas superiores de una sociedad. -Una opinión popular se convierte muy pronto en una opinión general.
3. El prestigio. -Definición y clasificación del prestigio. -El prestigio adquirido y el prestigio personal. -Diversos ejemplos. -Cómo muere el prestigio.
CAPÍTULO 4. Límites de la variabilidad de las creencias y las opiniones de las masas.
1. Las creencias fijas. -invariabilidad de ciertas creencias generales. -Son las que guían a una civilización. -Dificultad de desarraigarlas. -Por qué la intolerancia constituye una virtud para los pueblos. -Que una creencia general sea filosóficamente absurda no puede perjudicar a su propagación.
2. Las opiniones móviles de las masas. -Extrema movilidad de las opiniones que no derivan de las creencias generales. -Variaciones aparentes de las ideas y las creencias en menos de un siglo. -Límites reales de estas variaciones. -Elementos sobre los que ha operado la variación. -La desaparición actual de las creencias generales y la extrema difusión de la prensa hacen que, en la actualidad, fluctúen cada vez más las opiniones. -Cómo las opiniones de las masas tienden, en la mayoría de los temas, a la indiferencia. -Impotencia de los gobiernos para dirigir a la opinión, como lo hacían antes. -La actual fragmentación de las opiniones impide su tiranía.
Clasificación Y Descripción De Las Diversas Categorías De Masas
CAPÍTULO 1. Clasificación de las masas.
Divisiones generales de las masas. -Su clasificación.
1. Las masas heterogéneas. -Cómo se diferencian. -Influencia de la raza. -El alma de la masa es tanto más débil cuanto más fuerte es el alma de la raza. -El alma de la raza representa el estado de civilización y el alma de la masa el estado de barbarie.
2. Las masas homogéneas. -División de las masas homogéneas. -Las sectas, las castas y las clases.
CAPÍTULO 2. Las masas calificadas de criminales.
Una masa puede ser legalmente criminal, pero no lo es desde el punto de vista psicológico. -Los actos de las masas son por completo inconscientes. -Diversos ejemplos. -Psicología de los septembristas. -Sus razonamientos, su sensibilidad, su ferocidad y su moralidad.
CAPÍTULO 3. Los jurados de las audiencias provinciales.
Los jurados. -Características generales. -La estadística muestra que sus decisiones no dependen de su composición. -Cómo resultan impresionados los jurados. -Escasa acción del razonamiento. -Métodos de persuasión de abogados célebres. -Naturaleza de los crímenes frente a los cuales los jurados se muestran indulgentes o bien severos. -Utilidad de la institución del jurado y riesgo extremo que supondría su sustitución por magistrados.
CAPÍTULO 4. Las masas electorales.
Características generales de las masas electorales. -Cómo se las persuade. -Cualidades que debe poseer el candidato. -Necesidad de prestigio. -Por qué los obreros y los campesinos eligen tan raramente candidatos surgidos de entre ellos. -Poder de las palabras y de las fórmulas sobre el elector. -Aspecto general de las discusiones electorales. -Cómo se forman las opiniones del elector. -Poder de los comités. -Representan la forma más temible de tiranía. -Los comités de la Revolución Francesa. -A pesar de su escaso valor psicológico, el sufragio universal no puede ser sustituido. -Por qué serían idénticas las votaciones, aun cuando se restringiese el derecho de sufragio a una clase limitada de ciudadanos. -Lo que expresa el sufragio universal en todos los países.
CAPÍTULO 5. Las asambleas parlamentarias.
Las masas parlamentarias presentan la mayoría de las características comunes a las masas heterogéneas no anónimas. -Simplismo de las opiniones. -Sugestibilidad y limites de la misma. -Opiniones fijas irreductibles y opiniones móviles. -Por qué predomina la indecisión. -Papel de los líderes. -Razón de su prestigio. -Son los auténticos dueños de una asamblea, cuyos votos no son pues, sino los de una reducida minoría. -Poder absoluto que ejercen. -Elementos de su arte oratorio. -Las palabras y las imágenes. -Necesidad psicológica de que los líderes estén en general convencidos y sean de luces limitadas. -Imposibilidad que tiene el orador sin prestigio para hacer admitir sus razonamientos. -Exageración de los sentimientos, buenos y malos, en las asambleas. -Automatismo que alcanzan las asambleas en determinados momentos. -Las sesiones de la Convención. -Casos en los que una asamblea pierde las características de las masas. -Influencia de los especialistas en las cuestiones técnicas. -Ventajas y riesgos del régimen parlamentario en todos los países. -Está adaptado a las necesidades modernas, pero da lugar al derroche financiero y a la progresiva restricción de todas las libertades. -Conclusión.
Gustave Le Bon (1841-1931) fue un hombre muy culto y sabio: filósofo, médico, psicólogo, etnógrafo, y con esta obra: Psicología de las masas, elaboró un manual con el cual los políticos y líderes supieran como manipular y dirigir a su antojo a las masas incultas, es decir, a los que no pueden reaccionar a las manipulaciones por desconocer las técnicas con las que son esclavizados.
Para el público en general esta obra resulta sumamente interesante, sobre todo, para prevenirnos de las maniobras que propone, ya que a pesar de estar escrito en 1895 ha sido y sigue siendo un libro de referencia y fuente de inspiración para seres sin escrúpulos: muchos políticos, lideres, vendedores, fundadores de sectas… y en general para todos aquellos que desean vivir a costa del sudor del prójimo. Basta observar la importancia que le otorgan al haberlo traducido a casi todos los idiomas: español, alemán, inglés, ruso, checo, sueco, turco, polaco, japonés, árabe, etc.; y cómo se comportan según sus criterios los medios masivos de comunicación para dirigir los gustos y controlar las opiniones del pueblo, para estar de acuerdo en que este libro fue y sigue siendo el canon de los aspirantes a desaprensivos sectarios, políticos y dictadores.
El conjunto de características comunes impuestas por el medio y la herencia a todos los individuos de un pueblo constituye el alma de dicho pueblo.
Estas características, al ser de origen ancestral, son muy estables. Pero cuando, bajo diversas influencias, cierto número de individuos se encuentran momentáneamente reunidos, la observación demuestra que a sus peculiaridades ancestrales se añade una serie de características nuevas, en ocasiones muy diferentes de las de la raza.
Su conjunto constituye un alma colectiva, poderosa, pero momentánea.
Las masas han desempeñado siempre un papel importante en la historia, sin embargo nunca de forma tan considerable como ahora. La acción inconsciente de las masas, al sustituir a la actividad consciente de los individuos, representa una de las características de la época actual.
CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LAS MASAS.
LEY PSICOLÓGICA DE SU UNIDAD MENTAL
En su acepción corriente, el vocablo masa, en el sentido de muchedumbre, representa un conjunto de individuos de cualquier clase, sean cuales fueren su nacionalidad, profesión o sexo, e independientemente de los motivos que los reúnen.
Desde el punto de vista psicológico, la expresión masa asume una significación completamente distinta. En determinadas circunstancias, y tan sólo en ellas, una aglomeración de seres humanos posee características nuevas y muy diferentes de las de cada uno de los individuos que la componen. La personalidad consciente se esfuma, los sentimientos y las ideas de todas las unidades se orientan en una misma dirección. Se forma un alma colectiva, indudablemente transitoria, pero que presenta características muy definidas. La colectividad se convierte entonces en aquello que, a falta de otra expresión mejor, designaré como masa organizada o, si se prefiere, masa psicológica. Forma un solo ser y está sometida a la ley de la unidad mental de las masas.
El hecho de que muchos individuos se encuentren accidentalmente unos junto a otros no les confiere las características de una masa organizada. Mil sujetos reunidos al azar en una plaza pública, sin ninguna finalidad determinada, no constituyen en absoluto una masa psicológica. Para adquirir las correspondientes características especiales, es precisa la influencia de determinados excitantes cuya naturaleza hemos de determinar.
La disolución de la personalidad consciente y la orientación de los sentimientos y pensamientos en un mismo sentido, que son los primeros rasgos de la masa en vías de organizarse, no implican siempre la presencia simultánea de varios individuos en un mismo lugar. Millares de sujetos separados entre sí, en un determinado momento y bajo la influencia de ciertas emociones violentas (un gran acontecimiento nacional, por ejemplo), pueden adquirir las características de una masa psicológica. Un azar cualquiera que les reúna bastará entonces para que su conducta revista inmediatamente la especial forma de los actos de masa. En determinados momentos de la historia, media docena de hombres pueden constituir una muchedumbre psicológica, mientras que centenares de individuos reunidos accidentalmente podrán no formarla. Por otra parte, un pueblo entero, y sin que haya aglomeración visible, se convierte en ocasiones en masa, bajo la acción de alguna influencia.
Una vez formada, la masa psicológica adquiere características generales provisionales, pero determinables. A estas características generales se añaden otras particulares, que varían según los elementos que la compongan y que pueden modificar su estructura mental.
Las masas psicológicas son, por tanto, susceptibles de clasificación. El estudio de esta última nos mostrará que una muchedumbre heterogénea, compuesta por elementos distintos entre sí, presenta rasgos comunes con las masas homogéneas, formadas por elementos más o menos similares (sectas, castas y clases), por caracteres comunes, y junto a éstos por particularidades que permiten diferenciarlas.
Antes de ocuparnos de las diversas categorías de masas, vamos a examinar las características comunes a todas ellas. Operaremos como el naturalista, comenzando por determinar los rasgos generales de los individuos de una familia, y luego los particulares que diferencian a los géneros y las especies que se incluyen en ella.
El alma de las masas no es fácil de describir; su organización varía, no solamente con arreglo a la raza y la composición de las colectividades sino también según la naturaleza y el grado de las excitaciones a que está sometida. Por otra parte, la misma dificultad se presenta en el estudio psicológico de un ser humano cualquiera. En las novelas, los individuos se manifiestan con un carácter constante, pero no sucede así en la vida real. Tan sólo la uniformidad de los medios ambientes crea la igualdad aparente de los caracteres. He demostrado en otro lugar que todas las constituciones mentales contienen modos de ser potenciales que pueden revelarse bajo la influencia de un brusco cambio de medio ambiente. Así, entre los más feroces miembros de la Convención se encontraban inofensivos burgueses que, en circunstancias corrientes, habrían sido pacíficos notarios o virtuosos magistrados. Una vez transcurrida la tormenta, recuperaron su carácter normal. Napoleón halló entre ellos sus más dóciles servidores.
Ya que no podemos analizar aquí todas las etapas de formación de las masas, las estudiaremos, sobre todo, en la fase de su completa organización. Veremos así en qué pueden convertirse, pero no lo que siempre son. Unicamente en esta fase avanzada de organización se superponen, al fondo invariable y dominante de la raza, ciertas características nuevas y especiales, dando lugar a que todos los sentimientos y pensamientos de la colectividad se orienten en idéntica dirección. Tan sólo entonces se manifiesta la que anteriormente he denominado ley psicológica de la unidad mental de las masas.
Las masas tienen diversas características psicológicas comunes con los individuos aislados; otras, por el contrario, no se encuentran sino en las colectividades. Vamos a estudiar primeramente estas características especiales, a fin de mostrar su importancia.
El hecho más llamativo que presenta una masa psicológica es el siguiente: sean cuales fueren los individuos que la componen, por similares o distintos que puedan ser su género de vida, ocupaciones, carácter o inteligencia, el simple hecho de que se hayan transformado en masa les dota de una especie de alma colectiva. Este alma les hace sentir, pensar y actuar de un modo completamente distinto de como lo haría cada uno de ellos por separado. Determinadas ideas, ciertos sentimientos no surgen o no se transforman en actos más que en los individuos que forman una masa. La masa psicológica es un ser provisional, compuesto por elementos heterogéneos, soldados de forma momentánea, de un modo absolutamente igual a como las células de un cuerpo vivo forman, por su reunión, un ser nuevo que manifiesta características muy diferentes de las que posee cada una de las células que lo componen.
Contrariamente a una opinión, que nos asombra sea debida a la pluma de un filósofo tan agudo como Herbert Spencer, en el conjunto que constituye una masa no existe en absoluto una suma y un término medio de los elementos, sino una combinación y una creación de características nuevas. Lo mismo sucede en química. Puestos en mutua presencia ciertos elementos -las bases y los ácidos por ejemplo-, se combinan para formar un cuerpo nuevo dotado de propiedades diferentes de las de aquellos que han servido para constituirlo.
Es fácil comprobar hasta qué punto difiere el individuo que forma parte de una masa respecto del sujeto aislado; pero es menos sencillo descubrir las causas de esta diferencia.
Para llegar a entreverlas, hay que recordar primeramente la siguiente observación de la psicología moderna: no es sólo en la vida orgánica, sino también en el funcionamiento de la inteligencia, donde desempeñan los fenómenos inconscientes un papel preponderante. La vida consciente del espíritu no representa sino un sector muy reducido, en comparación con su vida inconsciente, El analista más sutil, el observador más penetrante, no llega a descubrir más que un número muy reducido de los móviles inconscientes. Nuestros actos conscientes derivan de un substrato inconsciente, formado sobre todo por influencias hereditarias. Este substrato encierra los innumerables residuos ancestrales que constituyen el alma de la raza. Tras las causas manifiestas de nuestros actos se encuentran causas secretas ignoradas por nosotros. La mayoría de nuestros actos cotidianos son el efecto de móviles ocultos que se nos escapan.
Principalmente, todos los individuos que componen el alma de una raza se asemejan por los elementos inconscientes y difieren, por los elementos conscientes, frutos de la educación pero sobre todo de una herencia excepcional. Los hombres más diferentes entre sí por su inteligencia tienen, en ocasiones, instintos, pasiones y sentimientos idénticos. En todo aquello que se refiere a sentimientos -religión, política, moral, afectos, antipatías, etc. -, los hombres más eminentes no sobrepasan, sino en raras ocasiones, el nivel de los individuos corrientes. Entre un célebre matemático y su zapatero puede existir un abismo en su rendimiento intelectual, pero desde el punto de vista del carácter y de las creencias, la diferencia es frecuentemente nula o muy reducida.
Ahora bien, estas cualidades generales del carácter, gobernadas por el inconsciente y que poseen en un mismo grado aproximado la mayoría de los individuos normales de una raza, son precisamente aquellas que encontramos, de forma generalizada, en las masas. En el alma colectiva se borran las aptitudes intelectuales de los hombres y, en consecuencia, su individualidad. Lo heterogéneo queda anegado por lo homogéneo y predominan las cualidades inconscientes.
Esta puesta en común de cualidades corrientes nos explica por qué las masas no pueden realizar actos que exigen una elevada inteligencia. Las decisiones de interés general tomadas por una asamblea de hombres distinguidos, pero de diferentes especialidades, no son sensiblemente superiores a las que adoptaría una reunión de imbéciles. Tan sólo pueden asociar, en efecto, aquellas cualidades mediocres que todo el mundo posee. Las masas no acumulan la inteligencia, sino la mediocridad. No es todo el mundo, como se dice con frecuencia, quien tiene más ingenio que Voltaire. Ciertamente, Voltaire tiene más ingenio que todo el mundo, si es que todo el mundo representa a las masas.
Pero si los individuos que forman una masa se limitasen a fusionar sus cualidades corrientes, se daría simplemente un término medio y no, como hemos dicho, una creación de características nuevas. ¿De qué modo se establecen estas características? Procedamos a examinarlo.
Diversas causas determinan la aparición de las especiales características de las masas. La primera de ellas es que el individuo integrado en una masa adquiere, por el mero hecho del número, un sentimiento de potencia invencible que le permite ceder a instintos que, por sí solo, habría frenado forzosamente. Y cederá con mayor facilidad, puesto que al ser la masa anónima y, en consecuencia, irresponsable, desaparece por completo el sentimiento de responsabilidad, que retiene siempre a los individuos.
Una segunda causa, el contagio mental, interviene asimismo para determinar en las masas la manifestación de características especiales y, al mismo tiempo, su orientación. Dicho contagio es un fenómeno fácil de comprobar, pero que sigue hasta ahora sin explicar y que hay que poner en relación con los fenómenos de índole hipnótica que estudiaremos a continuación. En una masa, todo sentimiento, todo acto es contagioso, hasta el punto de que el individuo sacrifica muy fácilmente su interés personal al colectivo. Se trata de una aptitud contraria a su naturaleza y que el hombre tan sólo es capaz de asumir cuando forma parte de una masa.
Una tercera causa, de mucha mayor importancia, determina en los individuos que forman masa características especiales, que a veces son muy opuestas a las del sujeto aislado. Me refiero a la sugestibilidad, cuyo contagio, anteriormente mencionado, no es sino un efecto.
Para comprender este fenómeno hay que tener presentes algunos descubrimientos recientes de la fisiología. Hoy día sabemos que puede llevarse a un individuo a un estado tal que, habiendo perdido su personalidad consciente, obedezca todas las órdenes del operador que le ha hecho llegar a este estado y cometa los actos más contrarios a su carácter y costumbres. Ahora bien, atentas observaciones parecen demostrar que el individuo, sumergido durante cierto tiempo en el seno de una masa actuante, cae muy pronto -a consecuencia de los efluvios emanados por ésta o por cualquier otra causa aún ignorada- en una situación particular, que se aproxima mucho al estado de fascinación del hipnotizado en manos de su hipnotizador. Al estar paralizada la vida del cerebro en el sujeto hipnotizado, éste se convierte en el esclavo de todas sus actividades inconscientes, que el hipnotizador dirige a su placer. La personalidad consciente se ha esfumado, la voluntad y el discernimiento han quedado abolidos. Sentimientos y pensamientos se orientan entonces en la dirección determinada por el hipnotizador.
Aproximadamente, éste es el estado del individuo que forma parte de una masa. Ya no es consciente de sus actos. En él, al igual que en el hipnotizado, mientras que son destruidas ciertas facultades, otras pueden alcanzar un grado extremo de exaltación. La influencia de una sugestión le lanzará con una fuerza irresistible a la ejecución de determinados actos. Impetuosidad más irrefrenable aún en las masas que en el sujeto hipnotizado, ya que la sugestión, al ser la misma para todos los individuos, se exagera al convertirse en recíproca. Las unidades de una masa que posean una personalidad lo bastante fuerte como para resistir a la sugestión, son muy poco numerosas y las arrastra la corriente. Podrán intentar, a lo sumo, una desviación mediante una sugestión diferente. En ocasiones, una palabra acertada, una imagen intencionadamente evocada, han apartado a las masas de los actos más sanguinarios.
Así pues, la desaparición de la personalidad consciente, el predominio de la personalidad inconsciente, la orientación de los sentimientos y las ideas en un mismo sentido, a través de la sugestión y del contagio, la tendencia a transformar inmediatamente en actos las ideas sugeridas, son las principales características del individuo dentro de la masa. Ya no es él mismo, sino un autómata cuya voluntad no puede ejercer dominio sobre nada. Por el mero hecho de formar parte de una masa, el hombre desciende varios peldaños en la escala de la civilización. Aislado era quizá un individuo cultivado, en la masa es un instintivo y, en consecuencia, un bárbaro. Tiene la espontaneidad, la violencia, la ferocidad y también los entusiasmos y los heroísmos de los seres primitivos a los que se aproxima más aún por su facilidad para dejarse impresionar por palabras, por imágenes y para permitir que le conduzcan a actos que vulneran sus más evidentes intereses. El individuo que forma parte de una masa es un grano de arena inmerso entre otros muchos que el viento agita a su capricho.
Y así vemos a jurados dictar veredictos que desaprobaría, individualmente, cada uno de los miembros; a asambleas parlamentarias que adoptan leyes y medidas que rechazaría personalmente cada uno de sus componentes. Considerados por separado, los hombres de la Convención eran burgueses de hábitos pacíficos. Reunidos en masa no vacilaron, bajo la influencia de algunos líderes, en enviar a la guillotina a los individuos más patentemente inocentes; y, en contra de todos sus intereses, renunciaron a la inviolabilidad y se diezmaron mutuamente.
El individuo inmerso en la masa no sólo difiere de su yo normal a causa de sus actos. Antes incluso de haber perdido toda independencia, se han transformado sus ideas y sentimientos, hasta el punto de que el avaro se pueda transformar en pródigo, el escéptico en creyente, el hombre honrado en criminal, el cobarde en héroe. La renuncia a todos sus privilegios, votada por la nobleza en un momento de entusiasmo durante la famosa noche del 4 de agosto de 1789, jamás hubiera sido aceptada por ninguno de sus miembros considerados aisladamente.
De las observaciones precedentes deducimos que, intelectualmente, la masa es siempre inferior al individuo aislado. Pero desde el punto de vista de los sentimientos y de los actos que éstos provocan, puede ser mejor o peor, según las circunstancias. Todo depende del modo como se la sugestione. Esto es lo que no han visto los escritores que han estudiado a las masas tan sólo desde el punto de vista criminal. Desde luego, las masas son frecuentemente criminales, pero también son heroicas en muchas ocasiones. Se las conduce fácilmente a dejarse matar por el triunfo de una creencia o de una idea, se las entusiasma por la gloria y el honor, se las arrastra casi sin pan y sin armas, como durante las cruzadas, para librar del infiel la tumba de un dios o, como en 1793, para defender el suelo de la patria. Heroísmos sin duda un tanto inconscientes, pero que son los que hacen la historia. Si no se anotaran en el activo de los pueblos más que las grandes acciones fríamente razonadas, los anales del mundo registrarían muy pocas cosas.
SENTIMIENTOS Y MORALIDAD DE LAS MASAS
Tras haber señalado de un modo muy general las principales características de las masas, vamos a estudiarlas ahora en detalle.
Varios de sus rasgos especiales, como la impulsividad, irritabilidad, incapacidad de razonar, ausencia de juicio y de espíritu crítico, exageración de los sentimientos, etc., pueden observarse también en seres pertenecientes a formas inferiores de evolución, como son el salvaje y el niño. Se trata de una analogía que no señalo más que de pasada. Su demostración excedería el marco de esta obra. Por otra parte, sería inútil para las personas que están al corriente de la psicología de los primitivos y apenas convencería a quienes la ignoran.
Voy a abordar ahora, sucesivamente, las diversas características fáciles de observar en la mayoría de las masas.
1. Impulsividad, movilidad e irritabilidad de las masas.
Ya hemos dicho al estudiar las características fundamentales de la masa que ésta es conducida casi exclusivamente por el inconsciente. Sus actos están mucho más influidos por la médula espinal que por el cerebro. Las acciones realizadas pueden ser perfectas en cuanto a su ejecución, pero al no estar dirigidas por el cerebro, el individuo actúa según los azares de la excitación. La masa, juguete de todos los estímulos exteriores, refleja las incesantes variaciones de los mismos. Es, por tanto, esclava de los impulsos recibidos. El individuo aislado puede hallarse sometido a las mismas excitaciones que el hombre-masa; pero cuando su razón le muestra los inconvenientes de someterse a las mismas, no cede. Desde el punto de vista fisiológico, puede definirse este fenómeno diciendo que el individuo aislado posee la aptitud de dominar sus reflejos, mientras no ocurre así en la masa.
Los diversos impulsos a los cuales obedecen las masas podrán ser, según las excitaciones, generosos o crueles, heroicos o pusilánimes, pero siempre serán tan imperiosos que el propio instinto de conservación se borrará ante ellos.
Las masas son extremadamente móviles por ser diversos los excitantes susceptibles de sugestionarlas y por obedecer ellas siempre a los mismos. En un instante pasan desde la ferocidad más sanguinaria a la generosidad o el heroísmo más absolutos. La masa se convierte con facilidad en verdugo, pero no menos fácilmente en mártir. De su seno han surgido los torrentes de sangre exigidos para el triunfo de toda creencia. No hay que remontarse a las edades heroicas para ver de lo que son capaces las masas. Jamás escatiman su vida en un motín, y no hace muchos años un general, convertido súbitamente en popular, habría encontrado fácilmente cien mil hombres dispuestos a hacerse matar por su causa.
En las masas no se da, pues, nada premeditado. Pueden recorrer sucesivamente la gama de los más contradictorios sentimientos, bajo la influencia de momentáneas excitaciones. Se asemejan a las hojas que el huracán eleva, dispersa en todas las direcciones, para luego dejar caer. El estudio de algunas masas revolucionarias nos proporcionará diversos ejemplos de la variabilidad de sus sentimientos.
Esta movilidad de las masas las hace muy difíciles de gobernar, sobre todo cuando ha caído en sus manos parte de los poderes públicos. Si las necesidades de la vida cotidiana no constituyesen una especie de regulador invisible de los acontecimientos, las democracias no podrían subsistir en absoluto. Pero las masas, que apetecen las cosas con frenesí, no las desean durante mucho tiempo. Son tan incapaces de voluntad persistente, como de pensamiento.
La masa no sólo es impulsiva y móvil. Al igual que el salvaje, no admite obstáculos entre su deseo y la realización de éste, y ello tanto menos, puesto que el número le proporciona un sentimiento de poder irresistible. Para el individuo integrado en una masa desaparece la noción de imposibilidad. El hombre aislado se da cuenta de que por sí solo no puede incendiar un palacio, saquear unos almacenes; no surge así en él la tentación de hacerlo. Pero cuando forma parte de una masa, toma conciencia del poder que le confiere el número y cederá inmediatamente a la primera sugerencia de muerte y pillaje. El obstáculo inesperado será destrozado con frenesí. Si el organismo humano permitiese la perpetuidad del furor, podría decirse que éste sería el estado normal de la masa contrariada.
En la irritabilidad de las masas, en su impulsividad y su movilidad, así como en todos los sentimientos populares que estudiaremos, siempre intervienen las características fundamentales de la raza. Constituyen el suelo invariable en el que germinan nuestros sentimientos. Indudablemente, las masas son irritables e impulsivas, pero con grandes variaciones en cuanto a grado. Resulta notable, por ejemplo, la diferencia entre una masa latina y una anglosajona. Los hechos recientes de nuestra historia arrojan viva luz sobre este punto. En 1870, la publicación de un simple telegrama que relataba un supuesto insulto bastó para determinar una explosión de furor de la que surgió inmediatamente una guerra terrible. Algunos años más tarde, el anuncio telegráfico de un insignificante fracaso en Langson provocó una nueva explosión que dio lugar a la caída instantánea del gobierno. En el mismo momento, el fracaso mucho más grave de una expedición inglesa ante Jartum no produjo en Inglaterra más que escasa emoción y no fue cambiado ningún ministro. Las masas son siempre femeninas, pero las más femeninas de todas son las masas latinas. Quien se apoye en ellas puede ascender muy alto y con mucha rapidez, pero bordeando sin cesar la roca Tarpeya y con la certeza de ser precipitado desde ella algún día.
2. Sugestibilidad y credulidad de las masas.
Ya hemos dicho que una de las características generales de las masas es una sugestibilidad excesiva y hemos mostrado cuan contagiosa es una sugestión en toda aglomeración humana. Esto explica la rápida orientación de los sentimientos en un determinado sentido.
Por neutra que se la suponga, la masa se encuentra generalmente en un estado de atención expectante favorable a la sugestión. La primera sugestión formulada se impone inmediatamente, por contagio, a todos los cerebros y establece en seguida la orientación. En los seres sugestionados, la idea fija tiende a transformarse en acto. Ya se trate de incendiar un palacio o de realizar un sacrificio, la masa se entrega a ello con idéntica facilidad. Todo dependerá de la naturaleza del excitante y no, como en el individuo aislado, de las relaciones existentes entre el acto sugerido y las razones que pueden oponerse a su realización.
Constantemente errante por los límites de la inconsciencia, sometida a todas las sugestiones, animada de la violencia de sentimientos propia de los seres que no pueden apelar a influencias racionales, desprovista de sentido crítico, la masa no puede sino manifestar una credulidad excesiva. Para ella no existe lo inverosímil, y es preciso recordar esto para comprender la facilidad con la que se crean y propagan las leyendas y los relatos más extravagantes(1).
La creación de las leyendas que circulan tan fácilmente entre las masas no sólo son el resultado de una credulidad completa, sino también de las prodigiosas deformaciones que experimentan los acontecimientos en la imaginación de individuos agrupados. El más simple hecho, visto por la masa, se convierte rápidamente en un acontecimiento desfigurado. La masa piensa mediante imágenes y la imagen evocada promueve, a su vez, una serie de ellas sin ningún nexo lógico con la primera. Podemos concebir fácilmente tal estado pensando en las extrañas sucesiones de ideas a las que nos conduce, a veces, la evocación de un hecho cualquiera. La razón muestra la incoherencia de tales imágenes, pero la masa no la ve, y lo que su imaginación deformante agregue al acontecimiento lo confundirá con éste. Incapaz de separar lo subjetivo de lo objetivo, admitirá como reales las imágenes evocadas en su espíritu, las cuales generalmente no poseen más que un parentesco lejano con el hecho observado.
Al parecer, las deformaciones que una masa imprime a un acontecimiento cualquiera, del cual es testigo, deberían ser innumerables y en diversos sentidos, ya que los hombres que componen la masa son de temperamentos muy variados. Pero no sucede así. A consecuencia del contagio, las deformaciones son de la misma naturaleza y en el mismo sentido para todos los individuos de la colectividad. La primera deformación percibida por un sujeto forma el núcleo de la sugestión contagiosa. San Jorge, en lugar de aparecerse en los muros de Jerusalén a todos los cruzados, seguramente no fue visto más que por uno de los presentes, pero por sugestión y contagio el milagro fue aceptado inmediatamente por todos.
Este es el mecanismo de las alucinaciones colectivas, tan frecuentes en la historia, y que parecen poseer todas las características clásicas de la autenticidad, puesto que se trata de fenómenos comprobados por millares de personas.
La calidad mental de los individuos de los que se compone la masa no contradice este principio. Esta calidad carece de importancia. Desde el momento en que forman una masa, el ignorante y el sabio se convierten en idénticamente incapaces de observación.
La tesis puede parecer paradójica. Para demostrarla habría que mencionar un gran número de hechos históricos y no bastarían varios volúmenes.
Ya que, sin embargo, no queremos dejar al lector la impresión de que afirmamos sin contar con pruebas, voy a poner algunos ejemplos tomados al azar entre todos los que podrían citarse.
El siguiente hecho es uno de los más típicos, pues ha sido elegido entre las alucinaciones colectivas de una masa en la que se encontraban individuos de todas clases, tanto ignorantes como cultos. Es referido incidentalmente por el teniente de navío Julien Félix en su libro sobre las corrientes marinas.
La fragata La Belle-Poule navegaba en busca de la corbeta Le Berceau, de la que se había separado por una violenta tempestad. Era completamente de día y lucía el sol. De pronto, el vigía señaló una embarcación a la deriva. La tripulación dirige sus miradas hacia el punto indicado y, tanto oficiales como marineros, perciben claramente una balsa cargada de hombres, remolcada por embarcaciones sobre las cuales flotaban señales de socorro. El almirante Desfossés hizo armar una embarcación para acudir en socorro de los náufragos. Al aproximarse, los marineros y los oficiales que la tripulaban veían masas de hombres que se agitaban, que tendían sus manos y escuchaban el ruido sordo y confuso de gran número de voces. Cuando llegaron a la supuesta balsa, se encontraron sencillamente frente a unas cuantas ramas de árboles, cubiertas de hojas y arrancadas a la vecina costa. Ante una evidencia tan palpable, la alucinación se desvaneció.
Este ejemplo revela muy claramente el mecanismo de la alucinación colectiva que hemos expuesto. Por una parte, una masa en estado de atención expectante; por otra, una sugestión operada por el vigía al señalar un navío a la deriva en alta mar y aceptada por contagio por todos los presentes, tanto oficiales como marineros.
No es preciso que la masa sea numerosa para que su facultad de ver correctamente quede destruida, siendo los hechos reales sustituidos por alucinaciones que no se relacionan con ellos. La reunión de unos cuantos individuos constituye una masa y, aun cuando se trate de sabios eminentes, asumen todas las características de las masas en aquellos temas que se salen de su especialidad. Se esfuman la facultad de observación y el espíritu crítico que individualmente poseen.
Un ingenioso psicólogo, Davey, nos proporciona un ejemplo muy curioso de ello, publicado por los Annales des Sciences psychiques y que merece ser relatado aquí.
Davey convocó una reunión de distinguidos observadores, entre los que se hallaba uno de los primeros sabios de Inglaterra, Wallace, y ejecutó ante ellos, tras haberles dejado examinar los objetos y poner sellos de lacre donde quisieran, todos los fenómenos clásicos de los espiritistas: materialización de espiritus, escritura en encerados, etc. Después de obtener informes escritos por tan ilustres espectadores, en los que aseguraban que los fenómenos observados no podían conseguirse más que por medios sobrenaturales, les reveló que no eran sino el resultado de supercherías muy simples. Lo más asombroso de la investigación de Davey, escribe el autor del relato, no es lo maravilloso de los trucos mismos, sino la escasa consistencia de los informes realizados por los testigos no iniciados. Así, dice, los testigos pueden realizar numerosos relatos posítivos, que son completamente erróneos, pero cuyo resultado es que, si se aceptan sus descripciones como exactas, los fenómenos que citan son inexplicables por la superchería. Los métodos inventados por Davey eran tan sencillos que asombra el que tuviese la audacia de emplearlos; pero tenía tal poder sobre el espíritu de la masa que podía persuadirla de que estaba viendo aquello que, en realidad, no veía. Se trata del poder del hipnotizador sobre el hipnotizado. Cuando se ve (como en este caso) cómo es ejercido tal poder sobre espíritus superiores, a los cuales se ha hecho además desconfiar previamente, se advierte con qué facilidad se ilusionan las masas ordinarias.
Son innumerables los ejemplos análogos. Hace algunos años, los diarios refirieron la historia de dos niñas de corta edad ahogadas en el Sena y cuyos cadáveres habían sido recuperados. Primeramente, dichas niñas fueron reconocidas del modo más categórico por una docena de testigos. Ante afirmaciones tan concordantes, el juez de instrucción no tuvo duda alguna y permitió extender el certificado de defunción; pero en el momento en que iba a procederse a la inhumación de los cadáveres, el azar hizo que se descubriese que las supuestas víctimas estaban perfectamente vivas y, por otra parte, tan sólo guardaban una lejana semejanza con las pequeñas ahogadas. Al igual que en los ejemplos anteriormente citados, la afirmación de un primer testigo, víctima de una ilusión, había bastado para sugestionar a todos los demás.
En casos similares, el punto de partida de la sugestión es siempre la ilusión producida en un individuo por medio de reminiscencias más o menos vagas, surgiendo luego el contagio mediante la afirmación de dicha ilusión inicial. Si el primer observador es muy impresionable, bastará que el cadáver al cual cree reconocer presente -fuera de toda auténtica semejanza- alguna particularidad (una cicatriz, un detalle del atuendo) capaz de evocarle la idea de tratarse de otra persona. Tal idea se convierte entonces en el núcleo de una especie de cristalización que invade el campo del entendimiento y paraliza toda facultad crítica. Lo que el observador ve entonces no es ya el objeto mismo, sino la imagen evocada en su espíritu. Así se explican los reconocimientos erróneos de cadáveres de niños por su propia madre, como en el siguiente caso, ya antiguo, y en el que vemos, precisamente, cómo se manifiestan las dos clases de sugestión cuyo mecanismo acabo de indicar.
El niño fue reconocido por otro, el cual se equivocaba. Entonces tuvo lugar la serie de reconocimientos inexactos.
Y pudo observarse algo muy extraordinario. Al día siguiente de haber reconocido un escolar el cadáver, una mujer gritó: ¡Ay, Dios mío! ¡Pero si es mi hijo!
Se la lleva junto al cadáver, examina sus defectos, comprueba la presencia de una cicatriz en la frente. Claro que es mi pobre hijo -dice- desaparecido desde el mes de julio. ¡Me lo han robado y me lo han matado! La mujer era portera en la Rue du Four y se llamaba Chavandret. Se hizo venir a su cuñado, el cual afirmó, sin vacilar: ¡Es el pequeño Philibert! Varios vecinos de la calle reconocieron a Philibert Chavandret, aparte de su propio maestro de escuela, para el cual era un indicador la medalla que llevaba.
Pues bien, los vecinos, el cuñado, el maestro de escuela y la madre se habían equivocado. Seis semanas más tarde fue establecida la identidad del cadáver. Se trataba de un niño asesinado en Burdeos y cuyo cadáver había sido enviado a París a través de una agencia. ( Éclair del 21 de abril de 1895.)
Hemos de hacer constar que, generalmente, estos reconocimientos son realizados por mujeres y niños, es decir: precisamente por los seres más impresionables. Demuestran el poco valor que pueden tener estos testimonios en asuntos judiciales. Principalmente, las afirmaciones de los niños no deberían tenerse en cuenta jamás. Los magistrados repiten, como un lugar común, que a dicha edad no se miente. Por el contrario, una cultura psicológica algo menos sumaria les enseñaría que a dicha edad se miente casi siempre. Indudablemente se trata de mentiras inocentes, pero no por ello son menos mentiras. Valdría más jugar a cara o cruz la condena de un acusado que decidirla, como tantas veces se hace, con arreglo al testimonio de un niño.
Volviendo a las observaciones realizadas por las masas, podemos afirmar que son las más erróneas de todas y representan, generalmente, la simple ilusión de un individuo que, a través de un contagio, ha sugestionado a los demás.
Innumerables hechos demuestran la absoluta desconfianza que debe inspirar el testimonio de las masas. Millares de hombres asistieron a la célebre carga de caballería de la batalla de Sedan y, sin embargo, resulta imposible, ya que los testimonios visuales son de lo más contradictorio, saber quién la ordenó. En un reciente libro, el general inglés Wolseley ha demostrado que hasta ahora se han cometido los errores más graves acerca de los hechos más destacados de la batalla de Waterloo, que fueron presenciados, sin embargo, por centenares de testigos(2).
Todos estos ejemplos muestran, repito, el valor que puede tener el testimonio de las masas. Los tratados de lógica incluyen la unanimidad de numerosos testigos dentro de la categoría de las pruebas más demostrativas de la exactitud de un hecho. Pero lo que sabemos acerca de la psicología de las masas muestra cuán propensas son a experimentar ilusiones a este respecto. Los acontecimientos más dudosos son, desde luego, los observados por el mayor número de personas. Afirmar que un hecho ha sido comprobado simultáneamente por millares de testigos equivale a decir que el hecho real es, en general, muy distinto del correspondiente relato.
De cuanto precede se desprende claramente que los libros de historia han de considerarse como obras de pura imaginación. Se trata de relatos fantaseados relativos a hechos mal observados, acompañados de explicaciones establecidas a posteriori. Si el pasado no nos hubiese legado sus obras literarias, artísticas y monumentales, no conoceríamos nada real. ¿Sabemos una sola palabra de verdad acerca de grandes hombres que desempeñaron papeles preponderantes en la humanidad, tales como Hércules, Buda, Jesús o Mahoma? Probablemente, no. Por otra parte, en el fondo nos importa poco lo que fue exactamente su vida. Los seres que han impresionado a las masas fueron héroes legendarios y no héroes reales.
Desgraciadamente, las propias leyendas no tienen tampoco consistencia alguna. La imaginación de las masas las transforma sin cesar según las épocas y, sobre todo, según las razas. Hay mucha distancia del Jehovah sanguinario de la Biblia al Dios de amor de Santa Teresa; y el Buda adorado en China no tiene ya ningún rasgo común con el que se venera en la India. Incluso no es necesario que hayan transcurrido siglos para que las leyendas acerca de los héroes sean transformadas por la imaginación de las masas. La transformación tiene a veces lugar en unos cuantos años. Hemos visto en nuestros días cómo la leyenda acerca de uno de los mayores héroes históricos se ha modificado varias veces en menos de cincuenta años. Bajo los Borbones, Napoleón se convirtió en una especie de personaje idílico, filántropo y liberal, amigo de los humildes, los cuales, según los poetas, habrían de conservar su recuerdo durante mucho tiempo. Treinta años después, el héroe paternal se había convertido en un déspota sanguinario, usurpador del poder y de la libertad y que sacrificó por su ambición a tres millones de hombres. Actualmente, la leyenda se sigue transformando. Cuando hayan transcurrido varias decenas de siglos, los sabios del futuro, en presencia de tan contradictorios relatos, dudarán quizá acerca de la existencia del héroe, Como nosotros dudamos en ocasiones de la de Buda, y no verán en él sino algún mito solar o una variante de la leyenda de Hércules. Se consolarán fácilmente, sin duda, de esta incertidumbre, ya que, mejor iniciados que en la actualidad a la psicología de las masas, sabrán que la historia no puede eternizar sino mitos.
3. Exageración y simplismo de los sentimientos de las masas.
Los sentimientos buenos o malos, manifestados por una masa, presentan la doble característica de ser muy simples y muy exagerados. En este aspecto, así como en tantos otros, el individuo-masa se aproxima a los seres primitivos. Inaccesible a los matices, ve las cosas en bloque y no conoce transiciones. En la masa, la exageración de un sentimiento está fortalecida por el hecho de que, al propagarse muy rápidamente por sugestión y contagio, la aprobación de la que es objeto acrecienta su fuerza de modo considerable.
La simplicidad y la exageración de los sentimientos de las masas los preservan de la duda y la incertidumbre. Al igual que las mujeres, tienden inmediatamente a los extremos. La sospecha enunciada se transforma de manera inmediata en evidencia indiscutible. Un inicio de antipatía y desaprobación que permanecería poco acentuado en el individuo aislado se convierte rápidamente en un odio feroz en el individuo-masa.
La violencia de los sentimientos de las masas se exagera más aún, sobre todo en las masas heterogéneas, por la ausencia de responsabilidad. La certeza de la impunidad, tanto más acentuada cuanto más numerosa es la masa, y la noción de un considerable poder momentáneo debido al número, hacen factibles para la colectividad sentimientos y actos que resultan imposibles para el individuo aislado. En las masas, el imbécil, el ignorante y el envidioso se ven liberados del sentimiento de su nulidad y su impotencia, sustituido por la noción de una fuerza brutal, pasajera, pero inmensa.
Frecuentemente, en las masas, la exageración se refiere por desgracia a malos sentimientos, reliquia atávica de los instintos del hombre primitivo, y que el miedo al castigo obliga a refrenar en el individuo aislado y con sentimiento de responsabilidad. Así se explica la facilidad con que se entregan las masas a los peores excesos.
Hábilmente sugestionadas, las masas se hacen capaces de heroísmo y sacrificio. Incluso son más aptas que el individuo aislado. Volveremos a insistir sobre este punto al estudiar el tema de la moralidad.
Al no ser impresionada la masa más que por los sentimientos excesivos, el orador que desee seducirla debe abusar de las afirmaciones violentas. Exagerar, afirmar, repetir y no intentar jamás demostrar nada mediante razonamiento: he aquí los procedimientos de argumentación familiares a los oradores de las reuniones populares.
La masa reclama también idéntica exageración en los sentimientos de sus héroes. Sus cualidades y virtudes aparentes han de estar siempre amplificadas. En el teatro, la masa exige del protagonista de la obra unas virtudes, un valor, una moralidad que jamás se dan en la vida corriente.
Se ha hablado, con razón, de la óptica especial del teatro. Existe, sin duda; pero, generalmente, sus reglas no guardan relación alguna con el buen sentido y la lógica. El arte de hablar a las masas es de un orden inferior, pero exige aptitudes muy especiales. A veces, al leerlas, no se comprende el éxito obtenido por ciertas obras teatrales y los empresarios, cuando las reciben, generalmente están muy inseguros respecto al éxito que puedan obtener, ya que para juzgarlas tendrían que transformarse en masa (3). De poder abordar esta cuestión más a fondo, sería fácil demostrar también la influencia preponderante de la raza. Ocasionalmente, una obra teatral que en un país entusiasma a la masa del público, no obtiene éxito alguno en otro, o no lo logra más que de manera relativa, ya que no pone en juego resortes capaces de entusiasmar a su nuevo público.
Creemos inútil añadir que la exageración de las masas se refiere tan sólo a los sentimientos y de ningún modo a la inteligencia. Como ya he señalado, por el simple hecho de estar el individuo inmerso en una masa, desciende considerablemente su nivel intelectual. Tarde lo ha constatado también en sus investigaciones acerca de los crímenes de las masas. Así pues, únicamente en el plano de los sentimientos pueden las masas elevarse muy altas o descender, por el contrario, muy bajo.
4. Intolerancia, autoritarismo y conservadurismo de las masas.
Al no conocer las masas sino sentimientos simples y extremos, las opiniones, ideas y creencias que se las sugiere son aceptadas o rechazadas en bloque, siendo consideradas como verdades absolutas o errores no menos absolutos. Siempre sucede así con las creencias determinadas mediante sugestión, en lugar de haber sido engendradas por razonamiento. Sabido es cuan intolerantes son las creencias religiosas y qué despótico es el imperio que ejercen sobre las almas.
No teniendo duda alguna acerca de que lo que cree es verdad, o por el contrario, error, y poseyendo, por otra parte, la clara noción de su fuerza, la masa es tan autoritaria como intolerante. El individuo puede aceptar la contradicción y discusión, mientras que la masa no las soporta jamás. En las reuniones públicas, la más ligera contradicción por parte de un orador es inmediatamente acogida con rugidos de furor y violentas invectivas, seguidas muy pronto por vías de hecho y expulsión, a poco que éste insista. En muchas ocasiones, sin la presencia inquietante de los agentes de la autoridad, el contradictor sería incluso linchado.
El autoritarismo y la intolerancia son generales en todas las categorías de masas, pero se presentan en grados muy diversos. Y aquí reaparece también la noción fundamental de raza, dominadora de los sentimientos y los pensamientos de los hombres. El autoritarismo y la intolerancia están desarrollados sobre todo en las masas latinas, hasta el punto de haber destruido aquel sentimiento de la independencia individual que tan acentuado se halla entre los anglosajones. Las masas latinas no son sensibles más que a la independencia colectiva de su secta, y la característica de esta independencia consiste en la necesidad de someter, inmediata y violentamente, a sus creencias a todos los disidentes. En los pueblos latinos, los jacobinos de todas las épocas, desde la de la Inquisición, no han podido elevarse a otra concepción de la libertad.
El autoritarismo y la intolerancia constituyen para las masas sentimientos muy claros, que soportan tan fácilmente como practican. Respetan la fuerza y no les impresiona la bondad, considerada sencillamente como una forma de debilidad. Sus simpatías jamás se han orientado hacia los jefes paternales, sino a los tiranos que las han dominado vigorosamente. Siempre es a éstos a quienes se erigen las más altas estatuas. Si gustan de pisotear al déspota derribado, es porque al perder su fuerza queda incluido en la categoría de los débiles a quienes se desprecia y a los que no temen. El tipo de héroe querido por las masas tendrá siempre la estructura de un César. Les seduce su pompa, su autoridad les amilana y su sable les atemoriza.
Dispuesta siempre a sublevarse contra una autoridad débil, la masa se inclina servilmente ante una autoridad fuerte. Si la acción de la autoridad es intermitente, la masa, siempre obediente a sus sentimientos extremos, pasa, alternativamente, desde la anarquía al servilismo, y de éste a la anarquía. Por otra parte, supondría desconocer la psicología de las masas creer que en ellas existe un predominio de los instintos revolucionarios. Son tan sólo sus violencias las que nos inducen a error a este respecto. Las explosiones de rebelión y destrucción son siempre muy efímeras. Están regidas en gran medida por el inconsciente y demasiado sometidas, en consecuencia, a la influencia de herencias seculares, como para no mostrarse extremadamente conservadoras. Abandonadas a sí mismas, se les ve muy pronto cansarse de sus desórdenes y dirigirse instintivamente hacia la servidumbre. Los jacobinos más fieros e intratables aclamaron enérgicamente a Bonaparte cuando suprimió todas las libertades e hizo sentir duramente su mano de hierro.
La historia de las revoluciones populares es casi incomprensible si se desconocen los instintos profundamente conservadores de las masas. Desean, desde luego, cambiar los nombres de sus instituciones e incluso realizan, a veces, violentas revoluciones para obtener dichos cambios; pero el fondo de tales instituciones expresa demasiado las necesidades hereditarias de la raza como para que las masas no retornen siempre al mismo. Su incesante movilidad no se refiere sino a cosas superficiales. De hecho, tienen irreductibles instintos conservadores y, como todos los primitivos, un respeto fetichista por las tradiciones, un horror inconsciente a las novedades capaces de modificar sus condiciones reales de existencia. Si el actual poder de las democracias hubiera existido en la época en que fueron inventados los oficios mecánicos, el vapor y los ferrocarriles, la realización de estos inventos habría resultado imposible, o sólo se hubiese logrado al precio de reiteradas revoluciones. Felizmente para los progresos de la civilización, la supremacía de las masas no nació sino cuando ya se habían realizado los grandes descubrimientos de la ciencia y de la industria.
Si adjudicamos a la palabra moralidad el sentido de respeto constante de ciertas convenciones sociales y de represión permanente de los impulsos egoístas, resulta evidente que las masas son demasiado impulsivas y móviles como para ser capaces de moralidad. Pero si incluimos dentro de dicho término la aparición momentánea de determinadas cualidades, como la abnegación, el desinterés, el sacrificio de sí mismo, la necesidad de equidad, podemos afirmar que, por el contrario, las masas son a veces capaces de mostrar una moralidad muy elevada.
Los escasos psicólogos que las han estudiado no lo han hecho más que desde el punto de vista de sus actos criminales, y como han observado que tales actos se producen con frecuencia, han asignado a las masas un nivel moral muy bajo.
No cabe duda de que lo manifiestan a menudo; pero, ¿por qué? Sencillamente porque los instintos de ferocidad destructiva son residuos de edades primitivas que permanecen en el fondo de cada uno de nosotros. Para el individuo aislado sería peligroso satisfacerlos, mientras que el hecho de su absorción por una masa irresponsable, en la que está asegurada su impunidad, le deja en plena libertad para seguirlos. Al no poder ejercer, habitualmente, estos instintos destructivos en nuestros semejantes, nos limitamos a satisfacerlos en los animales. La pasión por la caza y la ferocidad de las masas proceden de una misma fuente. La masa que despedaza lentamente a una víctima indefensa demuestra una crueldad muy cobarde, pero para el filósofo, dicha crueldad está próximamente emparentada con la de los cazadores que se reúnen por docenas para asistir al despedazamiento de un desdichado ciervo por sus perros.
Si la masa es capaz de asesinar, de incendiar y de toda clase de crímenes, lo es también de actos de sacrificio y de desinterés, mucho más elevados que aquellos de los que es capaz el individuo aislado. Cuando se invocan sentimientos de gloria, de honor, de religión y de patria se actúa sobre todo sobre el individuo inmerso en la masa. La historia está llena de ejemplos análogos a los de los cruzados y de los voluntarios de 1793. Únicamente las colectividades son capaces de grandes sacrificios desinteresados. ¡Cuántas multitudes se han hecho exterminar heroicamente por creencias e ideas que apenas comprendían! Las masas que acuden a las huelgas van más bien a obedecer una consigna que por obtener un aumento de salario. El interés personal raras veces constituye un motivo poderoso para ellas, mientras que es el móvil casi exclusivo en el individuo aislado. No ha sido ciertamente el interés personal el que ha guiado a las masas en tantas guerras, casi siempre incomprensibles para su inteligencia, y en las que se dejaron masacrar con tanta facilidad como las alondras hipnotizadas por el espejo del cazador.
Los más perfectos canallas, por el simple hecho de estar reunidos en masa, adquieren a veces principios de moralidad muy estrictos. Taine refiere que los asesinos de las matanzas de septiembre acudían a depositar sobre la mesa de los comités las carteras y las alhajas encontradas en sus víctimas y que, sin dificultad alguna, habrían podido robar. La masa vociferante, agitada y miserable que invadió las Tullerías durante la revolución de 1848 no se apoderó de ninguno de los objetos que la deslumbraron y, de los cuales, uno tan sólo representaba pan para muchos días.
Desde luego, esta moralización del individuo por la masa no es una regla constante, pero se observa con frecuencia e incluso en circunstancias mucho más graves de las que acabo de mencionar. En el teatro, como ya he dicho, la masa exige exageradas virtudes al protagonista de la obra, y el público, incluso el compuesto por personas de clase social baja, se muestra en ocasiones muy gazmoño. El vividor profesional, el chulo, el maleante, murmuran con frecuencia ante una escena algo atrevida o una frase procaz, que resultan sin embargo anodinas en comparación con sus conversaciones habituales.
Así pues, las masas, que se entregan con frecuencia a los más bajos instintos, proporcionan también, en ocasiones, ejemplos de actos de una elevada moralidad. Si el desinterés, la resignación, la absoluta entrega a un ideal quimérico o real constituyen virtudes morales, puede afirmarse que, en ocasiones, las masas las poseen en un grado tal que raramente ha sido alcanzado por los más sabios filósofos. Sin duda las practican inconscientemente, pero ello no importa. Si las masas hubieran razonado con frecuencia y consultado sus intereses inmediatos, quizá no se hubiese desarrollado civilización alguna en la superficie de nuestro planeta y la humanidad no habría tenido historia.
NOTAS
(1). -Las personas que asistieron al sitio de París (durante la guerra franco-prusiana) vieron numerosos ejemplos de esta credulidad de las masas para cosas absolutamente inverosímiles. Una vela encendida en el piso superior de una casa era inmediatamente considerada como una señal a los sitiadores. Dos segundos de reflexión habrían demostrado, sin embargo, que era absolutamente imposible percibir esta luz a varias leguas de distancia.
(2). -¿Conocemos cómo transcurrió exactamente una sola batalla? Lo pongo muy en duda. Sabemos quiénes fueron los vencedores y los vencidos, pero probablemente nada más. Lo que d’Harcourt, actor y testigo, informa acerca de la batalla de Solferino, puede aplicarse a todas las batallas: Los generales (informados como es natural por centenares de testimonios) transmiten sus informes oficiales; los oficiales encargados de transmitirlos modifican estos documentos y redactan el proyecto definitivo; e] jefe de estado mayor lo critica y lo redacta de nuevo. Se lleva al mariscal y éste grita: ¡Está usted completamente equivocado! y ejecuta una nueva redacción. No queda casi nada del informe primero; d’Harcourt relata este hecho como prueba de la imposibilidad de establecer la verdad acerca de un acontecimiento, por llamativo que éste sea y por mucho que se le observe.
(3). -Esto permite comprender por qué ciertas obras teatrales rechazadas por todos los empresarios obtienen un prodigioso éxito cuando, por azar, son representadas. Sabido es el éxito logrado por la obra de Coppée Pour la couronne, rechazada durante diez años por los empresarios de los principales teatros, a pesar del renombre de su autor. La tía de Carlos, montada por un agente de cambio, tras sucesivos rechazos, obtuvo más de doscientas representaciones en Francia y más de mil en Inglaterra. Sin la explicación, antes expuesta, de la imposibilidad de que los empresarios se sitúen mentalmente en el puesto de la masa, resultarían incomprensibles tales aberraciones de juicio por parte de Individuos competentes y sumamente interesados en no cometer errores tan notorios.
CAPÍTULO 3
IDEAS, RAZONAMIENTOS E IMAGINACION DE LAS MASAS
Al estudiar, en una obra precedente, el papel desempeñado por las ideas sobre la evolución de los pueblos, hemos demostrado que toda civilización deriva de un corto número de ideas fundamentales, raramente renovadas. Ya hemos expuesto cómo estas ideas se establecen en el alma de las masas; con qué dificultad se introducen en la misma y la potencia que adquieren una vez que han penetrado. Hemos mostrado asimismo que, generalmente, las grandes perturbaciones históricas derivan de los cambios de estas ideas fundamentales.
Ya que hemos tratado suficientemente este tema, no insistiré en ello y me limitaré a decir unas palabras sobre las ideas accesibles a las masas y cómo las conciben.
Pueden dividirse en dos clases. En una, incluiremos las ideas accidentales y pasajeras creadas bajo las influencias del momento: el apasionamiento por un individuo o una doctrina, por ejemplo. En la otra clase se incluyen las ideas fundamentales a las que el medio ambiente, la herencia, la opinión, proporcionan una gran estabilidad, como sucedía antes con las ideas religiosas y en la actualidad con las democráticas y sociales.
Las ideas fundamentales pueden compararse a la masa formada por las aguas de un río que cursa lentamente; las ideas pasajeras, a las pequeñas ondas, siempre cambiantes, que agitan su superficie y que, aun cuando carezcan realmente de importancia, resultan más visibles que el propio fluir del río.
Hoy día, las grandes ideas fundamentales que sustentaban nuestros padres nos parecen cada vez más dudosas y, al mismo tiempo, las instituciones que se basaban en ellas están profundamente quebrantadas. Actualmente se forman muchas de estas pequeñas ideas transitorias de las que hablaba hace un momento, pero parece que pocas pueden adquirir una preponderante influencia. Sean cuales fueren las ideas sugeridas a las masas, no pueden convertirse en dominantes sino a condición de asumir una forma muy simple y de estar representadas en su espíritu bajo el aspecto de imágenes. Al no estar unidas entre sí estas ideas-imágenes por ningún vínculo lógico de analogía o de sucesión, pueden sustituirse mutuamente como los vidrios de la linterna mágica que el operador retira de la caja en donde estaban superpuestos. Así pues, en las masas puede verse cómo se suceden las ideas más contradictorias. Según el azar del momento, la masa quedará bajo la influencia de alguna de las diversas ideas almacenadas en su entendimiento y cometerá, en consecuencia, los actos más dispares. Su completa ausencia de espíritu crítico no le permite advertir las correspondientes contradicciones.
Por otra parte, esto no constituye un fenómeno exclusivo de las masas. Ocurre asimismo en muchos individuos aislados, no solamente entre los seres primitivos, sino también entre todos aquellos que, debido a una vertiente cualquiera de su espíritu -los seguidores de una intensa fe religiosa, por ejemplo-, se aproximan a los primitivos. Lo he observado, por ejemplo, entre los hindúes cultos, educados en nuestras universidades europeas, en las que han obtenido todos los diplomas. Sobre su fondo inmutable de ideas religiosas o sociales hereditarias se había superpuesto, sin alterarlas en absoluto, una capa de ideas occidentales, que no guardaban relación alguna con las primeras. Según los azares del momento, surgían unas u otras, con su especial acompañamiento discursivo, y un mismo individuo presentaba así las contradicciones más llamativas. Contradicciones más aparentes que reales, ya que las ideas hereditarias son por sí solas lo bastante poderosas en el individuo aislado como para convertirse en auténticos móviles de conducta. Sólo cuando, en virtud de cruzamientos, el hombre se encuentra entre diferentes impulsos hereditarios, los actos pueden ser completamente contradictorios de un momento a otro. Consideramos inútil insistir aquí sobre estos fenómenos, aunque sea capital su importancia psicológica. Creo que hacen falta, por lo menos, diez años de viajes y de observaciones para llegar a comprenderlos.
Para convertirse en populares, las ideas han de experimentar con frecuencia las más completas transformaciones, ya que sólo son accesibles a las masas tras haber revestido una forma muy simple. Cuando se trata de ideas filosóficas o científicas algo elevadas, se puede comprobar la profundidad de las modificaciones que les son necesarias para descender, de estrato en estrato, hasta el nivel de las masas. Estas modificaciones dependen, sobre todo, de la raza a la que pertenecen dichas masas; pero siempre tenderán a disminuir y a simplificarse. En realidad, tampoco hay desde el punto de vista social, una jerarquía de ideas, es decir: ideas más o menos elevadas. Por el simple hecho de llegar una idea a las masas y poderlas emocionar, queda despojada de casi todo lo que la confería su elevación y su grandeza.
Por otra parte, carece de importancia el valor jerárquico de una idea. Y no hay que tener en cuenta más que los efectos que produce. Las ideas cristianas de la Edad Media, las ideas democráticas del siglo pasado, las ideas sociales de la actualidad no son, desde luego, muy elevadas. Desde el punto de vista filosófico pueden considerarse como errores bastante pobres. No obstante, su papel ha sido y será inmenso, y quedarán incluidas durante mucho tiempo entre los factores más esenciales de la conducta de los Estados.
Incluso si la idea ha experimentado modificaciones que la convierten en accesible a las masas, no operará sino cuando, mediante diversos procedimientos que estudiaremos en otro lugar, penetra en el inconsciente y se convierte en un sentimiento. Generalmente, esta transformación es muy prolongada.
Por otra parte, no hay que creer que una idea produce sus efectos, incluso en espíritus cultivados, por haber demostrado que es acertada. Esto se advierte contemplando la escasa influencia que la demostración más clara tiene sobre la mayoría de los hombres. La manifiesta evidencia podrá reconocerse por un auditorio instruido, pero muy pronto será equiparada por su inconsciente a sus concepciones primitivas. Si vuelve a verse al cabo de unos días, manifestará de nuevo sus antiguos argumentos, exactamente en los mismos términos. Se halla, en efecto, bajo la influencia de ideas anteriores que se han convertido en sentimientos, y son tan sólo éstas las que actúan sobre los móviles profundos de nuestros actos y nuestros discursos.
Cuando, mediante diversos procedimientos, una idea se ha incrustado finalmente en el alma de las masas adquiere un poder irresistible y desarrolla toda una serie de consecuencias. Las ideas filosóficas que desembocaron en la Revolución Francesa tardaron mucho en implantarse en el alma popular; pero sabida es la irresistible fuerza que adquirieron cuando quedaron establecidas. El impulso de todo un pueblo hacia la conquista de la igualdad social, hacia la realización de derechos abstractos y de libertades ideales hizo vacilar a todos los tronos y conmocionó profundamente al mundo occidental. Durante veinte años, los pueblos se precipitaron unos contra otros y Europa conoció hecatombes comparables a las de Gengis-Khan y Tamerlán. Jamás se puso tan claramente de manifiesto aquello que puede producir un desencadenamiento de ideas capaces de cambiar la orientación de los sentimientos.
Si es preciso mucho tiempo para que las ideas se establezcan en el alma de las masas, no menos tiempo necesitan para salir de ella. Desde el punto de vista de las ideas, las masas están siempre en unas cuantas generaciones de retraso con respecto a los sabios y filósofos. Todos los hombres de Estado saben en la actualidad lo que contienen de erróneo las ideas fundamentales que acabamos de mencionar, pero siendo muy poderosa todavía la influencia de las mismas, están obligados a gobernar con arreglo a principios en cuya verdad han cesado ya de creer.
2. Los razonamientos de las masas
No puede afirmarse de un modo absoluto que las masas no sean influenciables mediante razonamientos. Pero los argumentos que emplean y los que actúan sobre ellas se muestran en un orden tan inferior, desde el punto de vista lógico, que sólo se les puede calificar de razonamientos por analogía.
Los razonamientos inferiores de las masas, al igual que los elevados, se basan en asociaciones; pero las ideas asociadas por las masas no mantienen entre sí más que vínculos aparentes de semejanza o de sucesión. Se asocian como las de un esquimal que, sabiendo por experiencia que el hielo, un cuerpo transparente, se licua en su boca, deduce que el vidrio, también transparente, deberá fundirse igualmente en su boca; o bien como las del salvaje que se figura que comiéndose el corazón de un enemigo valeroso adquirirá su bravura; o las del obrero que, explotado por un patrono, llega a la conclusión de que todos los patronos actúan así.
Las características de la lógica colectiva son la asociación de cosas dispares que no tienen entre sí otra cosa que las relaciones aparentes y la inmediata generalización de casos particulares. Son siempre asociaciones de esta clase las que presentan a las masas los oradores que las saben manejar. Unicamente tales asociaciones pueden influir sobre las masas; para ellas, una concatenación de razonamientos rigurosos resultaría totalmente incomprensible, y por ello cabe decir que no razonan o que lo hacen erróneamente, no siendo influenciables mediante un razonamiento. A veces asombra, al leerlos, la trivialidad de determinados discursos que han ejercido una enorme influencia sobre sus oyentes; pero se olvida que fueron realizados para arrastrar a una colectividad y no para ser leídos por filósofos. El orador, en íntima comunicación con la masa, sabe evocar imágenes que la seducen. Si logra éxito, ha alcanzado su finalidad, y un conjunto de arengas no llega a valer ni las pocas frases que han conseguido seducir a las almas a las que había que convencer.
Creemos útil añadir que la incapacidad de las masas para razonar las priva de todo espíritu crítico, es decir: de la aptitud para discernir entre la verdad y el error, para formular un juicio preciso. Los juicios que las masas aceptan son tan sólo los impuestos y jamás los discutidos. Desde este punto de vista, son numerosos los individuos que no se elevan por encima de las masas. La facilidad con que determinadas opiniones se convierten en generales se basa, sobre todo, en la imposibilidad que tienen la mayoría de los hombres para formarse una opinión particular fundamentada en sus propios razonamientos.
3. La imaginación de las masas.
La imaginación representativa de las masas, al igual que la de todos los seres en los que no interviene el razonamiento, puede ser profundamente impresionada. Las imágenes evocadas en su espíritu por un personaje, un acontecimiento, un accidente, tienen casi la vivacidad de las cosas reales. Hasta cierto punto, las masas se hallan en el caso de un durmiente cuya razón, momentáneamente suspendida, deja surgir en su espíritu imágenes de una intensidad extrema, pero que se desvanecen rápidamente al contacto con la reflexión. Las masas, al no ser capaces de reflexión ni de razonamiento, no conocen lo inverosímil. Pero, generalmente, las cosas más irreales son las que más llaman la atención.
Por ello, los aspectos maravillosos y legendarios de los acontecimientos son los que más atraen a las masas. Lo maravilloso y lo legendario son, en realidad, los auténticos soportes de una civilización. En la historia, la apariencia ha desempeñado siempre un papel mucho más importante que la realidad. Lo irreal predomina en ella sobre lo real.
Al no poder pensar las masas más que por imágenes, no se dejan impresionar sino mediante imágenes. Sólo éstas las aterrorizan o seducen y se convierten en móviles de acción.
Por ello, las representaciones teatrales, que muestran la imagen en su forma más neta, poseen siempre una enorme influencia. Pan y espectáculo constituían, en sus tiempos, el ideal de felicidad para la plebe romana. Y este ideal ha variado poco a través de las edades. Nada afecta tanto a la imaginación popular como una obra de teatro. Toda la sala experimenta simultáneamente las mismas emociones, y si éstas no se transforman de modo inmediato en actos, es que el más inconsciente espectador no puede ignorar que es víctima de ilusiones y que ha reído o llorado ante imaginarias aventuras. A veces, sin embargo, los sentimientos sugeridos por las imágenes son lo bastante fuertes como para tender, al igual que las sugestiones habituales, a transformarse en actos. Conocida es la historia de aquel teatro dramático popular en donde el actor que representaba el papel de malo había de ser protegido a la salida, para sustraerle a las violencias de los espectadores indignados por sus imaginarios crímenes. Creo que esto constituye uno de los más notables índices del estado mental de las masas y, sobre todo, de la facilidad con que se las sugestiona. A sus ojos, lo irreal posee casi tanta importancia como lo real. Tienen una evidente tendencia a no diferenciarlos.
Sobre la imaginación popular se fundamentan el poder de los conquistadores y la fuerza de los estados. Actuando sobre ella se arrastra a las masas. Todos los grandes hechos históricos -la creación del budismo, del cristianismo, del islamismo, la Reforma, la Revolución Francesa y, en nuestros días, la amenazadora invasión del socialismo- son consecuencias directas o lejanas de intensas impresiones ejercidas sobre la imaginación de las masas.
También los grandes hombres de Estado de todas las épocas y todos los países, incluso los déspotas más absolutos, han considerado a la imaginación popular como el apoyo de todo su poderío. Jamás han intentado gobernar contra ella. Haciéndome católico, decía Napoleón al Consejo de Estado, he concluido la guerra de la Vendée; haciéndome musulmán me he establecido en Egipto; haciéndome ultramontano me he ganado a los sacerdotes en Italia. Si gobernase un pueblo de judíos, restablecería el templo de Salomón. Jamás, quizá, desde Alejandro y César, ningún hombre ha comprendido mejor cómo ha de ser impresionada la imaginación de las masas. Su preocupación constante fue cómo afectarla. Pensaba en ello en sus victorias, en sus arengas, en sus discursos, en todos sus actos. Seguía pensando en ello en su lecho de muerte.
¿Cómo impresionar la imaginación de las masas? Lo veremos a continuación. Pero desde ahora podemos afirmar que las manifestaciones destinadas a influir la inteligencia y la razón serían incapaces de conseguir tal fin. Antonio no tuvo necesidad de una sabia retórica para amotinar al pueblo contra los asesinos de César. Le leyó su testamento y le mostró su cadáver.
Todo aquello que impresiona a la imaginación de las masas se presenta en forma de una imagen emocionante y clara, desprovista de interpretación accesoria o no teniendo otro acompañamiento que el de algunos hechos maravillosos: una gran victoria, un gran milagro, un gran crimen, una gran esperanza. Es importante presentar las cosas en bloque y sin indicar jamás la correspondiente génesis. Cien pequeños crímenes o cien pequeños accidentes no afectarán en modo alguno a la imaginación de las masas, mientras que un solo crimen de importancia, una sola catástrofe, las conmoverán en gran medida, incluso con resultados infinitamente más mortíferos que los cien pequeños accidentes reunidos. La gran epidemia de gripe que hizo perecer en París a cinco mil personas en unas pocas semanas no repercutió mucho en la imaginación popular. Esta auténtica hecatombe no se tradujo, en efecto, por alguna imagen visible, sino tan sólo por los datos estadísticos semanales. Un accidente que, en lugar de hacer perecer a dichas cinco mil personas, hubiese matado tan sólo a quinientas en el mismo día, en una plaza pública, mediante un acontecimiento bien visible, como por ejemplo el hundimiento de la torre Eiffel, habría ejercido una impresión inmensa en la imaginación. La posible pérdida de un trasatlántico que, por ausencia de noticias, se suponía naufragado en alta mar, repercutió intensamente durante ocho días en la imaginación de las masas. No obstante, las estadísticas oficiales revelan que, en el mismo año, se perdieron un millar de grandes navíos. Las masas no se preocuparon ni un solo instante de dichas pérdidas sucesivas, mucho más importantes en cuanto a la destrucción de vidas y mercancías.
No son, pues, los hechos mismos, en sí, los que afectan a la imaginación popular, sino más bien el modo como se presentan. Por condensación, por así decir, tales hechos han de dar lugar a una impresionante imagen que embargue y obsesione al espíritu. Conocer el arte de impresionar la imaginación de las masas equivale a conocer el arte de gobernarlas.
FORMAS RELIGIOSAS QUE REVISTEN TODAS LAS CONVICCIONES DE LAS MASAS
Ya hemos visto que las masas no razonan, que admiten o rechazan las ideas en bloque, que no soportan discusión ni contradicción y que las sugestiones que actúan sobre ellas invaden por completo el campo de su entendimiento y tienden a transformarse de inmediato en actos. Hemos mostrado que las masas, convenientemente sugestionadas, están prestas a sacrificarse por el ideal que se les sugiera. Hemos visto, por último, que no conocen más que sentimientos violentos Y extremos. En ellas, la simpatía se convierte muy pronto en adoración y la antipatía, apenas nacida, se transforma en odio. Estas indicaciones generales permiten presentir ya la naturaleza de sus convicciones.
Examinando de cerca las convicciones de las masas, tanto en las épocas de fe como en las grandes conmociones políticas, tales como las del último siglo, se comprueba que presentan siempre una forma especial, que no puedo determinar mejor sino dándole el nombre de sentimiento religioso.
Este sentimiento tiene características muy simples: adoración de un ser al que se supone superior, temor al poder que se le atribuye, sumisión ciega a sus mandamientos, imposibilidad de discutir sus dogmas, deseo de difundirlos, tendencia a considerar como enemigos a todos los que rechazan el admitirlos. Ya se aplique tal sentimiento a un Dios invisible, a un ídolo de piedra, a un héroe o a una idea política, siempre es de esencia religiosa. En él se aúnan lo sobrenatural y lo milagroso. Las masas revisten de un mismo y misterioso poder a la fórmula política o al jefe victorioso que momentáneamente las fanatiza.
No se es religioso únicamente cuando se adora a una divinidad, sino cuando se aplican todos los recursos del espíritu, todas las sumisiones de la voluntad, todos los ardores del fanatismo al servicio de una causa o de un ser que se ha convertido en la meta y guía de los sentimientos y las acciones.
Generalmente, la intolerancia y el fanatismo constituyen el acompañamiento de un sentimiento religioso. Resultan inevitables en aquellos que creen poseer el secreto de la felicidad terrenal o de la eterna. Estos dos rasgos aparecen en todos los hombres agrupados, cuando les arrastra una convicción cualquiera. Los jacobinos del Terror eran tan acendradamente religiosos como los católicos de la Inquisición, y su cruel ardor derivaba de la misma fuente.
Las convicciones de la masa revisten estas características de sumisión ciega, de feroz intolerancia, de necesidad de propaganda violenta inherentes al sentimiento religioso; puede afirmarse, por tanto, que todas sus creencias adoptan una forma religiosa. El héroe al cual aclama la masa es auténticamente un dios para ella. Napoleón lo fue durante quince años y jamás una divinidad contó con más perfectos adoradores. Ninguna envió más fácilmente a los hombres a la muerte. Los dioses del paganismo y del cristianismo no ejercieron nunca imperio más absoluto sobre las almas.
Quienes fundaron creencias religiosas o políticas lo hicieron sabiendo imponer a las masas aquellos sentimientos de fanatismo religioso que hacen que el hombre encuentre su felicidad en la adoración y le impulsan a sacrificar su vida por su ídolo. Así ha sucedido en todas las épocas. En su bello libro sobre la Galia romana, Fustel de Coulanges afirma justificadamente que el imperio romano no se mantuvo en absoluto por la fuerza, sino por la admiración religiosa que inspiraba. Sería algo excepcional en la historia del mundo -dice, con razón- que un régimen detestado por las poblaciones haya durado cinco siglos (…). No se explicaría que treinta legiones imperiales hayan podido someter a cien millones de personas. Si obedecían era porque el emperador, que personificaba la grandeza romana, era unánimemente adorado como una divinidad. El emperador tenía altares en la más pequeña aldea del imperio. En aquella época se vio surgir en las almas, de un extremo a otro del imperio, una religión nueva que tenía por divinidades a los propios emperadores. Unos años antes de la era cristiana, toda la Galia, representada por sesenta poblaciones, elevó en común un templo a Augusto cerca de la ciudad de Lyon (…). Sus sacerdotes, elegidos por la reunión de las ciudades galas, eran los primeros personajes de su país (…). Es imposible atribuir todo esto al miedo y al servilismo. No se puede afirmar de pueblos enteros que sean serviles, ni tampoco pueden permanecer así durante tres siglos. No eran tan sólo los cortesanos los que adoraban al príncipe, era Roma. y no era solamente Roma, era Galia, era Hispania, eran Grecia y Asia. Hoy día, la mayoría de los grandes conquistadores de almas no poseen ya altares, pero sí estatuas o imágenes, Y el culto que se les tributa no es muy diferente del de antaño. No se llega a comprender la filosofía de la historia sino tras haber captado bien el siguiente punto fundamental de la psicología de las masas: para ellas hay que ser o dios, o nada.
No se trata de supersticiones de otra época definitivamente expulsadas por la razón. En su eterna lucha contra la razón, el sentimiento no ha sido jamás vencido. Las masas no quieren escuchar ya las palabras divinidad y religión que las han dominado durante tanto tiempo; pero ninguna época las ha visto elevar tantas estatuas y altares como desde hace un siglo. El movimiento popular conocido con el nombre de boulangisme (1) demostró con qué facilidad están prestos a renacer los instintos religiosos de las masas. No había posada de pueblo que no poseyese la imagen del héroe. Se le atribuía el poder de remediar todas las injusticias, todos los males y millares de hombres habrían entregado su vida por él. ¡Qué lugar hubiese podido conquistar en la historia si su carácter hubiera podido mantener su leyenda!
Es asimismo una trivialidad inútil repetir que las masas precisan una religión. Las creencias políticas, divinas y sociales no se establecen en las masas sino a condición de adoptar siempre la forma religiosa que las pone al abrigo de discusiones. Si fuese posible hacer adoptar a las masas el ateísmo, tendría todo el intolerante ardor de un sentimiento religioso y, en cuanto a sus formas exteriores, se convertiría rápidamente en un culto. La evolución de la pequeña secta positivista nos proporciona una curiosa prueba de ello. Se asemeja a aquel nihilista cuya historia nos narra el profundo Dostoievski. Iluminado un día por las luces de la razon, rompió las imágenes de las divinidades y los santos que adornaban el altar de su pequeña capilla, apagó los cirios y, sin perder un instante, sustituyó las imágenes destruidas por las obras de algunos filósofos ateos y luego volvió a encender piadosamente los cirios. El objeto de sus creencias religiosas se había transformado, pero, ¿puede afirmarse, en realidad, que habían cambiado sus sentimientos religiosos?
No se comprenden bien, repito, ciertos acontecimientos históricos -y precisamente los más importantes- sino tras darse cuenta de la forma religiosa que terminan siempre por adoptar las convicciones de las masas. Muchos fenómenos sociales exigen el estudio de un psicólogo más que el de un naturalista. Taine, nuestro gran historiador, no ha estudiado la Revolución Francesa sino como naturalista, y así se le ha escapado con frecuencia la génesis auténtica de los acontecimientos. Ha observado perfectamente los hechos, pero al no haber penetrado en la psicología de las masas, el célebre escritor no ha sabido siempre remontarse a las causas. Al haberle espantado los hechos por sus aspectos sanguinarios, anárquicos y feroces, no ha visto en los héroes de la gran epopeya más que una horda de salvajes epilépticos entregándose sin trabas a sus instintos. Las violencias de la Revolución, sus matanzas, su necesidad de propaganda, sus declaraciones de guerra a todos los reyes, no se explican más que si se considera que fueron el establecimiento de una nueva creencia religiosa en el alma de las masas. La Reforma, la noche de San Bartolomé, las guerras de religión, la Inquisición, el Terror, son fenómenos de orden idéntico, llevados a cabo bajo la sugestión de aquellos sentimientos religiosos que conducen forzosamente a extirpar, a sangre y fuego, cuanto se opone al establecimiento de la nueva creencia. Los métodos de la Inquisición y del Terror son los propios de auténticos convencidos. No se trataría de convencidos si empleasen otros.
Conmociones históricas como las que acabo de citar no son posibles más que cuando las hace surgir el alma de las masas. Los déspotas más absolutistas serían impotentes para desencadenarlas. Los historiadores que presentan la noche de San Bartolomé como la obra de un rey ignoran la psicología de las masas tanto como la de los reyes. Manifestaciones semejantes sólo pueden surgir del alma popular. El poder más absoluto del más despótico monarca no logra sino adelantar o retrasar algo el correspondiente momento. No fueron los reyes los que dieron lugar a la noche de San Bartolomé, ni a las guerras de religión, ni tampoco fueron Robespierre, Danton o Saint-Just los que crearon el Terror. Tras acontecimientos semejantes está siempre el alma de las masas.
NOTA
(1). -De Georges Boulanger (1837-1891). Militar ambicioso. General a los 43 años. Ministro de Guerra en 1886. Se vuelve popular en el ejército por las reformas que lleva a cabo. Varias veces diputado de tinte nacionalista. Apoyado por los realistas que albergaban restaurar la monarquía, pero utilizado tambien por los republicanos, gozaba de gran popularidad en París. Incluso un Partido Boulangista fue fundado. Condenado en ausencia a detención de por vida por complotar contra la seguridad del Estado, se suicida en Ixelles (Bélgica) en la tumba de su amante un mes despues del deceso de ésta. (Nota de O. Cortés y Ch. Lopez)
FACTORES LEJANOS DE LAS CREENCIAS Y OPINIONES DE LAS MASAS
Acabamos de estudiar la constitución mental de las masas. Conocemos sus maneras de sentir, de pensar, de razonar. Examinemos ahora cómo nacen y se establecen sus opiniones y sus creencias.
Los factores que determinan dichas opiniones y creencias son de dos órdenes: factores lejanos y factores inmediatos.
Los factores lejanos hacen que las masas sean capaces de adoptar determinadas convicciones y las imposibilitan para dejarse convencer por otras. Preparan el terreno en el que se ve cómo germinan de pronto ideas nuevas, cuya fuerza y cuyos resultados asombran, pero que no tienen de espontáneo sino la apariencia. La explosión y la puesta en acción de determinadas ideas se dan a veces en las masas con fulminante rapidez. Pero esto no constituye más que un efecto superficial, tras el cual hay que buscar, casi siempre, una prolongada evolución previa.
Los factores inmediatos son aquellos que superpuestos a dicha prolongada evolución, sin la cual no podrían actuar, provocan la persuasión activa en las masas, es decir: hacen adoptar forma a la idea y la desencadenan, con todas sus consecuencias. Bajo el impulso de estos factores inmediatos surgen las resoluciones que sublevan bruscamente a las colectividades; debido a ellos estalla un motín o se decide una huelga; por su causa, mayorías enormes elevan a un hombre al poder o derriban un gobierno.
En todos los grandes acontecimientos históricos se comprueba la acción sucesiva de dichos dos órdenes de factores. La Revolución Francesa, por no destacar sino uno de los más llamativos ejemplos, contó entre sus factores lejanos con las críticas de los escritores, con los abusos del antiguo régimen. El alma de las masas, así preparada, fue sublevada a continuación fácilmente por factores inmediatos tales como los discursos de los oradores y las resistencias de la corte frente a reformas insignificantes.
Entre los factores lejanos, los hay de índole general, que se encuentran en el fondo de todas las creencias y opiniones de las masas. Se trata de la raza, las tradiciones, el tiempo, las instituciones, la educación. Vamos a estudiar los respectivos papeles que desempeñan.
Este factor, la raza, ha de situarse en primer plano, ya que por sí solo es mucho más importante que todos los demás. Ha sido estudiado suficientemente en una obra anterior a la presente como para que consideremos útil insistir sobre él. En dicha obra hemos mostrado lo que es una raza histórica y cómo, una vez constituidas sus características, todos los elementos de su civilización -sus instituciones, sus artes, sus creencias- se convierten en la expresión exterior de su alma. El poder de la raza es tal que ningún elemento podría pasar de un pueblo a otro sin experimentar las más profundas transformaciones (1).
El medio ambiente, las circunstancias, los acontecimientos, representan las sugestiones sociales del momento. Pueden ejercer una acción importante, pero siempre momentánea, si es contraria a las sugestiones de la raza, es decir: de toda una serie de antepasados.
En diversos capítulos de esta obra tendremos también ocasión de insistir sobre la influencia de la raza y asimismo podremos ver que dicha influencia es tan grande que domina sobre las características especiales del alma de las masas. Por ello, las multitudes de los diversos países presentan diferencias muy acentuadas en sus creencias y su conducta y no pueden ser influidas del mismo modo.
Las tradiciones representan las ideas, necesidades y sentimientos del pasado. Son la síntesis de la raza y gravitan, con todo su peso, sobre nosotros.
Las ciencias biológicas han sido transformadas desde que la embriología ha mostrado la inmensa influencia del pasado en la evolución de los seres; y las ciencias históricas lo serán también, paralelamente, cuando esta noción se difunda con más amplitud. Ahora aún no lo está bastante, y muchos hombres de Estado han permanecido fieles a las ideas de los teóricos del pasado siglo, imaginando que una sociedad puede romper con su pasado y ser reconstruida de arriba a abajo adoptando como guías las luces de la razón.
Un pueblo es un organismo creado por el pasado. Al igual que todo organismo, no puede modificarse sino mediante lentas acumulaciones hereditarias.
Los auténticos conductores de los pueblos son sus tradiciones y, como he repetido en numerosas ocasiones, no cambian fácilmente sino las formas externas. Sin tradiciones, es decir, sin alma nacional, no es posible civilización alguna.
Las dos grandes ocupaciones del hombre, desde que existe, han sido las de crearse una red de tradiciones y destruirla luego cuando están ya exhaustos sus efectos bienhechores. Sin tradiciones estables no hay civilización; sin la lenta eliminación de dichas tradiciones no hay progreso. La dificultad consiste en hallar un equilibrio justo entre la estabilidad y la variabilidad. Tal dificultad es inmensa. Cuando un pueblo deja que sus costumbres se fijen demasiado sólidamente durante numerosas generaciones, no puede ya evolucionar y se convierte, como China, en incapaz de perfeccionamientos. Incluso las revoluciones violentas resultan impotentes, ya que sucede entonces que se sueldan de nuevo los rotos eslabones de la cadena y el pasado vuelve a imperar sin cambios, o bien los fragmentos dispersos engendran la anarquía y una rápida decadencia.
Así, la tarea fundamental de un pueblo debe consistir en guardar las instituciones del pasado e irlas modificando poco a poco. Difícil tarea. Los romanos en los tiempos antiguos y los ingleses en los modernos son casi los únicos que lo han conseguido.
Son precisamente las masas las que más tenazmente conservan las ideas tradicionales y las que con mayor obstinación se oponen a su cambio y, sobre todo, las categorías de masas que constituyen las castas. Ya he insistido sobre este espíritu conservador mostrando que muchas de las rebeliones no desembocan sino en cambios de denominaciones, de palabras. A finales del pasado siglo, ante las iglesias destruidas, los sacerdotes expulsados o guillotinados, la universal persecución del culto católico, se podía creer que las viejas ideas religiosas habían perdido todo poder; y, sin embargo, unos años más tarde, las reclamaciones universales dieron lugar al restablecimiento del culto abolido (2). Ningún ejemplo muestra mejor el poder de las tradiciones sobre el alma de las masas. No son los templos los que albergan a los ídolos más temibles, ni los palacios a los tiranos más despóticos. Se les destruye fácilmente. Los amos invisibles que reinan sobre nuestras almas escapan a todo esfuerzo y no ceden sino a la lenta usura de los siglos.
Tanto en los problemas sociales como en los biológicos, uno de los más enérgicos factores es el tiempo. Representa el auténtico creador y el gran destructor. Es él quien ha edificado las montañas con granos de arena y el que ha elevado hasta la dignidad humana a la oscura célula de las épocas geológicas. Para transformar un fenómeno cualquiera basta con hacer intervenir a los siglos. Se ha afirmado, con razón, que una hormiga que pudiese contar con el tiempo necesario para ello, lograría nivelar el Mont Blanc. Un ser que poseyese el poder mágico de variar el tiempo a su placer tendría la potencia que los creyentes atribuyen a sus dioses.
Pero no vamos a ocuparnos aquí más que de la influencia que ejerce el tiempo sobre la génesis de las opiniones de las masas. Desde este punto de vista, su acción es aún inmensa. Mantiene bajo su dependencia a las grandes fuerzas, tales como la raza, que no pueden formarse sin él. Hace evolucionar y morir a todas las creencias. Gracias a él adquieren su poderío y también gracias a él lo pierden.
El tiempo prepara las opiniones